Mi amiga del instituto

Hace unos días una persona que lee mi blog me pidió que contara algo acerca de la única amiga que conservo tras mi paso por el instituto. Allá va.

Se llama como yo. Nos conocimos en el primer curso, aunque nuestra amistad realmente se fraguó a partir del tercero. He de reconocer que al principio no conectaba con ella. Marta vivía en el mismo pueblo que yo y era una de las que iba conmigo desde la parada del autobús al instituto y viceversa. Tiene una voz peculiar, bastante aguda, cuyos registros son imposibles de pasar por alto y que a mi oído resultaban difíciles de asimilar (perdona Marta si me lees, sólo fueron unos meses, ¡no te molestes!). Además, siempre fue muy despistada, atolondrada, sus movimientos eran rápidos, con gran balanceo del brazo del cual yo iba cogida, lo que me provocaba una tremenda sensación de inseguridad. Es el cuerpo de quien te guía el que da la información (dirección, giros, escalones, etc.) y el de ella se movía como un garbanzo en la boca de un viejo, figuraos para captar las señales a tiempo.

Marta, ¿puedes pararte en una cabina?, Necesito hacer una llamada. Y vaya si se paraba, estrellándome contra las puertas batientes porque no me daba ocasión a reaccionar…

Esto al principio me desconcertaba, pero finalmente acabábamos riéndonos.

Nos deteníamos a hablar con alguien y tras despedirnos, ella echaba a andar sin mí, circunstancia de la que podía darse cuenta unos metros más adelante… También me hizo entablar cierta amistad con unas cuantas farolas del recorrido habitual. No fue una amistad demasiado violenta, se trató de leves roces y ligeros encontronazos pero si no con todas, llegué a tener contacto con la mayoría.

En el viaje de fin de BUP a Granada estropeé unos zapatos porque la buena de Marta me metió en todos los canales y canalillos del Generalife que, por si no lo sabéis, están llenos de agua. Bueno, al menos mis pies salieron indemnes…

Marta también tenía una rara y divertida habilidad. Transformaba algo que veía en otra cosa y me la contaba felizmente, hasta que se daba cuenta de que era un error y entonces se partía de risa. Convertía un secador de viaje en una lata de Coca-Cola, un bulto de ropa sobre una silla, en un gato… Y lo decía tan convencida que el posterior estallido de hilaridad daba con nosotras en el baño más próximo.

Era de las que te mostraban los interruptores de la luz para que la encendieras y de las que al enseñarle un libro y preguntar ¿qué es? contestaba sin inmutarse: un libro.

Nuestra amistad estuvo salpicada de cientos de episodios como estos que, lejos de incomodarme, no sé por qué extraño mecanismo, nos fue uniendo más y más. Supongo que la gran naturalidad con que Marta me trataba y con la que aceptaba sus propios deslices fueron suficientes para sellar la relación que todavía hoy perdura. Y sobre todo su sinceridad, su sensatez, su nivel de empatía.

Tiempo después se casó y marchó a vivir a EE.UU de donde volvió hace unos años. Ahora somos vecinas de bloque. En la actualidad, ir con ella es más seguro, se ve que el par de décadas transcurridas la han serenado. Gracias por tu amistad, gracias por todos estos años

Dedicado con un guiño de complicidad y cariño a quienes todavía hoy pierden el sueño si me rozo con una señal de tráfico o meto el pie en el hueco de un árbol. También a quien me entrega partituras en la coral de la que formo parte porque su naturalidad le impide recordar que no las veo.

Autor: Marta

Soy de finales de los 60, así que he vivido una época interesante en mi infancia y adolescencia, llena de cambios, llena de libros. Estudios, trabajo, matrimonios frustrados, hijos maravillosos. Nada demasiado diferente de cualquiera de vosotros. Entrando en los cincuenta. Dicen que es la mejor etapa de la vida...

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