Estafas

Es un tema delicado el que quiero compartir hoy con vosotros.

Sabéis que trabajo en la venta del cupón de la ONCE, por consiguiente, como otros muchos vendedores, estoy expuesta al engaño a través de billetes o monedas que no son lo que aparentan. Últimamente, por las razones que sea, esta práctica se está dando con demasiada frecuencia. El problema es que cuando estos estafadores compran con billetes, no es que lo hagan con billetes falsos; no son una fotocopia, por ejemplo, más fáciles de detectar al tacto pues no dejan de ser papel normal y corriente. Son billetes de otros países, normalmente países árabes africanos, por tanto, papel moneda de curso legal, pero sin ningún valor al cambio. Pueden pasar por euros gracias a su medida. Cierto que por euros arrugados de esos que parece que han conocido la lavadora cuyos bordes rugosos apenas se perciben.

Ejemplos de dichos billetes:

Billete de a saber dónde

Billete de Omán

Sea por lo que sea, este año he sido víctima de varios engaños, con la consabida pérdida de dinero, por supuesto, dinero que nadie reintegra.

Y aquí viene el asunto peliagudo. Hasta el momento, y que yo me haya dado cuenta, el engaño ha procedido de personas extranjeras, árabes, en general, o bien marroquíes o bien personas de color igualmente árabes. ¿Y por qué he perdido dinero? Porque de entrada me resisto a desconfiar de un cliente de estas características que se acerca a comprar productos de coste bajo con billetes de cierto valor. Me resisto al juicio a priori, a la suspicacia instaurada por norma. Desde luego, muchos de estos clientes jamás me han engañado y jamás lo harán. Pero a menudo todos me resultan iguales, todos tienen voces parecidas y por supuesto acento similar. Así que no puedo distinguir ni dirimir. Y por no querer generalizar en el recelo, así me va.

¿Qué hacer? Bueno, he tenido que comprar un aparato para detectar billetes que no sean euros, que tampoco es infalible, todo hay que decirlo. Por supuesto, de mi bolsillo, aunque considero que debería ser una adaptación de puesto de trabajo para todos los vendedores ciegos totales, al menos. Con todo y con eso, me siento vulnerable, desprotegida.

La situación me obliga a ser precavida con cualquier persona extranjera del origen mencionado que se acerca al quiosco. Y eso me da muchísima rabia. Habrá quien me tache de racista. Solo me defiendo y procuro hacer el trabajo lo mejor posible y, desde luego, no perder dinero.

Un café más

Dos tazas de café con forma de corazón

A Tuc le gustaba el café, mucho, muchísimo, con locura. Su fidelidad hacia el brebaje rayaba la obsesión, y la devoción por su cafetera, la religiosidad.

Encontrarse un día sin comida en la nevera carecía de importancia; mientras tuviera cápsulas de café, el mundo estaba a salvo,y ella, también. Y las compraba por docenas, cajas y cajas de todos los sabores e intensidades. Su cocina era una exposición de recipientes llenos de envolturas de colores. Con una taza de café en las manos, Tuc era feliz, y no solo eso, sino que parecía poder subsistir durante largos períodos sin necesitar alimento.

Dudo que lo supiera, pero en su póliza de decesos, además de música en directo durante las exequias, se contemplaba servicio de cafetera y bollería en el tanatorio. Así que cuando entré en la sala privada número cinco y me inundó un exquisito aroma a café, cuando poco después me sirvieron uno, humeante, fue como reencontrarme con Tuc en su cocina. Y sumida en un silencio de pequeños sorbos lloré, compartiendo la última taza con ella.

Derecho a la lectura

Muchos de vosotros, mis lectores y amigos, recordaréis lo que ocurrió hace un par de años en Twitter. De verdad os digo que aquella tarde las manos me temblaron durante largos minutos. ¡Menuda descarga de adrenalina! Esos días se dijo de todo en la red y, como el tema ha vuelto a rresurgir en un debate privado, explicaré de primera tecla lo que sucedió, para evitar entuertos y malos entendidos en retrospectiva. Y para quienes desconozcáis lo ocurrido.

Veréis:

En 2014 compré el libro de un tal Javier Jorge J. en Amazon. Se estaba publicitando bastante, y me pareció que podría ser interesante. Así que lo adquirí en Kindle, se descargó en mi iPhone y en dicho dispositivo lo leí. A los que no tenéis que utilizar accesibilidad en los móviles ni lectores de pantalla para leer os diré que la voz de Apple del iPhone, llamada Mónica, deja bastante que desear, sobre todo en lo que a lectura se refiere. Con todo y con eso, leí el libro de cabo a rabo. Y me olvidé.

Algunas semanas después, no recuerdo exactamente cuántas, el escritor del libro e cuestión empezó a seguirme en Twitter. Hice lo mismo con él. Al día siguiente por privado, le comenté que había leído su libro, y le di mi opinión. A raíz de este tuit cruzamos varios que poco a poco fueron convirtiéndose en tiros envenenados por su parte, pero que yo, ilusa, no supe identificar como tales.

Así que al final terminé diciéndole que puesto que la lectura con Mónica no había sido como para disfrutar el libro, miraría de localizarlo en otro formato. Eso, para los que no sabéis de qué va, significa husmear en las bibliotecas de uso exclusivo para ciegos a ver si en sus catálogos estaba dicho título, o acudir a otra persona que hubiera comprado el libro en papel y se hubiese tomado la molestia de digitalizarlo. No estaba disponible en ninguna de las bibliotecas, ni nadie conocía el libro. Lógicamente, vamos, al menos desde mi lógica de andar por casa, creí innecesario mencionarle esas bibliotecas al susodicho, primero porque por supuesto le sonarían a chino mandarín, y segundo, porque no me estaba pareciendo que fuera nada receptivo y que le importaba un rico bledo del campo cómo hacemos las personas ciegas para leer. También podría haberle dicho que rompería el drm, o sea, la protección para poder leerlo en cualquier otro formato (algo que dejé de hacer hace tiempo porque me resultaba tan tedioso y complicado que mi pequeña mente informática se amotinó), y estoy convencida de que su reacción explosiva habría sido la misma. Nótese que para realizar dicha actividad también es necesario haber comprado el libro.

Su siguiente reacción fue una denuncia en Twitter con mención a la Policía, a mi editorial, al Periódico y no sé a quiénes más. Según él le estaba robando, era una ladrona, no quería pagar un libro (y eso que ya lo había adquirido). Estaba cometiendo un delito. Vamos, que por mi culpa se iba a quedar sin comer en Navidad. Después de largos rifi-rafe en los que me negué a participar al tercer o cuarto tuit, dejó de mencionarme explícitamente en twitter, pero en su TimeLine continuó en sus trece, defendiendo que le había robado.

Me sentí calumniada. La red tiene mucho poder, y sus palabras las leyeron unos cuantos miles de seguidores. Pero también las mías, y las de quienes me apoyaron, que por cierto superaron en mucho, juraría, a las que pudiera recibir él. Desde luego considero que el debate valió la pena y seguramente fue fructífero en algunos aspectos.

Muchas personas me aconsejaron que lo denunciara. No lo hice. ¿Merecía la pena? Nunca en la vida me había sentido tan atacada, pero no quise gastar mis energías en un personaje así. No importó que le explicaran del derecho y del revés cómo funciona la ley en este sentido. Él no se bajó de su burro, y encima se regocijó por la publicidad que, a su parecer, le hacíamos.

La Policía no respiró. Tampoco El Periódico, ni siquiera las editoriales.

Si hoy vuelvo a recuperar el episodio, además del debate que os he mencionado, es para intentar que las personas videntes comprendan que el derecho a la lectura es universal, que para nosotros supone el esfuerzo, sin duda gratificante y asumido, de conseguir libros que estén en formatos accesibles, o bien buscarnos la vida para convertirlos a dichos formatos. Nada de todo esto es tan sencillo como abrir un libro en papel y ponerse a leer, pero da igual, leemos de todas las maneras disponibles a nuestro alcance.

Para terminar, un pequeño inciso: soy escritora, y orgullosa me sentiría si alguien tuviera intención de leer mi libro por segunda vez, fuera como fuese. ¡¿Que los derechos de autor no se acomodan a todo lo que supone escribir un libro? No. ¿Que hay que combatir la pirateria? Sí. Pero el derecho a la lectura está ahí, asumámoslo.

Días después añado este enlace para que escuchéis, al hilo del tema de la propiedad intelectual, la interesantísima comparecencia de Lorenzo Silva en la comisión de cultura del congreso el 16 de noviembre. Suscribo todo cuanto dice, pese a la polémica que he explicado más arriba. Estoy del lado de los escritores y del lado de los lectores. Lesionados mis derechos en el primer caso por la piratería, atacada por otro como lectora por buscarme la vida para poder leer, sin cometer ilegalidades.

Pinchad aquí para ver el vídeo.

Mi amiga del instituto

Hace unos días una persona que lee mi blog me pidió que contara algo acerca de la única amiga que conservo tras mi paso por el instituto. Allá va.

Se llama como yo. Nos conocimos en el primer curso, aunque nuestra amistad realmente se fraguó a partir del tercero. He de reconocer que al principio no conectaba con ella. Marta vivía en el mismo pueblo que yo y era una de las que iba conmigo desde la parada del autobús al instituto y viceversa. Tiene una voz peculiar, bastante aguda, cuyos registros son imposibles de pasar por alto y que a mi oído resultaban difíciles de asimilar (perdona Marta si me lees, sólo fueron unos meses, ¡no te molestes!). Además, siempre fue muy despistada, atolondrada, sus movimientos eran rápidos, con gran balanceo del brazo del cual yo iba cogida, lo que me provocaba una tremenda sensación de inseguridad. Es el cuerpo de quien te guía el que da la información (dirección, giros, escalones, etc.) y el de ella se movía como un garbanzo en la boca de un viejo, figuraos para captar las señales a tiempo.

Marta, ¿puedes pararte en una cabina?, Necesito hacer una llamada. Y vaya si se paraba, estrellándome contra las puertas batientes porque no me daba ocasión a reaccionar…

Esto al principio me desconcertaba, pero finalmente acabábamos riéndonos.

Nos deteníamos a hablar con alguien y tras despedirnos, ella echaba a andar sin mí, circunstancia de la que podía darse cuenta unos metros más adelante… También me hizo entablar cierta amistad con unas cuantas farolas del recorrido habitual. No fue una amistad demasiado violenta, se trató de leves roces y ligeros encontronazos pero si no con todas, llegué a tener contacto con la mayoría.

En el viaje de fin de BUP a Granada estropeé unos zapatos porque la buena de Marta me metió en todos los canales y canalillos del Generalife que, por si no lo sabéis, están llenos de agua. Bueno, al menos mis pies salieron indemnes…

Marta también tenía una rara y divertida habilidad. Transformaba algo que veía en otra cosa y me la contaba felizmente, hasta que se daba cuenta de que era un error y entonces se partía de risa. Convertía un secador de viaje en una lata de Coca-Cola, un bulto de ropa sobre una silla, en un gato… Y lo decía tan convencida que el posterior estallido de hilaridad daba con nosotras en el baño más próximo.

Era de las que te mostraban los interruptores de la luz para que la encendieras y de las que al enseñarle un libro y preguntar ¿qué es? contestaba sin inmutarse: un libro.

Nuestra amistad estuvo salpicada de cientos de episodios como estos que, lejos de incomodarme, no sé por qué extraño mecanismo, nos fue uniendo más y más. Supongo que la gran naturalidad con que Marta me trataba y con la que aceptaba sus propios deslices fueron suficientes para sellar la relación que todavía hoy perdura. Y sobre todo su sinceridad, su sensatez, su nivel de empatía.

Tiempo después se casó y marchó a vivir a EE.UU de donde volvió hace unos años. Ahora somos vecinas de bloque. En la actualidad, ir con ella es más seguro, se ve que el par de décadas transcurridas la han serenado. Gracias por tu amistad, gracias por todos estos años

Dedicado con un guiño de complicidad y cariño a quienes todavía hoy pierden el sueño si me rozo con una señal de tráfico o meto el pie en el hueco de un árbol. También a quien me entrega partituras en la coral de la que formo parte porque su naturalidad le impide recordar que no las veo.

Siempre quedan los pijamas

Hoy estaba doblando ropa y, de repente, me he sorprendido con un pantalón de pijama en las manos, la mente ausente, intentando atrapar un pensamiento que se me resistía, escapaba, quizás como una defensa. Cuando he sido capaz de darle forma, de concretarlo, una lágrima resbalaba ya por mi mejilla.

Seguro que a muchos de vosotros os ha pasado. Bueno, a unos cuantos de vosotros, al menos. Seguro.

Durante un tiempo, pongamos un año, tienes pareja. De tanto en tanto, viene a tu casa y se queda a dormir, una noche, dos, tres. Puesto que no vive contigo, pero ya tiene espacio en ella, material y emocional, deja un pijama, como testimonio de una ausencia que cada poco se torna presencia. Y cuando vuelve, cuando cruza el umbral entre su vida y la tuya, tiene su pijama en la mesilla de noche que le corresponde, la que tú no usas, la del otro lado de tu cama. Esperando.

O bien… Tienes una amiga en otra ciudad. Vas a verla cada poco, pongamos una vez al mes. Como es una amiga que vive sola y cuenta con un buen espacio, material y emocional, eres tú la que dejas un pijama en el cajón de su armario, y un cepillo de dientes en su cuarto de baño. Y siempre que vuelves, allí están tus objetos personales: el pijama bien doblado junto al embozo de la cama, el cepillo tras el grifo del lavabo. Esperando.

Los pijamas, prendas cálidas que nos envuelven en las noches de invierno, que conocen nuestros sueños, el roce del cuerpo querido, el sonido de la conversación amistosa. Risas y lágrimas. Canciones y películas. Frutos secos ante un libro compartido, palomitas frente a la televisión. Pijamas que en los reencuentros huelen a suavizante, o huelen a la persona que los habita porque a menudo hay quien piensa que para una vez que se han usado, no merece la pena meterlos a lavar, o simplemente porque existe el deseo de conservar ese aroma. Pijamas que permanecen allí donde se los deposita, como mudos heraldos de quienes vendrán o iremos a ocupar sus huecos. Pijamas que siempre esperan la vuelta, renovar el contacto.

Pero pasa a veces que la persona a la que quieres decide, en uno de los intervalos de ausencia, no volver a reunirse contigo. Pasa a veces que la amiga se va, te deja definitivamente al final de una enfermedad antes de que transcurra el mes previsto. Ni la pareja regresa, ni tú vuelves a la casa de la amiga. Nunca más.

Así que en una mesilla junto a tu cama o en el cajón de un armario en una casa huérfana… siempre quedan los pijamas. Tú con el de él… a saber quién con el tuyo.

Hay un bulto en mi sofá

Lo confieso. Toda la vida he sido de perros. Y ahora tengo una gata. Jamás lo habría imaginado, y ni siquiera es porque yo lo quisiera así, no. Primero quiso un hijo y el otro se oponía, y me oponía yo, todo hay que decirlo. Después comenzó a querer el hijo que se oponía. Así que quedaba aislada en mi posición defensiva.

De repente, un viernes, concretamente el 5 de febrero, me vi caminando con mi hijo mayor por un descampado, derechita a una protectora. Sí, para adoptar un gato. ¡Válgame Dios!, como diría un amigo. Eso sí, solo íbamos a echar un vistazo, a informarnos. Ja. Ilusa.

Una vez más (porque resultó ser la misma protectora donde hace 10 años adoptamos a Mich, nuestro perro), me vi explicándole a la misma señora qué tipo de gato se ajustaría más a mis expectativas. Una vez más (porque claro, yo sigo siendo ciega) eso de: “mira, obsérvalos tú misma…” como que no sirve demasiado. Así que pedí que me abriera la puerta del espacio vallado donde estaban los mininos y allá que me metí, dispuesta a plantarme de cuclillas y esperar a que alguno tuviera a bien acercarse para que pudiera verlo.

Y vino ella. Una gatita de un año y medio aproximadamente, blanca y con manchitas grises en las patas, rabo y orejas. Ah, ya me veis el plumero, con eso de gatita, y manchitas… Se sentó delante de mí, en esa postura exquisita de figura de porcelana, se dejó manosear a dos manos y me estudió fijo con sus ojos verdes.

Fue ella la que nos eligió, como pasó en su día con Mich, estoy convencida de ello. Así que no hubo más que hablar ni más gatos que intentar ver. Nos la llevamos. Tal cual. Directos al veterinario, a que le hiciera una revisión, a vacunarla y desparasitarla. Directos a comprar pienso, arena, caja para la arena, pala para la arena de la caja, dos o tres juguetes, un cepillo y comedero y bebedero.

Que sí, que solo íbamos a echar un vistazo, que… Vale. Se llama Nara. Ahora confieso de nuevo. Estoy enamorada.

Desde el primer momento pareció gustarle su nuevo hogar. Pasó toda la tarde paseando por la casa, ronroneando. Aceptó su comida y su agua, se dejó cepillar, acariciar, abrazar y apretujar. El ronroneo nos perseguía por los rincones, era como una felicidad andante, como un bienestar que pululaba arriba y abajo. Y desde entonces.

Yo desconocía por completo el comportamiento de estos animales, así que he tenido que ir aprendiendo sobre la marcha. Tuve que descubrir qué es un celo, porque sí, ahí la señora me engañó, me dijo que estaba esterilizada y no era verdad. Supe qué es pasarse ocho días viéndola arrastrarse por los suelos reclamando al macho, en una hiperactividad casi constante, sobre todo de noche, qué alegría. Tuve que enseñarle que las uñas no se usan en el sofá sino en el árbol para gatos que le compramos. Tuve que acomodarme a no pisar fuerte por no chafarla puesto que el collar con cascabelito la estresaba y no hubo más remedio que quitárselo. Tuve que acostumbrarme (esto es por quedar bien, puesto que no me costó ningún esfuerzo) a que salte sobre mi pecho o estómago cuando me tumbo y sentir esa vibración que juraría que es terapéutica.

Ya no me sorprendo del todo cuando reclama caricias metiendo la cabeza bajo mi mano como hacen los perros. Tampoco cuando rasca la puerta de mi habitación con la pata para entrar… como hacen los perros. Cuando se pone panza arriba y con las dos manitas empuja mi mano hacia su tripa para que la rasque. Cuando de noche se sube a mi cama, acerca su cara a la mía, muy cerca muy cerca, haciéndome cosquillas con los bigotes, y me da toquecitos en la mejilla, con el motor del bienestar en funcionamiento.

Es un roscón peludo y cálido, adorable. Es cariñosa, achuchable y buena, limpia y está feliz. A veces no soy capaz de encontrarla… y entonces cuando me siento en el comedor, descubro un bulto bajo la funda del sofá. Y una cabeza de orejas largas que se asoma y me mira.

Así es Nara.

Nara tan feliz

Ahora ya soy de perros y gatos.

Nara enroscada en su cesto colgante

La decadencia de la castaña

¿Qué narices está pasando con las castañas? Suelo dar crédito a eso de que olvidamos cosas de un año para otro, léase: el año pasado no hizo tanto calor; o el invierno pasado no tuvimos frío… En serio pienso que somos muy olvidadizos con según qué circunstancias. Como lo del cambio de hora, menudo trajín dos veces al año, sin saber si dormimos más o menos, si nos quitan o nos ponen.

Pero a lo que iba.

En el tema de las castañas necesito que alguien me ayude, y con urgencia. Porque, señores, aquí sí que no se nos olvida: las del año pasado no valían nada, pero es que las de este… ¿Qué pasa con tan rico fruto? ¿Dónde han ido a parar aquellos aromas exquisitos? ¿Y el humo que nos envolvía con sus reminiscencias de calles frías y familias arrebujadas? ¿Dónde van a morir las castañas gordas, blancas y deliciosas? No importa si gustan o no gustan, mi reflexión quiere ir más allá.

Creedme si os digo que no recuerdo unos ejemplares como los que había en nuestra mesa: planas, descoloridas, apestosas. Sí, apestosas, que las abrías y de su interior se desprendía el mismo tufo de un armario viejo lleno de ropa húmeda. Qué descorazonador.

¿Qué pasa con las castañas, señores? ¿Dónde hay que ir a comprarlas o a qué precio para poder disfrutarlas? Mucho me temo que las congelan de un año para otro. Quizás ponen alguna nueva, para disimular, porque bien es cierto que nos hemos podido comer seis o siete de todo un kilo.

Eso sí, han servido para reírnos porque, a falta de castañas, buenas son las comparaciones que han surgido a costa de su olor, de su aspecto y del increíble montón de pieles y trozos podridos que había en el centro de la mesa.

No quiero ni pensar cómo serán las del próximo noviembre. Cualquier tiempo pasado fue mejor…

Yo soy la castañera.
Castañas te vendo yo.
Son ricas y redonditas,
todas de color marrón.
Te puedo vender una,
te puedo vender dos.
Con ellas te regalo
alegría e ilusión.
Cuando llegue el otoño
salimos a pasear
y con las ricas castañas
tus manos calentarás.

Eh, le ponéis la música antigua del negrito del Colacao, y listos. En defensa propia he de decir que la letrilla no es mía.

¡Que disfrutéis del recuerdo de lo que fueron!

La jungla de los colores

Cuando yo era pequeña, y además veía, los colores estaban definidos. Ordenábamos los estuches de los lápices para colorear del blanco al negro sin demasiados matices intermedios: amarillo, rosa, rojo, verde claro, verde oscuro, azul claro y oscuro, violeta, marrón, gris y negro. Más o menos, no se me alteren los puristas de la cuestión cromática. Era sencillo. Los colores parchís predominaban, y resultaba simple describir cualquier cosa. La sangre siempre roja, el cielo azul, el sol amarillo y la hierba verde. La nieve blanca y el carbón negro. Comprar ropa era cómodo y combinarla no reportaba mayores dificultades.
Pero, ay, todo en esta vida atribulada cambia, se amplía y evoluciona. Las modas, las tendencias, la creatividad, la necesidad de dar nombres diferentes a cosas inmutables, como si así se las dotase de una nueva identidad, casi entidad, si me apuráis.
Ahora no hay modo de saber de qué color son las cosas. Las personas ciegas nos enfrentamos a una jungla donde las concreciones brillan por su ausencia. Y es divertido.
Burdeos, cámel, mostaza, coral, pistacho, teja… hasta ahí todavía podemos aclararnos, con un poco de esfuerzo e imaginación, siempre que el sujeto haya visto en algún momento de su vida. Entonces llegan el…: azul azafata, y claro… ¿de qué compañía aérea? ¿De una Iberia trasnochada o de African Airlines? Marrón chocolate… pero… ¿con leche, sin leche, blanco? Negro claro, el no va más, ¡negro claro!, quizás por influencia de Michael Jackson. Y ya no digamos cuando la persona que intenta venderte una prenda se pierde en el mar de las comparaciones surrealistas: sí, azul pero tirando a verde como de manzana madura, parecido al cielo de otoño aunque con matices de gris perla del Caribe. Y mis preferidos por concretos: blanco tirando a beige, pero rosa palo si lo miras al trasluz y salmón si lo pones del revés.
Incluso la tecnología moderna, esos detectores de color tan útiles, nos ponen las cosas fáciles: amarillo-verdoso-grisáceo-claro. ¡Toma ya! Y adivina adivinanza.
Así que, queridos lectores, no os sorprendáis si leéis algo acerca de aplicaciones para detectar colores y conjuntar ropa, pero, sobre todo, si sois videntes, no os permitáis el lujo de angustiaros si salís a la calle con un calcetín rojo “granatoso” tirando a pomelo maduro y otro gris ratón tirando a cobalto con jaspeado de tungsteno. ¡No pasa nada!

Esquiando


A ver si nos refrescamos un poco después de los calores veraniegos.
A estas alturas del siglo XXI imagino que es de casi todos conocido que las personas ciegas podemos esquiar. No hay secreto en ello, solo colaboración y técnica. Pero me apetece contároslo desde dentro, según mi experiencia, que no tiene por qué parecerse a la de otros.
  Cuando me propusieron por primera vez una salida para ir a esquiar, sinceramente no lo pensé dos veces, pero he de reconocer que no tenía ni idea de cómo iba a resultar. Se trataba de una estancia de cuatro días en una estación de esquí nórdico (esquí de fondo) organizada por la ONCE. Tuve que alquilar todo el material porque yo jamás había esquiado y no tenía absolutamente nada, sólo un mono de mi hermana que usaba ella para el esquí alpino con el que casi me muero de calor el primer día. Uf, jamás habría dicho que se pudiera estar en la nieve en manga corta y aún así sudar la gota gorda.
Bueno, el primer contacto con el medio encima de unos esquís estrechos y largos como palillos fue toda una aventura. De repente ya no son tus pies los que dominan la situación. Los pies en contacto con el suelo son los que ven, los que reconocen el terreno, pero una vez les colocas las botas y los anclas a las fijaciones, pierden referencias, y han de comprender que en lugar de unos centímetros, miden dos metros. Mmm, así que nada, empleas un buen rato en procurar no pisarte las espátulas, o las colas, en no hacerte los esquís un lío y acabar en el suelo. Porque claro, el suelo no se está quieto, resbala, se mueve debajo de ti, y a la que te descuidas se te escapa.
Bien, cuando por fin consigues que los esquís se mantengan en paralelo y te hagan caso, ayudada por los bastones que no sólo sirven para impulsarte sino que actúan como dedos reconociendo el terreno, llega el momento de ponerse en marcha. Aquí entra en juego la figura del guía, el piloto, la persona que esquiará contigo. ¿Y cómo se hace?
Hay que diferenciar entre el esquí de pista o alpino y el nórdico, la tarea del guía varía sensiblemente en cuanto a técnica. Yo siempre practiqué el de fondo, y aunque también probé el alpino y sé cómo trabajan los pilotos, me limitaré a explicar lo que mejor conozco.
Los circuitos de fondo están trazados, es decir, existen en ellos una especie de raíles, dos surcos paralelos y continuos en la nieve en los que se colocan los esquís, y que sirven para encarrilarlos. En las curvas casi siempre están desdibujados, pero este sistema ya de por sí es una guía inmejorable que prácticamente nos permitiría esquiar sin piloto. Este puede esquiar delante de ti, detrás o incluso a tu lado si el circuito lo permite. Su misión es anticiparte ciertos cambios, giros bruscos, dirección de los mismos, cambios de rasante, presencia de otros esquiadores obstaculizando el paso. Lo hace, por supuesto, mediante la voz, dando información breve, clara y concisa. Si tienes la suerte de contar siempre con el mismo guía, llega a establecerse un código de comunicación que reduce la información a señales que no necesitan de mayores esfuerzos para ser descifradas. La velocidad que se adquiere a menudo es realmente considerable y se hace preciso que dicha comunicación sea fluida y exacta a fin de evitar accidentes.
Existen circuitos con tramos complicados en que la técnica se hace tan necesaria que la concentración para ejecutarla impide incluso disfrutar del entorno. Pero en esos mismos o en otros, el placer de esquiar unido al goce de los alrededores es soberbio. Pongamos que la nieve es polvo (la helada suele hacer del circuito una pequeña pesadilla que no da lugar a evasiones), el día claro, diáfano, no importa si hace frió, enseguida puedes desprenderte de la ropa más gruesa. Sientes el crujido bajo los esquís, el sonido del roce al deslizarse que se asemeja al de un avión despegando si alcanzas gran velocidad. El viento entre los árboles, silbando en tus oídos. Al llegar a la altura máxima de uno de estos circuitos, te sientas en una roca y… es increíble el sonido del silencio, es como estar dentro de una campana, la calma absoluta. Y delante un cortafuegos, varios centenares de metros montaña abajo, una pala recta, sin obstáculos, sin trazas… Esquís en paralelo, a huevo, como se dice en la jerga… ¿Podéis imaginar la sensación de libertad cuando te dejas llevar por la gravedad, la inercia, cada vez a más velocidad, tú y la nieve bajo tus pies?
Esquiar mientras nieva es otra experiencia inolvidable. El sonido se acolcha entre copos, y su percepción se modifica y a veces distorsiona y lo mismo puede producir inseguridad como todo lo contrario, porque realmente parece que estés envuelta en algodones y que por tanto nada vaya a poder lastimarte.
He conocido varios circuitos: Baqueira, Tuixent, otros tantos en Catalunya, Sierra Nevada, circuitos en los Alpes franceses, en Andorra. Todos ellos tienen algo que los hace especiales, un recodo, un paraje, una recta vertiginosa, una dificultad que te enorgullece superar, una anécdota para recordar, un campeonato ganado.
Y también los pilotos dejan su huella y como en todo, los hay mejores y peores. El alocado que no teme a nada y que te mete por todos lados, confiando en tus posibilidades, animándote a enfrentar dificultades y peligros con un grito de guerra. El prudente, que no abandona la traza ni que lo maten y busca siempre el camino más fácil. El que por despistado roza casi la negligencia. Guardo recuerdo de anécdotas con cada uno:
Una travesía fuera de pistas magistralmente guiada entre árboles con el primero de ellos para al final caer rendidos en un agujero de mas de un metro de nieve polvo, riendo y hundidos hasta la cintura. El aburrimiento de ir y volver constantemente por el mismo tramo de circuito hasta un decir, “mira, ¿sabes? Acompáñame a la cafetería que creo que tomar una taza de chocolate caliente será una aventura más apasionante”, con el segundo. Y un confiar que tu piloto está cerca, vigilándote, controlando, cuando te dejas caer por una pendiente pronunciada y al llegar abajo y frenar, te das cuenta de que estás sola, que te has salido del circuito y que el tercero de los ejemplares ha seguido adelante sin ti (gracias abeto por estar un poco más a la derecha de mi trayectoria).
Hace muchos años que no esquío, pero mientras practiqué este deporte disfruté muchísimo… ah, y nunca me hice daño, que es lo primero que me preguntan cuando lo explico.

Salvar un mirlo


Cuántas veces hemos oído, incluso dicho, eso de “esta juventud de hoy en día…”, generalmente con matices despectivos o catastrofistas. Que si está perdida, que si mal vamos si el país depende de ella, que si nosotros a su edad… Bueno, la verdad es que muy bien, lo que se dice muy bien, no vamos, las cosas como son. Pero tampoco puede decirse que esté todo desquiciado, que no hay valores, que no hay respeto y que ninguno de nuestros jóvenes se libra de la guillotina.
Esta es una historia muy breve, una historia de sábado por la noche. Es la historia de dos jóvenes de veinte años, dos chicos como torres de altos. Dos jóvenes de hoy en día, como dirían las abuelas, que se fueron al cine a unos kilómetros de su pueblo. Terminada la película, de camino al coche aparcado, se encontraron con un mirlo que iba dando tumbos, aturdido, y con la punta de ambas alas ensangrentada. Podían haberse subido al coche tan ricamente mientras intercambiaban impresiones, pero no. Impactados por la visión del pájaro herido, lo recogieron con cuidado y se lo llevaron. Uno conducía, y el otro sostenía el ave en su regazo.
Otros tantos kilómetros de vuelta hasta llegar a casa. Intranquilos, sin tener la más remota idea de qué hacer en una circunstancia como esta. Pusieron yodo en las heridas de las alas, intentaron alimentarlo. Temían por su vida y les dolía. Buscaron veterinarios 24 horas y solo dieron con uno, todavía más lejos que el cine, a 100 euros mínimo el servicio.
Finalmente, temiendo lo peor, le fabricaron un nido en una caja de cartón con ropa en su interior y lo depositaron allí, en el balcón de casa. Como cualquier enfermo que tenga quien le cuide, el mirlo recibió alguna que otra visita durante la noche, hasta que el sueño venció a los chicos.
Por la mañana, el mirlo había volado. No estaba caído ni en la acera ni en la calle, ni en ningún sitio próximo, de lo cual se deduce que pasado el aturdimiento, después de descansar y sentirse a salvo, pudo emprender el vuelo, sano y libre.
Había emoción en los chicos cuando lo comprendieron así. Han pasado tres días, y todavía recuerdan los ojos de agradecimiento con los que, según ellos, les miraba el pájaro.
Es una historia muy breve… pero es cierta. Y merece la pena, ¿verdad?