Jugar


Hoy vuelvo con un post fresco como el otoño que se nos echa encima. Nacido de la reflexión acerca de cómo juegan los niños en la actualidad, lo mucho que se pierden, según lo vemos quienes hemos jugado en la calle, quienes hemos experimentado la adrenalina de la aventura fuera de una silla ante una pantalla. Y quizás muchos se preguntan si los niños ciegos juegan igual que los videntes. Aquí os comparto mi experiencia.
Mis hábitos de juego no cambiaron en casa; jugar en casa era sencillo, muñecas, Tente, modelar con plastelina, todo tipo de juegos simbólicos… Sin embargo tuve que tomar en cuenta algunas consideraciones.
Antes de quedarme ciega prácticamente había dejado de jugar con los demás niños. La fragilidad de mis retinas desde los 7 años me obligaba a guardar muchas precauciones: no correr, no saltar, no darme golpes, todo lo cual imposibilitaba los juegos alocados propios de la edad. Incluso me estaba negado salir al patio a las horas de los recreos.
Pero, oh, liberación, la ceguera trajo consigo la libertad de poder comportarme como cualquier otro niño, por fin podía desmelenarme, ya no había peligro. Mmm… al menos aparentemente. Poco consciente todavía de mis limitaciones y de los recursos para minimizarlas, un buen día eché a correr en el jardín del colegio. Como todo jardín que se precie, tenía sus magníficos ejemplares de árboles y bueno… hubo uno en particular que tuvo la osadía de ponérseme delante. No sentí dolor, sólo sorpresa al verme sentada en el suelo y notar algo viscoso deslizándose por mi cara. Me había partido una ceja.
Estaba claro, tenía que aprender a jugar. Veamos, reconocimiento del terreno, ubicación de obstáculos varios que pudieran venírseme encima, detección anticipada de sujetos móviles a dos piernas pululando a mi alrededor… Otros niños en la escuela correteaban de acá para allá y tardé un poco en comprender que existían determinados grados de ceguera, algunos veían un poco, o distinguían luces y sombras que les permitían esquivar a otros compañeros… o a los pinos. Bueno, no era problema. Yo podía elegir dónde y a qué quería jugar y esa era mi baza. No era preciso correr, podía explorar el inmenso jardín (toda una aventura), colgarme de la media luna de hierro, inventar historias en las que convertirme en no sé qué personaje de alguna serie de televisión.
También en la urbanización donde vivíamos había niños con los que jugar, vecinos que venían a casa y para los que yo era una más. Em, bueno, era una más si lograba liderar los juegos. Si era yo la jefe de policía y ellos los ayudantes que debían ir detrás de mí, era una más. Si era yo la niña valiente que se enfrentaba a un enemigo alienígena y les dirigía en la batalla, era una más. Si era yo la guía en una exploración por la selva, era una más. ¿Mandona? No, se trataba sólo de ocupar una posición que no me hiciera sentir diferente y normalmente lo conseguía. Si alguno de ellos tomaba la iniciativa era frecuente que echaran a correr sin acordarse de mí y entonces me sentía torpe y desplazada. Esa situación en aquella época no me causaba amargura sino incomodidad, fastidio y contrariedad.
Es curioso como con el tiempo, nosotros mismos vamos erigiendo muros en los cuales a menudo nos lamentamos. A fuerza de coscorrones vitales, frustraciones, desengaños y miedos, nuestros esquemas de comportamiento se van modificando. A los 11 años era capaz de acudir a casa de otro niño cruzando una calle, siguiendo las vallas de las casas o atravesando un solar lleno de hierbajos y agujeros, todo ello sin bastón. O de montar en bici. Ahora no lo haría, pero no porque sea adulta sino porque he ido acumulando convencionalismos, reparos, complejos y miedos que entonces todavía no me afectaban, bien por inconsciencia o bien porque todavía quedaba en mí mucho de niña vidente.
En definitiva. Por lo menos cuando yo era niña, había pocas diferencias en el modo de jugar. Me pregunto cómo se sentirán los chavales ciegos de hoy en día que no pueden jugar a la play, o a cualquier juego gráfico de tantos como suenan y pitan y atronan en pantallas de todo tipo y tamaño.

Autor: Marta

Soy de finales de los 60, así que he vivido una época interesante en mi infancia y adolescencia, llena de cambios, llena de libros. Estudios, trabajo, matrimonios frustrados, hijos maravillosos. Nada demasiado diferente de cualquiera de vosotros. Entrando en los cincuenta. Dicen que es la mejor etapa de la vida...

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