Desahogo en pasado


Prometí un desahogo del alma. Os pongo en antecedentes. Lo escribí hace casi dieciocho años, cuando mi hijo tenía unos meses. Estábamos paseando. Lo llevaba a la espalda, en la mochila y él, como siempre en estos casos, iba riendo, gorjeando, enredando en mi pelo. En un momento determinado, pasamos junto a un grupo de señoras, no sé si dos, o tres, o más. A nuestro paso se hizo el silencio. Yo sabía que me miraban, podía notar los ojos casi fuera de las órbitas de asombro. Y el episodio habría terminado ahí, como muchos otros. Pero apenas me había alejado cuando escuché un comentario que me dejó helada. Al llegar a casa, me vacié en este escrito. Estaba dolida y quizá exageré, tal vez fui injusta, pero al fin y al cabo, de eso se trata cuando vertemos el alma en palabras, ¿verdad?
Soy persona, soy mujer, soy madre y, en última instancia, soy ciega. Tengo un hijo maravilloso que fue engendrado, gestado y parido como el resto de los seres humanos. Es una criatura preciosa, sana, fuerte y feliz, sobre todo, feliz, porque recibe amor y goza de libertad para crecer y desarrollarse. Y, sin embargo, la gente a mi alrededor murmura, analiza, se sorprende, se compadece, sublima lo que es natural: ¿Cómo un niño puede ser tan feliz teniendo una madre ciega? ¿Cómo una madre ciega puede hacer de su hijo una criatura feliz y sonriente? ¿Cómo, por último, puede ser feliz esta madre sin poder contemplar los bellos ojos y la resplandeciente sonrisa de su hijo?
Siento lástima de esta gente (poca, por fortuna) que no ve más allá de lo que ven sus ojos. Siento lástima porque nunca podrán comprender lo maravilloso que es SENTIR bajo las manos el cuerpo suave y flexible de tu hijo. Oír sus balbuceos y sus risas revoloteando por toda la casa y metiéndose en todos los rincones. ADIVINAR su alegría escuchando el alborozado jadeo de cachorrillo contento y el palmoteo de sus manitas gordezuelas en el suelo al gatear. SABOREAR su tristeza o su dolor con los labios puestos sobre sus mejillas húmedas de lágrimas saladas. TOCAR sus resfriados a través de esas divertidas candelas de mocos que brotan de su graciosa naricilla. OLER el incomparable aroma de su piel limpia después del baño, de su cuerpo cansado tras el juego, de su carita pintada de papilla de fruta que no ha querido comerse hoy. ABRAZAR su pequeña humanidad contra el pecho, sentir su calor y darle calor.
Sí, sería muy feliz si pudiera ver su cara y sus ojos mirando fija y dulcemente los míos que no le ven pero le miran con amor. Estoy segura de que debe haber muchas madres que sienten como yo, que viven a sus hijos igual que yo. Sin embargo…, creo que mi pequeño no envidiará a esos otros niños que, cuando miran en el fondo de los ojos de otras muchas madres, encuentran sólo una mirada, pero una mirada sin tacto, sin oído, sin gusto y sin olfato.

Autor: Marta

Soy de finales de los 60, así que he vivido una época interesante en mi infancia y adolescencia, llena de cambios, llena de libros. Estudios, trabajo, matrimonios frustrados, hijos maravillosos. Nada demasiado diferente de cualquiera de vosotros. Entrando en los cincuenta. Dicen que es la mejor etapa de la vida...

Y tú, ¿qué opinas?