Un año más

Dulces navideños con un abeto adornado al fondo

Tom apoyó la frente en el ventanal. Miró los campos nevados y el bosque que se extendía hasta el río. Tanta belleza le dolía porque la sensación de que ya no le quedaban fuerzas para vivir otra Navidad era muy acusada. Solo el silencio se hacía eco de su soledad. A su lado, sobre la mesa, descansaban todos los somníferos que el doctor le había recetado. No había tomado ni una sola pastilla. El potencial sueño eterno que aquellas cajas contenían aliviaba su amargura, y las acarició pensando que quizás las consumiría esa misma noche.

Él no existía. Nadie supo jamás que era el Tom del libro y de la posterior película. Utilizaron la historia de su pobre infancia, la estrujaron, le sacaron todo el jugo; recogieron la verdad de un empresario déspota que un día decidió hacerse dios, la recompusieron y la adornaron. Luego, alguien acumuló riquezas a su costa, y su familia heredó una fábrica que dio modestos rendimientos durante años.

La infancia de Tom pasó sin risas y sin juegos. Sí, su familia tenía una fábrica cuyos beneficios aseguraban comida todos los días y zapatos nuevos en Navidad. Pero Tom vivía temiendo que les arrebataran aquel regalo, y se obligaba a portarse bien para no perder el privilegio de una vida digna. Cambió las sonrisas por la seriedad que vistió de negro su existencia, mientras se hacía mayor y sus seres queridos iban desapareciendo. Ahora era demasiado tarde para recuperar la ilusión de su más tierna niñez.

Estaba decidido: sería esa noche.

Tom cogió un cuenco de cristal y, con la parsimonia de sus dedos cansados, fue desgranando grajeas mientras el sol comenzaba a ocultarse. Ya solo restaba llenar un buen vaso de agua y refugiarse en su dormitorio. Tomarse más de setenta pastillas tenía que ser difícil, a fe suya. Con cada una que ingiriera recordaría una Navidad, hacia atrás, hasta conseguir su propósito. Claro que setenta era una suma considerable de recuerdos a rememorar, habida cuenta de que conservaba muy pocos que fueran realmente gratos. Con suerte, se dormiría para siempre mucho antes.

Sonó la campana del porche, y Tom se quedó inmóvil con el cuenco en una mano y el vaso en la otra. Incómodo entre la curiosidad y el fastidio, depositó ambos recipientes sobre la mesa. Abrió la puerta sin preguntar.

Una mujer que llevaba a un niño de corta edad de la mano saludó con la cabeza. No los había visto nunca, aunque sus rostros le resultaban ligeramente familiares.

—Buenas noches, disculpe el atrevimiento, señor. Este es mi hijo Tommy. A mi esposo y a mí nos ha surgido un contratiempo de última hora, usted sabe… No podemos llevarnos al niño. Hemos pensado que no le importaría… Por favor, solo por un par de horas. Tommy nunca se porta mal. Es obediente y no le molestará.

Tom, estupefacto, dio un paso atrás y miró al chiquillo embutido en una ropa demasiado formal.

—Ah, buenas noches. En verdad, tenía previsto emprender un viaje… Pero puedo retrasarlo.

—Muy agradecida, señor. —Y dicho esto, la fugaz aparición se desvaneció sendero abajo.

—Muy bien, Tommy. Entra. ¿Cuántos años tienes?

Tommy se acercó a la mesa y miró con disimulo el cuenco lleno de perlitas blancas.

—Ocho, señor. ¿Son caramelos?

—No…, no son caramelos. —Tom tomó asiento en una butaca y señaló una de las sillas donde Tommy se sentó muy serio y muy tieso—. ¿Tienes miedo de quedarte aquí conmigo? Dime la verdad, y llámame Tom. Como ves, compartimos el mismo nombre.

—Sí, Tom. —Tommy miró de soslayo el retrato de un niño.

—¿Por qué?

—Porque no le conozco. Usted es viejo y tiene una casa muy grande.

—Entiendo. Y dime, ¿es cierto eso que dice tu madre, que nunca te portas mal?

Tommy asintió y miró de reojo el ventanal, más allá del cual la noche comenzaba a instalarse.

—¿Cómo es eso?

—Mis padres quieren que sea así.

—Claro, muchacho. Y tú debes de pensar que si no te comportas como tus padres desean, ellos dejarán de quererte. —Tommy miró la chimenea por el rabillo del ojo y volvió a asentir—. Entiendo. Cuando yo tenía ocho años era como tú. Todo el mundo me quería, y era tan bueno y me portaba tan bien que una Navidad me regalaron la fábrica del pueblo. Y me la regalaron a mí y no a otros niños porque ellos se portaron mal en el momento más inadecuado. Pero ¿sabes qué? Voy a contarte un secreto. En realidad no se portaron mal, no; solo hacían travesuras, que es lo que hacen todos los niños, y yo me moría de envidia. Era Navidad y estaban felices. ¿Tú haces travesuras?

—No, Tom.

—Eso me temía. Nunca fui capaz de hacer travesuras, Tommy, y al final se pasó la infancia y el momento de cometerlas. Me hice mayor, mis abuelos y mis padres murieron. Me quedé solo, y sé que por más que vuelva atrás en mi memoria, apenas encontraré recuerdos de cuando era niño, momentos en los que de verdad sonriera gracias a alguna diablura. —Tom estudió la reacción de Tommy, que seguía mirándolo todo de reojo, aunque sus dedos comenzaban a entrelazarse—. ¿Te gustaría probar con una? Quizás así aprendas que no son malas si no hay mala intención. Además…, es un favor que te pido. Yo te enseño, y tú me ofreces la oportunidad de sonreír esta Navidad.

—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó empezando a entusiasmarse.

—¿Has subido alguna vez a un tejado, muchacho?

Tommy se puso de pie de un salto con los ojos brillantes, mirando de soslayo los zapatos de Tom.

—No, nunca, nunca me han dejado subir al tejado. Mi padre dice que es muy peligroso.

—Y lo es si no se tiene cuidado. Pero el de mi casa es especial. Escúchame bien, Tommy, porque la primera travesura de un niño es muy importante. —Tommy se acercó a Tom con la cabeza gacha, observando ahora las manos del anciano con los ojos entornados—. Tienes que cumplir una gran misión. En primer lugar, buscarás ropa con la que disfrazarte en alguno de los armarios de la casa. Después, tendrás que descubrir unas escaleras que suben al tejado.

—¿Yo solo, Tom?

—Tú solo. No tengas miedo, y al final obtendrás tu recompensa. Vamos, ánimo, valiente.

Tom se levantó con dificultad y, con una amplia reverencia, franqueó para Tommy la puerta que daba acceso al interior de la casa. Le deseó suerte y volvió a cerrarla, dejándolo solo. Luego, indeciso, contempló el cuenco de pastillas. Sintió que el corazón aleteaba en su pecho, como si estuviera desperezándose. Miró la puerta por donde se había esfumado Tommy, tan parecido a sí mismo. Suspiró y esbozó una sonrisa. Aquel niño tal vez era su oportunidad de vivir una infancia feliz y despreocupada.

Se abrigó, sacó una bonita caja dorada del aparador y la metió en una bolsa de papel que se colgó del brazo. Después, decidido, salió fuera.

La luna llena le permitió localizar la escalerilla de madera que subía al tejado. Pese a su escasa fuerza y a la falta de equilibrio, Tom logró escalar los tres metros, impulsado por el ímpetu de la ilusión. Tuvo que detenerse dos veces, pero Tommy todavía no había llegado cuando plantó los pies en la azotea que se extendía entre las dos vertientes del tejado. Resoplando, se sentó sobre un fardo envuelto en arpillera y se dispuso a esperar.

Y esperó y esperó. Esperó tanto rato que tuvo tiempo de contemplar el cielo cuajado de estrellas, y la luna rielando en el río, y la profundidad de la noche conquistando el pueblo iluminado por las luces de los abetos en los patios. Esperó tanto que comprendió que hacía mucho que no esperaba nada. Imaginó a Tommy deambulando por la casona, extraviado en sus recovecos, desorientado y muerto de miedo. Y entonces, cuando ya se incorporaba para ir a buscarlo, una cabeza con un sombrero de ala ancha emergió del hueco de la escalera.

La figura de Tommy se dibujó poco a poco contra la claridad de la noche. El sombrero del abuelo John, una casaca roja vieja con charreteras del abuelo Robert, un delantal de su madre y unos zapatones naranjas.

Tom acabó de levantarse y se aproximó al muchacho con solemnidad tendiéndole una mano a la que el niño se agarró con vigor, asombrado de encontrarlo allí. Juntos caminaron hasta el borde del tejado.

—Lo has conseguido —aclamó Tom—. ¿Ha sido muy difícil?

—Primero sí. Tenía miedo, y me he perdido. Y no encontraba las luces. Pero luego ha sido muy divertido.

—Entonces ¿lo has pasado bien?

—Mucho, Tom.

—Estupendo. Fíjate en lo especial que es mi tejado. Puedes ver todo el pueblo, el cielo y el río. Mira allí, a las afueras. ¿Sabes qué es esa masa negra que se distingue junto a la orilla?

—Sí, señor, la fábrica vieja.

—Eso es. ¿Y sabes qué se fabricaba en ella, Tommy?

—Sí: chocolate, pero mi madre nunca me compró porque decía que era demasiado caro y porque yo era demasiado pequeño.

—Pues esa era la fábrica que me regalaron por ser tan bueno, y ahora es una ruina. Y yo no tengo nada. Pero… veamos tu recompensa. ¿A ti te gusta el chocolate?

—Mucho, pero no me dejan comerlo porque es malo para los dientes.

Tom hizo que Tommy se girara hacia él, le guiñó un ojo y extrajo la bonita caja metálica de la bolsa.

—Tommy, te hago entrega de tu premio: una selección de lujo, la más especial que jamás se haya elaborado en parte alguna; los dulces más exquisitos del mundo. Un Surtido Oro de trescientas sesenta y cinco chocolatinas.

Tommy alzó la cabeza y el sombrero cayó al suelo, con lo que Tom pudo ver unos ojos muy abiertos que por fin lo miraban fijamente, sin escabullirse.

—¿Para mí?

—Sí, por tu primera travesura. Tu regalo en esta Navidad. Pero, puesto que no te dejan comer dulces, vendrás todos los días a por una chocolatina, la comerás conmigo, y juntos planearemos nuevas maneras de divertirnos. ¿Te parece bien? —Tommy sonrió radiante y profirió una afirmación bulliciosa—. Magnífico. Toma, coge tu merecida recompensa. La llevaremos abajo y la depositaré sobre la mesa en sustitución del cuenco.

—¿Y qué son esas perlitas?

Tom se atusó el abundante cabello blanco, emocionado y dichoso.

—Son unas píldoras con las que proyectaba ir hacia atrás en mi memoria hasta dormirme y no despertar. Pero en su lugar, tu caja de chocolatinas, aunque seas tú quien disfrute de una todos los días, me llevará hacia adelante. Te comerás un bonito recuerdo con cada una de ellas, y yo viviré una segunda infancia. Gracias, Tommy.

Un golpe de viento hizo volar el ajado sombrero fuera del tejado.

Con la sonrisa en los labios, Tom pasó el brazo por los delgados hombros de Tommy y lo guio hacia la escalera interior. Él también había conseguido su recompensa: una Navidad más. Un año más.

Este relato forma parte de la antología Cuentos de Navidad 2015 de la editorial Playa de Ákaba. ¿Adivináis en qué historia tiene sus raíces?

Líneas paralelas

Mujer anciana en blanco y negro con gran expresividad en el rostro

Tras treinta años de ausencia, Eugenio pisó por primera vez el pueblo que lo vio nacer. Se fue como emigrante a Alemania donde su existencia se mimetizó con la red ferroviaria a la que había dedicado buena parte de su vida. Una existencia trazada con líneas paralelas que jamás convergen.

Así transcurrieron sus días, acumulando meses y sumando años, entre raíles que nunca le condujeron a ninguna parte. Entre personas que pasaban y continuaban trayecto, la vista al frente, el horizonte definido, pero siempre ajenas, encajadas en una realidad que no rozaba la suya.

Por fin llegaba a su destino, fin de recorrido. Un paisaje cambiado, desconocido, el recuerdo de un pueblo que se adivina solo en las calles antiguas, en la plaza vieja.

Su madre lo esperaba. Eugenio se detuvo ante ella. La reconoció. Pese a los años inmisericordes de separación durante los que ni siquiera la había visto en fotografía, la reconoció.

Porque sus miradas sí convergieron.

BlackFriday

Dos bancos en un parque con el suelo cubierto de hojas rojas y amarillas

Como todos los viernes, acompañada por la cuidadora, Mercedes abandonó la residencia y se dirigió al parque para reunirse con su hija.

Vivía esperando ese encuentro. Dedicaba la semana a prepararse para los pocos minutos que Susana le destinaba, y la peluquería de los jueves marcaba el momento culminante de su ilusión. Era la secuencia ordenada de los acontecimientos. Primero, ponerse guapa, y después, el parque, la alegría efervescente de recibir unas migajas de cariño.

A la cuidadora le costó mucho explicar a Mercedes por qué los bancos estaban vacíos. La anciana jamás hubiera cambiado un día de compras desenfrenadas por un rato de calidez humana. Recogió unas cuantas hojas, hermosas hojas de otoño, y trató de apaciguar su llanto con la promesa de confeccionar con ellas un bonito regalo que ofrecerle a Susana. Para el próximo viernes.

Carrera definitiva (escrito para Amnistía Internacional)

Un bonito cielo

Sentado ante la puerta de su casa, Adson contemplaba con orgullo las Nike viejas que había encontrado revolviendo la basura. Un tesoro en sus pies. Tenía quince años y le habría gustado ser atleta. Pero era negro y pobre, una sombra como una mácula en la ciudad preolímpica, un tumor marginal que sobrevivía. Sin embargo, nada le impedía soñar: un gran estadio, la multitud coreando su nombre.

No vio a los policías militares, pero sí escuchó la desgarradora advertencia de su madre. Las punteras de unas botas brillantes rozaron las de sus Nike astrosas. Adson no entendió las palabras que vociferaron, diluidas en el estruendo de una detonación cuyo ruido conquistó todos los rincones de la favela.

Doblado sobre sí mismo, sangrando, pasó por debajo de las piernas abiertas de un agente y echó a correr. Le dolía el aire, le dolía la vida en el pecho. Sus Nike pisaban desechos y vertidos, pero corrían, azules y blancas, esquivando niños harapientos, recorriendo pasajes laberínticos, con el lamento de su madre pegado a los talones.

Adson ensuciaba el sueño olímpico, y el sistema, con su implacable método de limpieza, se desprendía de las manchas a golpe de gatillo.

Llegó al borde de la favela y cayó. Alguien se agachó a su lado.

—Tranquilo, muchacho.

—¿He ganado?

—Claro que sí.

—Han sido las zapatillas… Y no las robé…

Adson sintió el abrazo y cerró los ojos.
La miembro de Amnistía Internacional lo estrechó hasta que el chico cruzó la meta definitiva.

Profecía

Imagen de la súper luna de hoy

Ráfagas de destrucción, oleadas de delirio, alaridos que no trascenderán. Una opacidad brotará de los intersticios de la Tierra, engullirá las existencias y apagará los hálitos. El tiempo colapsará, y su ofrenda postrera, la que concederá el privilegio de perdurar, descenderá a los pies de las elegidas.

Las madres falsificarán los certificados de nacimiento, pero será inútil. El tiempo lo sabe todo, y solo las hijas nacidas durante la súper luna de esta noche sobrevivirán, aquellas que nazcan cuando los relojes atómicos marquen el período exacto en que el satélite salga y se ponga.

En medio del caos, nadie advirtió la falacia, el burdo engaño del oráculo. La Humanidad está condenada. La profecía excluyó a los varones.

Gemelos (poema contra la desigualdad y la violencia de género)

Me miro en tus ojos y no entiendo.
El tiempo que pasamos encerrados
en agua de vida entrelazados,
tu ser y mi ser a la vez siendo.

Crecer y soñar sin distinciones,
la risa y el llanto compartiendo.
Tú viendo en mí, y yo en ti viendo,
reflejo entreverado de emociones.

No alcanzo a comprender, hermano mío,
si fuimos siempre en todo una persona,
por qué la realidad nos abandona,
haciendo de lo igual un desafío.

Por qué llevo en la piel azul de miedo
y siento mi trabajo devaluado.
Por qué tú te ufanas, realizado,
mientras por más que yo lucho, no puedo:

No puedo ni aun callando así lograr,
tu hombre y yo mujer, desconocidos,
oír ese latir que nos vio unidos,
sin lágrimas la igualdad recuperar.

Última morada

Rufino se pasaba el día de un lado a otro, recorriendo el pueblo en su BH azul oxidada. En la cesta del manillar transportaba la caja donde vivía su gallina y en el portapaquetes, hatillos y bolsas con sus variopintas pertenencias. Algunas personas, superando el recelo, se acercaban a preguntar por el ave: que sí, claro que ponía huevos, que no, no se escapaba, que no, no la había robado, se la había regalado un payés; que no, diantres, ¿cómo se iba a comer a su amiga? Que no, no se llamaba de ninguna manera, era gallina y nada más. Y como si Rufino fuera una atracción de feria, sus pulidos conciudadanos depositaban unas monedas en la caja, incluso a menudo le daban algo de comida o ropa usada.

Él, sin ser consciente de que esperaban agradecimiento, correspondía intentando hacerles comprender que el mundo está podrido de conspiraciones, que las instituciones religiosas y las logias masónicas monopolizan la riqueza del país, que los partidos políticos se alimentan de dinero extranjero, que los barcos de piratas acabarán con el comercio internacional… Lo oía en radios y televisiones ajenas, lo cazaba al vuelo en las conversaciones de la gente, que no era tonto, vamos, y se daba cuenta de la precaria situación actual. Rufino no acababa de entender por qué nadie le hacía caso. Todas aquellas maquinaciones no podían aportar nada bueno, pero a los habitantes del pueblo por lo visto no les importaba y descartaban sus advertencias. Y la inmensa mayoría le rehuía.

Rufino comía suficiente por gentileza de lo que los vecinos tiraban por las calles o en los contenedores y se vestía gracias a las bolsas de ropa abandonadas en las esquinas. Pero si hasta contaba con un par de zapatos de repuesto y unas botas para la lluvia que pendían del sillín de su bicicleta. En una bolsa de supermercado atada al manillar tintineaban botecitos de muestra de jabones de ducha, champús para todo tipo de cabello y sobres de cremas, tubitos de dentífrico y hasta minicepillos de dientes, aunque en honor a la verdad, hay que decir que Rufino iba sucio y olía bastante mal. ¿Qué culpa tenía él si las dos fuentes públicas estaban fuera de servicio la mayor parte del año porque había quienes arrancaban los grifos para vender el hierro a kilos? Y llover, no llovía demasiado.

De lo único que Rufino carecía era de una casa, por eso le llamaban vagabundo. Se la habían quitado hacía más de cinco años, y lo habían apartado de la normalidad, de la ortodoxia de las existencias ordenadas… y de la cordura convencional.

Así pues, al atardecer, cuando las piernas le flaqueaban de cansancio por tanto pedalear, cuando su gallina comenzaba a cacarear indignada por la inmovilidad, cuando sentía el peso de la vida que como unas alforjas colgaba de su BH, Rufino rodaba con parsimonia hacia el camposanto. Se colaba en su interior por la parte trasera, puesto que el vigilante cerraba la verja principal a las siete, y ya no se podía acceder al recinto. Jenaro hacía la vista gorda, pero no podía dejarla abierta para Rufino. Había un hueco en el muro entre cipreses que el Ayuntamiento no reparaba porque en realidad ¿a quién puede preocuparle un boquete en la tapia del cementerio? Rufino escondía la bicicleta entre los arbustos del camino viejo y empleaba un buen rato en acarrear sus bártulos: el hatillo, el calzado, las bolsas, la caja con la gallina, y lo metía todo en el panteón donde se guarecía durante las noches.

Allí dentro, al amparo de la muerte anunciada que aguarda, Rufino disponía de una esterilla y dos mantas raídas. Cuando se tumbaba, callado en medio del silencio, daba gracias a la familia rica que se había hecho construir el monumento funerario y rezaba para que sus miembros tardaran muchos años en precisar de él. Sabía que eran cinco, un matrimonio y tres hijos, muy jóvenes los padres aún, muy pequeños los niños, lo cual le proporcionaba una gran sensación de seguridad. Habrían de pasar años antes de que personas en la flor de la vida necesitasen habitar el panteón. Mientras Jenaro continuase siendo vigilante y él fuese cuidadoso y considerado con el lugar, no le faltaría techo durante mucho tiempo.

Aquel sábado, abrigado bajo sus cobertores, Rufino escuchó ulular de sirenas no demasiado lejos. Provenían de la carretera, quizá de ese cruce de cinco calles tan peligroso que él siempre procuraba evitar. Elevó una plegaria por si acaso había habido víctimas y, tras dar las buenas noches a su gallina, se durmió feliz, sin imaginar siquiera que un accidente de tráfico puede saldarse con cinco vidas, como había sucedido. Cinco jóvenes vidas.

Cuando después de dos días vio el luctuoso desfile de cinco féretros desde la brecha de la tapia, Rufino lloró, y no solo porque de nuevo se había quedado sin casa. Cinco vidas tan jóvenes eran un precio muy alto para un panteón recién estrenado. Con su gallina en brazos se sumó a la comitiva y, pese a que amigos y familiares de los fallecidos se apartaban de él entre susurros de rechazo y repugnancia, consiguió llegar junto al monumento. Él solo quería rezar, pero Jenaro, con todo el disimulo del que fue capaz, le entregó su esterilla y sus mantas y le instó a abandonar el cementerio.

No había espacio entre los muertos para el vagabundo.

Malos tiempos

Alberto se arrastró como pudo hasta acurrucarse en un rincón. Se cubrió la cabeza con los brazos, temeroso de que le llovieran más golpes, aunque la calle se había quedado silenciosa después de la paliza. No se atrevió a moverse más. Algo debía de tener roto porque respirar era un suplicio. Notaba la sangre resbalándole por la cara, y al menos dos dientes bailoteaban tras sus labios partidos.

Había perdido el móvil en la refriega. Pasarían horas hasta que alguien pudiera prestarle ayuda, no en vano aquel era un barrio solitario. Desde luego, sus tíos se preguntarían dónde demonios se había metido, pero no intentarían ponerse en contacto con él para hacer averiguaciones. Darían por sentado que se había olvidado del compromiso adquirido, que habría preferido irse por ahí de marcha con sus amigos.

Lo que peor llevaba en aquel momento, más que el dolor, más que el miedo ante lo incomprensible, ante la barbarie, era imaginar decepcionada y llorando a su primita. Una criatura tan maravillosa no se merecía algo así el día de su quinto aniversario.

Alberto sollozó, impotente. Él no había querido asustar a nadie. Tendría que haberse puesto el traje de payaso en casa de sus tíos.

Dentro de ti

Te gusta salir a la calle a las seis de la mañana. El pueblo duerme, nadie perturba la paz de tus pasos. La noche acaricia las esquinas mientras el silencio flamea a tu alrededor como una bandera que se deshilacha con grietas de luz.

Caminas ligera, consciente de que en tus labios se dibuja una sonrisa que amanece como el horizonte. Adoras este momento, sientes que te pertenece. Tú y tus pensamientos, el susurro de tus tacones.

Y de pronto lo percibes, a tu espalda. Un roce, un murmullo.

Miras atrás, inquieta. Oyes pasos que se apresuran cuando tú te apresuras. Empiezas a jadear, alguien te sigue.

Corres, y yo también corro, a tu ritmo. Me llaman miedo: soy yo, pero eres tú.