Hay un bulto en mi sofá

Lo confieso. Toda la vida he sido de perros. Y ahora tengo una gata. Jamás lo habría imaginado, y ni siquiera es porque yo lo quisiera así, no. Primero quiso un hijo y el otro se oponía, y me oponía yo, todo hay que decirlo. Después comenzó a querer el hijo que se oponía. Así que quedaba aislada en mi posición defensiva.

De repente, un viernes, concretamente el 5 de febrero, me vi caminando con mi hijo mayor por un descampado, derechita a una protectora. Sí, para adoptar un gato. ¡Válgame Dios!, como diría un amigo. Eso sí, solo íbamos a echar un vistazo, a informarnos. Ja. Ilusa.

Una vez más (porque resultó ser la misma protectora donde hace 10 años adoptamos a Mich, nuestro perro), me vi explicándole a la misma señora qué tipo de gato se ajustaría más a mis expectativas. Una vez más (porque claro, yo sigo siendo ciega) eso de: “mira, obsérvalos tú misma…” como que no sirve demasiado. Así que pedí que me abriera la puerta del espacio vallado donde estaban los mininos y allá que me metí, dispuesta a plantarme de cuclillas y esperar a que alguno tuviera a bien acercarse para que pudiera verlo.

Y vino ella. Una gatita de un año y medio aproximadamente, blanca y con manchitas grises en las patas, rabo y orejas. Ah, ya me veis el plumero, con eso de gatita, y manchitas… Se sentó delante de mí, en esa postura exquisita de figura de porcelana, se dejó manosear a dos manos y me estudió fijo con sus ojos verdes.

Fue ella la que nos eligió, como pasó en su día con Mich, estoy convencida de ello. Así que no hubo más que hablar ni más gatos que intentar ver. Nos la llevamos. Tal cual. Directos al veterinario, a que le hiciera una revisión, a vacunarla y desparasitarla. Directos a comprar pienso, arena, caja para la arena, pala para la arena de la caja, dos o tres juguetes, un cepillo y comedero y bebedero.

Que sí, que solo íbamos a echar un vistazo, que… Vale. Se llama Nara. Ahora confieso de nuevo. Estoy enamorada.

Desde el primer momento pareció gustarle su nuevo hogar. Pasó toda la tarde paseando por la casa, ronroneando. Aceptó su comida y su agua, se dejó cepillar, acariciar, abrazar y apretujar. El ronroneo nos perseguía por los rincones, era como una felicidad andante, como un bienestar que pululaba arriba y abajo. Y desde entonces.

Yo desconocía por completo el comportamiento de estos animales, así que he tenido que ir aprendiendo sobre la marcha. Tuve que descubrir qué es un celo, porque sí, ahí la señora me engañó, me dijo que estaba esterilizada y no era verdad. Supe qué es pasarse ocho días viéndola arrastrarse por los suelos reclamando al macho, en una hiperactividad casi constante, sobre todo de noche, qué alegría. Tuve que enseñarle que las uñas no se usan en el sofá sino en el árbol para gatos que le compramos. Tuve que acomodarme a no pisar fuerte por no chafarla puesto que el collar con cascabelito la estresaba y no hubo más remedio que quitárselo. Tuve que acostumbrarme (esto es por quedar bien, puesto que no me costó ningún esfuerzo) a que salte sobre mi pecho o estómago cuando me tumbo y sentir esa vibración que juraría que es terapéutica.

Ya no me sorprendo del todo cuando reclama caricias metiendo la cabeza bajo mi mano como hacen los perros. Tampoco cuando rasca la puerta de mi habitación con la pata para entrar… como hacen los perros. Cuando se pone panza arriba y con las dos manitas empuja mi mano hacia su tripa para que la rasque. Cuando de noche se sube a mi cama, acerca su cara a la mía, muy cerca muy cerca, haciéndome cosquillas con los bigotes, y me da toquecitos en la mejilla, con el motor del bienestar en funcionamiento.

Es un roscón peludo y cálido, adorable. Es cariñosa, achuchable y buena, limpia y está feliz. A veces no soy capaz de encontrarla… y entonces cuando me siento en el comedor, descubro un bulto bajo la funda del sofá. Y una cabeza de orejas largas que se asoma y me mira.

Así es Nara.

Nara tan feliz

Ahora ya soy de perros y gatos.

Nara enroscada en su cesto colgante

Autor: Marta

Soy de finales de los 60, así que he vivido una época interesante en mi infancia y adolescencia, llena de cambios, llena de libros. Estudios, trabajo, matrimonios frustrados, hijos maravillosos. Nada demasiado diferente de cualquiera de vosotros. Entrando en los cincuenta. Dicen que es la mejor etapa de la vida...

5 opiniones en “Hay un bulto en mi sofá”

  1. Yo siempre he sido de perros y gatos. Habiendo crecido en casas de campo, he tenido a ambos y los he disfrutado tremendamente. Hay quien dice que los gatos son más traicioneros, pero eso depende mucho de las experiencias vividas por cada gato, del trato recibido etC y por tanto, como todo, también hay gatos y gatas sencillamente adorables. Disfrútala mucho!

Y tú, ¿qué opinas?