Alzheimer


Un lunes cualquiera, Ezequiel salió contento de casa. Compró el pan, saludó a los transeúntes y acarició a un perro abandonado. Como le sobraban unos minutos, se sentó en un banco y disfrutó del sol.
Tres horas más tarde, dispuesto a regresar, se puso en pie, miró confundido alrededor y, olvidando la barra integral, echó a andar, indeciso.
Caminó un buen rato sin reconocer su entorno. Con espanto, desorientado, preguntó por su propia dirección. Con más rudeza que amabilidad, le indicaron que debía dar la vuelta y cruzar cuatro calles.
Arrastrando el dolor de huesos, Ezequiel desanduvo todo el camino. Cuatro calles eran cuatro cruces. Uno…, dos… tres… Se detuvo. ¿Había contado dos o tres?
—Dos…
Tres… cuatro. Dobló la esquina, victorioso y exhausto. Pero su casa no estaba allí.
Y Ezequiel lloró.

Prescripción facultativa


Marisa puso patas arriba la habitación. Revolvió el armario, vació los cajones, escudriñó bajo la cama. En los libros tampoco halló nada.
Su respiración se aceleraba a medida que cosechaba fracasos, y los latidos martillaban como pesadillas aporreando una puerta.
Frenética, barajó la posibilidad de llamar a su psiquiatra, pero desistió. No quería parecer idiota; se acordaba bien de lo que el doctor le había prescrito: “tienes que encontrar los límites…”
Temeraria, traspasó las fronteras de su cuarto y buscó por toda la casa. Sus jadeos llenaban el silencio convertidos en presencias ajenas.
De pronto, Marisa quedó paralizada. Acababa de recordar con exactitud cómo terminaba la frase del médico: “…dentro de ti misma”.
Solo esperaba que no doliera demasiado.

Así no habló Saratrasto


Hoy abandonaré mi montaña, la cueva en que convertí la habitación. Llevo veinte días encerrada, pero estoy decidida.
Conseguiré que mis padres comprendan que ya no soy su trasto caprichoso, que puedo tomar decisiones. Tres semanas son tiempo suficiente para que se hayan dado cuenta de que mi propósito es firme. Tengo diecisiete años, mi vida me pertenece, y quiero estudiar Filosofía.
Hablando se entiende la gente o, por lo menos, así lo proclaman los que se consideran adultos.
Abro la puerta del cuarto y, despacio, desciendo por las escaleras, como el profeta. Un camino de quince peldaños, quince razones de peso para no retroceder que voy enumerando a cada paso: confianza, seguridad, madurez, equilibrio, firmeza, libertad, libertad, libertad, libertad…
Mi madre levanta la cabeza, emerge de sus papeles y asiente complacida. Mi padre deja de teclear, se quita las gafas y señala una silla vacía.
Me acerco y sonrío, dispuesta a incorporarme a su mundo durante unos minutos en busca de un instante de comprensión, de un puente de contacto que nos una. Ellos me miran serios, esperanzados, con esa luz que se enciende en sus ojos cuando se creen victoriosos.
Sara, hija, me alegro de que por fin hayas entendido que no tenías razón. La Filosofía es una carrera trasnochada. El conocimiento útil no procede de lo que otros pensaron a lo largo de los siglos.
—Estaremos felices de pagar tus estudios de Ingeniería Informática, cariño.
Intento articular el alegato minuciosamente preparado en defensa de mis intereses. Separo los labios, muevo la lengua y gesticulo.
—No, cielo, no digas nada, no es necesario. A menudo nos equivocamos, y no hay nada que perdonar cuando se reconoce, aunque sea tres semanas más tarde.
Silenciosa, doy media vuelta y emprendo el ascenso de regreso a mi habitación. Quince peldaños desnudos de razones. Vuelvo a la montaña, a mi cueva.
Quizá sea necesario morirse primero para que te entiendan y acepten después.

0,99 euros


El forense dictaminó muerte accidental por aplastamiento. Miguel Sabiendas falleció prensado bajo un mueble de estantes que contenía miles de primeros fascículos.
—Era autodidacta. Todos los septiembres se hacía el firme propósito de aprender, así fuera inglés, mecánica de aviones, la reproducción de las abejas… ¿Qué culpa tenía mi pobre marido si cada año lo engañaban incrementando el precio de los coleccionables? —declara la desolada viuda.
—Vamos, señores, que el saber ocupa lugar… y además, pesa.
La periodista interrumpe la conexión y se encamina a la cafetería de la esquina. Antes de entrar, lanza a la papelera el primer número de ‘Los secretos del punto de cruz semana a semana’.
Marta Estrada (Arais)
Micro ganador de Gigantes de Liliput, tema “Propósitos de septiembre”

El secreto de Petunia (dedicado a los que adoran la saga de Harry Potter)

¡Atención! Lo que vais a leer es solo un ejercicio literario que consiste en traer al frente un personaje secundario y endosarle algo inventado. Ocurre que, después de escribirlo, me apetece que lo leáis, y de paso dedicar un guiño a todos los seguidores, friquis, fans (fanes, según la RAE), amigos y enemigos de Harry Potter. Gracias a J.K. Rowling, aunque ella no lo sepa, por prestarme un ratito a la protagonista de mi relato. Ahí va mi ejercicio y mi homenaje.

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Crucero misterioso


He explicado a menudo que escribo desde los doce años, más o menos. Reunidos bajo la etiqueta de este artículo encontraréis relatos, fragmentos de mis novelas de infancia y juventud, algún que otro poema… Espero que os divirtáis leyendo, así como yo espero disfrutar compartiendo con vosotros mi trayectoria.
Hoy me gustaría reír un rato en vuestra virtual compañía. Y es que no hay para menos. Luego dirán que el thriller está de moda. Pues, pasen y lean, porque mi mayor producción en la infancia se podría englobar en este género.
Poneos en situación:
Estamos en un barco (como el título indica) llamado El Estrella Dorada (y nadie me dio un duro por publicidad). Típico viaje, supongo que inspirado en la serie Vacaciones en el mar. Se han producido algunos asesinatos a bordo, y tenemos a un coronel llamado Graham Greene (sí, sí, sin ningún pudor) y a un miembro de la Policía longuinense (así, tal cual) conversando sobre los casos.
Cita
—¡Maldita sea!! —gritó Graham—. ¡Si mal no recuerdo es la cuarta víctima en pocos días y nosotros sin una prueba!
—¡Tranquilízate por Dios, discutiendo no creo que lleguemos a ninguna conclusión!
—Entonces… ¿qué quieres que hagamos?
—Ayer pude reunir algunas pruebas, muchas de ellas se han desmentido por lo de hoy .
—Empieza.
—Verás, el día de la fiesta fue un apagón producido por no sabemos qué motivo; puede ser de la caja de estabilizadores, puede ser de los interruptores . Pero lo que sí sabemos es que el asesino por no se sabe qué razón, quiso matar a Kendy, la novia de Edmond, el cual según parece, fue suicidado, por las palabras de su amigo. Pues bien, Edmond no se suicidó. Las pruebas son que en la camisa no había ninguna huella.
—Así que lo de Edmond es otro asesinato.
—Eso me dice mi cabeza.
—¿Más pruebas?
—Sí, muy importante. Creo, no sé por qué, que el próximo en caer será el capitán o si no Sendy Scot.
—¿Qué te hace suponer dicha afirmación?
—De momento no puedo adelantarte nada, solo les podemos prevenir. Claro que si te empeñas Sendy tiene una gran amistad con Hans y ella sabe…
—¿Sabe qué?
—Ya te he dicho que no podía adelantarte nada, si no estoy más seguro. Así que déjame confirmar mis últimas conclusiones con más detenimiento.
En aquel momento entró Hans sin llamar a la puerta.
—¡Bueno, satisfechos! Es la tercera víctima que se ha producido desde hace no sé cuántos días!
Final de cita.
Vamos a analizar el fragmento. Es genial, ¿verdad?
Discuten porque no tienen pruebas, además de que no están muy seguros del número de víctimas, y resulta que no solo no tienen pruebas sino que cuentan con muchas. Prestad atención a la invención de conceptos, porque eso de la caja de estabilizadores no sé yo muy bien qué debe ser; y no solo eso sino que ahora no saben qué ocurrió cuando más atrás en el libro asesinan a una mujer que está a punto de pronunciar el nombre de quien apagó la luz en medio de un baile. Ah, y suerte tenemos que a uno de ellos la cabeza le dice algo, habida cuenta de que no sabe por qué pero cree que matarán al capitán o a una muchacha. Mucho cuidado con ser suicidados por palabras, es algo muy peligroso.
Otras joyas:
Cita
Era un barco grande, blanco, y tenía una estética bastante considerada. No era viejo, pero tampoco recién comprado, y su cubierta presentaba algunos rasguños, que se abrían a estribor.
    Los largos mástiles estaban bien dispuestos, y las chimeneas, preparadas para escupir el poco humo que producían algunas máquinas, pues su motor y toda su distribución de guía, era completamente eléctrica.
La belleza de Catherine Harley superaba a la de Sendy.
    Era joven, rubia y su voz era dulce, consoladora.
—Por favor, no me hables de usted, aunque no nos conocemos, es como si hubiésemos nacido juntos, Edmond me ha hablado tanto de ti…
—Buenas noches, señora Civ. ¿Va usted ya a limpiar?
—Sí, Edgar, sí, no puedo hacer otra cosa. Ya sabes que me pagan por eso.
—A eso venía. Quería preguntarte si no te importaría que te echara algunas fotos mientras cantas.
Los cruceros se habían puesto de moda desde que se introdujo la orquesta y las salas de juego y baile. Pero este barco era distinto. Además de orquesta tenía cantante.
—¿Es cansado estar en la policía longuinense?
—Mire, señora, el trabajo policial es muy cansado, tanto la policía longuinense, como la española, o la americana.
Seguía la música, ahora con un rock fuerte.
De repente, las luces se apagaron, y Archi, al no poder ver las manos de Kendy  para cogerla cuando la echó al aire, la dejó caer al suelo. Ésta dio un grito de dolor, y después se calló. Los que la oyeron al caer y gritar acudieron a ella y palpando la encontraron, pero… Minutos después, se encendió  de nuevo la luz. Ardid y Edmond corrieron hacia Kendy, la cual yacía en una silla.
Edmond se arrodilló a su lado y quiso animarla, pero, Kendy ya no contestaba, y ya no lo volvería a hacer más.
—¿Por qué tenía que ser ella? ¿Qué ha hecho mi pobre madre? ¿Por qué la han matado?
—Será mejor que vengas conmigo, te daré un calmante, y mientras, el capitán y estos señores  se encargarán de tu madre, ya verás como todo saldrá bien.
Final de cita.
Para muestra un botón. No quiero apabullaros más con esta historia descabellada.  ¡Tenía trece años! Entonces podía escribir sin documentarme, inventando lo que hiciera falta, recreando escenarios sin tener ni remota idea de dónde situaba mis pequeñas tramas, utilizando sin parpadear nombres de personas reales. Así me cundía la producción, a novela por idea. ¡Y sin prestar atención a las incoherencias! ¡Ah! Y en el original, la palabra crucero aparece con z.
Creedme, mi mejor escuela.