Portadas de libros

¿Os apetece colaborar en la creación de mi próxima novela? No es algo muy accesible para personas ciegas, aunque siempre podéis preguntar a terceros y participar. Según las aportaciones que hagáis, es posible que influyáis en el devenir de los acontecimientos, o cuando menos, en el modo de tratarlos.

Veréis. Se trata de explicar la portada de uno o más libros que os hayan interesado, impactado, gustado, disgustado, introduciendo la aportación como comentarios de esta entrada. Tendríais que poner su título, autor y una descripción lo más detallada posible de lo que aparece en la cubierta. Solo necesito que respetéis una condición: que el autor esté ya muerto.

¿Os animáis a ayudarme? Quizás cuando publique, veréis reflejado el libro que compartisteis formando parte de la trama.

Gracias a todos de antemano.

Sedentarismo

Silla ergonómica negra

Hasta el día en que leyó la noticia en la aplicación de RTVE.ES para móviles, Elvira Cuadrado se sentía feliz con su trabajo en la oficina. Más que feliz, importante, porque nadie en su familia había trabajado nunca en una oficina. Y además no era una oficina cualquiera, sino la sede principal de uno de los laboratorios farmacéuticos más prestigiosos del país. Elvira se sentía importante y realizada, aunque su puesto de recepcionista quedaba tan abajo en la escala de categorías laborales como la planta donde se hallaba el vestíbulo, ocho pisos por debajo del despacho de dirección.

Su padre barría calles. Su madre sacaba a pasear a una anciana que vegetaba en una silla de ruedas. Su hermano mayor despachaba en una charcutería y el pequeño, en una ferretería. Y sus cuñadas eran amas de casa. Elvira se creía con el derecho a sentirse superior por haber llegado tan lejos con su graduado escolar.

En realidad, lo de recepcionista no era muy exacto: lo decía ella porque sonaba mejor que telefonista, con más enjundia. Su jornada de siete horas transcurría entre dígitos y pitidos dentro de un cubículo de apenas un metro y medio por uno. Desde allí podía ver el tránsito de personas entrando y saliendo, pero ella era invisible para los demás.

Y le daba igual. Elvira no tenía trato directo con nadie, pero conocía a todo el mundo. Se sabía de memoria cientos de extensiones, cientos de nombres y apellidos, cientos de voces. Lo que no estaba a su alcance era asociar imágenes a tan vasta información. Así que se las inventaba, o las repartía, adjudicándolas con la libertad incuestionable de su propio criterio. De este modo, la mujer alta con falda de tubo, tacones de aguja y gafas rojas de pasta era la griega Sofía Mercadeos, la directora de márquetin, aunque en verdad se trataba de Julia Rimero, una de las mozas de almacén. O el hombre bajo y delgado con vaqueros y camiseta negra era Luis Gradientes, uno de los locos chicos de diseño, nada más lejos del cargo de ayudante del director adjunto que ocupaba. Elvira confeccionaba su particular mosaico de historias y personalidades durante las siete horas que duraba su jornada. Porque siete horas dan para todo tipo de fabulaciones y especulaciones.

Y es que Elvira no se movía de su cómoda y modernísima silla ergonómica. Desayunaba sentada en su puesto, discretamente, eso sí, para que nadie notara que estaba comiendo. Por nada dejaría la centralita desviada al teléfono de los de seguridad o al del conserje. Ningún rey cede gustoso el dominio sobre su territorio, y ella no iba a ser menos. Solo se levantaba una vez, siempre al cabo de tres horas, para ir al baño a orinar, retocarse el maquillaje y lavarse las manos. Adoraba su empleo, su cubículo y su silla de nave espacial. Adoraba su existencia ordenada.

Elvira despertaba todas las mañanas a las seis y media, se duchaba, tomaba un café con leche y una torta de arroz, se preparaba el termo y el bocadillo de pan integral con jamón cocido sin sal y salía a buscar el metro una hora después. Ante todo, el orden, la pulcritud, las rutinas cotidianas tan necesarias para que la vida resultase apacible, lejos de sobresaltos e imprevistos. A Elvira le gustaba la calma que le proporcionaba la inmovilidad, incluso el inmovilismo. Le gustaba saber lo que había que hacer en cada momento; la seguridad que le confería ser capaz de relacionar un nombre de persona o de sección con un número determinado. Disfrutaba con la idea de que llegaría a casa a las cuatro menos cuarto. Sentada en la cocina, comería su verdura y la pieza de pescado o carne a la plancha mientras repasaba las noticias en el móvil. Luego se tumbaría veinte minutos en el sofá, y el resto de la tarde lo emplearía en sus actividades, dependiendo del día de la semana. Cuando algo perturbaba esta rutina, las cosas comenzaban a ir mal. Porque Elvira, además de feliz y realizada, era un poco hipocondríaca. O mucho, como se descubrió después de haber leído la noticia en la sección de ciencia y tecnología.

Y Rosa Freguillas acumuló su parte de culpa en lo sucedido. Rosa era una de las mujeres de la limpieza. Con su uniforme verde alcachofa y su carro de artilugios y productos olorosos, se pavoneaba por el vestíbulo exhibiendo una amplia sonrisa y hablando con unos y otros. Elvira la detestaba. Aborrecía la figura baja y rechoncha, la voz que se oía a través de los paneles de su cubículo; el hecho de que rompiera su sagrada norma de identificar los rostros a su conveniencia y, sobre todo, por encima de cualquier otra consideración, se le indigestaba semejante despliegue de movimiento. Rosa representaba todo cuanto a Elvira le producía ansiedad y dolor de cabeza. Y la odiaba.

Aquel lunes de junio, el mundo de Elvira se vino abajo cuando leyó la siguiente noticia:

El estatismo puede aumentar el riesgo de enfermedades graves.
Recomiendan trabajar de pie o dar paseos ligeros y regulares.
Aconsejan que las empresas fomenten un entorno de trabajo más activo.

Elvira empezó a sudar. Abandonó la torta a medio comer, apartó la taza de café con leche y continuó leyendo:

Las personas que trabajan en oficina deberían estar de pie un mínimo de dos horas diariamente en horario laboral (…) Pueden incrementar el riesgo de padecer una enfermedad grave y muerte prematura (…) Los empleadores deben advertir a sus trabajadores de los peligros de permanecer largo rato sentados.

—Jesús, María y José… —murmuró horrorizada.

Al día siguiente, Elvira llegó dos minutos tarde al trabajo, pálida e indispuesta. Entró en su cubículo y miró con recelo la portentosa silla ergonómica. Se sentó, activó la centralita y se dispuso a iniciar su jornada. Pero enseguida percibió que algo iba mal. Cuando atisbó la gordura en movimiento de Rosa Freguillas, sintió que el corazón le daba un vuelco. Le costó varias llamadas y unos cuantos errores de conexión darse cuenta de que su sentimiento hacia esa mujer estaba cambiando, aunque no atinó a comprender en qué dirección. No podía despegar los ojos de la limpiadora cada vez que esta atravesaba el vestíbulo empuñando sus bártulos.

En realidad, todo empezó a cambiar a partir de aquel martes. Las siete horas de la jornada laboral de Elvira se convirtieron en un infierno. Por más que movía los pies y las piernas, por más que levantaba el trasero y volvía a dejarlo caer sobre la silla; por más que alzaba los brazos y batía palmas se sentía terriblemente amenazada. El dolor de cabeza era constante. Le dolía el estómago y tenía calambres, sin duda síntomas de alguna enfermedad provocada por el sedentarismo. Se equivocaba al pasar las llamadas y se olvidaba de transmitir encargos.

Entonces, después de una semana de amargura, comprendió la naturaleza del sentimiento que en ella avivaba la limpiadora: era envidia. Rosa Freguillas se movía. Todos aquellos a quienes Elvira había despreciado a causa de sus trabajos anodinos se movían: su padre en la calle, su madre paseando, sus hermanos arriba y abajo en las tiendas, incluso sus cuñadas ejerciendo de madres y esposas. Ninguno de ellos padecería enfermedades graves o moriría prematuramente. De no ser por Rosa, Elvira quizá jamás se habría percatado de aquella verdad absoluta: ella, que se había creído superior, estaba condenada porque hacía años que durante siete horas al día permanecía anclada a una silla fantástica. No había tiempo que perder, si es que le quedaba tiempo.

Nadie entendió por qué Elvira Cuadrado decidió dar su sofá a una familia marroquí, además de todas sus sillas menos una de la cocina, y mucho menos por qué abandonó el empleo con el que ganaba unos buenos mil doscientos euros al mes. Y tampoco nadie entendió por qué en julio hubo de ser ingresada con un severo cuadro de agotamiento físico y nervioso.

A través de las ondas

Supongo que hay una época en la vida en la que uno es capaz de todo. Bueno. Hubo una en la mía en que también hice radio, y hoy, día internacional de la misma, me apetece rememorarlo.

Estuve una temporada en la emisora municipal de mi pueblo, durante unos meses, con un espacio musical de solo media hora los sábados por la mañana, y ese verano, conduje un magazine de tres horas todas las tardes, hasta que nos cerraron el chiringuito. Fue el tiempo en que las esforzadas emisoras locales molestaban porque se comían la banda, o algo así, y nadie tenía en cuenta el trabajo que se hacía en ellas, el canal que abrían con el entorno al que representaban, la vía de comunicación que a través de ellas hallaba la gente que las escuchaba.

Era cuando los locutorios estaban forrados de hueveras para insonorizar, cuando apenas cabíamos en ellos, cuando el técnico contaba con un diminuto espacio para manipular sus máquinas maravillosas. En el gallinero de nuestro ayuntamiento, tras una escalera de película de serie B, escondidos y envueltos en un halo que casi rozaba la clandestinidad.

Ninguna supuesta incomodidad importaba. Todavía recuerdo el cosquilleo en el estómago antes de salir al aire. Como no veía la luz verde, el técnico, Juan Carlos, me avisaba con su voz en mis auriculares, tres, dos, uno, y abría micro. Y mi voz saltaba a las ondas un poco temblona al principio, luego adoptando la seguridad necesaria para sentirme a mis anchas.

Un espacio musical no tenía mucho misterio. Llevaba programado lo que iba a sonar, pero también recibía peticiones por teléfono. Eso sí, teniendo en cuenta el carácter local de la emisora, no siempre podía librarme de la señora Dolores, por ejemplo, que cuando sabía que estaba en antena, preguntaba por mis padres, para mi sonrojo. El magazine era otra historia. Tenía detrás todo un trabajo de producción que yo misma realizaba, la preparación, el montaje. Entrevistas, reportajes sobre diversos temas, música, entretenimiento. Para no sentirme tan sola en el estudio, me inventé a la abuela Palmira, un personaje que me acompañaba y metía baza cuando le parecía, o hablaba con los oyentes que llegaron a tenerle cariño, incluso algunos creyeron que existía de verdad. La voz la ponía yo, por supuesto.

Hacia el final del verano comenzaron a amenazarnos con cerrar, y poco a poco fuimos perdiendo el entusiasmo, porque luchar contra el sistema no servía de nada. Terminamos con una radiofórmula, últimos coletazos, hasta que la Generalitat nos silenció. Fue una triste despedida. Después me ofrecieron un par de opportunidades, en Radio Salud y en Onda Cero Vilanova, pero ya había pasado el momento, y no acepté porque estaba en otras cosas. Creo que me arrepiento. Me habría gustado seguir en la radio, aunque quizás me habría venido grande estar en emisoras de semejante calibre, sin preparación oficial. De todos modos, habría aprendido y seguido adelante, de eso también estoy segura.

Me encantaría volver a la radio, pero no conduciendo yo, sino como colaboradora. Feliz día a los amantes de este medio maravilloso.

Fue el verano de Life is live, vídeo oficial.

¡Qué recuerdos!

Extinción

Dinosauria con tres crías en segundo plano

Impacto. Tembló la tierra bajo sus patas, la noche llegó antes de que su estómago pidiera alimento. Un calor de fuego sin llama encendió su piel rugosa, secó la hierba y devastó la laguna donde se abrevaba.

La colosal herbívora dio unas zancadas vacilantes. Giró el largo cuello y buscó al resto, pero se había quedado sola. Junto a sus patas, abrasadas, yacían las crías muertas.

Bramó, herida de instinto roto, de final absoluto.

Del cielo se desprendió un polvo cegador. No obstante, la madre echó a correr por una tierra que ya no entendía.

Fue la última superviviente.

Pasó un ángel

La Tierra iluminada de noche vista desde la Estación Espacial Internacional

Para Ramón Yagüe Albesa. Con todo mi cariño hacia su recuerdo. Quizás alguna vez, yo tampoco supe comprenderle.

A Ramón le gustaban las cosas redondas, las que daban vueltas sobre sí mismas. Podía pasarse largos ratos sentado ante la televisión, cuando todavía existía la carta de ajuste, con aquellos numeritos que desfilaban hasta que la pantalla fundía a negro o revivía con todo tipo de imágenes. Frente a la lavadora, sus horas transcurrían contemplando el vaivén del tambor, aquel movimiento que cambiaba de sentido después de cada giro y que a él le fascinaba, como le fascinaban los engranajes que arrastraban las cintas en un radiocasete.

Ramón nació así, decían los vecinos. A su paso desgarbado, los murmullos crecían mientras índices sin escrúpulos ni sensibilidad lo señalaban. Porque, aunque su discapacidad psíquica había sido causada por un problema de incompatibilidad de grupos sanguíneos, lo habían clasificado desde siempre bajo la etiqueta de subnormal. Y aquella etiqueta dolía, a la familia le dolía pues Ramón vivía su normalidad, sin menoscabo de las capacidades a su alcance; dolía porque encerraba demasiada ignorancia y recelo, incluso, a veces, una compasión supersticiosa.

Ramón era un niño grande, un hombre niño que quería cariño y atención, que se esforzaba en hacerse comprender con sus interjecciones de cachorro. Conseguía pronunciar alguna palabra, el adorado nombre de su hermana, el apelativo universal para todas las madres, y oírselos parecía un milagro. Con sus abrazos desmañados, sin medida, excesivos de afecto desmadejado, sus besos húmedos, Ramón se abría hueco en los corazones cercanos.

A menudo cosechaba incomprensiones que después repicaban en el corazón de sus seres queridos como martillos de culpa. Esa culpa oscura empapada de lágrimas que se enquistan y moldean un remordimiento corrosivo. Recogía brotes de impaciencia, enojos inevitables que seguramente no entendía y que se volvían contra quienes los habían desencadenado.

A Ramón le costaba vestirse y asearse, pero a diario conquistaba parcelas de independencia. Le costaba comer, tragar se convertía en una tarea complicada, pero se enfrentaba a los trocitos de comida con la feliz inconsciencia de los actos mecánicos de las rutinas cotidianas. ¿Qué soñaría cuando caía dormido? ¿Qué imágenes nocturnas se deslizarían fuera de su mente cuando la madrugada le sorprendía paseando por la casa, buscando la complicidad de los suyos?

Ramón chillaba con las alegrías ajenas, sollozaba con las tristezas de los demás, amaba sin cortapisas, se enfadaba con las injusticias a su medida. Sí, porque una deficiencia psíquica no implica insensibilidad, como muchas personas parecen creer. Había fuertes sentimientos dentro de Ramón, emociones que a veces se desbordaban arrastrándolo por cauces tumultuosos que asustaban, pero que siempre encontraban un meandro donde remansar.

Porque había lagunas de paz en su vida, orillas donde recostarse a descansar, regazos donde acomodar las aflicciones que no encontraban la forma de expresarse. Sus mujeres amadas, madre, hermanas, dispuestas a acompañarlo en el arduo camino, retirando las piedras y apartando las espinas.

Ocurre que pese a todo, pese al amor y la protección, pese a los desvelos, hay un segundo en el devenir de las existencias que se escapa del tiempo que pretendemos otorgarle a la vida. Hubo un segundo así en la de Ramón, un instante de dolor en que no consiguió tragar un bocado de su desayuno, y aquella luz inocente se trasladó a otro plano sin apagarse. Hay luces que brillarán siempre, luces que abanderan una realidad que conviene no olvidar jamás.

Ramón no debía de saber que la Tierra también era redonda, que daba vueltas sobre sí misma y alrededor del Sol, pero ahora sí lo sabe, y permanece sentado al borde del horizonte para disfrutar de tan bello espectáculo.

Expectativas

El altar solitario de una iglesia

Lo había imaginado tantas veces… Se llamaba de diferentes maneras y tenía distintas profesiones. Pero siempre era el hombre amable, generoso, comprensivo, sincero y atractivo protagonista de los sueños de cualquier mujer. Y con sentido del humor.

Por eso no lo reconoció cuando se le presentó como todo lo contrario a lo que durante años había recreado en su mente.

Y perdió la oportunidad de ser feliz.

Breve reseña presentación Las mariposas también vuelan

Llegó y pasó otra presentación de Las mariposas también vuelan el jueves 26 en la biblioteca Gòtic Andreu Nin, ubicada en La Rambla de Barcelona, ya casi con olor a mar si no fuera por el humo de los coches, aunque bien es cierto que no había demasiado tráfico.

No sé decir cuántos asistentes acudieron, pero, según Mercè, la directora, y Alberto Trinidad, director editorial de Ediciones Oblicuas, pocas veces habían visto la sala tan llena. Y ello pese al frío y el fútbol

He de reconocer que no me sentí muy locuaz, por más que el público discrepe. La falta de micrófono me cansó la voz y el hecho de que no hubiera puerta, o no la cerraran, y estuviera escuchando constantemente una especie de chirrido que no se si procedía de bisagras oxidadas o de algún otro mecanismo, me distraía.

Sin embargo, después de mi disertación, hubo una buena participación del público, y esto es realmente lo que me llena y hace de estos encuentros acontecimientos muy valorados por mí. Personas que ya habían leído o estaban a medio leer la novela aportaron su valioso grano de arena destacando sensaciones, características de la descripción de espacios y personajes, incluso del tipo de lenguaje que, aun siendo yo la escritora, me sorprendieron, lo cual me ratifica en la impresión de que mi forma de escribir es a menudo tan de dentro, tan intuitiva, tan poco encasillada, que no me doy cuenta de según qué elementos hasta que me los hacen ver desde fuera. Y esto para mí es de un gran valor, junto con el cúmulo de sensaciones y sentimientos que despiertan mis libros en los lectores.

Mi agradecimiento a todos los asistentes, a Alberto una vez más, y por supuesto a la biblioteca, por cedernos su tiempo y su espacio.

Mi máquina Perkins

Una máquina Perkins

Esto que veis no es un aparato rudimentario del siglo XIX. Hoy en día, si bien muchas personas ciegas han abandonado el Braille por mor de las nuevas tecnologías, no es menos cierto que el sistema de lecto-escritura continúa vigente, o debería continuar. Sé que cuanto voy a decir ahora puede crear mucha polémica, pero opino que un ciego que no sepa Braille roza el analfabetismo. Por mucho que domine un teclado de ordenador o escuche libros en audio, pienso que no hablamos de lo mismo. Y si no, ¿qué se diría de los videntes que no supieran escribir a mano ni leer más que escuchando archivos mp3, por ejemplo?

Antes de seguir, unas brevísimas pinceladas históricas. La escuela Perkins para ciegos de Watertoown, Boston, se fundó en 1829. John Dix Fisher consideró por primera vez la idea de una escuela para niños ciegos tras su visita al Instituto para Ciegos de París. Su historia nos ha dejado experiencias como la de Laura Bridgman, una chica sordo-ciega, o la archiconocida Helen Keller. En 1931 se crearon la Perkins Braille y la Talking Book Library, y en 1951 David Abraham produjo con éxito la primera Perkins Brailler, la máquina de escribir en sistema Braille. Justo un año antes de llegar a mis manos, en 1977, alrededor de cien mil Perkins Braillers habían sido producidas y distribuidas en todo el mundo. Actualmente Perkins produce la máquina clásica, la de Próxima Generación y la Inteligente lanzada en 2012 con salida de texto a voz, pantalla visual y aplicaciones para la enseñanza del braille.

Visité la Perkins School for the Blind en mayo de 1994. Me impresionaron sus instalaciones, aunque lo que más recuerdo son los espléndidos jardines y un globo terráqueo inmenso en relieve en el vestíbulo.

La Perkins me acompañó durante unos buenos treintaicinco años, desde que mis padres me compraron una al poco de quedarme ciega. Y la verdad, supongo que tuvieron que realizar un gran esfuerzo económico porque, si mal no recuerdo, les costó unas 75.000 pesetas, mucho dinero para la época. Pero creo que jamás he amortizado algo como amorticé la máquina, tanto, que la pobre acabó para el desguace. Trabajos del colegio, cartas y más cartas, cientos de cartas, tan largas que había que cerrarlas por volúmenes para enviarlas, y que no cabían en los buzones. Trabajos del instituto y la facultad. Poemas, cuentos, novelas, acabadas e inacabadas, relatos. Más cartas. No había día que durante horas el traqueteo de las teclas no inundase el aire, aderezado con el campanilleo cuando el carro llegaba al final de la hoja.

Bueno, carro tal como se entiende no exactamente, que el de la Perkins no se mueve, no se desplaza a medida que se escribe. Lo que se va moviendo de izquierda a derecha por encima del papel es la pestaña con la placa que alberga los punzones. El papel se coloca en el rodillo haciendo girar las perillas, y va saliendo por el mismo sitio por el que se ha colocado a medida que con una tecla (la redonda de la izquierda) se van bajando líneas, como en cualquier máquina. Las palancas a derecha e izquierda son las que liberan el papel y la que hay en el frontal es la que mueve lo que en una máquina serían los tipos, en este caso, la placa que contiene los punzones que horadan el papel. La tecla redonda de la derecha es el retroceso.

Hay tres teclas a cada lado de la espaciadora, correspondientes a los seis puntos que componen el sistema Braille y que, pulsadas a la vez, utilizando las distintas combinaciones, impulsan los punzones desde abajo y forman las letras. No voy a explicar aquí cómo es y cómo se utiliza el Braille, pero si alguno de vosotros siente interés, solo tiene que decirlo y con mucho gusto despejaré su curiosidad.

Y es mucho más fácil de lo que aparenta, sobre todo si se lee con la vista. En 1986 trabajé dando clases de Braille a adultos ciegos, pero también impartí un curso de dos semanas a videntes, la mayoría, profesores o maestros de música, y puedo aseguraros que salían bien preparados con el tiempo del que disponíamos.

Mis primeras novelas, como he dicho, las escribí con la máquina. Entonces sí que era mejor no equivocarse. Los puntos de más podían borrarse con la uña, aunque era un recurso poco pulcro en cuanto a los resultados, pero si cometía algún error de contenido no había más remedio que cambiar la página y reescribirla entera de nuevo. Claro que… a veces resultaba más cómodo no hacerlo, y de ahí las incoherencias en mis escritos de aquella época, sin restar protagonismo a la falta de documentación y la ingenuidad.

Tras doce o trece años sin utilizarla, y habiéndola echado mucho de menos, el otro día adquirí una de segunda mano, y poner las manos en sus teclas fue como iniciar un ritual antiguo y memorable. El traqueteo vuelve a resonar en mi casa.

Agradecimiento

Diez mil visitas. A mí me parece un número maravilloso. Y no puedo por menos que agradecéroslo. Gracias por estar ahí, gracias por acompañarme.

Me da un poco de vergüenza, pero dicen que soy atrevida. Así que me atrevo a regalaros este audio, cantado por mí. Los que me conocéis sabéis cuánto me gusta cantar y que lo hago en una coral. Por tanto, me complace aportar este granito de música, un complemento a las palabras motivo de este blog.

Los sonidos de la música, de la película Sonrisas y lágrimas