Líneas paralelas

Mujer anciana en blanco y negro con gran expresividad en el rostro

Tras treinta años de ausencia, Eugenio pisó por primera vez el pueblo que lo vio nacer. Se fue como emigrante a Alemania donde su existencia se mimetizó con la red ferroviaria a la que había dedicado buena parte de su vida. Una existencia trazada con líneas paralelas que jamás convergen.

Así transcurrieron sus días, acumulando meses y sumando años, entre raíles que nunca le condujeron a ninguna parte. Entre personas que pasaban y continuaban trayecto, la vista al frente, el horizonte definido, pero siempre ajenas, encajadas en una realidad que no rozaba la suya.

Por fin llegaba a su destino, fin de recorrido. Un paisaje cambiado, desconocido, el recuerdo de un pueblo que se adivina solo en las calles antiguas, en la plaza vieja.

Su madre lo esperaba. Eugenio se detuvo ante ella. La reconoció. Pese a los años inmisericordes de separación durante los que ni siquiera la había visto en fotografía, la reconoció.

Porque sus miradas sí convergieron.

BlackFriday

Dos bancos en un parque con el suelo cubierto de hojas rojas y amarillas

Como todos los viernes, acompañada por la cuidadora, Mercedes abandonó la residencia y se dirigió al parque para reunirse con su hija.

Vivía esperando ese encuentro. Dedicaba la semana a prepararse para los pocos minutos que Susana le destinaba, y la peluquería de los jueves marcaba el momento culminante de su ilusión. Era la secuencia ordenada de los acontecimientos. Primero, ponerse guapa, y después, el parque, la alegría efervescente de recibir unas migajas de cariño.

A la cuidadora le costó mucho explicar a Mercedes por qué los bancos estaban vacíos. La anciana jamás hubiera cambiado un día de compras desenfrenadas por un rato de calidez humana. Recogió unas cuantas hojas, hermosas hojas de otoño, y trató de apaciguar su llanto con la promesa de confeccionar con ellas un bonito regalo que ofrecerle a Susana. Para el próximo viernes.

Carrera definitiva (escrito para Amnistía Internacional)

Un bonito cielo

Sentado ante la puerta de su casa, Adson contemplaba con orgullo las Nike viejas que había encontrado revolviendo la basura. Un tesoro en sus pies. Tenía quince años y le habría gustado ser atleta. Pero era negro y pobre, una sombra como una mácula en la ciudad preolímpica, un tumor marginal que sobrevivía. Sin embargo, nada le impedía soñar: un gran estadio, la multitud coreando su nombre.

No vio a los policías militares, pero sí escuchó la desgarradora advertencia de su madre. Las punteras de unas botas brillantes rozaron las de sus Nike astrosas. Adson no entendió las palabras que vociferaron, diluidas en el estruendo de una detonación cuyo ruido conquistó todos los rincones de la favela.

Doblado sobre sí mismo, sangrando, pasó por debajo de las piernas abiertas de un agente y echó a correr. Le dolía el aire, le dolía la vida en el pecho. Sus Nike pisaban desechos y vertidos, pero corrían, azules y blancas, esquivando niños harapientos, recorriendo pasajes laberínticos, con el lamento de su madre pegado a los talones.

Adson ensuciaba el sueño olímpico, y el sistema, con su implacable método de limpieza, se desprendía de las manchas a golpe de gatillo.

Llegó al borde de la favela y cayó. Alguien se agachó a su lado.

—Tranquilo, muchacho.

—¿He ganado?

—Claro que sí.

—Han sido las zapatillas… Y no las robé…

Adson sintió el abrazo y cerró los ojos.
La miembro de Amnistía Internacional lo estrechó hasta que el chico cruzó la meta definitiva.

Profecía

Imagen de la súper luna de hoy

Ráfagas de destrucción, oleadas de delirio, alaridos que no trascenderán. Una opacidad brotará de los intersticios de la Tierra, engullirá las existencias y apagará los hálitos. El tiempo colapsará, y su ofrenda postrera, la que concederá el privilegio de perdurar, descenderá a los pies de las elegidas.

Las madres falsificarán los certificados de nacimiento, pero será inútil. El tiempo lo sabe todo, y solo las hijas nacidas durante la súper luna de esta noche sobrevivirán, aquellas que nazcan cuando los relojes atómicos marquen el período exacto en que el satélite salga y se ponga.

En medio del caos, nadie advirtió la falacia, el burdo engaño del oráculo. La Humanidad está condenada. La profecía excluyó a los varones.

Malos tiempos

Alberto se arrastró como pudo hasta acurrucarse en un rincón. Se cubrió la cabeza con los brazos, temeroso de que le llovieran más golpes, aunque la calle se había quedado silenciosa después de la paliza. No se atrevió a moverse más. Algo debía de tener roto porque respirar era un suplicio. Notaba la sangre resbalándole por la cara, y al menos dos dientes bailoteaban tras sus labios partidos.

Había perdido el móvil en la refriega. Pasarían horas hasta que alguien pudiera prestarle ayuda, no en vano aquel era un barrio solitario. Desde luego, sus tíos se preguntarían dónde demonios se había metido, pero no intentarían ponerse en contacto con él para hacer averiguaciones. Darían por sentado que se había olvidado del compromiso adquirido, que habría preferido irse por ahí de marcha con sus amigos.

Lo que peor llevaba en aquel momento, más que el dolor, más que el miedo ante lo incomprensible, ante la barbarie, era imaginar decepcionada y llorando a su primita. Una criatura tan maravillosa no se merecía algo así el día de su quinto aniversario.

Alberto sollozó, impotente. Él no había querido asustar a nadie. Tendría que haberse puesto el traje de payaso en casa de sus tíos.

Dentro de ti

Te gusta salir a la calle a las seis de la mañana. El pueblo duerme, nadie perturba la paz de tus pasos. La noche acaricia las esquinas mientras el silencio flamea a tu alrededor como una bandera que se deshilacha con grietas de luz.

Caminas ligera, consciente de que en tus labios se dibuja una sonrisa que amanece como el horizonte. Adoras este momento, sientes que te pertenece. Tú y tus pensamientos, el susurro de tus tacones.

Y de pronto lo percibes, a tu espalda. Un roce, un murmullo.

Miras atrás, inquieta. Oyes pasos que se apresuran cuando tú te apresuras. Empiezas a jadear, alguien te sigue.

Corres, y yo también corro, a tu ritmo. Me llaman miedo: soy yo, pero eres tú.

Alzheimer


Un lunes cualquiera, Ezequiel salió contento de casa. Compró el pan, saludó a los transeúntes y acarició a un perro abandonado. Como le sobraban unos minutos, se sentó en un banco y disfrutó del sol.
Tres horas más tarde, dispuesto a regresar, se puso en pie, miró confundido alrededor y, olvidando la barra integral, echó a andar, indeciso.
Caminó un buen rato sin reconocer su entorno. Con espanto, desorientado, preguntó por su propia dirección. Con más rudeza que amabilidad, le indicaron que debía dar la vuelta y cruzar cuatro calles.
Arrastrando el dolor de huesos, Ezequiel desanduvo todo el camino. Cuatro calles eran cuatro cruces. Uno…, dos… tres… Se detuvo. ¿Había contado dos o tres?
—Dos…
Tres… cuatro. Dobló la esquina, victorioso y exhausto. Pero su casa no estaba allí.
Y Ezequiel lloró.

Prescripción facultativa


Marisa puso patas arriba la habitación. Revolvió el armario, vació los cajones, escudriñó bajo la cama. En los libros tampoco halló nada.
Su respiración se aceleraba a medida que cosechaba fracasos, y los latidos martillaban como pesadillas aporreando una puerta.
Frenética, barajó la posibilidad de llamar a su psiquiatra, pero desistió. No quería parecer idiota; se acordaba bien de lo que el doctor le había prescrito: “tienes que encontrar los límites…”
Temeraria, traspasó las fronteras de su cuarto y buscó por toda la casa. Sus jadeos llenaban el silencio convertidos en presencias ajenas.
De pronto, Marisa quedó paralizada. Acababa de recordar con exactitud cómo terminaba la frase del médico: “…dentro de ti misma”.
Solo esperaba que no doliera demasiado.

Así no habló Saratrasto


Hoy abandonaré mi montaña, la cueva en que convertí la habitación. Llevo veinte días encerrada, pero estoy decidida.
Conseguiré que mis padres comprendan que ya no soy su trasto caprichoso, que puedo tomar decisiones. Tres semanas son tiempo suficiente para que se hayan dado cuenta de que mi propósito es firme. Tengo diecisiete años, mi vida me pertenece, y quiero estudiar Filosofía.
Hablando se entiende la gente o, por lo menos, así lo proclaman los que se consideran adultos.
Abro la puerta del cuarto y, despacio, desciendo por las escaleras, como el profeta. Un camino de quince peldaños, quince razones de peso para no retroceder que voy enumerando a cada paso: confianza, seguridad, madurez, equilibrio, firmeza, libertad, libertad, libertad, libertad…
Mi madre levanta la cabeza, emerge de sus papeles y asiente complacida. Mi padre deja de teclear, se quita las gafas y señala una silla vacía.
Me acerco y sonrío, dispuesta a incorporarme a su mundo durante unos minutos en busca de un instante de comprensión, de un puente de contacto que nos una. Ellos me miran serios, esperanzados, con esa luz que se enciende en sus ojos cuando se creen victoriosos.
Sara, hija, me alegro de que por fin hayas entendido que no tenías razón. La Filosofía es una carrera trasnochada. El conocimiento útil no procede de lo que otros pensaron a lo largo de los siglos.
—Estaremos felices de pagar tus estudios de Ingeniería Informática, cariño.
Intento articular el alegato minuciosamente preparado en defensa de mis intereses. Separo los labios, muevo la lengua y gesticulo.
—No, cielo, no digas nada, no es necesario. A menudo nos equivocamos, y no hay nada que perdonar cuando se reconoce, aunque sea tres semanas más tarde.
Silenciosa, doy media vuelta y emprendo el ascenso de regreso a mi habitación. Quince peldaños desnudos de razones. Vuelvo a la montaña, a mi cueva.
Quizá sea necesario morirse primero para que te entiendan y acepten después.

0,99 euros


El forense dictaminó muerte accidental por aplastamiento. Miguel Sabiendas falleció prensado bajo un mueble de estantes que contenía miles de primeros fascículos.
—Era autodidacta. Todos los septiembres se hacía el firme propósito de aprender, así fuera inglés, mecánica de aviones, la reproducción de las abejas… ¿Qué culpa tenía mi pobre marido si cada año lo engañaban incrementando el precio de los coleccionables? —declara la desolada viuda.
—Vamos, señores, que el saber ocupa lugar… y además, pesa.
La periodista interrumpe la conexión y se encamina a la cafetería de la esquina. Antes de entrar, lanza a la papelera el primer número de ‘Los secretos del punto de cruz semana a semana’.
Marta Estrada (Arais)
Micro ganador de Gigantes de Liliput, tema “Propósitos de septiembre”