Concurso SARPsiquiatría

II Concurso de microrelatos SARP 2016, con el tema “Soy como tu, aunque no lo sepas”, en relación al lema del Día de la Salud Mental, concurso promovido por la Sociedad aragonesa y riojana de Psiqquiatría.

Un concurso vía twitter al que se podían presentar tres tuits. Lo vi, me presenté y este fue el resultado:

SARPsiquiatria, #concursosarp 1º: Lo vigilan por la bombilla. Agradece que su mujer la encienda de noche para deslumbrarlos. (Ella solo teme la oscuridad). hace 8 días, Twitter Web Client

SARPsiquiatria, #concursosarp 3:Cuando el perro que rondaba el barrio y al que todos querían apareció muerto, él también lloró. Y los vecinos se sorprendieron hace 8 días, Twitter Web Client

SARPsiquiatria, @MartaEstradaG ENHORABUENA MARTA! Has ganado el concurso de microrrelatos y el 3 premio!ponte en contacto con nosotros: … hace 8 días, Twitter Web Client

Encantada. Gracias.

Aquí podéis visitar su web.

Éxodo

Un poco sobre Leon Uris y su novela

Leon Uris, el hijo de inmigrantes polacos que pese a no terminar el bachillerato por problemas con el inglés acabó por convertirse en uno de los novelistas más populares del siglo XX, murió en 2003 a los 78 años en el estado de Nueva York. El escritor saltó a la fama internacional en 1958 con la novela «Éxodo», seiscientas páginas sobre la tragedia de los judíos europeos que culmina en la fundación de Israel. Un libro que rápidamente se convertiría en el mayor éxito de ventas en EE.UU desde Lo que el viento se llevó, para ser después traducido a medio centenar de idiomas y convertirse en países comunistas en un título tan prohibido como codiciado por los judíos al otro lado del telón de acero.

Uris invirtió varios años de incansables viajes y exhaustiva documentación, dejándose llevar por sus raíces judías e incluso acompañando como corresponsal de guerra a las tropas de Israel en 1956 durante la campaña del Sinaí contra Egipto. El resultado de estos esfuerzos literarios sería capitalizado por Hollywood en la famosa película dirigida en 1960 por el legendario Otto Preminger, con las actuaciones estelares de Paul Newman y Eva Marie Saint.

La historia se desarrolla con el protagonista, Ari Ben Canaan, planeando la fuga y posterior transporte de cientos de refugiados judíos, detenidos en un campo de detención británico en Chipre para el Mandato Británico de Palestina. La operación se lleva a cabo bajo los auspicios de la Mossad le’Aliyah bet.

El libro narra la historia de los diversos personajes principales y de los lazos de su vida personal con el nacimiento del nuevo estado judío. Su fuerza principal es la descripción de las diferentes personas y los conflictos en sus vidas. Como en varias de las novelas de Uris, algunos caracteres ficticios están parcialmente basados sobre uno o varios personajes históricos, o cumplen la función de metáforas para las varias personas que ayudaron a construir el moderno Israel.

En lo personal

En casi todas las entrevistas terminan preguntándome qué libro me ha influido más de cuantos he leído. A nivel literario, creo que resulta imposible ceñirse a una sola lectura. Es más, no siento que tenga influencia de nadie en particular, si bien admito que tantos cientos de libros leídos sin duda dejan poso, y que cada autor, cada género contribuye a formar el sedimento del que nos nutrimos los escritores.

Pero Éxodo me marcó profundamente. Creo que fue la segunda obra para adultos que mi padre me leyó (¿os gustaría saber cuál fue la primera? Fue divertido, al menos para mí). Como he explicado tantas veces, él comenzó a leerme libros durante mis estancias en el hospital y las convalecencias en casa. al principio fueron novelillas juveniles, pero rápidamente pasamos a las de adultos, y Éxodo no pudo ser un plato más fuerte para mis trece años. Mi padre me leía en el comedor o el despacho de casa, en el patio, pero también nos íbamos al campo que rodea el municipio y allí, bajo los árboles, nos abandonábamos a sus páginas.

Recuerdo que vivimos el final del libro sentados en los escalones de la antigua torre del pueblo, un monumento del siglo X anterior a la arquitectura lombarda catalana, que entre otras, tuvo la función de prisión. Tenía que ser verano, o cuando menos primavera, porque no iba muy abrigada. Todavía siento el estremecimiento de saberme cerca de terminar aquella historia tan densa, y podría notar el rastro de mis lágrimas con las escenas finales a poco que me concentre. Y densa no por pesada o farragosa, sino por colmada de vivencias y matices. Estuve allí, en aquel asentamiento tras las alambradas, sentí el dolor de las pérdidas, y presencié el estallido final del protagonista con el alma en vilo. Me parece que mi padre, aunque quiso hacerse el fuerte, también lloró; le temblaba la voz.

Con éxodo estrené la sensación de no querer que un libro acabe jamás, la orfandad en la que caemos cuando dejamos de vivir con los personajes a los que hemos acompañado durante días. Tanto es así, que cada cuatro o cinco años necesito volver a leerlo. Y no digo releer por encima, no, hablo de leerlo nuevamente, entero.

Me impactó tanto que lo recomendé a todos mis amigos, y mientras mis amigas y yo fuimos jovencitas, jugamos a ser sus personajes. Incluso escribí una obra de teatro, adaptación de un cuento mío con el que gané un premio nacional auspiciado por la ONCE ese mismo año: Navidad para un adolescente judío.

Dudo mucho que de ningún otro libro que he leído, salvo quizás la saga

La Rueda del Tiempo
recuerde tanto detalle, tanto nombre, tantas historias, tantos sentimientos y emociones.

Ya para terminar, os comento que la película no me gustó nada. A mi entender, es una adaptación que no le hace justicia al libro. Sé que es muy complicado llevar a la gran pantalla una historia como esta, y podría perdonarle muchas cosas a Preminger. Pero que me cambiara tantas escenas primordiales de la novela no se lo perdono, por muy guapo que saliera Paul Newman.

¿Queréis compartir conmigo el libro que más os ha impactado, aquel que releéis a menudo y que os gustaría que nunca hubiera terminado?

Medio siglo

No sé muy bien cómo enfocar esta entrada, así que tiraré por lo sencillo y sincero. El día de mi 50 aniversario, este sábado pasado, fue uno de los mejores de mi vida en cuanto a celebración se refiere.

Hacía tiempo que tenía pensado hacer algo especial, un viaje, por ejemplo, irme a cualquier lado de fin de semana con dos o tres amigas. Pero, oh, casualidades, resulta que coincidía con el fin de semana de carnaval, y todo el mundo, que es muy fiestero, o la mayoría de mundo al que podía hacer proposiciones deshonestas, tenía compromisos. Además, no se me ocurre nada peor que emprender un viaje justo en carnavales. Pasé unos días en blanco, sin saber por dónde seguir planteándome algo.

Quizás algunos de vosotros os diréis, pues vaya cosa, celebrar los cincuenta, medio siglo, si uno ya va de capa caída… Qué sé yo. Para nada. cumplir ese medio siglo con cuya mención muchas personas pretenden chincharte, me pareció maravilloso. Pienso que es una edad estupenda para comenzar a replantearse algunas cosas, para ventilar los recovecos interiores y llevar a reciclar trastos emocionales inservibles. Por tanto, mi empeño en celebrarlo de forma especial, continuaba pinchándome.

Y se me ocurrió. Mi gente sabe que me apasionan los caballos. En otra vida, yo creo que además de ser un ente de la lluvia, tuve que ser por lo menos india o algo por el estilo. Lo dicho, me apasionan, me fascinan, siento una afinidad casi espiritual con ellos. Ojalá pudiera disfrutarlos en libertad, pero no tengo modo, así que me regalé una hora de un contacto estrecho con uno. Hablé con los responsables de la hípica

El rancho de Sitges

y les comenté mi propósito. No quería recibir una clase de equitación propiamente dicha. Mi única pretensión, independientemente de que terminara montando, era disfrutar de la compañía del animal.

Y así fue como conocí a Pona, una yegua de ocho años, rubia, bueno, color marrón claro, con el hocico blanco y unas crines largas que ya las querría yo por melena. Nos presentó Elena, una de las chicas de la hípica, aunque yo diría que me basté sola para presentarme. Le mostré las palmas juntas y abiertas a Pona. Ella me olisqueó, resopló y me chupó tan feliz, y acto seguido restregó su cabeza contra mí. Es un mimo equino de mucho cuidado, porque si no te pilla con los pies bien asentados, puedes perder fácilmente el equilibrio. Creo que Elena se sorprendió un poquillo de que la yegua se enamorara (lo expresó así) en tan poco rato.

Aquí os muestro nuestro primer ratito juntas, aunque ya hacía unos minutos que nos conocíamos.

Mimando a Pona

Después la cepillé a fondo, le puse el sudadero y el salvacruces, la montura, las cinchas y las riendas de paseo, y nos fuimos al circuito. Que por cierto, mientras la cepillaba, quería restregarse tanto conmigo que acabó pisándome. ¿Os podéis imaginar cómo es el pisotón de un caballo? Pero no pasó nada.

El viernes llovió mucho y estaba todo embarrado y con charcos, así que no se podía hacer gran cosa, máxime con una yegua tranquila y precavida a la que no le gusta demasiado pisar lodo. Pero con todo, Pona se avino dócilmente a pasear por el circuito, a hacer un eslalon entre conos de aprendizaje, incluso a trotar, ritmo que emprendí con la guía e indicaciones de Luis, el monitor que me acompañó en todo momento.

Trotando con Pona

Supongo que cuando Luis vio que me manejaba decentemente, propuso salir hasta la pista de competición, una más larga y mejor preparada que absorbe el agua, y por allí me di unos paseos. Pero era tarde para Pona

y ella tenía ganas de volver a su casa. Por supuesto, aunque yo tuviera una hora contratada, no iba a desoír su necesidad de descanso, así que respeté su deseo de volver. Nos encaminamos de regreso al circuito, porque los caballos están acostumbrados a que el jinete descabalgue allí. Antes de desmontar me tumbé sobre su cuello y le di las gracias por aquel rato, le di un beso bajo las crines y salté al suelo.

Con las piernas temblonas y el atisbo de agujetas que tendría al día siguiente, me despedí de Pona, Luis y Elena, feliz de la vida.

Como curiosidad puedo contaros que en un principio ellos habían pensado que montara a Follón (menudo nombre, ¿eh?), pero el caballo ya estaba listo con todos sus arreos y prefirieron la opción de Pona para que hubiera mayor contacto. Pero lo que quiero explicaros es que Follón tiene 30 años. Los caballo suelen vivir de 20 a 25, así que es un veteranísimo. Lo bonito es que, por mucho que los de la hípica quieren llevarlo al campo para que descanse y esté más a gusto (el campo está en la misma finca, es un espacio abierto y sin cuadras), no lo consiguen. Follón se pone enfermo cada vez que lo intentan, y han de llevarlo de nuevo al lugar de trabajo para que los niños monten y reciban sus clases y sus passeos. Como cualquier humano, Follón quiere sentirse útil.

Si a este rato genial le añado la comida con la familia a mediodía y la cena con amigas en casa por la noche…, montones de wasaps, felicitaciones por Facebook, llamadas y regalos geniales y acertadísimos, todos, todos sin excepción… ¡qué más puedo pedir para iniciar mi medio siglo?

Portadas de libros

¿Os apetece colaborar en la creación de mi próxima novela? No es algo muy accesible para personas ciegas, aunque siempre podéis preguntar a terceros y participar. Según las aportaciones que hagáis, es posible que influyáis en el devenir de los acontecimientos, o cuando menos, en el modo de tratarlos.

Veréis. Se trata de explicar la portada de uno o más libros que os hayan interesado, impactado, gustado, disgustado, introduciendo la aportación como comentarios de esta entrada. Tendríais que poner su título, autor y una descripción lo más detallada posible de lo que aparece en la cubierta. Solo necesito que respetéis una condición: que el autor esté ya muerto.

¿Os animáis a ayudarme? Quizás cuando publique, veréis reflejado el libro que compartisteis formando parte de la trama.

Gracias a todos de antemano.

Sedentarismo

Silla ergonómica negra

Hasta el día en que leyó la noticia en la aplicación de RTVE.ES para móviles, Elvira Cuadrado se sentía feliz con su trabajo en la oficina. Más que feliz, importante, porque nadie en su familia había trabajado nunca en una oficina. Y además no era una oficina cualquiera, sino la sede principal de uno de los laboratorios farmacéuticos más prestigiosos del país. Elvira se sentía importante y realizada, aunque su puesto de recepcionista quedaba tan abajo en la escala de categorías laborales como la planta donde se hallaba el vestíbulo, ocho pisos por debajo del despacho de dirección.

Su padre barría calles. Su madre sacaba a pasear a una anciana que vegetaba en una silla de ruedas. Su hermano mayor despachaba en una charcutería y el pequeño, en una ferretería. Y sus cuñadas eran amas de casa. Elvira se creía con el derecho a sentirse superior por haber llegado tan lejos con su graduado escolar.

En realidad, lo de recepcionista no era muy exacto: lo decía ella porque sonaba mejor que telefonista, con más enjundia. Su jornada de siete horas transcurría entre dígitos y pitidos dentro de un cubículo de apenas un metro y medio por uno. Desde allí podía ver el tránsito de personas entrando y saliendo, pero ella era invisible para los demás.

Y le daba igual. Elvira no tenía trato directo con nadie, pero conocía a todo el mundo. Se sabía de memoria cientos de extensiones, cientos de nombres y apellidos, cientos de voces. Lo que no estaba a su alcance era asociar imágenes a tan vasta información. Así que se las inventaba, o las repartía, adjudicándolas con la libertad incuestionable de su propio criterio. De este modo, la mujer alta con falda de tubo, tacones de aguja y gafas rojas de pasta era la griega Sofía Mercadeos, la directora de márquetin, aunque en verdad se trataba de Julia Rimero, una de las mozas de almacén. O el hombre bajo y delgado con vaqueros y camiseta negra era Luis Gradientes, uno de los locos chicos de diseño, nada más lejos del cargo de ayudante del director adjunto que ocupaba. Elvira confeccionaba su particular mosaico de historias y personalidades durante las siete horas que duraba su jornada. Porque siete horas dan para todo tipo de fabulaciones y especulaciones.

Y es que Elvira no se movía de su cómoda y modernísima silla ergonómica. Desayunaba sentada en su puesto, discretamente, eso sí, para que nadie notara que estaba comiendo. Por nada dejaría la centralita desviada al teléfono de los de seguridad o al del conserje. Ningún rey cede gustoso el dominio sobre su territorio, y ella no iba a ser menos. Solo se levantaba una vez, siempre al cabo de tres horas, para ir al baño a orinar, retocarse el maquillaje y lavarse las manos. Adoraba su empleo, su cubículo y su silla de nave espacial. Adoraba su existencia ordenada.

Elvira despertaba todas las mañanas a las seis y media, se duchaba, tomaba un café con leche y una torta de arroz, se preparaba el termo y el bocadillo de pan integral con jamón cocido sin sal y salía a buscar el metro una hora después. Ante todo, el orden, la pulcritud, las rutinas cotidianas tan necesarias para que la vida resultase apacible, lejos de sobresaltos e imprevistos. A Elvira le gustaba la calma que le proporcionaba la inmovilidad, incluso el inmovilismo. Le gustaba saber lo que había que hacer en cada momento; la seguridad que le confería ser capaz de relacionar un nombre de persona o de sección con un número determinado. Disfrutaba con la idea de que llegaría a casa a las cuatro menos cuarto. Sentada en la cocina, comería su verdura y la pieza de pescado o carne a la plancha mientras repasaba las noticias en el móvil. Luego se tumbaría veinte minutos en el sofá, y el resto de la tarde lo emplearía en sus actividades, dependiendo del día de la semana. Cuando algo perturbaba esta rutina, las cosas comenzaban a ir mal. Porque Elvira, además de feliz y realizada, era un poco hipocondríaca. O mucho, como se descubrió después de haber leído la noticia en la sección de ciencia y tecnología.

Y Rosa Freguillas acumuló su parte de culpa en lo sucedido. Rosa era una de las mujeres de la limpieza. Con su uniforme verde alcachofa y su carro de artilugios y productos olorosos, se pavoneaba por el vestíbulo exhibiendo una amplia sonrisa y hablando con unos y otros. Elvira la detestaba. Aborrecía la figura baja y rechoncha, la voz que se oía a través de los paneles de su cubículo; el hecho de que rompiera su sagrada norma de identificar los rostros a su conveniencia y, sobre todo, por encima de cualquier otra consideración, se le indigestaba semejante despliegue de movimiento. Rosa representaba todo cuanto a Elvira le producía ansiedad y dolor de cabeza. Y la odiaba.

Aquel lunes de junio, el mundo de Elvira se vino abajo cuando leyó la siguiente noticia:

El estatismo puede aumentar el riesgo de enfermedades graves.
Recomiendan trabajar de pie o dar paseos ligeros y regulares.
Aconsejan que las empresas fomenten un entorno de trabajo más activo.

Elvira empezó a sudar. Abandonó la torta a medio comer, apartó la taza de café con leche y continuó leyendo:

Las personas que trabajan en oficina deberían estar de pie un mínimo de dos horas diariamente en horario laboral (…) Pueden incrementar el riesgo de padecer una enfermedad grave y muerte prematura (…) Los empleadores deben advertir a sus trabajadores de los peligros de permanecer largo rato sentados.

—Jesús, María y José… —murmuró horrorizada.

Al día siguiente, Elvira llegó dos minutos tarde al trabajo, pálida e indispuesta. Entró en su cubículo y miró con recelo la portentosa silla ergonómica. Se sentó, activó la centralita y se dispuso a iniciar su jornada. Pero enseguida percibió que algo iba mal. Cuando atisbó la gordura en movimiento de Rosa Freguillas, sintió que el corazón le daba un vuelco. Le costó varias llamadas y unos cuantos errores de conexión darse cuenta de que su sentimiento hacia esa mujer estaba cambiando, aunque no atinó a comprender en qué dirección. No podía despegar los ojos de la limpiadora cada vez que esta atravesaba el vestíbulo empuñando sus bártulos.

En realidad, todo empezó a cambiar a partir de aquel martes. Las siete horas de la jornada laboral de Elvira se convirtieron en un infierno. Por más que movía los pies y las piernas, por más que levantaba el trasero y volvía a dejarlo caer sobre la silla; por más que alzaba los brazos y batía palmas se sentía terriblemente amenazada. El dolor de cabeza era constante. Le dolía el estómago y tenía calambres, sin duda síntomas de alguna enfermedad provocada por el sedentarismo. Se equivocaba al pasar las llamadas y se olvidaba de transmitir encargos.

Entonces, después de una semana de amargura, comprendió la naturaleza del sentimiento que en ella avivaba la limpiadora: era envidia. Rosa Freguillas se movía. Todos aquellos a quienes Elvira había despreciado a causa de sus trabajos anodinos se movían: su padre en la calle, su madre paseando, sus hermanos arriba y abajo en las tiendas, incluso sus cuñadas ejerciendo de madres y esposas. Ninguno de ellos padecería enfermedades graves o moriría prematuramente. De no ser por Rosa, Elvira quizá jamás se habría percatado de aquella verdad absoluta: ella, que se había creído superior, estaba condenada porque hacía años que durante siete horas al día permanecía anclada a una silla fantástica. No había tiempo que perder, si es que le quedaba tiempo.

Nadie entendió por qué Elvira Cuadrado decidió dar su sofá a una familia marroquí, además de todas sus sillas menos una de la cocina, y mucho menos por qué abandonó el empleo con el que ganaba unos buenos mil doscientos euros al mes. Y tampoco nadie entendió por qué en julio hubo de ser ingresada con un severo cuadro de agotamiento físico y nervioso.

A través de las ondas

Supongo que hay una época en la vida en la que uno es capaz de todo. Bueno. Hubo una en la mía en que también hice radio, y hoy, día internacional de la misma, me apetece rememorarlo.

Estuve una temporada en la emisora municipal de mi pueblo, durante unos meses, con un espacio musical de solo media hora los sábados por la mañana, y ese verano, conduje un magazine de tres horas todas las tardes, hasta que nos cerraron el chiringuito. Fue el tiempo en que las esforzadas emisoras locales molestaban porque se comían la banda, o algo así, y nadie tenía en cuenta el trabajo que se hacía en ellas, el canal que abrían con el entorno al que representaban, la vía de comunicación que a través de ellas hallaba la gente que las escuchaba.

Era cuando los locutorios estaban forrados de hueveras para insonorizar, cuando apenas cabíamos en ellos, cuando el técnico contaba con un diminuto espacio para manipular sus máquinas maravillosas. En el gallinero de nuestro ayuntamiento, tras una escalera de película de serie B, escondidos y envueltos en un halo que casi rozaba la clandestinidad.

Ninguna supuesta incomodidad importaba. Todavía recuerdo el cosquilleo en el estómago antes de salir al aire. Como no veía la luz verde, el técnico, Juan Carlos, me avisaba con su voz en mis auriculares, tres, dos, uno, y abría micro. Y mi voz saltaba a las ondas un poco temblona al principio, luego adoptando la seguridad necesaria para sentirme a mis anchas.

Un espacio musical no tenía mucho misterio. Llevaba programado lo que iba a sonar, pero también recibía peticiones por teléfono. Eso sí, teniendo en cuenta el carácter local de la emisora, no siempre podía librarme de la señora Dolores, por ejemplo, que cuando sabía que estaba en antena, preguntaba por mis padres, para mi sonrojo. El magazine era otra historia. Tenía detrás todo un trabajo de producción que yo misma realizaba, la preparación, el montaje. Entrevistas, reportajes sobre diversos temas, música, entretenimiento. Para no sentirme tan sola en el estudio, me inventé a la abuela Palmira, un personaje que me acompañaba y metía baza cuando le parecía, o hablaba con los oyentes que llegaron a tenerle cariño, incluso algunos creyeron que existía de verdad. La voz la ponía yo, por supuesto.

Hacia el final del verano comenzaron a amenazarnos con cerrar, y poco a poco fuimos perdiendo el entusiasmo, porque luchar contra el sistema no servía de nada. Terminamos con una radiofórmula, últimos coletazos, hasta que la Generalitat nos silenció. Fue una triste despedida. Después me ofrecieron un par de opportunidades, en Radio Salud y en Onda Cero Vilanova, pero ya había pasado el momento, y no acepté porque estaba en otras cosas. Creo que me arrepiento. Me habría gustado seguir en la radio, aunque quizás me habría venido grande estar en emisoras de semejante calibre, sin preparación oficial. De todos modos, habría aprendido y seguido adelante, de eso también estoy segura.

Me encantaría volver a la radio, pero no conduciendo yo, sino como colaboradora. Feliz día a los amantes de este medio maravilloso.

Fue el verano de Life is live, vídeo oficial.

¡Qué recuerdos!

Extinción

Dinosauria con tres crías en segundo plano

Impacto. Tembló la tierra bajo sus patas, la noche llegó antes de que su estómago pidiera alimento. Un calor de fuego sin llama encendió su piel rugosa, secó la hierba y devastó la laguna donde se abrevaba.

La colosal herbívora dio unas zancadas vacilantes. Giró el largo cuello y buscó al resto, pero se había quedado sola. Junto a sus patas, abrasadas, yacían las crías muertas.

Bramó, herida de instinto roto, de final absoluto.

Del cielo se desprendió un polvo cegador. No obstante, la madre echó a correr por una tierra que ya no entendía.

Fue la última superviviente.

Pasó un ángel

La Tierra iluminada de noche vista desde la Estación Espacial Internacional

Para Ramón Yagüe Albesa. Con todo mi cariño hacia su recuerdo. Quizás alguna vez, yo tampoco supe comprenderle.

A Ramón le gustaban las cosas redondas, las que daban vueltas sobre sí mismas. Podía pasarse largos ratos sentado ante la televisión, cuando todavía existía la carta de ajuste, con aquellos numeritos que desfilaban hasta que la pantalla fundía a negro o revivía con todo tipo de imágenes. Frente a la lavadora, sus horas transcurrían contemplando el vaivén del tambor, aquel movimiento que cambiaba de sentido después de cada giro y que a él le fascinaba, como le fascinaban los engranajes que arrastraban las cintas en un radiocasete.

Ramón nació así, decían los vecinos. A su paso desgarbado, los murmullos crecían mientras índices sin escrúpulos ni sensibilidad lo señalaban. Porque, aunque su discapacidad psíquica había sido causada por un problema de incompatibilidad de grupos sanguíneos, lo habían clasificado desde siempre bajo la etiqueta de subnormal. Y aquella etiqueta dolía, a la familia le dolía pues Ramón vivía su normalidad, sin menoscabo de las capacidades a su alcance; dolía porque encerraba demasiada ignorancia y recelo, incluso, a veces, una compasión supersticiosa.

Ramón era un niño grande, un hombre niño que quería cariño y atención, que se esforzaba en hacerse comprender con sus interjecciones de cachorro. Conseguía pronunciar alguna palabra, el adorado nombre de su hermana, el apelativo universal para todas las madres, y oírselos parecía un milagro. Con sus abrazos desmañados, sin medida, excesivos de afecto desmadejado, sus besos húmedos, Ramón se abría hueco en los corazones cercanos.

A menudo cosechaba incomprensiones que después repicaban en el corazón de sus seres queridos como martillos de culpa. Esa culpa oscura empapada de lágrimas que se enquistan y moldean un remordimiento corrosivo. Recogía brotes de impaciencia, enojos inevitables que seguramente no entendía y que se volvían contra quienes los habían desencadenado.

A Ramón le costaba vestirse y asearse, pero a diario conquistaba parcelas de independencia. Le costaba comer, tragar se convertía en una tarea complicada, pero se enfrentaba a los trocitos de comida con la feliz inconsciencia de los actos mecánicos de las rutinas cotidianas. ¿Qué soñaría cuando caía dormido? ¿Qué imágenes nocturnas se deslizarían fuera de su mente cuando la madrugada le sorprendía paseando por la casa, buscando la complicidad de los suyos?

Ramón chillaba con las alegrías ajenas, sollozaba con las tristezas de los demás, amaba sin cortapisas, se enfadaba con las injusticias a su medida. Sí, porque una deficiencia psíquica no implica insensibilidad, como muchas personas parecen creer. Había fuertes sentimientos dentro de Ramón, emociones que a veces se desbordaban arrastrándolo por cauces tumultuosos que asustaban, pero que siempre encontraban un meandro donde remansar.

Porque había lagunas de paz en su vida, orillas donde recostarse a descansar, regazos donde acomodar las aflicciones que no encontraban la forma de expresarse. Sus mujeres amadas, madre, hermanas, dispuestas a acompañarlo en el arduo camino, retirando las piedras y apartando las espinas.

Ocurre que pese a todo, pese al amor y la protección, pese a los desvelos, hay un segundo en el devenir de las existencias que se escapa del tiempo que pretendemos otorgarle a la vida. Hubo un segundo así en la de Ramón, un instante de dolor en que no consiguió tragar un bocado de su desayuno, y aquella luz inocente se trasladó a otro plano sin apagarse. Hay luces que brillarán siempre, luces que abanderan una realidad que conviene no olvidar jamás.

Ramón no debía de saber que la Tierra también era redonda, que daba vueltas sobre sí misma y alrededor del Sol, pero ahora sí lo sabe, y permanece sentado al borde del horizonte para disfrutar de tan bello espectáculo.

Expectativas

El altar solitario de una iglesia

Lo había imaginado tantas veces… Se llamaba de diferentes maneras y tenía distintas profesiones. Pero siempre era el hombre amable, generoso, comprensivo, sincero y atractivo protagonista de los sueños de cualquier mujer. Y con sentido del humor.

Por eso no lo reconoció cuando se le presentó como todo lo contrario a lo que durante años había recreado en su mente.

Y perdió la oportunidad de ser feliz.