En la Casa del Libro


Para quienes no pudisteis asistir al evento del viernes en la Casa del Libro, os contaré cómo se desarrolló todo.
La verdad es que al principio parecía que no habría demasiada gente, pero según me comentaron, finalmente casi se llenó la sala, lo cual me complace muchísimo, no tanto por mí, sino porque cuantas más personas conozcan el trabajo de la asociación de perros señal para sordos Áskal, más probabilidades tendrá ésta de conseguir apoyos, simpatías, ayuda y por qué no, donaciones.
Comenzamos un poco tarde por dar una oportunidad a los rezagados, y lo hicimos con un pequeño parlamento mío. He de confesaros que llevo muy mal eso de hablar en público… Después de seis meses de la publicación del libro, mi pretensión, más que una charla típica de promoción, consistía en desgranar los frutos que he recogido a nivel personal, y no hablo de los económicos, que ni siquiera sé cuáles son a día de hoy, sino personales, íntimos.
He conocido a muchas personas, he escuchado y leído muchas críticas literarias, pero sobre todo, lo que más me ha impactado y aportado son todos los comentarios de quienes se acercan a mí para decirme que tal o cual personaje ha despertado su empatía, su comprensión, que se han identificado con tal o cual situación, con tal o cual emoción o sentimiento. Que leer mi libro les ha ayudado a aprender, a llevar adelante cargas personales, a gestionar problemas que de algún modo antes sentían difíciles de soportar. Personas que admiten haber leído de un tirón, haber robado horas al sueño  con mi libro en las manos sin poder dejarlo. ¿Sabéis lo que supone imaginar, saber, ser consciente de que un trozo de mí ha formado parte de tantas vivencias, de tantas horas, de tanto tiempo perteneciente a otras personas? ¿De la intimidad de sus dormitorios, de sus sofás preferidos, al amparo de una manta, de una tenue luz? ¿En medio del traqueteo de un autobús, de un metro, de un tren? Es lo más grande de toda esta experiencia.
Fue todo esto lo que el  viernes intenté transmitir encima de una tarima, sentada en una butaca y con un micro en la mano. Y es todo esto lo que ahora comparto con vosotros.
Después, cedí la palabra a Cris, directora de Áskal y a su perro Pincho, un simpatiquísimo y adorable mil leches dorado y peludo que nos hizo una exhibición de cómo asisten a las personas sordas cuando suenan ruidos, sonidos o cualquier otra circunstancia de la que deban avisarlos, como que se les ha caído algo al suelo. Pincho estuvo estupendo y pudimos darnos cuenta realmente de lo muy importante que son estos auténticos señalizadores con patas y corazón grandísimo para sus dueños.
Cris nos explicó cómo trabajan, desde cuándo, qué pretenden y cómo lo consiguen, y yo os animo a todos a buscar información porque de verdad que merece la pena.
Finalmente se abrió un turno de preguntas y la firma de los ejemplares que quienes lo desearon compraron y pusieron en mis manos.
Gracias a la Casa del Libro por haber puesto la sala a nuestra disposición y por haber organizado el evento. Gracias a todos quienes pudisteis ir y a todos los que seguramente habríais ido de haber podido. Gracias a mis lectores por vuestro tiempo y vuestra calidez y a todos los amigos que han estado acompañándome durante estos meses.

Jugar


Hoy vuelvo con un post fresco como el otoño que se nos echa encima. Nacido de la reflexión acerca de cómo juegan los niños en la actualidad, lo mucho que se pierden, según lo vemos quienes hemos jugado en la calle, quienes hemos experimentado la adrenalina de la aventura fuera de una silla ante una pantalla. Y quizás muchos se preguntan si los niños ciegos juegan igual que los videntes. Aquí os comparto mi experiencia.
Mis hábitos de juego no cambiaron en casa; jugar en casa era sencillo, muñecas, Tente, modelar con plastelina, todo tipo de juegos simbólicos… Sin embargo tuve que tomar en cuenta algunas consideraciones.
Antes de quedarme ciega prácticamente había dejado de jugar con los demás niños. La fragilidad de mis retinas desde los 7 años me obligaba a guardar muchas precauciones: no correr, no saltar, no darme golpes, todo lo cual imposibilitaba los juegos alocados propios de la edad. Incluso me estaba negado salir al patio a las horas de los recreos.
Pero, oh, liberación, la ceguera trajo consigo la libertad de poder comportarme como cualquier otro niño, por fin podía desmelenarme, ya no había peligro. Mmm… al menos aparentemente. Poco consciente todavía de mis limitaciones y de los recursos para minimizarlas, un buen día eché a correr en el jardín del colegio. Como todo jardín que se precie, tenía sus magníficos ejemplares de árboles y bueno… hubo uno en particular que tuvo la osadía de ponérseme delante. No sentí dolor, sólo sorpresa al verme sentada en el suelo y notar algo viscoso deslizándose por mi cara. Me había partido una ceja.
Estaba claro, tenía que aprender a jugar. Veamos, reconocimiento del terreno, ubicación de obstáculos varios que pudieran venírseme encima, detección anticipada de sujetos móviles a dos piernas pululando a mi alrededor… Otros niños en la escuela correteaban de acá para allá y tardé un poco en comprender que existían determinados grados de ceguera, algunos veían un poco, o distinguían luces y sombras que les permitían esquivar a otros compañeros… o a los pinos. Bueno, no era problema. Yo podía elegir dónde y a qué quería jugar y esa era mi baza. No era preciso correr, podía explorar el inmenso jardín (toda una aventura), colgarme de la media luna de hierro, inventar historias en las que convertirme en no sé qué personaje de alguna serie de televisión.
También en la urbanización donde vivíamos había niños con los que jugar, vecinos que venían a casa y para los que yo era una más. Em, bueno, era una más si lograba liderar los juegos. Si era yo la jefe de policía y ellos los ayudantes que debían ir detrás de mí, era una más. Si era yo la niña valiente que se enfrentaba a un enemigo alienígena y les dirigía en la batalla, era una más. Si era yo la guía en una exploración por la selva, era una más. ¿Mandona? No, se trataba sólo de ocupar una posición que no me hiciera sentir diferente y normalmente lo conseguía. Si alguno de ellos tomaba la iniciativa era frecuente que echaran a correr sin acordarse de mí y entonces me sentía torpe y desplazada. Esa situación en aquella época no me causaba amargura sino incomodidad, fastidio y contrariedad.
Es curioso como con el tiempo, nosotros mismos vamos erigiendo muros en los cuales a menudo nos lamentamos. A fuerza de coscorrones vitales, frustraciones, desengaños y miedos, nuestros esquemas de comportamiento se van modificando. A los 11 años era capaz de acudir a casa de otro niño cruzando una calle, siguiendo las vallas de las casas o atravesando un solar lleno de hierbajos y agujeros, todo ello sin bastón. O de montar en bici. Ahora no lo haría, pero no porque sea adulta sino porque he ido acumulando convencionalismos, reparos, complejos y miedos que entonces todavía no me afectaban, bien por inconsciencia o bien porque todavía quedaba en mí mucho de niña vidente.
En definitiva. Por lo menos cuando yo era niña, había pocas diferencias en el modo de jugar. Me pregunto cómo se sentirán los chavales ciegos de hoy en día que no pueden jugar a la play, o a cualquier juego gráfico de tantos como suenan y pitan y atronan en pantallas de todo tipo y tamaño.

La portada ‘Un refugio para Clara’


Hace bastante tiempo me ofrecí para describir la portada del libro a quienes lo desearan. A raíz de ello, surgió la idea de un concurso que puso en marcha la editorial y que consistió en que los participantes enviaran dichas descripciones. No fue fácil elegir una entre todas las que llegaron. Al final tuve que decantarme por las que describían y no por las que reflejaban lo que la portada sugería, aunque las había muy bonitas tanto de unas como de otras. La ganadora recibió un ejemplar dedicado.
Ahora, ya que han reiterado la petición, y después de pedir permiso a sus autores, he decidido describirla con las palabras de los lectores que participaron en el concurso. Faltan muchas porque no he recibido respuesta a varios correos, pero para muestra, un botón. Y desde aquí agradecer a todos ellos su participación.
La ganadora, por las metáforas enlazadas a la descripción
“Una mujer desnuda no sólo de cuerpo, sino también de alma, pensando en sí misma, en la vida, en SU vida. Dentro de una bañera, con agua y flores flotando….Para mí una metáfora del mundo (bañera), que encierra una vida (agua) que aunque a veces te puede ahogar y resultar difícil, finalmente las cosas bonitas y buenas (las flores) salen a flote contigo misma, cuando eres TÚ realmente, como aparece Clara ahí, despojada de todo.
Enviada por Rocío M. Sánchez.
Y las dos de uno de los pocos hombres participantes:
“Hay un rincón sólo nuestro, mío, tuyo. Es aquel que nos hace ser quien realmente somos, sin miedo a las miradas, entre lágrimas o sonrisas.”
“Poder esconderte en ti misma, ser tú en silencio sin la necesidad de aparentar para otros, sentir que no hay olas, sorpresas que alteren tu armonía.”
Enviadas por Manuel Sánchez Vergara.
O esta, cuajada de sentimientos:
“La cubierta es soledad. La cubierta es melancolía. Soledad para alguien que busca un refugio. Melancólica al ser alguien que recuerda. Es un canto a la esperanza. Es un canto a la vida.”
Enviada por Noemí Carrión.
La más fotográfica y descriptiva. Habría sido coganadora de haber sido posible:
“En la portada aparece la imagen, tomada desde arriba, de una mujer acurrucada dentro del agua en lo que podría ser una bañera (aunque no se ven los bordes). La mujer está rodeando sus piernas flexionadas con los brazos estirados uniendo sus manos por delante y con la mejilla derecha apoyada en la rodilla derecha. Su cabello castaño está húmedo y ladeado por delante del hombro derecho. El agua tiene un color como de cristal traslúcido y en ella hay muchas flores flotando al lado izquierdo de la mujer. Flores violetas, moradas, rosas, blancas y una flor amarilla, la única que toca el cuerpo de la mujer. La mujer parece querer aislarse del mundo, casi hasta de las flores. Parece como si estuviera dormida o al menos relajada. La blancura de su piel transmite fragilidad.”
Enviada por Miryam González.
Una interpretativa:
“Una mujer desnuda, aferrada a sí misma dentro de un baño cubierto de flores de colores. Simboliza para mí una mezcla de pseudo-erotismo: es, cubierto de la imagen de pureza que da el agua, las flores y la contracción del propio cuerpo, la llamada al despertar físico y espiritual del deseo y el amor.”
Enviada por Eli Mondaza.
Otra que me planteó dilemas:
“El marco de una bañera es el marco de la imagen. En su interior, algunas flores sin tallo nadan sobre el agua en el espacio que el cuerpo arqueado de una joven ha dejado a su izquierda. La mujer, con las piernas recogidas en el regazo, parece dormitar o cavilar sobre algo que el observador no puede contemplar. La imagen emana, toda ella, una atmósfera de quietud, tranquilidad y recogimiento que hace pensar en un pequeño oasis en medio del discurrir apresurado de las horas.”
Enviada por Rocío Stevenson
La más concreta:
“La portada tiene a una chica desnuda vista desde arriba, pero no muestra nada, sobre un fondo gris, y en la zona izquierda hay flores en tonos morados y rosas. Con el título: Un refugio para Clara en letras blancas y el nombre de la escritora: Marta Estrada, en letras negras.
Enviada por Zahira María Escarabajal

¿Pérdidas?


No ha sido un mes demasiado bueno en cuanto a pérdidas. Es inevitable reflexionar cuando esto ocurre, tratar de bucear en los motivos… los porqué y los por qué no revolotean incansables, entran y salen de nuestra mente y, al menos a mí, me obligan a poner en marcha ese engranaje que por lo general prefiero que esté quietecito.
Todas las pérdidas dejan una estela tras de sí, como esos cometas que rasgan el cielo procedentes de un desastre cósmico. Su camino a nuestros ojos es bello, la impresión que nos dejan es hermosa. De repente ya no los vemos, pero seguimos siendo conscientes de que ese rastro de luz que se desvanece fue real. Aunque naciera de una explosión, de la muerte de un astro que ya no existe.
Hay pérdidas rotundas y definitivas, como la de los seres queridos cuando abandonan el anclaje de su cuerpo. A la cabecera de una cama de UCI, acariciando una frente amplia y despejada y un cabello que todavía conserva rastros de laca gracias a la coquetería de su dueña, no puedo por menos que preguntarme otra vez si la muerte es tan terrible. Si no es egoísmo lo que nos asalta en el momento de despedir a esa persona porque la pérdida es nuestra y nos cuesta desprendernos de lo que queremos. Y entonces me siento en paz, cuando en lugar de pensar en mí pienso en ella, porque estoy convencida que no todo termina ahí, que después comienza un tránsito, otro camino que no quiero etiquetar al que cada cual puede denominar como desee según sus creencias o no creencias.
Hay otras pérdidas no tan rotundas ni definitivas, sólo son seres que se desgajan de tu vida y emprenden otros derroteros que los alejan de lo que hasta un momento determinado fue una unidad. Y de nuevo nos asalta la tristeza… hasta que el engranaje se pone en funcionamiento. Entonces hay que recolectar la experiencia, las vivencias, extraer lo positivo y esforzarse en comprender que quizá no es tal la pérdida sino una ganancia a añadir en la columna de haberes, que nada es gratuito, que nada ocurre porque sí, aunque de entrada seamos incapaces de vislumbrar adónde nos lleva.
Y en lugar de perder me doy cuenta de que gano en madurez, en sensatez, de que mi equipaje vital a pesar de estar más lleno me parece más liviano porque he aprendido a sostenerlo de otro modo, equilibrando el peso, apuntalándolo para que en lugar de una carga sea una compañía que me susurra y me alienta.
En la vida hay situaciones que nos golpean, cambios que nos llenan de miedo y de inseguridad, momentos de dolor. Pero no olvidemos que por encima de todo eso somos la misma persona de siempre y que de nosotros depende que nos moldeen o que seamos quienes decidamos qué forma vamos a adoptar.
Me ha costado mucho escribir esta entrada, no por el hecho de escribir en sí sino por todo el proceso que ha sido necesario realizar antes de alcanzar este estado que he querido compartir con vosotros. Un beso a mis cometas, estén donde estén.

Querido y odiado bastón blanco


Al inicio de la promoción de mi libro, en la sesión de fotos para una entrevista que aún no se ha publicado y de la cual espero poder avisaros con tiempo, aunque me entere el mismo día, el fotógrafo quiso jugar a hacer figuras con mi bastón. En esos momentos pensé en vosotros, y en que cuando pudiera os explicaría algo sobre la experiencia con él (el bastón, se entiende).
Nuestra relación ha sufrido altibajos, como cualquier relación.
Cuando pusieron uno en mis manos por primera vez, contaba catorce años. No dejaba de ser un artilugio incómodo, rígido y bastante pesado (fue más tarde cuando comenzaron a comercializarse los bastones plegables y livianos). Enseñar a utilizarlo es algo que corre a cargo de profesionales en orientación y movilidad y allá que nos pusimos a la tarea.
Era verano, hacía un calor de miedo en la ciudad, pero yo me sentía eufórica. Aprender a moverme sin andar cogida del brazo de alguien constituía todo un reto y la sensación de libertad y autonomía resultaba extasiante. Mmm… Además, el profesor que me daba las clases era un chico joven muy atractivo del cual quedé convenientemente encandilada haciendo honor a los requerimientos de la adolescencia.
Fueron unas semanas intensas en las que se hizo preciso empaparme de numerosas técnicas, estrategias, habilidades y conocimientos que exigían una elevada dosis de concentración y paciencia. Mi mente bullía y un Pepito Grillo susurraba constantemente al oído de mis sistemas de alerta:
Escucha bien el tráfico, no cruces hasta que no oigas rodar los coches que van por la perpendicular. ¡Cuidado con los bordillos rebajados!, a ver si vas a encontrarte de repente en medio de la calzada sin advertirlo. Circula bien por tu derecha y no confíes en que los transeúntes te vean, es más probable que tú les esquives al escucharlos porque la mayoría de ellos irán sumergidos en sus pensamientos y te arrollarán. Atención a los andamios mal protegidos (hum, casi todos) pues el bastón pasará por debajo alegremente y tu despejada y juvenil frente será la que se empotre por arriba contra los hierros. La forma más segura de no caerte a las vías de tren o metro es deslizar el bastón por el borde exterior y caminar en paralelo al agujero… Ay, si es que los aterrorizados usuarios que te vean no se alarman tanto pensando que vas a dar con tus huesos abajo que tironeen de ti hasta lograr adosarte a la pared más lejana. A la hora de atravesar un espacio abierto, una plaza, unos jardines, busca referencias como bancos, parterres de hierba, y trata de ubicarte con los sonidos de tu entorno, no sea que acabes paseando tan feliz entre palomas totalmente desorientada. Si te pierdes, pregunta, como todo hijo de vecino aunque… Esto… “Sí, gira por allí, cruza allá y sigue por esa calle”, así, con la mejor buena intención de un ciudadano, señalando direcciones con un dedo… como que no ayuda demasiado. Deja el bastón relajado delante de ti en vertical en el momento de bajar escaleras, así detectarás cuando llegas al final… ¡y no cuentes los peldaños!, o verás qué fácil es descontarse y bajar rodando. Si oyes niños, aminora el paso, suelen plantarse delante a mirar como llegas y es fácil envestirlos… Y no te sientas demasiado culpable cuando alguien que si ve pero no mira por donde va acaba con tu bastón entre sus piernas y cayendo estrepitosamente, provocando gran confusión y doblándolo de tal modo que resulta complicado llegar en condiciones a destino si no llevas uno de recambio. Además del daño que podáis haceros. ¡Uf!
Obras, agujeros, motos aparcadas en las aceras, coches estacionados en los pasos de cebra, señales de tráfico, contenedores, farolas, cartelería de restaurantes y bares, mesas y sillas, ¡una caja de fresas maduras en mitad de la acera donde meter los pies y hacer batido refrescante! Toldos a la altura de frente y nariz donde golpearse, ruidos de martillos hidráulicos que desorientan, caceroladas contra esto o aquello que impiden escuchar el tráfico y te incapacitan para cruzar con seguridad una calle…
Nooo, no es una película de terror, es sólo la realidad. Por lo general, llegas sana y salva a casa, aunque a veces tengas la sensación de haber participado en una carrera de obstáculos. Siempre hay personas amables que te indican correctamente, que te ayudan a cruzar, que te acompañan hasta el portal de esa tienda que se te resiste. Pero también es igual de cierto que la falta de civismo de unos pocos dificulta la movilidad de muchos y, a pesar de que se han hecho campañas de concienciación y sensibilización desde diferentes ámbitos, no hemos mejorado demasiado. Y eso ha causado que a menudo viertas lágrimas de impotencia cuando te haces realmente daño por culpa de los malos hábitos de los demás.
Tal como dije al principio, mi relación con el bastón ha pasado por varios estadios. La euforia de los primeros meses se vio empañada por los miedos y prevenciones de mis padres (supongo que propios de padres) que me hicieron abandonar poco a poco la valentía de los inicios. Después llegó la temida timidez al comenzar en el instituto, la vergüenza de llevar bastón… y lo arrinconé por completo, dejándome acompañar por mis compañeros de clase. Es duro sentirse paquete y no ser capaz de plantar cara a la situación, pero es lo que se dio durante un tiempo, y ahí queda, anotado en mi lista negativa.
No me reconcilié con él hasta bastante después, cuando por cuestiones de trabajo tuve que desplazarme diariamente a Barcelona, utilizando para ello tren, metro y siendo preciso caminar a lo largo de varias manzanas hasta llegar a mi destino. Luego volví a guardarlo en un cajón, relegado por mi perra guía (esa es una historia que ya conocéis) y finalmente volvió a mí, con menos bríos, útil pero no amado, siempre presente pero sin grandes aprecios. A pesar de todo, tengo que agradecerle que haya hecho de mí una persona independiente y capaz de movilizarse, con más o menos soltura, como cualquiera.

Yo pensaba… (Presentación ‘Un refugio para Clara’ 17/07/2013)


Yo pensaba…
Una cosa es la entrevista con un periodista, aunque lo tenga enfrente, con su fotógrafo o su cámara, y otra muy diferente, hablar delante de un determinado número de personas, mi gente, mis amigos, mi familia. He de reconocer que estaba nerviosa, incluso con un punto de miedo a bloquearme. No iba a estar sola encima de la tarima, al otro lado de la mesa y del micro. Emili Rosales, director editorial de destino, se sentaría junto a mí y rompería el hielo. Menos mal que me tranquilizaba pensando esto… pero los nervios son como son, y van por libre.
En el primer día más caluroso del verano, el 17 de julio a las 19 h., con una humedad que pegaba la ropa al cuerpo, el pelo a la frente y los ánimos al aire acondicionado o a la corriente de aire en casa, el vestíbulo de la biblioteca Manuel de Pedrolo de San Pere de Ribes y la sala de actos ya contaban con un buen grupo de asistentes antes de nuestra llegada. Y empezaron las sorpresas, las emociones. De pronto recibía besos y abrazos de amigos a los que hacía mucho que no veía, familiares a los que no esperaba, vecinos, conocidos y no tan conocidos. Profesores del instituto de mis hijos, integrantes de un club literario, ¡incluso una amiga de la que hacía muchísimo que no sabía nada y que, por una casualidad de esas en las que no creo, escribe reseñas para uno de los blogs literarios más activos!
El mostrador del vestíbulo fue el soporte en el que ya antes de comenzar dediqué y firmé unos cuantos libros, con la íntima satisfacción de comprobar que mi redonda letra de niña de once años completamente en desuso desde hacía al menos treinta, sigue comprendiéndose.
Sabía que iba a haber bastante gente, pero la sala quedó totalmente desbordada por los que pudieron sentarse, los que aguantaron de pie… y los que no pudieron quedarse porque les fue imposible entrar.
Ese silencio expectante, esa respiración contenida. Esos aplausos después de las hermosas palabras de Emili, pronunciadas con la naturalidad que tanto le admiro. Esa voz mía que quería truncarse y que aguantaba valerosa mientras yo procuraba desgranar mis sensaciones, mi experiencia de todos estos meses y los días de promoción, mis emociones. Esa complicidad estupenda con rosa María Prats, mi editora, a la que saqué de su anonimato en las primeras filas y que echó a volar la magia de sus palabras explicando su vivencia con el libro.
Y al final, sin poder evitarlo, la emoción pudo conmigo y los sentimientos se licuaron a través de mis ojos, felicidad y agradecimiento a partes iguales, mientras los aplausos me envolvían y sentía flotar la emoción a mi alrededor.
La cola que se formó ante la mesa, cada persona con su ejemplar para firmar, las enhorabuenas, las críticas de quienes ya habían empezado o terminado de leer. Más besos, más abrazos, más apretones.
Yo pensaba…
¿Se puede pedir algo más en un día como hoy?
P.D.: Prometo fotos.

Técnicas y tecnologías


Estos días ha sido inevitable que surja un interés sobre cómo escribo, cómo me apaño para ello. Incluso se han dado situaciones divertidas en las que una señora, por ejemplo, habiéndome visto en TV firmando un libro, dio por sentado que había escrito mi novela a mano… quien más quien menos, ya sabéis que los ciegos manejamos los ordenadores con un lector de pantalla que verbaliza todo cuanto estamos haciendo, aunque también existen dispositivos que ofrecen la información en braille, si bien yo actualmente no los uso. No son ordenadores especiales, ni teclados especiales. PC de sobremesa, portátiles, Windows o Apple, los mismos que vosotros aporreáis o paseáis de un lado a otro. Tal vez ni sabéis que vuestro Mac echará a hablar si le dais a Command + f5. No hay más truco ni magia. Y también estaréis de acuerdo conmigo que la mayoría de vosotros no mira el teclado mientras escribe.
A lo largo de mis entradas, he hablado de trucos y habilidades que vamos desarrollando y perfeccionando a fin de subsanar necesidades, pero también existen ayudas más o menos técnicas o tecnológicas que facilitan ciertas tareas, como los ordenadores. Así que aprovecho y paso a referiros unas cuantas para que os hagáis una idea.
Hum, ¿estará la luz encendida? Malditos aunque cómodos interruptores conmutados que hacen imposible determinar, por su posición, si la respuesta es afirmativa o negativa. Siempre puedes preguntar pero, ¿y si no hay nadie? Casi mejor no arriesgarse. Para ello están los detectores de luz. Sí, esa tacita con el escudo de vuestro equipo de fútbol preferido que seguramente conocéis y que suena con su himno cuando la levantáis es un detector de luz. Si no hay luz, no suena, ¿os habíais fijado? Hay algunos más específicos, un llavero que al pulsar un botón emite un silbido de mayor o menor intensidad según la potencia de la fuente luminosa. Es útil por ejemplo no sólo para averiguar si una lámpara está encendida sino que también sirve para la pantalla del ordenador, persianas subidas o bajadas, pilotos que no sean excesivamente débiles.
Vaya… Compré cuatro tops iguales pero de diferente color… No quisiera ponerme prendas que no combinen. Bueno, no recuerdo el orden en que los guardé, así que mejor activo el detector de colores. Es un aparato con una luz láser que aplicado sobre la superficie del tejido, habla el nombre de éste. Mmmm…. Claro que cuando la mujer que se esconde dentro (como decía mi hijo) te dice… amarillo grisáceo verdoso muy claro… te quedas un poco anonadada. ¿Qué demonio de color será ese? Concedámosle que se trate de un beige. También hay aplicaciones para iPhone, por ejemplo, que realizan la misma función.
Sé que el niño tiene fiebre y es casi lo único que me interesa. Pero venga vamos a comprobar la temperatura no vaya a pasar de 39 que es una cifra que empieza a no gustarme. Cojo el termómetro, lo aplico en su axila y aprieto un botón…: “Prooontooo” Susurra una vocecilla en italiano. “¿Por qué dice pronto y tarda tanto?” me preguntaban antes los niños. Sí, es un poco lentito pero bastante eficaz. “La sua temperatura…”. Esta otra mujer encerrada en el termómetro dice que no está demasiado grave, pip, pip, aprietas de nuevo el botón y el aparatito se calla.
¿Qué hora es? Están los relojes táctiles, aquellos a los que les abres la tapa y dejas al descubierto las manecillas. Aplicando suavemente la yema para no desplazarlas, lees la hora sin problemas. Y luego existen esos otros que hablan o mejor dicho, vocean, y cantan la hora para todo aquel que se halle a tu alrededor. ¡¡¡Son las cuatro y diez de la tarde!!! Son los llamados parlantes y que yo sólo utilizaba de despertador. No me gusta que todo el mundo sepa que estoy mirando la hora… sobre todo si me encuentro en medio de una reunión aburridísima. No hace falta mencionar los móviles, los ordenadores, todo aquello con un reloj incorporado.
El mercado empieza a ofrecer electrodomésticos también parlantes, sobre todo lavadoras, robots que cocinan, básculas o balanzas… sin embargo la técnica de marcar con motitas de pegamento, o muescas, o etiquetas en braille siempre ha resultado útil, fiable y… barata. Hay aplicaciones que permiten saber qué producto tienes entre manos tras sacarle una foto.
También hay cosméticos etiquetados en sistema braille, sobre todo jabones de baño, y medicamentos. Cada vez más. Es bueno adherir una etiqueta a cada medicamento con el nombre (si no lo lleva puesto) y la caducidad, de este modo puedes controlar tu botiquín y no te arriesgas a administrar lo que no es. Y también etiquetas las cajas de los CD, los DVD o los departamentos del archivador donde almacenas las cantidades ingentes de facturas, recibos, documentos… etc.
Luego está la digamos alta tecnología… El escáner gracias al que puedo leer cualquier libro que me compre en una librería, o las cartas del banco… o los informes del instituto de mis hijos. El MP3 donde guardo un audiolibro para leer en cualquier momento y en cualquier lugar. El móvil, totalmente accesible.
Es posible que esté olvidando algo que resultaría interesante que conocierais pero de momento creo que bastará para que os hagáis una idea.
¡Y prometo seguir dedicando y firmando mis libros a mano, sí, sin bolígrafos mecánicos ni dedos biónicos ni aplicaciones que usurpen mi personalidad!

Desde el interior


Hay mucho que quiero contaros… pero no lo haré desde fuera. Quien más quien menos, compartido o por casualidad, explicado o leído, ya se habrá dado cuenta de cómo funciona una promoción. Entrevistas, reportajes, más entrevistas, fotos, más entrevistas. Todo está en la red, en el papel, en las ondas, a disposición de cualquiera que desee acompañarme en este camino por la vertiente exterior.
Pero, como podéis imaginar, existe lo que no se ve, lo que no se oye desde el otro lado de la radio, o al otro lado del vídeo. Lo que hace de esta experiencia algo realmente valioso y único.
La agenda que cuadra y se descuadra, los horarios siempre al filo de lo imposible, y siempre encajando, como por arte de magia. Ese nerviosismo en el estómago antes del encuentro con la cámara, con el periodista. El miedo que se enrosca acechante, sonriendo mientras se frota las manos, con ganas de hincar el diente, y que luego ha de retroceder, chafado por su fracaso, porque no se ha salido con la suya. La voz que quiere temblar, asustada o emocionada, y que logra mantenerse firme, aunque después de horas de cumplir con su cometido es sólo un susurro que provoca tos si se la requiere de nuevo. Los ojos irritados a fuerza de querer mirar al interlocutor, al objetivo. El pequeño esfuerzo de dedicar un libro a bolígrafo, con una mano que no escribe desde hace muchos años. La emoción, alguna lágrima que al fin vence y se derrama. Los abrazos sentidos, los besos.
Las noches de pocas horas durmiendo, con la mente dando vueltas entorno a lo que se te viene encima, tan desconocido y tan cercano a la vez. Ese apetito que se muestra un tanto huidizo, y la sed, mucha sed, toda el agua del mundo que quisieras beber y no puedes porque bueno… porque hay que continuar sin demasiadas interrupciones.
El corazón saltando con el bombardeo de mensajes, tweets, whatsapps, correos, llamadas… porque los que pulsáis un botón, o varios, o un teclado, todos vosotros sin excepción estáis ahí, conmigo, y lo sé, y lo siento. Y sé que sin vosotros mi experiencia apenas tendría sentido, estaría vacía, porque lo verdaderamente hermoso es compartirla.
A todas las personas, que son lo que más importa. A las que estuvisteis conmigo mientras se gestó y creció el libro, apoyándome y dándome ánimos para seguir. Amigos y familia. A todas, las que están y las que ya no están. A todos los periodistas que con su profesionalidad y cercanía han conseguido disipar el temor a las entrevistas. A todos los fotógrafos y cámaras que con su simpatía han logrado arrancarme una sonrisa (porque odio hacerme fotos y posar, por si no lo he dicho nunca). A todas las personas de la editorial Destino que me han dado la oportunidad de vivir un sueño. A las que me detienen por la calle y hacen que me emocione con sus palabras, o con mi libro en sus manos. Incluso a las que no comprenden que alguien pueda conseguir algo por sus propios méritos. A todas. Desde el interior, simplemente… gracias. Gràcies.

Entrevista Revista Plácet julio 2013


Marta Estrada (Esplugues de Llobregat, Barcelona, 1967) lleva compaginando durante años la escritura con su trabajo en la ONCE y su familia. Confiesa que la lectura y la escritura han sido siempre su pasión. Ahora publica su primera novela, Un refugio para Clara (edit. Destino) un muy buen libro lleno de sentimientos e historias de superación, amor y erotismo. Para la autora, un sueño cumplido.
“Hay que compartir las emociones y los sentimientos”
¿Cómo está viviendo la experiencia de ver publicado su primer libro?
Ya no voy a repetir que no me lo creo, porque es evidente que ha sucedido. La sensación de tener el libro impreso entre las manos es muy emocionante.
¿Cómo llega a convertirse en escritora?
Hace muchos años empecé a escribir este libro. He empezado muchas historias y nunca las terminaba y ésta, de alguna forma estaba destinada a lo mismo. Fue un amigo periodista –ya fallecido- quien leyó los primeros capítulos y me dijo que continuara con el libro, argumentando que le había gustado mucho y que nada tenía que envidiar a muchas novelas que ya se venden en librerías. De alguna manera me dio ánimo para seguir, aunque entonces nunca pensé en publicarla. Pero cuando la terminé me gustó y eso es algo complicado cuando escribimos, suelo ser muy crítica y exigente con mis textos.
¿Cuál fue el click que le hizo saber que mandaría el manuscrito a las editoriales?
Cuando entendí que mis personajes me habían llegado, que había empatizado con ellos, y que espero suceda lo mismo con los lectores a partir de ahora. Hubo un momento en que los personajes tiraban de mí  y cuando paraba de escribir, sentía una atracción especial que me pedía no dejarles colgados sin terminar la historia.
Un refugio para Clara es además un magnífico testimonio de superación, que aparte de las circunstancias de los protagonistas de su novela, son seguro, ejemplo para muchas personas que lo están pasando mal.
Por supuesto, el momento tan feo que estamos viviendo en términos generales en nuestro país, fue también un motor que me dio fuerza para intentar que este texto viera la luz. Hay una tremenda carga de desdicha al principio del libro, pero yo quería demostrar que se puede salir de las situaciones más amargas por la fuerza de voluntad y también por el hecho de compartir con otras personas lo que sea que te esté sucediendo. Así que me apeteció mucho dar ese mensaje de optimismo.
Incluso habla de “aliarse con el propio dolor”, ¿cómo?
Con el dolor tenemos dos opciones, hundirte con él o utilizarlo para salir adelante. El dolor hay que aprender a gestionarlo y aunque cuesta mucho, hay que abrazarlo y caminar con él.
¿Cuáles han sido los momentos más complicados hasta poner el punto y final de esta novela?
A menudo me atasco. Sufro bajones entre capítulos y a veces, me cuesta arrancar el siguiente. Lo achaco a la falta de disciplina o constancia. -Yo nunca he escrito como dicen que hay que escribir-. Hasta que una frase o una idea aislada me da el clic para continuar.
Ha hablado de compartir experiencia y emociones, pero vivimos en una sociedad en la que no sucede muy a menudo.
Por desgracia pienso que no. Por un lado porque las personas -me gustaría no incluirme- viven en la superficie y a todo el mundo le duele que le arañen esa superficie, y a otras muchas les molesta escuchar al otro desde la postura: “ya tengo suficiente con lo mío”.
Pienso que las emociones, positivas o negativas hay que compartirlas y estoy convencida de que para eso existen.
¿Este libro ayudará a compartir emociones?
Ojalá, espero que el lector se identifique con la historia, con las emociones y frustraciones o con la culpa, ya que en el libro hay una tremenda carga de culpa, y todos arrastramos un poco de todo esto.
¿Cómo le está cambiando este libro su vida?
Evidentemente es un paso adelante en un terreno como la escritura que llevo dentro desde hace muchísimos años. He conseguido realmente un sueño.
Publicar es un sueño hecho realidad y me demuestra que cuando te propones algo, se puede conseguir. Y no es que siempre se consiga todo al cien por cien, pero seguro que el camino vale la pena.
Y ahora toca enfrentarse al lector… y a la crítica.
Antes de enviar el manuscrito a las editoriales lo di a leer a diferentes personas.
La primera acogida ha sido muy buena y pienso que algo tiene que haber criticable en negativo. No puede ser que le guste a todo el mundo. Por otro lado no me asustan las críticas negativas, seguro que me ayudarán.
¿Se ha puesto a escribir otra novela?
Tengo un problema, tengo tres buenas historias en la cabeza y empezadas, y no sé con cuál quedarme. A la espera del click que me decida por una u otra, ahora pienso que es tan malo no tener ideas que tener demasiadas y no poder escoger.
¿Está preparada para el éxito o el fracaso?
Me asusta todo un poco. Estoy contenta y feliz con el resultado del libro, más aún haber podido publicarlo con una editorial como Destino. Lo que venga ahora seguro que es positivo.
¿Es también su novela un toque de atención sobre las discapacidades?
Sí, no por desconocimiento una sociedad puede eximirse de ellas. Sin querer adoctrinar es una llamada de atención a una realidad que está ahí. Se ha avanzado, pero falta mucho por recorrer en todos los sentidos.
“Los personajes del libro han tirado de mí hasta hacerme concluir su historia”

Fuegos artificiales


Cuando no hay tiempo de mucho y mucho de todo, quizá basta un símil para expresar tanto como llevo dentro. Las fiestas llegan a los pueblos con el verano, y los fuegos artificiales iluminan las noches. Colores y explosiones. Gritos y aplausos. Parece que  no existe nada más allá que esa cúpula nocturna hacia la que centenares de personas miran.
Y entonces el cielo estalla, mi mundo alrededor y bajo mis pies se convierte en un retumbar que vibra, se expande y hace temblar mi interior. Cierro los ojos porque no hay nada más que un sonido que me envuelve, y sujeto una mano que me ancla y que me dice que todo está bien, que todo irá bien.
Y cuando las voces exclaman con los últimos truenos de los fuegos artificiales y vuelvo a la realidad, sé que estoy en el camino que me he propuesto andar. Y sé que estáis todos ahí, como esas luminarias en el cielo. Conmigo. Gracias.