La polémica de siempre

Vista del Central Park de Manhattan.

El sueño de sus vidas, un apartamento sobre el Central Park. Tomados de la mano, recorren las habitaciones vacías, él sonriente y entusiasmado, ella con los labios un tanto apretados.

—Ahora toca lo mejor: la decoración —dice Michael—. La hemos imaginado tantas veces, ¿recuerdas la noche en el Hilton?

—Claro, Mike, ¿cómo olvidar nuestra primera gran discusión?

—Mujer, no seas así, fue solo una pequeña discrepancia. Deberías olvidarla.

—Pero si tú mismo sacas a colación ese recuerdo. —Lina se detiene en medio del salón desierto. Sabe que hoy puede ocurrir cualquier cosa y se promete ser paciente—. ¿Por qué lo mencionas?

—Bueno, pensé que a raíz de esa conversación quedaron establecidos los términos para resolver este tema llegado el momento.

—Muy bien. Veamos si nos entendimos, querido. ¿Qué sugieres?

Michael hace un amplio ademán con la mano. Confía en la buena disposición de Lina, pese a la falta de comprensión que su mujer suele mostrar en lo tocante a los criterios de su madre.

—El apartamento es grande. Existe el peligro de que parezca desangelado, sobre todo en invierno. Mira este ventanal, ¿te figuras qué sensación de frío cuando veas caer la nieve?

—Me figuro la sensación de paz y cobijo siempre que la nieve caiga fuera, Mike.

—Por supuesto. Pero para conseguir esa sensación necesitamos muebles sólidos, cortinajes gruesos y alfombras de lana, además de cuadros y tapicerías con motivos consistentes que aquieten la vista y el ánimo.

—¿En serio? —pregunta Lina con cierta ironía, temiendo lo que se avecina—. ¿Y en verano, cuando no caiga la nieve, qué haremos con tanta solidez y consistencia, querido?

—Mujer, mi propuesta sirve para todo el año. Bastará con recoger las alfombras y descorrer las cortinas.

—Además de poner fundas de colores alegres a los sofás y darle la vuelta a los cuadros.

—No había pensado en ello, pero considero que será innecesario. Una decoración clásica se adapta…

—Se adapta a los gustos de tu madre —dice Lina sin poder evitarlo.

Michael alza las manos.

—¿Vas a empezar con eso?

—Mike, cariño, escucha. —Lina da un paso hacia él, conteniendo la rabia que empieza a bullirle dentro—. Somos tú y yo los que vamos a vivir aquí, nosotros y los hijos que tengamos. Deja que me ocupe de decorar nuestro hogar, no metas a tu madre de por medio, ¿sí?

—Eres una ingrata. ¿Gracias a quiénes podremos disfrutar de semejante lujo? —Michael siente una vez más el peso de la deuda que como hijo cree tener con sus padres.

—Si yo te regalo un coche no espero que vayas a usarlo solo cuando te acompaño, o no exijo que lo conduzcas a la velocidad que a mí me parece apropiada.

—Esa comparación es una tontería.

Lina recula un paso, consciente de que va a repetirse la polémica de siempre. Michael nunca hace nada sin el visto bueno de su suegra, y ella está más que harta de que entre los dos la ninguneen.

—No quiero vivir en un lugar con reminiscencias del siglo XIX.

—¡Qué exageración!

—Quiero un hogar alegre y cálido. Quiero colores claros, muebles prácticos y pinturas luminosas.

—Mujer, escúchame… —Michael avanza hacia su esposa dispuesto a imponer su razonamiento.

—Quiero que la decoración viva con nosotros, no sobre nosotros, Mike.

—¿Qué idioteces estás diciendo?

—¿Idioteces? ¿Acaso no tengo derecho a elegir cómo deseo que sea mi casa?

—La casa que mis padres nos han regalado.

—¡Nuestra casa! ¡Un regalo pasa a ser propiedad de quien lo recibe, Michael!

—Estás sacando las cosas de quicio. ¿Qué más da cómo la decoremos si nuestro sueño de vivir sobre el parque se va a cumplir?

—¿A costa de qué?

—¡A costa de nada! Lo único que te pido es un poco de indulgencia para con los deseos de mi pobre madre.

—¿Y mis deseos, Michael? ¿Dónde quedan mis deseos? —Lina retrocede de nuevo, rota la esperanza de alejar a su suegra de las cuestiones matrimoniales.

—Mujer, tus deseos…

—¡Deja de llamarme mujer! ¡Tengo un nombre!

—Estás imposible hoy. Mejor volvemos mañana y decidimos…

—Mañana será lo mismo que hoy, Michael. No quiero decorar mi casa según los trasnochados gustos de tu pobre madre.

—¡Haz el favor de guardarle el respeto que se merece! —Michael vuelve a avanzar, incrédulo, incapaz de comprender por qué su esposa se empeña en menospreciar a la mujer que tanto ha hecho por él.

—De acuerdo. —Lina siente el frío cristal del ventanal contra su blusa de seda—. Seré considerada con los gustos de tu mamá y permitiré que sea ella la que ornamente el apartamento.

—Eso es, Lina. —Michael se inclina para besarla.

—La habitación del fondo será muy adecuada para tus padres. Tú puedes dormir en la que hay junto a la cocina. —Lina se aparta del ventanal y del beso que queda suspendido en el aire—. Feliz decoración, querido. Con todos mis respetos.

Infierno

Edificio en llamas

Las llamas rugientes invaden el balcón. Lenguas vivas, monstruosas. En la calle, los curiosos, arracimados tras el cordón policial, vitorean al hombre que ha logrado descolgarse hasta el piso de abajo poniendo su vida a salvo, si bien muchos se sienten defraudados. No hay muertos, no hay heridos, con lo que el espectáculo parece inconcluso.

Pero ¿y él? Nadie se percata de su presencia. Por más que lo intenta, por más que salta no alcanza la parte superior de la baranda.

Ahora solo se oye el bramido del fuego. Sus gañidos se evaporan, se pierden como la esperanza que no conoce. Lo demás es silencio de humo a su alrededor. Presagio de ceniza y oscuridad.

El drama no ha terminado, y los mirones por fin se dan cuenta. A algunos no les importa el desenlace y se alejan. La mayoría late, vibra, sufre con él, grita pidiendo ayuda.

Asoma el hocico entre los barrotes. La temperatura es tan elevada que sus jadeos son suspiros de esparto. El suelo arde bajo sus patas y un calor insoportable lo envuelve como un abrigo.

Entonces, un clamor de aplausos se eleva desde la calle mientras unos brazos rematados por guantes lo recogen, lo libran del infierno abriendo un resquicio de vida con aire limpio. No encuentra piel expuesta pero, agradecido, cegado, lame un casco caliente y consigue menear el rabo.

Origen

Un mamut bajo un cielo azul oscuro

Gruñidos procedentes de la foresta anunciaron la llegada del jefe y su acompañamiento. Ante su clan reunido frente a la caverna, se plantó sobre las piernas robustas y comenzó a gesticular mientras narraba su hallazgo con sonidos guturales.

Todos entendieron: Una manada de mamuts se apacentaba al otro lado de la corriente de agua. Pero ¿cuántos? La expectación colmó el claro de bramidos. Los cazadores querían saber de cuántos animales se trataba.
Tenían hambre, mucha hambre, y el gran frío estaba llegando.

El jefe pensó durante largo rato, pues no era suficiente con abrir mucho los brazos.
Abrir mucho los brazos era una caza normal. Finalmente, el neandertal cogió la falange de un enemigo muerto y trazó unos signos sobre la tierra.

***

—¡Señor! —gritó el ayudante.

Entusiasmado, el paleontólogo iluminó las pinturas de la pared de la cueva recién descubierta.

—¡Por mis barbas! ¡Es una suma! ¡Son números!

Calumnia

Un radiador en una pared, con la sombra de una ventana reflejándose en ella

Redacción: Radiadores. ¿Qué voy a decir de los radiadores? Los profesores flipan. Vaya tontería de tema. En mi habitación tengo uno, plateado, de aceite, con ruedas. Si hace frío lo enchufo y si no, lo arrincono. Eso es todo. Una mierda de radiador no da más de sí.

—¡Sí, mamá, ya voy! ¡Trato de escribir sobre un jodido radiador!

El ruido a mis espaldas me pone los pelos de punta. Un chirrido, un deslizamiento. Chirrido, deslizamiento. No puede ser mi madre.

Paralizada, con las manos sudorosas en el teclado, noto un calor que se aproxima. Me doy la vuelta muy despacio… y ahí está, emitiendo un susurro crepitante, un chisporroteo, acercándose implacable.
Por detrás, el cable suelto ondea como un rabo.
Solo me da tiempo a pensar que dos pilotos rojos encendidos indican máxima temperatura. Dos ojos rojos… El aceite…, caliente, muy caliente.

La cena se enfriaba en los platos. Fue el hedor a carne quemada lo que alertó a Maribel.

Era su nombre

Bonito cielo estrellado sobre montañas nevadas

La encontraron inánime entre arbustos quemados por la escarcha, salpicada de copos de nieve que la adornaban como reflejos de invierno. Hermosa, ataviada con sus prendas de gamuza y flecos, los ojos negros constelados de infinitas estrellas y de tristeza. Alrededor, el silencio del valle desolado.

Ningún médico de la ciudad pudo determinar las causas de su muerte. Había calidez y salud en la muchacha que, fuera de la reserva, estaba obligada a usar el nombre de Kirai.

Solo el chamán comprendió que la pequeña Sol de Verano se había extinguido como consecuencia del irreversible cambio climático.

Sedentarismo

Silla ergonómica negra

Hasta el día en que leyó la noticia en la aplicación de RTVE.ES para móviles, Elvira Cuadrado se sentía feliz con su trabajo en la oficina. Más que feliz, importante, porque nadie en su familia había trabajado nunca en una oficina. Y además no era una oficina cualquiera, sino la sede principal de uno de los laboratorios farmacéuticos más prestigiosos del país. Elvira se sentía importante y realizada, aunque su puesto de recepcionista quedaba tan abajo en la escala de categorías laborales como la planta donde se hallaba el vestíbulo, ocho pisos por debajo del despacho de dirección.

Su padre barría calles. Su madre sacaba a pasear a una anciana que vegetaba en una silla de ruedas. Su hermano mayor despachaba en una charcutería y el pequeño, en una ferretería. Y sus cuñadas eran amas de casa. Elvira se creía con el derecho a sentirse superior por haber llegado tan lejos con su graduado escolar.

En realidad, lo de recepcionista no era muy exacto: lo decía ella porque sonaba mejor que telefonista, con más enjundia. Su jornada de siete horas transcurría entre dígitos y pitidos dentro de un cubículo de apenas un metro y medio por uno. Desde allí podía ver el tránsito de personas entrando y saliendo, pero ella era invisible para los demás.

Y le daba igual. Elvira no tenía trato directo con nadie, pero conocía a todo el mundo. Se sabía de memoria cientos de extensiones, cientos de nombres y apellidos, cientos de voces. Lo que no estaba a su alcance era asociar imágenes a tan vasta información. Así que se las inventaba, o las repartía, adjudicándolas con la libertad incuestionable de su propio criterio. De este modo, la mujer alta con falda de tubo, tacones de aguja y gafas rojas de pasta era la griega Sofía Mercadeos, la directora de márquetin, aunque en verdad se trataba de Julia Rimero, una de las mozas de almacén. O el hombre bajo y delgado con vaqueros y camiseta negra era Luis Gradientes, uno de los locos chicos de diseño, nada más lejos del cargo de ayudante del director adjunto que ocupaba. Elvira confeccionaba su particular mosaico de historias y personalidades durante las siete horas que duraba su jornada. Porque siete horas dan para todo tipo de fabulaciones y especulaciones.

Y es que Elvira no se movía de su cómoda y modernísima silla ergonómica. Desayunaba sentada en su puesto, discretamente, eso sí, para que nadie notara que estaba comiendo. Por nada dejaría la centralita desviada al teléfono de los de seguridad o al del conserje. Ningún rey cede gustoso el dominio sobre su territorio, y ella no iba a ser menos. Solo se levantaba una vez, siempre al cabo de tres horas, para ir al baño a orinar, retocarse el maquillaje y lavarse las manos. Adoraba su empleo, su cubículo y su silla de nave espacial. Adoraba su existencia ordenada.

Elvira despertaba todas las mañanas a las seis y media, se duchaba, tomaba un café con leche y una torta de arroz, se preparaba el termo y el bocadillo de pan integral con jamón cocido sin sal y salía a buscar el metro una hora después. Ante todo, el orden, la pulcritud, las rutinas cotidianas tan necesarias para que la vida resultase apacible, lejos de sobresaltos e imprevistos. A Elvira le gustaba la calma que le proporcionaba la inmovilidad, incluso el inmovilismo. Le gustaba saber lo que había que hacer en cada momento; la seguridad que le confería ser capaz de relacionar un nombre de persona o de sección con un número determinado. Disfrutaba con la idea de que llegaría a casa a las cuatro menos cuarto. Sentada en la cocina, comería su verdura y la pieza de pescado o carne a la plancha mientras repasaba las noticias en el móvil. Luego se tumbaría veinte minutos en el sofá, y el resto de la tarde lo emplearía en sus actividades, dependiendo del día de la semana. Cuando algo perturbaba esta rutina, las cosas comenzaban a ir mal. Porque Elvira, además de feliz y realizada, era un poco hipocondríaca. O mucho, como se descubrió después de haber leído la noticia en la sección de ciencia y tecnología.

Y Rosa Freguillas acumuló su parte de culpa en lo sucedido. Rosa era una de las mujeres de la limpieza. Con su uniforme verde alcachofa y su carro de artilugios y productos olorosos, se pavoneaba por el vestíbulo exhibiendo una amplia sonrisa y hablando con unos y otros. Elvira la detestaba. Aborrecía la figura baja y rechoncha, la voz que se oía a través de los paneles de su cubículo; el hecho de que rompiera su sagrada norma de identificar los rostros a su conveniencia y, sobre todo, por encima de cualquier otra consideración, se le indigestaba semejante despliegue de movimiento. Rosa representaba todo cuanto a Elvira le producía ansiedad y dolor de cabeza. Y la odiaba.

Aquel lunes de junio, el mundo de Elvira se vino abajo cuando leyó la siguiente noticia:

El estatismo puede aumentar el riesgo de enfermedades graves.
Recomiendan trabajar de pie o dar paseos ligeros y regulares.
Aconsejan que las empresas fomenten un entorno de trabajo más activo.

Elvira empezó a sudar. Abandonó la torta a medio comer, apartó la taza de café con leche y continuó leyendo:

Las personas que trabajan en oficina deberían estar de pie un mínimo de dos horas diariamente en horario laboral (…) Pueden incrementar el riesgo de padecer una enfermedad grave y muerte prematura (…) Los empleadores deben advertir a sus trabajadores de los peligros de permanecer largo rato sentados.

—Jesús, María y José… —murmuró horrorizada.

Al día siguiente, Elvira llegó dos minutos tarde al trabajo, pálida e indispuesta. Entró en su cubículo y miró con recelo la portentosa silla ergonómica. Se sentó, activó la centralita y se dispuso a iniciar su jornada. Pero enseguida percibió que algo iba mal. Cuando atisbó la gordura en movimiento de Rosa Freguillas, sintió que el corazón le daba un vuelco. Le costó varias llamadas y unos cuantos errores de conexión darse cuenta de que su sentimiento hacia esa mujer estaba cambiando, aunque no atinó a comprender en qué dirección. No podía despegar los ojos de la limpiadora cada vez que esta atravesaba el vestíbulo empuñando sus bártulos.

En realidad, todo empezó a cambiar a partir de aquel martes. Las siete horas de la jornada laboral de Elvira se convirtieron en un infierno. Por más que movía los pies y las piernas, por más que levantaba el trasero y volvía a dejarlo caer sobre la silla; por más que alzaba los brazos y batía palmas se sentía terriblemente amenazada. El dolor de cabeza era constante. Le dolía el estómago y tenía calambres, sin duda síntomas de alguna enfermedad provocada por el sedentarismo. Se equivocaba al pasar las llamadas y se olvidaba de transmitir encargos.

Entonces, después de una semana de amargura, comprendió la naturaleza del sentimiento que en ella avivaba la limpiadora: era envidia. Rosa Freguillas se movía. Todos aquellos a quienes Elvira había despreciado a causa de sus trabajos anodinos se movían: su padre en la calle, su madre paseando, sus hermanos arriba y abajo en las tiendas, incluso sus cuñadas ejerciendo de madres y esposas. Ninguno de ellos padecería enfermedades graves o moriría prematuramente. De no ser por Rosa, Elvira quizá jamás se habría percatado de aquella verdad absoluta: ella, que se había creído superior, estaba condenada porque hacía años que durante siete horas al día permanecía anclada a una silla fantástica. No había tiempo que perder, si es que le quedaba tiempo.

Nadie entendió por qué Elvira Cuadrado decidió dar su sofá a una familia marroquí, además de todas sus sillas menos una de la cocina, y mucho menos por qué abandonó el empleo con el que ganaba unos buenos mil doscientos euros al mes. Y tampoco nadie entendió por qué en julio hubo de ser ingresada con un severo cuadro de agotamiento físico y nervioso.

Extinción

Dinosauria con tres crías en segundo plano

Impacto. Tembló la tierra bajo sus patas, la noche llegó antes de que su estómago pidiera alimento. Un calor de fuego sin llama encendió su piel rugosa, secó la hierba y devastó la laguna donde se abrevaba.

La colosal herbívora dio unas zancadas vacilantes. Giró el largo cuello y buscó al resto, pero se había quedado sola. Junto a sus patas, abrasadas, yacían las crías muertas.

Bramó, herida de instinto roto, de final absoluto.

Del cielo se desprendió un polvo cegador. No obstante, la madre echó a correr por una tierra que ya no entendía.

Fue la última superviviente.

Pasó un ángel

La Tierra iluminada de noche vista desde la Estación Espacial Internacional

Para Ramón Yagüe Albesa. Con todo mi cariño hacia su recuerdo. Quizás alguna vez, yo tampoco supe comprenderle.

A Ramón le gustaban las cosas redondas, las que daban vueltas sobre sí mismas. Podía pasarse largos ratos sentado ante la televisión, cuando todavía existía la carta de ajuste, con aquellos numeritos que desfilaban hasta que la pantalla fundía a negro o revivía con todo tipo de imágenes. Frente a la lavadora, sus horas transcurrían contemplando el vaivén del tambor, aquel movimiento que cambiaba de sentido después de cada giro y que a él le fascinaba, como le fascinaban los engranajes que arrastraban las cintas en un radiocasete.

Ramón nació así, decían los vecinos. A su paso desgarbado, los murmullos crecían mientras índices sin escrúpulos ni sensibilidad lo señalaban. Porque, aunque su discapacidad psíquica había sido causada por un problema de incompatibilidad de grupos sanguíneos, lo habían clasificado desde siempre bajo la etiqueta de subnormal. Y aquella etiqueta dolía, a la familia le dolía pues Ramón vivía su normalidad, sin menoscabo de las capacidades a su alcance; dolía porque encerraba demasiada ignorancia y recelo, incluso, a veces, una compasión supersticiosa.

Ramón era un niño grande, un hombre niño que quería cariño y atención, que se esforzaba en hacerse comprender con sus interjecciones de cachorro. Conseguía pronunciar alguna palabra, el adorado nombre de su hermana, el apelativo universal para todas las madres, y oírselos parecía un milagro. Con sus abrazos desmañados, sin medida, excesivos de afecto desmadejado, sus besos húmedos, Ramón se abría hueco en los corazones cercanos.

A menudo cosechaba incomprensiones que después repicaban en el corazón de sus seres queridos como martillos de culpa. Esa culpa oscura empapada de lágrimas que se enquistan y moldean un remordimiento corrosivo. Recogía brotes de impaciencia, enojos inevitables que seguramente no entendía y que se volvían contra quienes los habían desencadenado.

A Ramón le costaba vestirse y asearse, pero a diario conquistaba parcelas de independencia. Le costaba comer, tragar se convertía en una tarea complicada, pero se enfrentaba a los trocitos de comida con la feliz inconsciencia de los actos mecánicos de las rutinas cotidianas. ¿Qué soñaría cuando caía dormido? ¿Qué imágenes nocturnas se deslizarían fuera de su mente cuando la madrugada le sorprendía paseando por la casa, buscando la complicidad de los suyos?

Ramón chillaba con las alegrías ajenas, sollozaba con las tristezas de los demás, amaba sin cortapisas, se enfadaba con las injusticias a su medida. Sí, porque una deficiencia psíquica no implica insensibilidad, como muchas personas parecen creer. Había fuertes sentimientos dentro de Ramón, emociones que a veces se desbordaban arrastrándolo por cauces tumultuosos que asustaban, pero que siempre encontraban un meandro donde remansar.

Porque había lagunas de paz en su vida, orillas donde recostarse a descansar, regazos donde acomodar las aflicciones que no encontraban la forma de expresarse. Sus mujeres amadas, madre, hermanas, dispuestas a acompañarlo en el arduo camino, retirando las piedras y apartando las espinas.

Ocurre que pese a todo, pese al amor y la protección, pese a los desvelos, hay un segundo en el devenir de las existencias que se escapa del tiempo que pretendemos otorgarle a la vida. Hubo un segundo así en la de Ramón, un instante de dolor en que no consiguió tragar un bocado de su desayuno, y aquella luz inocente se trasladó a otro plano sin apagarse. Hay luces que brillarán siempre, luces que abanderan una realidad que conviene no olvidar jamás.

Ramón no debía de saber que la Tierra también era redonda, que daba vueltas sobre sí misma y alrededor del Sol, pero ahora sí lo sabe, y permanece sentado al borde del horizonte para disfrutar de tan bello espectáculo.

Expectativas

El altar solitario de una iglesia

Lo había imaginado tantas veces… Se llamaba de diferentes maneras y tenía distintas profesiones. Pero siempre era el hombre amable, generoso, comprensivo, sincero y atractivo protagonista de los sueños de cualquier mujer. Y con sentido del humor.

Por eso no lo reconoció cuando se le presentó como todo lo contrario a lo que durante años había recreado en su mente.

Y perdió la oportunidad de ser feliz.

Aspirante (un poco de humor)

Interior de una catedral gótica vista desde la bóveda

El aspirante entró en el despacho con las manos en los bolsillos, a buen paso, cabeza erguida y porte orgulloso. Saludó al director de recursos humanos y tomó asiento en el mullido sillón ante la mesa.
Hubo unos instantes de silencio, de mütua y concienzuda observación.

—Bienvenido, señor Gutiérrez. Permítame que empiece la entrevista con una prueba rápida de conocimientos. Los psicotécnicos vendrán después. Sé que no es lo habitual, pero para la firma es muy importante contrastar su capacidad de respuesta ante la terminología propia de la profesión.

—Ningún problema, estoy preparado.

—Bien, pues. Procure ser veloz y conciso. Comencemos. Glosario de la a a la z sobre arquitectura de catedrales, principalmente góticas. Limítese a definir las palabras que le iré proponiendo por orden alfabético.

El aspirante asintió, tranquilo y confiado.

—Ábaco.

—Sirve para hacer cálculos, digamos que era la calculadora de tiempos remotos.

—Abocinado.

—Dícese de un muro que por un lado tiene lámparas y por el otro no.

El director frunció el ceño mientras tomaba notas en una tableta.

—Ábside.

—Construcción redonda que se sale de la iglesia por el fondo de la nave central.

—Absidiolo.

—El nombre de las capillas, que digo yo que tendrían que ser absidiolas, que además, rimaría con girolas.

—Aguja.

—Un error fatal de la arquitectura. A raíz de ellas, todos los niños del mundo después del gótico temen ir al médico.

El director miró de reojo al aspirante, y su rostro comenzó a palidecer.

—Ajimez.

—Condimento de la comida de la época.

—Albardilla.

—Como su nombre indica, albarda pequeña para animales de carga de tamaño reducido.

—Alféizar.

—Esto lo sabe hasta mi abuela. Parte de las ventanas apta para sentarse a mirar el paisaje.

—Alma.

—Vaya, lo lamento, no estudié el tema de la religión vinculada a la arquitectura…

—Alzado.

—Representación plana de la elevación vertical de un monumento arquitectónico. Se distinguen tres partes: la arquería, que es donde se fabrican los arcos; el triforio y el claristorio… No recuerdo muy bien, quizá esto va en lo de instrumentos musicales.

—Ambón.

—Sujeto perteneciente al ampa, que lo mismo significa pandilla de maleantes que asociación de padres de alumnos, depende del contexto.

El director apartó la tableta a un lado y se acodó en la mesa con los ojos chispeantes.

—Ángel ceriferario.

—Era el que vendía la cera.

—Ángel turiferario.

—Este supongo que era el que inventó las agencias de viajes.

—Antepecho.

—Denominación antigua del sujetador que usan las mujeres actualmente.

—Antipendio.

—Lo contrario a dispendio, es decir, lo que no se gasta de manera inadecuada.

—Arbotante.

—Insulto propio del gremio. También botarel o botarate.

—Arcada.

—Lo que le da a uno cuando tiene náuseas, o sea, cuando alguna cosa le da asco, por lo general, olores o alimentos. Habitual en la época por culpa de las alturas y los vértigos.

—Archivolta.

—Cantor gótico que daba recitales para solaz de los obreros.

—Arco.

—Pues lo que necesitaban para cazar ciervos.

—Arcosolio.

—Es como el bajo palio, pero para los muertos notables.

—Arcuación.

—Cálculo matemático que permite colocar los arcos como Dios manda.

—Aristón.

—Este concepto creo que se ha colado. Yo diría que es una marca de neveras o tal vez de un medicamento, no recuerdo.

—Arranque.

—Lo que hacen los vehículos o los ordenadores, a lo mejor en la época también se decía así para los asnos y las mulas de carga.

—Ático.

—Hombre… Donde vivían los maestros de obras, que eran los que tenían más dinerito.

—Baldaquino.

—Creo que se trata de una raza de monos, seguramente muy molestos a la hora de construir.

—Baptisterio.

—Apellido de san Juan.

—Baquetón.

—Baqueta grande que servía para golpear el gong destinado a llamar a comer a los obreros.

—Basamento.

—Pomada que se utilizaba para aliviar los dolores musculares de los peones de la obra.

—Bóveda.

—Dícese del cielo estrellado.

—Caballete.

—Patas sobre las que se coloca un tablero que hace las funciones de mesa.

—Cabecera.

—Parte posterior de la cama. También médico de familia.

El director se puso de pie de un salto y palmeó el escritorio con energía.

—¡Cancelo!

—Reja o balaustrada que separa el presbiterio o el coro de la nave de la iglesia.

—¡No he dicho cancel, he dicho cancelo! ¡Que cancelo la entrevista! ¿Qué se ha creído usted? ¿Por quién me ha tomado?

—Disculpe, no comprendo su enojo. En la convocatoria ponía muy claro que se valora positivamente el sentido del humor, aunque no comprendo los motivos.

Si te interesa conocer el significado real del vocabulario arquitectónico:

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