Y… ¿escribir?


Lo de escribir no sé quién me lo inculcó. La propia lectura, supongo, porque a mi alrededor nadie se dedicaba a ello. Mi hermana había escrito algunos cuentos, recuerdo, en libretas de las del colegio; pero ni continuó haciéndolo ni a mí me sirvió de ejemplo. Por tanto puedo asegurar que de algún modo lo llevaba dentro, y germinó cuando estuve lista. Y este momento, como el de la lectura, llegó con la pérdida de la vista. ¿Por qué? No lo sé. Quizá porque se me cerraban algunas puertas, había otras que se abrían. Lo ignoro.
Lo único que recuerdo haber escrito antes de lanzarme de verdad a ello fueron los textos de unas viñetas que yo misma dibujaba. Algo así como:
¡Va a venir la tía María! (le grita la esposa al marido medio sordo).
Él entiende que les ha tocado la lotería, y se vuelve loco comprando de todo.
Mi mayor alarde de creatividad, con ocho o nueve años.
Pero en serio, en serio, y en braille, cuando descubrí que podía leer y escribir (como si antes no fuera posible) fue cuando inventé una especie de capítulo de Mazinger Z, que entonces hacía furor en televisión, con diálogos entre Koji y Sayaka. Recuerdo la sensación mientras escribía con el punzón y la pauta, sentada en la mesa del comedor de casa. Era emocionante, los pensamientos fluían de mi cabeza a mi mano y tomaban forma de frases en un papel. Y lo estaba haciendo yo. La semilla estaba sembrada, y ya no había vuelta atrás.
Mis novelas cortas empezaron a brotar cuando tenía trece años. La primera, Cathy en la montaña, estuvo muy influida por las dos de Puk que me leyeron en su momento. Una historia que transcurre en un internado mixto, con un misterio a resolver, algún que otro enamoramiento y tantas incongruencias en el argumento que leerlo ahora me provoca risa.
El fantasma de Villa Jupersim. Una familia formada por matrimonio, abuela y tres hijos, se instala en una especie de mansión donde enseguida empiezan a ocurrir cosas extrañas. Los dos hijos mayores no cesarán hasta desentrañar el misterio. Por supuesto, con su buena dosis de pifias y disparates.
Un corazón sin lugar para el amor fue la siguiente. Y no, no era una novela rosa, sino la historia de un niño cuyo padre jefe de pescadores de a saber dónde ha de ausentarse con su flota cuando su hijo es todavía muy pequeño. Tarda algo así como siete años en volver y claro, su retoño no lo reconoce y no está dispuesto a aceptarle como padre. Yo no sé lo que iría a pescar el buen señor, quizá un dinosaurio marino, para dedicar tantos años a la tarea. El caso es que ya adolescente, y gracias a su novieta, mi héroe desabrido hace las paces con el pescador que tiene sus años y ha penado bastante, y todos felices.
Olvidaba Cruzero misterioso, sí, así con z, que lo mío me está costando que el corrector lo deje tal cual. Se trata de una novela al más puro estilo Agatha Christie, con un barco en pleno viaje y varios crímenes entre pasajeros y tripulación. Aquí lo más divertido es que no tuve reparo (por desconocimiento profundo) en utilizar nombres o apellidos de personas conocidas, por ejemplo: “–¡Oh muy bien, coronel Graham Greene!”, además de inventar procedimientos, mecanismos y cualquier elemento que me hiciera falta para desarrollar la trama.
Estas fueron las primeras, y las escribía como churros, intercalando la composición de poemas de los cuales conservo una pequeña colección. A partir de los quince años ya tuvieron un poco más de consistencia, aunque siempre desde la más estricta inventiva, porque jamás me documentaba. Y no sólo eso sino que tal como las palabras se plasmaban en el papel, así se quedaban, no había forma de corregir a no ser que rechazase toda la página, y no estaba por la labor. Vivir para morir, Acrópolis (que en realidad debiera de haber sido Necrópolis, pero me quedé tan ancha) y Retorno del más allá fueron mis incursiones en los fenómenos paranormales de todo tipo. Siempre, la única de ciencia ficción, y Los fugitivos de Keylan, fantasía sin seres extraños, fruto de algo que soñé una noche.
La veritat oculta, El dret de viure una nit y En aras de mi libertad fueron las primeras que escribí como adulta y las últimas que terminé en mucho tiempo, porque en cuanto sentí que tenía capacidad no sólo para escribir sino para transmitir, la producción se redujo drásticamente. Llegó la autocrítica y la documentación, y cuando alcanzas este punto, la exigencia aumenta tanto que termina la churrería de libros, por lo menos en mi caso.
Lo más surrealista que hice fue escribir una novelita titulada Enrique, en una Olivetti, a pelo, sin ver lo que escribía. El problema no era de mecanografía, por supuesto, sino de poder llevar una trama adelante, por muy sencilla que fuera, sin poder ver lo que escribía, sin poder releer para no perder el hilo de las frases etc. La extravié, pero estoy segura de que la encontraré en algún rincón y podré escanearla y leerla. Francamente, no recuerdo ni de qué va.
Alguien ha dicho que para llegar a escribir de un modo decente, como ocurre con la práctica en otros campos, hay que haber trabajado 10.000 horas, leyendo y escribiendo. Entre mi listado de unos 1500 libros leídos, todo lo escrito (porque lo mencionado fue lo que terminé, pero he empezado cientos de novelas), los relatos para concursos literarios ganados y no ganados, las historias y roleos en juegos de rol, que no dejan de ser como novelas en directo… pienso que quizá llevo a cuestas esas miles de horas, puede que algunas más, y que tal vez por eso hoy puedo decir que voy a publicar mi primer libro.

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Autor: Marta

Soy de finales de los 60, así que he vivido una época interesante en mi infancia y adolescencia, llena de cambios, llena de libros. Estudios, trabajo, matrimonios frustrados, hijos maravillosos. Nada demasiado diferente de cualquiera de vosotros. Entrando en los cincuenta. Dicen que es la mejor etapa de la vida...

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