La utilidad de la desmemoria

Balcón con ropa tendida a contraluz.

Imagen de Elena Navarro

Celia sale al balcón a tender la ropa que ha encontrado en el cesto, en medio del comedor. Anochece, y el crudo invierno de la sierra se precipita sobre ella. Unos segundos de tiritona y parpadeos. Junto a la lavadora, montones de ropa sucia trepan hasta el borde de la baranda. Ella los contempla, incrédula, como si alguien los hubiese depositado aquí a saber con qué intención. Mientras pone pinzas a decenas de calcetines, lucha por comprender qué ha podido pasar con la ropa.

A Celia se le hacen cuesta arriba las tareas domésticas. Por las mañanas organiza la jornada con la meticulosidad de sus años como secretaria de dirección, convencida de que lo sacará todo adelante. Pero al caer la noche, como hoy, se da cuenta de que apenas ha hecho nada y no puede colegir en qué ha empleado las horas. Entre prenda y prenda, sus manos se detienen y su mente comienza a enviar señales confusas que la aturden. Se le echa el tiempo encima, y tiene que ir a recoger a su marido al colegio. Pinza. No, ya es de noche, el colegio cerró a media tarde. Pinza. Ah, no, no, es ella la que tiene que ir al colegio, pero no recuerda si ha hecho los deberes, y doña Luisa es muy estricta. Pinza. Todavía tiene que sacar al perro. Pinza. ¿O ya murió?

De pronto, siente la zarpa del frío en la espalda y se da la vuelta. El sol se ha escondido detrás de los cerros, y todavía le queda medio cesto por tender. Sacude la cabeza, suspira, estremeciéndose, y se apresura.

Cuando termina, se dispone a entrar en casa, pero se da de bruces contra la puerta. Intenta desplazar una corredera que no se mueve. ¿Quién la ha dejado encerrada en el balcón? ¿Por qué? Miedo. Golpea con el puño y llama a su marido.

Está helada, y los golpes le duelen. Sigue aporreando el cristal, hasta que algo en su interior le recuerda que vive sola, que Rafael murió hace años. Y no tiene el móvil.

Celia se asoma por la baranda. La calle está desierta, siempre está desierta excepto en época de vacaciones. Grita, por si alguien la oye, y recibe el silencio como respuesta. Durante largos minutos combina los gritos con los golpes en la cristalera.

La temperatura desciende vertiginosamente, y Celia comienza a sentirse entumecida. Pierde la voz cuando el helor insoportable se instala en su garganta. El viento gélido acuchilla su rostro y congela las lágrimas que quedan prendidas de las pestañas.

Ahora, Celia recuerda que es ella quien ha cerrado la puerta y piensa que morirá de hipotermia. Agotada, se acurruca en el rincón más resguardado del balcón. Las noches en la sierra rozan los seis o siete grados bajo cero. No podrá sobrevivir hasta el día siguiente.

Entonces, en medio de su confusión, repara en la pila de ropa sucia, y una luz de esperanza caldea su entendimiento. Rígida, se pone en pie con dificultad y escarba en el montón como un mendigo rebuscando en la basura. Entre risas y lágrimas se embute varios pares de calcetines, dos camisetas térmicas, un pijama, las mallas que usa para hacer yoga, una sudadera, un chándal, un gorro de lana, la bufanda y una bata de andar por casa.

Vuelve a ovillarse en el rincón, se cubre con el resto de la ropa y, poco a poco, va entrando en calor. Finalmente, hecha un bulto maloliente, apestando a pies y sudor, se queda dormida mientras agradece vagamente haber olvidado hacer la colada durante días.

La polémica de siempre

Vista del Central Park de Manhattan.

El sueño de sus vidas, un apartamento sobre el Central Park. Tomados de la mano, recorren las habitaciones vacías, él sonriente y entusiasmado, ella con los labios un tanto apretados.

—Ahora toca lo mejor: la decoración —dice Michael—. La hemos imaginado tantas veces, ¿recuerdas la noche en el Hilton?

—Claro, Mike, ¿cómo olvidar nuestra primera gran discusión?

—Mujer, no seas así, fue solo una pequeña discrepancia. Deberías olvidarla.

—Pero si tú mismo sacas a colación ese recuerdo. —Lina se detiene en medio del salón desierto. Sabe que hoy puede ocurrir cualquier cosa y se promete ser paciente—. ¿Por qué lo mencionas?

—Bueno, pensé que a raíz de esa conversación quedaron establecidos los términos para resolver este tema llegado el momento.

—Muy bien. Veamos si nos entendimos, querido. ¿Qué sugieres?

Michael hace un amplio ademán con la mano. Confía en la buena disposición de Lina, pese a la falta de comprensión que su mujer suele mostrar en lo tocante a los criterios de su madre.

—El apartamento es grande. Existe el peligro de que parezca desangelado, sobre todo en invierno. Mira este ventanal, ¿te figuras qué sensación de frío cuando veas caer la nieve?

—Me figuro la sensación de paz y cobijo siempre que la nieve caiga fuera, Mike.

—Por supuesto. Pero para conseguir esa sensación necesitamos muebles sólidos, cortinajes gruesos y alfombras de lana, además de cuadros y tapicerías con motivos consistentes que aquieten la vista y el ánimo.

—¿En serio? —pregunta Lina con cierta ironía, temiendo lo que se avecina—. ¿Y en verano, cuando no caiga la nieve, qué haremos con tanta solidez y consistencia, querido?

—Mujer, mi propuesta sirve para todo el año. Bastará con recoger las alfombras y descorrer las cortinas.

—Además de poner fundas de colores alegres a los sofás y darle la vuelta a los cuadros.

—No había pensado en ello, pero considero que será innecesario. Una decoración clásica se adapta…

—Se adapta a los gustos de tu madre —dice Lina sin poder evitarlo.

Michael alza las manos.

—¿Vas a empezar con eso?

—Mike, cariño, escucha. —Lina da un paso hacia él, conteniendo la rabia que empieza a bullirle dentro—. Somos tú y yo los que vamos a vivir aquí, nosotros y los hijos que tengamos. Deja que me ocupe de decorar nuestro hogar, no metas a tu madre de por medio, ¿sí?

—Eres una ingrata. ¿Gracias a quiénes podremos disfrutar de semejante lujo? —Michael siente una vez más el peso de la deuda que como hijo cree tener con sus padres.

—Si yo te regalo un coche no espero que vayas a usarlo solo cuando te acompaño, o no exijo que lo conduzcas a la velocidad que a mí me parece apropiada.

—Esa comparación es una tontería.

Lina recula un paso, consciente de que va a repetirse la polémica de siempre. Michael nunca hace nada sin el visto bueno de su suegra, y ella está más que harta de que entre los dos la ninguneen.

—No quiero vivir en un lugar con reminiscencias del siglo XIX.

—¡Qué exageración!

—Quiero un hogar alegre y cálido. Quiero colores claros, muebles prácticos y pinturas luminosas.

—Mujer, escúchame… —Michael avanza hacia su esposa dispuesto a imponer su razonamiento.

—Quiero que la decoración viva con nosotros, no sobre nosotros, Mike.

—¿Qué idioteces estás diciendo?

—¿Idioteces? ¿Acaso no tengo derecho a elegir cómo deseo que sea mi casa?

—La casa que mis padres nos han regalado.

—¡Nuestra casa! ¡Un regalo pasa a ser propiedad de quien lo recibe, Michael!

—Estás sacando las cosas de quicio. ¿Qué más da cómo la decoremos si nuestro sueño de vivir sobre el parque se va a cumplir?

—¿A costa de qué?

—¡A costa de nada! Lo único que te pido es un poco de indulgencia para con los deseos de mi pobre madre.

—¿Y mis deseos, Michael? ¿Dónde quedan mis deseos? —Lina retrocede de nuevo, rota la esperanza de alejar a su suegra de las cuestiones matrimoniales.

—Mujer, tus deseos…

—¡Deja de llamarme mujer! ¡Tengo un nombre!

—Estás imposible hoy. Mejor volvemos mañana y decidimos…

—Mañana será lo mismo que hoy, Michael. No quiero decorar mi casa según los trasnochados gustos de tu pobre madre.

—¡Haz el favor de guardarle el respeto que se merece! —Michael vuelve a avanzar, incrédulo, incapaz de comprender por qué su esposa se empeña en menospreciar a la mujer que tanto ha hecho por él.

—De acuerdo. —Lina siente el frío cristal del ventanal contra su blusa de seda—. Seré considerada con los gustos de tu mamá y permitiré que sea ella la que ornamente el apartamento.

—Eso es, Lina. —Michael se inclina para besarla.

—La habitación del fondo será muy adecuada para tus padres. Tú puedes dormir en la que hay junto a la cocina. —Lina se aparta del ventanal y del beso que queda suspendido en el aire—. Feliz decoración, querido. Con todos mis respetos.

Sedentarismo

Silla ergonómica negra

Hasta el día en que leyó la noticia en la aplicación de RTVE.ES para móviles, Elvira Cuadrado se sentía feliz con su trabajo en la oficina. Más que feliz, importante, porque nadie en su familia había trabajado nunca en una oficina. Y además no era una oficina cualquiera, sino la sede principal de uno de los laboratorios farmacéuticos más prestigiosos del país. Elvira se sentía importante y realizada, aunque su puesto de recepcionista quedaba tan abajo en la escala de categorías laborales como la planta donde se hallaba el vestíbulo, ocho pisos por debajo del despacho de dirección.

Su padre barría calles. Su madre sacaba a pasear a una anciana que vegetaba en una silla de ruedas. Su hermano mayor despachaba en una charcutería y el pequeño, en una ferretería. Y sus cuñadas eran amas de casa. Elvira se creía con el derecho a sentirse superior por haber llegado tan lejos con su graduado escolar.

En realidad, lo de recepcionista no era muy exacto: lo decía ella porque sonaba mejor que telefonista, con más enjundia. Su jornada de siete horas transcurría entre dígitos y pitidos dentro de un cubículo de apenas un metro y medio por uno. Desde allí podía ver el tránsito de personas entrando y saliendo, pero ella era invisible para los demás.

Y le daba igual. Elvira no tenía trato directo con nadie, pero conocía a todo el mundo. Se sabía de memoria cientos de extensiones, cientos de nombres y apellidos, cientos de voces. Lo que no estaba a su alcance era asociar imágenes a tan vasta información. Así que se las inventaba, o las repartía, adjudicándolas con la libertad incuestionable de su propio criterio. De este modo, la mujer alta con falda de tubo, tacones de aguja y gafas rojas de pasta era la griega Sofía Mercadeos, la directora de márquetin, aunque en verdad se trataba de Julia Rimero, una de las mozas de almacén. O el hombre bajo y delgado con vaqueros y camiseta negra era Luis Gradientes, uno de los locos chicos de diseño, nada más lejos del cargo de ayudante del director adjunto que ocupaba. Elvira confeccionaba su particular mosaico de historias y personalidades durante las siete horas que duraba su jornada. Porque siete horas dan para todo tipo de fabulaciones y especulaciones.

Y es que Elvira no se movía de su cómoda y modernísima silla ergonómica. Desayunaba sentada en su puesto, discretamente, eso sí, para que nadie notara que estaba comiendo. Por nada dejaría la centralita desviada al teléfono de los de seguridad o al del conserje. Ningún rey cede gustoso el dominio sobre su territorio, y ella no iba a ser menos. Solo se levantaba una vez, siempre al cabo de tres horas, para ir al baño a orinar, retocarse el maquillaje y lavarse las manos. Adoraba su empleo, su cubículo y su silla de nave espacial. Adoraba su existencia ordenada.

Elvira despertaba todas las mañanas a las seis y media, se duchaba, tomaba un café con leche y una torta de arroz, se preparaba el termo y el bocadillo de pan integral con jamón cocido sin sal y salía a buscar el metro una hora después. Ante todo, el orden, la pulcritud, las rutinas cotidianas tan necesarias para que la vida resultase apacible, lejos de sobresaltos e imprevistos. A Elvira le gustaba la calma que le proporcionaba la inmovilidad, incluso el inmovilismo. Le gustaba saber lo que había que hacer en cada momento; la seguridad que le confería ser capaz de relacionar un nombre de persona o de sección con un número determinado. Disfrutaba con la idea de que llegaría a casa a las cuatro menos cuarto. Sentada en la cocina, comería su verdura y la pieza de pescado o carne a la plancha mientras repasaba las noticias en el móvil. Luego se tumbaría veinte minutos en el sofá, y el resto de la tarde lo emplearía en sus actividades, dependiendo del día de la semana. Cuando algo perturbaba esta rutina, las cosas comenzaban a ir mal. Porque Elvira, además de feliz y realizada, era un poco hipocondríaca. O mucho, como se descubrió después de haber leído la noticia en la sección de ciencia y tecnología.

Y Rosa Freguillas acumuló su parte de culpa en lo sucedido. Rosa era una de las mujeres de la limpieza. Con su uniforme verde alcachofa y su carro de artilugios y productos olorosos, se pavoneaba por el vestíbulo exhibiendo una amplia sonrisa y hablando con unos y otros. Elvira la detestaba. Aborrecía la figura baja y rechoncha, la voz que se oía a través de los paneles de su cubículo; el hecho de que rompiera su sagrada norma de identificar los rostros a su conveniencia y, sobre todo, por encima de cualquier otra consideración, se le indigestaba semejante despliegue de movimiento. Rosa representaba todo cuanto a Elvira le producía ansiedad y dolor de cabeza. Y la odiaba.

Aquel lunes de junio, el mundo de Elvira se vino abajo cuando leyó la siguiente noticia:

El estatismo puede aumentar el riesgo de enfermedades graves.
Recomiendan trabajar de pie o dar paseos ligeros y regulares.
Aconsejan que las empresas fomenten un entorno de trabajo más activo.

Elvira empezó a sudar. Abandonó la torta a medio comer, apartó la taza de café con leche y continuó leyendo:

Las personas que trabajan en oficina deberían estar de pie un mínimo de dos horas diariamente en horario laboral (…) Pueden incrementar el riesgo de padecer una enfermedad grave y muerte prematura (…) Los empleadores deben advertir a sus trabajadores de los peligros de permanecer largo rato sentados.

—Jesús, María y José… —murmuró horrorizada.

Al día siguiente, Elvira llegó dos minutos tarde al trabajo, pálida e indispuesta. Entró en su cubículo y miró con recelo la portentosa silla ergonómica. Se sentó, activó la centralita y se dispuso a iniciar su jornada. Pero enseguida percibió que algo iba mal. Cuando atisbó la gordura en movimiento de Rosa Freguillas, sintió que el corazón le daba un vuelco. Le costó varias llamadas y unos cuantos errores de conexión darse cuenta de que su sentimiento hacia esa mujer estaba cambiando, aunque no atinó a comprender en qué dirección. No podía despegar los ojos de la limpiadora cada vez que esta atravesaba el vestíbulo empuñando sus bártulos.

En realidad, todo empezó a cambiar a partir de aquel martes. Las siete horas de la jornada laboral de Elvira se convirtieron en un infierno. Por más que movía los pies y las piernas, por más que levantaba el trasero y volvía a dejarlo caer sobre la silla; por más que alzaba los brazos y batía palmas se sentía terriblemente amenazada. El dolor de cabeza era constante. Le dolía el estómago y tenía calambres, sin duda síntomas de alguna enfermedad provocada por el sedentarismo. Se equivocaba al pasar las llamadas y se olvidaba de transmitir encargos.

Entonces, después de una semana de amargura, comprendió la naturaleza del sentimiento que en ella avivaba la limpiadora: era envidia. Rosa Freguillas se movía. Todos aquellos a quienes Elvira había despreciado a causa de sus trabajos anodinos se movían: su padre en la calle, su madre paseando, sus hermanos arriba y abajo en las tiendas, incluso sus cuñadas ejerciendo de madres y esposas. Ninguno de ellos padecería enfermedades graves o moriría prematuramente. De no ser por Rosa, Elvira quizá jamás se habría percatado de aquella verdad absoluta: ella, que se había creído superior, estaba condenada porque hacía años que durante siete horas al día permanecía anclada a una silla fantástica. No había tiempo que perder, si es que le quedaba tiempo.

Nadie entendió por qué Elvira Cuadrado decidió dar su sofá a una familia marroquí, además de todas sus sillas menos una de la cocina, y mucho menos por qué abandonó el empleo con el que ganaba unos buenos mil doscientos euros al mes. Y tampoco nadie entendió por qué en julio hubo de ser ingresada con un severo cuadro de agotamiento físico y nervioso.

Pasó un ángel

La Tierra iluminada de noche vista desde la Estación Espacial Internacional

Para Ramón Yagüe Albesa. Con todo mi cariño hacia su recuerdo. Quizás alguna vez, yo tampoco supe comprenderle.

A Ramón le gustaban las cosas redondas, las que daban vueltas sobre sí mismas. Podía pasarse largos ratos sentado ante la televisión, cuando todavía existía la carta de ajuste, con aquellos numeritos que desfilaban hasta que la pantalla fundía a negro o revivía con todo tipo de imágenes. Frente a la lavadora, sus horas transcurrían contemplando el vaivén del tambor, aquel movimiento que cambiaba de sentido después de cada giro y que a él le fascinaba, como le fascinaban los engranajes que arrastraban las cintas en un radiocasete.

Ramón nació así, decían los vecinos. A su paso desgarbado, los murmullos crecían mientras índices sin escrúpulos ni sensibilidad lo señalaban. Porque, aunque su discapacidad psíquica había sido causada por un problema de incompatibilidad de grupos sanguíneos, lo habían clasificado desde siempre bajo la etiqueta de subnormal. Y aquella etiqueta dolía, a la familia le dolía pues Ramón vivía su normalidad, sin menoscabo de las capacidades a su alcance; dolía porque encerraba demasiada ignorancia y recelo, incluso, a veces, una compasión supersticiosa.

Ramón era un niño grande, un hombre niño que quería cariño y atención, que se esforzaba en hacerse comprender con sus interjecciones de cachorro. Conseguía pronunciar alguna palabra, el adorado nombre de su hermana, el apelativo universal para todas las madres, y oírselos parecía un milagro. Con sus abrazos desmañados, sin medida, excesivos de afecto desmadejado, sus besos húmedos, Ramón se abría hueco en los corazones cercanos.

A menudo cosechaba incomprensiones que después repicaban en el corazón de sus seres queridos como martillos de culpa. Esa culpa oscura empapada de lágrimas que se enquistan y moldean un remordimiento corrosivo. Recogía brotes de impaciencia, enojos inevitables que seguramente no entendía y que se volvían contra quienes los habían desencadenado.

A Ramón le costaba vestirse y asearse, pero a diario conquistaba parcelas de independencia. Le costaba comer, tragar se convertía en una tarea complicada, pero se enfrentaba a los trocitos de comida con la feliz inconsciencia de los actos mecánicos de las rutinas cotidianas. ¿Qué soñaría cuando caía dormido? ¿Qué imágenes nocturnas se deslizarían fuera de su mente cuando la madrugada le sorprendía paseando por la casa, buscando la complicidad de los suyos?

Ramón chillaba con las alegrías ajenas, sollozaba con las tristezas de los demás, amaba sin cortapisas, se enfadaba con las injusticias a su medida. Sí, porque una deficiencia psíquica no implica insensibilidad, como muchas personas parecen creer. Había fuertes sentimientos dentro de Ramón, emociones que a veces se desbordaban arrastrándolo por cauces tumultuosos que asustaban, pero que siempre encontraban un meandro donde remansar.

Porque había lagunas de paz en su vida, orillas donde recostarse a descansar, regazos donde acomodar las aflicciones que no encontraban la forma de expresarse. Sus mujeres amadas, madre, hermanas, dispuestas a acompañarlo en el arduo camino, retirando las piedras y apartando las espinas.

Ocurre que pese a todo, pese al amor y la protección, pese a los desvelos, hay un segundo en el devenir de las existencias que se escapa del tiempo que pretendemos otorgarle a la vida. Hubo un segundo así en la de Ramón, un instante de dolor en que no consiguió tragar un bocado de su desayuno, y aquella luz inocente se trasladó a otro plano sin apagarse. Hay luces que brillarán siempre, luces que abanderan una realidad que conviene no olvidar jamás.

Ramón no debía de saber que la Tierra también era redonda, que daba vueltas sobre sí misma y alrededor del Sol, pero ahora sí lo sabe, y permanece sentado al borde del horizonte para disfrutar de tan bello espectáculo.

Aspirante (un poco de humor)

Interior de una catedral gótica vista desde la bóveda

El aspirante entró en el despacho con las manos en los bolsillos, a buen paso, cabeza erguida y porte orgulloso. Saludó al director de recursos humanos y tomó asiento en el mullido sillón ante la mesa.
Hubo unos instantes de silencio, de mütua y concienzuda observación.

—Bienvenido, señor Gutiérrez. Permítame que empiece la entrevista con una prueba rápida de conocimientos. Los psicotécnicos vendrán después. Sé que no es lo habitual, pero para la firma es muy importante contrastar su capacidad de respuesta ante la terminología propia de la profesión.

—Ningún problema, estoy preparado.

—Bien, pues. Procure ser veloz y conciso. Comencemos. Glosario de la a a la z sobre arquitectura de catedrales, principalmente góticas. Limítese a definir las palabras que le iré proponiendo por orden alfabético.

El aspirante asintió, tranquilo y confiado.

—Ábaco.

—Sirve para hacer cálculos, digamos que era la calculadora de tiempos remotos.

—Abocinado.

—Dícese de un muro que por un lado tiene lámparas y por el otro no.

El director frunció el ceño mientras tomaba notas en una tableta.

—Ábside.

—Construcción redonda que se sale de la iglesia por el fondo de la nave central.

—Absidiolo.

—El nombre de las capillas, que digo yo que tendrían que ser absidiolas, que además, rimaría con girolas.

—Aguja.

—Un error fatal de la arquitectura. A raíz de ellas, todos los niños del mundo después del gótico temen ir al médico.

El director miró de reojo al aspirante, y su rostro comenzó a palidecer.

—Ajimez.

—Condimento de la comida de la época.

—Albardilla.

—Como su nombre indica, albarda pequeña para animales de carga de tamaño reducido.

—Alféizar.

—Esto lo sabe hasta mi abuela. Parte de las ventanas apta para sentarse a mirar el paisaje.

—Alma.

—Vaya, lo lamento, no estudié el tema de la religión vinculada a la arquitectura…

—Alzado.

—Representación plana de la elevación vertical de un monumento arquitectónico. Se distinguen tres partes: la arquería, que es donde se fabrican los arcos; el triforio y el claristorio… No recuerdo muy bien, quizá esto va en lo de instrumentos musicales.

—Ambón.

—Sujeto perteneciente al ampa, que lo mismo significa pandilla de maleantes que asociación de padres de alumnos, depende del contexto.

El director apartó la tableta a un lado y se acodó en la mesa con los ojos chispeantes.

—Ángel ceriferario.

—Era el que vendía la cera.

—Ángel turiferario.

—Este supongo que era el que inventó las agencias de viajes.

—Antepecho.

—Denominación antigua del sujetador que usan las mujeres actualmente.

—Antipendio.

—Lo contrario a dispendio, es decir, lo que no se gasta de manera inadecuada.

—Arbotante.

—Insulto propio del gremio. También botarel o botarate.

—Arcada.

—Lo que le da a uno cuando tiene náuseas, o sea, cuando alguna cosa le da asco, por lo general, olores o alimentos. Habitual en la época por culpa de las alturas y los vértigos.

—Archivolta.

—Cantor gótico que daba recitales para solaz de los obreros.

—Arco.

—Pues lo que necesitaban para cazar ciervos.

—Arcosolio.

—Es como el bajo palio, pero para los muertos notables.

—Arcuación.

—Cálculo matemático que permite colocar los arcos como Dios manda.

—Aristón.

—Este concepto creo que se ha colado. Yo diría que es una marca de neveras o tal vez de un medicamento, no recuerdo.

—Arranque.

—Lo que hacen los vehículos o los ordenadores, a lo mejor en la época también se decía así para los asnos y las mulas de carga.

—Ático.

—Hombre… Donde vivían los maestros de obras, que eran los que tenían más dinerito.

—Baldaquino.

—Creo que se trata de una raza de monos, seguramente muy molestos a la hora de construir.

—Baptisterio.

—Apellido de san Juan.

—Baquetón.

—Baqueta grande que servía para golpear el gong destinado a llamar a comer a los obreros.

—Basamento.

—Pomada que se utilizaba para aliviar los dolores musculares de los peones de la obra.

—Bóveda.

—Dícese del cielo estrellado.

—Caballete.

—Patas sobre las que se coloca un tablero que hace las funciones de mesa.

—Cabecera.

—Parte posterior de la cama. También médico de familia.

El director se puso de pie de un salto y palmeó el escritorio con energía.

—¡Cancelo!

—Reja o balaustrada que separa el presbiterio o el coro de la nave de la iglesia.

—¡No he dicho cancel, he dicho cancelo! ¡Que cancelo la entrevista! ¿Qué se ha creído usted? ¿Por quién me ha tomado?

—Disculpe, no comprendo su enojo. En la convocatoria ponía muy claro que se valora positivamente el sentido del humor, aunque no comprendo los motivos.

Si te interesa conocer el significado real del vocabulario arquitectónico:

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Un año más

Dulces navideños con un abeto adornado al fondo

Tom apoyó la frente en el ventanal. Miró los campos nevados y el bosque que se extendía hasta el río. Tanta belleza le dolía porque la sensación de que ya no le quedaban fuerzas para vivir otra Navidad era muy acusada. Solo el silencio se hacía eco de su soledad. A su lado, sobre la mesa, descansaban todos los somníferos que el doctor le había recetado. No había tomado ni una sola pastilla. El potencial sueño eterno que aquellas cajas contenían aliviaba su amargura, y las acarició pensando que quizás las consumiría esa misma noche.

Él no existía. Nadie supo jamás que era el Tom del libro y de la posterior película. Utilizaron la historia de su pobre infancia, la estrujaron, le sacaron todo el jugo; recogieron la verdad de un empresario déspota que un día decidió hacerse dios, la recompusieron y la adornaron. Luego, alguien acumuló riquezas a su costa, y su familia heredó una fábrica que dio modestos rendimientos durante años.

La infancia de Tom pasó sin risas y sin juegos. Sí, su familia tenía una fábrica cuyos beneficios aseguraban comida todos los días y zapatos nuevos en Navidad. Pero Tom vivía temiendo que les arrebataran aquel regalo, y se obligaba a portarse bien para no perder el privilegio de una vida digna. Cambió las sonrisas por la seriedad que vistió de negro su existencia, mientras se hacía mayor y sus seres queridos iban desapareciendo. Ahora era demasiado tarde para recuperar la ilusión de su más tierna niñez.

Estaba decidido: sería esa noche.

Tom cogió un cuenco de cristal y, con la parsimonia de sus dedos cansados, fue desgranando grajeas mientras el sol comenzaba a ocultarse. Ya solo restaba llenar un buen vaso de agua y refugiarse en su dormitorio. Tomarse más de setenta pastillas tenía que ser difícil, a fe suya. Con cada una que ingiriera recordaría una Navidad, hacia atrás, hasta conseguir su propósito. Claro que setenta era una suma considerable de recuerdos a rememorar, habida cuenta de que conservaba muy pocos que fueran realmente gratos. Con suerte, se dormiría para siempre mucho antes.

Sonó la campana del porche, y Tom se quedó inmóvil con el cuenco en una mano y el vaso en la otra. Incómodo entre la curiosidad y el fastidio, depositó ambos recipientes sobre la mesa. Abrió la puerta sin preguntar.

Una mujer que llevaba a un niño de corta edad de la mano saludó con la cabeza. No los había visto nunca, aunque sus rostros le resultaban ligeramente familiares.

—Buenas noches, disculpe el atrevimiento, señor. Este es mi hijo Tommy. A mi esposo y a mí nos ha surgido un contratiempo de última hora, usted sabe… No podemos llevarnos al niño. Hemos pensado que no le importaría… Por favor, solo por un par de horas. Tommy nunca se porta mal. Es obediente y no le molestará.

Tom, estupefacto, dio un paso atrás y miró al chiquillo embutido en una ropa demasiado formal.

—Ah, buenas noches. En verdad, tenía previsto emprender un viaje… Pero puedo retrasarlo.

—Muy agradecida, señor. —Y dicho esto, la fugaz aparición se desvaneció sendero abajo.

—Muy bien, Tommy. Entra. ¿Cuántos años tienes?

Tommy se acercó a la mesa y miró con disimulo el cuenco lleno de perlitas blancas.

—Ocho, señor. ¿Son caramelos?

—No…, no son caramelos. —Tom tomó asiento en una butaca y señaló una de las sillas donde Tommy se sentó muy serio y muy tieso—. ¿Tienes miedo de quedarte aquí conmigo? Dime la verdad, y llámame Tom. Como ves, compartimos el mismo nombre.

—Sí, Tom. —Tommy miró de soslayo el retrato de un niño.

—¿Por qué?

—Porque no le conozco. Usted es viejo y tiene una casa muy grande.

—Entiendo. Y dime, ¿es cierto eso que dice tu madre, que nunca te portas mal?

Tommy asintió y miró de reojo el ventanal, más allá del cual la noche comenzaba a instalarse.

—¿Cómo es eso?

—Mis padres quieren que sea así.

—Claro, muchacho. Y tú debes de pensar que si no te comportas como tus padres desean, ellos dejarán de quererte. —Tommy miró la chimenea por el rabillo del ojo y volvió a asentir—. Entiendo. Cuando yo tenía ocho años era como tú. Todo el mundo me quería, y era tan bueno y me portaba tan bien que una Navidad me regalaron la fábrica del pueblo. Y me la regalaron a mí y no a otros niños porque ellos se portaron mal en el momento más inadecuado. Pero ¿sabes qué? Voy a contarte un secreto. En realidad no se portaron mal, no; solo hacían travesuras, que es lo que hacen todos los niños, y yo me moría de envidia. Era Navidad y estaban felices. ¿Tú haces travesuras?

—No, Tom.

—Eso me temía. Nunca fui capaz de hacer travesuras, Tommy, y al final se pasó la infancia y el momento de cometerlas. Me hice mayor, mis abuelos y mis padres murieron. Me quedé solo, y sé que por más que vuelva atrás en mi memoria, apenas encontraré recuerdos de cuando era niño, momentos en los que de verdad sonriera gracias a alguna diablura. —Tom estudió la reacción de Tommy, que seguía mirándolo todo de reojo, aunque sus dedos comenzaban a entrelazarse—. ¿Te gustaría probar con una? Quizás así aprendas que no son malas si no hay mala intención. Además…, es un favor que te pido. Yo te enseño, y tú me ofreces la oportunidad de sonreír esta Navidad.

—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó empezando a entusiasmarse.

—¿Has subido alguna vez a un tejado, muchacho?

Tommy se puso de pie de un salto con los ojos brillantes, mirando de soslayo los zapatos de Tom.

—No, nunca, nunca me han dejado subir al tejado. Mi padre dice que es muy peligroso.

—Y lo es si no se tiene cuidado. Pero el de mi casa es especial. Escúchame bien, Tommy, porque la primera travesura de un niño es muy importante. —Tommy se acercó a Tom con la cabeza gacha, observando ahora las manos del anciano con los ojos entornados—. Tienes que cumplir una gran misión. En primer lugar, buscarás ropa con la que disfrazarte en alguno de los armarios de la casa. Después, tendrás que descubrir unas escaleras que suben al tejado.

—¿Yo solo, Tom?

—Tú solo. No tengas miedo, y al final obtendrás tu recompensa. Vamos, ánimo, valiente.

Tom se levantó con dificultad y, con una amplia reverencia, franqueó para Tommy la puerta que daba acceso al interior de la casa. Le deseó suerte y volvió a cerrarla, dejándolo solo. Luego, indeciso, contempló el cuenco de pastillas. Sintió que el corazón aleteaba en su pecho, como si estuviera desperezándose. Miró la puerta por donde se había esfumado Tommy, tan parecido a sí mismo. Suspiró y esbozó una sonrisa. Aquel niño tal vez era su oportunidad de vivir una infancia feliz y despreocupada.

Se abrigó, sacó una bonita caja dorada del aparador y la metió en una bolsa de papel que se colgó del brazo. Después, decidido, salió fuera.

La luna llena le permitió localizar la escalerilla de madera que subía al tejado. Pese a su escasa fuerza y a la falta de equilibrio, Tom logró escalar los tres metros, impulsado por el ímpetu de la ilusión. Tuvo que detenerse dos veces, pero Tommy todavía no había llegado cuando plantó los pies en la azotea que se extendía entre las dos vertientes del tejado. Resoplando, se sentó sobre un fardo envuelto en arpillera y se dispuso a esperar.

Y esperó y esperó. Esperó tanto rato que tuvo tiempo de contemplar el cielo cuajado de estrellas, y la luna rielando en el río, y la profundidad de la noche conquistando el pueblo iluminado por las luces de los abetos en los patios. Esperó tanto que comprendió que hacía mucho que no esperaba nada. Imaginó a Tommy deambulando por la casona, extraviado en sus recovecos, desorientado y muerto de miedo. Y entonces, cuando ya se incorporaba para ir a buscarlo, una cabeza con un sombrero de ala ancha emergió del hueco de la escalera.

La figura de Tommy se dibujó poco a poco contra la claridad de la noche. El sombrero del abuelo John, una casaca roja vieja con charreteras del abuelo Robert, un delantal de su madre y unos zapatones naranjas.

Tom acabó de levantarse y se aproximó al muchacho con solemnidad tendiéndole una mano a la que el niño se agarró con vigor, asombrado de encontrarlo allí. Juntos caminaron hasta el borde del tejado.

—Lo has conseguido —aclamó Tom—. ¿Ha sido muy difícil?

—Primero sí. Tenía miedo, y me he perdido. Y no encontraba las luces. Pero luego ha sido muy divertido.

—Entonces ¿lo has pasado bien?

—Mucho, Tom.

—Estupendo. Fíjate en lo especial que es mi tejado. Puedes ver todo el pueblo, el cielo y el río. Mira allí, a las afueras. ¿Sabes qué es esa masa negra que se distingue junto a la orilla?

—Sí, señor, la fábrica vieja.

—Eso es. ¿Y sabes qué se fabricaba en ella, Tommy?

—Sí: chocolate, pero mi madre nunca me compró porque decía que era demasiado caro y porque yo era demasiado pequeño.

—Pues esa era la fábrica que me regalaron por ser tan bueno, y ahora es una ruina. Y yo no tengo nada. Pero… veamos tu recompensa. ¿A ti te gusta el chocolate?

—Mucho, pero no me dejan comerlo porque es malo para los dientes.

Tom hizo que Tommy se girara hacia él, le guiñó un ojo y extrajo la bonita caja metálica de la bolsa.

—Tommy, te hago entrega de tu premio: una selección de lujo, la más especial que jamás se haya elaborado en parte alguna; los dulces más exquisitos del mundo. Un Surtido Oro de trescientas sesenta y cinco chocolatinas.

Tommy alzó la cabeza y el sombrero cayó al suelo, con lo que Tom pudo ver unos ojos muy abiertos que por fin lo miraban fijamente, sin escabullirse.

—¿Para mí?

—Sí, por tu primera travesura. Tu regalo en esta Navidad. Pero, puesto que no te dejan comer dulces, vendrás todos los días a por una chocolatina, la comerás conmigo, y juntos planearemos nuevas maneras de divertirnos. ¿Te parece bien? —Tommy sonrió radiante y profirió una afirmación bulliciosa—. Magnífico. Toma, coge tu merecida recompensa. La llevaremos abajo y la depositaré sobre la mesa en sustitución del cuenco.

—¿Y qué son esas perlitas?

Tom se atusó el abundante cabello blanco, emocionado y dichoso.

—Son unas píldoras con las que proyectaba ir hacia atrás en mi memoria hasta dormirme y no despertar. Pero en su lugar, tu caja de chocolatinas, aunque seas tú quien disfrute de una todos los días, me llevará hacia adelante. Te comerás un bonito recuerdo con cada una de ellas, y yo viviré una segunda infancia. Gracias, Tommy.

Un golpe de viento hizo volar el ajado sombrero fuera del tejado.

Con la sonrisa en los labios, Tom pasó el brazo por los delgados hombros de Tommy y lo guio hacia la escalera interior. Él también había conseguido su recompensa: una Navidad más. Un año más.

Este relato forma parte de la antología Cuentos de Navidad 2015 de la editorial Playa de Ákaba. ¿Adivináis en qué historia tiene sus raíces?

Última morada

Rufino se pasaba el día de un lado a otro, recorriendo el pueblo en su BH azul oxidada. En la cesta del manillar transportaba la caja donde vivía su gallina y en el portapaquetes, hatillos y bolsas con sus variopintas pertenencias. Algunas personas, superando el recelo, se acercaban a preguntar por el ave: que sí, claro que ponía huevos, que no, no se escapaba, que no, no la había robado, se la había regalado un payés; que no, diantres, ¿cómo se iba a comer a su amiga? Que no, no se llamaba de ninguna manera, era gallina y nada más. Y como si Rufino fuera una atracción de feria, sus pulidos conciudadanos depositaban unas monedas en la caja, incluso a menudo le daban algo de comida o ropa usada.

Él, sin ser consciente de que esperaban agradecimiento, correspondía intentando hacerles comprender que el mundo está podrido de conspiraciones, que las instituciones religiosas y las logias masónicas monopolizan la riqueza del país, que los partidos políticos se alimentan de dinero extranjero, que los barcos de piratas acabarán con el comercio internacional… Lo oía en radios y televisiones ajenas, lo cazaba al vuelo en las conversaciones de la gente, que no era tonto, vamos, y se daba cuenta de la precaria situación actual. Rufino no acababa de entender por qué nadie le hacía caso. Todas aquellas maquinaciones no podían aportar nada bueno, pero a los habitantes del pueblo por lo visto no les importaba y descartaban sus advertencias. Y la inmensa mayoría le rehuía.

Rufino comía suficiente por gentileza de lo que los vecinos tiraban por las calles o en los contenedores y se vestía gracias a las bolsas de ropa abandonadas en las esquinas. Pero si hasta contaba con un par de zapatos de repuesto y unas botas para la lluvia que pendían del sillín de su bicicleta. En una bolsa de supermercado atada al manillar tintineaban botecitos de muestra de jabones de ducha, champús para todo tipo de cabello y sobres de cremas, tubitos de dentífrico y hasta minicepillos de dientes, aunque en honor a la verdad, hay que decir que Rufino iba sucio y olía bastante mal. ¿Qué culpa tenía él si las dos fuentes públicas estaban fuera de servicio la mayor parte del año porque había quienes arrancaban los grifos para vender el hierro a kilos? Y llover, no llovía demasiado.

De lo único que Rufino carecía era de una casa, por eso le llamaban vagabundo. Se la habían quitado hacía más de cinco años, y lo habían apartado de la normalidad, de la ortodoxia de las existencias ordenadas… y de la cordura convencional.

Así pues, al atardecer, cuando las piernas le flaqueaban de cansancio por tanto pedalear, cuando su gallina comenzaba a cacarear indignada por la inmovilidad, cuando sentía el peso de la vida que como unas alforjas colgaba de su BH, Rufino rodaba con parsimonia hacia el camposanto. Se colaba en su interior por la parte trasera, puesto que el vigilante cerraba la verja principal a las siete, y ya no se podía acceder al recinto. Jenaro hacía la vista gorda, pero no podía dejarla abierta para Rufino. Había un hueco en el muro entre cipreses que el Ayuntamiento no reparaba porque en realidad ¿a quién puede preocuparle un boquete en la tapia del cementerio? Rufino escondía la bicicleta entre los arbustos del camino viejo y empleaba un buen rato en acarrear sus bártulos: el hatillo, el calzado, las bolsas, la caja con la gallina, y lo metía todo en el panteón donde se guarecía durante las noches.

Allí dentro, al amparo de la muerte anunciada que aguarda, Rufino disponía de una esterilla y dos mantas raídas. Cuando se tumbaba, callado en medio del silencio, daba gracias a la familia rica que se había hecho construir el monumento funerario y rezaba para que sus miembros tardaran muchos años en precisar de él. Sabía que eran cinco, un matrimonio y tres hijos, muy jóvenes los padres aún, muy pequeños los niños, lo cual le proporcionaba una gran sensación de seguridad. Habrían de pasar años antes de que personas en la flor de la vida necesitasen habitar el panteón. Mientras Jenaro continuase siendo vigilante y él fuese cuidadoso y considerado con el lugar, no le faltaría techo durante mucho tiempo.

Aquel sábado, abrigado bajo sus cobertores, Rufino escuchó ulular de sirenas no demasiado lejos. Provenían de la carretera, quizá de ese cruce de cinco calles tan peligroso que él siempre procuraba evitar. Elevó una plegaria por si acaso había habido víctimas y, tras dar las buenas noches a su gallina, se durmió feliz, sin imaginar siquiera que un accidente de tráfico puede saldarse con cinco vidas, como había sucedido. Cinco jóvenes vidas.

Cuando después de dos días vio el luctuoso desfile de cinco féretros desde la brecha de la tapia, Rufino lloró, y no solo porque de nuevo se había quedado sin casa. Cinco vidas tan jóvenes eran un precio muy alto para un panteón recién estrenado. Con su gallina en brazos se sumó a la comitiva y, pese a que amigos y familiares de los fallecidos se apartaban de él entre susurros de rechazo y repugnancia, consiguió llegar junto al monumento. Él solo quería rezar, pero Jenaro, con todo el disimulo del que fue capaz, le entregó su esterilla y sus mantas y le instó a abandonar el cementerio.

No había espacio entre los muertos para el vagabundo.

La croada de l’edredó


Aquest relat el vaig escriure per a Xavier Aldekoa, grandíssim periodista, excels coneixedor de l’Àfrica, quan un matí qualsevol va cridar demanant auxili al Twitter perquè s’havia d’enfrontar al fet de col·locar la funda al nòrdic, cavall de batalla de milions de cases. Si algú té ganes de traduir-lo al castellà, benvingut sigui!
S’obre l’armari i sento aquella mica de pessigolleig d’anticipació, sembla que l’hivern i el fred han tornat (mai se sap amb tot això del canvi climàtic). A més, els dos nanos de casa són grandots i les hormones se’ls disparen, ja m’enteneu, calor excessiva, pudor de tigre… i potser s’acosta el dia que els faci més nosa que servei. I la mare, bé, és fredolica com ella sola, però va rebutjar el meu germà gran fa temps, perquè tot i que dorm amb la finestra oberta tot l’any, diu que la fa suar de valent i no el suporta…
Aaaah! No hi ha una altra manera de treure’m d’aquí dins? Cal estirar de la nansa de la bossa on em guarden per sortir disparat, llençat habitació enllà com un tros de qualsevol cosa? Bé sí, ara mateix sóc un “bulto” sense forma, una mena de maleta tova que cau al terra sense fer soroll… però penso que no és necessari tractar-me així. Ben pensat… aquest vol ras és millor que tot el que m’espera a partir d’ara. Si pogués, tremolaria. És clar que no seria molt propi d’un edredó nòrdic posar-se a tremolar, oi? Hauré de rumiar sobre aquesta possible contradicció vital quan m’avorreixi. Ara toca respirar profundament, m’imflo i em desinflo, plomes amunt i avall…
Em treuen de la bossa i m’estenen, aquest sí que és un moment de plaer, tants mesos encongit. Oh, si la cosa acabés aquí, eh? Però de seguida descobreixo la meva enemiga, sí, sí, aquesta fleuma, tota flors i coloraines, tota plecs ben posats i marcats, amb aquell forat ominós on jo he de encabir-m’hi. Sé (via twitter -què us pensàveu-) que alguns companys, després de penoses rebel·lions (batalles aferrisssades que acaben de bon matí, ells tots despenjats per un cantó del llit, elles rebregades a l’alçada del coixí), han conquerit el dret a la llibertat i ara viuen tan feliços (cada dia més bruts, això sí, les coses com són) sense l’opressió de les malèfiques fundes.
Ostres, que comença la festa! La mare ja ha cridat a un dels fills. “Tu, agafa aquesta punta, i no la deixis!” És un instant força gloriós, quan sense gaire mirament despleguen la senyora funda, la violen una miqueta ficant la mà allí dins, burxant fins que arriben al cantonet i llavors em toca a mi el torn d’emprendre el camí per la foscor fins que ens uneixen i ens pincen a tots dos dins del pumny de ferro del nano, que ens apreta serrant les dents per por que ens escapem. Aaaah! I ara l’altra punta… De seguida m’adono del desastre inminent! Nooo, no continueu! Però no m’escolten, i quan junten les altres dues puntes comproven que en lloc de quedar-me tot recte i rígid, penjo de la part del mig, m’arrossego per terra. Jo ja us ho volia dir! M’esteu vestint “a lo llarg” i no “a lo ample”! Mare i fill comencen a suar. Ens separen un altre cop, jo per un costat, ella per un altre. Tornem-hi!
Ai, quina deu ser la verge dels pobres edredons? Voldria encomanar-m’hi.  La marededéu dels Desenfundats? Ara m’han girat bruscament, i la única satisfacció és veure-la a ella feta un rebrec damunt el llit. Arriba el torn dels crits, quan al nano afluixa la presa, la mare em sacseja … i una de les puntes surt alegrement disparada. “Fica’t a dins!” brama la dona. “No, m’ofego!” Ho intenten de nou i fracassen. Nervis. Jo ja estic resant a hores d’ara. Que s’acabi aquesta tortura, que s’acabi aviat…
La mare fa fora al fill. Diu que ja s’espavilarà tota sola. El pànic s’apodera de mi. Sola? Un humà tot sol per acomodar-me dins aquesta cova fosca? Sí, hauré de pensar seriosament sobre això de tremolar, si és que puc sobreviure al que sigui que s’acosta.
L’ambient s’omple d’electricitat, ja m’enteneu, aquella tensió, ai ai, què passarà. Crec que fins i tot la meva eterna enemiga està cagada de por. La dona m’agafa d’una revolada i mica en mica em col·loca damunt el llit, com si fos una vànua qualsevol. Fins i tot m’allisa i, per un dolç  moment m’imagino alliberat. Ara reposo ben posadet, ben centrat… La dona agafa la funda, fica la mà a dins, busca la punta de la dreta i agafant la meva mateixa punta, ens ajunta. Au, ostres, ara ens ha ficat a tots dos dins el primer calaix de la tauleta de nit, i el tanca, estem atrapats. La funda està tota damunt el llit, rebregada a la part de dalt, ocupant el lloc del coixí. La dona camina cap a l’altra banda del llit, agafa amb decisió la meva punta esquerra, repeteix la manhiobra anterior (fica la mà dins la funda, busca el raconet) i quan ens uneix, aixeca una mica el matalàs i ens hi atrapa. Ara tenim les dues puntes enganxades, una al calaix, l’altra sota el matalàs. No em puc moure!
La dona es desplaça cap als peus del llit i m’arremanga gairebé amb tendresa. Amunt, amunt, poc a poc, no féssim moviments bruscos que desmaneguin la paradeta. Quan sóc més o menys al mig del matalàs, aquesta intrèpida humana fica les dues mans sota meu i  busca la part de baix de la funda, la valva inferior, que dic jo. I amb la mateixa cura (això em fa una mica de ràbia, però m’aguanto perquè no estic patint gaire) l’estira avall, avall.. mentre l’aplana i l’obre cap els costats amb el propòsit de acomodar-la damunt el matalàs. Ostres, sembla que el miracle s’aproxima… Estic ansiós… Ara em toca a mi, la humana m’agafa amb precaució i també m’estira avall, damnut la funda, damunt aquesta valva que ja reposa tota cofoia al seu lloc. I… finalment, un cop estic ben col·locadet i ben aplanadet, la dona, victoriosa, agafa la valva superior de la funda i la fa lliscar per damunt meu, avall, avall! Ostres, no m’ho puc creure! Allibera les dues puntes i finalitza la seva croada allisant-nos del tot.
Ho ha aconseguit! He d’escriure ràpidament perquè tots els companys, que de tan bruts hauran d’anar a la tintoreria, procurin ensinistrar als amos que els han tocat en sort! Mmm… però, valga’m déu, com puc explicar-los això amb 140 caracters?

El secreto de Petunia (dedicado a los que adoran la saga de Harry Potter)

¡Atención! Lo que vais a leer es solo un ejercicio literario que consiste en traer al frente un personaje secundario y endosarle algo inventado. Ocurre que, después de escribirlo, me apetece que lo leáis, y de paso dedicar un guiño a todos los seguidores, friquis, fans (fanes, según la RAE), amigos y enemigos de Harry Potter. Gracias a J.K. Rowling, aunque ella no lo sepa, por prestarme un ratito a la protagonista de mi relato. Ahí va mi ejercicio y mi homenaje.

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