Otras realidades


Hace un par de semanas un amigo lanzó un suspiro enorme vía Twitter, algo así como “qué jodido es decirle a alguien que nunca aprenderá a leer”. El comentario se abrió camino en mis recuerdos y se quedó ahí agazapado, gestando una reflexión. Por desgracia, temo que, según los requerimientos actuales de rentabilidad de recursos con los que nos acosan a todos desde arriba, restaría validez a mi experiencia. Por suerte, al menos para mí, creo que me importaría muy poco.
Tenía sólo diecinueve años cuando me ofrecieron mi primer trabajo, una sustitución de instructora braille para adultos, es decir, enseñar a leer y escribir en este sistema. Los niños aprenden en la escuela de ciegos (ahora también integrados en escuelas con otros niños), pero aquellos que pierden la vista con más de dieciocho años acuden de modo voluntario a clases específicas para ellos.
Yo había conocido y me había relacionado con compañeros de mi edad en el colegio de la ONCE pero, después de eso, mi contacto con personas ciegas se había reducido a los amigos que conservaba del paso por esos tres años de EGB. Sin embargo, a raíz de mi trabajo se abrió ante mí un mundo que desconocía por completo y que amplió mis fronteras con experiencias muy enriquecedoras.
No eran muchos los alumnos jóvenes que tenía. Estos habían sufrido algún tipo de accidente o estaban aquejados de enfermedades degenerativas en los ojos. En su mayoría, mis alumnos eran personas de más de sesenta años que habían quedado ciegas generalmente a causa de diabetes. Otros llevaban años sin ver, pero no se habían puesto en manos de los servicios de rehabilitación de la ONCE hasta hacía muy poco.
Llegaban a mí temerosos, con una total inseguridad en sus posibilidades, incrédulos acerca de su capacidad para aprender a leer con las manos. Eran personas que habían perdido esperanza, que se sentían indefensas, llenas de frustración. Por supuesto existían excepciones, pero me permito generalizar porque se trataba de la actitud común en ellos. A los dos días ya había comprendido que mi cometido no se iba a basar sólo en enseñarles sino que por encima de mi misión pedagógica, debería procurar insuflarles un hálito de alegría y confianza en sí mismos. De entrada, encontrarse con una maestra tan joven parecía gustar a todos. Muchos expresaban en voz alta que si yo era capaz de desempeñarme sin dificultades, quizá ellos también podrían hacerlo. Empezábamos las clases explicándonos cómo nos había ido el día anterior. Les daba así la oportunidad de desahogar sus preocupaciones y desalientos. Luego procedía a leerles algún relato breve, algún artículo de cualquier revista de contenido interesante. Esto despertaba en casi todos las ganas de poder hacerlo por sí mismos.
Conseguido un cierto ambiente de optimismo, me dedicaba a enseñar el alfabeto valiéndome de tablas de madera con agujeritos donde insertar unas piezas de plástico con cabeza redonda que iban conformando los puntos de las letras. A lo mejor el artilugio tiene un nombre, pero se me ha olvidado. Costaba, pero casi todos acababan memorizándolas y reconociéndolas. Otra cosa muy diferente era pasar a la lectura en el papel. Los diabéticos acaban perdiendo parte de su tacto y claro, leer braille con poco tacto es una tarea muy complicada, a veces casi imposible. Qué difícil resultaba para mí hacerles comprender sin traumatismos que probablemente nunca podrían leer con fluidez. Era un auténtico ejercicio de equilibrio para que no se desmoralizaran. No recuerdo ningún caso en que no lo consiguiera lo cual me llenó siempre de una gran satisfacción, no por mí, sino por ellos. Seguramente muchos ya han muerto pero algunos todavía me llaman para felicitarme las navidades. Estoy convencida de que si mis jefes se hubieran enterado de que en las clases no siempre era braille lo que se hacía, habrían puesto el grito en algún cielo. No me importaba. El bienestar que sentían mis alumnos durante su hora de clase para mí no tenía precio, y nada me hubiese hecho cambiar de procedimiento ni actitud.
El abuelo músico de ochenta años cuyo objetivo era poder volver a leer partituras pero que jamás lo consiguió… Me lo llevaba al terminar el turno al aula de música y me sentaba a su lado en la banqueta del piano para escuchar cómo tocaba sin esa partitura añorada. Y él era feliz.
El tieso empresario de setenta y tantos para quien no poder leer ni escribir por sus medios era un descrédito… Junto a él en la mesa, dejaba que me leyera cualquier cosa para lo cual empleaba minutos interminables, infinitos. Era enloquecedor, sinceramente, pero cuando al cabo de un milenio acababa de leer su párrafo del día, habida cuenta de que yo le había estado escuchando, él exultaba de alegría.
La abuela de sesenta que tras grandes esfuerzos consiguió aprender, y su dicha fue total cuando se marchó con un cuento bajo el brazo para leer a su nieto.
La muchacha sordo-ciega (sí, figuraos) que nunca se desempeñó muy bien pero que se alegró como con un gran logro cuando terminó su primera cartilla de lectura.
El joven químico que se había quemado los ojos y que acabó redirigiendo su rabia contra el mundo mundial hacia el reto de leer tan rápido como el que más y escribir más palabras que nadie por minuto.
Y tantos y tantos ejemplos que podría mencionar. Lo mejor de todo es que ellos aprendieron algo, pero a cambio yo aprendí muchísimo. Aprendí otras realidades en la ceguera. Aprendí la verdad del tan trillado dicho de que nunca es tarde. Aprendí la lengua de signos para poder comunicarme con mi alumna sordo-ciega. Aprendí paciencia y entereza, a decir lo que tanto temían oír, ofreciendo vías de escape para que no se sumieran en la desesperanza. Y aprendí sobre todo que un poco de cariño suple a menudo cualquier ímprobo esfuerzo por conseguir que los demás se vuelvan receptivos.
Lo malo es que muchos aprendizajes no perduran en nosotros, y el tiempo y las vivencias me han hecho perder parte de lo que atesoré en aquellos meses. De todos modos, gracias a cada uno de mis alumnos por ser a su vez mis maestros.

Ver y mirar


Quienes leyeron el borrador de mi libro me preguntaban cómo puedo ser capaz de describir paisajes, entre otras cosas. Esto me lleva a una reflexión que va un poco más allá.
Las personas videntes suelen hacerse un lío con los verbos. Algunas porque en un principio no saben muy bien cómo decirlo, por temor a meter la pata. Otras lo hacen de modo totalmente natural: si fulanito es ciego, no ve ni mira, sino que toca o escucha, o simplemente oye.
La cuestión trasciende la pura semántica. La mayoría de los ciegos adoptamos sin problema (y no sólo eso sino que nos gusta así) los verbos ver y mirar. No puedo hablar exactamente de aquellos que lo son desde el nacimiento porque ese es un terreno que incluso para mí misma resulta un poco desconocido. Por tanto, como siempre, hablaré de mí sentir y de mi experiencia.
En los dedos y los oídos tengo un procesador que transforma lo que toco y escucho en imágenes que se alojan directa y simultáneamente en el cerebro en movimiento y color. Yo veo televisión, veo la prenda de ropa que quiero comprar, miro un paisaje o un dibujo de mi hijo. Es más, veo el libro que estoy leyendo y tanto es así que después de algunos años de haberlo leído y en el supuesto de que de dicho libro en su día se hiciera una película, puedo llegar a no saber si lo leí o bien vi dicha película antes de quedarme ciega.
El haber perdido la vista a los once años me ha permitido conservar un archivo completo de imágenes, colores, perspectivas, medidas, profundidades. Si hay algo que nunca vi (no se me ocurre, un monumento cualquiera por ejemplo), basta con localizar una maqueta que lo represente o la descripción en un libro y enseguida me hago a la idea, dándole de inmediato las medidas reales que pueda tener.
Las imágenes son parte integrante de mi esencia aun sin ver. Cuando mis hijos eran pequeños dibujaba cosas para ellos: se trataba simplemente de colocar un papel sobre una superficie un poco blanda (el grueso mismo de una libreta) y apretar ligeramente con el lápiz a fin de que las líneas fueran visibles al tacto. Y bueno, no debía hacerlo tan mal porque siempre sabían lo que había dibujado.
También tengo cierta memoria fotográfica, o visual. Retengo mejor, por ejemplo, cómo se escribe una palabra si la veo escrita en braille que si la escucho con un sintetizador de voz.
Y sueño, veo en sueños, sueño en imágenes y colores, todas las personas tienen cara en mis sueños, sean anteriores o posteriores a haberme quedado ciega. Soy ciega en los sueños, pero veo.
Recuerdo con nitidez paisajes, animales, puestas de sol espectaculares, dibujitos de TV, edificios, tanto por fuera como por dentro. Los rostros de familiares, amigos, de mis seres más queridos y próximos son en mi mente una especie de fotografía emborronada por el paso del tiempo. Parece que a poco de quedarme ciega tenía tan claro que guardaría por siempre esas fisonomías en mi recuerdo que le dije a mi madre: “bueno, me encargaré de colocarte una arruguita cada año”. No puedo estar segura al cien por cien, claro está, pero creo que si de repente recuperara la vista, sería capaz de identificar a las personas que formaron parte de mi entorno más cercano mientras vi, sin mediar su voz de por medio; incluso juraría que podría reconocer a mis hijos.
Luego está como en tantas cosas, el “trabajo en equipo”, digamos la simbiosis entre ciego y vidente. Hay videntes que tienen un arte especial para retransmitir imágenes y otros que hacen lo que buenamente pueden. Están los realistas, los poéticos, los sensacionalistas, los sentimentales, los escuetos, los empíricos, los repetitivos. Veamos un ejemplo de cada uno, por supuesto, con todo cariño y sin acritud, con otro poquito de humor, porque todo el mundo hace las cosas lo mejor que sabe y sólo el esfuerzo o la intención o el deseo de comunicar lo que sea ya son válidos.
DE VISITA EN UN PARQUE PUBLICO
El realista:
Está todo verde, hay pinos, rosas en unos parterres, bancos de madera y un estanque con patos (información concisa, sabes exactamente qué hay en este lugar).
El poético:
Es como una acuarela llena de colorido con la luz bañando los rincones y arrancando destellos del agua (deduces que el lugar es precioso pero no tienes ni idea de lo que te rodea).
El sensacionalista:
Halaaa, qué pasada, ¡es enorme, y qué bonito! Coooómo mola (oh sí, muy guai pero, ¿qué tenemos por aquí?).
El sentimental:
Este sitio me produce nostalgia, me recuerda al jardín de la casa de mis abuelos… lo pasé tan bien allí cuando era pequeño… (Sí, suele pasar, es lo que tienen los recuerdos pero, ¿me cuentas algo más?).
El escueto:
Hay árboles, flores y animales (aaah, perfecto, pero, ¿qué tipo de árboles, flores y animales?).
El empírico:
Esto pincha, el agua está fría, la resina es pegajosa, los patos pican (aaauuu, sí, ya veo, rosales… que está fría ya lo noto, sí, aagh, ahora dónde me limpio la mano… Aaauch, no graznaban, podías haberme dicho que había patos antes de meter la mano).
El repetitivo:
Hay árboles, pinos, flores, rosas, hierba verde, un estanque con agua y patos en el agua, y el agua está limpia, los patos entran y salen del agua, hay bancos, los bancos están a tope, los bancos son de madera, los pinos son muy altos, hay hierba, la hierba es césped… (eeeh, sí, genial, ¿vamos a tumbarnos en algún sitio y a gozar del silencio? Me duele un poco la cabeza).

Cuenta atrás… Un refugio para Clara


Os lo prometí, y aquí lo tenéis. El texto extraído del PdF que resulta un poco bailón para el lector de pantalla debido a los gráficos y la composición. Lo comparto con toda la emoción de la proximidad y la expectativa.

JULIO

FICCIÓN
Fecha de publicación 2 de julio
Áncora & Delfín
Un refugio para Clara
eBook
Marta Estrada
Personajes extraordinarios que consiguen la empatía absoluta del lector y que además del ritmo totalmente medido y absorbente hacen de la novela una lectura adictiva.
«Yo siempre digo que todo empezó cuando me quedé ciega. Si hay que encontrar un motivo, lo atribuiría al hecho de haber perdido el vínculo de conexión con el exterior que hasta entonces había formado parte de mi normalidad.»
Marta Estrada, durante la escritura de su primera novela, ha creado una historia que surge de lo más interior de uno mismo, ya que como al no poder ver, al no poder mirar a su alrededor, empezó a hacerlo hacia adentro. Y dentro, descubrió un vasto terreno inexplorado, donde había de todo, y era como seguir viendo.
“Un refugio para Clara” es una historia de amor nada convencional, apasionada y sensual. Unos días de excursión del colegio de Belén le permiten a Clara tomarse un respiro y emprende un viaje a un lugar del Pirineo donde encontrar un poco de paz. Pero una tormenta de nieve le hace tomar el rumbo equivocado y la obligará a refugiarse en la casa de un hombre arisco y taciturno, Éric, quien a pesar de ofrecerle su ayuda resulta molesto con su presencia. Ese tiempo en la casa, aislados del mundo, serán días de confesiones mutuas, de pequeñas y grandes complicidades entre dos seres heridos pero con una férrea voluntad de vivir. Y también serán días de grandes descubrimientos, de los cuerpos y de los corazones, y de la revelación de que no existe nada más erótico que el amor.
«Con el tiempo, abandonamos este juego, pero yo atesoré una gran cantidad de historias en el cofre de mi memoria. Muchas son inverosímiles, por exageradas. No se me ocurriría escribirlas. Pero Éric forma parte de una de ellas. No su drama particular, éste nació para el libro. Sí el hecho de ser una persona sorda.»
DESTINO
Departamento de Comunicación.
La elección de Marta, ser escritora:
«Yo siempre digo que todo empezó cuando me quedé ciega. Si hay que encontrar un motivo, lo atribuiría al hecho de haber perdido el vínculo de conexión con el exterior que hasta entonces había formado parte de mi normalidad. Estoy segura de que, al no ver, al no poder mirar a mi alrededor, empecé a hacerlo hacia adentro. Y dentro, descubrí un vasto terreno inexplorado. Allí había de todo, y era como seguir viendo. Todavía hoy mucha gente me dice que siempre estoy seria. No se trata de estar o ser seria sino de que a menudo tengo la vista de mi mente vuelta hacia el interior. Por supuesto, esta circunstancia no habría bastado por sí sola. Mi forma de ser abonó el terreno para convertirme en una máquina de imaginar, y muy pronto sentí la necesidad de ir vaciando ese contenido en un papel. Leer, imaginar y escribir. Creo que ése fue el orden correcto. Cuanto más leía, más se desbordaba mi imaginación. Entonces me sentaba ante mi máquina de escribir braille y comenzaba una novela que terminaba en dos o tres días. O un poema. O mi diario. Cualquier cosa. Mantenía correspondencia con mis amigas, cuando lo de las cartas era un modo habitual de comunicarse. Largas, larguísimas cartas que en sí ya constituían un ejercicio de escritura constante.»
Aquí os dejo el enlace directo al PDF

Mi perra guía

Antes de explicar la historia de mi perra, quiero aclarar que yo tuve mala suerte y que no se puede ni se debe tomar mi experiencia como ejemplo de algo que ocurra con frecuencia. Los perros guía son fabulosos cuando se consigue un equilibrio entre animal y usuario, y el fracaso de este tándem no siempre es culpa del perro. Hay muchos factores que influyen en el correcto desarrollo de la relación entre ambos y el buen funcionamiento de las capacidades para las que el perro ha sido entrenado.
Fui a la escuela de Rochester, en el estado de Detroit. Era el mes de febrero, y os aseguro que aquello era lo más semejante al polo norte. Qué frío. Rochester es una ciudad pequeña, de amplias avenidas, no demasiado tráfico… y en invierno, nieve, mucha nieve, con caminitos abiertos para transitar por las aceras. Un belén nevado, vamos.
Bia era una Golden retriever más que bonita, color dorado, suave como un peluche y en exceso cariñosa. Era la niña de los ojos del instructor que me la entregó, y creo que por ahí empezaron mis problemas. Él, supongo que de modo inconsciente, daba órdenes a la perra cuando ésta iba conmigo. No era preciso que fueran habladas, sino que se trataba de simples gestos de mano que ella obedecía más que a mi voz.
Estuve tres semanas allí, interesantes semanas entre norteamericanos, entrenando: recorridos por la ciudad, paseos campo a través que más que paseos eran carreras por las inmensas ganas de correr de estos animales cuando todavía están en período de entrenamiento; circuitos con trampas que los instructores preparaban para ver la reacción del tándem ciego / guía; visitas a grandes almacenes, viajes en metro por la capital… Todo muy bonito allí, todo muy programado y controlado.
Pero claro, llegas a España, y zas, los perros empiezan a alucinar. Miles de porquerías en el suelo (son razas rastreras que quieren llevárselo todo a la boca), tráfico intenso, ruidos, muchos ruidos… y sobre todo, en mi caso, personas que constantemente la tocaban, acariciaban, le decían cosas, incluso la llamaban desde lejos (el precio de la belleza).
No fue una buena guía para mí, aunque la quise mucho. Se entretenía siempre con la gente que de algún modo llamaba su atención, quería coger todo lo que veía por el suelo… Luché por imponerme como alfa, por dominar su cabezonería, pero no lo lograba. Y no me sentía segura. Un día, cruzando un túnel bajo las vías del tren, nos pasó un convoy por encima con un estrépito horroroso. A partir de entonces todo fue de mal en peor. Cogió miedo de todos los ruidos, cualquier sonido la sobresaltaba de tal manera que a menudo era yo la que iba delante tirando de ella. Figuraos el panorama. Tanto fue así, tan mala llegó a ser nuestra relación que finalmente no me quedó mas remedio que devolverla. Porque ni siquiera fue posible quedármela como mascota. Era tan posesiva conmigo que cuando quedé embarazada, los entrenadores me advirtieron del peligro que Bia corría de consumirse de pena a la llegada del bebé. Mejor morirme yo de pena que ella.
Entregarla en el aeropuerto de Madrid (me negué a enviarla por Seúr como un paquete cualquiera) fue de lo más duro que me ha tocado hacer en mi vida. Sólo yo sé lo que lloré, la quería mucho, habíamos estado dos años juntas. Ahora ya debe trotar feliz por las praderas del cielo de los perros guía.
Es muy prosaico lo que estoy contando hoy. Y si lo hago así es porque quiero que la gente sea consciente de que un perro guía, cuando trabaja,  no es un perro como los otros. Mientras está trabajando forma parte del usuario al que acompaña. Si os cruzáis con alguno, dejadle trabajar, no le habléis ni llaméis ni le toquéis. No le ofrezcáis golosinas, ni comida en un restaurante o en casa. No tratéis de tirar de su arnés. Si hacéis algo de todo esto estaréis perjudicando su concentración y su capacidad de reacción, además de poner en peligro todo el esfuerzo que hay que llevar a cabo para que perro y usuario alcancen  la excelencia de todo cuanto pueden dar de sí estos magníficos animales.

Burla y bullying


Todo cambia, incluso la forma de conducirse en los malos comportamientos. En esencia pueden provocar el mismo daño, pero a medida que evolucionamos (o involucionamos, a veces no estoy muy segura) las posibilidades de actuar y rechazar dichos comportamientos se complican. De la burla hemos pasado al bbullying. Lo que antes, hace años, podía minimizarse de un modo pedagógico, ahora requiere expedientes, expulsiones escolares, mediaciones, incluso denuncias. Por supuesto que debían de existir casos graves, pero al menos, la sensación de que había algo que se pudiera hacer para contrarrestar los perjuicios era tranquilizadora. En mi casa, con mis hijos, he vivido las dos situaciones, burla y bullying. Frente a la primera, tuve herramientas. Ante la segunda, miedo e impotencia.
Cuando comencé a detectar que algunos compañeritos de mis hijos se burlaban de ellos porque tenían una madre ciega, me reuní con las maestras y acordamos realizar un encuentro entre los alumnos y yo. Los niños a menudo son crueles y este tipo de situaciones hay que enfrentarlas a tiempo para que los afectados no sufran más de lo necesario. Durante tres o cuatro años (cada vez por causa de alguno de mis dos hijos) en la escuela montaron estos encuentros que preparaban en el aula como un trabajo más.
El día señalado acudía cargada con todo tipo de artilugios para que los vieran, usaran y manosearan: el bastón, un reloj, cuentos mixtos en braille, en tinta y con dibujos en relieve, mi portátil con su lector de pantalla, el detector de luz y el de colores… y un largo etcétera. Antes de permitirles que se lanzaran sobre todo esto, procedían de manera ordenada y metódica a formularme las preguntas que habían estado preparando durante varios días. Sin censura, sin tapujos.
Si los adultos tuvieran siquiera la mitad de valentía para realizar preguntas y plantear dudas, seguramente el entendimiento y el conocimiento de la ceguera serían mucho más profundos.
¿Cómo haces para vestirte? Y les pones deberes para que al día siguiente se vistan sin encender la luz, indicándoles algunos truquillos (entusiasmo general).
¿Cómo haces para caminar? Les dejas el bastón, y con los ojos cerrados se mueven en la clase lanzando gritos de júbilo si detectan a tiempo una mesa.
¿Cómo haces para conducir? Esto…, hay cosas que no se pueden hacer, pero cuando era niña me sentaba en el asiento del copiloto y me ocupaba del cambio de marchas sin que mi padre tuviera que indicarme cuál poner en cada caso (no iba a darles la idea de sentarse al volante con los ojos tapados y alguien que te guíe en un descampado, no sería muy prudente…).
¿Y si quieres comerte una ciruela y es un albaricoque? Bueno, vamos a ver si al tacto confundimos una pelota de tenis con una de ping pong, que es lo que tenemos a mano (áspero y suave… y si las frutas olieran como es debido…).
¿Y sy el brik es de zumo y no de leche? Aaagh, alguna vez me he preparado un café con zumo, realmente asqueroso… Pero eso es culpa mía, por no oler antes el contenido en caso de que los briks sean iguales. O por no tenerlos ordenados.
¿Cómo haces para subir a las atracciones? Bueno, de entrada está muy bien que den por sentado que monto en ellas, cosa que muchos adultos dudarían. Pues nada, a estos sitios siempre sueles ir con otras personas y es lo mismo subirse a una atracción que a un coche. Claro que… Quizá la diferencia es que cuando algunas de ellas se detienen, como el Dragon Khan, la falta de referencia visual unida al mareo te dejan tan KO que por un momento no sabes dónde tienes los pies y dónde la cabeza, y te es imposible levantarte).
¿No te quemas cuando cocinas? Cocino, aunque no me gusta. Y nunca me he quemado más que con salpicaduras de aceite como todo hijo de vecino. Siempre colocas las sartenes o cazuelas en su lugar antes de encender el fuego. Después, la fuente de calor que irradia la llama y el vapor de lo que se cocina son suficiente para orientarte sobre los recipientes sin meter la mano donde no debes, y también los utensilios como cucharas de palo sirven para ubicarte bien sobre los fogones.
¿No te maquillas porque no ves? No me maquillo porque no me gusta, no sé si es porque no veo, en todo caso podría hacerlo si quisiera, muchas mujeres ciegas lo hacen. Prefiero llevar la cara limpia y como mucho, un poco de lápiz de labios, nada más.
¿Cómo limpias tu casa? Vaya, veamos…, trapo para el polvo, fregona, escoba, aspirador, limpia muebles, multiusos, jabón para los baños… Igual que lo hace tu mamá. El tacto en este caso actúa casi tan bien como la vista. Aaaah, ups, bueno, esta figurita de porcelana no estaba aquí… algún niño la ha cambiado de sitio, y ha salido volando porque confiaba en que este tramo de estantería estaba vacío. Nada, a recoger pedacitos.
¿Cómo sabes si eres guapa o fea? Se hace un silencio expectante. Hmm… A ver, ¿soy guapa o fea? Sin miedo. Contestan a gritos. Pues así, así lo sé. Risa general. El hielo se ha roto definitivamente.
Podría seguir pues la batería de preguntas alcanzaría para rellenar páginas, pero ya casi ni me acuerdo y tampoco es necesario más. Después de estos encuentros, ninguno de los alumnos asistentes volvió a burlarse de la madre ciega de sus compañeros.
A veces por la calle me cruzo con un niño y su madre o padre: “¿Es ciega? ¿Qué es ese palo?”, pregunta el niño. No todas, pero muchas madres (o padres) se sobresaltan y obligan a callar a su hijo. Es un error. Dejad que los niños pregunten, sepan y aprendan, ser ciego no es un tema tabú que no se pueda tratar. Y preguntad vosotros también, sed un poco niños.

Desahogo en pasado


Prometí un desahogo del alma. Os pongo en antecedentes. Lo escribí hace casi dieciocho años, cuando mi hijo tenía unos meses. Estábamos paseando. Lo llevaba a la espalda, en la mochila y él, como siempre en estos casos, iba riendo, gorjeando, enredando en mi pelo. En un momento determinado, pasamos junto a un grupo de señoras, no sé si dos, o tres, o más. A nuestro paso se hizo el silencio. Yo sabía que me miraban, podía notar los ojos casi fuera de las órbitas de asombro. Y el episodio habría terminado ahí, como muchos otros. Pero apenas me había alejado cuando escuché un comentario que me dejó helada. Al llegar a casa, me vacié en este escrito. Estaba dolida y quizá exageré, tal vez fui injusta, pero al fin y al cabo, de eso se trata cuando vertemos el alma en palabras, ¿verdad?
Soy persona, soy mujer, soy madre y, en última instancia, soy ciega. Tengo un hijo maravilloso que fue engendrado, gestado y parido como el resto de los seres humanos. Es una criatura preciosa, sana, fuerte y feliz, sobre todo, feliz, porque recibe amor y goza de libertad para crecer y desarrollarse. Y, sin embargo, la gente a mi alrededor murmura, analiza, se sorprende, se compadece, sublima lo que es natural: ¿Cómo un niño puede ser tan feliz teniendo una madre ciega? ¿Cómo una madre ciega puede hacer de su hijo una criatura feliz y sonriente? ¿Cómo, por último, puede ser feliz esta madre sin poder contemplar los bellos ojos y la resplandeciente sonrisa de su hijo?
Siento lástima de esta gente (poca, por fortuna) que no ve más allá de lo que ven sus ojos. Siento lástima porque nunca podrán comprender lo maravilloso que es SENTIR bajo las manos el cuerpo suave y flexible de tu hijo. Oír sus balbuceos y sus risas revoloteando por toda la casa y metiéndose en todos los rincones. ADIVINAR su alegría escuchando el alborozado jadeo de cachorrillo contento y el palmoteo de sus manitas gordezuelas en el suelo al gatear. SABOREAR su tristeza o su dolor con los labios puestos sobre sus mejillas húmedas de lágrimas saladas. TOCAR sus resfriados a través de esas divertidas candelas de mocos que brotan de su graciosa naricilla. OLER el incomparable aroma de su piel limpia después del baño, de su cuerpo cansado tras el juego, de su carita pintada de papilla de fruta que no ha querido comerse hoy. ABRAZAR su pequeña humanidad contra el pecho, sentir su calor y darle calor.
Sí, sería muy feliz si pudiera ver su cara y sus ojos mirando fija y dulcemente los míos que no le ven pero le miran con amor. Estoy segura de que debe haber muchas madres que sienten como yo, que viven a sus hijos igual que yo. Sin embargo…, creo que mi pequeño no envidiará a esos otros niños que, cuando miran en el fondo de los ojos de otras muchas madres, encuentran sólo una mirada, pero una mirada sin tacto, sin oído, sin gusto y sin olfato.

Sal de vainilla… y un ingrediente más


Hoy había pensado colgar un pequeño desahogo escrito que me salió del alma hace años, cuando mi hijo era bebé, para cerrar de algún modo el tema niños. Pero lo guardaré un día o dos en el baúl. Los acontecimientos mandan, aunque no sean ni grandes ni espectaculares.

Ayer me invitaron a una charla literaria con Ada Parellada como autora. En realidad, tal como dice ella, es una cocinera que ha escrito una novela, no una escritora. Una mujer alegre, vital, de risa franca y sin pelos en la lengua. No le asusta hablar, comunica bien y conecta con su público. Primero hablaré del libro, y más abajo… de mi reflexión personal.

Sal de vainilla es el título, un libro que a medida que lees, no sabes si comerte o continuar leyendo. Se trata de una historia entre fogones, la lucha sin tregua de dos personas que han renunciado a lo que pueda darles la vida después de recibir incontables golpes a lo largo de los años. Dos seres desesperados por encontrar el ingrediente que les permita seguir adelante. Dos personalidades antagónicas que poco a poco se reconocerán y casi sin quererlo, ligarán sus realidades como los elementos de una salsa cuando emulsionan. A su alrededor desfilan personajes que encarnan la bondad, la maldad, la envidia, la lealtad, la amistad.
Es un libro lleno de contrastes, luces y sombras, mezcla de razas aglutinadas alrededor de los protagonistas. Una historia plagada de olores y sabores. Dulce, amargo, salado, picante. Los colores saltan en las páginas al ritmo del crepitar de los productos cocinándose. Dan ganas de comérselas cuando aparecen las recetas entremezcladas en la trama. Los amantes de la cocina y la lectura encontrarán en la novela un interesante plato a degustar: podrán leer y cocinar a un tiempo, además de ilustrarse sobre la procedencia de alimentos que por familiares, ni siquiera nos preguntamos de dónde surgieron.
La otra cara de la moneda, y que ya no guarda ninguna relación con Ada ni con su libro, tiene que ver con los comportamientos de ciertas personas. Muchos me entenderéis sin necesidad de especificar más. Para el resto de quienes me leéis, se trata de un apunte que puede extrapolarse a cualquier situación. Me pregunto por qué hay individuos que acuden a todos los actos habidos y por haber sin tener un mínimo de interés por lo que en ellos se desarrolla. En este caso, ya no digo que no hayan leído el libro en cuestión, eso no tendría mayor importancia si existe un gusto y un placer por la literatura. Supongo que son personas que se sienten solas y necesitan acogerse al calor de un grupo donde poder manifestarse de algún modo. Yo no presumo de tener un abanico de actividades en las que participe plenamente día sí, día no, ni mucho menos. La vida te sirve rutina a espuertas, y hay que pasar por ella sin rechistar, o rechistando, según te levantes por las mañanas. Pero, ¿cómo ha de ser una existencia sin alicientes? ¿O realmente esas personas hacen de este entrar y salir de diversos acontecimientos el motor de sus días? Es posible que no alcance a comprenderlo, y sin ánimo de criticar, sí es una cuestión que me ronda siempre después de presenciar determinados comportamientos. ¿Llamar la atención? ¿O no son ni siquiera conscientes de ello?
Alguien decía que sentía vergüenza ajena. Pienso que quizá no hay para tanto, aunque dé un poco de grima. En estos casos, aunque cueste, hay que intentar ponerse en el lugar de esas personas que seguramente se sienten perdidas en un entorno que les debe de resultar hostil. A veces el ejercicio de comprensión y empatía se nos escapa, y no me lavo las manos. He caído en la crítica demasiado a menudo, más de lo que me gustaría reconocer. El problema, en ocasiones, es que si alguien hace el ridículo en grupo o se pone en evidencia, surge el peligro de que los demás generalicen. Ya sabemos eso de que generalizar es malo.
Así que después de la experiencia, toca pensar en que no todos hemos tenido la misma suerte al poder desarrollarnos de una forma determinada y no de otra menos deseable, sea por las circunstancias que sea. Quizá el hecho de que estas personas acudan ya es un logro en sí para ellas, un esfuerzo que los demás no somos capaces de medir, pero en todo caso, que no tenemos ningún derecho a menospreciar.

Bebés… niños


Prometí dos reflexiones al hilo del tema embarazos e hijos. Ahí va la segunda, que más que una reflexión es una encíclica (por lo de papal, o mamal… o lo larga).
Ay, los bebés, los niños pequeños… Nunca me preocupó en exceso no ser capaz de cuidar de ellos, supongo que algo instintivo en mi interior me tranquilizaba al respecto. Bien cierto es que, como en todo, y como todas y todos, al principio andas un poco perdida. Sin embargo, no recuerdo que este período se alargase demasiado. Pronto acumulas recursos, trucos y habilidades que te permiten desempeñarte casi con toda normalidad. Digo casi porque siempre existe esa situación en la que no queda más remedio que buscar la ayuda de un vidente, y no pasa nada.
El tacto es un gran aliado en la comunicación con tu bebé, no sólo por el beneficio que le supone que le toques, le acaricies, le masajees, le pongas en contacto con tu piel sino porque mientras lo haces, estás recibiendo mucha información acerca de su estado. Sabes si tiene frío, si está demasiado caliente, si el pañal está mojado, si se siente inquieto (cuando mueve mucho manos y cabeza, o aprieta los puñitos). Si le caen mocos, si está contento o tiene miedo (abre mucho brazos y patalea, o se cierra sobre sí mismo en el segundo caso).
El oído es vital a su vez: sabes si duerme pacíficamente o si se agita. Si está feliz o no, comprendes cada tipo de llanto porque no te queda más remedio que interpretarlo. Captas si se ha atragantado porque deja de respirar. Te das cuenta de que en lugar de tragar escupe la comida porque deglutir y rechazar el alimento suenan diferente. La alarma se enciende cuando de repente no le oyes y sabes que ha dejado de gatear o corretear… qué estará haciendo…
Y el olfato. Mmm… no huele igual una caca normal que otra producto de alguna infección intestinal, ah, la escatología del mundo infantil. Sabes si ha vomitado, si va sucio, si lleva un exceso de ropa (no huele igual un bebé acalorado que otro que se siente confortablemente vestido). Si su ropa está limpia o manchada de leche, o restos de papilla o fruta. No huele igual un bebé sano que un bebé enfermo, afiebrado.
Al mismo tiempo que adaptas tus sentidos para una total comunicación con el bebé (hablo de bebé porque en cuanto éste empieza a ser mayorcito se establecen otros canales en los que él empieza a cobrar protagonismo), desarrollas todo tipo de artimañas que te facilitan el día a día a su cuidado.
Yo sabía la cantidad de leche que había dejado de comer por el peso del biberón (si eran 30 ml, o 50) y no me preguntéis cómo pero lo cierto es que casi nunca me equivocaba.
La medicación tampoco era problema, bastaba con hacer una muesca en el émbolo de las jeringuillas y llenarlas de jarabe hasta la marca que determinase la cantidad necesaria. Otra cosa eran los cuentagotas cuando esta cantidad era muy pequeña, en ese caso sí pedía que me preparasen algunas tomas para poder administrárselas.
Cortar las uñas… un cortaúñas para bebés es fantástico pero si se trata de uñitas muy blandas y con peligro de pellizcar la carne, los dientes son estupendos y gracias al tacto de los labios no existe riesgo de lastimar los deditos.
Darle de comer con cuchara… Mientras es demasiado pequeño lo más sencillo es sentártelo encima, apoyado en tu brazo izquierdo o en tu torso. La mano izquierda es el detector de bocas, abrazas suavemente la cabeza del niño y colocas el índice en la comisura del mismo lado. La mano derecha es la que va a la boca guiada por el tacto de ese índice que marca el camino. Claro, cuando en el justo momento de la arribada a puerto el bebé decide girar la cabeza, zas, la papilla va directa a la oreja. Luego está la operación potito (o cualquier otro alimento que sea demasiado líquido)… veamos, pongámonos el impermeable, las botas de agua, y vistamos al niño con un babero plastificado de pies a cabeza. ¡Ni Dalí pintaba cuadros mejores que la presencia de un bebé después de esas comidas! Así que un bonito recurso era espesarlas con algo de cereal. Bueno bueno, la práctica al final permitía que pudieras quitarte las botas de agua. Exagero y bromeo, claro está, pero a menudo el lío era tremendo en estas ocasiones. Llega el día en que ya no eres tú la que va a buscar su boca sino el bebé el que adelanta la cabeza para ir a su encuentro o bien coge tu mano para guiarla. Hasta que al fin come solo.
Sacar al bebé de paseo… A un bebé muy bebé puedes llevarle en su cochecito. Vivo en un pueblo así que hablo desde la perspectiva de un lugar más o menos tranquilo. Pasear alrededor de la manzana para tomar el sol no reviste mayor problema. El mismo cochecito hace de bastón, sólo has de estar pendiente del sonido para girar las esquinas o chaflanes. Cuando no es cochecito sino sillita es el propio niño el que da alaridos de alegría si ve que vas a chocar y te avisa aunque sea gorgoteando. Se trata de hacer del paseo un juego que él comprenda sin asustarse. Pero existen otros medios más seguros: la mochila al pecho si el bebé es muy pequeño, o a la espalda cuando ha crecido un poquito. Sabes en este último caso que aunque el angelito vaya haciéndote la permanente o arrancándote cabellos, participa del control de la situación y sólo has de prestar atención a sus reacciones más o menos involuntarias para captar determinadas cosas. Y cuando ya camina, el niño es muy consciente de que ha de ir tomado de tu mano.
Has de entender que para el bebé tú eres su madre y su madre es como es, lo sabe desde que nace y para él esta madre representa la normalidad. Con nueve meses uno de mis hijos me cogió el dedo para mostrarme una heridita que tenía en la rodilla. El niño sabe que para enseñarte algo ha de ponértelo en la mano, como la famosa babosa en el campo. No sé otros pero mis hijos nunca han desarrollado la picardía de aprovecharse de mi ceguera salvo en insignificantes momentos que no revisten importancia. Fijaos si eran bobalicones que por ejemplo cuando cogían algo que sabían que estaba prohibido, decían: “No estoy tocando el cuchillo, ¿eh?”. Ya con una cierta edad, si les llevaba al parque tenía la seguridad de que no se alejarían demasiado sin volver al poco para que yo supiera que seguían ahí, y si se iban de mi entorno me lo comunicaban.
Por supuesto hay ocasiones en que una situación en concreto se te escapa de las manos. Mi hijo pequeño tenía dos años cuando su padre salió por la puerta del jardín de casa y se la dejó abierta. Reaccioné enseguida pero para cuando salí precipitadamente del garaje el niño ya estaba en la calle corriendo acera abajo felizmente. Si no hubiese cerrado la cancela detrás de él seguramente le habría alcanzado, pero no fue así. En un momento ya no le oía. No había nadie, ningún vecino. Me resistía a entrar en la casa, pero al final tuve que hacerlo. Llamé a tres personas antes de localizar a alguien que pudiera acercarse a buscar al niño. Y mientras, allí, sin poder hacer nada, mi impotencia era tan grande que los minutos se me hicieron eternos. No se lo deseo a nadie. Después de una eternidad, apareció un señor por el lado contrario de aquel por el que se había ido mi hijo con éste de la mano. Le había encontrado ya junto a la carretera y reconociéndole de haberle visto conmigo, me lo trajo a casa. Soy incapaz de explicar el cúmulo de sensaciones, el alivio, la rabia por aquellos minutos, la alegría…
Otro tema interesante es el de la conexión madre/hijo a través de la mirada a la que tanta importancia se da. Bueno, con mi primer hijo lo pasé mal al principio, me negué a que nadie le diera el biberón porque temía que ese famoso vínculo se estableciera con otra persona que no fuera yo. No sé qué de científico haya en esa aseveración pero el caso es que mis bebés jamás tuvieron problema para reconocer a su madre y su relación conmigo fue total. Supongo que para suplir la mirada, siempre les hablé muchísimo, les canté y murmuré. Quizá por ello ambos cotorreaban como loros antes del año y han sido niños con una gran capacidad de expresarse, en todo momento superior a la propia para su edad. Otra ventaja que creo que han heredado de mi ceguera es que jamás han tenido miedo de la oscuridad. Nunca encendí luces cuando acudía a su llamada por las noches, se acostumbraron a caminar a oscuras para ir al baño y a buscar a tientas el vaso de agua o el peluche de turno.
Al final, la clave radica en confiar en ellos. No puedes estar todo el día tocando a ver que se llevan entre manos o preguntando qué hacen. Estado de vigilancia, pero no de alerta constante. Hay que dejarles bajar las escaleras aunque vayan trastabillando porque ya pueden hacerlo, aunque temas que lleguen rodando al final y tú no atines a rescatarlos antes de la caída. Hay que decirles que el castillo de troncos, puentes y cuerdas del parque reviste un cierto peligro y que deben tener cuidado, pero si se meten en él, no hay que coartar su iniciativa sólo porque no puedas controlarles y sujetarles en el aire si caen. Hay que confiar, tragar y confiar.

Parir con dolor


Un día fui a una tienda que atendía un conocido. Con él estaba su hija, y en brazos de ésta, la nieta de seis meses. Pedí tenerla en los míos, y su madre me complació sin problemas. Pero el abuelo puso mala cara, desconfiando de mi capacidad de poder sostener al bebé sin causarle ningún daño. Esta escena dará pie a dos reflexiones, y hoy os dejo la primera.
Para toda mujer que desea tener un hijo, saber que por fin ha quedado embarazada es una de las alegrías y emociones más intensas que existen (sobre todo si lo intentas durante dos años, que, fuera tópicos, hacer hijos no es tan bonito cuando acaba convirtiéndose en un ejercicio casi marcial).
Supe que estaba embarazada porque de repente un día mi perra guía comenzó a olfatearme con insistencia. Me sorprendió, pero ese detalle unido a mis sensaciones, corroboró la feliz noticia. Consulté más adelante este comportamiento y me dijeron que era normal en estos animales, que la revolución hormonal afecta al ph de la piel y su olor varía. Para mí también iba a ser un proceso donde tacto, olfato y gusto sufrirían cambios sustanciales.
De todos es sabido que estos sentidos se modifican, en algunas mujeres más, en otras menos. Pero para mí, que regirme por ellos es lo normal, las modificaciones me afectaron creo que de una forma si no especial, sí específica.
La intensidad con la que percibía olores desagradables me resultaba a menudo desconcertante provocándome incluso náuseas. Aromas que hasta entonces formaban parte de mi aura de bienestar se convirtieron en excesivos, casi insoportables, mi propia colonia, el café… Otros que me habían sido indiferentes, se colocaron a la cabeza de la nueva escala de preferencias, como el de un bolso que compré en una tienda india de Manhattan y que llevé durante todo ese período. Y el tacto… mi piel de repente pareció que tenía radares, mis manos despertaron como si a unos ojos miopes les colocas unas gafas y de súbito lo ven todo mucho más claro. Eso sí, para lo bueno y para lo malo, pues lo mismo me molestaba una caricia que el roce de una prenda.
Y el oído… Ignoro si a las demás mujeres les ocurre, pero en el silencio de la noche, los sonidos interiores de mi propio cuerpo me llegaban con nitidez, a veces hasta impedirme conciliar el sueño. El corazón, el constante movimiento de las tripas, y lo más maravilloso, el borboteo del líquido amniótico cuando el bebé, ya algo crecidito, andaba dando volteretas. La comunicación con mi cuerpo se transformó, tuve que adaptar la percepción de mí misma. No es lo mismo caminar con un barrigón que sin él, si iba con la perra casi no había diferencia, salvo la de no perder el equilibrio, pero llevar bastón es otro cantar pues éste como que no encuentra dónde ha de colocarse a causa del bulto de la tripa.
Por lo demás, todo transcurrió normalmente, entre ecografías donde la mayor emoción para mí era escuchar el corazón del bebé, compra de artilugios varios, ropita en cuya suavidad me recreaba, paseos, sueño, mucho sueño, cansancio, expectación, impaciencia… Hasta que llegó el día.
Me puse de parto poco después de medianoche sin grandes dolores. Tanto es así que cuando llegué a la clínica después de una previa revisión en el hospital más cercano (la clínica estaba a unos 30 Km. de casa) le pedí a la enfermera que hiciera el favor de no decirme que se trataba de una falsa alarma porque regresar sin más era un tostón. Seguro que me miró con cara de pensar que estaba loca. De todos modos no hizo falta porque no sólo estaba de parto sino que apenas tuvieron tiempo de prepararme y administrarme la famosa epidural.
Bueno, parir es casi siempre igual, sala de partos, una comadrona y a veces el especialista (en mi caso una mujer), una camilla que dicen que se inventaron los hombres para que su trabajo les resultase más cómodo, pero que es una tortura para la parturienta… Todo muy relajado y controlado en esa ocasión. Respira, aguanta el aire cuando te digan, suéltalo, jadea, puja, relájate, vuelta a empezar. De repente un grito. El llanto de mi hijo. “¿Qué ha pasado? ¿Ya está, es mi hijo?”. Nadie tuvo la delicadeza de informarme de que estaba a punto de nacer, ni siquiera el padre de la criatura. Mi hijo podía haber venido volando, balanceándose en un hatillo colgado del pico de la cigüeña, podrían haberlo sacado de un cesto de debajo de la camilla para entregármelo. Lo sé, suena crudo pero es la pura realidad. La dosis de epidural que me inyectaron fue tan alta que no sentí absolutamente nada, ningún dolor, ni una sensación, no me di cuenta del cuerpecito que me abandonaba… NADA. Me quedé anonadada. He de reconocer que tardé en experimentar la emoción del nacimiento, de la llegada de mi hijo, no me envolvió hasta que me lo pusieron encima y aún así fue demasiado tibia para lo que suele darse en estas ocasiones.
Esto me lleva a plantearme algo. ¿Activa el dolor parte del mecanismo que pone en marcha nuestra reacción maternal? Si ves y puedes seguir el proceso supongo que esta faceta queda de algún modo suplida por la información que se recibe a través de la vista. Es sabido que una cesárea retarda la subida de la leche, por ejemplo, a nivel hormonal está claro que el parto natural es el que desencadena las reacciones físicas necesarias. Pero… ¿y la parte emocional? ¿Es casualidad que el bebé no acabara de prenderse al pecho y que finalmente la lactancia fracasara? ¿ Pueden la falta de estímulo visual y de tacto dificultar el proceso natural que permite la adaptación a la nueva situación? Cómo me gustaría que algún entendido en la materia pudiera responderme.
Puedo ofrecer la otra cara de la moneda. Cuatro años después nació mi segundo hijo. Además de que la anestesia epidural en ese tiempo mejoró considerablemente, en vistas de mi anterior experiencia, pedí que me administraran la dosis mínima para no sufrir demasiado, sin privarme de la conexión con mi propio cuerpo. El anestesista dio con el punto exacto.  Sentí el endurecimiento de mi vientre, toda la tensión de las contracciones, el alivio de cada relajación, mi interior abriéndose. El dolor de dar a luz. Mi hijo naciendo. Sí, ese momento increíble cuando de pronto el dolor cesa y sientes que algo cálido se escurre entre tus piernas… Me emocioné, lloré, la avalancha de sensaciones y sentimientos me arrasó, fui una unidad con el recién nacido. Éste nada más ser colocado encima de mí, buscó con su boquita mi pecho… ¡Y no se desprendió de él durante más de un año!

El Guardián Invisible… Viajar II


No, no voy a hablar de mis viajes, por lo menos los físicos. Hoy quiero compartir la experiencia sobre un libro. No digo lectura, no digo crítica, no digo reseña. Experiencia. Eso es lo que significó para mí El Guardián Invisible, de Dolores Redondo. Una experiencia sensorial, un canto a las emociones. Y por ello lo vinculo a mi anterior post, porque leerlo fue un viaje en toda regla, por un paisaje navarro y por una senda de sentimientos.
Es una novela negra, aunque creo que a su autora le gusta más decir que es de misterio. Pero no se trata de un thryller al uso. Sí, un asesino en serie, unos crímenes rituales, un trasfondo tan inquietante como sorprendente. La más cruda realidad entretejida con las antiguas creencias y las costumbres de un valle que han perdurado hasta la actualidad. Un lenguaje llano y directo, sin grandilocuencia, una flecha disparada con maestría a la diana de los rincones más ocultos de cada cual. Hasta aquí digamos, los componentes recreados por una trama que absorbe de principio a fin y mantiene una intriga que empuja a leer con voracidad.
Pero hay más. Cuando rememoro la lectura, puedo oler la profundidad del bosque, estremecerme con su misterio y sus claroscuros. Puedo sentir mis pies en la tierra húmeda y esponjosa, cubierta de una resbaladiza capa de hojas. La presencia de los árboles y los líquenes y el sonido del río rompiendo el silencio casi místico, profanado por la cacofonía de la muerte. No, no son descripciones pretenciosas, son vivencias, imágenes que se abren en la mente y se despliegan con toda su potencia.
Y no sólo ese bosque ancestral, donde ocurren cosas. El pueblo, sus calles, las plazas, los puentes, las casas señoriales que apenas contarían nada si no fuera por el viento y el frío que calan, que se instalan en las piedras de las fachadas y se arrastran por los soportales. La historia que acecha, el pasado que grita. El aroma de una familia que esconde horrores y dulzuras a partes iguales.
Porque los personajes, todos ellos sin excepción, incluso los que no se ven, los que se intuyen, los que ya no están, desfilan ante nosotros cargando un baúl rebosante de sentimientos y emociones, miedos y terrores, frustraciones y deseos, egoísmo y ternura, amor y odio. Otro paisaje anclado en la calidez de una chimenea, la densidad de la harina, la suavidad de una caricia en el pelo, el pánico en la oscuridad y la confianza en una mano. Voces y olores alrededor de hechos terribles y de otros que sólo algunos privilegiados pueden comprender y abarcar.
Es un libro para guardar en la memoria olfativa, gustativa y emocional, un regalo para el alma, tanto si crees en un silbido que te proteja como si no…