¡Socorro! ¡Vivo en peligro!


Hacía mucho que no me pasaba por aquí. Sí, culpable, pero no penitente. Y vuelvo hoy porque, aunque ya tiene dos añitos y lo han retirado de la circulación, me he tropezado con un artículo muy divertido, o bueno, sinceramente, no sé si llorar o reír. Optaré por reír, que suele ser más sano, aunque el llanto a tiempo y bien administrado también tiene sus efectos terapéuticos.
Veamos, señores. El artículo en cuestión se titula Adaptar la casa a personas invidentes.
Vale, hasta ahí normal. Pero sólo es el título, por consiguiente, tenemos trabajito.
Sigo.
“Estamos acostumbrados a cruzarnos por la calle con personas invidentes y sus perros guías, pero no sabemos cómo es realmente su vida diaria dentro de casa.”
¿Acostumbrados? Venga, le otorgaremos el beneficio de la duda, por aquello de no empezar a saco.
“Cada vez hay en el mercado más accesorios, muebles y utensilios adaptados para hacer más fácil la vida a estas personas, ya que el simple hecho de cocinar, darse una ducha o telefonear a alguien, es un peligro constante.”
Tan bien que íbamos con la primera aseveración… caramba, en serio que ignoraba, hasta día de hoy, que mi vida corriera tantísimo peligro. Creo que esta noche no me ducharé, y aparcaré el móvil porque, ¡claro! Ahora caigo… como no veo y hablo con la boca, podría tragármelo, en un descuido, ya sabéis, que eso de ser ciego es muy malo para la salud. Y en cuanto a cocinar, me sentaré a hablar con mis hijos pues hay que valorar si les conviene más quedarse sin madre o sin comer.
Sigamos.
“LO QUE DEBES SABER…
• Reformas: suelos antideslizantes, ventanas y puertas correderas, baldosas de texturas diferentes.
• Gran ayuda: electrodomésticos por voz, aparato para detectar los colores, despertador que habla, enchufes con braille, etc.
• Evitar: alfombras, escalones, columnas, paredes totalmente blancas, placas de cocina táctiles, entre otros.”
Por ahora me evito los comentarios. Y prosigo.
“Hoy vamos a ver ciertos trucos para adaptar una casa para una persona ciega o con visión reducida, y nos daremos cuenta que una persona invidente es totalmente independiente y capaz de vivir sola gracias a todos estos avances.” (Gran suspiro por mi parte, que si no llego a leer esto me deprimo).
“Grandes cambios en la casa
“Una de las cosas que hay que cambiar son las baldosas del suelo, ya que deben ser lisas, antideslizantes, sin escalones ni alfombras, ya que esto puede hacer tropezar y caer.”
Dios mío todopoderoso, ¿de verdad tengo que meterme en semejante obra? Lo que no me explico es como sigo viva después de que se me levantara el suelo del comedor hace unos meses por un defecto de construcción. Quizá debo dar gracias. Ah, y venderé mi alfombra o mejor, la regalaré… o… la tiraré directamente, no sea que además de los ciegos, los videntes también puedan tropezar de vez en cuando, algo insólito, como sabéis.
“Los azulejos de cada estancia de la casa tienen que ser de texturas distintas para saber dónde nos encontramos solo con pasar las manos por ellos.”
Ahora comprendo por qué me pierdo constantemente en mi propia casa, ¡si me lo hubieran dicho antes! Es que mis azulejos son todos iguales al tacto, y las paredes pintadas también. ¿Cómo no había caído yo en algo tan sencillo y evidente? Me habría evitado tantos momentos de angustia y soledad, extraviada en una habitación sin saber dónde me hallaba…
“En cada habitación podemos incorporar una mampara decorativa de color naranja en sitios estratégicos, como en la ducha, en el comedor o el cabecero de la cama. Este color es el único que una persona invidente puede apreciar y así será más fácil situar estos sitios.”
Ostras Pedrín… Mira que me acerco mi chaqueta naranja a los ojos pero no hay manera. ¿Será porque no tengo mampara naranja por lo que duermo todas las noches con los pies en la cabeza y la cabeza en los pies? Lo que más me inquieta es que siendo el único color que podemos apreciar, yo no consiga verlo. ¿Tendré algún defecto en los ojos?
“Las ventanas y puertas es preferible que sean correderas, esto evitará tener pequeños accidentes y golpes.”
Bueno, en eso estamos un poco de acuerdo, las puertas entreabiertas son muy dolorosas.
“Además el pestillo del baño debe abrirse y cerrar tanto por dentro como por fuera.”
¿Y esta precaución para qué es, por si me encierro y luego se me olvida como abrir? Es que no lo entiendo muy bien. Cierto que los pestillos son mecanismos de alta tecnología y quizá es que no sabemos utilizarlos correctamente.
“Ya existen enchufes con lectura braille y así podremos localizarlos más rápido y saber si es del teléfono o de la luz.”
¡Ahora entiendo por qué me da un calambrazo cada vez que quiero llamar! ¡Que alguien me diga dónde comprar enchufes en braille, que no los distingo, por favor, por favor!
“Pequeños accesorios adaptados
Dentro de la cocina hay muchos electrodomésticos que gracias a los avances están totalmente adecuados para personas ciegas, ya que mediante la voz pueden informar de su funcionamiento.”
No hay tantos y menos para la cocina, pero bien, concedamos una tregua.
“Las placas para cocinar deben tener relieve para indicar los diferentes fuegos y los mandos nunca deben ser táctiles.”
Lo de que deben tener relieve, estupendo, o deberían, vamos, pero eso de que los mandos nunca deben ser táctiles… Me pregunto cómo he estado cocinando desde hace medio año.
“También existe un aparato que te dice cada paso que debes seguir para cocinar y te corrige si estás haciendo algo mal.”
Siempre pensé que era mi madre, uf, estoy fatal últimamente. Aunque claro, podía haber imaginado que era un aparato, puesto que ella no está conmigo.
“La ducha es importante que no tenga escalón y el mango de la alcachofa que sea de un material blando, así se evitará resbalar con él en el caso de pisarlo.”
¿Esto es exclusivo para ciegos? ¿Una persona mayor, un niño, cualquiera, en definitiva, no está expuesto a un accidente en la bañera?
“Encontramos comodidades en todos los aspectos como son despertadores que hablan, aparatos para detectar el color y el tono de la ropa y así saber combinar bien.”
Aquí sólo cambiaría el saber por el poder.
“Grifos y secadores que actúan por sensores, utensilios de cocina especiales, etc.”
Y para terminar, siempre dije, lo dije, ¿eh?, que pulsar el botón del secador o darle al grifo es muy difícil para mí. Sería tan feliz si me lo pusieran más fácil…
Marta Leal, seas quien seas, ha sido una suerte dar con tu artículo.

Jugar


Hoy vuelvo con un post fresco como el otoño que se nos echa encima. Nacido de la reflexión acerca de cómo juegan los niños en la actualidad, lo mucho que se pierden, según lo vemos quienes hemos jugado en la calle, quienes hemos experimentado la adrenalina de la aventura fuera de una silla ante una pantalla. Y quizás muchos se preguntan si los niños ciegos juegan igual que los videntes. Aquí os comparto mi experiencia.
Mis hábitos de juego no cambiaron en casa; jugar en casa era sencillo, muñecas, Tente, modelar con plastelina, todo tipo de juegos simbólicos… Sin embargo tuve que tomar en cuenta algunas consideraciones.
Antes de quedarme ciega prácticamente había dejado de jugar con los demás niños. La fragilidad de mis retinas desde los 7 años me obligaba a guardar muchas precauciones: no correr, no saltar, no darme golpes, todo lo cual imposibilitaba los juegos alocados propios de la edad. Incluso me estaba negado salir al patio a las horas de los recreos.
Pero, oh, liberación, la ceguera trajo consigo la libertad de poder comportarme como cualquier otro niño, por fin podía desmelenarme, ya no había peligro. Mmm… al menos aparentemente. Poco consciente todavía de mis limitaciones y de los recursos para minimizarlas, un buen día eché a correr en el jardín del colegio. Como todo jardín que se precie, tenía sus magníficos ejemplares de árboles y bueno… hubo uno en particular que tuvo la osadía de ponérseme delante. No sentí dolor, sólo sorpresa al verme sentada en el suelo y notar algo viscoso deslizándose por mi cara. Me había partido una ceja.
Estaba claro, tenía que aprender a jugar. Veamos, reconocimiento del terreno, ubicación de obstáculos varios que pudieran venírseme encima, detección anticipada de sujetos móviles a dos piernas pululando a mi alrededor… Otros niños en la escuela correteaban de acá para allá y tardé un poco en comprender que existían determinados grados de ceguera, algunos veían un poco, o distinguían luces y sombras que les permitían esquivar a otros compañeros… o a los pinos. Bueno, no era problema. Yo podía elegir dónde y a qué quería jugar y esa era mi baza. No era preciso correr, podía explorar el inmenso jardín (toda una aventura), colgarme de la media luna de hierro, inventar historias en las que convertirme en no sé qué personaje de alguna serie de televisión.
También en la urbanización donde vivíamos había niños con los que jugar, vecinos que venían a casa y para los que yo era una más. Em, bueno, era una más si lograba liderar los juegos. Si era yo la jefe de policía y ellos los ayudantes que debían ir detrás de mí, era una más. Si era yo la niña valiente que se enfrentaba a un enemigo alienígena y les dirigía en la batalla, era una más. Si era yo la guía en una exploración por la selva, era una más. ¿Mandona? No, se trataba sólo de ocupar una posición que no me hiciera sentir diferente y normalmente lo conseguía. Si alguno de ellos tomaba la iniciativa era frecuente que echaran a correr sin acordarse de mí y entonces me sentía torpe y desplazada. Esa situación en aquella época no me causaba amargura sino incomodidad, fastidio y contrariedad.
Es curioso como con el tiempo, nosotros mismos vamos erigiendo muros en los cuales a menudo nos lamentamos. A fuerza de coscorrones vitales, frustraciones, desengaños y miedos, nuestros esquemas de comportamiento se van modificando. A los 11 años era capaz de acudir a casa de otro niño cruzando una calle, siguiendo las vallas de las casas o atravesando un solar lleno de hierbajos y agujeros, todo ello sin bastón. O de montar en bici. Ahora no lo haría, pero no porque sea adulta sino porque he ido acumulando convencionalismos, reparos, complejos y miedos que entonces todavía no me afectaban, bien por inconsciencia o bien porque todavía quedaba en mí mucho de niña vidente.
En definitiva. Por lo menos cuando yo era niña, había pocas diferencias en el modo de jugar. Me pregunto cómo se sentirán los chavales ciegos de hoy en día que no pueden jugar a la play, o a cualquier juego gráfico de tantos como suenan y pitan y atronan en pantallas de todo tipo y tamaño.

¿Pérdidas?


No ha sido un mes demasiado bueno en cuanto a pérdidas. Es inevitable reflexionar cuando esto ocurre, tratar de bucear en los motivos… los porqué y los por qué no revolotean incansables, entran y salen de nuestra mente y, al menos a mí, me obligan a poner en marcha ese engranaje que por lo general prefiero que esté quietecito.
Todas las pérdidas dejan una estela tras de sí, como esos cometas que rasgan el cielo procedentes de un desastre cósmico. Su camino a nuestros ojos es bello, la impresión que nos dejan es hermosa. De repente ya no los vemos, pero seguimos siendo conscientes de que ese rastro de luz que se desvanece fue real. Aunque naciera de una explosión, de la muerte de un astro que ya no existe.
Hay pérdidas rotundas y definitivas, como la de los seres queridos cuando abandonan el anclaje de su cuerpo. A la cabecera de una cama de UCI, acariciando una frente amplia y despejada y un cabello que todavía conserva rastros de laca gracias a la coquetería de su dueña, no puedo por menos que preguntarme otra vez si la muerte es tan terrible. Si no es egoísmo lo que nos asalta en el momento de despedir a esa persona porque la pérdida es nuestra y nos cuesta desprendernos de lo que queremos. Y entonces me siento en paz, cuando en lugar de pensar en mí pienso en ella, porque estoy convencida que no todo termina ahí, que después comienza un tránsito, otro camino que no quiero etiquetar al que cada cual puede denominar como desee según sus creencias o no creencias.
Hay otras pérdidas no tan rotundas ni definitivas, sólo son seres que se desgajan de tu vida y emprenden otros derroteros que los alejan de lo que hasta un momento determinado fue una unidad. Y de nuevo nos asalta la tristeza… hasta que el engranaje se pone en funcionamiento. Entonces hay que recolectar la experiencia, las vivencias, extraer lo positivo y esforzarse en comprender que quizá no es tal la pérdida sino una ganancia a añadir en la columna de haberes, que nada es gratuito, que nada ocurre porque sí, aunque de entrada seamos incapaces de vislumbrar adónde nos lleva.
Y en lugar de perder me doy cuenta de que gano en madurez, en sensatez, de que mi equipaje vital a pesar de estar más lleno me parece más liviano porque he aprendido a sostenerlo de otro modo, equilibrando el peso, apuntalándolo para que en lugar de una carga sea una compañía que me susurra y me alienta.
En la vida hay situaciones que nos golpean, cambios que nos llenan de miedo y de inseguridad, momentos de dolor. Pero no olvidemos que por encima de todo eso somos la misma persona de siempre y que de nosotros depende que nos moldeen o que seamos quienes decidamos qué forma vamos a adoptar.
Me ha costado mucho escribir esta entrada, no por el hecho de escribir en sí sino por todo el proceso que ha sido necesario realizar antes de alcanzar este estado que he querido compartir con vosotros. Un beso a mis cometas, estén donde estén.

Querido y odiado bastón blanco


Al inicio de la promoción de mi libro, en la sesión de fotos para una entrevista que aún no se ha publicado y de la cual espero poder avisaros con tiempo, aunque me entere el mismo día, el fotógrafo quiso jugar a hacer figuras con mi bastón. En esos momentos pensé en vosotros, y en que cuando pudiera os explicaría algo sobre la experiencia con él (el bastón, se entiende).
Nuestra relación ha sufrido altibajos, como cualquier relación.
Cuando pusieron uno en mis manos por primera vez, contaba catorce años. No dejaba de ser un artilugio incómodo, rígido y bastante pesado (fue más tarde cuando comenzaron a comercializarse los bastones plegables y livianos). Enseñar a utilizarlo es algo que corre a cargo de profesionales en orientación y movilidad y allá que nos pusimos a la tarea.
Era verano, hacía un calor de miedo en la ciudad, pero yo me sentía eufórica. Aprender a moverme sin andar cogida del brazo de alguien constituía todo un reto y la sensación de libertad y autonomía resultaba extasiante. Mmm… Además, el profesor que me daba las clases era un chico joven muy atractivo del cual quedé convenientemente encandilada haciendo honor a los requerimientos de la adolescencia.
Fueron unas semanas intensas en las que se hizo preciso empaparme de numerosas técnicas, estrategias, habilidades y conocimientos que exigían una elevada dosis de concentración y paciencia. Mi mente bullía y un Pepito Grillo susurraba constantemente al oído de mis sistemas de alerta:
Escucha bien el tráfico, no cruces hasta que no oigas rodar los coches que van por la perpendicular. ¡Cuidado con los bordillos rebajados!, a ver si vas a encontrarte de repente en medio de la calzada sin advertirlo. Circula bien por tu derecha y no confíes en que los transeúntes te vean, es más probable que tú les esquives al escucharlos porque la mayoría de ellos irán sumergidos en sus pensamientos y te arrollarán. Atención a los andamios mal protegidos (hum, casi todos) pues el bastón pasará por debajo alegremente y tu despejada y juvenil frente será la que se empotre por arriba contra los hierros. La forma más segura de no caerte a las vías de tren o metro es deslizar el bastón por el borde exterior y caminar en paralelo al agujero… Ay, si es que los aterrorizados usuarios que te vean no se alarman tanto pensando que vas a dar con tus huesos abajo que tironeen de ti hasta lograr adosarte a la pared más lejana. A la hora de atravesar un espacio abierto, una plaza, unos jardines, busca referencias como bancos, parterres de hierba, y trata de ubicarte con los sonidos de tu entorno, no sea que acabes paseando tan feliz entre palomas totalmente desorientada. Si te pierdes, pregunta, como todo hijo de vecino aunque… Esto… “Sí, gira por allí, cruza allá y sigue por esa calle”, así, con la mejor buena intención de un ciudadano, señalando direcciones con un dedo… como que no ayuda demasiado. Deja el bastón relajado delante de ti en vertical en el momento de bajar escaleras, así detectarás cuando llegas al final… ¡y no cuentes los peldaños!, o verás qué fácil es descontarse y bajar rodando. Si oyes niños, aminora el paso, suelen plantarse delante a mirar como llegas y es fácil envestirlos… Y no te sientas demasiado culpable cuando alguien que si ve pero no mira por donde va acaba con tu bastón entre sus piernas y cayendo estrepitosamente, provocando gran confusión y doblándolo de tal modo que resulta complicado llegar en condiciones a destino si no llevas uno de recambio. Además del daño que podáis haceros. ¡Uf!
Obras, agujeros, motos aparcadas en las aceras, coches estacionados en los pasos de cebra, señales de tráfico, contenedores, farolas, cartelería de restaurantes y bares, mesas y sillas, ¡una caja de fresas maduras en mitad de la acera donde meter los pies y hacer batido refrescante! Toldos a la altura de frente y nariz donde golpearse, ruidos de martillos hidráulicos que desorientan, caceroladas contra esto o aquello que impiden escuchar el tráfico y te incapacitan para cruzar con seguridad una calle…
Nooo, no es una película de terror, es sólo la realidad. Por lo general, llegas sana y salva a casa, aunque a veces tengas la sensación de haber participado en una carrera de obstáculos. Siempre hay personas amables que te indican correctamente, que te ayudan a cruzar, que te acompañan hasta el portal de esa tienda que se te resiste. Pero también es igual de cierto que la falta de civismo de unos pocos dificulta la movilidad de muchos y, a pesar de que se han hecho campañas de concienciación y sensibilización desde diferentes ámbitos, no hemos mejorado demasiado. Y eso ha causado que a menudo viertas lágrimas de impotencia cuando te haces realmente daño por culpa de los malos hábitos de los demás.
Tal como dije al principio, mi relación con el bastón ha pasado por varios estadios. La euforia de los primeros meses se vio empañada por los miedos y prevenciones de mis padres (supongo que propios de padres) que me hicieron abandonar poco a poco la valentía de los inicios. Después llegó la temida timidez al comenzar en el instituto, la vergüenza de llevar bastón… y lo arrinconé por completo, dejándome acompañar por mis compañeros de clase. Es duro sentirse paquete y no ser capaz de plantar cara a la situación, pero es lo que se dio durante un tiempo, y ahí queda, anotado en mi lista negativa.
No me reconcilié con él hasta bastante después, cuando por cuestiones de trabajo tuve que desplazarme diariamente a Barcelona, utilizando para ello tren, metro y siendo preciso caminar a lo largo de varias manzanas hasta llegar a mi destino. Luego volví a guardarlo en un cajón, relegado por mi perra guía (esa es una historia que ya conocéis) y finalmente volvió a mí, con menos bríos, útil pero no amado, siempre presente pero sin grandes aprecios. A pesar de todo, tengo que agradecerle que haya hecho de mí una persona independiente y capaz de movilizarse, con más o menos soltura, como cualquiera.

Técnicas y tecnologías


Estos días ha sido inevitable que surja un interés sobre cómo escribo, cómo me apaño para ello. Incluso se han dado situaciones divertidas en las que una señora, por ejemplo, habiéndome visto en TV firmando un libro, dio por sentado que había escrito mi novela a mano… quien más quien menos, ya sabéis que los ciegos manejamos los ordenadores con un lector de pantalla que verbaliza todo cuanto estamos haciendo, aunque también existen dispositivos que ofrecen la información en braille, si bien yo actualmente no los uso. No son ordenadores especiales, ni teclados especiales. PC de sobremesa, portátiles, Windows o Apple, los mismos que vosotros aporreáis o paseáis de un lado a otro. Tal vez ni sabéis que vuestro Mac echará a hablar si le dais a Command + f5. No hay más truco ni magia. Y también estaréis de acuerdo conmigo que la mayoría de vosotros no mira el teclado mientras escribe.
A lo largo de mis entradas, he hablado de trucos y habilidades que vamos desarrollando y perfeccionando a fin de subsanar necesidades, pero también existen ayudas más o menos técnicas o tecnológicas que facilitan ciertas tareas, como los ordenadores. Así que aprovecho y paso a referiros unas cuantas para que os hagáis una idea.
Hum, ¿estará la luz encendida? Malditos aunque cómodos interruptores conmutados que hacen imposible determinar, por su posición, si la respuesta es afirmativa o negativa. Siempre puedes preguntar pero, ¿y si no hay nadie? Casi mejor no arriesgarse. Para ello están los detectores de luz. Sí, esa tacita con el escudo de vuestro equipo de fútbol preferido que seguramente conocéis y que suena con su himno cuando la levantáis es un detector de luz. Si no hay luz, no suena, ¿os habíais fijado? Hay algunos más específicos, un llavero que al pulsar un botón emite un silbido de mayor o menor intensidad según la potencia de la fuente luminosa. Es útil por ejemplo no sólo para averiguar si una lámpara está encendida sino que también sirve para la pantalla del ordenador, persianas subidas o bajadas, pilotos que no sean excesivamente débiles.
Vaya… Compré cuatro tops iguales pero de diferente color… No quisiera ponerme prendas que no combinen. Bueno, no recuerdo el orden en que los guardé, así que mejor activo el detector de colores. Es un aparato con una luz láser que aplicado sobre la superficie del tejido, habla el nombre de éste. Mmmm…. Claro que cuando la mujer que se esconde dentro (como decía mi hijo) te dice… amarillo grisáceo verdoso muy claro… te quedas un poco anonadada. ¿Qué demonio de color será ese? Concedámosle que se trate de un beige. También hay aplicaciones para iPhone, por ejemplo, que realizan la misma función.
Sé que el niño tiene fiebre y es casi lo único que me interesa. Pero venga vamos a comprobar la temperatura no vaya a pasar de 39 que es una cifra que empieza a no gustarme. Cojo el termómetro, lo aplico en su axila y aprieto un botón…: “Prooontooo” Susurra una vocecilla en italiano. “¿Por qué dice pronto y tarda tanto?” me preguntaban antes los niños. Sí, es un poco lentito pero bastante eficaz. “La sua temperatura…”. Esta otra mujer encerrada en el termómetro dice que no está demasiado grave, pip, pip, aprietas de nuevo el botón y el aparatito se calla.
¿Qué hora es? Están los relojes táctiles, aquellos a los que les abres la tapa y dejas al descubierto las manecillas. Aplicando suavemente la yema para no desplazarlas, lees la hora sin problemas. Y luego existen esos otros que hablan o mejor dicho, vocean, y cantan la hora para todo aquel que se halle a tu alrededor. ¡¡¡Son las cuatro y diez de la tarde!!! Son los llamados parlantes y que yo sólo utilizaba de despertador. No me gusta que todo el mundo sepa que estoy mirando la hora… sobre todo si me encuentro en medio de una reunión aburridísima. No hace falta mencionar los móviles, los ordenadores, todo aquello con un reloj incorporado.
El mercado empieza a ofrecer electrodomésticos también parlantes, sobre todo lavadoras, robots que cocinan, básculas o balanzas… sin embargo la técnica de marcar con motitas de pegamento, o muescas, o etiquetas en braille siempre ha resultado útil, fiable y… barata. Hay aplicaciones que permiten saber qué producto tienes entre manos tras sacarle una foto.
También hay cosméticos etiquetados en sistema braille, sobre todo jabones de baño, y medicamentos. Cada vez más. Es bueno adherir una etiqueta a cada medicamento con el nombre (si no lo lleva puesto) y la caducidad, de este modo puedes controlar tu botiquín y no te arriesgas a administrar lo que no es. Y también etiquetas las cajas de los CD, los DVD o los departamentos del archivador donde almacenas las cantidades ingentes de facturas, recibos, documentos… etc.
Luego está la digamos alta tecnología… El escáner gracias al que puedo leer cualquier libro que me compre en una librería, o las cartas del banco… o los informes del instituto de mis hijos. El MP3 donde guardo un audiolibro para leer en cualquier momento y en cualquier lugar. El móvil, totalmente accesible.
Es posible que esté olvidando algo que resultaría interesante que conocierais pero de momento creo que bastará para que os hagáis una idea.
¡Y prometo seguir dedicando y firmando mis libros a mano, sí, sin bolígrafos mecánicos ni dedos biónicos ni aplicaciones que usurpen mi personalidad!

Desde el interior


Hay mucho que quiero contaros… pero no lo haré desde fuera. Quien más quien menos, compartido o por casualidad, explicado o leído, ya se habrá dado cuenta de cómo funciona una promoción. Entrevistas, reportajes, más entrevistas, fotos, más entrevistas. Todo está en la red, en el papel, en las ondas, a disposición de cualquiera que desee acompañarme en este camino por la vertiente exterior.
Pero, como podéis imaginar, existe lo que no se ve, lo que no se oye desde el otro lado de la radio, o al otro lado del vídeo. Lo que hace de esta experiencia algo realmente valioso y único.
La agenda que cuadra y se descuadra, los horarios siempre al filo de lo imposible, y siempre encajando, como por arte de magia. Ese nerviosismo en el estómago antes del encuentro con la cámara, con el periodista. El miedo que se enrosca acechante, sonriendo mientras se frota las manos, con ganas de hincar el diente, y que luego ha de retroceder, chafado por su fracaso, porque no se ha salido con la suya. La voz que quiere temblar, asustada o emocionada, y que logra mantenerse firme, aunque después de horas de cumplir con su cometido es sólo un susurro que provoca tos si se la requiere de nuevo. Los ojos irritados a fuerza de querer mirar al interlocutor, al objetivo. El pequeño esfuerzo de dedicar un libro a bolígrafo, con una mano que no escribe desde hace muchos años. La emoción, alguna lágrima que al fin vence y se derrama. Los abrazos sentidos, los besos.
Las noches de pocas horas durmiendo, con la mente dando vueltas entorno a lo que se te viene encima, tan desconocido y tan cercano a la vez. Ese apetito que se muestra un tanto huidizo, y la sed, mucha sed, toda el agua del mundo que quisieras beber y no puedes porque bueno… porque hay que continuar sin demasiadas interrupciones.
El corazón saltando con el bombardeo de mensajes, tweets, whatsapps, correos, llamadas… porque los que pulsáis un botón, o varios, o un teclado, todos vosotros sin excepción estáis ahí, conmigo, y lo sé, y lo siento. Y sé que sin vosotros mi experiencia apenas tendría sentido, estaría vacía, porque lo verdaderamente hermoso es compartirla.
A todas las personas, que son lo que más importa. A las que estuvisteis conmigo mientras se gestó y creció el libro, apoyándome y dándome ánimos para seguir. Amigos y familia. A todas, las que están y las que ya no están. A todos los periodistas que con su profesionalidad y cercanía han conseguido disipar el temor a las entrevistas. A todos los fotógrafos y cámaras que con su simpatía han logrado arrancarme una sonrisa (porque odio hacerme fotos y posar, por si no lo he dicho nunca). A todas las personas de la editorial Destino que me han dado la oportunidad de vivir un sueño. A las que me detienen por la calle y hacen que me emocione con sus palabras, o con mi libro en sus manos. Incluso a las que no comprenden que alguien pueda conseguir algo por sus propios méritos. A todas. Desde el interior, simplemente… gracias. Gràcies.

Fuegos artificiales


Cuando no hay tiempo de mucho y mucho de todo, quizá basta un símil para expresar tanto como llevo dentro. Las fiestas llegan a los pueblos con el verano, y los fuegos artificiales iluminan las noches. Colores y explosiones. Gritos y aplausos. Parece que  no existe nada más allá que esa cúpula nocturna hacia la que centenares de personas miran.
Y entonces el cielo estalla, mi mundo alrededor y bajo mis pies se convierte en un retumbar que vibra, se expande y hace temblar mi interior. Cierro los ojos porque no hay nada más que un sonido que me envuelve, y sujeto una mano que me ancla y que me dice que todo está bien, que todo irá bien.
Y cuando las voces exclaman con los últimos truenos de los fuegos artificiales y vuelvo a la realidad, sé que estoy en el camino que me he propuesto andar. Y sé que estáis todos ahí, como esas luminarias en el cielo. Conmigo. Gracias.

Otras realidades


Hace un par de semanas un amigo lanzó un suspiro enorme vía Twitter, algo así como “qué jodido es decirle a alguien que nunca aprenderá a leer”. El comentario se abrió camino en mis recuerdos y se quedó ahí agazapado, gestando una reflexión. Por desgracia, temo que, según los requerimientos actuales de rentabilidad de recursos con los que nos acosan a todos desde arriba, restaría validez a mi experiencia. Por suerte, al menos para mí, creo que me importaría muy poco.
Tenía sólo diecinueve años cuando me ofrecieron mi primer trabajo, una sustitución de instructora braille para adultos, es decir, enseñar a leer y escribir en este sistema. Los niños aprenden en la escuela de ciegos (ahora también integrados en escuelas con otros niños), pero aquellos que pierden la vista con más de dieciocho años acuden de modo voluntario a clases específicas para ellos.
Yo había conocido y me había relacionado con compañeros de mi edad en el colegio de la ONCE pero, después de eso, mi contacto con personas ciegas se había reducido a los amigos que conservaba del paso por esos tres años de EGB. Sin embargo, a raíz de mi trabajo se abrió ante mí un mundo que desconocía por completo y que amplió mis fronteras con experiencias muy enriquecedoras.
No eran muchos los alumnos jóvenes que tenía. Estos habían sufrido algún tipo de accidente o estaban aquejados de enfermedades degenerativas en los ojos. En su mayoría, mis alumnos eran personas de más de sesenta años que habían quedado ciegas generalmente a causa de diabetes. Otros llevaban años sin ver, pero no se habían puesto en manos de los servicios de rehabilitación de la ONCE hasta hacía muy poco.
Llegaban a mí temerosos, con una total inseguridad en sus posibilidades, incrédulos acerca de su capacidad para aprender a leer con las manos. Eran personas que habían perdido esperanza, que se sentían indefensas, llenas de frustración. Por supuesto existían excepciones, pero me permito generalizar porque se trataba de la actitud común en ellos. A los dos días ya había comprendido que mi cometido no se iba a basar sólo en enseñarles sino que por encima de mi misión pedagógica, debería procurar insuflarles un hálito de alegría y confianza en sí mismos. De entrada, encontrarse con una maestra tan joven parecía gustar a todos. Muchos expresaban en voz alta que si yo era capaz de desempeñarme sin dificultades, quizá ellos también podrían hacerlo. Empezábamos las clases explicándonos cómo nos había ido el día anterior. Les daba así la oportunidad de desahogar sus preocupaciones y desalientos. Luego procedía a leerles algún relato breve, algún artículo de cualquier revista de contenido interesante. Esto despertaba en casi todos las ganas de poder hacerlo por sí mismos.
Conseguido un cierto ambiente de optimismo, me dedicaba a enseñar el alfabeto valiéndome de tablas de madera con agujeritos donde insertar unas piezas de plástico con cabeza redonda que iban conformando los puntos de las letras. A lo mejor el artilugio tiene un nombre, pero se me ha olvidado. Costaba, pero casi todos acababan memorizándolas y reconociéndolas. Otra cosa muy diferente era pasar a la lectura en el papel. Los diabéticos acaban perdiendo parte de su tacto y claro, leer braille con poco tacto es una tarea muy complicada, a veces casi imposible. Qué difícil resultaba para mí hacerles comprender sin traumatismos que probablemente nunca podrían leer con fluidez. Era un auténtico ejercicio de equilibrio para que no se desmoralizaran. No recuerdo ningún caso en que no lo consiguiera lo cual me llenó siempre de una gran satisfacción, no por mí, sino por ellos. Seguramente muchos ya han muerto pero algunos todavía me llaman para felicitarme las navidades. Estoy convencida de que si mis jefes se hubieran enterado de que en las clases no siempre era braille lo que se hacía, habrían puesto el grito en algún cielo. No me importaba. El bienestar que sentían mis alumnos durante su hora de clase para mí no tenía precio, y nada me hubiese hecho cambiar de procedimiento ni actitud.
El abuelo músico de ochenta años cuyo objetivo era poder volver a leer partituras pero que jamás lo consiguió… Me lo llevaba al terminar el turno al aula de música y me sentaba a su lado en la banqueta del piano para escuchar cómo tocaba sin esa partitura añorada. Y él era feliz.
El tieso empresario de setenta y tantos para quien no poder leer ni escribir por sus medios era un descrédito… Junto a él en la mesa, dejaba que me leyera cualquier cosa para lo cual empleaba minutos interminables, infinitos. Era enloquecedor, sinceramente, pero cuando al cabo de un milenio acababa de leer su párrafo del día, habida cuenta de que yo le había estado escuchando, él exultaba de alegría.
La abuela de sesenta que tras grandes esfuerzos consiguió aprender, y su dicha fue total cuando se marchó con un cuento bajo el brazo para leer a su nieto.
La muchacha sordo-ciega (sí, figuraos) que nunca se desempeñó muy bien pero que se alegró como con un gran logro cuando terminó su primera cartilla de lectura.
El joven químico que se había quemado los ojos y que acabó redirigiendo su rabia contra el mundo mundial hacia el reto de leer tan rápido como el que más y escribir más palabras que nadie por minuto.
Y tantos y tantos ejemplos que podría mencionar. Lo mejor de todo es que ellos aprendieron algo, pero a cambio yo aprendí muchísimo. Aprendí otras realidades en la ceguera. Aprendí la verdad del tan trillado dicho de que nunca es tarde. Aprendí la lengua de signos para poder comunicarme con mi alumna sordo-ciega. Aprendí paciencia y entereza, a decir lo que tanto temían oír, ofreciendo vías de escape para que no se sumieran en la desesperanza. Y aprendí sobre todo que un poco de cariño suple a menudo cualquier ímprobo esfuerzo por conseguir que los demás se vuelvan receptivos.
Lo malo es que muchos aprendizajes no perduran en nosotros, y el tiempo y las vivencias me han hecho perder parte de lo que atesoré en aquellos meses. De todos modos, gracias a cada uno de mis alumnos por ser a su vez mis maestros.

Ver y mirar


Quienes leyeron el borrador de mi libro me preguntaban cómo puedo ser capaz de describir paisajes, entre otras cosas. Esto me lleva a una reflexión que va un poco más allá.
Las personas videntes suelen hacerse un lío con los verbos. Algunas porque en un principio no saben muy bien cómo decirlo, por temor a meter la pata. Otras lo hacen de modo totalmente natural: si fulanito es ciego, no ve ni mira, sino que toca o escucha, o simplemente oye.
La cuestión trasciende la pura semántica. La mayoría de los ciegos adoptamos sin problema (y no sólo eso sino que nos gusta así) los verbos ver y mirar. No puedo hablar exactamente de aquellos que lo son desde el nacimiento porque ese es un terreno que incluso para mí misma resulta un poco desconocido. Por tanto, como siempre, hablaré de mí sentir y de mi experiencia.
En los dedos y los oídos tengo un procesador que transforma lo que toco y escucho en imágenes que se alojan directa y simultáneamente en el cerebro en movimiento y color. Yo veo televisión, veo la prenda de ropa que quiero comprar, miro un paisaje o un dibujo de mi hijo. Es más, veo el libro que estoy leyendo y tanto es así que después de algunos años de haberlo leído y en el supuesto de que de dicho libro en su día se hiciera una película, puedo llegar a no saber si lo leí o bien vi dicha película antes de quedarme ciega.
El haber perdido la vista a los once años me ha permitido conservar un archivo completo de imágenes, colores, perspectivas, medidas, profundidades. Si hay algo que nunca vi (no se me ocurre, un monumento cualquiera por ejemplo), basta con localizar una maqueta que lo represente o la descripción en un libro y enseguida me hago a la idea, dándole de inmediato las medidas reales que pueda tener.
Las imágenes son parte integrante de mi esencia aun sin ver. Cuando mis hijos eran pequeños dibujaba cosas para ellos: se trataba simplemente de colocar un papel sobre una superficie un poco blanda (el grueso mismo de una libreta) y apretar ligeramente con el lápiz a fin de que las líneas fueran visibles al tacto. Y bueno, no debía hacerlo tan mal porque siempre sabían lo que había dibujado.
También tengo cierta memoria fotográfica, o visual. Retengo mejor, por ejemplo, cómo se escribe una palabra si la veo escrita en braille que si la escucho con un sintetizador de voz.
Y sueño, veo en sueños, sueño en imágenes y colores, todas las personas tienen cara en mis sueños, sean anteriores o posteriores a haberme quedado ciega. Soy ciega en los sueños, pero veo.
Recuerdo con nitidez paisajes, animales, puestas de sol espectaculares, dibujitos de TV, edificios, tanto por fuera como por dentro. Los rostros de familiares, amigos, de mis seres más queridos y próximos son en mi mente una especie de fotografía emborronada por el paso del tiempo. Parece que a poco de quedarme ciega tenía tan claro que guardaría por siempre esas fisonomías en mi recuerdo que le dije a mi madre: “bueno, me encargaré de colocarte una arruguita cada año”. No puedo estar segura al cien por cien, claro está, pero creo que si de repente recuperara la vista, sería capaz de identificar a las personas que formaron parte de mi entorno más cercano mientras vi, sin mediar su voz de por medio; incluso juraría que podría reconocer a mis hijos.
Luego está como en tantas cosas, el “trabajo en equipo”, digamos la simbiosis entre ciego y vidente. Hay videntes que tienen un arte especial para retransmitir imágenes y otros que hacen lo que buenamente pueden. Están los realistas, los poéticos, los sensacionalistas, los sentimentales, los escuetos, los empíricos, los repetitivos. Veamos un ejemplo de cada uno, por supuesto, con todo cariño y sin acritud, con otro poquito de humor, porque todo el mundo hace las cosas lo mejor que sabe y sólo el esfuerzo o la intención o el deseo de comunicar lo que sea ya son válidos.
DE VISITA EN UN PARQUE PUBLICO
El realista:
Está todo verde, hay pinos, rosas en unos parterres, bancos de madera y un estanque con patos (información concisa, sabes exactamente qué hay en este lugar).
El poético:
Es como una acuarela llena de colorido con la luz bañando los rincones y arrancando destellos del agua (deduces que el lugar es precioso pero no tienes ni idea de lo que te rodea).
El sensacionalista:
Halaaa, qué pasada, ¡es enorme, y qué bonito! Coooómo mola (oh sí, muy guai pero, ¿qué tenemos por aquí?).
El sentimental:
Este sitio me produce nostalgia, me recuerda al jardín de la casa de mis abuelos… lo pasé tan bien allí cuando era pequeño… (Sí, suele pasar, es lo que tienen los recuerdos pero, ¿me cuentas algo más?).
El escueto:
Hay árboles, flores y animales (aaah, perfecto, pero, ¿qué tipo de árboles, flores y animales?).
El empírico:
Esto pincha, el agua está fría, la resina es pegajosa, los patos pican (aaauuu, sí, ya veo, rosales… que está fría ya lo noto, sí, aagh, ahora dónde me limpio la mano… Aaauch, no graznaban, podías haberme dicho que había patos antes de meter la mano).
El repetitivo:
Hay árboles, pinos, flores, rosas, hierba verde, un estanque con agua y patos en el agua, y el agua está limpia, los patos entran y salen del agua, hay bancos, los bancos están a tope, los bancos son de madera, los pinos son muy altos, hay hierba, la hierba es césped… (eeeh, sí, genial, ¿vamos a tumbarnos en algún sitio y a gozar del silencio? Me duele un poco la cabeza).

Mi perra guía

Antes de explicar la historia de mi perra, quiero aclarar que yo tuve mala suerte y que no se puede ni se debe tomar mi experiencia como ejemplo de algo que ocurra con frecuencia. Los perros guía son fabulosos cuando se consigue un equilibrio entre animal y usuario, y el fracaso de este tándem no siempre es culpa del perro. Hay muchos factores que influyen en el correcto desarrollo de la relación entre ambos y el buen funcionamiento de las capacidades para las que el perro ha sido entrenado.
Fui a la escuela de Rochester, en el estado de Detroit. Era el mes de febrero, y os aseguro que aquello era lo más semejante al polo norte. Qué frío. Rochester es una ciudad pequeña, de amplias avenidas, no demasiado tráfico… y en invierno, nieve, mucha nieve, con caminitos abiertos para transitar por las aceras. Un belén nevado, vamos.
Bia era una Golden retriever más que bonita, color dorado, suave como un peluche y en exceso cariñosa. Era la niña de los ojos del instructor que me la entregó, y creo que por ahí empezaron mis problemas. Él, supongo que de modo inconsciente, daba órdenes a la perra cuando ésta iba conmigo. No era preciso que fueran habladas, sino que se trataba de simples gestos de mano que ella obedecía más que a mi voz.
Estuve tres semanas allí, interesantes semanas entre norteamericanos, entrenando: recorridos por la ciudad, paseos campo a través que más que paseos eran carreras por las inmensas ganas de correr de estos animales cuando todavía están en período de entrenamiento; circuitos con trampas que los instructores preparaban para ver la reacción del tándem ciego / guía; visitas a grandes almacenes, viajes en metro por la capital… Todo muy bonito allí, todo muy programado y controlado.
Pero claro, llegas a España, y zas, los perros empiezan a alucinar. Miles de porquerías en el suelo (son razas rastreras que quieren llevárselo todo a la boca), tráfico intenso, ruidos, muchos ruidos… y sobre todo, en mi caso, personas que constantemente la tocaban, acariciaban, le decían cosas, incluso la llamaban desde lejos (el precio de la belleza).
No fue una buena guía para mí, aunque la quise mucho. Se entretenía siempre con la gente que de algún modo llamaba su atención, quería coger todo lo que veía por el suelo… Luché por imponerme como alfa, por dominar su cabezonería, pero no lo lograba. Y no me sentía segura. Un día, cruzando un túnel bajo las vías del tren, nos pasó un convoy por encima con un estrépito horroroso. A partir de entonces todo fue de mal en peor. Cogió miedo de todos los ruidos, cualquier sonido la sobresaltaba de tal manera que a menudo era yo la que iba delante tirando de ella. Figuraos el panorama. Tanto fue así, tan mala llegó a ser nuestra relación que finalmente no me quedó mas remedio que devolverla. Porque ni siquiera fue posible quedármela como mascota. Era tan posesiva conmigo que cuando quedé embarazada, los entrenadores me advirtieron del peligro que Bia corría de consumirse de pena a la llegada del bebé. Mejor morirme yo de pena que ella.
Entregarla en el aeropuerto de Madrid (me negué a enviarla por Seúr como un paquete cualquiera) fue de lo más duro que me ha tocado hacer en mi vida. Sólo yo sé lo que lloré, la quería mucho, habíamos estado dos años juntas. Ahora ya debe trotar feliz por las praderas del cielo de los perros guía.
Es muy prosaico lo que estoy contando hoy. Y si lo hago así es porque quiero que la gente sea consciente de que un perro guía, cuando trabaja,  no es un perro como los otros. Mientras está trabajando forma parte del usuario al que acompaña. Si os cruzáis con alguno, dejadle trabajar, no le habléis ni llaméis ni le toquéis. No le ofrezcáis golosinas, ni comida en un restaurante o en casa. No tratéis de tirar de su arnés. Si hacéis algo de todo esto estaréis perjudicando su concentración y su capacidad de reacción, además de poner en peligro todo el esfuerzo que hay que llevar a cabo para que perro y usuario alcancen  la excelencia de todo cuanto pueden dar de sí estos magníficos animales.