Gemelos (poema contra la desigualdad y la violencia de género)

Me miro en tus ojos y no entiendo.
El tiempo que pasamos encerrados
en agua de vida entrelazados,
tu ser y mi ser a la vez siendo.

Crecer y soñar sin distinciones,
la risa y el llanto compartiendo.
Tú viendo en mí, y yo en ti viendo,
reflejo entreverado de emociones.

No alcanzo a comprender, hermano mío,
si fuimos siempre en todo una persona,
por qué la realidad nos abandona,
haciendo de lo igual un desafío.

Por qué llevo en la piel azul de miedo
y siento mi trabajo devaluado.
Por qué tú te ufanas, realizado,
mientras por más que yo lucho, no puedo:

No puedo ni aun callando así lograr,
tu hombre y yo mujer, desconocidos,
oír ese latir que nos vio unidos,
sin lágrimas la igualdad recuperar.

Última morada

Rufino se pasaba el día de un lado a otro, recorriendo el pueblo en su BH azul oxidada. En la cesta del manillar transportaba la caja donde vivía su gallina y en el portapaquetes, hatillos y bolsas con sus variopintas pertenencias. Algunas personas, superando el recelo, se acercaban a preguntar por el ave: que sí, claro que ponía huevos, que no, no se escapaba, que no, no la había robado, se la había regalado un payés; que no, diantres, ¿cómo se iba a comer a su amiga? Que no, no se llamaba de ninguna manera, era gallina y nada más. Y como si Rufino fuera una atracción de feria, sus pulidos conciudadanos depositaban unas monedas en la caja, incluso a menudo le daban algo de comida o ropa usada.

Él, sin ser consciente de que esperaban agradecimiento, correspondía intentando hacerles comprender que el mundo está podrido de conspiraciones, que las instituciones religiosas y las logias masónicas monopolizan la riqueza del país, que los partidos políticos se alimentan de dinero extranjero, que los barcos de piratas acabarán con el comercio internacional… Lo oía en radios y televisiones ajenas, lo cazaba al vuelo en las conversaciones de la gente, que no era tonto, vamos, y se daba cuenta de la precaria situación actual. Rufino no acababa de entender por qué nadie le hacía caso. Todas aquellas maquinaciones no podían aportar nada bueno, pero a los habitantes del pueblo por lo visto no les importaba y descartaban sus advertencias. Y la inmensa mayoría le rehuía.

Rufino comía suficiente por gentileza de lo que los vecinos tiraban por las calles o en los contenedores y se vestía gracias a las bolsas de ropa abandonadas en las esquinas. Pero si hasta contaba con un par de zapatos de repuesto y unas botas para la lluvia que pendían del sillín de su bicicleta. En una bolsa de supermercado atada al manillar tintineaban botecitos de muestra de jabones de ducha, champús para todo tipo de cabello y sobres de cremas, tubitos de dentífrico y hasta minicepillos de dientes, aunque en honor a la verdad, hay que decir que Rufino iba sucio y olía bastante mal. ¿Qué culpa tenía él si las dos fuentes públicas estaban fuera de servicio la mayor parte del año porque había quienes arrancaban los grifos para vender el hierro a kilos? Y llover, no llovía demasiado.

De lo único que Rufino carecía era de una casa, por eso le llamaban vagabundo. Se la habían quitado hacía más de cinco años, y lo habían apartado de la normalidad, de la ortodoxia de las existencias ordenadas… y de la cordura convencional.

Así pues, al atardecer, cuando las piernas le flaqueaban de cansancio por tanto pedalear, cuando su gallina comenzaba a cacarear indignada por la inmovilidad, cuando sentía el peso de la vida que como unas alforjas colgaba de su BH, Rufino rodaba con parsimonia hacia el camposanto. Se colaba en su interior por la parte trasera, puesto que el vigilante cerraba la verja principal a las siete, y ya no se podía acceder al recinto. Jenaro hacía la vista gorda, pero no podía dejarla abierta para Rufino. Había un hueco en el muro entre cipreses que el Ayuntamiento no reparaba porque en realidad ¿a quién puede preocuparle un boquete en la tapia del cementerio? Rufino escondía la bicicleta entre los arbustos del camino viejo y empleaba un buen rato en acarrear sus bártulos: el hatillo, el calzado, las bolsas, la caja con la gallina, y lo metía todo en el panteón donde se guarecía durante las noches.

Allí dentro, al amparo de la muerte anunciada que aguarda, Rufino disponía de una esterilla y dos mantas raídas. Cuando se tumbaba, callado en medio del silencio, daba gracias a la familia rica que se había hecho construir el monumento funerario y rezaba para que sus miembros tardaran muchos años en precisar de él. Sabía que eran cinco, un matrimonio y tres hijos, muy jóvenes los padres aún, muy pequeños los niños, lo cual le proporcionaba una gran sensación de seguridad. Habrían de pasar años antes de que personas en la flor de la vida necesitasen habitar el panteón. Mientras Jenaro continuase siendo vigilante y él fuese cuidadoso y considerado con el lugar, no le faltaría techo durante mucho tiempo.

Aquel sábado, abrigado bajo sus cobertores, Rufino escuchó ulular de sirenas no demasiado lejos. Provenían de la carretera, quizá de ese cruce de cinco calles tan peligroso que él siempre procuraba evitar. Elevó una plegaria por si acaso había habido víctimas y, tras dar las buenas noches a su gallina, se durmió feliz, sin imaginar siquiera que un accidente de tráfico puede saldarse con cinco vidas, como había sucedido. Cinco jóvenes vidas.

Cuando después de dos días vio el luctuoso desfile de cinco féretros desde la brecha de la tapia, Rufino lloró, y no solo porque de nuevo se había quedado sin casa. Cinco vidas tan jóvenes eran un precio muy alto para un panteón recién estrenado. Con su gallina en brazos se sumó a la comitiva y, pese a que amigos y familiares de los fallecidos se apartaban de él entre susurros de rechazo y repugnancia, consiguió llegar junto al monumento. Él solo quería rezar, pero Jenaro, con todo el disimulo del que fue capaz, le entregó su esterilla y sus mantas y le instó a abandonar el cementerio.

No había espacio entre los muertos para el vagabundo.

Malos tiempos

Alberto se arrastró como pudo hasta acurrucarse en un rincón. Se cubrió la cabeza con los brazos, temeroso de que le llovieran más golpes, aunque la calle se había quedado silenciosa después de la paliza. No se atrevió a moverse más. Algo debía de tener roto porque respirar era un suplicio. Notaba la sangre resbalándole por la cara, y al menos dos dientes bailoteaban tras sus labios partidos.

Había perdido el móvil en la refriega. Pasarían horas hasta que alguien pudiera prestarle ayuda, no en vano aquel era un barrio solitario. Desde luego, sus tíos se preguntarían dónde demonios se había metido, pero no intentarían ponerse en contacto con él para hacer averiguaciones. Darían por sentado que se había olvidado del compromiso adquirido, que habría preferido irse por ahí de marcha con sus amigos.

Lo que peor llevaba en aquel momento, más que el dolor, más que el miedo ante lo incomprensible, ante la barbarie, era imaginar decepcionada y llorando a su primita. Una criatura tan maravillosa no se merecía algo así el día de su quinto aniversario.

Alberto sollozó, impotente. Él no había querido asustar a nadie. Tendría que haberse puesto el traje de payaso en casa de sus tíos.

Dentro de ti

Te gusta salir a la calle a las seis de la mañana. El pueblo duerme, nadie perturba la paz de tus pasos. La noche acaricia las esquinas mientras el silencio flamea a tu alrededor como una bandera que se deshilacha con grietas de luz.

Caminas ligera, consciente de que en tus labios se dibuja una sonrisa que amanece como el horizonte. Adoras este momento, sientes que te pertenece. Tú y tus pensamientos, el susurro de tus tacones.

Y de pronto lo percibes, a tu espalda. Un roce, un murmullo.

Miras atrás, inquieta. Oyes pasos que se apresuran cuando tú te apresuras. Empiezas a jadear, alguien te sigue.

Corres, y yo también corro, a tu ritmo. Me llaman miedo: soy yo, pero eres tú.

La croada de l’edredó


Aquest relat el vaig escriure per a Xavier Aldekoa, grandíssim periodista, excels coneixedor de l’Àfrica, quan un matí qualsevol va cridar demanant auxili al Twitter perquè s’havia d’enfrontar al fet de col·locar la funda al nòrdic, cavall de batalla de milions de cases. Si algú té ganes de traduir-lo al castellà, benvingut sigui!
S’obre l’armari i sento aquella mica de pessigolleig d’anticipació, sembla que l’hivern i el fred han tornat (mai se sap amb tot això del canvi climàtic). A més, els dos nanos de casa són grandots i les hormones se’ls disparen, ja m’enteneu, calor excessiva, pudor de tigre… i potser s’acosta el dia que els faci més nosa que servei. I la mare, bé, és fredolica com ella sola, però va rebutjar el meu germà gran fa temps, perquè tot i que dorm amb la finestra oberta tot l’any, diu que la fa suar de valent i no el suporta…
Aaaah! No hi ha una altra manera de treure’m d’aquí dins? Cal estirar de la nansa de la bossa on em guarden per sortir disparat, llençat habitació enllà com un tros de qualsevol cosa? Bé sí, ara mateix sóc un “bulto” sense forma, una mena de maleta tova que cau al terra sense fer soroll… però penso que no és necessari tractar-me així. Ben pensat… aquest vol ras és millor que tot el que m’espera a partir d’ara. Si pogués, tremolaria. És clar que no seria molt propi d’un edredó nòrdic posar-se a tremolar, oi? Hauré de rumiar sobre aquesta possible contradicció vital quan m’avorreixi. Ara toca respirar profundament, m’imflo i em desinflo, plomes amunt i avall…
Em treuen de la bossa i m’estenen, aquest sí que és un moment de plaer, tants mesos encongit. Oh, si la cosa acabés aquí, eh? Però de seguida descobreixo la meva enemiga, sí, sí, aquesta fleuma, tota flors i coloraines, tota plecs ben posats i marcats, amb aquell forat ominós on jo he de encabir-m’hi. Sé (via twitter -què us pensàveu-) que alguns companys, després de penoses rebel·lions (batalles aferrisssades que acaben de bon matí, ells tots despenjats per un cantó del llit, elles rebregades a l’alçada del coixí), han conquerit el dret a la llibertat i ara viuen tan feliços (cada dia més bruts, això sí, les coses com són) sense l’opressió de les malèfiques fundes.
Ostres, que comença la festa! La mare ja ha cridat a un dels fills. “Tu, agafa aquesta punta, i no la deixis!” És un instant força gloriós, quan sense gaire mirament despleguen la senyora funda, la violen una miqueta ficant la mà allí dins, burxant fins que arriben al cantonet i llavors em toca a mi el torn d’emprendre el camí per la foscor fins que ens uneixen i ens pincen a tots dos dins del pumny de ferro del nano, que ens apreta serrant les dents per por que ens escapem. Aaaah! I ara l’altra punta… De seguida m’adono del desastre inminent! Nooo, no continueu! Però no m’escolten, i quan junten les altres dues puntes comproven que en lloc de quedar-me tot recte i rígid, penjo de la part del mig, m’arrossego per terra. Jo ja us ho volia dir! M’esteu vestint “a lo llarg” i no “a lo ample”! Mare i fill comencen a suar. Ens separen un altre cop, jo per un costat, ella per un altre. Tornem-hi!
Ai, quina deu ser la verge dels pobres edredons? Voldria encomanar-m’hi.  La marededéu dels Desenfundats? Ara m’han girat bruscament, i la única satisfacció és veure-la a ella feta un rebrec damunt el llit. Arriba el torn dels crits, quan al nano afluixa la presa, la mare em sacseja … i una de les puntes surt alegrement disparada. “Fica’t a dins!” brama la dona. “No, m’ofego!” Ho intenten de nou i fracassen. Nervis. Jo ja estic resant a hores d’ara. Que s’acabi aquesta tortura, que s’acabi aviat…
La mare fa fora al fill. Diu que ja s’espavilarà tota sola. El pànic s’apodera de mi. Sola? Un humà tot sol per acomodar-me dins aquesta cova fosca? Sí, hauré de pensar seriosament sobre això de tremolar, si és que puc sobreviure al que sigui que s’acosta.
L’ambient s’omple d’electricitat, ja m’enteneu, aquella tensió, ai ai, què passarà. Crec que fins i tot la meva eterna enemiga està cagada de por. La dona m’agafa d’una revolada i mica en mica em col·loca damunt el llit, com si fos una vànua qualsevol. Fins i tot m’allisa i, per un dolç  moment m’imagino alliberat. Ara reposo ben posadet, ben centrat… La dona agafa la funda, fica la mà a dins, busca la punta de la dreta i agafant la meva mateixa punta, ens ajunta. Au, ostres, ara ens ha ficat a tots dos dins el primer calaix de la tauleta de nit, i el tanca, estem atrapats. La funda està tota damunt el llit, rebregada a la part de dalt, ocupant el lloc del coixí. La dona camina cap a l’altra banda del llit, agafa amb decisió la meva punta esquerra, repeteix la manhiobra anterior (fica la mà dins la funda, busca el raconet) i quan ens uneix, aixeca una mica el matalàs i ens hi atrapa. Ara tenim les dues puntes enganxades, una al calaix, l’altra sota el matalàs. No em puc moure!
La dona es desplaça cap als peus del llit i m’arremanga gairebé amb tendresa. Amunt, amunt, poc a poc, no féssim moviments bruscos que desmaneguin la paradeta. Quan sóc més o menys al mig del matalàs, aquesta intrèpida humana fica les dues mans sota meu i  busca la part de baix de la funda, la valva inferior, que dic jo. I amb la mateixa cura (això em fa una mica de ràbia, però m’aguanto perquè no estic patint gaire) l’estira avall, avall.. mentre l’aplana i l’obre cap els costats amb el propòsit de acomodar-la damunt el matalàs. Ostres, sembla que el miracle s’aproxima… Estic ansiós… Ara em toca a mi, la humana m’agafa amb precaució i també m’estira avall, damnut la funda, damunt aquesta valva que ja reposa tota cofoia al seu lloc. I… finalment, un cop estic ben col·locadet i ben aplanadet, la dona, victoriosa, agafa la valva superior de la funda i la fa lliscar per damunt meu, avall, avall! Ostres, no m’ho puc creure! Allibera les dues puntes i finalitza la seva croada allisant-nos del tot.
Ho ha aconseguit! He d’escriure ràpidament perquè tots els companys, que de tan bruts hauran d’anar a la tintoreria, procurin ensinistrar als amos que els han tocat en sort! Mmm… però, valga’m déu, com puc explicar-los això amb 140 caracters?

Alzheimer


Un lunes cualquiera, Ezequiel salió contento de casa. Compró el pan, saludó a los transeúntes y acarició a un perro abandonado. Como le sobraban unos minutos, se sentó en un banco y disfrutó del sol.
Tres horas más tarde, dispuesto a regresar, se puso en pie, miró confundido alrededor y, olvidando la barra integral, echó a andar, indeciso.
Caminó un buen rato sin reconocer su entorno. Con espanto, desorientado, preguntó por su propia dirección. Con más rudeza que amabilidad, le indicaron que debía dar la vuelta y cruzar cuatro calles.
Arrastrando el dolor de huesos, Ezequiel desanduvo todo el camino. Cuatro calles eran cuatro cruces. Uno…, dos… tres… Se detuvo. ¿Había contado dos o tres?
—Dos…
Tres… cuatro. Dobló la esquina, victorioso y exhausto. Pero su casa no estaba allí.
Y Ezequiel lloró.

Prescripción facultativa


Marisa puso patas arriba la habitación. Revolvió el armario, vació los cajones, escudriñó bajo la cama. En los libros tampoco halló nada.
Su respiración se aceleraba a medida que cosechaba fracasos, y los latidos martillaban como pesadillas aporreando una puerta.
Frenética, barajó la posibilidad de llamar a su psiquiatra, pero desistió. No quería parecer idiota; se acordaba bien de lo que el doctor le había prescrito: “tienes que encontrar los límites…”
Temeraria, traspasó las fronteras de su cuarto y buscó por toda la casa. Sus jadeos llenaban el silencio convertidos en presencias ajenas.
De pronto, Marisa quedó paralizada. Acababa de recordar con exactitud cómo terminaba la frase del médico: “…dentro de ti misma”.
Solo esperaba que no doliera demasiado.

Así no habló Saratrasto


Hoy abandonaré mi montaña, la cueva en que convertí la habitación. Llevo veinte días encerrada, pero estoy decidida.
Conseguiré que mis padres comprendan que ya no soy su trasto caprichoso, que puedo tomar decisiones. Tres semanas son tiempo suficiente para que se hayan dado cuenta de que mi propósito es firme. Tengo diecisiete años, mi vida me pertenece, y quiero estudiar Filosofía.
Hablando se entiende la gente o, por lo menos, así lo proclaman los que se consideran adultos.
Abro la puerta del cuarto y, despacio, desciendo por las escaleras, como el profeta. Un camino de quince peldaños, quince razones de peso para no retroceder que voy enumerando a cada paso: confianza, seguridad, madurez, equilibrio, firmeza, libertad, libertad, libertad, libertad…
Mi madre levanta la cabeza, emerge de sus papeles y asiente complacida. Mi padre deja de teclear, se quita las gafas y señala una silla vacía.
Me acerco y sonrío, dispuesta a incorporarme a su mundo durante unos minutos en busca de un instante de comprensión, de un puente de contacto que nos una. Ellos me miran serios, esperanzados, con esa luz que se enciende en sus ojos cuando se creen victoriosos.
Sara, hija, me alegro de que por fin hayas entendido que no tenías razón. La Filosofía es una carrera trasnochada. El conocimiento útil no procede de lo que otros pensaron a lo largo de los siglos.
—Estaremos felices de pagar tus estudios de Ingeniería Informática, cariño.
Intento articular el alegato minuciosamente preparado en defensa de mis intereses. Separo los labios, muevo la lengua y gesticulo.
—No, cielo, no digas nada, no es necesario. A menudo nos equivocamos, y no hay nada que perdonar cuando se reconoce, aunque sea tres semanas más tarde.
Silenciosa, doy media vuelta y emprendo el ascenso de regreso a mi habitación. Quince peldaños desnudos de razones. Vuelvo a la montaña, a mi cueva.
Quizá sea necesario morirse primero para que te entiendan y acepten después.

0,99 euros


El forense dictaminó muerte accidental por aplastamiento. Miguel Sabiendas falleció prensado bajo un mueble de estantes que contenía miles de primeros fascículos.
—Era autodidacta. Todos los septiembres se hacía el firme propósito de aprender, así fuera inglés, mecánica de aviones, la reproducción de las abejas… ¿Qué culpa tenía mi pobre marido si cada año lo engañaban incrementando el precio de los coleccionables? —declara la desolada viuda.
—Vamos, señores, que el saber ocupa lugar… y además, pesa.
La periodista interrumpe la conexión y se encamina a la cafetería de la esquina. Antes de entrar, lanza a la papelera el primer número de ‘Los secretos del punto de cruz semana a semana’.
Marta Estrada (Arais)
Micro ganador de Gigantes de Liliput, tema “Propósitos de septiembre”

El secreto de Petunia (dedicado a los que adoran la saga de Harry Potter)

¡Atención! Lo que vais a leer es solo un ejercicio literario que consiste en traer al frente un personaje secundario y endosarle algo inventado. Ocurre que, después de escribirlo, me apetece que lo leáis, y de paso dedicar un guiño a todos los seguidores, friquis, fans (fanes, según la RAE), amigos y enemigos de Harry Potter. Gracias a J.K. Rowling, aunque ella no lo sepa, por prestarme un ratito a la protagonista de mi relato. Ahí va mi ejercicio y mi homenaje.

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