Ningún ser humano es ilegal

velas y flores en el lugar donde mataron a Mmame Mbage

Los manifestantes lanzan adoquines, papeleras, todo cuanto cabe en sus manos vacías de violencia gratuita, llenas de otras manos de las que agarrarse para sentirse unidos. Un grito unánime, un clamor ganando el aire. Ningún ser humano es ilegal. Negro y blanco coloreando una sola bandera que ondea en la plaza como ola en un océano de deseos compartidos, de rabia que desborda, de sufrimiento profundo y genuino. Ningún ser humano es ilegal.

Él no consigue hacerse con nada para estrellar su solidaridad contra los coches que los rodean, contra los botes de humo, contra las pelotas de goma. Ningún ser humano es ilegal. Le arde la pierna escayolada, arde como su pecho intentando respirar. Yeso por una rodilla rota, metáfora del inmovilismo al que una porra quiere someterlos y que, sin embargo, es el movimiento de tantos corazones lo que simboliza. Ningún ser humano es ilegal.

Entonces, alza las muletas, no necesita un sustento físico cuando a su alrededor tiene sólidas columnas de compañerismo en las que apoyarse. Las levanta sobre su cabeza, apuntala su decisión y las arroja sobre los que utilizan la fuerza bruta institucionalizada. Ningún ser humano es ilegal. Los coches rugen ante él, el humo lo ciega y le roba el oxígeno, los disparos lo ensordecen. Y al final, el silencio, de pronto el silencio plagado de jadeos y silbidos en los oídos, un silencio que palpita en la sangre resarcida. Abandona la plaza, abraza a personas anónimas, recibe bocadillos de quienes no tienen que comer y que ofrecen aquello de lo que carecen para mostrar su más sentido agradecimiento.

Al amanecer, una anciana de color que apenas puede caminar arrastra los pies con dificultad hacia el lugar donde cayó Mmame Mbage. Deposita una vela junto al resto de velas y flores que testimonian una muerte que nunca debió ocurrir. La enciende mientras susurra que Mmame perdió el corazón por no perder la cabeza. La mujer llora con serenidad, las manos con los dedos entrelazados, respetuosa, preguntándose si el dolor de sus piernas le permitirá volver a casa. Cuando se da la vuelta, las ve, tiradas junto a un contenedor ennegrecido. Las mira y no da crédito, dos muletas, dos muletas que parecen nuevas. Las recoge casi con reverencia y se apoya en ellas. Le quedan demasiado largas, pero seguramente eso se podrá solucionar. Djeredieuf, murmura en su idioma, gracias, repite en español. Y apoyada en lo que fue un gesto de entrega desinteresada, regresa poco a poco a su humilde vivienda.

Yo también tengo derecho

Este lugar huele muy mal. No me atrevo a moverme, y durante todo el tiempo solo quiero hacerme pequeño en una esquina, muy pequeño, como si no estuviera. Los dos patas del cajón con ruedas me tiraron aquí, ellos debieron de creer que con cuidado, pero me hicieron daño. Son humanos, hombres y mujeres, y se llaman con nombres parecidos a los que nos ponen a nosotros los perros cuando quieren que estemos con ellos.

Antes de este rincón estuve en un sitio donde también había muchos como yo, con la diferencia de que allí respiraba buen aire y a veces caía lluvia que me limpiaba. Lo llamaban Protectora. Los días de suerte, un dos patas amable me sacaba a pisar hierba y tierra, incluso, de vez en cuando, podía correr y perseguir alas de colores que se llamaban Mirlo, o Tórtola. Y me acariciaba. Hasta me hablaba palabras cariñosas. No era lo mejor, no había mucha comida, pero bastaba, podía soñar con lanzarme a por una presa hasta caer con la lengua fuera, contento y cansado.

Un día, una pareja de dos patas con cachorros que reían me llevaron a su techo. Ellos lo llamaban casa. Aprendí que yo era Nudos. Y fui un Nudos feliz, aunque me pincharon, me hicieron comer bolas amargas para curarme, me enseñaron a sentarme cuando ellos querían y a tumbarme cuando no quería yo. Soporté tirones de orejas y de rabo, acepté estar callado cuando todo por dentro me impulsaba a expresar mis emociones. Ni siquiera me subía a la blandura donde dormían los dos patas que se convirtieron en mis dueños si ellos no estaban para reñirme.

Creo que lo hice todo bien, o todo lo bien que me fue posible. Necesitaba gustarles, agradecerles lo que habían hecho por mí.

Y, sin embargo, aquella vez de ruido en el cielo y mucha agua, ellos abrieron la puerta de su caja con ruedas y me empujaron afuera. Fueron bruscos, pero bajé, y les dije adiós como tantas veces cuando se iban a algún sitio porque confiaba en que volverían a recogerme. Claro que confiaba, siempre habían vuelto antes o después. Y esperé, muy mojado y muy solo mientras muchas cajas con ruedas y luces pasaban y no se detenían.

Esperé hasta que me quedé seco y vacío y tuve que moverme para buscar alimento, para buscarlos a ellos. Caminé por el suelo duro, por la tierra mojada, por los sitios amigos y por los lugares enemigos. Me llamaban, pero nadie decía mi nombre, como si Nudos ya no existiera. Caminé muchos soles y muchas lunas, huyendo de gritos y de piedras, con el miedo entre las patas y la soledad dentro de mi cuerpo. Y no encontré el techo de mis dueños. De verdad que busqué y busqué, pero un día perdí el olor y ya nunca más conseguí recuperarlo.

Y aquí estoy. Ahora se llama Perrera.

Hay tantos como yo en este sitio de barrotes, tantos que se muerden y se quitan la comida, pelean y ladran muy alto, y se enfadan y lloran. Grandes y pequeños, buenos y malos, de todos los colores y de todas las procedencias. El espacio es insuficiente. Ellos se pisan y se empujan y, aunque yo intento no moverme de mi rincón, acaban mordiéndome para conquistar el territorio que me cuesta tanto defender. Huele mal, a pesar del agua fuerte que los humanos disparan a menudo desde el otro lado de los hierros con un brazo muy largo que se llama manguera. Es tan fuerte, tan fría a veces, que si llega a tocarme no me queda más remedio que gemir de dolor. Nunca me había dolido el agua. Nunca me había dolido estar.

No quiero vivir en este sitio donde no hay aire ni lluvia, donde no hay caricias, donde me hacen daño y no tengo amigos. Todos los días espero a mis dueños, aunque casi estoy olvidando su olor. Todos los días empiezan y terminan, y ellos nunca vuelven. Sería más bueno, me portaría mejor. No pediría comida y procuraría quedarme con mi pelo. No tiraría de la correa para ir deprisa si ellos quisieran ir despacio. Incluso dejaría de ponerme como loco cuando me dieran galletitas para que comprendieran que les iba a querer igual, aunque no me premiaran. Pero ellos nunca vienen, no vuelven.

Tampoco quieren saber nada de mí los que sí vienen y miran, y buscan y escogen a otros para darles un techo. Se los llevan, y pienso que son afortunados.<

Ahora me doy cuenta de que yo también huelo mal. Hay partes de mi cuerpo sin pelo, y no puedo evitar rascarme. Me pica todo, y Soy un perro feo, inútil, y estoy enfermo. Por eso no me quieren, lo sé. Yo les digo que seré bueno, pero no me escuchan. Nadie me escucha.

El humano Jaime que cuando entra a los barrotes lo hace con una aguja en la mano, me observa demasiado. Sé que cuando pincha no es para curar, como aprendí antes. No, cuando pincha es para no estar más. Quiero y no quiero no estar más. ¿Cómo será no estar más? ¿Habrá dos patas allí? ¿Habrá cajas con ruedas que te llevan muy lejos para no volver nunca? ¿Y lluvia, alas de colores y mucha tierra para correr?

Apoyo el hocico en mis patas y cierro los ojos mientras pienso que no es justo, que yo no hice nada para merecer esto. Sin embargo, si me pinchan, prometo no quejarme.

Y entonces ocurre algo.

Escucho una voz extraña, de un dos patas que ya no es un cachorro, pero tampoco un adulto. Se dice chico. Es una voz monótona, que no sube ni baja, como una caja con ruedas en un suelo plano. Abro los ojos y trato de encontrar su imagen, pero hay una aglomeración de cuerpos ansiosos y apenas puedo distinguirla. El humano Jaime está con él y va señalando a los demás, a los grandes, a los bonitos, a los que no huelen mal ni están enfermos. No entiendo muchas de sus palabras, pero sé que solo unos pocos privilegiados son dignos de abandonar los barrotes, solo unos pocos llaman la atención de los que quieren regalar un techo.

Transcurre el tiempo allí fuera. El chico camina junto a los hierros y creo que nos mira uno a uno, en silencio. Avanza unos pasos y se detiene, muy quieto, muy rígido, con los brazos a lo largo del cuerpo. Se ha quedado solo, y ha de tomar una decisión. Vuelvo a cerrar los ojos porque me duele el pensamiento cuando por fin comprendo, después de tanto tiempo, que nadie me elegirá jamás. Somos demasiados, los dos patas se desprenden de nosotros como si fuéramos bolsas de basura. Nos regalan a los cachorros humanos, pero un día molestamos, por cualquier motivo, y nos tiran.

Oigo que hablan de mí. ¿De mí? El dos patas Jaime ha regresado y mueve mucho las manos mientras le habla palabras al chico. Me señala, y su cabeza dice que no una y otra vez.

—Es un error, muchacho. Este perro tiene leishmaniosis. Sería mejor sacrificarlo.

Parece que el joven dos patas no le hace mucho caso; sigue callado, inmóvil. Aunque tiene a Jaime delante, no le mira directamente a los ojos. Es raro un humano que no mira a los ojos. En realidad, el chico es raro. Nunca he sentido a uno de ellos como siento a este, diferente, humano, pero diferente de todos los que he conocido. Vienen más dos patas dueños de los barrotes, y el chico sigue sin mirarlos a los ojos y sin hablar.

Me levanto con mucho cuidado, curioso. Una de mis patas se dobla, pero consigo enderezarla. Lo difícil será lograr paso entre los cuerpos ansiosos. Me cuesta mucho meter el morro para abrir un camino. Qué débil estoy. A pesar de las dificultades, alcanzo la primera fila, me siento y asomo el hocico. Perro Grande Manchado me da una dentellada en la oreja, pero al igual que muchos de los demás, se retira al fondo, no sé por qué.

El chico está muy cerca, al otro lado de los hierros. No sé si escucha lo que le hablan los humanos que se han juntado a su alrededor, aunque parece que no. Comprendo que dicen palabras sobre mí porque me miran y me señalan, todos ellos, bueno, todos menos el dos patas joven, que de pronto, sin mover la cabeza ni el cuerpo, pregunta mi nombre.

Me estremezco, como cuando me acariciaban. Nadie contesta, porque ya no tengo nombre, nunca más fui Nudos desde que me abandonaron. Es triste no tener nombre, y no sé cómo decirles cuál me pusieron mis dueños. El joven dos patas se acerca a los barrotes, muy despacio, y me tiembla el morro, me tiembla todo el cuerpo, así que necesito tumbarme. Tengo miedo primero, luego curiosidad, después esperanza.

El chico se arrodilla delante de mí, y entonces pasa algo especial. Inclina la cabeza, y sus ojos del color de la tierra húmeda me miran, a mí, no solo a mí, a mis ojos, como no ha mirado a ningún humano, y se establece una conexión entre nosotros. Mete una mano por los barrotes y me acaricia. Se la lamo, solo un poco, pues aprendí que a algunos humanos no les gusta. Él es diferente a todos los dos patas que he conocido, quizá por eso quiere llevarme a su techo. No sé si está enfermo como yo, pero eso me da igual: podría quererle mucho, y con todas mis fuerzas intento trasmitírselo.

El chico Hugo pide que me saquen de los barrotes y, confundido y expectante, salgo fuera, tembloroso. Él vuelve a arrodillarse… y me abraza, aunque huelo mal y estoy enfermo, y creo que tendré que gemir flojito porque hacía mucho tiempo que nadie me tocaba de esta manera. Me abraza con la cara muy cerca de mis ojos, así que puedo ver que los suyos brillan. Y me habla con su voz monótona y suave:

—Eres diferente, como yo, lo noto, y no me importa. Este hombre piensa que hay que sacrificarte porque tienes leishmaniosis. ¿Le digo que mis padres podrían hacer lo mismo conmigo porque tengo Asperger? No vale la pena, no lo entendería. Tienes derecho a ser feliz. Me llamo Hugo. Y tú te llamarás… Nudos, porque tienes todo el pelo enredado.

Ahora no puedo evitar chuparle la sonrisa. ¡Volveré a ser Nudos! ¿Cómo sabe mi nombre? Es un humano especial, debe de ser por eso. Muevo el rabo con toda la energía que consigo reunir. Entonces, de los ojos de mi nuevo dueño Hugo brotan dos lágrimas. Me levanta en sus brazos con mucho cuidado y, mientras él se aleja, yo cierro los míos y también sonrío.

Mi relato finalista en el “I Certamen de Relatos Animalistas Crónicas desde el Matadero” 2015.

Soy un ovillo

A mí no me gusta ir al colegio. No me gusta porque hay que cruzar una calle con muchos coches, y a veces el semáforo no funciona, y si el semáforo no funciona me da miedo que me pille un coche. No me gusta porque hay niños que gritan mucho y me tocan, y se hacen caca, y la caca es de color marrón y el color marrón no me gusta. No me gusta porque yo quiero hacer matemáticas más difíciles y solo me ponen sumas y restas que son operaciones para niños muy pequeños, y yo no soy pequeño, y entonces pienso en las matemáticas que a mí me gustan y Nieves se enfada porque no la escucho cuando habla.

No me gusta ir al colegio porque un día estuve en un cuarto con una chica que me tocaba el pene, porque mi padre y mi hermana dicen que hay que decir pene, que hay otras palabras pero son feas. Y ella me tocaba, y no me gusta que me toquen, pero sí me gustaba que me tocara el pene y que lo pusiera dentro de un agujero, y entonces tengo miedo porque si no me gusta que me toquen no entiendo por qué sí me gusta que me toquen el pene. Y después hubo mucho problema y todo el mundo gritaba y me reñía, y Elena y mi padre me decían que nunca tengo que dejar que nadie me haga esto, y esto quiere decir que es malo.

Por eso me tocaba yo solo, que también es raro, porque me gusta mucho y no puedo hacerlo en cualquier sitio como hago puzles que también me gusta mucho, y no entiendo por qué puedo hacer puzles o rompecabezas, y no puedo tocarme el pene. Y mi padre me dice siempre que solo puedo hacerlo en mi cama, pero yo no estoy todo el día en mi cama y es difícil lo que me dice. Además, yo quería saber si todos tenemos un pene, y resulta que las chicas no tienen un pene, que todas tienen un agujero como la chica del cuarto, pero ninguna chica más me deja ver el agujero y si no veo las cosas no puedo entenderlas. Porque yo sí he visto el pene de mi padre, y el de Chema, que es el novio de Elena, porque un día entré en el baño y él está haciendo pis y le vi el pene.

Y como hay muchas cosas que no entiendo, no hablo, o me voy a mi rincón y me hago un ovillo, que esto significa que tengo forma de ovillo de lana, y me quedo mucho rato callado y pienso en las matemáticas que me gustan. Y no entiendo por qué cuando hablo con mi voz, y no con mis pensamientos, nunca digo nada, o repito mucho las palabras. Yo sé que las repito porque estoy nervioso o tengo miedo, pero no sé por qué digo las palabras como si fuera un niño pequeño. Y no sé por qué nadie entiende que todo está dentro de mi cabeza y que yo pienso y sé cosas y no puedo decirlas porque no sé cómo decirlas. Pero tampoco quiero que todo el mundo sepa que pienso y que puedo escribir, por eso solo pongo nombres y dibujos en los papeles, y esto lo escribo cuando mi padre está haciendo algo y no me ve.

Y tengo miedo de que mi padre se muera porque está muy enfermo. Y si se muere me voy a quedar solo porque Elena está en una ciudad muy grande y yo no puedo vivir en una ciudad muy grande porque me da mucho miedo. Y pienso cómo voy a vivir solo y creo que no podré comer mucho porque es muy difícil encontrar comida de algunos colores, y porque muchas personas no me entienden cuando quiero algo. Yo no quiero que mi padre se muera. Mi padre es bueno y solo me abraza si yo quiero que me abrace, y no me toca si yo no quiero que me toque. A lo mejor puedo quedarme con Chema, que es el novio de mi hermana, y tiene un coche, que no es rojo, pero tampoco es marrón, y me gusta ir con él en el coche porque me deja poner música y me deja poner las marchas. Pero Chema también trabaja en la ciudad. No sé con quién podría quedarme si mi padre se muere y esto me asusta mucho.

Y ahora creo que soy malo porque un día me metí en la cama de otra hermana que tengo que no la conozco mucho porque nunca está mucho tiempo, que se llama Alicia, y yo pensé que podía ver su agujero. Y lo busqué entre las piernas que es donde está el agujero y ella se despertó y empezó a gritar y me empujó y me pegó. Y entonces vino mi padre y me apartó de la cama y para apartarme de la cama me cogió el brazo y yo no quería que me tocara. Y también vino Elena y empezaron a hablarme mucho, y Alicia gritaba y yo no entendía nada. Y después Alicia se fue de casa, y más tarde vinieron a buscarme unos hombres que me ataron las muñecas y me tocaron, y entonces sí grité porque no me quería ir y porque me estaban tocando mucho. Y aunque me metieron en un coche que no era rojo pero tampoco era marrón, no me gustó. Y mi padre se quedó en casa sentado en el suelo, y como se tapaba la cara y movía los hombros yo creo que estaba llorando. Y cuando alguien llora Nieves me enseñó que es porque está triste, o tiene dolor.

Y los hombres me metieron en un cuarto que no tenía nada, ni puzles, ni papel ni lápices para pintar, y me quitaron los cordones de mis zapatillas y esto también me enfadó mucho porque me cuesta mucho hacer los nudos. Y me dejaron solo y yo quería hacer pis y no había dónde hacer pis y entonces tuve que hacérmelo encima. Y como gritaba y no venía nadie y nadie me oía, entré en mi cabeza porque en mi cabeza no había ruido, y allí estoy mejor y más tranquilo, y me hago un ovillo y entonces me da todo igual.

Y después vino un hombre que era un médico y yo oía que me hablaba muy lejos, pero tampoco le dije nada. Él no me tocó mucho, creo que solo me miró los ojos un momento, y como yo no miraba, no me importó tampoco. Porque no me gusta que me miren a los ojos. Y después entró Elena y me abrazó, y tampoco me importó que me abrazara porque yo estaba dentro de mi cabeza. Y ella hablaba y también lloraba, pero se fue. Y entonces sí grité mucho y la llamé, pero ella se fue y no me hizo caso y me quedé solo.

Y ahora Alicia no ha venido más y mi padre está muy triste. Y Elena vive con nosotros y entonces si mi padre se muere no me quedaré solo, y esto no me asusta tanto. Pero no quiero que mi padre se muera, y sí me da mucho miedo pensar que mi padre se va a morir.

Ya no me toco el pene porque si han pasado muchas cosas malas porque un día una chica me tocó el pene y porque otro día quería ver si Alicia tenía un agujero, es porque tocarse el pene es malo y porque mirar el agujero de las chicas o tocar el agujero de las chicas también es malo. Y a veces tengo muchas ganas pero como no es bueno que me toque el pene, me muerdo dentro del brazo para que no me vean. Y también tengo que probar cuánto tiempo puedo estar sin comer por si algún día me quedo solo, por si mi padre se muere y Chema y Elena están en la ciudad trabajando y no vienen.

Todo es muy difícil, así que me hago un ovillo. Soy un ovillo

La utilidad de la desmemoria

Balcón con ropa tendida a contraluz.

Imagen de Elena Navarro

Celia sale al balcón a tender la ropa que ha encontrado en el cesto, en medio del comedor. Anochece, y el crudo invierno de la sierra se precipita sobre ella. Unos segundos de tiritona y parpadeos. Junto a la lavadora, montones de ropa sucia trepan hasta el borde de la baranda. Ella los contempla, incrédula, como si alguien los hubiese depositado aquí a saber con qué intención. Mientras pone pinzas a decenas de calcetines, lucha por comprender qué ha podido pasar con la ropa.

A Celia se le hacen cuesta arriba las tareas domésticas. Por las mañanas organiza la jornada con la meticulosidad de sus años como secretaria de dirección, convencida de que lo sacará todo adelante. Pero al caer la noche, como hoy, se da cuenta de que apenas ha hecho nada y no puede colegir en qué ha empleado las horas. Entre prenda y prenda, sus manos se detienen y su mente comienza a enviar señales confusas que la aturden. Se le echa el tiempo encima, y tiene que ir a recoger a su marido al colegio. Pinza. No, ya es de noche, el colegio cerró a media tarde. Pinza. Ah, no, no, es ella la que tiene que ir al colegio, pero no recuerda si ha hecho los deberes, y doña Luisa es muy estricta. Pinza. Todavía tiene que sacar al perro. Pinza. ¿O ya murió?

De pronto, siente la zarpa del frío en la espalda y se da la vuelta. El sol se ha escondido detrás de los cerros, y todavía le queda medio cesto por tender. Sacude la cabeza, suspira, estremeciéndose, y se apresura.

Cuando termina, se dispone a entrar en casa, pero se da de bruces contra la puerta. Intenta desplazar una corredera que no se mueve. ¿Quién la ha dejado encerrada en el balcón? ¿Por qué? Miedo. Golpea con el puño y llama a su marido.

Está helada, y los golpes le duelen. Sigue aporreando el cristal, hasta que algo en su interior le recuerda que vive sola, que Rafael murió hace años. Y no tiene el móvil.

Celia se asoma por la baranda. La calle está desierta, siempre está desierta excepto en época de vacaciones. Grita, por si alguien la oye, y recibe el silencio como respuesta. Durante largos minutos combina los gritos con los golpes en la cristalera.

La temperatura desciende vertiginosamente, y Celia comienza a sentirse entumecida. Pierde la voz cuando el helor insoportable se instala en su garganta. El viento gélido acuchilla su rostro y congela las lágrimas que quedan prendidas de las pestañas.

Ahora, Celia recuerda que es ella quien ha cerrado la puerta y piensa que morirá de hipotermia. Agotada, se acurruca en el rincón más resguardado del balcón. Las noches en la sierra rozan los seis o siete grados bajo cero. No podrá sobrevivir hasta el día siguiente.

Entonces, en medio de su confusión, repara en la pila de ropa sucia, y una luz de esperanza caldea su entendimiento. Rígida, se pone en pie con dificultad y escarba en el montón como un mendigo rebuscando en la basura. Entre risas y lágrimas se embute varios pares de calcetines, dos camisetas térmicas, un pijama, las mallas que usa para hacer yoga, una sudadera, un chándal, un gorro de lana, la bufanda y una bata de andar por casa.

Vuelve a ovillarse en el rincón, se cubre con el resto de la ropa y, poco a poco, va entrando en calor. Finalmente, hecha un bulto maloliente, apestando a pies y sudor, se queda dormida mientras agradece vagamente haber olvidado hacer la colada durante días.

La polémica de siempre

Vista del Central Park de Manhattan.

El sueño de sus vidas, un apartamento sobre el Central Park. Tomados de la mano, recorren las habitaciones vacías, él sonriente y entusiasmado, ella con los labios un tanto apretados.

—Ahora toca lo mejor: la decoración —dice Michael—. La hemos imaginado tantas veces, ¿recuerdas la noche en el Hilton?

—Claro, Mike, ¿cómo olvidar nuestra primera gran discusión?

—Mujer, no seas así, fue solo una pequeña discrepancia. Deberías olvidarla.

—Pero si tú mismo sacas a colación ese recuerdo. —Lina se detiene en medio del salón desierto. Sabe que hoy puede ocurrir cualquier cosa y se promete ser paciente—. ¿Por qué lo mencionas?

—Bueno, pensé que a raíz de esa conversación quedaron establecidos los términos para resolver este tema llegado el momento.

—Muy bien. Veamos si nos entendimos, querido. ¿Qué sugieres?

Michael hace un amplio ademán con la mano. Confía en la buena disposición de Lina, pese a la falta de comprensión que su mujer suele mostrar en lo tocante a los criterios de su madre.

—El apartamento es grande. Existe el peligro de que parezca desangelado, sobre todo en invierno. Mira este ventanal, ¿te figuras qué sensación de frío cuando veas caer la nieve?

—Me figuro la sensación de paz y cobijo siempre que la nieve caiga fuera, Mike.

—Por supuesto. Pero para conseguir esa sensación necesitamos muebles sólidos, cortinajes gruesos y alfombras de lana, además de cuadros y tapicerías con motivos consistentes que aquieten la vista y el ánimo.

—¿En serio? —pregunta Lina con cierta ironía, temiendo lo que se avecina—. ¿Y en verano, cuando no caiga la nieve, qué haremos con tanta solidez y consistencia, querido?

—Mujer, mi propuesta sirve para todo el año. Bastará con recoger las alfombras y descorrer las cortinas.

—Además de poner fundas de colores alegres a los sofás y darle la vuelta a los cuadros.

—No había pensado en ello, pero considero que será innecesario. Una decoración clásica se adapta…

—Se adapta a los gustos de tu madre —dice Lina sin poder evitarlo.

Michael alza las manos.

—¿Vas a empezar con eso?

—Mike, cariño, escucha. —Lina da un paso hacia él, conteniendo la rabia que empieza a bullirle dentro—. Somos tú y yo los que vamos a vivir aquí, nosotros y los hijos que tengamos. Deja que me ocupe de decorar nuestro hogar, no metas a tu madre de por medio, ¿sí?

—Eres una ingrata. ¿Gracias a quiénes podremos disfrutar de semejante lujo? —Michael siente una vez más el peso de la deuda que como hijo cree tener con sus padres.

—Si yo te regalo un coche no espero que vayas a usarlo solo cuando te acompaño, o no exijo que lo conduzcas a la velocidad que a mí me parece apropiada.

—Esa comparación es una tontería.

Lina recula un paso, consciente de que va a repetirse la polémica de siempre. Michael nunca hace nada sin el visto bueno de su suegra, y ella está más que harta de que entre los dos la ninguneen.

—No quiero vivir en un lugar con reminiscencias del siglo XIX.

—¡Qué exageración!

—Quiero un hogar alegre y cálido. Quiero colores claros, muebles prácticos y pinturas luminosas.

—Mujer, escúchame… —Michael avanza hacia su esposa dispuesto a imponer su razonamiento.

—Quiero que la decoración viva con nosotros, no sobre nosotros, Mike.

—¿Qué idioteces estás diciendo?

—¿Idioteces? ¿Acaso no tengo derecho a elegir cómo deseo que sea mi casa?

—La casa que mis padres nos han regalado.

—¡Nuestra casa! ¡Un regalo pasa a ser propiedad de quien lo recibe, Michael!

—Estás sacando las cosas de quicio. ¿Qué más da cómo la decoremos si nuestro sueño de vivir sobre el parque se va a cumplir?

—¿A costa de qué?

—¡A costa de nada! Lo único que te pido es un poco de indulgencia para con los deseos de mi pobre madre.

—¿Y mis deseos, Michael? ¿Dónde quedan mis deseos? —Lina retrocede de nuevo, rota la esperanza de alejar a su suegra de las cuestiones matrimoniales.

—Mujer, tus deseos…

—¡Deja de llamarme mujer! ¡Tengo un nombre!

—Estás imposible hoy. Mejor volvemos mañana y decidimos…

—Mañana será lo mismo que hoy, Michael. No quiero decorar mi casa según los trasnochados gustos de tu pobre madre.

—¡Haz el favor de guardarle el respeto que se merece! —Michael vuelve a avanzar, incrédulo, incapaz de comprender por qué su esposa se empeña en menospreciar a la mujer que tanto ha hecho por él.

—De acuerdo. —Lina siente el frío cristal del ventanal contra su blusa de seda—. Seré considerada con los gustos de tu mamá y permitiré que sea ella la que ornamente el apartamento.

—Eso es, Lina. —Michael se inclina para besarla.

—La habitación del fondo será muy adecuada para tus padres. Tú puedes dormir en la que hay junto a la cocina. —Lina se aparta del ventanal y del beso que queda suspendido en el aire—. Feliz decoración, querido. Con todos mis respetos.

Sedentarismo

Silla ergonómica negra

Hasta el día en que leyó la noticia en la aplicación de RTVE.ES para móviles, Elvira Cuadrado se sentía feliz con su trabajo en la oficina. Más que feliz, importante, porque nadie en su familia había trabajado nunca en una oficina. Y además no era una oficina cualquiera, sino la sede principal de uno de los laboratorios farmacéuticos más prestigiosos del país. Elvira se sentía importante y realizada, aunque su puesto de recepcionista quedaba tan abajo en la escala de categorías laborales como la planta donde se hallaba el vestíbulo, ocho pisos por debajo del despacho de dirección.

Su padre barría calles. Su madre sacaba a pasear a una anciana que vegetaba en una silla de ruedas. Su hermano mayor despachaba en una charcutería y el pequeño, en una ferretería. Y sus cuñadas eran amas de casa. Elvira se creía con el derecho a sentirse superior por haber llegado tan lejos con su graduado escolar.

En realidad, lo de recepcionista no era muy exacto: lo decía ella porque sonaba mejor que telefonista, con más enjundia. Su jornada de siete horas transcurría entre dígitos y pitidos dentro de un cubículo de apenas un metro y medio por uno. Desde allí podía ver el tránsito de personas entrando y saliendo, pero ella era invisible para los demás.

Y le daba igual. Elvira no tenía trato directo con nadie, pero conocía a todo el mundo. Se sabía de memoria cientos de extensiones, cientos de nombres y apellidos, cientos de voces. Lo que no estaba a su alcance era asociar imágenes a tan vasta información. Así que se las inventaba, o las repartía, adjudicándolas con la libertad incuestionable de su propio criterio. De este modo, la mujer alta con falda de tubo, tacones de aguja y gafas rojas de pasta era la griega Sofía Mercadeos, la directora de márquetin, aunque en verdad se trataba de Julia Rimero, una de las mozas de almacén. O el hombre bajo y delgado con vaqueros y camiseta negra era Luis Gradientes, uno de los locos chicos de diseño, nada más lejos del cargo de ayudante del director adjunto que ocupaba. Elvira confeccionaba su particular mosaico de historias y personalidades durante las siete horas que duraba su jornada. Porque siete horas dan para todo tipo de fabulaciones y especulaciones.

Y es que Elvira no se movía de su cómoda y modernísima silla ergonómica. Desayunaba sentada en su puesto, discretamente, eso sí, para que nadie notara que estaba comiendo. Por nada dejaría la centralita desviada al teléfono de los de seguridad o al del conserje. Ningún rey cede gustoso el dominio sobre su territorio, y ella no iba a ser menos. Solo se levantaba una vez, siempre al cabo de tres horas, para ir al baño a orinar, retocarse el maquillaje y lavarse las manos. Adoraba su empleo, su cubículo y su silla de nave espacial. Adoraba su existencia ordenada.

Elvira despertaba todas las mañanas a las seis y media, se duchaba, tomaba un café con leche y una torta de arroz, se preparaba el termo y el bocadillo de pan integral con jamón cocido sin sal y salía a buscar el metro una hora después. Ante todo, el orden, la pulcritud, las rutinas cotidianas tan necesarias para que la vida resultase apacible, lejos de sobresaltos e imprevistos. A Elvira le gustaba la calma que le proporcionaba la inmovilidad, incluso el inmovilismo. Le gustaba saber lo que había que hacer en cada momento; la seguridad que le confería ser capaz de relacionar un nombre de persona o de sección con un número determinado. Disfrutaba con la idea de que llegaría a casa a las cuatro menos cuarto. Sentada en la cocina, comería su verdura y la pieza de pescado o carne a la plancha mientras repasaba las noticias en el móvil. Luego se tumbaría veinte minutos en el sofá, y el resto de la tarde lo emplearía en sus actividades, dependiendo del día de la semana. Cuando algo perturbaba esta rutina, las cosas comenzaban a ir mal. Porque Elvira, además de feliz y realizada, era un poco hipocondríaca. O mucho, como se descubrió después de haber leído la noticia en la sección de ciencia y tecnología.

Y Rosa Freguillas acumuló su parte de culpa en lo sucedido. Rosa era una de las mujeres de la limpieza. Con su uniforme verde alcachofa y su carro de artilugios y productos olorosos, se pavoneaba por el vestíbulo exhibiendo una amplia sonrisa y hablando con unos y otros. Elvira la detestaba. Aborrecía la figura baja y rechoncha, la voz que se oía a través de los paneles de su cubículo; el hecho de que rompiera su sagrada norma de identificar los rostros a su conveniencia y, sobre todo, por encima de cualquier otra consideración, se le indigestaba semejante despliegue de movimiento. Rosa representaba todo cuanto a Elvira le producía ansiedad y dolor de cabeza. Y la odiaba.

Aquel lunes de junio, el mundo de Elvira se vino abajo cuando leyó la siguiente noticia:

El estatismo puede aumentar el riesgo de enfermedades graves.
Recomiendan trabajar de pie o dar paseos ligeros y regulares.
Aconsejan que las empresas fomenten un entorno de trabajo más activo.

Elvira empezó a sudar. Abandonó la torta a medio comer, apartó la taza de café con leche y continuó leyendo:

Las personas que trabajan en oficina deberían estar de pie un mínimo de dos horas diariamente en horario laboral (…) Pueden incrementar el riesgo de padecer una enfermedad grave y muerte prematura (…) Los empleadores deben advertir a sus trabajadores de los peligros de permanecer largo rato sentados.

—Jesús, María y José… —murmuró horrorizada.

Al día siguiente, Elvira llegó dos minutos tarde al trabajo, pálida e indispuesta. Entró en su cubículo y miró con recelo la portentosa silla ergonómica. Se sentó, activó la centralita y se dispuso a iniciar su jornada. Pero enseguida percibió que algo iba mal. Cuando atisbó la gordura en movimiento de Rosa Freguillas, sintió que el corazón le daba un vuelco. Le costó varias llamadas y unos cuantos errores de conexión darse cuenta de que su sentimiento hacia esa mujer estaba cambiando, aunque no atinó a comprender en qué dirección. No podía despegar los ojos de la limpiadora cada vez que esta atravesaba el vestíbulo empuñando sus bártulos.

En realidad, todo empezó a cambiar a partir de aquel martes. Las siete horas de la jornada laboral de Elvira se convirtieron en un infierno. Por más que movía los pies y las piernas, por más que levantaba el trasero y volvía a dejarlo caer sobre la silla; por más que alzaba los brazos y batía palmas se sentía terriblemente amenazada. El dolor de cabeza era constante. Le dolía el estómago y tenía calambres, sin duda síntomas de alguna enfermedad provocada por el sedentarismo. Se equivocaba al pasar las llamadas y se olvidaba de transmitir encargos.

Entonces, después de una semana de amargura, comprendió la naturaleza del sentimiento que en ella avivaba la limpiadora: era envidia. Rosa Freguillas se movía. Todos aquellos a quienes Elvira había despreciado a causa de sus trabajos anodinos se movían: su padre en la calle, su madre paseando, sus hermanos arriba y abajo en las tiendas, incluso sus cuñadas ejerciendo de madres y esposas. Ninguno de ellos padecería enfermedades graves o moriría prematuramente. De no ser por Rosa, Elvira quizá jamás se habría percatado de aquella verdad absoluta: ella, que se había creído superior, estaba condenada porque hacía años que durante siete horas al día permanecía anclada a una silla fantástica. No había tiempo que perder, si es que le quedaba tiempo.

Nadie entendió por qué Elvira Cuadrado decidió dar su sofá a una familia marroquí, además de todas sus sillas menos una de la cocina, y mucho menos por qué abandonó el empleo con el que ganaba unos buenos mil doscientos euros al mes. Y tampoco nadie entendió por qué en julio hubo de ser ingresada con un severo cuadro de agotamiento físico y nervioso.

Pasó un ángel

La Tierra iluminada de noche vista desde la Estación Espacial Internacional

Para Ramón Yagüe Albesa. Con todo mi cariño hacia su recuerdo. Quizás alguna vez, yo tampoco supe comprenderle.

A Ramón le gustaban las cosas redondas, las que daban vueltas sobre sí mismas. Podía pasarse largos ratos sentado ante la televisión, cuando todavía existía la carta de ajuste, con aquellos numeritos que desfilaban hasta que la pantalla fundía a negro o revivía con todo tipo de imágenes. Frente a la lavadora, sus horas transcurrían contemplando el vaivén del tambor, aquel movimiento que cambiaba de sentido después de cada giro y que a él le fascinaba, como le fascinaban los engranajes que arrastraban las cintas en un radiocasete.

Ramón nació así, decían los vecinos. A su paso desgarbado, los murmullos crecían mientras índices sin escrúpulos ni sensibilidad lo señalaban. Porque, aunque su discapacidad psíquica había sido causada por un problema de incompatibilidad de grupos sanguíneos, lo habían clasificado desde siempre bajo la etiqueta de subnormal. Y aquella etiqueta dolía, a la familia le dolía pues Ramón vivía su normalidad, sin menoscabo de las capacidades a su alcance; dolía porque encerraba demasiada ignorancia y recelo, incluso, a veces, una compasión supersticiosa.

Ramón era un niño grande, un hombre niño que quería cariño y atención, que se esforzaba en hacerse comprender con sus interjecciones de cachorro. Conseguía pronunciar alguna palabra, el adorado nombre de su hermana, el apelativo universal para todas las madres, y oírselos parecía un milagro. Con sus abrazos desmañados, sin medida, excesivos de afecto desmadejado, sus besos húmedos, Ramón se abría hueco en los corazones cercanos.

A menudo cosechaba incomprensiones que después repicaban en el corazón de sus seres queridos como martillos de culpa. Esa culpa oscura empapada de lágrimas que se enquistan y moldean un remordimiento corrosivo. Recogía brotes de impaciencia, enojos inevitables que seguramente no entendía y que se volvían contra quienes los habían desencadenado.

A Ramón le costaba vestirse y asearse, pero a diario conquistaba parcelas de independencia. Le costaba comer, tragar se convertía en una tarea complicada, pero se enfrentaba a los trocitos de comida con la feliz inconsciencia de los actos mecánicos de las rutinas cotidianas. ¿Qué soñaría cuando caía dormido? ¿Qué imágenes nocturnas se deslizarían fuera de su mente cuando la madrugada le sorprendía paseando por la casa, buscando la complicidad de los suyos?

Ramón chillaba con las alegrías ajenas, sollozaba con las tristezas de los demás, amaba sin cortapisas, se enfadaba con las injusticias a su medida. Sí, porque una deficiencia psíquica no implica insensibilidad, como muchas personas parecen creer. Había fuertes sentimientos dentro de Ramón, emociones que a veces se desbordaban arrastrándolo por cauces tumultuosos que asustaban, pero que siempre encontraban un meandro donde remansar.

Porque había lagunas de paz en su vida, orillas donde recostarse a descansar, regazos donde acomodar las aflicciones que no encontraban la forma de expresarse. Sus mujeres amadas, madre, hermanas, dispuestas a acompañarlo en el arduo camino, retirando las piedras y apartando las espinas.

Ocurre que pese a todo, pese al amor y la protección, pese a los desvelos, hay un segundo en el devenir de las existencias que se escapa del tiempo que pretendemos otorgarle a la vida. Hubo un segundo así en la de Ramón, un instante de dolor en que no consiguió tragar un bocado de su desayuno, y aquella luz inocente se trasladó a otro plano sin apagarse. Hay luces que brillarán siempre, luces que abanderan una realidad que conviene no olvidar jamás.

Ramón no debía de saber que la Tierra también era redonda, que daba vueltas sobre sí misma y alrededor del Sol, pero ahora sí lo sabe, y permanece sentado al borde del horizonte para disfrutar de tan bello espectáculo.

Aspirante (un poco de humor)

Interior de una catedral gótica vista desde la bóveda

El aspirante entró en el despacho con las manos en los bolsillos, a buen paso, cabeza erguida y porte orgulloso. Saludó al director de recursos humanos y tomó asiento en el mullido sillón ante la mesa.
Hubo unos instantes de silencio, de mütua y concienzuda observación.

—Bienvenido, señor Gutiérrez. Permítame que empiece la entrevista con una prueba rápida de conocimientos. Los psicotécnicos vendrán después. Sé que no es lo habitual, pero para la firma es muy importante contrastar su capacidad de respuesta ante la terminología propia de la profesión.

—Ningún problema, estoy preparado.

—Bien, pues. Procure ser veloz y conciso. Comencemos. Glosario de la a a la z sobre arquitectura de catedrales, principalmente góticas. Limítese a definir las palabras que le iré proponiendo por orden alfabético.

El aspirante asintió, tranquilo y confiado.

—Ábaco.

—Sirve para hacer cálculos, digamos que era la calculadora de tiempos remotos.

—Abocinado.

—Dícese de un muro que por un lado tiene lámparas y por el otro no.

El director frunció el ceño mientras tomaba notas en una tableta.

—Ábside.

—Construcción redonda que se sale de la iglesia por el fondo de la nave central.

—Absidiolo.

—El nombre de las capillas, que digo yo que tendrían que ser absidiolas, que además, rimaría con girolas.

—Aguja.

—Un error fatal de la arquitectura. A raíz de ellas, todos los niños del mundo después del gótico temen ir al médico.

El director miró de reojo al aspirante, y su rostro comenzó a palidecer.

—Ajimez.

—Condimento de la comida de la época.

—Albardilla.

—Como su nombre indica, albarda pequeña para animales de carga de tamaño reducido.

—Alféizar.

—Esto lo sabe hasta mi abuela. Parte de las ventanas apta para sentarse a mirar el paisaje.

—Alma.

—Vaya, lo lamento, no estudié el tema de la religión vinculada a la arquitectura…

—Alzado.

—Representación plana de la elevación vertical de un monumento arquitectónico. Se distinguen tres partes: la arquería, que es donde se fabrican los arcos; el triforio y el claristorio… No recuerdo muy bien, quizá esto va en lo de instrumentos musicales.

—Ambón.

—Sujeto perteneciente al ampa, que lo mismo significa pandilla de maleantes que asociación de padres de alumnos, depende del contexto.

El director apartó la tableta a un lado y se acodó en la mesa con los ojos chispeantes.

—Ángel ceriferario.

—Era el que vendía la cera.

—Ángel turiferario.

—Este supongo que era el que inventó las agencias de viajes.

—Antepecho.

—Denominación antigua del sujetador que usan las mujeres actualmente.

—Antipendio.

—Lo contrario a dispendio, es decir, lo que no se gasta de manera inadecuada.

—Arbotante.

—Insulto propio del gremio. También botarel o botarate.

—Arcada.

—Lo que le da a uno cuando tiene náuseas, o sea, cuando alguna cosa le da asco, por lo general, olores o alimentos. Habitual en la época por culpa de las alturas y los vértigos.

—Archivolta.

—Cantor gótico que daba recitales para solaz de los obreros.

—Arco.

—Pues lo que necesitaban para cazar ciervos.

—Arcosolio.

—Es como el bajo palio, pero para los muertos notables.

—Arcuación.

—Cálculo matemático que permite colocar los arcos como Dios manda.

—Aristón.

—Este concepto creo que se ha colado. Yo diría que es una marca de neveras o tal vez de un medicamento, no recuerdo.

—Arranque.

—Lo que hacen los vehículos o los ordenadores, a lo mejor en la época también se decía así para los asnos y las mulas de carga.

—Ático.

—Hombre… Donde vivían los maestros de obras, que eran los que tenían más dinerito.

—Baldaquino.

—Creo que se trata de una raza de monos, seguramente muy molestos a la hora de construir.

—Baptisterio.

—Apellido de san Juan.

—Baquetón.

—Baqueta grande que servía para golpear el gong destinado a llamar a comer a los obreros.

—Basamento.

—Pomada que se utilizaba para aliviar los dolores musculares de los peones de la obra.

—Bóveda.

—Dícese del cielo estrellado.

—Caballete.

—Patas sobre las que se coloca un tablero que hace las funciones de mesa.

—Cabecera.

—Parte posterior de la cama. También médico de familia.

El director se puso de pie de un salto y palmeó el escritorio con energía.

—¡Cancelo!

—Reja o balaustrada que separa el presbiterio o el coro de la nave de la iglesia.

—¡No he dicho cancel, he dicho cancelo! ¡Que cancelo la entrevista! ¿Qué se ha creído usted? ¿Por quién me ha tomado?

—Disculpe, no comprendo su enojo. En la convocatoria ponía muy claro que se valora positivamente el sentido del humor, aunque no comprendo los motivos.

Si te interesa conocer el significado real del vocabulario arquitectónico:

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Un año más

Dulces navideños con un abeto adornado al fondo

Tom apoyó la frente en el ventanal. Miró los campos nevados y el bosque que se extendía hasta el río. Tanta belleza le dolía porque la sensación de que ya no le quedaban fuerzas para vivir otra Navidad era muy acusada. Solo el silencio se hacía eco de su soledad. A su lado, sobre la mesa, descansaban todos los somníferos que el doctor le había recetado. No había tomado ni una sola pastilla. El potencial sueño eterno que aquellas cajas contenían aliviaba su amargura, y las acarició pensando que quizás las consumiría esa misma noche.

Él no existía. Nadie supo jamás que era el Tom del libro y de la posterior película. Utilizaron la historia de su pobre infancia, la estrujaron, le sacaron todo el jugo; recogieron la verdad de un empresario déspota que un día decidió hacerse dios, la recompusieron y la adornaron. Luego, alguien acumuló riquezas a su costa, y su familia heredó una fábrica que dio modestos rendimientos durante años.

La infancia de Tom pasó sin risas y sin juegos. Sí, su familia tenía una fábrica cuyos beneficios aseguraban comida todos los días y zapatos nuevos en Navidad. Pero Tom vivía temiendo que les arrebataran aquel regalo, y se obligaba a portarse bien para no perder el privilegio de una vida digna. Cambió las sonrisas por la seriedad que vistió de negro su existencia, mientras se hacía mayor y sus seres queridos iban desapareciendo. Ahora era demasiado tarde para recuperar la ilusión de su más tierna niñez.

Estaba decidido: sería esa noche.

Tom cogió un cuenco de cristal y, con la parsimonia de sus dedos cansados, fue desgranando grajeas mientras el sol comenzaba a ocultarse. Ya solo restaba llenar un buen vaso de agua y refugiarse en su dormitorio. Tomarse más de setenta pastillas tenía que ser difícil, a fe suya. Con cada una que ingiriera recordaría una Navidad, hacia atrás, hasta conseguir su propósito. Claro que setenta era una suma considerable de recuerdos a rememorar, habida cuenta de que conservaba muy pocos que fueran realmente gratos. Con suerte, se dormiría para siempre mucho antes.

Sonó la campana del porche, y Tom se quedó inmóvil con el cuenco en una mano y el vaso en la otra. Incómodo entre la curiosidad y el fastidio, depositó ambos recipientes sobre la mesa. Abrió la puerta sin preguntar.

Una mujer que llevaba a un niño de corta edad de la mano saludó con la cabeza. No los había visto nunca, aunque sus rostros le resultaban ligeramente familiares.

—Buenas noches, disculpe el atrevimiento, señor. Este es mi hijo Tommy. A mi esposo y a mí nos ha surgido un contratiempo de última hora, usted sabe… No podemos llevarnos al niño. Hemos pensado que no le importaría… Por favor, solo por un par de horas. Tommy nunca se porta mal. Es obediente y no le molestará.

Tom, estupefacto, dio un paso atrás y miró al chiquillo embutido en una ropa demasiado formal.

—Ah, buenas noches. En verdad, tenía previsto emprender un viaje… Pero puedo retrasarlo.

—Muy agradecida, señor. —Y dicho esto, la fugaz aparición se desvaneció sendero abajo.

—Muy bien, Tommy. Entra. ¿Cuántos años tienes?

Tommy se acercó a la mesa y miró con disimulo el cuenco lleno de perlitas blancas.

—Ocho, señor. ¿Son caramelos?

—No…, no son caramelos. —Tom tomó asiento en una butaca y señaló una de las sillas donde Tommy se sentó muy serio y muy tieso—. ¿Tienes miedo de quedarte aquí conmigo? Dime la verdad, y llámame Tom. Como ves, compartimos el mismo nombre.

—Sí, Tom. —Tommy miró de soslayo el retrato de un niño.

—¿Por qué?

—Porque no le conozco. Usted es viejo y tiene una casa muy grande.

—Entiendo. Y dime, ¿es cierto eso que dice tu madre, que nunca te portas mal?

Tommy asintió y miró de reojo el ventanal, más allá del cual la noche comenzaba a instalarse.

—¿Cómo es eso?

—Mis padres quieren que sea así.

—Claro, muchacho. Y tú debes de pensar que si no te comportas como tus padres desean, ellos dejarán de quererte. —Tommy miró la chimenea por el rabillo del ojo y volvió a asentir—. Entiendo. Cuando yo tenía ocho años era como tú. Todo el mundo me quería, y era tan bueno y me portaba tan bien que una Navidad me regalaron la fábrica del pueblo. Y me la regalaron a mí y no a otros niños porque ellos se portaron mal en el momento más inadecuado. Pero ¿sabes qué? Voy a contarte un secreto. En realidad no se portaron mal, no; solo hacían travesuras, que es lo que hacen todos los niños, y yo me moría de envidia. Era Navidad y estaban felices. ¿Tú haces travesuras?

—No, Tom.

—Eso me temía. Nunca fui capaz de hacer travesuras, Tommy, y al final se pasó la infancia y el momento de cometerlas. Me hice mayor, mis abuelos y mis padres murieron. Me quedé solo, y sé que por más que vuelva atrás en mi memoria, apenas encontraré recuerdos de cuando era niño, momentos en los que de verdad sonriera gracias a alguna diablura. —Tom estudió la reacción de Tommy, que seguía mirándolo todo de reojo, aunque sus dedos comenzaban a entrelazarse—. ¿Te gustaría probar con una? Quizás así aprendas que no son malas si no hay mala intención. Además…, es un favor que te pido. Yo te enseño, y tú me ofreces la oportunidad de sonreír esta Navidad.

—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó empezando a entusiasmarse.

—¿Has subido alguna vez a un tejado, muchacho?

Tommy se puso de pie de un salto con los ojos brillantes, mirando de soslayo los zapatos de Tom.

—No, nunca, nunca me han dejado subir al tejado. Mi padre dice que es muy peligroso.

—Y lo es si no se tiene cuidado. Pero el de mi casa es especial. Escúchame bien, Tommy, porque la primera travesura de un niño es muy importante. —Tommy se acercó a Tom con la cabeza gacha, observando ahora las manos del anciano con los ojos entornados—. Tienes que cumplir una gran misión. En primer lugar, buscarás ropa con la que disfrazarte en alguno de los armarios de la casa. Después, tendrás que descubrir unas escaleras que suben al tejado.

—¿Yo solo, Tom?

—Tú solo. No tengas miedo, y al final obtendrás tu recompensa. Vamos, ánimo, valiente.

Tom se levantó con dificultad y, con una amplia reverencia, franqueó para Tommy la puerta que daba acceso al interior de la casa. Le deseó suerte y volvió a cerrarla, dejándolo solo. Luego, indeciso, contempló el cuenco de pastillas. Sintió que el corazón aleteaba en su pecho, como si estuviera desperezándose. Miró la puerta por donde se había esfumado Tommy, tan parecido a sí mismo. Suspiró y esbozó una sonrisa. Aquel niño tal vez era su oportunidad de vivir una infancia feliz y despreocupada.

Se abrigó, sacó una bonita caja dorada del aparador y la metió en una bolsa de papel que se colgó del brazo. Después, decidido, salió fuera.

La luna llena le permitió localizar la escalerilla de madera que subía al tejado. Pese a su escasa fuerza y a la falta de equilibrio, Tom logró escalar los tres metros, impulsado por el ímpetu de la ilusión. Tuvo que detenerse dos veces, pero Tommy todavía no había llegado cuando plantó los pies en la azotea que se extendía entre las dos vertientes del tejado. Resoplando, se sentó sobre un fardo envuelto en arpillera y se dispuso a esperar.

Y esperó y esperó. Esperó tanto rato que tuvo tiempo de contemplar el cielo cuajado de estrellas, y la luna rielando en el río, y la profundidad de la noche conquistando el pueblo iluminado por las luces de los abetos en los patios. Esperó tanto que comprendió que hacía mucho que no esperaba nada. Imaginó a Tommy deambulando por la casona, extraviado en sus recovecos, desorientado y muerto de miedo. Y entonces, cuando ya se incorporaba para ir a buscarlo, una cabeza con un sombrero de ala ancha emergió del hueco de la escalera.

La figura de Tommy se dibujó poco a poco contra la claridad de la noche. El sombrero del abuelo John, una casaca roja vieja con charreteras del abuelo Robert, un delantal de su madre y unos zapatones naranjas.

Tom acabó de levantarse y se aproximó al muchacho con solemnidad tendiéndole una mano a la que el niño se agarró con vigor, asombrado de encontrarlo allí. Juntos caminaron hasta el borde del tejado.

—Lo has conseguido —aclamó Tom—. ¿Ha sido muy difícil?

—Primero sí. Tenía miedo, y me he perdido. Y no encontraba las luces. Pero luego ha sido muy divertido.

—Entonces ¿lo has pasado bien?

—Mucho, Tom.

—Estupendo. Fíjate en lo especial que es mi tejado. Puedes ver todo el pueblo, el cielo y el río. Mira allí, a las afueras. ¿Sabes qué es esa masa negra que se distingue junto a la orilla?

—Sí, señor, la fábrica vieja.

—Eso es. ¿Y sabes qué se fabricaba en ella, Tommy?

—Sí: chocolate, pero mi madre nunca me compró porque decía que era demasiado caro y porque yo era demasiado pequeño.

—Pues esa era la fábrica que me regalaron por ser tan bueno, y ahora es una ruina. Y yo no tengo nada. Pero… veamos tu recompensa. ¿A ti te gusta el chocolate?

—Mucho, pero no me dejan comerlo porque es malo para los dientes.

Tom hizo que Tommy se girara hacia él, le guiñó un ojo y extrajo la bonita caja metálica de la bolsa.

—Tommy, te hago entrega de tu premio: una selección de lujo, la más especial que jamás se haya elaborado en parte alguna; los dulces más exquisitos del mundo. Un Surtido Oro de trescientas sesenta y cinco chocolatinas.

Tommy alzó la cabeza y el sombrero cayó al suelo, con lo que Tom pudo ver unos ojos muy abiertos que por fin lo miraban fijamente, sin escabullirse.

—¿Para mí?

—Sí, por tu primera travesura. Tu regalo en esta Navidad. Pero, puesto que no te dejan comer dulces, vendrás todos los días a por una chocolatina, la comerás conmigo, y juntos planearemos nuevas maneras de divertirnos. ¿Te parece bien? —Tommy sonrió radiante y profirió una afirmación bulliciosa—. Magnífico. Toma, coge tu merecida recompensa. La llevaremos abajo y la depositaré sobre la mesa en sustitución del cuenco.

—¿Y qué son esas perlitas?

Tom se atusó el abundante cabello blanco, emocionado y dichoso.

—Son unas píldoras con las que proyectaba ir hacia atrás en mi memoria hasta dormirme y no despertar. Pero en su lugar, tu caja de chocolatinas, aunque seas tú quien disfrute de una todos los días, me llevará hacia adelante. Te comerás un bonito recuerdo con cada una de ellas, y yo viviré una segunda infancia. Gracias, Tommy.

Un golpe de viento hizo volar el ajado sombrero fuera del tejado.

Con la sonrisa en los labios, Tom pasó el brazo por los delgados hombros de Tommy y lo guio hacia la escalera interior. Él también había conseguido su recompensa: una Navidad más. Un año más.

Este relato forma parte de la antología Cuentos de Navidad 2015 de la editorial Playa de Ákaba. ¿Adivináis en qué historia tiene sus raíces?

Última morada

Rufino se pasaba el día de un lado a otro, recorriendo el pueblo en su BH azul oxidada. En la cesta del manillar transportaba la caja donde vivía su gallina y en el portapaquetes, hatillos y bolsas con sus variopintas pertenencias. Algunas personas, superando el recelo, se acercaban a preguntar por el ave: que sí, claro que ponía huevos, que no, no se escapaba, que no, no la había robado, se la había regalado un payés; que no, diantres, ¿cómo se iba a comer a su amiga? Que no, no se llamaba de ninguna manera, era gallina y nada más. Y como si Rufino fuera una atracción de feria, sus pulidos conciudadanos depositaban unas monedas en la caja, incluso a menudo le daban algo de comida o ropa usada.

Él, sin ser consciente de que esperaban agradecimiento, correspondía intentando hacerles comprender que el mundo está podrido de conspiraciones, que las instituciones religiosas y las logias masónicas monopolizan la riqueza del país, que los partidos políticos se alimentan de dinero extranjero, que los barcos de piratas acabarán con el comercio internacional… Lo oía en radios y televisiones ajenas, lo cazaba al vuelo en las conversaciones de la gente, que no era tonto, vamos, y se daba cuenta de la precaria situación actual. Rufino no acababa de entender por qué nadie le hacía caso. Todas aquellas maquinaciones no podían aportar nada bueno, pero a los habitantes del pueblo por lo visto no les importaba y descartaban sus advertencias. Y la inmensa mayoría le rehuía.

Rufino comía suficiente por gentileza de lo que los vecinos tiraban por las calles o en los contenedores y se vestía gracias a las bolsas de ropa abandonadas en las esquinas. Pero si hasta contaba con un par de zapatos de repuesto y unas botas para la lluvia que pendían del sillín de su bicicleta. En una bolsa de supermercado atada al manillar tintineaban botecitos de muestra de jabones de ducha, champús para todo tipo de cabello y sobres de cremas, tubitos de dentífrico y hasta minicepillos de dientes, aunque en honor a la verdad, hay que decir que Rufino iba sucio y olía bastante mal. ¿Qué culpa tenía él si las dos fuentes públicas estaban fuera de servicio la mayor parte del año porque había quienes arrancaban los grifos para vender el hierro a kilos? Y llover, no llovía demasiado.

De lo único que Rufino carecía era de una casa, por eso le llamaban vagabundo. Se la habían quitado hacía más de cinco años, y lo habían apartado de la normalidad, de la ortodoxia de las existencias ordenadas… y de la cordura convencional.

Así pues, al atardecer, cuando las piernas le flaqueaban de cansancio por tanto pedalear, cuando su gallina comenzaba a cacarear indignada por la inmovilidad, cuando sentía el peso de la vida que como unas alforjas colgaba de su BH, Rufino rodaba con parsimonia hacia el camposanto. Se colaba en su interior por la parte trasera, puesto que el vigilante cerraba la verja principal a las siete, y ya no se podía acceder al recinto. Jenaro hacía la vista gorda, pero no podía dejarla abierta para Rufino. Había un hueco en el muro entre cipreses que el Ayuntamiento no reparaba porque en realidad ¿a quién puede preocuparle un boquete en la tapia del cementerio? Rufino escondía la bicicleta entre los arbustos del camino viejo y empleaba un buen rato en acarrear sus bártulos: el hatillo, el calzado, las bolsas, la caja con la gallina, y lo metía todo en el panteón donde se guarecía durante las noches.

Allí dentro, al amparo de la muerte anunciada que aguarda, Rufino disponía de una esterilla y dos mantas raídas. Cuando se tumbaba, callado en medio del silencio, daba gracias a la familia rica que se había hecho construir el monumento funerario y rezaba para que sus miembros tardaran muchos años en precisar de él. Sabía que eran cinco, un matrimonio y tres hijos, muy jóvenes los padres aún, muy pequeños los niños, lo cual le proporcionaba una gran sensación de seguridad. Habrían de pasar años antes de que personas en la flor de la vida necesitasen habitar el panteón. Mientras Jenaro continuase siendo vigilante y él fuese cuidadoso y considerado con el lugar, no le faltaría techo durante mucho tiempo.

Aquel sábado, abrigado bajo sus cobertores, Rufino escuchó ulular de sirenas no demasiado lejos. Provenían de la carretera, quizá de ese cruce de cinco calles tan peligroso que él siempre procuraba evitar. Elevó una plegaria por si acaso había habido víctimas y, tras dar las buenas noches a su gallina, se durmió feliz, sin imaginar siquiera que un accidente de tráfico puede saldarse con cinco vidas, como había sucedido. Cinco jóvenes vidas.

Cuando después de dos días vio el luctuoso desfile de cinco féretros desde la brecha de la tapia, Rufino lloró, y no solo porque de nuevo se había quedado sin casa. Cinco vidas tan jóvenes eran un precio muy alto para un panteón recién estrenado. Con su gallina en brazos se sumó a la comitiva y, pese a que amigos y familiares de los fallecidos se apartaban de él entre susurros de rechazo y repugnancia, consiguió llegar junto al monumento. Él solo quería rezar, pero Jenaro, con todo el disimulo del que fue capaz, le entregó su esterilla y sus mantas y le instó a abandonar el cementerio.

No había espacio entre los muertos para el vagabundo.