La utilidad de la desmemoria

Balcón con ropa tendida a contraluz.

Imagen de Elena Navarro

Celia sale al balcón a tender la ropa que ha encontrado en el cesto, en medio del comedor. Anochece, y el crudo invierno de la sierra se precipita sobre ella. Unos segundos de tiritona y parpadeos. Junto a la lavadora, montones de ropa sucia trepan hasta el borde de la baranda. Ella los contempla, incrédula, como si alguien los hubiese depositado aquí a saber con qué intención. Mientras pone pinzas a decenas de calcetines, lucha por comprender qué ha podido pasar con la ropa.

A Celia se le hacen cuesta arriba las tareas domésticas. Por las mañanas organiza la jornada con la meticulosidad de sus años como secretaria de dirección, convencida de que lo sacará todo adelante. Pero al caer la noche, como hoy, se da cuenta de que apenas ha hecho nada y no puede colegir en qué ha empleado las horas. Entre prenda y prenda, sus manos se detienen y su mente comienza a enviar señales confusas que la aturden. Se le echa el tiempo encima, y tiene que ir a recoger a su marido al colegio. Pinza. No, ya es de noche, el colegio cerró a media tarde. Pinza. Ah, no, no, es ella la que tiene que ir al colegio, pero no recuerda si ha hecho los deberes, y doña Luisa es muy estricta. Pinza. Todavía tiene que sacar al perro. Pinza. ¿O ya murió?

De pronto, siente la zarpa del frío en la espalda y se da la vuelta. El sol se ha escondido detrás de los cerros, y todavía le queda medio cesto por tender. Sacude la cabeza, suspira, estremeciéndose, y se apresura.

Cuando termina, se dispone a entrar en casa, pero se da de bruces contra la puerta. Intenta desplazar una corredera que no se mueve. ¿Quién la ha dejado encerrada en el balcón? ¿Por qué? Miedo. Golpea con el puño y llama a su marido.

Está helada, y los golpes le duelen. Sigue aporreando el cristal, hasta que algo en su interior le recuerda que vive sola, que Rafael murió hace años. Y no tiene el móvil.

Celia se asoma por la baranda. La calle está desierta, siempre está desierta excepto en época de vacaciones. Grita, por si alguien la oye, y recibe el silencio como respuesta. Durante largos minutos combina los gritos con los golpes en la cristalera.

La temperatura desciende vertiginosamente, y Celia comienza a sentirse entumecida. Pierde la voz cuando el helor insoportable se instala en su garganta. El viento gélido acuchilla su rostro y congela las lágrimas que quedan prendidas de las pestañas.

Ahora, Celia recuerda que es ella quien ha cerrado la puerta y piensa que morirá de hipotermia. Agotada, se acurruca en el rincón más resguardado del balcón. Las noches en la sierra rozan los seis o siete grados bajo cero. No podrá sobrevivir hasta el día siguiente.

Entonces, en medio de su confusión, repara en la pila de ropa sucia, y una luz de esperanza caldea su entendimiento. Rígida, se pone en pie con dificultad y escarba en el montón como un mendigo rebuscando en la basura. Entre risas y lágrimas se embute varios pares de calcetines, dos camisetas térmicas, un pijama, las mallas que usa para hacer yoga, una sudadera, un chándal, un gorro de lana, la bufanda y una bata de andar por casa.

Vuelve a ovillarse en el rincón, se cubre con el resto de la ropa y, poco a poco, va entrando en calor. Finalmente, hecha un bulto maloliente, apestando a pies y sudor, se queda dormida mientras agradece vagamente haber olvidado hacer la colada durante días.

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Autor: Marta

Soy de finales de los 60, así que he vivido una época interesante en mi infancia y adolescencia, llena de cambios, llena de libros. Estudios, trabajo, matrimonios frustrados, hijos maravillosos. Nada demasiado diferente de cualquiera de vosotros. Entrando en los cincuenta. Dicen que es la mejor etapa de la vida...

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