La utilidad de la desmemoria

Balcón con ropa tendida a contraluz.

Imagen de Elena Navarro

Celia sale al balcón a tender la ropa que ha encontrado en el cesto, en medio del comedor. Anochece, y el crudo invierno de la sierra se precipita sobre ella. Unos segundos de tiritona y parpadeos. Junto a la lavadora, montones de ropa sucia trepan hasta el borde de la baranda. Ella los contempla, incrédula, como si alguien los hubiese depositado aquí a saber con qué intención. Mientras pone pinzas a decenas de calcetines, lucha por comprender qué ha podido pasar con la ropa.

A Celia se le hacen cuesta arriba las tareas domésticas. Por las mañanas organiza la jornada con la meticulosidad de sus años como secretaria de dirección, convencida de que lo sacará todo adelante. Pero al caer la noche, como hoy, se da cuenta de que apenas ha hecho nada y no puede colegir en qué ha empleado las horas. Entre prenda y prenda, sus manos se detienen y su mente comienza a enviar señales confusas que la aturden. Se le echa el tiempo encima, y tiene que ir a recoger a su marido al colegio. Pinza. No, ya es de noche, el colegio cerró a media tarde. Pinza. Ah, no, no, es ella la que tiene que ir al colegio, pero no recuerda si ha hecho los deberes, y doña Luisa es muy estricta. Pinza. Todavía tiene que sacar al perro. Pinza. ¿O ya murió?

De pronto, siente la zarpa del frío en la espalda y se da la vuelta. El sol se ha escondido detrás de los cerros, y todavía le queda medio cesto por tender. Sacude la cabeza, suspira, estremeciéndose, y se apresura.

Cuando termina, se dispone a entrar en casa, pero se da de bruces contra la puerta. Intenta desplazar una corredera que no se mueve. ¿Quién la ha dejado encerrada en el balcón? ¿Por qué? Miedo. Golpea con el puño y llama a su marido.

Está helada, y los golpes le duelen. Sigue aporreando el cristal, hasta que algo en su interior le recuerda que vive sola, que Rafael murió hace años. Y no tiene el móvil.

Celia se asoma por la baranda. La calle está desierta, siempre está desierta excepto en época de vacaciones. Grita, por si alguien la oye, y recibe el silencio como respuesta. Durante largos minutos combina los gritos con los golpes en la cristalera.

La temperatura desciende vertiginosamente, y Celia comienza a sentirse entumecida. Pierde la voz cuando el helor insoportable se instala en su garganta. El viento gélido acuchilla su rostro y congela las lágrimas que quedan prendidas de las pestañas.

Ahora, Celia recuerda que es ella quien ha cerrado la puerta y piensa que morirá de hipotermia. Agotada, se acurruca en el rincón más resguardado del balcón. Las noches en la sierra rozan los seis o siete grados bajo cero. No podrá sobrevivir hasta el día siguiente.

Entonces, en medio de su confusión, repara en la pila de ropa sucia, y una luz de esperanza caldea su entendimiento. Rígida, se pone en pie con dificultad y escarba en el montón como un mendigo rebuscando en la basura. Entre risas y lágrimas se embute varios pares de calcetines, dos camisetas térmicas, un pijama, las mallas que usa para hacer yoga, una sudadera, un chándal, un gorro de lana, la bufanda y una bata de andar por casa.

Vuelve a ovillarse en el rincón, se cubre con el resto de la ropa y, poco a poco, va entrando en calor. Finalmente, hecha un bulto maloliente, apestando a pies y sudor, se queda dormida mientras agradece vagamente haber olvidado hacer la colada durante días.

Asomando

Sí, sigo aquí, pese a unas semanas sin escribir nuevas entradas. A veces sentimos la necesidad de parar un poco, de frenar, de descansar de lo que acostumbra a ser nuestra rutina. El otro día una abuelita me preguntó si yo había tenido desprendimiento de rutina. Me hizo muchísima gracia, pero pensé para mis entretelas: pues sí, señora, debe de ser eso, que me he desprendido de mis actividades rutinarias. Entre el calor, el insomnio y el cansancio, poco se le puede pedir al cuerpo.

Y no es que me esté quieta, bueno, quieta bastante, que con este calorazo con el que nos ha obsequiado junio no hay quien se mueva más que lo justo y necesario. Estoy mentalmente activa, luchando con mi nueva novela que camina poco a poco, porque es peleona y no me deja avanzar a la velocidad que me gustaría, que debe de ser la que gustaría a cualquier escritor: pronto, rápido y bien. Que por cierto, os recuerdo que me encantaría que me ayudarais con lo de las

Portadas de libros.

Tengo además varios proyectos en mente, personales y compartidos, de los que todavía no voy a daros información. Pero os cuento que mi novela Yo te cuidaré ha pasado a concurso dentro de Caligrama para ser republicada en un sello editorial tradicional. En septiembre sabré algo y, mientras, el gusanillo de la expectativa alimentará la ilusión durante todo el verano. Algo de televisión habrá también para entonces. Y un proyecto de novela infantil ilustrada.

Bueno, que aunque esté un poco desconectada de vosotros, ahí sigo, y no os olvido.

Infancia

Hoy rescato para vosotros un episodio de mi vida que me viene a la mente cada vez que escucho alguna noticia estremecedora acerca de malos tratos o abusos a menores, y no me refiero solo a los sexuales. Tampoco hablo de acoso escolar, de lo que también tuve, y que reflejé en mi última novela. Os cuento.

Yo tenía cuatro años. Asistía al parvulario que pertenecía al colegio Puig Coca de Esplugas de Llobregat. Curiosamente, no recuerdo el incidente en sí sino sus consecuencias. La maestra, una vieja loca, según calificativos de los adultos que muchos años más tarde perfilaban la imagen para mí, me abofeteó la cara y me partió las gafas (las usaba desde que tenía un año o poco más). Tuvo que pegarme fuerte porque eran gafas gruesas de pasta, y además me dejó la cara marcada. Y todo porque hablaba. ¿Os podéis imaginar? En un parvulario, una criatura de cuatro años hablaba.

Creo que no hubo consecuencias para la maestra, nadie la disciplinó, nadie la echó, no se estilaba lo de las denuncias. Lo único que se pudo hacer para apaciguar la ira de mis padres fue sacarme del parvulario. ¿Y qué pasó?

Los directores del colegio (supongo que solo uno de ellos lo era, pero como estaban casados, no se sabía muy bien dónde terminaba el matrimonio y dónde empezaba el cargo) eran amigos de mis abuelos paternos, cuando menos, vecinos con una cierta relación amistosa. Ignoro las gestiones que se llevaran a cabo, o mejor las no gestiones; sería solo cuestión de hablar y concretar entre ellos, todo de palabra.

Total, que con cuatro cándidos años, algo cumpliditos ya, me trasplantaron a la clase de primero de EGB de la que la directora era maestra y tutora.

Ahora, haced un ejercicio de imaginación:

Pensad en lo que era hace cuarenta y tantos años una niña de cuatro. Pensad en la diferencia entre ella y niños de seis, siete años.

Recuerdo el aula, enorme, con hileras de pupitres inclinados de a dos alumnos por banco. Recuerdo el crucifijo tras la mesa de la maestra. Recuerdo los grandes ventanales. Recuerdo mi cartera azul, de las que se colgaban a la espalda. Por Dios, recuerdo un libro de texto que debía de ser de sociales con un dibujo a toda página de la bandera española. Me recuerdo leyéndolo. ¿Quién me enseñó a leer con cuatro años? No lo sé. Es lo más parecido a un conocimiento por ciencia infusa que existe en mi vida.

Pero lo que más recuerdo, y que solo muchos años después me atreví a interpretar, es que un día me hice caca en mi banco. Que la maestra pasaba por el pasillo olisqueando, preguntando con voz dura, aterradora, “¿quién ha sido?” Recuerdo haber pedido permiso para ir al baño y tratar de limpiarme como buenamente pudiera. Supongo que en mi casa se vivió como un percance que le puede pasar a cualquiera. Pero pensándolo bien, me da a mí que era de puro pavor de verme en un lugar tan alejado de lo que me correspondía.

Recuerdo también haber salido del patio por debajo de una reja e ir a la calle. Recuerdo la foto de fin de curso donde todo parecía haber estado bien. Recuerdo haber hecho primero de EGB dos veces, la no oficial y la oficial, en otro colegio ya, el Isidro Martí.

Y no pasaba nada. La sociedad no estaba preparada para afrontar este tipo de situaciones. Los padres no tenían herramientas para proteger a sus hijos. Ni siquiera se consideraban relevantes ni perjudiciales más allá del revuelo inicial. Pero ¿y yo? ¿Y tantos niños seguramente? Bueno, pues aquí queda, para la reflexión.

Interrogatorio

Una chica rubia con capucha, fumando un cigarrillo.

El agente terminó de teclear la última respuesta del detenido. Escribía con estudiada lentitud con el propósito de alterar a aquel chico impávido. Detestaba a los tipos que se las daban de listos, los que contestaban con ese aire de indiferencia, como si se burlaran de él en sus narices. Se volvió hacia el chico y comenzó a tamborilear los dedos contra la superficie de la mesa.

—Así que no la conocías, pero sabes un montón de cosas sobre ella, ¿eh?

—Sí, agente.

—No tienes ni idea de su nombre ni de dónde vive, pero confiesas que estás al corriente de sus hábitos alimentarios, de los productos que usa para limpiar, de cómo viste y se peina…

—Sí, de la marca de compresas que utiliza, de que le gustan los chicles de regaliz, de que es celíaca, tiene un gato y debe de hacer algún deporte porque consume muchas bebidas isotónicas.

—Ya, ya veo. ¿Te das cuenta de que estás echándole la llave a tu celda?

—De lo que me doy cuenta, agente, es de que no me ha preguntado en qué trabajo.

—¿Acaso es relevante eso ahora mismo?

—Vaya que sí.

Mosqueado por aquel desliz imperdonable, el agente interrogó al detenido con la mirada.

—Soy cajero del supermercado donde compra la chica de la foto que usted me enseñó en la calle.

La polémica de siempre

Vista del Central Park de Manhattan.

El sueño de sus vidas, un apartamento sobre el Central Park. Tomados de la mano, recorren las habitaciones vacías, él sonriente y entusiasmado, ella con los labios un tanto apretados.

—Ahora toca lo mejor: la decoración —dice Michael—. La hemos imaginado tantas veces, ¿recuerdas la noche en el Hilton?

—Claro, Mike, ¿cómo olvidar nuestra primera gran discusión?

—Mujer, no seas así, fue solo una pequeña discrepancia. Deberías olvidarla.

—Pero si tú mismo sacas a colación ese recuerdo. —Lina se detiene en medio del salón desierto. Sabe que hoy puede ocurrir cualquier cosa y se promete ser paciente—. ¿Por qué lo mencionas?

—Bueno, pensé que a raíz de esa conversación quedaron establecidos los términos para resolver este tema llegado el momento.

—Muy bien. Veamos si nos entendimos, querido. ¿Qué sugieres?

Michael hace un amplio ademán con la mano. Confía en la buena disposición de Lina, pese a la falta de comprensión que su mujer suele mostrar en lo tocante a los criterios de su madre.

—El apartamento es grande. Existe el peligro de que parezca desangelado, sobre todo en invierno. Mira este ventanal, ¿te figuras qué sensación de frío cuando veas caer la nieve?

—Me figuro la sensación de paz y cobijo siempre que la nieve caiga fuera, Mike.

—Por supuesto. Pero para conseguir esa sensación necesitamos muebles sólidos, cortinajes gruesos y alfombras de lana, además de cuadros y tapicerías con motivos consistentes que aquieten la vista y el ánimo.

—¿En serio? —pregunta Lina con cierta ironía, temiendo lo que se avecina—. ¿Y en verano, cuando no caiga la nieve, qué haremos con tanta solidez y consistencia, querido?

—Mujer, mi propuesta sirve para todo el año. Bastará con recoger las alfombras y descorrer las cortinas.

—Además de poner fundas de colores alegres a los sofás y darle la vuelta a los cuadros.

—No había pensado en ello, pero considero que será innecesario. Una decoración clásica se adapta…

—Se adapta a los gustos de tu madre —dice Lina sin poder evitarlo.

Michael alza las manos.

—¿Vas a empezar con eso?

—Mike, cariño, escucha. —Lina da un paso hacia él, conteniendo la rabia que empieza a bullirle dentro—. Somos tú y yo los que vamos a vivir aquí, nosotros y los hijos que tengamos. Deja que me ocupe de decorar nuestro hogar, no metas a tu madre de por medio, ¿sí?

—Eres una ingrata. ¿Gracias a quiénes podremos disfrutar de semejante lujo? —Michael siente una vez más el peso de la deuda que como hijo cree tener con sus padres.

—Si yo te regalo un coche no espero que vayas a usarlo solo cuando te acompaño, o no exijo que lo conduzcas a la velocidad que a mí me parece apropiada.

—Esa comparación es una tontería.

Lina recula un paso, consciente de que va a repetirse la polémica de siempre. Michael nunca hace nada sin el visto bueno de su suegra, y ella está más que harta de que entre los dos la ninguneen.

—No quiero vivir en un lugar con reminiscencias del siglo XIX.

—¡Qué exageración!

—Quiero un hogar alegre y cálido. Quiero colores claros, muebles prácticos y pinturas luminosas.

—Mujer, escúchame… —Michael avanza hacia su esposa dispuesto a imponer su razonamiento.

—Quiero que la decoración viva con nosotros, no sobre nosotros, Mike.

—¿Qué idioteces estás diciendo?

—¿Idioteces? ¿Acaso no tengo derecho a elegir cómo deseo que sea mi casa?

—La casa que mis padres nos han regalado.

—¡Nuestra casa! ¡Un regalo pasa a ser propiedad de quien lo recibe, Michael!

—Estás sacando las cosas de quicio. ¿Qué más da cómo la decoremos si nuestro sueño de vivir sobre el parque se va a cumplir?

—¿A costa de qué?

—¡A costa de nada! Lo único que te pido es un poco de indulgencia para con los deseos de mi pobre madre.

—¿Y mis deseos, Michael? ¿Dónde quedan mis deseos? —Lina retrocede de nuevo, rota la esperanza de alejar a su suegra de las cuestiones matrimoniales.

—Mujer, tus deseos…

—¡Deja de llamarme mujer! ¡Tengo un nombre!

—Estás imposible hoy. Mejor volvemos mañana y decidimos…

—Mañana será lo mismo que hoy, Michael. No quiero decorar mi casa según los trasnochados gustos de tu pobre madre.

—¡Haz el favor de guardarle el respeto que se merece! —Michael vuelve a avanzar, incrédulo, incapaz de comprender por qué su esposa se empeña en menospreciar a la mujer que tanto ha hecho por él.

—De acuerdo. —Lina siente el frío cristal del ventanal contra su blusa de seda—. Seré considerada con los gustos de tu mamá y permitiré que sea ella la que ornamente el apartamento.

—Eso es, Lina. —Michael se inclina para besarla.

—La habitación del fondo será muy adecuada para tus padres. Tú puedes dormir en la que hay junto a la cocina. —Lina se aparta del ventanal y del beso que queda suspendido en el aire—. Feliz decoración, querido. Con todos mis respetos.

Infierno

Edificio en llamas

Las llamas rugientes invaden el balcón. Lenguas vivas, monstruosas. En la calle, los curiosos, arracimados tras el cordón policial, vitorean al hombre que ha logrado descolgarse hasta el piso de abajo poniendo su vida a salvo, si bien muchos se sienten defraudados. No hay muertos, no hay heridos, con lo que el espectáculo parece inconcluso.

Pero ¿y él? Nadie se percata de su presencia. Por más que lo intenta, por más que salta no alcanza la parte superior de la baranda.

Ahora solo se oye el bramido del fuego. Sus gañidos se evaporan, se pierden como la esperanza que no conoce. Lo demás es silencio de humo a su alrededor. Presagio de ceniza y oscuridad.

El drama no ha terminado, y los mirones por fin se dan cuenta. A algunos no les importa el desenlace y se alejan. La mayoría late, vibra, sufre con él, grita pidiendo ayuda.

Asoma el hocico entre los barrotes. La temperatura es tan elevada que sus jadeos son suspiros de esparto. El suelo arde bajo sus patas y un calor insoportable lo envuelve como un abrigo.

Entonces, un clamor de aplausos se eleva desde la calle mientras unos brazos rematados por guantes lo recogen, lo libran del infierno abriendo un resquicio de vida con aire limpio. No encuentra piel expuesta pero, agradecido, cegado, lame un casco caliente y consigue menear el rabo.

El Guardián Invisible (la película)

Anoche fui a ver El Guardián Invisible. Antes de nada, quiero decir que me pareció del todo inapropiado el boicot que le hicieron cuando se estrenó. Es evidente que las palabras de la actriz Miren Gaztañaga fueron desafortunadas, más que desafortunadas, ofensivas e insultantes, como lo hubieran sido si en lugar de a los españoles se las dedicara a los catalanes, a los árabes o a los chinos, me da igual. Pero no es justo que por las declaraciones de una persona se denueste el trabajo y la ilusión de todo un equipo. Me puse en el lugar de Dolores Redondo y pensé en lo que sería vivir algo así en caso de que llevaran al cine alguna de mis novelas. Está claro que nadie tiene responsabilidad ni culpa de lo que dicha actriz piense, además de que su papel en la película es mínimo. Una vez aclarado este punto, ahí va mi opinión.

Tenía mucha ilusión puesta en la película. He leído la saga y aunque, por lo general, no es buena idea seguir este orden que sí suele alterar el producto, porque acostumbra a ser decepcionante, siempre que puedo le doy la oportunidad al filme. Y no sé muy bien qué deciros. No salí de la sala con la satisfacción que esperaba. Buena banda sonora, tanto musical como de ambiente: me mojaba con la lluvia constante, podía sentir que estaba junto al río al oír correr sus aguas. Algunos personajes me parecían un poco sobreactuados, nada insoportable. El problema es que costaba mucho seguir según qué escenas: no se entendía bien lo que decían, y no creo que sea fallo de la proyección sino de la misma película pues de lo contrario pasaría lo mismo con todos los actores y todas las escenas. Y no soy la única que lo notó.

Por otra parte, creo que era innecesario que hubiese fragmentos tanto en vasco como en inglés. Los subtítulos te tiran fuera de la trama, y más en el caso de una persona ciega. El inglés… bueno, todavía lo entendía un poco, pero el vasco, desde luego, no. Y que nadie se soliviante. Diría lo mismo de cualquier otro idioma. O es una película en versión original, y uno ya sabe a qué atenerse si decide verla, o que no se pierda parte de lo que se dice por un tema de accesibilidad. El cura en la iglesia y la gente rezando, vale, quien más quien menos todo el mundo sabe lo que se dice en un funeral. Pero otras conversaciones… sinceramente, creo que no hacía falta. Lo mismo que James. ¿Por qué no puede hablar en castellano con su mujer? ¿No habla así con el resto de la familia?

Me dio la sensación de que las personas que no habían leído el libro apenas se enteraban de lo que ocurría. Y la encontré un poco lenta al principio. La lástima, además, es que la parte mitológica queda, a mi entender, bastante desdibujada. Quizás es por el hecho de no ver las imágenes, no lo sé, tendría que contrastarlo con personas videntes tanto que hayan leído la novela como que no. Así que ya sabéis… podéis dejar vuestro comentario.

Es posible que más adelante vuelva a verla con más calma, sobre todo si sale la autodescripción.

Ah, y que me perdonen. He publicado con ellos y hay muy buena gente, pero me sobró mucho la referencia gratuita a Ediciones Destino por parte del exjefe de homicidios. Creo que a la editorial no le hacía falta este tipo de publicidad más o menos subliminal.

Y aquí tenéis lo que en su día publiqué sobre el libro:

Mi experiencia de lectura.

Discriminación positiva

La mencioné en mi entrada anterior. Y aquí voy con ello.

¿Es buena o mala la discriminación positiva? Se trata de un concepto que quizás algunos no conozcáis. La negativa la vivimos a diario, salta constantemente a nuestras vidas, a los medios de comunicación, se respira en todos los ámbitos y, en general, se comprende bien lo que significa. La Discriminación, así, en mayúsculas, la que se llama racismo, o intolerancia, o discriminación de género, etc., la que tiene tantas facetas como tal vez personas.

Pero la discriminación positiva es casi invisible. Sin embargo, muchas personas con discapacidad, o diversidad funcional, llámese como cada cual prefiera, la vivimos no a diario, pero sí a menudo. Y vuelvo a preguntar, ¿es buena, mala? ¿Es perjudicial o beneficiosa?

Me atrevería a decir que depende de cada individuo, de cómo la sienta y la procese, pero también de cada situación, del entorno, del momento, de la edad.

Generalmente, resulta cómoda, y ahí radica su peor peligro. La comodidad nos apalanca en una zona de confort de la que a veces cuesta salir, o de la que quizás ni siquiera nos planteamos salir.

Pondré varios ejemplos. Yo comencé a vivirla en el instituto, cuando no sabía ni siquiera lo que significaba. Más bien creo que no se había acuñado dicho concepto. Pero mi inconsciencia adolescente, infantil, a lo mejor, me hacía pasar por ella con la alegría y despreocupación de quien no mide las consecuencias.

Hice la secundaria integrada en un instituto, es decir, iba a clase con compañeros videntes. Primera discriminación positiva: exenta de Educación Física. Bueno, ¿y por qué, si estaba perfectamente sana? Con un poco de esfuerzo por parte del profesor y por mi parte, podría haberme integrado en esa clase. Pues no. Era más cómodo quedarse sentada en el aula haciendo otras cosas, o irme a casa si el horario lo permitía. ¿A quién beneficiaba eso? A mi comodidad. Nada más. Me alejaba de mis compañeros, y lo peor era que ellos seguramente asumían que por ser ciega no podía hacer gimnasia como todos. Lo positivo se convertía en negativo.

Tenía un profesor que no me examinaba de Geografía. Me aprobaba sin examinarme. Denigrante. Pero en ese momento, cómodo. Desde luego al profesor se le tendría que caer la cara de vergüenza por hacer algo así, y a mí también, por admitirlo. Ahora me rebelaría con toda mi artillería. ¿A quién beneficiaba aquello? A la pachorra del tipo aquel, poco más.

La discriminación positiva a veces se confunde con un gesto educado, o un respeto un poco pillado por los pelos: hacer levantar a alguien en el autobús o el metro o cualquier otro transporte para dejar sentar a la persona ciega por ejemplo. Ahora hay plazas reservadas, pero hace años no era así. Ahí sí me rebelaba. Me resultaba humillante que hicieran levantar a una persona mayor que yo, cuando podía agarrarme a la barra perfectamente, como cualquiera. Algunos conductores de autobús no me cobraban el billete. ¿Por qué? ¿No ocupaba yo un asiento con mi trasero tan normalmente como el de cualquier hijo de vecino? ¿Y el seguro? ¿O antes un billete no integraba un seguro? Distinto es si vas con tu bebé en una mochila, o un niño pequeño de la mano, o si vas con perro guía, que siempre es mejor que pueda esconderse bajo los asientos, por el bien de sus patas o rabo.

Pasar delante de una cola, que te permitan repetir en una atracción sin bajarte por evitarte volver a subir, que no te hagan pagar en según qué lugares, que no te cacheen en el aeropuerto cuando cachean a todo el mundo. O lo que me ha pasado justo esta mañana: que una guardia de seguridad no me haga pasar por el detector en una oficina de la Seguridad Social, cuando al resto de usuarios le está haciendo dejar en la bandeja hasta las llaves. Le hubiese hecho la reflexión al irme, pero la chica tenía mucho trabajo. ¿Por qué yo puedo saltarme el control? No, no es una deferencia, es una discriminación… positiva.

Considero que no aporta ningún beneficio. Solo nos distingue de los demás cuando no es necesario. Otra cosa es que tengamos descuentos en según qué servicios, que bien cierto es que muchas veces no nos queda más remedio que invertir un dinero adicional, y no poco, que otras personas por el hecho de no tener ninguna discapacidad no desembolsan. Pero eso no es discriminativo, es una cuestión de equidad.

¿Hay que fomentarla? ¿Hay que erradicarla? Imagino que hay un término medio que pasa por la pedagogía y la concienciación de la sociedad. No es preciso luchar con malos modos contra lo que los demás otorgan como una deferencia, como un gesto solícito o cortés. No hay que rechazarlo con soberbia o prepotencia, con la dignidad herida, a no ser que se detecte una actitud de menosprecio. Pero hay que seguir sensibilizando a los demás para que no nos hagan una distinción que lo único que hace es marcar esas diferencias que llevamos mucho tiempo intentando minimizar.

Estaría bien si dejaseis constancia de vuestra opinión, o que explicaseis situaciones en las que habéis vivido esta discriminación positiva. Por favor, si lo hacéis, os agradecería que fuese en el mismo blog, muchos usuarios no leen Twitter o Facebook. Gracias.

El fenómeno fans… y lo que un padre es capaz de hacer (II)

Esta es la parte más personal, la que se adentra en el recuerdo añorado y tierno de mi padre. En la ternura que me produce lo que era capaz de hacer por mí.

Corría el mes de agosto de 1979. Debía de ser un verano como todos, en esencia, caluroso, desprovisto de obligaciones, mi segundo verano como niña ciega que vivía a tope todo lo que se le ponía por delante. También mi locura por Camilo Sesto. Si no me sabía de memoria al menos una tercera parte de su discografía, poco faltaba. Montones de canciones cuyas letras a veces ni siquiera terminaba de comprender. Pues en este contexto, supongo que a través del club de fans, me enteré de que mi ídolo actuaba en el palacio de deportes de Olot, una ciudad de la provincia de Girona.

No recuerdo los prolegómenos de la historia, aunque los imagino. Pedir, suplicar, no mucho, seguro, convencer a mis padres para que me llevaran. Y lo conseguí. Y además, también conseguí, o conseguimos, que mi amiga Pepi se viniera con nosotros. Emoción, nervios, esa ebullición adolescente que nos hacía vibrar, esa anticipación llena de una ilusión alocada.

Y allá nos fuimos, creo que era un sábado. Puesto que el recital era por la tarde, salimos de mañana. Me acuerdo que vestía un peto azul de algodón de pantalón largo, y una camiseta blanca con un dibujo en negro con letras. Y mis flamantes Kelme negras y amarillas. Paramos a comer a un lado de la carretera, bajo unos árboles. He olvidado el menú, pero no me extrañaría nada que fuera tortilla de patatas.

Y aquí comienza lo bueno. Llegamos muy temprano al palacio de deportes. Entramos por una puerta no sé si lateral o trasera, al menos sé que no era la principal. Mi madre y nosotras dos nos sentamos en un banco de madera, el típico banco de los vestuarios de los gimnasios. Y mi padre… sin habernos comunicado previamente sus intenciones, se fue en busca de los trabajadores del palacio y de los del equipo de Camilo Sesto, que ya andaban por allí montándolo todo, y ni corto ni perezoso les dijo que era primo del cantante, que había ido con su hija y una amiguita que tenían mucha ilusión por conocerlo. Madre mía. Algún día hablaré de la discriminación positiva, recordádmelo. Mi único miedo era que le soltase aquella trola al mismísimo mánager de Camilo, un tal Manolo Sánchez, o a otro tal Felipe Argüelles, que ahora no sé qué representaba, no sé si era el director de la discográfica. Aquellos minutos de espera fueron una mezcla de incredulidad por nuestra parte, temor de que se levantara la liebre y una ilusión efervescente al comprender que íbamos a ver cumplido nuestro sueño. Mi madre trinaba, mi padre se paseaba arriba y abajo mirando esto y lo otro como el buen oficial de mantenimiento que fue, como si quisiera asegurarse de que todo estaba correcto y en perfecto estado. Y todo el mundo lo dejaba hacer y creía en él.

Y llegó Camilo, en su Mercedes, con su mánager. Mi padre salió a la calle a esperarlo, le abrió la puerta del coche, le echó el brazo a los hombros y le contó la verdad. El cantante reaccionó estupendamente, ni se enfadó ni se molestó. Se metió en el palacio, nos saludó y permitió que entráramos a ver el ensayo. Es curioso que este primer encuentro casi lo tengo olvidado, no guardo muchas sensaciones al respecto. Sí sé que luego nos acercamos al escenario, ribeteado de claveles que Camilo nos obsequió, supongo que también a Pepi, clavel que albergaba un par de besos, uno de él y uno mío, y que guardé muchísimos años junto a su autógrafo. El otro día, rebuscando, constaté que he perdido la agenda donde atesoraba su dedicatoria y el clavel, que pensaba que se habría desintegrado, pero es que el sitio donde yo lo buscaba no era el sitio donde lo guardé todo este tiempo.

Y pasó el concierto. Cantando con el alma en los labios, gritando, aplaudiendo, felicidad en su máxima expresión.

Esta parte yo la recuerdo de una forma y mi amiga de otra. Yo diría que fue antes del concierto cuando ocurrió lo que ahora os cuento, y que luego ella ya no pudo disfrutar tanto como lo hice yo. Ella está segura de que fue al concluir, así que lo contaré según su versión. Sea antes o después, no sé quién, de nuevo mi padre, supongo, pidió a algún mandamás que nos dejara entrar al camerino para estar un poco más con Camilo y para despedirnos, me imagino. Y aquí la crueldad. Por lo visto alguien consideró que el cantante estaba muy cansado, y a saber en atención a qué extraña lógica, solo permitió que entrara una de nosotras. Y fui yo. Ya me diréis qué importaba que entrásemos las dos, como si Camilo tuviera que cogernos en brazos o algo así. Era un camerino muy pequeño, pero ni por esas. Camilo me tomó ambas manos. Recuerdo el tacto de su camisa, de seda, supongo. Tenía una voz preciosa, cálida, y las manos suaves. No sé nada más. Sus palabras se han borrado de mi memoria, solo conservo las sensaciones, esa emoción, ese cosquilleo por dentro.

Tampoco recuerdo nada de la vuelta. Y entonces no fui consciente de lo mal que se había quedado mi pobre Pepi, que creo que se hinchó de llorar. El egoísmo de la niñez, no me digáis. No me di ni cuenta creo de su decepción y su tristeza puesto que yo había recibido mi maravilloso regalo. Cuando lo pienso ahora, cuando lo hablamos, me sabe tan mal que si pudiera retroceder en el tiempo tal como soy, me atrevo a decir que la dejaría entrar a ella para resarcirla de ese desencanto tan grande. Pobre mía.

Y esta es la historia de dos adolescentes, pero también la de un padre que por su hija iría al fin del firmamento y volvería con un saco lleno de estrellas.