Per la Txell

Un bosque frondoso con muchos árboles por cuyas copas se filtran los rayos del sol.

No, no podia saber que marxava.
Ho sabia? Ho pensava?
Potser sí que imaginava
que hi ha un camí que s’acaba, que quan hi poses un peu
ja no és possible tornar-ne.
Una veu, un xiscle agut, un somriure murri.
Sempre una immensa rialla.
Inclús callant, inclús cansada,
impossible no copsar la seva força,
la seva ma estesa,
una empenta esbojarrada.
Amiga, companya, com deies tu, suprana.
Canta, riu, xiscla.
Des d’on siguis, amb nosaltres.

Sobre Cuba (II)

Aquí vengo con la segunda parte de mi post, un recopilatorio de lo que pude hablar con personas de a pie durante mi estancia en Cuba. Insisto en la advertencia de que lo que os ofrezco es lo que me contaron, no se trata de información contrastada, y que cada cual en su día a día y en su contexto y ámbito vital puede tener experiencias o realidades que no se ajusten a otras versiones, incluso que sean sesgadas. No entro a juzgar, solo quiero transmitir.

En apariencia, ningún Cubano muestra reticencia a la hora de explicar su situación tanto laboral como social. Tal como os comenté, todos ellos ganan unos 20/30 CUC al mes, el mismo valor aproximado en euros. Da igual si son médicos o camareros. De ahí que deseen trabajar en la rama turística del sector terciario del país, sin duda a la persecución de las propinas que les proporcionan un sobresueldo importante. Por ello, no deberíamos recelar a la hora de entregarles dichas propinas, no como cuando te obligan a dar un 10% o cuando realmente quien nos atiende no lo merece. Los Cubanos, no solo consiguen mejorar su situación económica sino que además son merecedores de obtenerlas, gracias a su buena disposición, amabilidad, la alegría con la que te atienden y lo serviciales que se muestran.

Lo habitual es que al menos tres generaciones vivan bajo el mismo techo. No existen las guarderías como las conocemos: son las abuelas las que normalmente se ocupan de los niños cuando sus madres se reincorporan al trabajo. Tras el nacimiento de un hijo, estas disponen de un año de permiso de maternidad, prorrogable durante tres meses más si por cualquier motivo, el niño no se adapta a estar sin ellas. También los padres pueden ejercer dicho derecho, siempre que la madre trabaje. A ninguna empresa se le ocurriría dejar de contratar a una mujer porque puede embarazarse (así lo dicen ellos). Se le caería el pelo.

Os pongo un ejemplo sobre una de las maneras de conseguir una vivienda. Uno de los principales grupos turísticos de Cuba ofrece a sus trabajadores la posibilidad de obtenerla, al tiempo que fideliza sus servicios. La persona en cuestión ha de trabajar con ellos cinco años, después de los que recibe una vivienda por la que deberá pagar una renta de 17000 pesos durante 20 años, unos 400 euros en total. Pasado este tiempo, la vivienda pasa a ser de su propiedad.

Hay otros modos de ganarse la vida. Una persona que sepa cocinar puede poner un restaurante (paladar) en su casa, por ejemplo. O si le gustan los niños, una guardería. No es necesario tener un título que avale sus habilidades o capacitación. Se dan de alta, pagan sus impuestos al estado y a trabajar. Eso sí: mucho cuidado en no cumplir con las normativas de sanidad, o con un maltrato verbal a un niño o cualquier irregularidad. En cuanto las autoridades reciban una alerta de este tipo, actúan de inmediato, multando, retirando los permisos para dichos negocios o dictando penas de prisión.

Por lo visto, según varias opiniones, no existe la discriminación por raza, género, orientación sexual ni religión. No solo no existe sino que está perseguida y penada, así como cualquier mal trato a la mujer, infancia, tercera edad o discapacitados. Estos reciben una pensión, bastante pobre al parecer, que si el sueldo ya es bajo, no sé cómo será de exigua. Son las familias las que se ocupan de ellos, contando siempre con la solidaridad y buena disposición del vecindario.

Parte de la población es católica, lo cual no dejó de sorprenderme. Hay algunas iglesias dedicadas al culto (como una que tiene no sé cuántos altares de oro de no sé cuántos quilates… ahí queda). El resto, como monumento, se emplea en otras actividades. También existe la santería, pero al final no conseguí que me hablaran de esta práctica.

Cada familia recibe una canasta básica a la semana, atendiendo a su cartilla de racionamiento. Está compuesta de algunos alimentos que no me parecieron excesivamente básicos pero que sin duda para ellos son vitales. Si hay niños, incorpora algo de leche, algunas compotas. Me reconocieron que su contenido es cada vez más pobre. Para ellos, la carne de res, por ejemplo, es prohibitiva, y solo la comen en muy contadas y especiales ocasiones.

La falta de provisiones en las tiendas para la ciudadanía es flagrante. Lo que más piden por las calles hasta lo que pude ver, y siempre desde el respeto, es jabón. Sé que también piden ropa interior, gafas y bolsas de cualquier tipo. Nadie me pidió dinero, nadie en absoluto. No hay perfumerías. No vi a ningún Cubano fumando o bebiendo.

De este modo, lo que para nosotros es un consumible al que no damos ni la menor importancia, para ellos es un lujo: jabón, ya he dicho, pasta de dientes, colonia, los zapatos son carísimos. Os digo algo: ¿por qué careciendo de productos básicos de higiene, ningún Cubano de los que conocí o con quienes me crucé olía mal? No puedo decir lo mismo de algunos españoles…

Como persona ciega destaco la naturalidad con la que me trataron. Cierto es que se sorprendían y que algunas veces no sabían cómo actuar, pero tras la primera indecisión, ningún problema. En las tiendas me lo dejaban tocar todo sin reparos, también en los puestos callejeros para turistas. He de decir que no debe de ser nada fácil moverse por ciudades como La Habana donde las aceras están hechas una pena. Pero estoy convencida de que cualquier persona ayudaría a turistas ciegos que viajaran solos, que les acompañarían incondicionalmente e incluso les meterían en sus casas para atenderlos bien. Perdón… débiles visuales.

Pincha aquí para contrastar con el punto de vista de un escritor cubano.

Sobre Cuba. Mi experiencia en breves listados

Esta no es una entrada al uso sobre viajes. No voy a explicaros qué ver, dónde comer, qué visitar. Hay muchos y buenos blogs que se dedican a desarrollar ampliamente estos aspectos. Tampoco voy a colgar fotos ni audios. Mi única pretensión es enumeraros detalles y curiosidades que quizás no encontrariais en los mencionados sitios especializados en turismo, todos ellos adquiridos en mi paso de varios días por Cuba, principalmente La Habana y Cayo Santa María.

Lo haré a modo de listas a fin de que resulte una lectura ágil y entretenida. Y es importante que comptrendáis que voy a referiros lo que yo he vivido y lo que me han ido contando las personas con las que he hablado. Ello no significa que sea siempre así, que sea toda la verdad o que pase en todos sitios igual. Allá voy, pues.

Aeropuerto, aduanas (tanto ida como vuelta en La Habana):

  • Hay que quitarse todo, salvo ropa: colgantes, pulseras, cinturones, bolsillos vacíos.
  • También zapatos, del tipo que sea. No te dan nada para ponerte en los pies, así que si no llevas calcetines o similares, vas a pisar el suelo que pisan todos los pies sudados y descalzos.
  • Te hacen una foto del rostro, sin gafas.
  • Se quedaron todos los walkies que llevaban los acompañantes para una mejor comunicación y pese al salvoconducto, no los devolvieron a la vuelta.

Infraestructuras, transportes,automoción

  • Apenas hay vehículos privados. Solo un 10% de la población tiene coche.
  • Son habituales los vehículos de la década de los 50 y 60: cabrios, Chevrolet, sobre todo como taxis,muchos de ellos, descapotables.
  • El precio de la carrera de un taxi se establece antes de subirse. Tú dices adonde vas y se pacta el monto.
  • Los taxistas conducen como locos. Entre ellos, se saludan a bocinazos, que no sabes si van a chocar o a estrellarse de tanta estridencia claxonera. En los asientos traseros no hay cinturones.
  • Si en un coche caben seis bien apretujados pues seis que se meten, como sea.
  • Existen las bicitaxis: son un triciclo con un conductor pedaleante y dos pasajeros atrás, uno a cada lado.
  • También las motonetas: un conductor delante y tres pasajeros a cada lado, en hilera, uno detrás de otro.
  • Y los carretones de caballos.
  • Muchos cubanos se desplazan en bicicleta.
  • Es fácil adivinar por qué tienen tanta facilidad para el meneo de cintura y caderas: Los autocares y guaguas se balancean tantísimo que tras un viaje de varias horas sientes que eres un junco (y menos mal, hay que dar gracias a la suspensión blanda pues el nivel de baches es importante).
  • La carretera con puentes que une el continente (como dicen ellos) con cayo Santa María es un pedraplén

Animales varios

  • En el hotel del cayo fumigaban los jardines cada noche. Hay muchos mosquitos, pero no me picó ninguno. A otras personas sí, por tanto, interesante llevar repelente.
  • Hay ranas y sapos en la piscina, entrando y saliendo, y por la noche, su concierto es sinfónico, lo menos.
  • Por los lugares de paso de los jardines de ese hotel, podían verse caminando, dicen que centollos. Dejémoslo en cangrejos.
  • Pese a que había aves y pájaros varios, apenas se oían trinos. Me llamó mucho la atención.
  • Había vacas pastando en la mediana de la autopista
  • Apenas había moscas.

Moneda

  • La moneda nacional es el peso cubano.
  • La moneda de uso para el ciudadano es el CUC, peso cubano convertible.
  • El cubano tiene un sueldo de unos 500 pesos cubanos al mes, unos 25 CUC. Al cambio es un euro con unos pocos céntimos, 6, 8, según dónde cambies.
  • Con el peso cubano nacional solo pueden comprar medicamentos que, según dicen, son muy baratos. Para el resto, deben cambiar.
  • Muchos cubanos intentan trabajar en el sector turístico. Las propinas, aunque sea un CUC por aquí, 2 CUC por allá, les proporciona un sobresueldo vital.

Comunicaciones

  • En el primer hotel teníamos wifi gratis. Cada cliente contaba con un usuario y contraseña personales e intransferibles, larguísimos. Pero… cada vez que ponías el modo avión o se iba la luz, había que volver a introducirlos: no se guardaban.
  • En el segundo, un CUC, una hora. Lo mismo: usuario y contraseña distintos para cada cliente, y no se guardaban cuando desconectabas para no consumir.
  • El resto de opciones, ya según persona y operadora española o comprando tarjeta en destino, lo cual no era tampoco nada fácil de encontrar y creo que nadie lo intentó.
  • Había teléfono en las habitaciones. Incluso en el retrete, no sé bien por qué.

Comida y bebida

  • Lo más representativo que he comido es la ropa vieja, un plato muy completo hecho con arroz, varias hortalizas, carne (res, pollo, cordero) deshilachada a resultas del cocido previo. Me gustó, aunque dudo que lo que yo probé se parezca mucho a lo que puedan darte en una casa particular.
  • El picadillo cubano: un plato típico preparado con carne picada de res, patatas, cebolla, ajo, especias y no sé qué más ingredientes, muy rico.
  • Es muy frecuente que sirvan chips de boniato, y dicen boniato, no batata.
  • Por lo demás, en los bufets libres se podía encontrar lo habitual: pasta, arroces, embutidos (el jamón serrano muy rico, por cierto), verduras, ingredientes para ensaladas, carnes y pescados que te hacían a la plancha al momento, mariscos etcétera.
  • El mango, en temporada, julio y agosto, buenísimo, un manjar, exquisito.
  • A la papaya no se la debe llamar así porque con ese nombre se alude a la parte íntima de la mujer, privada, como nos dijeron. Se llama fruta bomba.
  • La piña colada, exquisita. En algunos sitios la hacían tan espesa que no subía por la pajita.
  • Las cervezas, Cristal o Bucanero, suaves. Yo no entiendo mucho, pero me gustaron bastante.
  • Pan de barra solo lo encontré un día. Por lo general, era de molde o bollito.
  • En muchos sitios, servían el café con un tronquito de caña de azúcar a modo de cucharita. Puedes meterlo en la taza y dejar que vaya disolviendo o usarla para remover el azúcar de sobre. También puedes chupar el azúcar hasta que dejas al descubierto el corazón que es estropajoso al estilo del palo de regaliz cuando lo chupas mucho.

Clima

  • Imprescindible crema con protección al menos de 50. Muchas personas se quemaron incluso así, pienso que por fiarse y no renovarla a menudo.
  • Casi cada día un copioso chaparrón. El agua no da sensación de cálida, es agradable.
  • Es bonito bañarse en una playa maravillosa y escuchar los truenos que se acercan y se alejan sin descargar rayos ni agua.
  • He pasado más calor aquí donde vivo que allí. Sí, el sol cae a plomo, a menudo la humedad es muy elevada, pero no sé por qué lo he soportado mucho mejor.
  • Anochece sobre las 20 horas y amanece sobre las 7. Algunas mañanas incluso tenía un poco de fresco.
  • Hay ventiladores de techo en casi todas partes y aire acondicionado en locales turísticos, zonas nobles de hoteles y habitaciones.

Comodidades

  • Un hotel de 5 estrellas allí no es como los de aquí, sino que ofrece lo que para ellos es lujo.
  • Los colchones son de muelles.
  • Hay cortina en las bañeras y no mamparas.
  • A veces el agua caliente no llega bien, o hay un hilillo de agua, pero nadie se queda sin ducharse, si quiere.
  • Hay secador y commodities básicos.
  • Nevera, televisión, incluso cafetera de filtro eléctrica con sus sobrecitos de café e infusiones.
  • Hay papel higiénico. Lo recalco porque en áreas de servicio y en otros muchos lugares no lo hay. Se puede comprar a las señoras que limpian los baños. Así que es aconsejable llevar clínex.
  • Los microcortes de luz son frecuentes, sobre todo en La Habana.
  • El mobiliario suele ser cómodo, pero eso sí, pesadísimo. A ver quién es el guapo que coge una silla para no arrastrarla. También los cubiertos pesan mucho.

Varios

  • Los cubanos son amables, serviciales y solidarios.
  • siempre hay música por las calles.
  • En algunas calles peatonales de La Habana, los bolardos para impedir el paso de vehículos son cañones incrustados boca abajo en el suelo.
  • Los precios para el turista son muy parecidos
    a los de cualquier lugar turístico en España.

Queda un apartado interesante, el tocante al modo de vida de los cubanos, a sus carencias, beneficios sociales, políticas de estado, etcétera que tocaré en otro post, siempre desde la perspectiva de lo que he visto y de lo que me han contado. También puede que actualice esta entrada con algo que se me haya quedado en el tintero. Si creéis que puedo satisfaceros alguna curiosidad o queréis que me explaye más en algún tema, podéis dejar un comentario. En la medida de mi conocimiento y de mis vivencias, intentaré responderos.

Diminutivos y jarrones

No. Definitivamente, no.

Necesito saber qué relación existe entre las personas ciegas y los diminutivos. Me refiero a personas adultas, por supuesto. ¿Por qué alguien que no te conoce de nada se cree con el derecho o en la obligación de hablarte usando diminutivos? Hoy, sin ir más lejos, el policía que renovaba mi DNI: “Marta, si te cojo la manita y pongo el dedito en el punto de inicio, ¿podrás firmar? “Dame la manita. Perdona que la mía está fría, pero tú la tienes calentita.”

Señores, que están ustedes de cara al público, que no son mi abuela. Que no hay absolutamente nada que justifique este tipo de trato.

He acumulado tantas situaciones parecidas a lo largo de los años que sería repetitivo y cansino enumerarlas. Valga solo otro episodio para abordar el próximo supuesto.

Como el radiólogo que un día le dijo a la persona que me acompañaba: “Quítele la ropita y póngale la bata.” Y ahí entramos en el otro asunto, el tema jarrones, cuando por ejemplo en un grupo, alguien le dice a una tercera persona: “Ponla ahí, siéntala aquí, súbela al escalón.” Vamos, como quien moviliza un jarrón de un sitio a otro con las indicaciones de un decorador. Como si además, yo no pudiera moverme sola, aunque sea con indicaciones verbales por si hay que ocupar un lugar determinado.

De verdad. Necesito saber si es que algunas personas piensan que somos niños pequeños, que si nos hablan así muestran algún tipo superior de respeto, que deben brindarnos su protección y cariño porque somos seres desvalidos… No sé, no doy con la respuesta porque lo único que consigo cuando trato de razonar con ellas es una disculpa apresurada, incluso, a veces, ofendida.

Por favor: trátennos como tratarían a los demás. Si es con diminutivos, que sea porque los usan con todo el mundo. Si es con deferencia, porque es así como tratan a los demás. Con indiferencia si procede. De malos modos si me lo merezco. Es fácil. No me distinga.

Estrés viajero

Voy a contaros uno de los episodios más estresantes que me han ocurrido y aprovecharé para romper una lanza a favor de ciertos trabajadores a menudo vilipendiados.

Esto sucedió el pasado 8 de septiembre.
He de agradecer a mi hijo, que finalmente decidió acompañarme hasta Barcelona, porque por mucho que yo me hubiera esmerado, desde luego no lo habría conseguido. Eran las siete de la mañana, y comenzaba mi viaje a Madrid. No hacía ni frío ni calor mientras ambos esperábamos el tren en la estación de Sitges. El corazón me dio un vuelco cuando por megafonía comenzaron a anunciar una avería que provocaba un retraso considerable en la R2. Íbamos con el tiempo un poco justo, pero llegaríamos con treinta minutos de margen, suficiente para gestionar la asistencia antes de las 8.25, hora de partida del AVE Sants-Puerta de Atocha. Para mi alivio, la incidencia se estaba dando en dirección contraria a la que debíamos tomar, y nuestro tren llegó puntual a las siete y cuarto.

Los problemas empezaron en Castelldefels. El tren se detuvo, cinco, diez, quince minutos. Ninguna información, ninguna aclaración. Llegó otro tren en la misma dirección por la vía vecina y el pasaje, incluidos nosotros, con la exasperación de la desinformación y los nervios, se apresuró a cambiar de convoy. Por suerte, mi hijo estuvo ágil y decidido y cuando escuchó los pitos que anunciaban que el primero iba a partir, tiró de mí hacia fuera y corrimos al abordaje con los segundos pegados al culo, justo para impedir que se cerraran las puertas antes de que se pusiera en movimiento. Yo estaba convencida de que no llegaría a tiempo y que no iba a ser fácil encontrar otra plaza, como no fuera en preferente. Incluso me llamó el muchacho de la asistencia, preocupado porque no había aparecido. Le expliqué el problema y me indicó que fuera directamente al acceso hacia el AVE, que él daría aviso para que desde allí le notificaran mi llegada y pasar a recogerme.

Llegamos a Sants a las 8.10. Quince minutos de infarto. El de seguridad no sabía nada y no quería dejarnos pasar. Yo me planté, le dije que no creyera que iba a perder el tren porque los de la asistencia no estuvieran para acompañarme. Él, que no le habían dicho nada y que sin ellos no podía dejarme pasar. Yo, que tenía tanto derecho como cualquier pasajero a llegar a mi tren como fuera y que si no dejaba entrar a mi hijo, pasaba yo sola o con cualquier viajero que seguro que a nadie le molestaría echarme una mano. Y los minutos transcurriendo. Al final, viendo que yo no cedía, se desentendió y nos dejó avanzar. En el control, la imagen del QR para validar el billete desde el móvil no descargaba. El tren a punto de salir. Creo que en la vida he vivido tal grado de estrés. Era como una película, al límite del tiempo, caminando por la cuenta atrás. El revisor que si pasaba con mi hijo no tendría asistencia en Atocha. Bueno, bueno, un dejadme en paz que ya me apaño y no me toquéis más las narices.

Corriendo por el andén a todo lo que dábamos en busca del coche 3, pero al final me subí en el primero que me vino a mano porque me quedaba en tierra si no lo hacía. Fue subir, sonar los pitos y cerrarse la puerta.

Era el coche 5, me enteré al poco. Pero ya todo me daba igual, ya estaba dentro. Así que con calma saqué el bastón y comencé a caminar en dirección a la cabecera del tren. Una señora muy amable me acompañó hasta mi sitio y una vez instalada, ya se podía caer el mundo que yo ya estaba en camino.

Durante el viaje reflexioné bastante sobre este tema. ¿Cuántas personas habrá que se hayan quedado en tierra por una mala gestión de la asistencia, por un retraso que hubiera podido salvarse en caso de acceder solas a los andenes, como se había hecho toda la vida hace unos años? Preguntando aquí, aceptando el acompañamiento de viajeros desinteresados y amables allá. Desde luego, cuando todo funciona, la ayuda de los trabajadores de Atendo es incuestionablemente cómoda. Pero ¿Y cuándo las cosas no van bien por los motivos que sea? ¿Por qué tenemos que conformarnos con perder trenes o aviones?

Y aquí es donde quiero romper una lanza a favor de las asistencias. Hablaré de Atendo porque traté el tema con la chica que me acompañó en Atocha, pero sé que en aeropuertos ocurre lo mismo. Ella me explicó las condiciones en las que trabajan: todo el turno corriendo, trenes que no entran por donde les han dicho y han de recorrer estaciones enteras para llegar a buscar a las personas, poco personal, PMR con un elevado grado de mala educación que insultan al mínimo retraso, quejas si tardan un poco en entrar a vagones a recogerlos o si asisten a más de una persona a la vez. Desde luego, y como en todo, habrá quienes sean bordes por naturaleza, me refiero a los trabajadores, pero por lo general cumplen como pueden con sus cometidos, y no dan abasto. Tendríais que haber escuchado a la muchacha para comprender el alcance de su malestar laboral y personal porque, pese a las malas condiciones de lo primero, lo que más le afectaba eran las pésimas reacciones de muchos usuarios.

Así que os conmino si es vuestro caso, a ser un poco más benevolentes y comprensivos si procede y, creedme, las más de las veces, procederá.

Visita al Oceanográfico

Hoy vengo por fin con el artículo sobre la visita al Oceanográfico de Valencia, experiencia de la que ya os compartí una anécdota vivida con las taquillas. Con mucho retraso, lo sé. Desde luego, eso solo fue una frívola mención a lo que supuso mi paso por allí. Ante todo, quiero deciros que albergo sentimientos contradictorios con respecto al lugar, sentimientos de los que no fui muy consciente mientras duró la visita, me imagino que por la ilusión y la emoción de todo lo que implicaba estar en un sitio así y en calidad no de visitante sino de entrenador por un día. Que bueno, entrenar no se entrena nada, solo se vive un poco más de cerca lo que los cuidadores hacen día a día.

Debo resaltar la amabilidad de todas las personas que estuvieron con nosotros acompañándonos a través de las diferentes secciones y actividades, a lo largo de la jornada y durante la comida, gente joven, entregada, la mayoría chicas. Asumieron con naturalidad el hecho de que tanto mi compañero como yo fuéramos ciegos, sin aspavientos, sin sobreprotecciones ni rigideces. Respondieron con más o menos acierto a todas las preguntas e inquietudes, sobre el espacio y sobre los animales, si bien, de esto último, más adelante tuve que hacer la reflexión acerca de si eran respuestas sinceras y reales o solo las que deben dar para que todo parezca en orden y correcto. Me explico. Creo que es evidente que los animales reciben los cuidados que necesitan, están bien alimentados, en apariencia, los espacios están limpios, bien higienizados, no hay ni un mal olor. Pero ¿significa esto que viven felices, que no sufren, que no utilizan con ellos métodos de aprendizaje y entrenamiento perjudiciales para su salud emocional y física? Si partimos de la premisa que ningún ser vivo debería estar en cautividad, está claro que todas las respuestas son negativas. Pero ¿es mala la cautividad en estos casos? Hay vídeos donde se puede ver cómo los capturan, y solo os diré que nunca me he atrevido a visualizar ninguno.

Visto desde ese enfoque, me provoca angustia cada vez que pienso en delfines, belugas, leones marinos, morsas y focas, que son los que tuve, eso sí, el privilegio de poder tocar, acariciar y alimentar. ¿Veis lo contradictorio que resulta? Pude tener el privilegio justo porque están en cautividad, me siento afortunada de haberlo podido tener, así que reconozco que las emociones son caóticas. Sin embargo, admito que el contacto con ellos fue maravilloso, puse en mis manos todo el cariño y el respeto que me transmiten y se merecen.

Conocí a Yulca, una beluga. Vi todo su cuerpo, desde el interior de su boca y sus curiosos dientes romos y separados, su lengua, hasta la aleta caudal. Escuché cómo iba cambiando de registros sonoros a cada orden de su cuidador, realmente una variedad pasmosa. La verdad es que me causaba ternura verla ahí asomada al borde de la piscina, tan grande y tan vulnerable a la vez, daban ganas de estamparle un beso en el melón (cabeza). Pero también supe de Cairo, antes y después de la visita, el macho, de su estado físico tan precario, su inmovilidad flotando en el agua. Y de Kilu, su cría tan enferma, aunque creo que al final ha sobrevivido.

Al borde de la piscina tocando a Yulka.

Conocí a Nico, una cría de tres años de delfín, tímido y reservado al principio, juguetón después. pasé mucho rato de cuclillas junto al borde de la piscina, acariciándolo, ese tacto magnífico que no sé definir muy bien, como de silicona viva, terso, suave. Ese hocico gracioso, esos dientes afilados, esos ojos que apenas son una rendija, el espiráculo que procuré no tocar más que en un único y solo roce porque sé que les molesta mucho. Las aletas, los genitales que apenas son un dibujo en la piel, un relieve inverso. Le di de comer, jugamos a salpicarnos, cantó cuando le presenté las palmas de las manos en un gesto reconocible para él. Después conocí a Nica, su madre.

Frente a frente con el delfín.

Dándole un pescado al delfín.

Conocí a un macho de foca, bastante veterano, por cierto, y un poco gruñón. Como no le gustaba que le tocara, apenas le acaricié la cabeza, me limité a darle de comer.

Conocí a Petrus, una morsa. Es impactante escuchar cómo mil kilos de ejemplar se mueven, ese ruido de arrastrarse a pocos pasos de ti, resoplando como un ventilador. Tocar las vibrisas, los bigotes que tienen en la parte frontal de la cara, que a mí me recordaron a un cepillo del pelo, es por esa zona por donde resoplan y casi pueden levantarte la camiseta. Sabía que unos días antes, una de esas morsas dejó sin antebrazo a alguien, pero intenté no `pensar en eso porque sé que en todo, y a veces, ocurren accidentes. Impresiona oírlas gruñir, chasquear, silbar, otro abanico de sonidos emitidos por sus cuerdas vocales muy tensas.

Tocando a la inmensa morsa.

Estuvimos un buen rato presenciando la actividad de los leones marinos. Había tres hembras, cada una de ellas con una cría. Dormían al borde del agua. Cuando despertaron, se lanzaron a remojarse, y tendríais que ver la bronca que organizaron dos hembras por una cría que seguía durmiendo, parecían dos madres enfadadísimas a la puerta de una guardería. Fue muy curioso observar cómo una de las hembras enseñaba a gruñir a su pequeño, tipo mufasa con Simba. Toda una muestra pedagógica. Pudimos palpar todo el cuerpo de una de ellas, observar la diferencia entre los leones marinos y las focas, animales que muchas personas confunden. Incluso posó para la foto de familia, la muy orgullosa.

Posando con la orgullosa leona marina Ámbar.

No disfruté tanto de las exhibiciones, ni la de los leones marinos ni la de los delfines, aunque de estos me gustó mucho escuchar a través de un hidrófono, los múltiples sonidos que emiten bajo el agua para comunicarse, es increíble.

En definitiva. Una grata y paradójica experiencia. Unas seis horas de convivencia que me reportaron la ilusión de un sueño realizado y la inquietud que te obliga a reflexionar y a hacerte preguntas… incómodas.

Fe de vida

Llegadas estas fechas, todo el mundo hace balance de lo que ha sido el año que va a terminar. No es exactamente mi intención. Hace mucho que no escribo para compartir algo con vosotros. Sé que os debo algunos artículos, como mi paso por el Oceanográfico de Valencia, fuera de lo anecdótico, y no los descarto, desde luego. ¿Os ha pasado alguna vez que de pronto, sea por lo que sea, aquello que habéis venido haciendo durante un largo período con gusto y dedicación deja de motivaros? Quizá motivar no es la palabra adecuada, pero sirva para el caso.

La situación que hemos vivido y estamos viviendo creo que de un modo u otro nos afecta a todos, y esto me ha pasado. Dejé de frecuentar Twitter, dejé de revisar por encima las notificaciones de Facebook. Dejó de apetecerme tanta discordia, tanta discusión, tantas enemistades repentinas, tanta tensión. Por supuesto, no voy a entrar aquí en ningún tipo de polémica, solo estoy hablando de sentimientos, de los míos, de sentimientos y de sensaciones. Más de una vez me he sentado ante el teclado con el propósito de escribir, y es como que la ilusión se desvanece. ¿Para qué? Y lo dejo.

La mayoría de personas a las que conozco me dicen que cuando peor se sienten es cuando más escriben. A mí la teoría no me funciona. Quizá es porque, afortunadamente, no estoy tan mal, ni siquiera estoy mal, solo desplazada de mis habituales intereses.

Ahora mismo me estoy preguntando qué narices estoy diciendo. A quién le importará cómo demonios esté o me sienta yo. Pero bueno, ahí queda.

¿El año 2017? Ah, sí. Estupendos nuevos amigos, otros que se apartan de un recorrido común. Sequía creativa, aunque mi cuarta novela está ahí, atascada, esperando que me ponga con ella de una vez. Pocos sobresaltos, pero intensos. Mucha rutina, tranquilizadora, pero fastidiosa. El año ha sido como la crítica de mi libro que vi ayer en YouTube. Ahora resulta que Yo te cuidaré tiene un montón de errores ortográficos, según la booktuber que lo reseña, una falta de respeto de la editorial hacia la autora, o sea ,hacia mí. Un texto revisado hasta la saciedad. Pues así es mi año. Lo entrego en aparente buen estado, pero alguien habrá que diga que tiene muchos errores.

Por cierto, al hilo de lo que acabo de explicaros. Los que lo habéis leído, ¿Podríais hacerme un feed back de si realmente hay tantos errores ortográficos? Estoy por leérmelo en braille y con lupa en los dedos.

Bueno. Y después de divagar un rato, dejad que os desee un buen 2018, que cada cual se adapte los propósitos según le convenga, según haya sido este, según ansíe que sea el venidero. Y gracias por seguir ahí.

El arte de no ver… o de no saber

Vacaciones. Qué maravillosa etapa, sobre todo, cuando el trabajo se vuelve duro y difícil de sacar adelante por diversos motivos que no voy a perder tiempo en relatar. Seguramente, conmpartiré experiencias de estos días por Madrid y Valencia, pero será poco a poco, según me vaya apeteciendo.

Lo que voy a contaros me ocurrió el otro día en el Oceanográfico de Valencia, en los minutos previos al inicio de una fantástica actividad de entrenadora por un día. Se trataba de pasar una jornada con el equipo de entrenadores de las instalaciones, en estrecho contacto con los animales de los que se ocupan y a los que cuidan. Bien, para ello había que vestirse con el uniforme adecuado y calzarse zapatillas de seguridad. Hasta aquí, muy razonable. El caso es que nuestro relaciones públicas, un chico encantador que estuvo conmigo y con mi compañero todo el día, me acompañó al vestuario de mujeres, buscó mi taquilla, la número 6, me entregó la llave y marchó para esperarme fuera.

Y aquí comienza mi odisea. Abro la taquilla y miro dentro. Estupendo. Encuentro una chaquetilla tipo cazadora, de un material como Gore-Tex, forrada por dentro. Normal, pienso. Hay que entrar a la zona del Ártico y allí hace más bien frío. Me la coloco, y encima, las mangas me llegan a las manos, cosa rara de conseguir en la ropa.

Sigo buscando. Hum. Eso ya es un poco más extraño. Encuentro una especie de top de manga corta, abierto con escote, y dos botoncillos entre los pechos. Qué raro, pienso. Pero claro. ¿Yo qué sé cómo es el uniforme de las chicas? Venga. Me quito la chaquetilla, me quito mi camiseta y me pongo el top. Los botones se abren porque los ojales están dados de sí, y todo el rato se desabrochan. Pues menuda faena. Voy a ir enseñando mi sujetador todo el día. En fin. Cerraré la cremallera de la chaquetilla y listos. Pero la cremallera no tiene carro, no se puede subir.

Vamos, Marta. Que te esperan. Un calor, señores… Sigo buscando. Encuentro un par de calcetines doblados en plan bolita, bien puestecitos. Calcetines. Vale, pienso. Será una cuestión de higiene. Calcetines limpios para evitar cualquier perjuicio a los animales. Tiene su lógica, ¿no? No me digáis que no. Me quito mis zapatillas, mis calcetines, y me coloco los otros, que también me van bien.

Sigamos. Encuentro unos guantes, y como de momento no les veo la utilidad, los guardo en el bolsillo de la chaqueta. Y sigo buscando. No encuentro pantalones. Raro. Ni zapatillas de seguridad. Raro. Sí detecto unos cuantos paquetillos como de Oreo, de esos con dos galletas redondas. Bueno, cómo nos cuidan, ¿eh? Y unos libritos… que deben de ser sobre las instalaciones… a saber.

Entonces doy con otra camiseta, de tirantes, colgada en una percha. Ostras, pienso. Esto es mejor que el top, quizás nos dan dos opciones. Al menos no se me desabrochará. Me quito la chaqueta, me quedo en top y en sujetador, todo hay que decirlo, porque no hay modo de abrocharlo. Cojo la camiseta… mmm… aquí sí que ya hay algo que no me cuadra. No huele mal, pero huele. A usada. Señores, por aquí ya no paso, ¿eh?

Ahí es cuando empiezo a llamar a nuestro acompañante. Que no me oye. Claro, imaginaos: él y mi compañero ahí fuera, “y cómo tarda”, Y con el cachondeo, “es mujer, qué quieres”. Al final me oyen… vamos. Se habían equivocado de taquilla.

Después de unos largos minutos de incertidumbre y un calor de órdago, llego a mi taquilla de verdad y en menos y nada me pongo la camiseta de entrenadora por un día, los pantalones cortos con múltiples bolsillos y las zapatillas de seguridad. Disculpas a la chica que encontraría sus cosas… un poquillo revueltas.

Asomando

Sí, sigo aquí, pese a unas semanas sin escribir nuevas entradas. A veces sentimos la necesidad de parar un poco, de frenar, de descansar de lo que acostumbra a ser nuestra rutina. El otro día una abuelita me preguntó si yo había tenido desprendimiento de rutina. Me hizo muchísima gracia, pero pensé para mis entretelas: pues sí, señora, debe de ser eso, que me he desprendido de mis actividades rutinarias. Entre el calor, el insomnio y el cansancio, poco se le puede pedir al cuerpo.

Y no es que me esté quieta, bueno, quieta bastante, que con este calorazo con el que nos ha obsequiado junio no hay quien se mueva más que lo justo y necesario. Estoy mentalmente activa, luchando con mi nueva novela que camina poco a poco, porque es peleona y no me deja avanzar a la velocidad que me gustaría, que debe de ser la que gustaría a cualquier escritor: pronto, rápido y bien. Que por cierto, os recuerdo que me encantaría que me ayudarais con lo de las

Portadas de libros.

Tengo además varios proyectos en mente, personales y compartidos, de los que todavía no voy a daros información. Pero os cuento que mi novela Yo te cuidaré ha pasado a concurso dentro de Caligrama para ser republicada en un sello editorial tradicional. En septiembre sabré algo y, mientras, el gusanillo de la expectativa alimentará la ilusión durante todo el verano. Algo de televisión habrá también para entonces. Y un proyecto de novela infantil ilustrada.

Bueno, que aunque esté un poco desconectada de vosotros, ahí sigo, y no os olvido.

Infancia

Hoy rescato para vosotros un episodio de mi vida que me viene a la mente cada vez que escucho alguna noticia estremecedora acerca de malos tratos o abusos a menores, y no me refiero solo a los sexuales. Tampoco hablo de acoso escolar, de lo que también tuve, y que reflejé en mi última novela. Os cuento.

Yo tenía cuatro años. Asistía al parvulario que pertenecía al colegio Puig Coca de Esplugas de Llobregat. Curiosamente, no recuerdo el incidente en sí sino sus consecuencias. La maestra, una vieja loca, según calificativos de los adultos que muchos años más tarde perfilaban la imagen para mí, me abofeteó la cara y me partió las gafas (las usaba desde que tenía un año o poco más). Tuvo que pegarme fuerte porque eran gafas gruesas de pasta, y además me dejó la cara marcada. Y todo porque hablaba. ¿Os podéis imaginar? En un parvulario, una criatura de cuatro años hablaba.

Creo que no hubo consecuencias para la maestra, nadie la disciplinó, nadie la echó, no se estilaba lo de las denuncias. Lo único que se pudo hacer para apaciguar la ira de mis padres fue sacarme del parvulario. ¿Y qué pasó?

Los directores del colegio (supongo que solo uno de ellos lo era, pero como estaban casados, no se sabía muy bien dónde terminaba el matrimonio y dónde empezaba el cargo) eran amigos de mis abuelos paternos, cuando menos, vecinos con una cierta relación amistosa. Ignoro las gestiones que se llevaran a cabo, o mejor las no gestiones; sería solo cuestión de hablar y concretar entre ellos, todo de palabra.

Total, que con cuatro cándidos años, algo cumpliditos ya, me trasplantaron a la clase de primero de EGB de la que la directora era maestra y tutora.

Ahora, haced un ejercicio de imaginación:

Pensad en lo que era hace cuarenta y tantos años una niña de cuatro. Pensad en la diferencia entre ella y niños de seis, siete años.

Recuerdo el aula, enorme, con hileras de pupitres inclinados de a dos alumnos por banco. Recuerdo el crucifijo tras la mesa de la maestra. Recuerdo los grandes ventanales. Recuerdo mi cartera azul, de las que se colgaban a la espalda. Por Dios, recuerdo un libro de texto que debía de ser de sociales con un dibujo a toda página de la bandera española. Me recuerdo leyéndolo. ¿Quién me enseñó a leer con cuatro años? No lo sé. Es lo más parecido a un conocimiento por ciencia infusa que existe en mi vida.

Pero lo que más recuerdo, y que solo muchos años después me atreví a interpretar, es que un día me hice caca en mi banco. Que la maestra pasaba por el pasillo olisqueando, preguntando con voz dura, aterradora, “¿quién ha sido?” Recuerdo haber pedido permiso para ir al baño y tratar de limpiarme como buenamente pudiera. Supongo que en mi casa se vivió como un percance que le puede pasar a cualquiera. Pero pensándolo bien, me da a mí que era de puro pavor de verme en un lugar tan alejado de lo que me correspondía.

Recuerdo también haber salido del patio por debajo de una reja e ir a la calle. Recuerdo la foto de fin de curso donde todo parecía haber estado bien. Recuerdo haber hecho primero de EGB dos veces, la no oficial y la oficial, en otro colegio ya, el Isidro Martí.

Y no pasaba nada. La sociedad no estaba preparada para afrontar este tipo de situaciones. Los padres no tenían herramientas para proteger a sus hijos. Ni siquiera se consideraban relevantes ni perjudiciales más allá del revuelo inicial. Pero ¿y yo? ¿Y tantos niños seguramente? Bueno, pues aquí queda, para la reflexión.