Extinción

Dinosauria con tres crías en segundo plano

Impacto. Tembló la tierra bajo sus patas, la noche llegó antes de que su estómago pidiera alimento. Un calor de fuego sin llama encendió su piel rugosa, secó la hierba y devastó la laguna donde se abrevaba.

La colosal herbívora dio unas zancadas vacilantes. Giró el largo cuello y buscó al resto, pero se había quedado sola. Junto a sus patas, abrasadas, yacían las crías muertas.

Bramó, herida de instinto roto, de final absoluto.

Del cielo se desprendió un polvo cegador. No obstante, la madre echó a correr por una tierra que ya no entendía.

Fue la última superviviente.

Pasó un ángel

La Tierra iluminada de noche vista desde la Estación Espacial Internacional

Para Ramón Yagüe Albesa. Con todo mi cariño hacia su recuerdo. Quizás alguna vez, yo tampoco supe comprenderle.

A Ramón le gustaban las cosas redondas, las que daban vueltas sobre sí mismas. Podía pasarse largos ratos sentado ante la televisión, cuando todavía existía la carta de ajuste, con aquellos numeritos que desfilaban hasta que la pantalla fundía a negro o revivía con todo tipo de imágenes. Frente a la lavadora, sus horas transcurrían contemplando el vaivén del tambor, aquel movimiento que cambiaba de sentido después de cada giro y que a él le fascinaba, como le fascinaban los engranajes que arrastraban las cintas en un radiocasete.

Ramón nació así, decían los vecinos. A su paso desgarbado, los murmullos crecían mientras índices sin escrúpulos ni sensibilidad lo señalaban. Porque, aunque su discapacidad psíquica había sido causada por un problema de incompatibilidad de grupos sanguíneos, lo habían clasificado desde siempre bajo la etiqueta de subnormal. Y aquella etiqueta dolía, a la familia le dolía pues Ramón vivía su normalidad, sin menoscabo de las capacidades a su alcance; dolía porque encerraba demasiada ignorancia y recelo, incluso, a veces, una compasión supersticiosa.

Ramón era un niño grande, un hombre niño que quería cariño y atención, que se esforzaba en hacerse comprender con sus interjecciones de cachorro. Conseguía pronunciar alguna palabra, el adorado nombre de su hermana, el apelativo universal para todas las madres, y oírselos parecía un milagro. Con sus abrazos desmañados, sin medida, excesivos de afecto desmadejado, sus besos húmedos, Ramón se abría hueco en los corazones cercanos.

A menudo cosechaba incomprensiones que después repicaban en el corazón de sus seres queridos como martillos de culpa. Esa culpa oscura empapada de lágrimas que se enquistan y moldean un remordimiento corrosivo. Recogía brotes de impaciencia, enojos inevitables que seguramente no entendía y que se volvían contra quienes los habían desencadenado.

A Ramón le costaba vestirse y asearse, pero a diario conquistaba parcelas de independencia. Le costaba comer, tragar se convertía en una tarea complicada, pero se enfrentaba a los trocitos de comida con la feliz inconsciencia de los actos mecánicos de las rutinas cotidianas. ¿Qué soñaría cuando caía dormido? ¿Qué imágenes nocturnas se deslizarían fuera de su mente cuando la madrugada le sorprendía paseando por la casa, buscando la complicidad de los suyos?

Ramón chillaba con las alegrías ajenas, sollozaba con las tristezas de los demás, amaba sin cortapisas, se enfadaba con las injusticias a su medida. Sí, porque una deficiencia psíquica no implica insensibilidad, como muchas personas parecen creer. Había fuertes sentimientos dentro de Ramón, emociones que a veces se desbordaban arrastrándolo por cauces tumultuosos que asustaban, pero que siempre encontraban un meandro donde remansar.

Porque había lagunas de paz en su vida, orillas donde recostarse a descansar, regazos donde acomodar las aflicciones que no encontraban la forma de expresarse. Sus mujeres amadas, madre, hermanas, dispuestas a acompañarlo en el arduo camino, retirando las piedras y apartando las espinas.

Ocurre que pese a todo, pese al amor y la protección, pese a los desvelos, hay un segundo en el devenir de las existencias que se escapa del tiempo que pretendemos otorgarle a la vida. Hubo un segundo así en la de Ramón, un instante de dolor en que no consiguió tragar un bocado de su desayuno, y aquella luz inocente se trasladó a otro plano sin apagarse. Hay luces que brillarán siempre, luces que abanderan una realidad que conviene no olvidar jamás.

Ramón no debía de saber que la Tierra también era redonda, que daba vueltas sobre sí misma y alrededor del Sol, pero ahora sí lo sabe, y permanece sentado al borde del horizonte para disfrutar de tan bello espectáculo.

Expectativas

El altar solitario de una iglesia

Lo había imaginado tantas veces… Se llamaba de diferentes maneras y tenía distintas profesiones. Pero siempre era el hombre amable, generoso, comprensivo, sincero y atractivo protagonista de los sueños de cualquier mujer. Y con sentido del humor.

Por eso no lo reconoció cuando se le presentó como todo lo contrario a lo que durante años había recreado en su mente.

Y perdió la oportunidad de ser feliz.

Aspirante (un poco de humor)

Interior de una catedral gótica vista desde la bóveda

El aspirante entró en el despacho con las manos en los bolsillos, a buen paso, cabeza erguida y porte orgulloso. Saludó al director de recursos humanos y tomó asiento en el mullido sillón ante la mesa.
Hubo unos instantes de silencio, de mütua y concienzuda observación.

—Bienvenido, señor Gutiérrez. Permítame que empiece la entrevista con una prueba rápida de conocimientos. Los psicotécnicos vendrán después. Sé que no es lo habitual, pero para la firma es muy importante contrastar su capacidad de respuesta ante la terminología propia de la profesión.

—Ningún problema, estoy preparado.

—Bien, pues. Procure ser veloz y conciso. Comencemos. Glosario de la a a la z sobre arquitectura de catedrales, principalmente góticas. Limítese a definir las palabras que le iré proponiendo por orden alfabético.

El aspirante asintió, tranquilo y confiado.

—Ábaco.

—Sirve para hacer cálculos, digamos que era la calculadora de tiempos remotos.

—Abocinado.

—Dícese de un muro que por un lado tiene lámparas y por el otro no.

El director frunció el ceño mientras tomaba notas en una tableta.

—Ábside.

—Construcción redonda que se sale de la iglesia por el fondo de la nave central.

—Absidiolo.

—El nombre de las capillas, que digo yo que tendrían que ser absidiolas, que además, rimaría con girolas.

—Aguja.

—Un error fatal de la arquitectura. A raíz de ellas, todos los niños del mundo después del gótico temen ir al médico.

El director miró de reojo al aspirante, y su rostro comenzó a palidecer.

—Ajimez.

—Condimento de la comida de la época.

—Albardilla.

—Como su nombre indica, albarda pequeña para animales de carga de tamaño reducido.

—Alféizar.

—Esto lo sabe hasta mi abuela. Parte de las ventanas apta para sentarse a mirar el paisaje.

—Alma.

—Vaya, lo lamento, no estudié el tema de la religión vinculada a la arquitectura…

—Alzado.

—Representación plana de la elevación vertical de un monumento arquitectónico. Se distinguen tres partes: la arquería, que es donde se fabrican los arcos; el triforio y el claristorio… No recuerdo muy bien, quizá esto va en lo de instrumentos musicales.

—Ambón.

—Sujeto perteneciente al ampa, que lo mismo significa pandilla de maleantes que asociación de padres de alumnos, depende del contexto.

El director apartó la tableta a un lado y se acodó en la mesa con los ojos chispeantes.

—Ángel ceriferario.

—Era el que vendía la cera.

—Ángel turiferario.

—Este supongo que era el que inventó las agencias de viajes.

—Antepecho.

—Denominación antigua del sujetador que usan las mujeres actualmente.

—Antipendio.

—Lo contrario a dispendio, es decir, lo que no se gasta de manera inadecuada.

—Arbotante.

—Insulto propio del gremio. También botarel o botarate.

—Arcada.

—Lo que le da a uno cuando tiene náuseas, o sea, cuando alguna cosa le da asco, por lo general, olores o alimentos. Habitual en la época por culpa de las alturas y los vértigos.

—Archivolta.

—Cantor gótico que daba recitales para solaz de los obreros.

—Arco.

—Pues lo que necesitaban para cazar ciervos.

—Arcosolio.

—Es como el bajo palio, pero para los muertos notables.

—Arcuación.

—Cálculo matemático que permite colocar los arcos como Dios manda.

—Aristón.

—Este concepto creo que se ha colado. Yo diría que es una marca de neveras o tal vez de un medicamento, no recuerdo.

—Arranque.

—Lo que hacen los vehículos o los ordenadores, a lo mejor en la época también se decía así para los asnos y las mulas de carga.

—Ático.

—Hombre… Donde vivían los maestros de obras, que eran los que tenían más dinerito.

—Baldaquino.

—Creo que se trata de una raza de monos, seguramente muy molestos a la hora de construir.

—Baptisterio.

—Apellido de san Juan.

—Baquetón.

—Baqueta grande que servía para golpear el gong destinado a llamar a comer a los obreros.

—Basamento.

—Pomada que se utilizaba para aliviar los dolores musculares de los peones de la obra.

—Bóveda.

—Dícese del cielo estrellado.

—Caballete.

—Patas sobre las que se coloca un tablero que hace las funciones de mesa.

—Cabecera.

—Parte posterior de la cama. También médico de familia.

El director se puso de pie de un salto y palmeó el escritorio con energía.

—¡Cancelo!

—Reja o balaustrada que separa el presbiterio o el coro de la nave de la iglesia.

—¡No he dicho cancel, he dicho cancelo! ¡Que cancelo la entrevista! ¿Qué se ha creído usted? ¿Por quién me ha tomado?

—Disculpe, no comprendo su enojo. En la convocatoria ponía muy claro que se valora positivamente el sentido del humor, aunque no comprendo los motivos.

Si te interesa conocer el significado real del vocabulario arquitectónico:

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Bicho raro

Una apetitosa hamburguesa en primer plano

Nadie podrá decir que no lo ha intentado.

Buscó en los anuncios por palabras, en las páginas de contactos, en chats de todo tipo. Se movió durante meses por bares, discotecas, restaurantes y centros comerciales. Se arriesgó con citas a ciegas, programas de televisión y nocturnos de radio.

Por fin ha desistido. Debe resignarse a la idea de que es un espécimen abocado a la extinción.

No le teme ni le produce efectos secundarios; no le trae a la memoria recuerdos provocados por abusos en su infancia. Simplemente, no le interesa el sexo, y está harto de sentirse diferente y discriminado.

Ha sido incapaz de encontrar a alguien que quiera convertirse en su pareja, así que adoptará un perro maltratado y comerá hamburguesas frente al televisor.

Radio

Una radio amarilla con bordes muy redondeados

—Seño, ¿qué es la radio? —Los cinco años de Aroa rezuman urgente interés por sus ojillos atemorizados.

—Una maravilla gracias a la que la voz de personas que no podemos ver viaja a través del aire y nos acompaña. Nos cuenta las noticias del día, nos explica si hará frío o lloverá. Gracias a la radio podemos escuchar canciones y música de todo tipo. Y divertirnos con concursos y reportajes. ¿Entiendes?

—Entonces ¿es algo muy bueno?

—Por supuesto, aunque mucha gente prefiere la televisión.

Aroa duda, y su mirada refleja un profundo temor.

—Pero ¿qué es mejor, la radio o la televisión?

—Para mí, la radio. Tiene una magia especial.

—¿Magia?

—Sí, una magia muy especial.

Aroa sonríe, y un atisbo de felicidad esperanzada ilumina su carita pecosa.

—Entonces ¿mi mamá se salvará, verdad?

Un año más

Dulces navideños con un abeto adornado al fondo

Tom apoyó la frente en el ventanal. Miró los campos nevados y el bosque que se extendía hasta el río. Tanta belleza le dolía porque la sensación de que ya no le quedaban fuerzas para vivir otra Navidad era muy acusada. Solo el silencio se hacía eco de su soledad. A su lado, sobre la mesa, descansaban todos los somníferos que el doctor le había recetado. No había tomado ni una sola pastilla. El potencial sueño eterno que aquellas cajas contenían aliviaba su amargura, y las acarició pensando que quizás las consumiría esa misma noche.

Él no existía. Nadie supo jamás que era el Tom del libro y de la posterior película. Utilizaron la historia de su pobre infancia, la estrujaron, le sacaron todo el jugo; recogieron la verdad de un empresario déspota que un día decidió hacerse dios, la recompusieron y la adornaron. Luego, alguien acumuló riquezas a su costa, y su familia heredó una fábrica que dio modestos rendimientos durante años.

La infancia de Tom pasó sin risas y sin juegos. Sí, su familia tenía una fábrica cuyos beneficios aseguraban comida todos los días y zapatos nuevos en Navidad. Pero Tom vivía temiendo que les arrebataran aquel regalo, y se obligaba a portarse bien para no perder el privilegio de una vida digna. Cambió las sonrisas por la seriedad que vistió de negro su existencia, mientras se hacía mayor y sus seres queridos iban desapareciendo. Ahora era demasiado tarde para recuperar la ilusión de su más tierna niñez.

Estaba decidido: sería esa noche.

Tom cogió un cuenco de cristal y, con la parsimonia de sus dedos cansados, fue desgranando grajeas mientras el sol comenzaba a ocultarse. Ya solo restaba llenar un buen vaso de agua y refugiarse en su dormitorio. Tomarse más de setenta pastillas tenía que ser difícil, a fe suya. Con cada una que ingiriera recordaría una Navidad, hacia atrás, hasta conseguir su propósito. Claro que setenta era una suma considerable de recuerdos a rememorar, habida cuenta de que conservaba muy pocos que fueran realmente gratos. Con suerte, se dormiría para siempre mucho antes.

Sonó la campana del porche, y Tom se quedó inmóvil con el cuenco en una mano y el vaso en la otra. Incómodo entre la curiosidad y el fastidio, depositó ambos recipientes sobre la mesa. Abrió la puerta sin preguntar.

Una mujer que llevaba a un niño de corta edad de la mano saludó con la cabeza. No los había visto nunca, aunque sus rostros le resultaban ligeramente familiares.

—Buenas noches, disculpe el atrevimiento, señor. Este es mi hijo Tommy. A mi esposo y a mí nos ha surgido un contratiempo de última hora, usted sabe… No podemos llevarnos al niño. Hemos pensado que no le importaría… Por favor, solo por un par de horas. Tommy nunca se porta mal. Es obediente y no le molestará.

Tom, estupefacto, dio un paso atrás y miró al chiquillo embutido en una ropa demasiado formal.

—Ah, buenas noches. En verdad, tenía previsto emprender un viaje… Pero puedo retrasarlo.

—Muy agradecida, señor. —Y dicho esto, la fugaz aparición se desvaneció sendero abajo.

—Muy bien, Tommy. Entra. ¿Cuántos años tienes?

Tommy se acercó a la mesa y miró con disimulo el cuenco lleno de perlitas blancas.

—Ocho, señor. ¿Son caramelos?

—No…, no son caramelos. —Tom tomó asiento en una butaca y señaló una de las sillas donde Tommy se sentó muy serio y muy tieso—. ¿Tienes miedo de quedarte aquí conmigo? Dime la verdad, y llámame Tom. Como ves, compartimos el mismo nombre.

—Sí, Tom. —Tommy miró de soslayo el retrato de un niño.

—¿Por qué?

—Porque no le conozco. Usted es viejo y tiene una casa muy grande.

—Entiendo. Y dime, ¿es cierto eso que dice tu madre, que nunca te portas mal?

Tommy asintió y miró de reojo el ventanal, más allá del cual la noche comenzaba a instalarse.

—¿Cómo es eso?

—Mis padres quieren que sea así.

—Claro, muchacho. Y tú debes de pensar que si no te comportas como tus padres desean, ellos dejarán de quererte. —Tommy miró la chimenea por el rabillo del ojo y volvió a asentir—. Entiendo. Cuando yo tenía ocho años era como tú. Todo el mundo me quería, y era tan bueno y me portaba tan bien que una Navidad me regalaron la fábrica del pueblo. Y me la regalaron a mí y no a otros niños porque ellos se portaron mal en el momento más inadecuado. Pero ¿sabes qué? Voy a contarte un secreto. En realidad no se portaron mal, no; solo hacían travesuras, que es lo que hacen todos los niños, y yo me moría de envidia. Era Navidad y estaban felices. ¿Tú haces travesuras?

—No, Tom.

—Eso me temía. Nunca fui capaz de hacer travesuras, Tommy, y al final se pasó la infancia y el momento de cometerlas. Me hice mayor, mis abuelos y mis padres murieron. Me quedé solo, y sé que por más que vuelva atrás en mi memoria, apenas encontraré recuerdos de cuando era niño, momentos en los que de verdad sonriera gracias a alguna diablura. —Tom estudió la reacción de Tommy, que seguía mirándolo todo de reojo, aunque sus dedos comenzaban a entrelazarse—. ¿Te gustaría probar con una? Quizás así aprendas que no son malas si no hay mala intención. Además…, es un favor que te pido. Yo te enseño, y tú me ofreces la oportunidad de sonreír esta Navidad.

—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó empezando a entusiasmarse.

—¿Has subido alguna vez a un tejado, muchacho?

Tommy se puso de pie de un salto con los ojos brillantes, mirando de soslayo los zapatos de Tom.

—No, nunca, nunca me han dejado subir al tejado. Mi padre dice que es muy peligroso.

—Y lo es si no se tiene cuidado. Pero el de mi casa es especial. Escúchame bien, Tommy, porque la primera travesura de un niño es muy importante. —Tommy se acercó a Tom con la cabeza gacha, observando ahora las manos del anciano con los ojos entornados—. Tienes que cumplir una gran misión. En primer lugar, buscarás ropa con la que disfrazarte en alguno de los armarios de la casa. Después, tendrás que descubrir unas escaleras que suben al tejado.

—¿Yo solo, Tom?

—Tú solo. No tengas miedo, y al final obtendrás tu recompensa. Vamos, ánimo, valiente.

Tom se levantó con dificultad y, con una amplia reverencia, franqueó para Tommy la puerta que daba acceso al interior de la casa. Le deseó suerte y volvió a cerrarla, dejándolo solo. Luego, indeciso, contempló el cuenco de pastillas. Sintió que el corazón aleteaba en su pecho, como si estuviera desperezándose. Miró la puerta por donde se había esfumado Tommy, tan parecido a sí mismo. Suspiró y esbozó una sonrisa. Aquel niño tal vez era su oportunidad de vivir una infancia feliz y despreocupada.

Se abrigó, sacó una bonita caja dorada del aparador y la metió en una bolsa de papel que se colgó del brazo. Después, decidido, salió fuera.

La luna llena le permitió localizar la escalerilla de madera que subía al tejado. Pese a su escasa fuerza y a la falta de equilibrio, Tom logró escalar los tres metros, impulsado por el ímpetu de la ilusión. Tuvo que detenerse dos veces, pero Tommy todavía no había llegado cuando plantó los pies en la azotea que se extendía entre las dos vertientes del tejado. Resoplando, se sentó sobre un fardo envuelto en arpillera y se dispuso a esperar.

Y esperó y esperó. Esperó tanto rato que tuvo tiempo de contemplar el cielo cuajado de estrellas, y la luna rielando en el río, y la profundidad de la noche conquistando el pueblo iluminado por las luces de los abetos en los patios. Esperó tanto que comprendió que hacía mucho que no esperaba nada. Imaginó a Tommy deambulando por la casona, extraviado en sus recovecos, desorientado y muerto de miedo. Y entonces, cuando ya se incorporaba para ir a buscarlo, una cabeza con un sombrero de ala ancha emergió del hueco de la escalera.

La figura de Tommy se dibujó poco a poco contra la claridad de la noche. El sombrero del abuelo John, una casaca roja vieja con charreteras del abuelo Robert, un delantal de su madre y unos zapatones naranjas.

Tom acabó de levantarse y se aproximó al muchacho con solemnidad tendiéndole una mano a la que el niño se agarró con vigor, asombrado de encontrarlo allí. Juntos caminaron hasta el borde del tejado.

—Lo has conseguido —aclamó Tom—. ¿Ha sido muy difícil?

—Primero sí. Tenía miedo, y me he perdido. Y no encontraba las luces. Pero luego ha sido muy divertido.

—Entonces ¿lo has pasado bien?

—Mucho, Tom.

—Estupendo. Fíjate en lo especial que es mi tejado. Puedes ver todo el pueblo, el cielo y el río. Mira allí, a las afueras. ¿Sabes qué es esa masa negra que se distingue junto a la orilla?

—Sí, señor, la fábrica vieja.

—Eso es. ¿Y sabes qué se fabricaba en ella, Tommy?

—Sí: chocolate, pero mi madre nunca me compró porque decía que era demasiado caro y porque yo era demasiado pequeño.

—Pues esa era la fábrica que me regalaron por ser tan bueno, y ahora es una ruina. Y yo no tengo nada. Pero… veamos tu recompensa. ¿A ti te gusta el chocolate?

—Mucho, pero no me dejan comerlo porque es malo para los dientes.

Tom hizo que Tommy se girara hacia él, le guiñó un ojo y extrajo la bonita caja metálica de la bolsa.

—Tommy, te hago entrega de tu premio: una selección de lujo, la más especial que jamás se haya elaborado en parte alguna; los dulces más exquisitos del mundo. Un Surtido Oro de trescientas sesenta y cinco chocolatinas.

Tommy alzó la cabeza y el sombrero cayó al suelo, con lo que Tom pudo ver unos ojos muy abiertos que por fin lo miraban fijamente, sin escabullirse.

—¿Para mí?

—Sí, por tu primera travesura. Tu regalo en esta Navidad. Pero, puesto que no te dejan comer dulces, vendrás todos los días a por una chocolatina, la comerás conmigo, y juntos planearemos nuevas maneras de divertirnos. ¿Te parece bien? —Tommy sonrió radiante y profirió una afirmación bulliciosa—. Magnífico. Toma, coge tu merecida recompensa. La llevaremos abajo y la depositaré sobre la mesa en sustitución del cuenco.

—¿Y qué son esas perlitas?

Tom se atusó el abundante cabello blanco, emocionado y dichoso.

—Son unas píldoras con las que proyectaba ir hacia atrás en mi memoria hasta dormirme y no despertar. Pero en su lugar, tu caja de chocolatinas, aunque seas tú quien disfrute de una todos los días, me llevará hacia adelante. Te comerás un bonito recuerdo con cada una de ellas, y yo viviré una segunda infancia. Gracias, Tommy.

Un golpe de viento hizo volar el ajado sombrero fuera del tejado.

Con la sonrisa en los labios, Tom pasó el brazo por los delgados hombros de Tommy y lo guio hacia la escalera interior. Él también había conseguido su recompensa: una Navidad más. Un año más.

Este relato forma parte de la antología Cuentos de Navidad 2015 de la editorial Playa de Ákaba. ¿Adivináis en qué historia tiene sus raíces?

Líneas paralelas

Mujer anciana en blanco y negro con gran expresividad en el rostro

Tras treinta años de ausencia, Eugenio pisó por primera vez el pueblo que lo vio nacer. Se fue como emigrante a Alemania donde su existencia se mimetizó con la red ferroviaria a la que había dedicado buena parte de su vida. Una existencia trazada con líneas paralelas que jamás convergen.

Así transcurrieron sus días, acumulando meses y sumando años, entre raíles que nunca le condujeron a ninguna parte. Entre personas que pasaban y continuaban trayecto, la vista al frente, el horizonte definido, pero siempre ajenas, encajadas en una realidad que no rozaba la suya.

Por fin llegaba a su destino, fin de recorrido. Un paisaje cambiado, desconocido, el recuerdo de un pueblo que se adivina solo en las calles antiguas, en la plaza vieja.

Su madre lo esperaba. Eugenio se detuvo ante ella. La reconoció. Pese a los años inmisericordes de separación durante los que ni siquiera la había visto en fotografía, la reconoció.

Porque sus miradas sí convergieron.

BlackFriday

Dos bancos en un parque con el suelo cubierto de hojas rojas y amarillas

Como todos los viernes, acompañada por la cuidadora, Mercedes abandonó la residencia y se dirigió al parque para reunirse con su hija.

Vivía esperando ese encuentro. Dedicaba la semana a prepararse para los pocos minutos que Susana le destinaba, y la peluquería de los jueves marcaba el momento culminante de su ilusión. Era la secuencia ordenada de los acontecimientos. Primero, ponerse guapa, y después, el parque, la alegría efervescente de recibir unas migajas de cariño.

A la cuidadora le costó mucho explicar a Mercedes por qué los bancos estaban vacíos. La anciana jamás hubiera cambiado un día de compras desenfrenadas por un rato de calidez humana. Recogió unas cuantas hojas, hermosas hojas de otoño, y trató de apaciguar su llanto con la promesa de confeccionar con ellas un bonito regalo que ofrecerle a Susana. Para el próximo viernes.