Mi perra guía

Antes de explicar la historia de mi perra, quiero aclarar que yo tuve mala suerte y que no se puede ni se debe tomar mi experiencia como ejemplo de algo que ocurra con frecuencia. Los perros guía son fabulosos cuando se consigue un equilibrio entre animal y usuario, y el fracaso de este tándem no siempre es culpa del perro. Hay muchos factores que influyen en el correcto desarrollo de la relación entre ambos y el buen funcionamiento de las capacidades para las que el perro ha sido entrenado.
Fui a la escuela de Rochester, en el estado de Detroit. Era el mes de febrero, y os aseguro que aquello era lo más semejante al polo norte. Qué frío. Rochester es una ciudad pequeña, de amplias avenidas, no demasiado tráfico… y en invierno, nieve, mucha nieve, con caminitos abiertos para transitar por las aceras. Un belén nevado, vamos.
Bia era una Golden retriever más que bonita, color dorado, suave como un peluche y en exceso cariñosa. Era la niña de los ojos del instructor que me la entregó, y creo que por ahí empezaron mis problemas. Él, supongo que de modo inconsciente, daba órdenes a la perra cuando ésta iba conmigo. No era preciso que fueran habladas, sino que se trataba de simples gestos de mano que ella obedecía más que a mi voz.
Estuve tres semanas allí, interesantes semanas entre norteamericanos, entrenando: recorridos por la ciudad, paseos campo a través que más que paseos eran carreras por las inmensas ganas de correr de estos animales cuando todavía están en período de entrenamiento; circuitos con trampas que los instructores preparaban para ver la reacción del tándem ciego / guía; visitas a grandes almacenes, viajes en metro por la capital… Todo muy bonito allí, todo muy programado y controlado.
Pero claro, llegas a España, y zas, los perros empiezan a alucinar. Miles de porquerías en el suelo (son razas rastreras que quieren llevárselo todo a la boca), tráfico intenso, ruidos, muchos ruidos… y sobre todo, en mi caso, personas que constantemente la tocaban, acariciaban, le decían cosas, incluso la llamaban desde lejos (el precio de la belleza).
No fue una buena guía para mí, aunque la quise mucho. Se entretenía siempre con la gente que de algún modo llamaba su atención, quería coger todo lo que veía por el suelo… Luché por imponerme como alfa, por dominar su cabezonería, pero no lo lograba. Y no me sentía segura. Un día, cruzando un túnel bajo las vías del tren, nos pasó un convoy por encima con un estrépito horroroso. A partir de entonces todo fue de mal en peor. Cogió miedo de todos los ruidos, cualquier sonido la sobresaltaba de tal manera que a menudo era yo la que iba delante tirando de ella. Figuraos el panorama. Tanto fue así, tan mala llegó a ser nuestra relación que finalmente no me quedó mas remedio que devolverla. Porque ni siquiera fue posible quedármela como mascota. Era tan posesiva conmigo que cuando quedé embarazada, los entrenadores me advirtieron del peligro que Bia corría de consumirse de pena a la llegada del bebé. Mejor morirme yo de pena que ella.
Entregarla en el aeropuerto de Madrid (me negué a enviarla por Seúr como un paquete cualquiera) fue de lo más duro que me ha tocado hacer en mi vida. Sólo yo sé lo que lloré, la quería mucho, habíamos estado dos años juntas. Ahora ya debe trotar feliz por las praderas del cielo de los perros guía.
Es muy prosaico lo que estoy contando hoy. Y si lo hago así es porque quiero que la gente sea consciente de que un perro guía, cuando trabaja,  no es un perro como los otros. Mientras está trabajando forma parte del usuario al que acompaña. Si os cruzáis con alguno, dejadle trabajar, no le habléis ni llaméis ni le toquéis. No le ofrezcáis golosinas, ni comida en un restaurante o en casa. No tratéis de tirar de su arnés. Si hacéis algo de todo esto estaréis perjudicando su concentración y su capacidad de reacción, además de poner en peligro todo el esfuerzo que hay que llevar a cabo para que perro y usuario alcancen  la excelencia de todo cuanto pueden dar de sí estos magníficos animales.

Autor: Marta

Soy de finales de los 60, así que he vivido una época interesante en mi infancia y adolescencia, llena de cambios, llena de libros. Estudios, trabajo, matrimonios frustrados, hijos maravillosos. Nada demasiado diferente de cualquiera de vosotros. Entrando en los cincuenta. Dicen que es la mejor etapa de la vida...

2 opiniones en “Mi perra guía”

  1. Hola Marta, cuantísimo lo siento. Y por qué dices que estará en la pradera del cielo de los perros guías? es que ocurrió hace mucho?
    Yo he sido familia de acogida de una perra guía. Afortunadamente está con su usuario. Ahora tengo en casa un precioso labrador que iba para perro guía pero se quedó en casa por un "probable futuro" problema en una mano.Tengo compañeros usuarios de perro guía y sé lo importante que es que la gente sepa como comportarse ante un perro guía para no romper su concentración cuando está guiando, pero siempre he pensado que la ONCE debe de hacer contínuamente campañas informativas a este respecto.
    Un saludo

  2. Hola, Marisol:

    Sí, ocurrió hace suficiente como para que Bia trote por esas praderas. Por desgracia, no recuerdo ninguna campaña al respecto, y la tarea, ardua por lo reiterativa, recae en los usuarios. Se necesita mucha paciencia y más diplomacia para mantener alejadas a las personas que con buena fe se acercan a los perros. Y no siempre es posible.

    Lo de las familias de acogida lo encuentro admirable y hermoso. Gracias por la labor, sobre todo en nombre de los propios perros, y un saludo cordial.

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