Sin testigos

Jenaro vio a una persona sentada en el pretil del puente y un coche que se paraba justo con las ruedas delanteras sobre el empedrado. Hacía años que el paso de vehículos estaba prohibido, aunque él lo ignoraba. El puente era antiguo y había que proteger la estructura. También lo eran los dos pinos gigantescos, afianzados con tensores para evitar que se inclinasen demasiado. El sol caía a plomo y, pese a ello, Jenaro llevaba puesto un anorac. Miraba a ningún sitio, inmóvil. En realidad, como le ocurría tan a menudo sin ser consciente, su mente había dejado de analizar, sólo percibía. Veía, simplemente. Así lo suponían quienes le conocían y estaban convencidos que carecía de discernimiento.

Dos figuras se bajaron del coche. Un coche blanco. No vieron a Jenaro porque quedaba medio oculto tras uno de los enormes troncos, protegido sin saberlo por la luz que deslumbraba a los recién llegados. Jenaro bostezó emitiendo un sonido como el canto del cuco. Las figuras se detuvieron y miraron alrededor, pero no dieron importancia a lo que para ellos no era más que un pájaro. Como tampoco se la dieron a las tórtolas y a las cigarras. Se adentraron en el puente y se acercaron con sigilo a la persona sentada. A Jenaro le molestó un poco que desdibujaran su paisaje. Tenía el sol a la espalda y se abstrajo un momento en el instante en que su sombra rozó la estaquilla del tensor.

Cuando volvió a conectar con su entorno, las dos figuras sujetaban a la que ya no estaba sentada y la arrastraban hacia el coche. No les importó que tropezara. Se limitaron a impedir que cayera. Se oyó un grito ahogado. Jenaro movió la cabeza, levantó la mano derecha y trazó unas líneas en el aire. Un gesto sintomático. Se miró la mano y murmuró algo sobre rusos y americanos. Luego detectó un bulto negro que corría hacia el coche desde el lecho seco del arroyuelo. Un perro negro. Se distrajo con su movimiento. Pasado el interés, advirtió que el coche se alejaba. Ya no había nadie en el puente. El perro también se alejaba.

Jenaro observó su reloj con detenimiento. Pensó que le darían de merendar si regresaba a tiempo a la residencia. Su apreciado café con leche. Bostezó de nuevo y volvió a escucharse el canto del cuco en el silencio de la tarde. En su mente cobró fuerza la imagen de una taza humeante. Y echó a andar, olvidando todo lo que no fuera satisfacer su deseo.

Nunca más se supo de la persona desaparecida. No hubo testigos, ninguna pista, ninguna matrícula de coche. Jenaro siguió yendo al puente durante varios años, una hora antes de su venerado café con leche. Y, a veces, se acordaba de aquella mujer rubia, de aquellos dos hombres tan distintos uno del otro, de aquel pastor alemán y de aquel coche blanco con una matrícula de cuatro números terminada en FpJ.

Estreno en teatro

Cartel anunciando las cinco obras de teatro, con fotografía de los actores que intervienen en ellas

El día 7 del pasado mes de julio se estrenó mi obra Renovar-se… o fugir (Renovarse… o huir), representada por el grupo de teatro Bell Lloc, integrada en un variado y divertido entremés de obras titulado Desitjos (Deseos), de una duración aproximada de 20/25 minutos cada una de ellas y dirigida por Joan Rosquellas. También se representó al día siguiente con una exitosa afluencia de público.

Salvo la obra de teatro Navidad para un adolescente judío, adaptación que yo misma hice de mi relato homónimo ganador de uno de aquellos lejanos premios literarios promovidos por la revista Prometeo impulsado por la ONCE y que se representó en el colegio Joan Amades ante familiares y profesores mientras cursaba, creo, octavo de EGB, nunca había vivido algo escrito por mí, en directo y ante el público. En aquel entonces, recuerdo haber sentido timidez y vergüenza, sobre todo cuando se empeñaron en que dirigiera algunas palabras a los presentes. Sin embargo, el día del estreno, la sensación fue extraña y maravillosa a la vez. Fue como verse en un espejo sonoro, escuchar esas palabras que un día brotaron de tu imaginación y pensaste que solo la voz sintetizada de tu ordenador leería para ti.

Pero sin duda en este caso, lo más satisfactorio con diferencia fue pulsar la reacción del público, su sentir y, por encima de todo, escuchar sus risas. Sí, la gente rio. Siempre se ha dicho y lo comparto, que provocar la risa es más difícil que hacer lo propio con el llanto, así que esas sonrisas, esas carcajadas fueron mi mejor crítica, mi mejor regalo.

En la parte más personal, en el rinconcito emotivo de la experiencia destaco que la actriz que dio vida a Irina es una compañera de la coral Levare, Rosa Forns, lo cual sumó una enorme alegría al resto de emociones.

El grupo de teatro hará algunos bolos paseando Desitjos por algunas salas catalanas. Quién sabe, quizás tengáis ocasión de verles.

Aquí os muestro el hermoso ramo que me entregaron el día del estreno.

Hermoso ramo compuesto por un triángulo de girasoles sobre hojas verdes. En el centro, rosas rosas, unas flores blancas y grupos de flores lilas y blancas.

Si sabéis catalán o tenéis curiosidad, aquí podéis leer la obra completa:

Renovar-se… o fugir.

Pinchad aquí si queréis conocer más sobre la entidad donde se integra el grupo teatral Bell Lloc.

Libros a medias

Una chica leyendo tranquilamente un libro

Veréis. Mientras pensaba cuál sería mi próxima lectura, me ha dado por recordar lo que hace años significaba poder leer. Os hablo de mis doce, trece años. Y quiero enlazar esto con la pregunta a modo de encuesta que veo a menudo en las redes acerca de si es aceptable abandonar o no una lectura comenzada. En la actualidad, nos parece que la oferta de libros accesibles es limitada. Por lo general, los únicos (y no digo que no sean importantes) problemas o dificultades para acceder a la lectura son o bien que una determinada novedad no aparezca en digital o bien que la persona usuaria ciega no pueda permitirse tener un dispositivo o adquirir dicha novedad por cuestiones económicas. Dejando esto de lado, el acceso a la lectura es a la práctica, casi tan amplio como el de cualquier lector.

Pero no, mi intención no es la de analizar el panorama editorial y el acceso a la lectura propiamente dichos sino recrearme en la comparativa y en el cambio que quizás lo que fue y lo que es ha generado en nosotros.

Antes, la forma de leer que no fuera escuchando la poca oferta en libros grabados en cintas de casete era la mucha menor oferta de libros transcritos al braille. Cuando me di cuenta de lo maravilloso que era leer, había llegado tarde a poder hacerlo con la vista. Por consiguiente, siempre que mis padres podían comprarme libros, repasaba como posesa el catálogo de los que la imprenta de la ONCE ponía a la venta. Alucinaríais de lo corto que era ese catálogo. Y no voy a hablar aquí, porque ya lo he hecho alguna vez, de aquellos libros de biblioteca: viejos, polvorientos, roídos.

Así que, ya me veis a mí a esa tierna edad, leyendo obras de Cervantes, Unamuno, Shakespeare, Dostoievski, Galdós, Cela; incluso Freud, Azorín y muchos más autores clásicos, apenas ninguno moderno. No os creáis que lo entendía todo, ni mucho menos. Pero daba igual. El caso era leer. Una vez me quedé sin oferta y quise comprar un diccionario español-italiano, ´si, para leerlo, pero no sé qué pasó que no me lo pudieron servir.

En esta coyuntura, dejar un libro a medias aunque no me gustara era impensable. Seguía leyendo, seguía adelante cual apisonadora, tragando terreno entre montones de pedruscos que convertían muchas lecturas en auténticas proezas. Y no solo eso, no. Muchos de esos libros los leía dos o tres veces, no diré los más infumables, pero sí los que de algún modo me despertaban el gusto o el interés.

Cuando creció la oferta, también me costaba abandonar una lectura, supongo que tenía muy arraigado que los libros había que terminarlos fuera como fuese. tuvieron que pasar años hasta que realmente me di cuenta de que cada vez había más opciones, más títulos al alcance, que no me los iba a terminar y, solo entonces, comencé a descartar las lecturas que me aburrían, que no me atrapaban o que me dejaban indiferente.

Hoy en día, esta práctica no me duele en absoluto. No hay vidas suficientes para leer todo lo que nos gustaría, por tanto, ¿qué sentido tiene desperdiciar horas en algo que nos disgusta? Y que a mí me disguste no significa que a otro no pueda gustarle, eso es evidente, o viceversa, la obviedad cae por su propio peso. Así que leer para mí es una actividad orgánica, que pulsa según pulsan mis emociones, mis sentimientos, incluso mi estado físico.

También me ha ocurrido lo contrario: que tenga que dejar un libro que me llama mucho la atención porque, no sé, porque no me gusta la voz del lector de un audiolibro o me exaspera su forma de leer. Pero ni siquiera eso es ya un obstáculo insalvable. Siempre se puede buscar en otro formato y volver a intentarlo.

¿Y vosotros? ¿Sois de los que llegáis al final de una lectura contra viento y marea o preferís dejarla para sumergiros en una nueva promesa?

Un saludo a mis lectores

Incluso la actividad más gratificante necesita un parón, bien porque te sumerges en otras cuestiones o simplemente para oxigenarte.

Es lo que me sucede a menudo con el blog. He de confesar que después de actualizarlo, cuando me di cuenta de que el contador de visitas ya no funcionaba con la nueva versión y tuve que resetearlo, mi pequeño rinconcito vanidoso, ese que todos tenemos nos guste o no, lo reconozcamos o no, sufrió un ligero bajón. Estaba a punto de contabilizar las cien mil visitas y andaba pensando alguna forma de celebrarlo, como cuando sumé no sé si fueron diez mil, ya no recuerdo. Fue una buena lección.

También me desgastaba un poco el ansia de encontrar una imagen para todos los relatos y, para cuando me di cuenta de que no era necesario ni obligatorio que así fuera, que podía ponerla siempre que resultara sencillo localizarla ya estaba un poco quemada. Me gustaba mucho hacerlo así, y no voy a desistir, pero por fin he decidido no someterme a esa atadura. De hecho ya había empezado a liberarme de ella.

La obligatoriedad de cumplir con la ley de protección de datos también me ha frenado mucho, no por no querer incorporar lo necesario para tener el blog al día en relación a este tema, sino porque no sabía cómo hacerlo hasta que me han ayudado.

Quisiera pedir a los suscriptores que verificarais vuestra suscripción si lo deseáis, a fin de confirmar que vuestros correos siguen operativos para la notificación de nuevas entradas. Si cuando publique esta os llega el aviso, no necesitaréis más confirmación. Si llegáis a leerla y veis que no lo habéis recibido, intentad volver a cumplimentar el formulario que está en el blog.

En definitiva, que aquí estoy de nuevo, con algunos proyectos en mente que desearía ser capaz de sacar adelante. Ahora está de moda ponerle nombre a los proyectos, pero por el momento, voy a abstenerme de hacerlo pues son tan embrionarios que es imposible bautizarlos.

Lo que sí puedo deciros es que mi cuarta novela está ya a punto de iniciar singladura. Y el vocablo marinero no es casual…

Diminutivos y jarrones

No. Definitivamente, no.

Necesito saber qué relación existe entre las personas ciegas y los diminutivos. Me refiero a personas adultas, por supuesto. ¿Por qué alguien que no te conoce de nada se cree con el derecho o en la obligación de hablarte usando diminutivos? Hoy, sin ir más lejos, el policía que renovaba mi DNI: “Marta, si te cojo la manita y pongo el dedito en el punto de inicio, ¿podrás firmar? “Dame la manita. Perdona que la mía está fría, pero tú la tienes calentita.”

Señores, que están ustedes de cara al público, que no son mi abuela. Que no hay absolutamente nada que justifique este tipo de trato.

He acumulado tantas situaciones parecidas a lo largo de los años que sería repetitivo y cansino enumerarlas. Valga solo otro episodio para abordar el próximo supuesto.

Como el radiólogo que un día le dijo a la persona que me acompañaba: “Quítele la ropita y póngale la bata.” Y ahí entramos en el otro asunto, el tema jarrones, cuando por ejemplo en un grupo, alguien le dice a una tercera persona: “Ponla ahí, siéntala aquí, súbela al escalón.” Vamos, como quien moviliza un jarrón de un sitio a otro con las indicaciones de un decorador. Como si además, yo no pudiera moverme sola, aunque sea con indicaciones verbales por si hay que ocupar un lugar determinado.

De verdad. Necesito saber si es que algunas personas piensan que somos niños pequeños, que si nos hablan así muestran algún tipo superior de respeto, que deben brindarnos su protección y cariño porque somos seres desvalidos… No sé, no doy con la respuesta porque lo único que consigo cuando trato de razonar con ellas es una disculpa apresurada, incluso, a veces, ofendida.

Por favor: trátennos como tratarían a los demás. Si es con diminutivos, que sea porque los usan con todo el mundo. Si es con deferencia, porque es así como tratan a los demás. Con indiferencia si procede. De malos modos si me lo merezco. Es fácil. No me distinga.

Estupidez o mariconez

De verdad pienso que estamos perdiendo el norte. Hay expresiones que llevan siéndolo años, muchísimos años, y que para nada aluden a ideologías ni colectivos. Son lo que son, palabras que se han descontextualizado por completo y que simplemente adoptan un significado que todo el mundo comprende. Decir mariconez no insulta a los homosexuales, vamos. La sociedad está llevando el tema del lenguaje a extremos insospechados. El afán por acomodarlo a las nuevas tendencias a menudo da más risa que otra cosa y, bajo mi punto de vista, pone en peligro la comunicación normal y corriente entre las personas.

Me sorprende no haber escuchado todavía que gilipollez atenta contra la dignidad de los varones. Lo mismo habría que poder decir gilivaginez, por eso de la igualdad, ¿no?

Ausencias

Andrés se dio de baja del boletín de novedades, harto de recibirlo a diario y no echar ni siquiera un vistazo al contenido. Pero, los correos seguían llegando puntuales todos los días a las ocho de la mañana. Vamos, incluso podía utilizarlos como alarma para despertarse.

Detestaba aquella presencia impuesta en su ordenador. Pese a la advertencia de que el sistema tardaría unos días en cursar la cancelación, le pareció excesivo que los correos continuaran invadiendo la bandeja de entrada un mes después. Sin embargo, cuando María cortó la relación que los había unido durante tres años, acabó por agradecerlos. Aquellos mensajes, junto con el murmullo de su vino preferido al escanciarlo, eran lo único que producía un tintineo en su soledad desangelada.

Por fin un lunes el boletín no llegó, y Andrés pudo llorar mientras sorbía despacio de su copa las gotas de la última botella que le quedaba en la casa.

Estrés viajero

Voy a contaros uno de los episodios más estresantes que me han ocurrido y aprovecharé para romper una lanza a favor de ciertos trabajadores a menudo vilipendiados.

Esto sucedió el pasado 8 de septiembre.
He de agradecer a mi hijo, que finalmente decidió acompañarme hasta Barcelona, porque por mucho que yo me hubiera esmerado, desde luego no lo habría conseguido. Eran las siete de la mañana, y comenzaba mi viaje a Madrid. No hacía ni frío ni calor mientras ambos esperábamos el tren en la estación de Sitges. El corazón me dio un vuelco cuando por megafonía comenzaron a anunciar una avería que provocaba un retraso considerable en la R2. Íbamos con el tiempo un poco justo, pero llegaríamos con treinta minutos de margen, suficiente para gestionar la asistencia antes de las 8.25, hora de partida del AVE Sants-Puerta de Atocha. Para mi alivio, la incidencia se estaba dando en dirección contraria a la que debíamos tomar, y nuestro tren llegó puntual a las siete y cuarto.

Los problemas empezaron en Castelldefels. El tren se detuvo, cinco, diez, quince minutos. Ninguna información, ninguna aclaración. Llegó otro tren en la misma dirección por la vía vecina y el pasaje, incluidos nosotros, con la exasperación de la desinformación y los nervios, se apresuró a cambiar de convoy. Por suerte, mi hijo estuvo ágil y decidido y cuando escuchó los pitos que anunciaban que el primero iba a partir, tiró de mí hacia fuera y corrimos al abordaje con los segundos pegados al culo, justo para impedir que se cerraran las puertas antes de que se pusiera en movimiento. Yo estaba convencida de que no llegaría a tiempo y que no iba a ser fácil encontrar otra plaza, como no fuera en preferente. Incluso me llamó el muchacho de la asistencia, preocupado porque no había aparecido. Le expliqué el problema y me indicó que fuera directamente al acceso hacia el AVE, que él daría aviso para que desde allí le notificaran mi llegada y pasar a recogerme.

Llegamos a Sants a las 8.10. Quince minutos de infarto. El de seguridad no sabía nada y no quería dejarnos pasar. Yo me planté, le dije que no creyera que iba a perder el tren porque los de la asistencia no estuvieran para acompañarme. Él, que no le habían dicho nada y que sin ellos no podía dejarme pasar. Yo, que tenía tanto derecho como cualquier pasajero a llegar a mi tren como fuera y que si no dejaba entrar a mi hijo, pasaba yo sola o con cualquier viajero que seguro que a nadie le molestaría echarme una mano. Y los minutos transcurriendo. Al final, viendo que yo no cedía, se desentendió y nos dejó avanzar. En el control, la imagen del QR para validar el billete desde el móvil no descargaba. El tren a punto de salir. Creo que en la vida he vivido tal grado de estrés. Era como una película, al límite del tiempo, caminando por la cuenta atrás. El revisor que si pasaba con mi hijo no tendría asistencia en Atocha. Bueno, bueno, un dejadme en paz que ya me apaño y no me toquéis más las narices.

Corriendo por el andén a todo lo que dábamos en busca del coche 3, pero al final me subí en el primero que me vino a mano porque me quedaba en tierra si no lo hacía. Fue subir, sonar los pitos y cerrarse la puerta.

Era el coche 5, me enteré al poco. Pero ya todo me daba igual, ya estaba dentro. Así que con calma saqué el bastón y comencé a caminar en dirección a la cabecera del tren. Una señora muy amable me acompañó hasta mi sitio y una vez instalada, ya se podía caer el mundo que yo ya estaba en camino.

Durante el viaje reflexioné bastante sobre este tema. ¿Cuántas personas habrá que se hayan quedado en tierra por una mala gestión de la asistencia, por un retraso que hubiera podido salvarse en caso de acceder solas a los andenes, como se había hecho toda la vida hace unos años? Preguntando aquí, aceptando el acompañamiento de viajeros desinteresados y amables allá. Desde luego, cuando todo funciona, la ayuda de los trabajadores de Atendo es incuestionablemente cómoda. Pero ¿Y cuándo las cosas no van bien por los motivos que sea? ¿Por qué tenemos que conformarnos con perder trenes o aviones?

Y aquí es donde quiero romper una lanza a favor de las asistencias. Hablaré de Atendo porque traté el tema con la chica que me acompañó en Atocha, pero sé que en aeropuertos ocurre lo mismo. Ella me explicó las condiciones en las que trabajan: todo el turno corriendo, trenes que no entran por donde les han dicho y han de recorrer estaciones enteras para llegar a buscar a las personas, poco personal, PMR con un elevado grado de mala educación que insultan al mínimo retraso, quejas si tardan un poco en entrar a vagones a recogerlos o si asisten a más de una persona a la vez. Desde luego, y como en todo, habrá quienes sean bordes por naturaleza, me refiero a los trabajadores, pero por lo general cumplen como pueden con sus cometidos, y no dan abasto. Tendríais que haber escuchado a la muchacha para comprender el alcance de su malestar laboral y personal porque, pese a las malas condiciones de lo primero, lo que más le afectaba eran las pésimas reacciones de muchos usuarios.

Así que os conmino si es vuestro caso, a ser un poco más benevolentes y comprensivos si procede y, creedme, las más de las veces, procederá.

Visita al Oceanográfico

Hoy vengo por fin con el artículo sobre la visita al Oceanográfico de Valencia, experiencia de la que ya os compartí una anécdota vivida con las taquillas. Con mucho retraso, lo sé. Desde luego, eso solo fue una frívola mención a lo que supuso mi paso por allí. Ante todo, quiero deciros que albergo sentimientos contradictorios con respecto al lugar, sentimientos de los que no fui muy consciente mientras duró la visita, me imagino que por la ilusión y la emoción de todo lo que implicaba estar en un sitio así y en calidad no de visitante sino de entrenador por un día. Que bueno, entrenar no se entrena nada, solo se vive un poco más de cerca lo que los cuidadores hacen día a día.

Debo resaltar la amabilidad de todas las personas que estuvieron con nosotros acompañándonos a través de las diferentes secciones y actividades, a lo largo de la jornada y durante la comida, gente joven, entregada, la mayoría chicas. Asumieron con naturalidad el hecho de que tanto mi compañero como yo fuéramos ciegos, sin aspavientos, sin sobreprotecciones ni rigideces. Respondieron con más o menos acierto a todas las preguntas e inquietudes, sobre el espacio y sobre los animales, si bien, de esto último, más adelante tuve que hacer la reflexión acerca de si eran respuestas sinceras y reales o solo las que deben dar para que todo parezca en orden y correcto. Me explico. Creo que es evidente que los animales reciben los cuidados que necesitan, están bien alimentados, en apariencia, los espacios están limpios, bien higienizados, no hay ni un mal olor. Pero ¿significa esto que viven felices, que no sufren, que no utilizan con ellos métodos de aprendizaje y entrenamiento perjudiciales para su salud emocional y física? Si partimos de la premisa que ningún ser vivo debería estar en cautividad, está claro que todas las respuestas son negativas. Pero ¿es mala la cautividad en estos casos? Hay vídeos donde se puede ver cómo los capturan, y solo os diré que nunca me he atrevido a visualizar ninguno.

Visto desde ese enfoque, me provoca angustia cada vez que pienso en delfines, belugas, leones marinos, morsas y focas, que son los que tuve, eso sí, el privilegio de poder tocar, acariciar y alimentar. ¿Veis lo contradictorio que resulta? Pude tener el privilegio justo porque están en cautividad, me siento afortunada de haberlo podido tener, así que reconozco que las emociones son caóticas. Sin embargo, admito que el contacto con ellos fue maravilloso, puse en mis manos todo el cariño y el respeto que me transmiten y se merecen.

Conocí a Yulca, una beluga. Vi todo su cuerpo, desde el interior de su boca y sus curiosos dientes romos y separados, su lengua, hasta la aleta caudal. Escuché cómo iba cambiando de registros sonoros a cada orden de su cuidador, realmente una variedad pasmosa. La verdad es que me causaba ternura verla ahí asomada al borde de la piscina, tan grande y tan vulnerable a la vez, daban ganas de estamparle un beso en el melón (cabeza). Pero también supe de Cairo, antes y después de la visita, el macho, de su estado físico tan precario, su inmovilidad flotando en el agua. Y de Kilu, su cría tan enferma, aunque creo que al final ha sobrevivido.

Al borde de la piscina tocando a Yulka.

Conocí a Nico, una cría de tres años de delfín, tímido y reservado al principio, juguetón después. pasé mucho rato de cuclillas junto al borde de la piscina, acariciándolo, ese tacto magnífico que no sé definir muy bien, como de silicona viva, terso, suave. Ese hocico gracioso, esos dientes afilados, esos ojos que apenas son una rendija, el espiráculo que procuré no tocar más que en un único y solo roce porque sé que les molesta mucho. Las aletas, los genitales que apenas son un dibujo en la piel, un relieve inverso. Le di de comer, jugamos a salpicarnos, cantó cuando le presenté las palmas de las manos en un gesto reconocible para él. Después conocí a Nica, su madre.

Frente a frente con el delfín.

Dándole un pescado al delfín.

Conocí a un macho de foca, bastante veterano, por cierto, y un poco gruñón. Como no le gustaba que le tocara, apenas le acaricié la cabeza, me limité a darle de comer.

Conocí a Petrus, una morsa. Es impactante escuchar cómo mil kilos de ejemplar se mueven, ese ruido de arrastrarse a pocos pasos de ti, resoplando como un ventilador. Tocar las vibrisas, los bigotes que tienen en la parte frontal de la cara, que a mí me recordaron a un cepillo del pelo, es por esa zona por donde resoplan y casi pueden levantarte la camiseta. Sabía que unos días antes, una de esas morsas dejó sin antebrazo a alguien, pero intenté no `pensar en eso porque sé que en todo, y a veces, ocurren accidentes. Impresiona oírlas gruñir, chasquear, silbar, otro abanico de sonidos emitidos por sus cuerdas vocales muy tensas.

Tocando a la inmensa morsa.

Estuvimos un buen rato presenciando la actividad de los leones marinos. Había tres hembras, cada una de ellas con una cría. Dormían al borde del agua. Cuando despertaron, se lanzaron a remojarse, y tendríais que ver la bronca que organizaron dos hembras por una cría que seguía durmiendo, parecían dos madres enfadadísimas a la puerta de una guardería. Fue muy curioso observar cómo una de las hembras enseñaba a gruñir a su pequeño, tipo mufasa con Simba. Toda una muestra pedagógica. Pudimos palpar todo el cuerpo de una de ellas, observar la diferencia entre los leones marinos y las focas, animales que muchas personas confunden. Incluso posó para la foto de familia, la muy orgullosa.

Posando con la orgullosa leona marina Ámbar.

No disfruté tanto de las exhibiciones, ni la de los leones marinos ni la de los delfines, aunque de estos me gustó mucho escuchar a través de un hidrófono, los múltiples sonidos que emiten bajo el agua para comunicarse, es increíble.

En definitiva. Una grata y paradójica experiencia. Unas seis horas de convivencia que me reportaron la ilusión de un sueño realizado y la inquietud que te obliga a reflexionar y a hacerte preguntas… incómodas.

Ningún ser humano es ilegal

velas y flores en el lugar donde mataron a Mmame Mbage

Los manifestantes lanzan adoquines, papeleras, todo cuanto cabe en sus manos vacías de violencia gratuita, llenas de otras manos de las que agarrarse para sentirse unidos. Un grito unánime, un clamor ganando el aire. Ningún ser humano es ilegal. Negro y blanco coloreando una sola bandera que ondea en la plaza como ola en un océano de deseos compartidos, de rabia que desborda, de sufrimiento profundo y genuino. Ningún ser humano es ilegal.

Él no consigue hacerse con nada para estrellar su solidaridad contra los coches que los rodean, contra los botes de humo, contra las pelotas de goma. Ningún ser humano es ilegal. Le arde la pierna escayolada, arde como su pecho intentando respirar. Yeso por una rodilla rota, metáfora del inmovilismo al que una porra quiere someterlos y que, sin embargo, es el movimiento de tantos corazones lo que simboliza. Ningún ser humano es ilegal.

Entonces, alza las muletas, no necesita un sustento físico cuando a su alrededor tiene sólidas columnas de compañerismo en las que apoyarse. Las levanta sobre su cabeza, apuntala su decisión y las arroja sobre los que utilizan la fuerza bruta institucionalizada. Ningún ser humano es ilegal. Los coches rugen ante él, el humo lo ciega y le roba el oxígeno, los disparos lo ensordecen. Y al final, el silencio, de pronto el silencio plagado de jadeos y silbidos en los oídos, un silencio que palpita en la sangre resarcida. Abandona la plaza, abraza a personas anónimas, recibe bocadillos de quienes no tienen que comer y que ofrecen aquello de lo que carecen para mostrar su más sentido agradecimiento.

Al amanecer, una anciana de color que apenas puede caminar arrastra los pies con dificultad hacia el lugar donde cayó Mmame Mbage. Deposita una vela junto al resto de velas y flores que testimonian una muerte que nunca debió ocurrir. La enciende mientras susurra que Mmame perdió el corazón por no perder la cabeza. La mujer llora con serenidad, las manos con los dedos entrelazados, respetuosa, preguntándose si el dolor de sus piernas le permitirá volver a casa. Cuando se da la vuelta, las ve, tiradas junto a un contenedor ennegrecido. Las mira y no da crédito, dos muletas, dos muletas que parecen nuevas. Las recoge casi con reverencia y se apoya en ellas. Le quedan demasiado largas, pero seguramente eso se podrá solucionar. Djeredieuf, murmura en su idioma, gracias, repite en español. Y apoyada en lo que fue un gesto de entrega desinteresada, regresa poco a poco a su humilde vivienda.