Día de Reyes

Cuando veo la cantidad de regalos que hoy en día recibe la mayoría de los niños, no puedo evitar recordar mi infancia. Entonces sí creo que valorábamos lo que sus Majestades tenían a bien poner en nuestras manos, y durante todo el año alimentábamos una ilusión que quizás, solo quizás, se vería colmada el 6 de enero.

El caso es que apenas recuerdo dichos regalos, al final la memoria decide qué guardar en sus arcas, y nos damos cuenta de que no todas las vivencias son tan importantes como nos parecía. Solo hay uno que archivo en mi mente como muy especial, una muñeca bebé de las que empezaban a comercializarse, esas grandes, tamaño real, que realizan acciones de lo más inverosímil. Se llamaba Cariñitos, y si la lanzabas al aire, emitía gorgoritos o decía algunas palabras muy propias de bebés, por cierto. Me veo yendo a casa de mis tíos y jugando con la muñeca, feliz de la vida.

El siguiente día que me viene a la memoria es el que más dulce sensación me reporta. Una mañana en que no hubo ningún regalo grandioso ni mucho menos caro. Seguramente aquel año los Reyes tuvieron algún problema para aprovisionarse.

Pero no he vivido jornada tan maravillosa como aquella. El comedor estaba plagado de pequeños paquetitos con diferentes objetos: un lapicero con pies y cabeza y cuerpo de muelle que se mecía al colocar un lápiz o un bolígrafo en el agujero superior. Rotuladores, un celo, una grapadora chiquitita, un taladro para anillas, algún cuaderno. Desenvolver aquellos obsequios era primoroso, y cada uno de ellos me producía un placer indescriptible. El más grande, a compartir entre mi hermana y yo, fue una diana de felpa con pelotitas de velcro como proyectiles, que estuvo mucho tiempo colgada en la puerta de nuestra habitación.

Pese a mi experiencia, yo terminé cometiendo el mismo error. Me parecía que si mis hijos no tenían muchos regalos para buscar y desenvolver no iban a sentirse bien, y durante bastantes años los inundé de tonterías que abrían, miraban, montaban y olvidaban. Hasta que llegó el triste momento de darles dinero porque resultó imposible acertar con los regalos.

Yo, que de niña era muy melodramática, tenía una fantasía. Me imaginaba regresando al colegio el día después de Reyes. Todos los niños se contaban y mostraban sus regalos, alardeando. Yo me apartaba, triste, y cuando me preguntaban por los motivos, respondía que a mí no me habían traído nada. A saber cuál era el mecanismo psicológico de tan victimista fantasía. Y prometo que no conocía esta hermosa canción:

El día de Reyes, por Pablo Milanés.

Hoy he recuperado aquella sensación cuando mi hijo mayor me ha entregado tres de esos paquetitos: dos de un té delicioso y una crema de manos de rosa del Himalaya. Estoy encantada.

Autor: Marta

Soy de finales de los 60, así que he vivido una época interesante en mi infancia y adolescencia, llena de cambios, llena de libros. Estudios, trabajo, matrimonios frustrados, hijos maravillosos. Nada demasiado diferente de cualquiera de vosotros. Entrando en los cincuenta. Dicen que es la mejor etapa de la vida...

8 opiniones en “Día de Reyes”

  1. Hola, jefa:

    Es posible que como dices, los niños de ahora no valoren en toda su extensión la cantidad de regalos, a veces desmesurada, que tienen. Pero creo que los adultos no llegamos a comprender lo que este día, y todo lo que nos trae, conlleva para los pequeños.

    en mi caso, sus magestades los reyes de oriente me traían lo que les pedía, pero bien es cierto que mis padres me acostumbraron a pedir lo justo. me hacían entender que había muchos niños en el mundo que tenían pocos o ningún juguete, y que yo no debía pedir demasiados por ese motivo. Es por ello que en casa, como en casa de mis abuelos, solo traían una cosa. Es decir, un máximo de dos.

    Recuerdo muchos de esos días de reyes. Unos con más claridad, otros con menos. Pero todos con cariño. Y cuanto más años voy cumpliendo, con más cariño lo recuerdo, porque sé que nunca volveré a tener la ilusión de entonces.

    Esa ilusión de acudir a la cabalgata de reyes, ver a sus magestades en sus carrozzas, y tras ellos, camiones y camiones llenos de cajas de regalos. Cada vez que los vvvvvvvvvvveía, pensaba… “Seguro que en una de esas cajas, van los míos”.

    Era una noche mágica. Tras la cabalgata, ya solo restaba cenar y acostarse pronto, para que pasase la noche lo antes posible. Y como muchas veces me pasaba, despertarme a media noche, no una, ni dos, ni tres veces, para fastidio de los reyes, y levantarme a recorrerme cada rincón de la casa, a oscuras, a fin de que mis padres no me interceptasen y me hiciesen volver a la cama antes de encontrar los juguetes.

    Fíjate si me recorría toda la casa, que recuerdo mirar incluso en el baño. Jeje.

    En fin, que me alargo demasiado. No considero que los niños no valoren lo que tienen. Más bien son sus magestades, que con el afán de hacernos felices, y de tratar de acertar todo lo posible, se exceden.

    cierto es también que luego, las obligaciones diarias de los niños impiden que se disfruten esos regalos como ellos querrían, pues recuerdo días de reyes en los que al día siguiente teníamos que volver al colegio, sin apenas haber disfrutado de lo estrenado.

    Por último, decirte que me alegro mucho que la ilusión de este día haya vuelto a tu vida. ¿qué bien sienta recibir regalos inesperados, verdad?

    Muchos besos, y un abrazo.

    1. No, no te has alargado mucho. Estoy de acuerdo con todo lo que comentas y te agradezco el tiempo que has dedicado para compartir tu experiencia. A lo mejor depende de nosotros que esa ilusión no se marchite, aunque no sea con regalos materiales. Un abrazo.

  2. Yo creo que volver a recuperar esa ilusión es lo más importante.
    A mi me ha parecido algo como a ti desde que me he casado, tengo coni quien compartir esa ilusión que antes no tenía.
    Enhorabuena por la entrada y ojalá esto pudieran leerlo algunos niños para aprender a valorar todo lo que tienen.

  3. A pesar de que muy pronto me desvelaron el secreto de los Reyes Magos, recuerdo, y aún vivo con gran emoción, su llegada a mi ciudad, al ritmo de esos tambores que me hacían vibrar y saltar. Y sus discursos en la Plaza y las largas colas para entregarles mi carta, la proximidad a ese trono que podía tocar y la esperanza de que pasaran por mi casa aquella noche… Éramos 4 hermanos, así que nunca fueron muy abundantes los regalos que recibimos. Ni siquiera recuerdo si alguna vez me trajeron algo que les pidiera en la carta… Pero recuerdo con especial cariño el cochecito de muñecas con el que di tantas vueltas por una plaza aquel día de Reyes, y mi muñeca Cariñín de otro año, que tenía un llanto tan creíble. O mi Rabietas Llora, al que se le oxidaron los ojitos por tanto llorar. O mi Baby Mocosete, que se hacía pis y siempre tenía moquitos después de tomarse el biberón… Y mi habitación blanca de muñequitas, tan completita ella… Y aquella muñeca de trapo con cuadros azules y blancos que se mecía en una cunita de cartón y que dejaron los Reyes en casa de mi madrina… Y recuerdo el último de mis juguetes, creo, una muñeca que daba besitos pero que tenía una voz tan horrible, que pedí que me cambiaran porque no la soportaba, y en su lugar llegó Mency Mamá, con su mecedora y sus canciones… Y algún año, siendo más mayorcita, tuve que inventarme algún regalo para no sentirme menos que mis compañeros, pues ese año los Reyes tuvieron que optar por la ropita interior que me hacía falta…

    1. Qué tiernos recuerdos… Conocí esa Mency Mamá, pero puedo imaginarte perfectamente con el resto de juguetes. Apenas me acuerdo de las entregas de cartas más que a través de las fotografías que vi durante un tiempo algo más tarde. Y las grandes cabalgatas de barcelona… Yo me enteré con siete años, me lo dijeron en clase donde, no sé por qué, estábamos todos los alumnos de pie contra las paredes. Un beso enorme.

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