El arte de no ver… o de no saber

Vacaciones. Qué maravillosa etapa, sobre todo, cuando el trabajo se vuelve duro y difícil de sacar adelante por diversos motivos que no voy a perder tiempo en relatar. Seguramente, conmpartiré experiencias de estos días por Madrid y Valencia, pero será poco a poco, según me vaya apeteciendo.

Lo que voy a contaros me ocurrió el otro día en el Oceanográfico de Valencia, en los minutos previos al inicio de una fantástica actividad de entrenadora por un día. Se trataba de pasar una jornada con el equipo de entrenadores de las instalaciones, en estrecho contacto con los animales de los que se ocupan y a los que cuidan. Bien, para ello había que vestirse con el uniforme adecuado y calzarse zapatillas de seguridad. Hasta aquí, muy razonable. El caso es que nuestro relaciones públicas, un chico encantador que estuvo conmigo y con mi compañero todo el día, me acompañó al vestuario de mujeres, buscó mi taquilla, la número 6, me entregó la llave y marchó para esperarme fuera.

Y aquí comienza mi odisea. Abro la taquilla y miro dentro. Estupendo. Encuentro una chaquetilla tipo cazadora, de un material como Gore-Tex, forrada por dentro. Normal, pienso. Hay que entrar a la zona del Ártico y allí hace más bien frío. Me la coloco, y encima, las mangas me llegan a las manos, cosa rara de conseguir en la ropa.

Sigo buscando. Hum. Eso ya es un poco más extraño. Encuentro una especie de top de manga corta, abierto con escote, y dos botoncillos entre los pechos. Qué raro, pienso. Pero claro. ¿Yo qué sé cómo es el uniforme de las chicas? Venga. Me quito la chaquetilla, me quito mi camiseta y me pongo el top. Los botones se abren porque los ojales están dados de sí, y todo el rato se desabrochan. Pues menuda faena. Voy a ir enseñando mi sujetador todo el día. En fin. Cerraré la cremallera de la chaquetilla y listos. Pero la cremallera no tiene carro, no se puede subir.

Vamos, Marta. Que te esperan. Un calor, señores… Sigo buscando. Encuentro un par de calcetines doblados en plan bolita, bien puestecitos. Calcetines. Vale, pienso. Será una cuestión de higiene. Calcetines limpios para evitar cualquier perjuicio a los animales. Tiene su lógica, ¿no? No me digáis que no. Me quito mis zapatillas, mis calcetines, y me coloco los otros, que también me van bien.

Sigamos. Encuentro unos guantes, y como de momento no les veo la utilidad, los guardo en el bolsillo de la chaqueta. Y sigo buscando. No encuentro pantalones. Raro. Ni zapatillas de seguridad. Raro. Sí detecto unos cuantos paquetillos como de Oreo, de esos con dos galletas redondas. Bueno, cómo nos cuidan, ¿eh? Y unos libritos… que deben de ser sobre las instalaciones… a saber.

Entonces doy con otra camiseta, de tirantes, colgada en una percha. Ostras, pienso. Esto es mejor que el top, quizás nos dan dos opciones. Al menos no se me desabrochará. Me quito la chaqueta, me quedo en top y en sujetador, todo hay que decirlo, porque no hay modo de abrocharlo. Cojo la camiseta… mmm… aquí sí que ya hay algo que no me cuadra. No huele mal, pero huele. A usada. Señores, por aquí ya no paso, ¿eh?

Ahí es cuando empiezo a llamar a nuestro acompañante. Que no me oye. Claro, imaginaos: él y mi compañero ahí fuera, “y cómo tarda”, Y con el cachondeo, “es mujer, qué quieres”. Al final me oyen… vamos. Se habían equivocado de taquilla.

Después de unos largos minutos de incertidumbre y un calor de órdago, llego a mi taquilla de verdad y en menos y nada me pongo la camiseta de entrenadora por un día, los pantalones cortos con múltiples bolsillos y las zapatillas de seguridad. Disculpas a la chica que encontraría sus cosas… un poquillo revueltas.

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Autor: Marta

Soy de finales de los 60, así que he vivido una época interesante en mi infancia y adolescencia, llena de cambios, llena de libros. Estudios, trabajo, matrimonios frustrados, hijos maravillosos. Nada demasiado diferente de cualquiera de vosotros. Entrando en los cincuenta. Dicen que es la mejor etapa de la vida...

3 opiniones en “El arte de no ver… o de no saber”

  1. Muy buena anécdota… para un libro de anécdotas… me imagino tu confusión a ellos ¿no les dio ninguna vergüenza, supongo, su falta de profesionalidad y de tacto?

    1. Bueno, lo dudo, dudo que sintieran vergüenza. La verdad es que cuando se dan estos casos, y en según qué momentos, es preferible tomarlo todo a broma y no tirar por el camino de la reclamación y el disgusto, y mucho menos cuando percibes de entrada una gran acogida y muchas ganas de hacerlo todo lo mejor posible.

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