Ver y mirar


Quienes leyeron el borrador de mi libro me preguntaban cómo puedo ser capaz de describir paisajes, entre otras cosas. Esto me lleva a una reflexión que va un poco más allá.
Las personas videntes suelen hacerse un lío con los verbos. Algunas porque en un principio no saben muy bien cómo decirlo, por temor a meter la pata. Otras lo hacen de modo totalmente natural: si fulanito es ciego, no ve ni mira, sino que toca o escucha, o simplemente oye.
La cuestión trasciende la pura semántica. La mayoría de los ciegos adoptamos sin problema (y no sólo eso sino que nos gusta así) los verbos ver y mirar. No puedo hablar exactamente de aquellos que lo son desde el nacimiento porque ese es un terreno que incluso para mí misma resulta un poco desconocido. Por tanto, como siempre, hablaré de mí sentir y de mi experiencia.
En los dedos y los oídos tengo un procesador que transforma lo que toco y escucho en imágenes que se alojan directa y simultáneamente en el cerebro en movimiento y color. Yo veo televisión, veo la prenda de ropa que quiero comprar, miro un paisaje o un dibujo de mi hijo. Es más, veo el libro que estoy leyendo y tanto es así que después de algunos años de haberlo leído y en el supuesto de que de dicho libro en su día se hiciera una película, puedo llegar a no saber si lo leí o bien vi dicha película antes de quedarme ciega.
El haber perdido la vista a los once años me ha permitido conservar un archivo completo de imágenes, colores, perspectivas, medidas, profundidades. Si hay algo que nunca vi (no se me ocurre, un monumento cualquiera por ejemplo), basta con localizar una maqueta que lo represente o la descripción en un libro y enseguida me hago a la idea, dándole de inmediato las medidas reales que pueda tener.
Las imágenes son parte integrante de mi esencia aun sin ver. Cuando mis hijos eran pequeños dibujaba cosas para ellos: se trataba simplemente de colocar un papel sobre una superficie un poco blanda (el grueso mismo de una libreta) y apretar ligeramente con el lápiz a fin de que las líneas fueran visibles al tacto. Y bueno, no debía hacerlo tan mal porque siempre sabían lo que había dibujado.
También tengo cierta memoria fotográfica, o visual. Retengo mejor, por ejemplo, cómo se escribe una palabra si la veo escrita en braille que si la escucho con un sintetizador de voz.
Y sueño, veo en sueños, sueño en imágenes y colores, todas las personas tienen cara en mis sueños, sean anteriores o posteriores a haberme quedado ciega. Soy ciega en los sueños, pero veo.
Recuerdo con nitidez paisajes, animales, puestas de sol espectaculares, dibujitos de TV, edificios, tanto por fuera como por dentro. Los rostros de familiares, amigos, de mis seres más queridos y próximos son en mi mente una especie de fotografía emborronada por el paso del tiempo. Parece que a poco de quedarme ciega tenía tan claro que guardaría por siempre esas fisonomías en mi recuerdo que le dije a mi madre: “bueno, me encargaré de colocarte una arruguita cada año”. No puedo estar segura al cien por cien, claro está, pero creo que si de repente recuperara la vista, sería capaz de identificar a las personas que formaron parte de mi entorno más cercano mientras vi, sin mediar su voz de por medio; incluso juraría que podría reconocer a mis hijos.
Luego está como en tantas cosas, el “trabajo en equipo”, digamos la simbiosis entre ciego y vidente. Hay videntes que tienen un arte especial para retransmitir imágenes y otros que hacen lo que buenamente pueden. Están los realistas, los poéticos, los sensacionalistas, los sentimentales, los escuetos, los empíricos, los repetitivos. Veamos un ejemplo de cada uno, por supuesto, con todo cariño y sin acritud, con otro poquito de humor, porque todo el mundo hace las cosas lo mejor que sabe y sólo el esfuerzo o la intención o el deseo de comunicar lo que sea ya son válidos.
DE VISITA EN UN PARQUE PUBLICO
El realista:
Está todo verde, hay pinos, rosas en unos parterres, bancos de madera y un estanque con patos (información concisa, sabes exactamente qué hay en este lugar).
El poético:
Es como una acuarela llena de colorido con la luz bañando los rincones y arrancando destellos del agua (deduces que el lugar es precioso pero no tienes ni idea de lo que te rodea).
El sensacionalista:
Halaaa, qué pasada, ¡es enorme, y qué bonito! Coooómo mola (oh sí, muy guai pero, ¿qué tenemos por aquí?).
El sentimental:
Este sitio me produce nostalgia, me recuerda al jardín de la casa de mis abuelos… lo pasé tan bien allí cuando era pequeño… (Sí, suele pasar, es lo que tienen los recuerdos pero, ¿me cuentas algo más?).
El escueto:
Hay árboles, flores y animales (aaah, perfecto, pero, ¿qué tipo de árboles, flores y animales?).
El empírico:
Esto pincha, el agua está fría, la resina es pegajosa, los patos pican (aaauuu, sí, ya veo, rosales… que está fría ya lo noto, sí, aagh, ahora dónde me limpio la mano… Aaauch, no graznaban, podías haberme dicho que había patos antes de meter la mano).
El repetitivo:
Hay árboles, pinos, flores, rosas, hierba verde, un estanque con agua y patos en el agua, y el agua está limpia, los patos entran y salen del agua, hay bancos, los bancos están a tope, los bancos son de madera, los pinos son muy altos, hay hierba, la hierba es césped… (eeeh, sí, genial, ¿vamos a tumbarnos en algún sitio y a gozar del silencio? Me duele un poco la cabeza).

Autor: Marta

Soy de finales de los 60, así que he vivido una época interesante en mi infancia y adolescencia, llena de cambios, llena de libros. Estudios, trabajo, matrimonios frustrados, hijos maravillosos. Nada demasiado diferente de cualquiera de vosotros. Entrando en los cincuenta. Dicen que es la mejor etapa de la vida...

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