Carta de John Steinbeck

A los que quieren escribir, a los que nos flagelamos por pasar tiempo sin ser capaces de hacerlo. A los aspirantes a ver su nombre en la portada de un libro. A los que se ahogan en el intento. A quienes iniciamos un relato, una novela, una historia y, a la segunda frase, decidimos que no merece la pena seguir.

Leed lo que escribió hace casi sesenta años el maravilloso John Steinbeck:

8 de marzo de 1962

Querida Edith Mirrielees:

Estoy encantado de que su obra Story Writing se publique en rústica. Alcanzará a una audiencia mayor, y eso es bueno. Puede que no enseñe al lector a escribir una buena historia, pero sin duda le ayudará a reconocer una cuando la lea.

Aunque debe hacer mil años desde que me sentaba en su clase en Stanford, recuerdo la experiencia muy claramente. Tenía un brillo en los ojos y una mente frondosa y estaba preparado para absorber de usted la fórmula secreta para escribir buenas historias cortas, grandes historias cortas, incluso.

Usted mató esa ilusión muy rápidamente. La única manera de escribir una buena historia corta, dijo, es escribir una buena historia corta. Sólo después de que haya sido escrita puede ser diseccionada para ver cómo fue hecha. Es un género de lo más difícil, nos dijo, y la prueba reside en qué pocas grandes historias cortas hay en el mundo.

La regla básica que nos dio fue simple y descorazonadora. Una historia, para ser efectiva, debe transmitir algo de escritor a lector, y el poder de esa ofrenda es la medida de su excelencia. Aparte de eso, dijo, no hay reglas. Una historia puede ser sobre cualquier cosa y puede utilizar cualquier medio y técnica mientras sea efectiva.

Como subtítulo a esta regla mantenía que era necesario para el escritor saber lo que quería decir, en definitiva, saber de qué estaba hablando. Como ejercicio nos hacía reducir la esencia de la historia a una frase, sólo entonces nos permitía agrandarla a tres o seis o diez mil palabras.

Así que ahí estaba la fórmula mágica, el ingrediente secreto. Con nada más que eso nos enviaba por el sendero, desolado y solitario, del escritor. Y debimos presentarle algunas historias abismalmente malas. Si yo había esperado entonces ser descubierto en toda mi excelencia, las notas que puso a mis esfuerzos me desilusionaron rápidamente. Y si me sentí injustamente criticado, los juicios de los editores durante muchos años estuvieron de su parte, no de la mía.

Me parecía injusto. Podía leer una buena historia y podía incluso saber cómo se había hecho, gracias a sus enseñanzas. ¿Por qué entonces no podía hacerlo por mí mismo? Bueno, no podía, y quizá es porque no hay dos historias que se parezcan. A lo largo de los años he escrito muchas buenas historias y todavía no sé cómo hacerlo excepto escribiendo una y probando suerte.

Si hay una magia en escribir historias, y estoy convencido de que la hay, nadie ha sido capaz de reducirla a una receta que se pueda pasar de una persona a otra. La fórmula parece residir solamente en la urgencia dolorosa del escritor por transmitir algo importante al lector. Si el escritor tiene esa urgencia, puede que algunas veces, pero de ninguna manera todas, encuentre la manera de hacerlo.

No es muy difícil juzgar una historia después de que haya sido escrita, pero tras tantos años, comenzar una historia todavía me produce un miedo mortal. Iré aún más lejos y diré que si un escritor no está asustado, entonces es felizmente ignorante de la majestuosidad, tentadora y remota, del medio.

Me pregunto si recuerda el último consejo que me dio. Fue durante la exhuberancia de los ricos y frenéticos veinte y yo salía al mundo a intentar ser un escritor.

Me dijo: «Va a llevarte mucho tiempo y no tienes dinero. Quizá sería mejor si pudieras ir a Europa.»

«¿Por qué?» Pregunté.

«Porque en Europa la pobreza es una desgracia, pero en América es una vergüenza. Me pregunto si podrás soportar o no la vergüenza de ser pobre.»

No fue mucho después que llegó la depresión. Entonces todo el mundo fue pobre y eso ya no fue más una vergüenza. Así que nunca sabré si hubiera podido soportarlo o no. Pero sí tenía razón en una cosa, Edith. Me llevó mucho, muchísimo tiempo. Y todavía estoy en ello y nunca se ha vuelto más fácil. Usted me dijo que no lo haría.

John Steinbeck.

Confesión literaria

Nunca he sido buena con las redes sociales ni mucho menos con el marketing. Unos nacen para promocionarse, les sale solo, así, como si tuvieran un gen específico. Bueno, yo no. Se me da fatal, qué queréis que os diga. Soy pésima.

Lo que se me da un poco mejor es poner en palabras lo que pienso o siento, y hoy quiero hablaros del batacazo que ha supuesto la pandemia para los modestos autores como yo, que publicamos justo antes de que todo saltara por los aires.

Con una novela calentita de imprenta, me encontré de pronto con que había que cancelar todos los eventos planeados o en proceso de planificación, léase presentaciones. Estaba ya en conversaciones con salas de Barcelona, Madrid, Esplugues de Llobregat, informándome para Bilbao, y, lo que me hacía más ilusión y que ni siquiera hubo tiempo de empezar a modelar, un encuentro en la escuela a la que acude la chica coprotagonista de mi novela. Por suerte, llegué a tiempo de presentar la obra en la biblioteca Manuel de Pedrolo de mi pueblo, con mi fiel público lector de tantos años y al que debo tantísimo.

Ello supone quedarse en casa con multitud de ejemplares que iban destinados a venderse en las firmas de estos eventos. Imaginad el trabajo de tantos meses, la ilusión, el esfuerzo, el tiempo empleado, la confianza depositada en un producto final que sé que es bueno. No, no es inmodestia, ni muchísimo menos, es el fruto de muchas horas y de toda la experiencia que he podido reunir en años. ¿Que peca de alguna carencia? ¿Que tiene algún defecto? Por supuesto, seguro que sí. Pero lo digo con la humildad de saber lo mucho que cuidé y mimé la obra.

Y añadamos lo frustrante que es tener la certeza de que antes que pueda recorrer un camino provechoso, se hallará en más de un sitio web para ser pirateada.

Es posible que la mayoría ni siquiera hayáis oído hablar de la novela. Permitidme que os la presente:

Portada de Dos horas para que sea mañana donde se ve un velero en un mar revuelto. Por debajo de la superficie, unas rocas. Tonos azules y grises.

Y ahora decidme… ¿No os parece interesante que alguien dispuesto a suicidarse, con un convencimiento absoluto de lo que desea hacer, que ya prepara todo para un mutis silencioso, termine detenido, acusado como autor de un presunto delito de lesiones por agresión y de secuestro de una menor? ¿No os entran ganas de saber qué pasa con él?

Ese es Lucas Guerrero, que navegará por las horas intentando no perder el rumbo de su decisión, pero que encontrará escollos abruptos como Marcelo Godoy; escurridizos como Eva, su exmujer; inquietantes como Nando, el paseante de libros; firmes como su amigo Nacho o sencillamente luminosos como Andrea.

Podéis conocerlos. Disponible en papel y en digital.

Podéis informaros aquí.

O también aquí.

También puedes pedirla en tu librería habitual.

Espero de corazón que podamos vernos en el sant Jordi veraniego del día 23 de este mes. Y vaya desde aquí mi recuerdo y apoyo para todas las personas que han sufrido por culpa del covid19, ya sea por enfermedad, pérdida de seres queridos, desempleo o cualquier otra causa, ante las cuales, mi pequeña queja de escritora se queda en una gota de agua. Un abrazo tan virtual como sentido.

Lo que quiero hacer

Cuando escuchábamos cuarentena nos parecía que era algo de otro siglo, o lo que hacemos las mujeres después de dar a luz, que eso sí son 40 días de verdad. vinculado a un elemento tan desconocido, tan virulento por su capacidad y rapidez de contagio realmente asusta.

No voy a entrar en debates de si no nos dicen toda la verdad, si nos manipulan, si no se está haciendo todo lo que hay que hacer. lo que tengo claro es que yo sí sé lo que he de hacer y es quedarme en casa, no por mí, sino por la persona mayor que más me importa en el mundo: mi madre. Y por solidaridad con todas aquellas que sin que tengan especial relación conmigo, estarán igualmente expuestas si no cumplimos con las recomendaciones que nos están llegando desde las autoridades competentes. Por responsabilidad y sentido común.

Y hay otra cosa que me apetece hacer. Me uno a la iniciativa de compartir mis novelas publicadas y que están en formato epub gratuitamente con todos aquellos que las queráis. Un refugio para Clara, Yo te cuidaré y Las mariposas también vuelan.

lo único que tenéis que hacer es enviarme un correo y serán vuestras. Lo encontraréis

aquí.

Actualizo a día 16 de marzo.

También podéis solicitarme un enlace de descarga directo escribiéndome un DM (los tengo abiertos, no hace falta que me sigáis si no queréis) al usuario:

@martaestradag

Año 2019

no soy dada a hacer balances ni a plantearme propósitos cuando dejo un año atrás y enfrento la llegada del siguiente, más que nada porque lo hecho, hecho está, y lo por venir suele quedarse en buenas intenciones.

Sin embargo, mi 2019 ha destacado entre los anteriores por varios acontecimientos y retos que sí me gustaría compartir con vosotros, no tanto por sacar mis logros a la luz sino para alentar a quienes duden, teman o piensen directamente que no es posible hacer según qué. Siempre he defendido que la tan traída y llevada sentencia de que querer es poder es más un comodín que una realidad: a menudo, muy a menudo, la verdad que pretende encerrar dicha aseveración no es tal verdad. Querer no siempre es poder, pero decir que no se puede sí que con frecuencia esconde un no querer atreverse a poder. Ya disculparéis este juego de palabras.

Jubilarse, que es algo que legalmente sí he podido hacer este año, asusta a muchas personas. Dejar de estar activos no debería dar miedo si buscamos la actividad en otros terrenos que no sean en el laboral. Pese a echar de menos a las personas con las que te has visto durante años todos los días, ni por un segundo he lamentado dejar atrás esta etapa de mi vida. He seguido ocupando mis días tal como lo hacía mientras trabajaba, pero con la tranquilidad que da saber que al siguiente no has de madrugar para ir al trabajo, así caigan chuzos de punta o abrase el sol.

Clases de canto, ensayos con mi coral y conciertos con la misma. Pilates y caminatas para mantener el cuerpo en forma y no solo la mente. Llevar adelante el proyecto de un juego on line que ha ocupado muchísimas horas, meses, hasta haberse podido abrir al público. Terminar mi cuarta novela que verá la luz en enero, si todo va viento en popa.

Quizás todo parezca muy novedoso, pero en todo ello no hay nada que no hubiera hecho o a lo que me hubiera dedicado con antelación.

Lo que realmente marcó la diferencia este año fue haberme decidido a hacer un curso de técnico en intervenciones asistidas con animales. Me costó tomar la decisión por todo lo de dificultoso que entrañaba: cinco fines de semana alternos en Alcobendas (Madrid). Profesionales que nunca habían formado a una persona ciega. Viajes, estancias. He de deciros que tuve miedo, pero finalmente me inscribí, me lancé, y a día de hoy, con el diploma en la mano puedo deciros que nunca he hecho algo tan enriquecedor, tan estimulante. Que pocas veces he conocido a personas tan entregadas, no solo profesoras sino compañeras. Nunca había vivido una naturalidad y complicidad tan auténticas desde el minuto cero.

No voy a explicaros en qué ´consiste, si tenéis interés, podéis visitar su página web:

www.dogtoranimal.es

Sí quiero dejar constancia del esfuerzo, los miles de kilómetros en desplazamientos, las 9 horas intensísimas los sábados y las 5 los domingos, tomando apuntes, planificando sesiones, haciendo roleplay de las mismas, aprendiendo a conocer a muy distintos grupos de usuarios y conviviendo no solo con las chicas del curso sino con los perros que, felices y entregados, se prestaban pacientes a practicar con nosotras. Las prácticas reales en una residencia de ancianos donde pude vivir en mi piel y en mi alma los efectos que este tipo de intervenciones tienen sobre las personas, personas que incluso están totalmente ausentes de su entorno y terminan por conectar con la actividad que se prepara para ellas gracias a, en este caso, un perro. Y el último domingo del último fin de semana, los exámenes, el teórico, el práctico con un perro y el práctico planeando una sesión y exponiéndola oralmente. Hacía muchísimos años que no tenía que estudiar para nada obligatorio ni mucho menos examinarme, y ni os cuento el estrés. Pero lo conseguí. Ahí sí que quise y pude.

Y quiero romper otra lanza a favor de una aplicación que muchas personas no se atreven a utilizar por miedo, recelo o desconfianza. Blablacar:

www.blablacar.es”

Todos mis viajes salvo dos que me tocó hacer en AVE porque no encontré uno que me conviniera los gestioné a través de dicha aplicación. Mirad:

¡No te lo vas a creer!

¡Vaaaaaaaaaaaamos! Has hecho 4539 Km compartiendo coche en 2019, ¡enhorabuena! Gracias a gente como tú, Marta, entre todos estamos cambiando el hábito en la forma de viajar: haciendo un uso más responsable del vehículo, compartiendo recursos y ahorrando en emisiones de CO2. ¡Gracias por aportar tu granito de arena!

Os la recomiendo al cien por cien. No solo por la cantidad de dinero que se ahorra sino porque llegas a conocer gente estupenda, personas interesantes y solícitas que, a menudo, sin estar su destino exactamente donde el tuyo, te dejan en la puerta, o que sin tener que pasar por tu casa, te recogen lo más cerca posible. He vivido muy gratas experiencias, incluso he hecho amigos. No negaré que buscar viaje terminó por convertirse en un plus de estrés porque algunas veces no daba con uno que me viniera bien hasta el día anterior a tener que viajar, pero con todo y con eso, os animo a que no descartéis esta opción si necesitáis desplazaros.

No, no suelo hacer balance, pero si no queda más remedio… Fue un buen año, la amiga que perdí querría que fuera así.

Publicar

Parece que la palabra publicar esconde algún tipo de magia que encandila a los que nos gusta escribir, no solo antes de ver alguna obra nuestra hecha libro sino incluso después, cuando uno o más de estos se han materializado ya. Es una especie de fuerza que nos absorbe, nos hace entrar en un extraño y magnético frenesí que termina por arrastrarnos.

¿Quién no desea ver publicado el fruto de su esfuerzo literario, sea del tipo que sea?

Claro que, una vez estamos dentro de la maquinaria, no todo es tan liviano y maravilloso. El proceso es arduo y, a menudo, tedioso. Imaginaos, al menos en mi caso, tras haber leído y releído innumerables veces la obra, durante y después de su creación antes de entregarla a una editorial, y luego, tener que volver a releerla en las galeradas, es decir, las correcciones del manuscrito.

Imaginaos, también en mi caso, que la primera ronda te la envían en un formato que no da ningún problema, pero la segunda y las siguientes, va en un PDF que se puede leer sin dificultad, pero que se desdibuja a saber por qué y a menudo presenta palabras juntas, líneas entrecruzadas, numeración inexacta de líneas, y algunas lindezas más debido, supongo, a la siempre presente, aunque sea ligera, incompatibilidad del lector de pantalla con este tipo de programas.

Imaginaos la minuciosidad de listar en una tabla todo lo que a ti te parece que es incorrecto, que se ve mal, para que luego te digan que no, que debe ser problema de tu lector, que el formato se ve bien y, sin embargo, tener siempre la incertidumbre de si realmente dejarás algún error por señalar pensando que es otro espejismo.

Horas y horas de relectura, de anotaciones. ¡Sabéis qué ocurre? Que llega un momento en que tu obra te harta, te aburre y llegas a pensar que no la soportas.

Pienso, no quiero ni imaginar cuando me la envíen maquetada, si tengo que volver a pasar por todo esto. Y veremos qué pasa a la hora de aceptar la portada que diseñen.

En fin, que antes de tener el libro en las manos, hay que trabajar a fondo, remar como en galeras y sudar la tinta gorda.

Pero os digo algo. Cuando llega ese momento, cuando coges el primer ejemplar, lo hueles, lo acaricias, cuando comprendes que por fin lo tienes contigo, que podrá llegar a tus lectores, todo lo anterior se olvida. Sí, es como un parto.

Y pronto, en un par de meses, quizás, tendré la satisfacción de presentaros…

Si estáis atentos a Twitter, es posible que en poco tiempo os revele el título.

Per la Txell

Un bosque frondoso con muchos árboles por cuyas copas se filtran los rayos del sol.

No, no podia saber que marxava.
Ho sabia? Ho pensava?
Potser sí que imaginava
que hi ha un camí que s’acaba, que quan hi poses un peu
ja no és possible tornar-ne.
Una veu, un xiscle agut, un somriure murri.
Sempre una immensa rialla.
Inclús callant, inclús cansada,
impossible no copsar la seva força,
la seva ma estesa,
una empenta esbojarrada.
Amiga, companya, com deies tu, suprana.
Canta, riu, xiscla.
Des d’on siguis, amb nosaltres.

Sobre Cuba (II)

Aquí vengo con la segunda parte de mi post, un recopilatorio de lo que pude hablar con personas de a pie durante mi estancia en Cuba. Insisto en la advertencia de que lo que os ofrezco es lo que me contaron, no se trata de información contrastada, y que cada cual en su día a día y en su contexto y ámbito vital puede tener experiencias o realidades que no se ajusten a otras versiones, incluso que sean sesgadas. No entro a juzgar, solo quiero transmitir.

En apariencia, ningún Cubano muestra reticencia a la hora de explicar su situación tanto laboral como social. Tal como os comenté, todos ellos ganan unos 20/30 CUC al mes, el mismo valor aproximado en euros. Da igual si son médicos o camareros. De ahí que deseen trabajar en la rama turística del sector terciario del país, sin duda a la persecución de las propinas que les proporcionan un sobresueldo importante. Por ello, no deberíamos recelar a la hora de entregarles dichas propinas, no como cuando te obligan a dar un 10% o cuando realmente quien nos atiende no lo merece. Los Cubanos, no solo consiguen mejorar su situación económica sino que además son merecedores de obtenerlas, gracias a su buena disposición, amabilidad, la alegría con la que te atienden y lo serviciales que se muestran.

Lo habitual es que al menos tres generaciones vivan bajo el mismo techo. No existen las guarderías como las conocemos: son las abuelas las que normalmente se ocupan de los niños cuando sus madres se reincorporan al trabajo. Tras el nacimiento de un hijo, estas disponen de un año de permiso de maternidad, prorrogable durante tres meses más si por cualquier motivo, el niño no se adapta a estar sin ellas. También los padres pueden ejercer dicho derecho, siempre que la madre trabaje. A ninguna empresa se le ocurriría dejar de contratar a una mujer porque puede embarazarse (así lo dicen ellos). Se le caería el pelo.

Os pongo un ejemplo sobre una de las maneras de conseguir una vivienda. Uno de los principales grupos turísticos de Cuba ofrece a sus trabajadores la posibilidad de obtenerla, al tiempo que fideliza sus servicios. La persona en cuestión ha de trabajar con ellos cinco años, después de los que recibe una vivienda por la que deberá pagar una renta de 17000 pesos durante 20 años, unos 400 euros en total. Pasado este tiempo, la vivienda pasa a ser de su propiedad.

Hay otros modos de ganarse la vida. Una persona que sepa cocinar puede poner un restaurante (paladar) en su casa, por ejemplo. O si le gustan los niños, una guardería. No es necesario tener un título que avale sus habilidades o capacitación. Se dan de alta, pagan sus impuestos al estado y a trabajar. Eso sí: mucho cuidado en no cumplir con las normativas de sanidad, o con un maltrato verbal a un niño o cualquier irregularidad. En cuanto las autoridades reciban una alerta de este tipo, actúan de inmediato, multando, retirando los permisos para dichos negocios o dictando penas de prisión.

Por lo visto, según varias opiniones, no existe la discriminación por raza, género, orientación sexual ni religión. No solo no existe sino que está perseguida y penada, así como cualquier mal trato a la mujer, infancia, tercera edad o discapacitados. Estos reciben una pensión, bastante pobre al parecer, que si el sueldo ya es bajo, no sé cómo será de exigua. Son las familias las que se ocupan de ellos, contando siempre con la solidaridad y buena disposición del vecindario.

Parte de la población es católica, lo cual no dejó de sorprenderme. Hay algunas iglesias dedicadas al culto (como una que tiene no sé cuántos altares de oro de no sé cuántos quilates… ahí queda). El resto, como monumento, se emplea en otras actividades. También existe la santería, pero al final no conseguí que me hablaran de esta práctica.

Cada familia recibe una canasta básica a la semana, atendiendo a su cartilla de racionamiento. Está compuesta de algunos alimentos que no me parecieron excesivamente básicos pero que sin duda para ellos son vitales. Si hay niños, incorpora algo de leche, algunas compotas. Me reconocieron que su contenido es cada vez más pobre. Para ellos, la carne de res, por ejemplo, es prohibitiva, y solo la comen en muy contadas y especiales ocasiones.

La falta de provisiones en las tiendas para la ciudadanía es flagrante. Lo que más piden por las calles hasta lo que pude ver, y siempre desde el respeto, es jabón. Sé que también piden ropa interior, gafas y bolsas de cualquier tipo. Nadie me pidió dinero, nadie en absoluto. No hay perfumerías. No vi a ningún Cubano fumando o bebiendo.

De este modo, lo que para nosotros es un consumible al que no damos ni la menor importancia, para ellos es un lujo: jabón, ya he dicho, pasta de dientes, colonia, los zapatos son carísimos. Os digo algo: ¿por qué careciendo de productos básicos de higiene, ningún Cubano de los que conocí o con quienes me crucé olía mal? No puedo decir lo mismo de algunos españoles…

Como persona ciega destaco la naturalidad con la que me trataron. Cierto es que se sorprendían y que algunas veces no sabían cómo actuar, pero tras la primera indecisión, ningún problema. En las tiendas me lo dejaban tocar todo sin reparos, también en los puestos callejeros para turistas. He de decir que no debe de ser nada fácil moverse por ciudades como La Habana donde las aceras están hechas una pena. Pero estoy convencida de que cualquier persona ayudaría a turistas ciegos que viajaran solos, que les acompañarían incondicionalmente e incluso les meterían en sus casas para atenderlos bien. Perdón… débiles visuales.

Pincha aquí para contrastar con el punto de vista de un escritor cubano.

Sobre Cuba. Mi experiencia en breves listados

Esta no es una entrada al uso sobre viajes. No voy a explicaros qué ver, dónde comer, qué visitar. Hay muchos y buenos blogs que se dedican a desarrollar ampliamente estos aspectos. Tampoco voy a colgar fotos ni audios. Mi única pretensión es enumeraros detalles y curiosidades que quizás no encontrariais en los mencionados sitios especializados en turismo, todos ellos adquiridos en mi paso de varios días por Cuba, principalmente La Habana y Cayo Santa María.

Lo haré a modo de listas a fin de que resulte una lectura ágil y entretenida. Y es importante que comptrendáis que voy a referiros lo que yo he vivido y lo que me han ido contando las personas con las que he hablado. Ello no significa que sea siempre así, que sea toda la verdad o que pase en todos sitios igual. Allá voy, pues.

Aeropuerto, aduanas (tanto ida como vuelta en La Habana):

  • Hay que quitarse todo, salvo ropa: colgantes, pulseras, cinturones, bolsillos vacíos.
  • También zapatos, del tipo que sea. No te dan nada para ponerte en los pies, así que si no llevas calcetines o similares, vas a pisar el suelo que pisan todos los pies sudados y descalzos.
  • Te hacen una foto del rostro, sin gafas.
  • Se quedaron todos los walkies que llevaban los acompañantes para una mejor comunicación y pese al salvoconducto, no los devolvieron a la vuelta.

Infraestructuras, transportes,automoción

  • Apenas hay vehículos privados. Solo un 10% de la población tiene coche.
  • Son habituales los vehículos de la década de los 50 y 60: cabrios, Chevrolet, sobre todo como taxis,muchos de ellos, descapotables.
  • El precio de la carrera de un taxi se establece antes de subirse. Tú dices adonde vas y se pacta el monto.
  • Los taxistas conducen como locos. Entre ellos, se saludan a bocinazos, que no sabes si van a chocar o a estrellarse de tanta estridencia claxonera. En los asientos traseros no hay cinturones.
  • Si en un coche caben seis bien apretujados pues seis que se meten, como sea.
  • Existen las bicitaxis: son un triciclo con un conductor pedaleante y dos pasajeros atrás, uno a cada lado.
  • También las motonetas: un conductor delante y tres pasajeros a cada lado, en hilera, uno detrás de otro.
  • Y los carretones de caballos.
  • Muchos cubanos se desplazan en bicicleta.
  • Es fácil adivinar por qué tienen tanta facilidad para el meneo de cintura y caderas: Los autocares y guaguas se balancean tantísimo que tras un viaje de varias horas sientes que eres un junco (y menos mal, hay que dar gracias a la suspensión blanda pues el nivel de baches es importante).
  • La carretera con puentes que une el continente (como dicen ellos) con cayo Santa María es un pedraplén

Animales varios

  • En el hotel del cayo fumigaban los jardines cada noche. Hay muchos mosquitos, pero no me picó ninguno. A otras personas sí, por tanto, interesante llevar repelente.
  • Hay ranas y sapos en la piscina, entrando y saliendo, y por la noche, su concierto es sinfónico, lo menos.
  • Por los lugares de paso de los jardines de ese hotel, podían verse caminando, dicen que centollos. Dejémoslo en cangrejos.
  • Pese a que había aves y pájaros varios, apenas se oían trinos. Me llamó mucho la atención.
  • Había vacas pastando en la mediana de la autopista
  • Apenas había moscas.

Moneda

  • La moneda nacional es el peso cubano.
  • La moneda de uso para el ciudadano es el CUC, peso cubano convertible.
  • El cubano tiene un sueldo de unos 500 pesos cubanos al mes, unos 25 CUC. Al cambio es un euro con unos pocos céntimos, 6, 8, según dónde cambies.
  • Con el peso cubano nacional solo pueden comprar medicamentos que, según dicen, son muy baratos. Para el resto, deben cambiar.
  • Muchos cubanos intentan trabajar en el sector turístico. Las propinas, aunque sea un CUC por aquí, 2 CUC por allá, les proporciona un sobresueldo vital.

Comunicaciones

  • En el primer hotel teníamos wifi gratis. Cada cliente contaba con un usuario y contraseña personales e intransferibles, larguísimos. Pero… cada vez que ponías el modo avión o se iba la luz, había que volver a introducirlos: no se guardaban.
  • En el segundo, un CUC, una hora. Lo mismo: usuario y contraseña distintos para cada cliente, y no se guardaban cuando desconectabas para no consumir.
  • El resto de opciones, ya según persona y operadora española o comprando tarjeta en destino, lo cual no era tampoco nada fácil de encontrar y creo que nadie lo intentó.
  • Había teléfono en las habitaciones. Incluso en el retrete, no sé bien por qué.

Comida y bebida

  • Lo más representativo que he comido es la ropa vieja, un plato muy completo hecho con arroz, varias hortalizas, carne (res, pollo, cordero) deshilachada a resultas del cocido previo. Me gustó, aunque dudo que lo que yo probé se parezca mucho a lo que puedan darte en una casa particular.
  • El picadillo cubano: un plato típico preparado con carne picada de res, patatas, cebolla, ajo, especias y no sé qué más ingredientes, muy rico.
  • Es muy frecuente que sirvan chips de boniato, y dicen boniato, no batata.
  • Por lo demás, en los bufets libres se podía encontrar lo habitual: pasta, arroces, embutidos (el jamón serrano muy rico, por cierto), verduras, ingredientes para ensaladas, carnes y pescados que te hacían a la plancha al momento, mariscos etcétera.
  • El mango, en temporada, julio y agosto, buenísimo, un manjar, exquisito.
  • A la papaya no se la debe llamar así porque con ese nombre se alude a la parte íntima de la mujer, privada, como nos dijeron. Se llama fruta bomba.
  • La piña colada, exquisita. En algunos sitios la hacían tan espesa que no subía por la pajita.
  • Las cervezas, Cristal o Bucanero, suaves. Yo no entiendo mucho, pero me gustaron bastante.
  • Pan de barra solo lo encontré un día. Por lo general, era de molde o bollito.
  • En muchos sitios, servían el café con un tronquito de caña de azúcar a modo de cucharita. Puedes meterlo en la taza y dejar que vaya disolviendo o usarla para remover el azúcar de sobre. También puedes chupar el azúcar hasta que dejas al descubierto el corazón que es estropajoso al estilo del palo de regaliz cuando lo chupas mucho.

Clima

  • Imprescindible crema con protección al menos de 50. Muchas personas se quemaron incluso así, pienso que por fiarse y no renovarla a menudo.
  • Casi cada día un copioso chaparrón. El agua no da sensación de cálida, es agradable.
  • Es bonito bañarse en una playa maravillosa y escuchar los truenos que se acercan y se alejan sin descargar rayos ni agua.
  • He pasado más calor aquí donde vivo que allí. Sí, el sol cae a plomo, a menudo la humedad es muy elevada, pero no sé por qué lo he soportado mucho mejor.
  • Anochece sobre las 20 horas y amanece sobre las 7. Algunas mañanas incluso tenía un poco de fresco.
  • Hay ventiladores de techo en casi todas partes y aire acondicionado en locales turísticos, zonas nobles de hoteles y habitaciones.

Comodidades

  • Un hotel de 5 estrellas allí no es como los de aquí, sino que ofrece lo que para ellos es lujo.
  • Los colchones son de muelles.
  • Hay cortina en las bañeras y no mamparas.
  • A veces el agua caliente no llega bien, o hay un hilillo de agua, pero nadie se queda sin ducharse, si quiere.
  • Hay secador y commodities básicos.
  • Nevera, televisión, incluso cafetera de filtro eléctrica con sus sobrecitos de café e infusiones.
  • Hay papel higiénico. Lo recalco porque en áreas de servicio y en otros muchos lugares no lo hay. Se puede comprar a las señoras que limpian los baños. Así que es aconsejable llevar clínex.
  • Los microcortes de luz son frecuentes, sobre todo en La Habana.
  • El mobiliario suele ser cómodo, pero eso sí, pesadísimo. A ver quién es el guapo que coge una silla para no arrastrarla. También los cubiertos pesan mucho.

Varios

  • Los cubanos son amables, serviciales y solidarios.
  • siempre hay música por las calles.
  • En algunas calles peatonales de La Habana, los bolardos para impedir el paso de vehículos son cañones incrustados boca abajo en el suelo.
  • Los precios para el turista son muy parecidos
    a los de cualquier lugar turístico en España.

Queda un apartado interesante, el tocante al modo de vida de los cubanos, a sus carencias, beneficios sociales, políticas de estado, etcétera que tocaré en otro post, siempre desde la perspectiva de lo que he visto y de lo que me han contado. También puede que actualice esta entrada con algo que se me haya quedado en el tintero. Si creéis que puedo satisfaceros alguna curiosidad o queréis que me explaye más en algún tema, podéis dejar un comentario. En la medida de mi conocimiento y de mis vivencias, intentaré responderos.

Sin testigos

Jenaro vio a una persona sentada en el pretil del puente y un coche que se paraba justo con las ruedas delanteras sobre el empedrado. Hacía años que el paso de vehículos estaba prohibido, aunque él lo ignoraba. El puente era antiguo y había que proteger la estructura. También lo eran los dos pinos gigantescos, afianzados con tensores para evitar que se inclinasen demasiado. El sol caía a plomo y, pese a ello, Jenaro llevaba puesto un anorac. Miraba a ningún sitio, inmóvil. En realidad, como le ocurría tan a menudo sin ser consciente, su mente había dejado de analizar, sólo percibía. Veía, simplemente. Así lo suponían quienes le conocían y estaban convencidos que carecía de discernimiento.

Dos figuras se bajaron del coche. Un coche blanco. No vieron a Jenaro porque quedaba medio oculto tras uno de los enormes troncos, protegido sin saberlo por la luz que deslumbraba a los recién llegados. Jenaro bostezó emitiendo un sonido como el canto del cuco. Las figuras se detuvieron y miraron alrededor, pero no dieron importancia a lo que para ellos no era más que un pájaro. Como tampoco se la dieron a las tórtolas y a las cigarras. Se adentraron en el puente y se acercaron con sigilo a la persona sentada. A Jenaro le molestó un poco que desdibujaran su paisaje. Tenía el sol a la espalda y se abstrajo un momento en el instante en que su sombra rozó la estaquilla del tensor.

Cuando volvió a conectar con su entorno, las dos figuras sujetaban a la que ya no estaba sentada y la arrastraban hacia el coche. No les importó que tropezara. Se limitaron a impedir que cayera. Se oyó un grito ahogado. Jenaro movió la cabeza, levantó la mano derecha y trazó unas líneas en el aire. Un gesto sintomático. Se miró la mano y murmuró algo sobre rusos y americanos. Luego detectó un bulto negro que corría hacia el coche desde el lecho seco del arroyuelo. Un perro negro. Se distrajo con su movimiento. Pasado el interés, advirtió que el coche se alejaba. Ya no había nadie en el puente. El perro también se alejaba.

Jenaro observó su reloj con detenimiento. Pensó que le darían de merendar si regresaba a tiempo a la residencia. Su apreciado café con leche. Bostezó de nuevo y volvió a escucharse el canto del cuco en el silencio de la tarde. En su mente cobró fuerza la imagen de una taza humeante. Y echó a andar, olvidando todo lo que no fuera satisfacer su deseo.

Nunca más se supo de la persona desaparecida. No hubo testigos, ninguna pista, ninguna matrícula de coche. Jenaro siguió yendo al puente durante varios años, una hora antes de su venerado café con leche. Y, a veces, se acordaba de aquella mujer rubia, de aquellos dos hombres tan distintos uno del otro, de aquel pastor alemán y de aquel coche blanco con una matrícula de cuatro números terminada en FpJ.

Estreno en teatro

Cartel anunciando las cinco obras de teatro, con fotografía de los actores que intervienen en ellas

El día 7 del pasado mes de julio se estrenó mi obra Renovar-se… o fugir (Renovarse… o huir), representada por el grupo de teatro Bell Lloc, integrada en un variado y divertido entremés de obras titulado Desitjos (Deseos), de una duración aproximada de 20/25 minutos cada una de ellas y dirigida por Joan Rosquellas. También se representó al día siguiente con una exitosa afluencia de público.

Salvo la obra de teatro Navidad para un adolescente judío, adaptación que yo misma hice de mi relato homónimo ganador de uno de aquellos lejanos premios literarios promovidos por la revista Prometeo impulsado por la ONCE y que se representó en el colegio Joan Amades ante familiares y profesores mientras cursaba, creo, octavo de EGB, nunca había vivido algo escrito por mí, en directo y ante el público. En aquel entonces, recuerdo haber sentido timidez y vergüenza, sobre todo cuando se empeñaron en que dirigiera algunas palabras a los presentes. Sin embargo, el día del estreno, la sensación fue extraña y maravillosa a la vez. Fue como verse en un espejo sonoro, escuchar esas palabras que un día brotaron de tu imaginación y pensaste que solo la voz sintetizada de tu ordenador leería para ti.

Pero sin duda en este caso, lo más satisfactorio con diferencia fue pulsar la reacción del público, su sentir y, por encima de todo, escuchar sus risas. Sí, la gente rio. Siempre se ha dicho y lo comparto, que provocar la risa es más difícil que hacer lo propio con el llanto, así que esas sonrisas, esas carcajadas fueron mi mejor crítica, mi mejor regalo.

En la parte más personal, en el rinconcito emotivo de la experiencia destaco que la actriz que dio vida a Irina es una compañera de la coral Levare, Rosa Forns, lo cual sumó una enorme alegría al resto de emociones.

El grupo de teatro hará algunos bolos paseando Desitjos por algunas salas catalanas. Quién sabe, quizás tengáis ocasión de verles.

Aquí os muestro el hermoso ramo que me entregaron el día del estreno.

Hermoso ramo compuesto por un triángulo de girasoles sobre hojas verdes. En el centro, rosas rosas, unas flores blancas y grupos de flores lilas y blancas.

Si sabéis catalán o tenéis curiosidad, aquí podéis leer la obra completa:

Renovar-se… o fugir.

Pinchad aquí si queréis conocer más sobre la entidad donde se integra el grupo teatral Bell Lloc.