¿Pérdidas?


No ha sido un mes demasiado bueno en cuanto a pérdidas. Es inevitable reflexionar cuando esto ocurre, tratar de bucear en los motivos… los porqué y los por qué no revolotean incansables, entran y salen de nuestra mente y, al menos a mí, me obligan a poner en marcha ese engranaje que por lo general prefiero que esté quietecito.
Todas las pérdidas dejan una estela tras de sí, como esos cometas que rasgan el cielo procedentes de un desastre cósmico. Su camino a nuestros ojos es bello, la impresión que nos dejan es hermosa. De repente ya no los vemos, pero seguimos siendo conscientes de que ese rastro de luz que se desvanece fue real. Aunque naciera de una explosión, de la muerte de un astro que ya no existe.
Hay pérdidas rotundas y definitivas, como la de los seres queridos cuando abandonan el anclaje de su cuerpo. A la cabecera de una cama de UCI, acariciando una frente amplia y despejada y un cabello que todavía conserva rastros de laca gracias a la coquetería de su dueña, no puedo por menos que preguntarme otra vez si la muerte es tan terrible. Si no es egoísmo lo que nos asalta en el momento de despedir a esa persona porque la pérdida es nuestra y nos cuesta desprendernos de lo que queremos. Y entonces me siento en paz, cuando en lugar de pensar en mí pienso en ella, porque estoy convencida que no todo termina ahí, que después comienza un tránsito, otro camino que no quiero etiquetar al que cada cual puede denominar como desee según sus creencias o no creencias.
Hay otras pérdidas no tan rotundas ni definitivas, sólo son seres que se desgajan de tu vida y emprenden otros derroteros que los alejan de lo que hasta un momento determinado fue una unidad. Y de nuevo nos asalta la tristeza… hasta que el engranaje se pone en funcionamiento. Entonces hay que recolectar la experiencia, las vivencias, extraer lo positivo y esforzarse en comprender que quizá no es tal la pérdida sino una ganancia a añadir en la columna de haberes, que nada es gratuito, que nada ocurre porque sí, aunque de entrada seamos incapaces de vislumbrar adónde nos lleva.
Y en lugar de perder me doy cuenta de que gano en madurez, en sensatez, de que mi equipaje vital a pesar de estar más lleno me parece más liviano porque he aprendido a sostenerlo de otro modo, equilibrando el peso, apuntalándolo para que en lugar de una carga sea una compañía que me susurra y me alienta.
En la vida hay situaciones que nos golpean, cambios que nos llenan de miedo y de inseguridad, momentos de dolor. Pero no olvidemos que por encima de todo eso somos la misma persona de siempre y que de nosotros depende que nos moldeen o que seamos quienes decidamos qué forma vamos a adoptar.
Me ha costado mucho escribir esta entrada, no por el hecho de escribir en sí sino por todo el proceso que ha sido necesario realizar antes de alcanzar este estado que he querido compartir con vosotros. Un beso a mis cometas, estén donde estén.

Querido y odiado bastón blanco


Al inicio de la promoción de mi libro, en la sesión de fotos para una entrevista que aún no se ha publicado y de la cual espero poder avisaros con tiempo, aunque me entere el mismo día, el fotógrafo quiso jugar a hacer figuras con mi bastón. En esos momentos pensé en vosotros, y en que cuando pudiera os explicaría algo sobre la experiencia con él (el bastón, se entiende).
Nuestra relación ha sufrido altibajos, como cualquier relación.
Cuando pusieron uno en mis manos por primera vez, contaba catorce años. No dejaba de ser un artilugio incómodo, rígido y bastante pesado (fue más tarde cuando comenzaron a comercializarse los bastones plegables y livianos). Enseñar a utilizarlo es algo que corre a cargo de profesionales en orientación y movilidad y allá que nos pusimos a la tarea.
Era verano, hacía un calor de miedo en la ciudad, pero yo me sentía eufórica. Aprender a moverme sin andar cogida del brazo de alguien constituía todo un reto y la sensación de libertad y autonomía resultaba extasiante. Mmm… Además, el profesor que me daba las clases era un chico joven muy atractivo del cual quedé convenientemente encandilada haciendo honor a los requerimientos de la adolescencia.
Fueron unas semanas intensas en las que se hizo preciso empaparme de numerosas técnicas, estrategias, habilidades y conocimientos que exigían una elevada dosis de concentración y paciencia. Mi mente bullía y un Pepito Grillo susurraba constantemente al oído de mis sistemas de alerta:
Escucha bien el tráfico, no cruces hasta que no oigas rodar los coches que van por la perpendicular. ¡Cuidado con los bordillos rebajados!, a ver si vas a encontrarte de repente en medio de la calzada sin advertirlo. Circula bien por tu derecha y no confíes en que los transeúntes te vean, es más probable que tú les esquives al escucharlos porque la mayoría de ellos irán sumergidos en sus pensamientos y te arrollarán. Atención a los andamios mal protegidos (hum, casi todos) pues el bastón pasará por debajo alegremente y tu despejada y juvenil frente será la que se empotre por arriba contra los hierros. La forma más segura de no caerte a las vías de tren o metro es deslizar el bastón por el borde exterior y caminar en paralelo al agujero… Ay, si es que los aterrorizados usuarios que te vean no se alarman tanto pensando que vas a dar con tus huesos abajo que tironeen de ti hasta lograr adosarte a la pared más lejana. A la hora de atravesar un espacio abierto, una plaza, unos jardines, busca referencias como bancos, parterres de hierba, y trata de ubicarte con los sonidos de tu entorno, no sea que acabes paseando tan feliz entre palomas totalmente desorientada. Si te pierdes, pregunta, como todo hijo de vecino aunque… Esto… “Sí, gira por allí, cruza allá y sigue por esa calle”, así, con la mejor buena intención de un ciudadano, señalando direcciones con un dedo… como que no ayuda demasiado. Deja el bastón relajado delante de ti en vertical en el momento de bajar escaleras, así detectarás cuando llegas al final… ¡y no cuentes los peldaños!, o verás qué fácil es descontarse y bajar rodando. Si oyes niños, aminora el paso, suelen plantarse delante a mirar como llegas y es fácil envestirlos… Y no te sientas demasiado culpable cuando alguien que si ve pero no mira por donde va acaba con tu bastón entre sus piernas y cayendo estrepitosamente, provocando gran confusión y doblándolo de tal modo que resulta complicado llegar en condiciones a destino si no llevas uno de recambio. Además del daño que podáis haceros. ¡Uf!
Obras, agujeros, motos aparcadas en las aceras, coches estacionados en los pasos de cebra, señales de tráfico, contenedores, farolas, cartelería de restaurantes y bares, mesas y sillas, ¡una caja de fresas maduras en mitad de la acera donde meter los pies y hacer batido refrescante! Toldos a la altura de frente y nariz donde golpearse, ruidos de martillos hidráulicos que desorientan, caceroladas contra esto o aquello que impiden escuchar el tráfico y te incapacitan para cruzar con seguridad una calle…
Nooo, no es una película de terror, es sólo la realidad. Por lo general, llegas sana y salva a casa, aunque a veces tengas la sensación de haber participado en una carrera de obstáculos. Siempre hay personas amables que te indican correctamente, que te ayudan a cruzar, que te acompañan hasta el portal de esa tienda que se te resiste. Pero también es igual de cierto que la falta de civismo de unos pocos dificulta la movilidad de muchos y, a pesar de que se han hecho campañas de concienciación y sensibilización desde diferentes ámbitos, no hemos mejorado demasiado. Y eso ha causado que a menudo viertas lágrimas de impotencia cuando te haces realmente daño por culpa de los malos hábitos de los demás.
Tal como dije al principio, mi relación con el bastón ha pasado por varios estadios. La euforia de los primeros meses se vio empañada por los miedos y prevenciones de mis padres (supongo que propios de padres) que me hicieron abandonar poco a poco la valentía de los inicios. Después llegó la temida timidez al comenzar en el instituto, la vergüenza de llevar bastón… y lo arrinconé por completo, dejándome acompañar por mis compañeros de clase. Es duro sentirse paquete y no ser capaz de plantar cara a la situación, pero es lo que se dio durante un tiempo, y ahí queda, anotado en mi lista negativa.
No me reconcilié con él hasta bastante después, cuando por cuestiones de trabajo tuve que desplazarme diariamente a Barcelona, utilizando para ello tren, metro y siendo preciso caminar a lo largo de varias manzanas hasta llegar a mi destino. Luego volví a guardarlo en un cajón, relegado por mi perra guía (esa es una historia que ya conocéis) y finalmente volvió a mí, con menos bríos, útil pero no amado, siempre presente pero sin grandes aprecios. A pesar de todo, tengo que agradecerle que haya hecho de mí una persona independiente y capaz de movilizarse, con más o menos soltura, como cualquiera.

Yo pensaba… (Presentación ‘Un refugio para Clara’ 17/07/2013)


Yo pensaba…
Una cosa es la entrevista con un periodista, aunque lo tenga enfrente, con su fotógrafo o su cámara, y otra muy diferente, hablar delante de un determinado número de personas, mi gente, mis amigos, mi familia. He de reconocer que estaba nerviosa, incluso con un punto de miedo a bloquearme. No iba a estar sola encima de la tarima, al otro lado de la mesa y del micro. Emili Rosales, director editorial de destino, se sentaría junto a mí y rompería el hielo. Menos mal que me tranquilizaba pensando esto… pero los nervios son como son, y van por libre.
En el primer día más caluroso del verano, el 17 de julio a las 19 h., con una humedad que pegaba la ropa al cuerpo, el pelo a la frente y los ánimos al aire acondicionado o a la corriente de aire en casa, el vestíbulo de la biblioteca Manuel de Pedrolo de San Pere de Ribes y la sala de actos ya contaban con un buen grupo de asistentes antes de nuestra llegada. Y empezaron las sorpresas, las emociones. De pronto recibía besos y abrazos de amigos a los que hacía mucho que no veía, familiares a los que no esperaba, vecinos, conocidos y no tan conocidos. Profesores del instituto de mis hijos, integrantes de un club literario, ¡incluso una amiga de la que hacía muchísimo que no sabía nada y que, por una casualidad de esas en las que no creo, escribe reseñas para uno de los blogs literarios más activos!
El mostrador del vestíbulo fue el soporte en el que ya antes de comenzar dediqué y firmé unos cuantos libros, con la íntima satisfacción de comprobar que mi redonda letra de niña de once años completamente en desuso desde hacía al menos treinta, sigue comprendiéndose.
Sabía que iba a haber bastante gente, pero la sala quedó totalmente desbordada por los que pudieron sentarse, los que aguantaron de pie… y los que no pudieron quedarse porque les fue imposible entrar.
Ese silencio expectante, esa respiración contenida. Esos aplausos después de las hermosas palabras de Emili, pronunciadas con la naturalidad que tanto le admiro. Esa voz mía que quería truncarse y que aguantaba valerosa mientras yo procuraba desgranar mis sensaciones, mi experiencia de todos estos meses y los días de promoción, mis emociones. Esa complicidad estupenda con rosa María Prats, mi editora, a la que saqué de su anonimato en las primeras filas y que echó a volar la magia de sus palabras explicando su vivencia con el libro.
Y al final, sin poder evitarlo, la emoción pudo conmigo y los sentimientos se licuaron a través de mis ojos, felicidad y agradecimiento a partes iguales, mientras los aplausos me envolvían y sentía flotar la emoción a mi alrededor.
La cola que se formó ante la mesa, cada persona con su ejemplar para firmar, las enhorabuenas, las críticas de quienes ya habían empezado o terminado de leer. Más besos, más abrazos, más apretones.
Yo pensaba…
¿Se puede pedir algo más en un día como hoy?
P.D.: Prometo fotos.

Técnicas y tecnologías


Estos días ha sido inevitable que surja un interés sobre cómo escribo, cómo me apaño para ello. Incluso se han dado situaciones divertidas en las que una señora, por ejemplo, habiéndome visto en TV firmando un libro, dio por sentado que había escrito mi novela a mano… quien más quien menos, ya sabéis que los ciegos manejamos los ordenadores con un lector de pantalla que verbaliza todo cuanto estamos haciendo, aunque también existen dispositivos que ofrecen la información en braille, si bien yo actualmente no los uso. No son ordenadores especiales, ni teclados especiales. PC de sobremesa, portátiles, Windows o Apple, los mismos que vosotros aporreáis o paseáis de un lado a otro. Tal vez ni sabéis que vuestro Mac echará a hablar si le dais a Command + f5. No hay más truco ni magia. Y también estaréis de acuerdo conmigo que la mayoría de vosotros no mira el teclado mientras escribe.
A lo largo de mis entradas, he hablado de trucos y habilidades que vamos desarrollando y perfeccionando a fin de subsanar necesidades, pero también existen ayudas más o menos técnicas o tecnológicas que facilitan ciertas tareas, como los ordenadores. Así que aprovecho y paso a referiros unas cuantas para que os hagáis una idea.
Hum, ¿estará la luz encendida? Malditos aunque cómodos interruptores conmutados que hacen imposible determinar, por su posición, si la respuesta es afirmativa o negativa. Siempre puedes preguntar pero, ¿y si no hay nadie? Casi mejor no arriesgarse. Para ello están los detectores de luz. Sí, esa tacita con el escudo de vuestro equipo de fútbol preferido que seguramente conocéis y que suena con su himno cuando la levantáis es un detector de luz. Si no hay luz, no suena, ¿os habíais fijado? Hay algunos más específicos, un llavero que al pulsar un botón emite un silbido de mayor o menor intensidad según la potencia de la fuente luminosa. Es útil por ejemplo no sólo para averiguar si una lámpara está encendida sino que también sirve para la pantalla del ordenador, persianas subidas o bajadas, pilotos que no sean excesivamente débiles.
Vaya… Compré cuatro tops iguales pero de diferente color… No quisiera ponerme prendas que no combinen. Bueno, no recuerdo el orden en que los guardé, así que mejor activo el detector de colores. Es un aparato con una luz láser que aplicado sobre la superficie del tejido, habla el nombre de éste. Mmmm…. Claro que cuando la mujer que se esconde dentro (como decía mi hijo) te dice… amarillo grisáceo verdoso muy claro… te quedas un poco anonadada. ¿Qué demonio de color será ese? Concedámosle que se trate de un beige. También hay aplicaciones para iPhone, por ejemplo, que realizan la misma función.
Sé que el niño tiene fiebre y es casi lo único que me interesa. Pero venga vamos a comprobar la temperatura no vaya a pasar de 39 que es una cifra que empieza a no gustarme. Cojo el termómetro, lo aplico en su axila y aprieto un botón…: “Prooontooo” Susurra una vocecilla en italiano. “¿Por qué dice pronto y tarda tanto?” me preguntaban antes los niños. Sí, es un poco lentito pero bastante eficaz. “La sua temperatura…”. Esta otra mujer encerrada en el termómetro dice que no está demasiado grave, pip, pip, aprietas de nuevo el botón y el aparatito se calla.
¿Qué hora es? Están los relojes táctiles, aquellos a los que les abres la tapa y dejas al descubierto las manecillas. Aplicando suavemente la yema para no desplazarlas, lees la hora sin problemas. Y luego existen esos otros que hablan o mejor dicho, vocean, y cantan la hora para todo aquel que se halle a tu alrededor. ¡¡¡Son las cuatro y diez de la tarde!!! Son los llamados parlantes y que yo sólo utilizaba de despertador. No me gusta que todo el mundo sepa que estoy mirando la hora… sobre todo si me encuentro en medio de una reunión aburridísima. No hace falta mencionar los móviles, los ordenadores, todo aquello con un reloj incorporado.
El mercado empieza a ofrecer electrodomésticos también parlantes, sobre todo lavadoras, robots que cocinan, básculas o balanzas… sin embargo la técnica de marcar con motitas de pegamento, o muescas, o etiquetas en braille siempre ha resultado útil, fiable y… barata. Hay aplicaciones que permiten saber qué producto tienes entre manos tras sacarle una foto.
También hay cosméticos etiquetados en sistema braille, sobre todo jabones de baño, y medicamentos. Cada vez más. Es bueno adherir una etiqueta a cada medicamento con el nombre (si no lo lleva puesto) y la caducidad, de este modo puedes controlar tu botiquín y no te arriesgas a administrar lo que no es. Y también etiquetas las cajas de los CD, los DVD o los departamentos del archivador donde almacenas las cantidades ingentes de facturas, recibos, documentos… etc.
Luego está la digamos alta tecnología… El escáner gracias al que puedo leer cualquier libro que me compre en una librería, o las cartas del banco… o los informes del instituto de mis hijos. El MP3 donde guardo un audiolibro para leer en cualquier momento y en cualquier lugar. El móvil, totalmente accesible.
Es posible que esté olvidando algo que resultaría interesante que conocierais pero de momento creo que bastará para que os hagáis una idea.
¡Y prometo seguir dedicando y firmando mis libros a mano, sí, sin bolígrafos mecánicos ni dedos biónicos ni aplicaciones que usurpen mi personalidad!

Desde el interior


Hay mucho que quiero contaros… pero no lo haré desde fuera. Quien más quien menos, compartido o por casualidad, explicado o leído, ya se habrá dado cuenta de cómo funciona una promoción. Entrevistas, reportajes, más entrevistas, fotos, más entrevistas. Todo está en la red, en el papel, en las ondas, a disposición de cualquiera que desee acompañarme en este camino por la vertiente exterior.
Pero, como podéis imaginar, existe lo que no se ve, lo que no se oye desde el otro lado de la radio, o al otro lado del vídeo. Lo que hace de esta experiencia algo realmente valioso y único.
La agenda que cuadra y se descuadra, los horarios siempre al filo de lo imposible, y siempre encajando, como por arte de magia. Ese nerviosismo en el estómago antes del encuentro con la cámara, con el periodista. El miedo que se enrosca acechante, sonriendo mientras se frota las manos, con ganas de hincar el diente, y que luego ha de retroceder, chafado por su fracaso, porque no se ha salido con la suya. La voz que quiere temblar, asustada o emocionada, y que logra mantenerse firme, aunque después de horas de cumplir con su cometido es sólo un susurro que provoca tos si se la requiere de nuevo. Los ojos irritados a fuerza de querer mirar al interlocutor, al objetivo. El pequeño esfuerzo de dedicar un libro a bolígrafo, con una mano que no escribe desde hace muchos años. La emoción, alguna lágrima que al fin vence y se derrama. Los abrazos sentidos, los besos.
Las noches de pocas horas durmiendo, con la mente dando vueltas entorno a lo que se te viene encima, tan desconocido y tan cercano a la vez. Ese apetito que se muestra un tanto huidizo, y la sed, mucha sed, toda el agua del mundo que quisieras beber y no puedes porque bueno… porque hay que continuar sin demasiadas interrupciones.
El corazón saltando con el bombardeo de mensajes, tweets, whatsapps, correos, llamadas… porque los que pulsáis un botón, o varios, o un teclado, todos vosotros sin excepción estáis ahí, conmigo, y lo sé, y lo siento. Y sé que sin vosotros mi experiencia apenas tendría sentido, estaría vacía, porque lo verdaderamente hermoso es compartirla.
A todas las personas, que son lo que más importa. A las que estuvisteis conmigo mientras se gestó y creció el libro, apoyándome y dándome ánimos para seguir. Amigos y familia. A todas, las que están y las que ya no están. A todos los periodistas que con su profesionalidad y cercanía han conseguido disipar el temor a las entrevistas. A todos los fotógrafos y cámaras que con su simpatía han logrado arrancarme una sonrisa (porque odio hacerme fotos y posar, por si no lo he dicho nunca). A todas las personas de la editorial Destino que me han dado la oportunidad de vivir un sueño. A las que me detienen por la calle y hacen que me emocione con sus palabras, o con mi libro en sus manos. Incluso a las que no comprenden que alguien pueda conseguir algo por sus propios méritos. A todas. Desde el interior, simplemente… gracias. Gràcies.

Entrevista Revista Plácet julio 2013


Marta Estrada (Esplugues de Llobregat, Barcelona, 1967) lleva compaginando durante años la escritura con su trabajo en la ONCE y su familia. Confiesa que la lectura y la escritura han sido siempre su pasión. Ahora publica su primera novela, Un refugio para Clara (edit. Destino) un muy buen libro lleno de sentimientos e historias de superación, amor y erotismo. Para la autora, un sueño cumplido.
“Hay que compartir las emociones y los sentimientos”
¿Cómo está viviendo la experiencia de ver publicado su primer libro?
Ya no voy a repetir que no me lo creo, porque es evidente que ha sucedido. La sensación de tener el libro impreso entre las manos es muy emocionante.
¿Cómo llega a convertirse en escritora?
Hace muchos años empecé a escribir este libro. He empezado muchas historias y nunca las terminaba y ésta, de alguna forma estaba destinada a lo mismo. Fue un amigo periodista –ya fallecido- quien leyó los primeros capítulos y me dijo que continuara con el libro, argumentando que le había gustado mucho y que nada tenía que envidiar a muchas novelas que ya se venden en librerías. De alguna manera me dio ánimo para seguir, aunque entonces nunca pensé en publicarla. Pero cuando la terminé me gustó y eso es algo complicado cuando escribimos, suelo ser muy crítica y exigente con mis textos.
¿Cuál fue el click que le hizo saber que mandaría el manuscrito a las editoriales?
Cuando entendí que mis personajes me habían llegado, que había empatizado con ellos, y que espero suceda lo mismo con los lectores a partir de ahora. Hubo un momento en que los personajes tiraban de mí  y cuando paraba de escribir, sentía una atracción especial que me pedía no dejarles colgados sin terminar la historia.
Un refugio para Clara es además un magnífico testimonio de superación, que aparte de las circunstancias de los protagonistas de su novela, son seguro, ejemplo para muchas personas que lo están pasando mal.
Por supuesto, el momento tan feo que estamos viviendo en términos generales en nuestro país, fue también un motor que me dio fuerza para intentar que este texto viera la luz. Hay una tremenda carga de desdicha al principio del libro, pero yo quería demostrar que se puede salir de las situaciones más amargas por la fuerza de voluntad y también por el hecho de compartir con otras personas lo que sea que te esté sucediendo. Así que me apeteció mucho dar ese mensaje de optimismo.
Incluso habla de “aliarse con el propio dolor”, ¿cómo?
Con el dolor tenemos dos opciones, hundirte con él o utilizarlo para salir adelante. El dolor hay que aprender a gestionarlo y aunque cuesta mucho, hay que abrazarlo y caminar con él.
¿Cuáles han sido los momentos más complicados hasta poner el punto y final de esta novela?
A menudo me atasco. Sufro bajones entre capítulos y a veces, me cuesta arrancar el siguiente. Lo achaco a la falta de disciplina o constancia. -Yo nunca he escrito como dicen que hay que escribir-. Hasta que una frase o una idea aislada me da el clic para continuar.
Ha hablado de compartir experiencia y emociones, pero vivimos en una sociedad en la que no sucede muy a menudo.
Por desgracia pienso que no. Por un lado porque las personas -me gustaría no incluirme- viven en la superficie y a todo el mundo le duele que le arañen esa superficie, y a otras muchas les molesta escuchar al otro desde la postura: “ya tengo suficiente con lo mío”.
Pienso que las emociones, positivas o negativas hay que compartirlas y estoy convencida de que para eso existen.
¿Este libro ayudará a compartir emociones?
Ojalá, espero que el lector se identifique con la historia, con las emociones y frustraciones o con la culpa, ya que en el libro hay una tremenda carga de culpa, y todos arrastramos un poco de todo esto.
¿Cómo le está cambiando este libro su vida?
Evidentemente es un paso adelante en un terreno como la escritura que llevo dentro desde hace muchísimos años. He conseguido realmente un sueño.
Publicar es un sueño hecho realidad y me demuestra que cuando te propones algo, se puede conseguir. Y no es que siempre se consiga todo al cien por cien, pero seguro que el camino vale la pena.
Y ahora toca enfrentarse al lector… y a la crítica.
Antes de enviar el manuscrito a las editoriales lo di a leer a diferentes personas.
La primera acogida ha sido muy buena y pienso que algo tiene que haber criticable en negativo. No puede ser que le guste a todo el mundo. Por otro lado no me asustan las críticas negativas, seguro que me ayudarán.
¿Se ha puesto a escribir otra novela?
Tengo un problema, tengo tres buenas historias en la cabeza y empezadas, y no sé con cuál quedarme. A la espera del click que me decida por una u otra, ahora pienso que es tan malo no tener ideas que tener demasiadas y no poder escoger.
¿Está preparada para el éxito o el fracaso?
Me asusta todo un poco. Estoy contenta y feliz con el resultado del libro, más aún haber podido publicarlo con una editorial como Destino. Lo que venga ahora seguro que es positivo.
¿Es también su novela un toque de atención sobre las discapacidades?
Sí, no por desconocimiento una sociedad puede eximirse de ellas. Sin querer adoctrinar es una llamada de atención a una realidad que está ahí. Se ha avanzado, pero falta mucho por recorrer en todos los sentidos.
“Los personajes del libro han tirado de mí hasta hacerme concluir su historia”

Fuegos artificiales


Cuando no hay tiempo de mucho y mucho de todo, quizá basta un símil para expresar tanto como llevo dentro. Las fiestas llegan a los pueblos con el verano, y los fuegos artificiales iluminan las noches. Colores y explosiones. Gritos y aplausos. Parece que  no existe nada más allá que esa cúpula nocturna hacia la que centenares de personas miran.
Y entonces el cielo estalla, mi mundo alrededor y bajo mis pies se convierte en un retumbar que vibra, se expande y hace temblar mi interior. Cierro los ojos porque no hay nada más que un sonido que me envuelve, y sujeto una mano que me ancla y que me dice que todo está bien, que todo irá bien.
Y cuando las voces exclaman con los últimos truenos de los fuegos artificiales y vuelvo a la realidad, sé que estoy en el camino que me he propuesto andar. Y sé que estáis todos ahí, como esas luminarias en el cielo. Conmigo. Gracias.

Otras realidades


Hace un par de semanas un amigo lanzó un suspiro enorme vía Twitter, algo así como “qué jodido es decirle a alguien que nunca aprenderá a leer”. El comentario se abrió camino en mis recuerdos y se quedó ahí agazapado, gestando una reflexión. Por desgracia, temo que, según los requerimientos actuales de rentabilidad de recursos con los que nos acosan a todos desde arriba, restaría validez a mi experiencia. Por suerte, al menos para mí, creo que me importaría muy poco.
Tenía sólo diecinueve años cuando me ofrecieron mi primer trabajo, una sustitución de instructora braille para adultos, es decir, enseñar a leer y escribir en este sistema. Los niños aprenden en la escuela de ciegos (ahora también integrados en escuelas con otros niños), pero aquellos que pierden la vista con más de dieciocho años acuden de modo voluntario a clases específicas para ellos.
Yo había conocido y me había relacionado con compañeros de mi edad en el colegio de la ONCE pero, después de eso, mi contacto con personas ciegas se había reducido a los amigos que conservaba del paso por esos tres años de EGB. Sin embargo, a raíz de mi trabajo se abrió ante mí un mundo que desconocía por completo y que amplió mis fronteras con experiencias muy enriquecedoras.
No eran muchos los alumnos jóvenes que tenía. Estos habían sufrido algún tipo de accidente o estaban aquejados de enfermedades degenerativas en los ojos. En su mayoría, mis alumnos eran personas de más de sesenta años que habían quedado ciegas generalmente a causa de diabetes. Otros llevaban años sin ver, pero no se habían puesto en manos de los servicios de rehabilitación de la ONCE hasta hacía muy poco.
Llegaban a mí temerosos, con una total inseguridad en sus posibilidades, incrédulos acerca de su capacidad para aprender a leer con las manos. Eran personas que habían perdido esperanza, que se sentían indefensas, llenas de frustración. Por supuesto existían excepciones, pero me permito generalizar porque se trataba de la actitud común en ellos. A los dos días ya había comprendido que mi cometido no se iba a basar sólo en enseñarles sino que por encima de mi misión pedagógica, debería procurar insuflarles un hálito de alegría y confianza en sí mismos. De entrada, encontrarse con una maestra tan joven parecía gustar a todos. Muchos expresaban en voz alta que si yo era capaz de desempeñarme sin dificultades, quizá ellos también podrían hacerlo. Empezábamos las clases explicándonos cómo nos había ido el día anterior. Les daba así la oportunidad de desahogar sus preocupaciones y desalientos. Luego procedía a leerles algún relato breve, algún artículo de cualquier revista de contenido interesante. Esto despertaba en casi todos las ganas de poder hacerlo por sí mismos.
Conseguido un cierto ambiente de optimismo, me dedicaba a enseñar el alfabeto valiéndome de tablas de madera con agujeritos donde insertar unas piezas de plástico con cabeza redonda que iban conformando los puntos de las letras. A lo mejor el artilugio tiene un nombre, pero se me ha olvidado. Costaba, pero casi todos acababan memorizándolas y reconociéndolas. Otra cosa muy diferente era pasar a la lectura en el papel. Los diabéticos acaban perdiendo parte de su tacto y claro, leer braille con poco tacto es una tarea muy complicada, a veces casi imposible. Qué difícil resultaba para mí hacerles comprender sin traumatismos que probablemente nunca podrían leer con fluidez. Era un auténtico ejercicio de equilibrio para que no se desmoralizaran. No recuerdo ningún caso en que no lo consiguiera lo cual me llenó siempre de una gran satisfacción, no por mí, sino por ellos. Seguramente muchos ya han muerto pero algunos todavía me llaman para felicitarme las navidades. Estoy convencida de que si mis jefes se hubieran enterado de que en las clases no siempre era braille lo que se hacía, habrían puesto el grito en algún cielo. No me importaba. El bienestar que sentían mis alumnos durante su hora de clase para mí no tenía precio, y nada me hubiese hecho cambiar de procedimiento ni actitud.
El abuelo músico de ochenta años cuyo objetivo era poder volver a leer partituras pero que jamás lo consiguió… Me lo llevaba al terminar el turno al aula de música y me sentaba a su lado en la banqueta del piano para escuchar cómo tocaba sin esa partitura añorada. Y él era feliz.
El tieso empresario de setenta y tantos para quien no poder leer ni escribir por sus medios era un descrédito… Junto a él en la mesa, dejaba que me leyera cualquier cosa para lo cual empleaba minutos interminables, infinitos. Era enloquecedor, sinceramente, pero cuando al cabo de un milenio acababa de leer su párrafo del día, habida cuenta de que yo le había estado escuchando, él exultaba de alegría.
La abuela de sesenta que tras grandes esfuerzos consiguió aprender, y su dicha fue total cuando se marchó con un cuento bajo el brazo para leer a su nieto.
La muchacha sordo-ciega (sí, figuraos) que nunca se desempeñó muy bien pero que se alegró como con un gran logro cuando terminó su primera cartilla de lectura.
El joven químico que se había quemado los ojos y que acabó redirigiendo su rabia contra el mundo mundial hacia el reto de leer tan rápido como el que más y escribir más palabras que nadie por minuto.
Y tantos y tantos ejemplos que podría mencionar. Lo mejor de todo es que ellos aprendieron algo, pero a cambio yo aprendí muchísimo. Aprendí otras realidades en la ceguera. Aprendí la verdad del tan trillado dicho de que nunca es tarde. Aprendí la lengua de signos para poder comunicarme con mi alumna sordo-ciega. Aprendí paciencia y entereza, a decir lo que tanto temían oír, ofreciendo vías de escape para que no se sumieran en la desesperanza. Y aprendí sobre todo que un poco de cariño suple a menudo cualquier ímprobo esfuerzo por conseguir que los demás se vuelvan receptivos.
Lo malo es que muchos aprendizajes no perduran en nosotros, y el tiempo y las vivencias me han hecho perder parte de lo que atesoré en aquellos meses. De todos modos, gracias a cada uno de mis alumnos por ser a su vez mis maestros.

Ver y mirar


Quienes leyeron el borrador de mi libro me preguntaban cómo puedo ser capaz de describir paisajes, entre otras cosas. Esto me lleva a una reflexión que va un poco más allá.
Las personas videntes suelen hacerse un lío con los verbos. Algunas porque en un principio no saben muy bien cómo decirlo, por temor a meter la pata. Otras lo hacen de modo totalmente natural: si fulanito es ciego, no ve ni mira, sino que toca o escucha, o simplemente oye.
La cuestión trasciende la pura semántica. La mayoría de los ciegos adoptamos sin problema (y no sólo eso sino que nos gusta así) los verbos ver y mirar. No puedo hablar exactamente de aquellos que lo son desde el nacimiento porque ese es un terreno que incluso para mí misma resulta un poco desconocido. Por tanto, como siempre, hablaré de mí sentir y de mi experiencia.
En los dedos y los oídos tengo un procesador que transforma lo que toco y escucho en imágenes que se alojan directa y simultáneamente en el cerebro en movimiento y color. Yo veo televisión, veo la prenda de ropa que quiero comprar, miro un paisaje o un dibujo de mi hijo. Es más, veo el libro que estoy leyendo y tanto es así que después de algunos años de haberlo leído y en el supuesto de que de dicho libro en su día se hiciera una película, puedo llegar a no saber si lo leí o bien vi dicha película antes de quedarme ciega.
El haber perdido la vista a los once años me ha permitido conservar un archivo completo de imágenes, colores, perspectivas, medidas, profundidades. Si hay algo que nunca vi (no se me ocurre, un monumento cualquiera por ejemplo), basta con localizar una maqueta que lo represente o la descripción en un libro y enseguida me hago a la idea, dándole de inmediato las medidas reales que pueda tener.
Las imágenes son parte integrante de mi esencia aun sin ver. Cuando mis hijos eran pequeños dibujaba cosas para ellos: se trataba simplemente de colocar un papel sobre una superficie un poco blanda (el grueso mismo de una libreta) y apretar ligeramente con el lápiz a fin de que las líneas fueran visibles al tacto. Y bueno, no debía hacerlo tan mal porque siempre sabían lo que había dibujado.
También tengo cierta memoria fotográfica, o visual. Retengo mejor, por ejemplo, cómo se escribe una palabra si la veo escrita en braille que si la escucho con un sintetizador de voz.
Y sueño, veo en sueños, sueño en imágenes y colores, todas las personas tienen cara en mis sueños, sean anteriores o posteriores a haberme quedado ciega. Soy ciega en los sueños, pero veo.
Recuerdo con nitidez paisajes, animales, puestas de sol espectaculares, dibujitos de TV, edificios, tanto por fuera como por dentro. Los rostros de familiares, amigos, de mis seres más queridos y próximos son en mi mente una especie de fotografía emborronada por el paso del tiempo. Parece que a poco de quedarme ciega tenía tan claro que guardaría por siempre esas fisonomías en mi recuerdo que le dije a mi madre: “bueno, me encargaré de colocarte una arruguita cada año”. No puedo estar segura al cien por cien, claro está, pero creo que si de repente recuperara la vista, sería capaz de identificar a las personas que formaron parte de mi entorno más cercano mientras vi, sin mediar su voz de por medio; incluso juraría que podría reconocer a mis hijos.
Luego está como en tantas cosas, el “trabajo en equipo”, digamos la simbiosis entre ciego y vidente. Hay videntes que tienen un arte especial para retransmitir imágenes y otros que hacen lo que buenamente pueden. Están los realistas, los poéticos, los sensacionalistas, los sentimentales, los escuetos, los empíricos, los repetitivos. Veamos un ejemplo de cada uno, por supuesto, con todo cariño y sin acritud, con otro poquito de humor, porque todo el mundo hace las cosas lo mejor que sabe y sólo el esfuerzo o la intención o el deseo de comunicar lo que sea ya son válidos.
DE VISITA EN UN PARQUE PUBLICO
El realista:
Está todo verde, hay pinos, rosas en unos parterres, bancos de madera y un estanque con patos (información concisa, sabes exactamente qué hay en este lugar).
El poético:
Es como una acuarela llena de colorido con la luz bañando los rincones y arrancando destellos del agua (deduces que el lugar es precioso pero no tienes ni idea de lo que te rodea).
El sensacionalista:
Halaaa, qué pasada, ¡es enorme, y qué bonito! Coooómo mola (oh sí, muy guai pero, ¿qué tenemos por aquí?).
El sentimental:
Este sitio me produce nostalgia, me recuerda al jardín de la casa de mis abuelos… lo pasé tan bien allí cuando era pequeño… (Sí, suele pasar, es lo que tienen los recuerdos pero, ¿me cuentas algo más?).
El escueto:
Hay árboles, flores y animales (aaah, perfecto, pero, ¿qué tipo de árboles, flores y animales?).
El empírico:
Esto pincha, el agua está fría, la resina es pegajosa, los patos pican (aaauuu, sí, ya veo, rosales… que está fría ya lo noto, sí, aagh, ahora dónde me limpio la mano… Aaauch, no graznaban, podías haberme dicho que había patos antes de meter la mano).
El repetitivo:
Hay árboles, pinos, flores, rosas, hierba verde, un estanque con agua y patos en el agua, y el agua está limpia, los patos entran y salen del agua, hay bancos, los bancos están a tope, los bancos son de madera, los pinos son muy altos, hay hierba, la hierba es césped… (eeeh, sí, genial, ¿vamos a tumbarnos en algún sitio y a gozar del silencio? Me duele un poco la cabeza).

Cuenta atrás… Un refugio para Clara


Os lo prometí, y aquí lo tenéis. El texto extraído del PdF que resulta un poco bailón para el lector de pantalla debido a los gráficos y la composición. Lo comparto con toda la emoción de la proximidad y la expectativa.

JULIO

FICCIÓN
Fecha de publicación 2 de julio
Áncora & Delfín
Un refugio para Clara
eBook
Marta Estrada
Personajes extraordinarios que consiguen la empatía absoluta del lector y que además del ritmo totalmente medido y absorbente hacen de la novela una lectura adictiva.
«Yo siempre digo que todo empezó cuando me quedé ciega. Si hay que encontrar un motivo, lo atribuiría al hecho de haber perdido el vínculo de conexión con el exterior que hasta entonces había formado parte de mi normalidad.»
Marta Estrada, durante la escritura de su primera novela, ha creado una historia que surge de lo más interior de uno mismo, ya que como al no poder ver, al no poder mirar a su alrededor, empezó a hacerlo hacia adentro. Y dentro, descubrió un vasto terreno inexplorado, donde había de todo, y era como seguir viendo.
“Un refugio para Clara” es una historia de amor nada convencional, apasionada y sensual. Unos días de excursión del colegio de Belén le permiten a Clara tomarse un respiro y emprende un viaje a un lugar del Pirineo donde encontrar un poco de paz. Pero una tormenta de nieve le hace tomar el rumbo equivocado y la obligará a refugiarse en la casa de un hombre arisco y taciturno, Éric, quien a pesar de ofrecerle su ayuda resulta molesto con su presencia. Ese tiempo en la casa, aislados del mundo, serán días de confesiones mutuas, de pequeñas y grandes complicidades entre dos seres heridos pero con una férrea voluntad de vivir. Y también serán días de grandes descubrimientos, de los cuerpos y de los corazones, y de la revelación de que no existe nada más erótico que el amor.
«Con el tiempo, abandonamos este juego, pero yo atesoré una gran cantidad de historias en el cofre de mi memoria. Muchas son inverosímiles, por exageradas. No se me ocurriría escribirlas. Pero Éric forma parte de una de ellas. No su drama particular, éste nació para el libro. Sí el hecho de ser una persona sorda.»
DESTINO
Departamento de Comunicación.
La elección de Marta, ser escritora:
«Yo siempre digo que todo empezó cuando me quedé ciega. Si hay que encontrar un motivo, lo atribuiría al hecho de haber perdido el vínculo de conexión con el exterior que hasta entonces había formado parte de mi normalidad. Estoy segura de que, al no ver, al no poder mirar a mi alrededor, empecé a hacerlo hacia adentro. Y dentro, descubrí un vasto terreno inexplorado. Allí había de todo, y era como seguir viendo. Todavía hoy mucha gente me dice que siempre estoy seria. No se trata de estar o ser seria sino de que a menudo tengo la vista de mi mente vuelta hacia el interior. Por supuesto, esta circunstancia no habría bastado por sí sola. Mi forma de ser abonó el terreno para convertirme en una máquina de imaginar, y muy pronto sentí la necesidad de ir vaciando ese contenido en un papel. Leer, imaginar y escribir. Creo que ése fue el orden correcto. Cuanto más leía, más se desbordaba mi imaginación. Entonces me sentaba ante mi máquina de escribir braille y comenzaba una novela que terminaba en dos o tres días. O un poema. O mi diario. Cualquier cosa. Mantenía correspondencia con mis amigas, cuando lo de las cartas era un modo habitual de comunicarse. Largas, larguísimas cartas que en sí ya constituían un ejercicio de escritura constante.»
Aquí os dejo el enlace directo al PDF