Ningún ser humano es ilegal

velas y flores en el lugar donde mataron a Mmame Mbage

Los manifestantes lanzan adoquines, papeleras, todo cuanto cabe en sus manos vacías de violencia gratuita, llenas de otras manos de las que agarrarse para sentirse unidos. Un grito unánime, un clamor ganando el aire. Ningún ser humano es ilegal. Negro y blanco coloreando una sola bandera que ondea en la plaza como ola en un océano de deseos compartidos, de rabia que desborda, de sufrimiento profundo y genuino. Ningún ser humano es ilegal.

Él no consigue hacerse con nada para estrellar su solidaridad contra los coches que los rodean, contra los botes de humo, contra las pelotas de goma. Ningún ser humano es ilegal. Le arde la pierna escayolada, arde como su pecho intentando respirar. Yeso por una rodilla rota, metáfora del inmovilismo al que una porra quiere someterlos y que, sin embargo, es el movimiento de tantos corazones lo que simboliza. Ningún ser humano es ilegal.

Entonces, alza las muletas, no necesita un sustento físico cuando a su alrededor tiene sólidas columnas de compañerismo en las que apoyarse. Las levanta sobre su cabeza, apuntala su decisión y las arroja sobre los que utilizan la fuerza bruta institucionalizada. Ningún ser humano es ilegal. Los coches rugen ante él, el humo lo ciega y le roba el oxígeno, los disparos lo ensordecen. Y al final, el silencio, de pronto el silencio plagado de jadeos y silbidos en los oídos, un silencio que palpita en la sangre resarcida. Abandona la plaza, abraza a personas anónimas, recibe bocadillos de quienes no tienen que comer y que ofrecen aquello de lo que carecen para mostrar su más sentido agradecimiento.

Al amanecer, una anciana de color que apenas puede caminar arrastra los pies con dificultad hacia el lugar donde cayó Mmame Mbage. Deposita una vela junto al resto de velas y flores que testimonian una muerte que nunca debió ocurrir. La enciende mientras susurra que Mmame perdió el corazón por no perder la cabeza. La mujer llora con serenidad, las manos con los dedos entrelazados, respetuosa, preguntándose si el dolor de sus piernas le permitirá volver a casa. Cuando se da la vuelta, las ve, tiradas junto a un contenedor ennegrecido. Las mira y no da crédito, dos muletas, dos muletas que parecen nuevas. Las recoge casi con reverencia y se apoya en ellas. Le quedan demasiado largas, pero seguramente eso se podrá solucionar. Djeredieuf, murmura en su idioma, gracias, repite en español. Y apoyada en lo que fue un gesto de entrega desinteresada, regresa poco a poco a su humilde vivienda.

Yo también tengo derecho

Este lugar huele muy mal. No me atrevo a moverme, y durante todo el tiempo solo quiero hacerme pequeño en una esquina, muy pequeño, como si no estuviera. Los dos patas del cajón con ruedas me tiraron aquí, ellos debieron de creer que con cuidado, pero me hicieron daño. Son humanos, hombres y mujeres, y se llaman con nombres parecidos a los que nos ponen a nosotros los perros cuando quieren que estemos con ellos.

Antes de este rincón estuve en un sitio donde también había muchos como yo, con la diferencia de que allí respiraba buen aire y a veces caía lluvia que me limpiaba. Lo llamaban Protectora. Los días de suerte, un dos patas amable me sacaba a pisar hierba y tierra, incluso, de vez en cuando, podía correr y perseguir alas de colores que se llamaban Mirlo, o Tórtola. Y me acariciaba. Hasta me hablaba palabras cariñosas. No era lo mejor, no había mucha comida, pero bastaba, podía soñar con lanzarme a por una presa hasta caer con la lengua fuera, contento y cansado.

Un día, una pareja de dos patas con cachorros que reían me llevaron a su techo. Ellos lo llamaban casa. Aprendí que yo era Nudos. Y fui un Nudos feliz, aunque me pincharon, me hicieron comer bolas amargas para curarme, me enseñaron a sentarme cuando ellos querían y a tumbarme cuando no quería yo. Soporté tirones de orejas y de rabo, acepté estar callado cuando todo por dentro me impulsaba a expresar mis emociones. Ni siquiera me subía a la blandura donde dormían los dos patas que se convirtieron en mis dueños si ellos no estaban para reñirme.

Creo que lo hice todo bien, o todo lo bien que me fue posible. Necesitaba gustarles, agradecerles lo que habían hecho por mí.

Y, sin embargo, aquella vez de ruido en el cielo y mucha agua, ellos abrieron la puerta de su caja con ruedas y me empujaron afuera. Fueron bruscos, pero bajé, y les dije adiós como tantas veces cuando se iban a algún sitio porque confiaba en que volverían a recogerme. Claro que confiaba, siempre habían vuelto antes o después. Y esperé, muy mojado y muy solo mientras muchas cajas con ruedas y luces pasaban y no se detenían.

Esperé hasta que me quedé seco y vacío y tuve que moverme para buscar alimento, para buscarlos a ellos. Caminé por el suelo duro, por la tierra mojada, por los sitios amigos y por los lugares enemigos. Me llamaban, pero nadie decía mi nombre, como si Nudos ya no existiera. Caminé muchos soles y muchas lunas, huyendo de gritos y de piedras, con el miedo entre las patas y la soledad dentro de mi cuerpo. Y no encontré el techo de mis dueños. De verdad que busqué y busqué, pero un día perdí el olor y ya nunca más conseguí recuperarlo.

Y aquí estoy. Ahora se llama Perrera.

Hay tantos como yo en este sitio de barrotes, tantos que se muerden y se quitan la comida, pelean y ladran muy alto, y se enfadan y lloran. Grandes y pequeños, buenos y malos, de todos los colores y de todas las procedencias. El espacio es insuficiente. Ellos se pisan y se empujan y, aunque yo intento no moverme de mi rincón, acaban mordiéndome para conquistar el territorio que me cuesta tanto defender. Huele mal, a pesar del agua fuerte que los humanos disparan a menudo desde el otro lado de los hierros con un brazo muy largo que se llama manguera. Es tan fuerte, tan fría a veces, que si llega a tocarme no me queda más remedio que gemir de dolor. Nunca me había dolido el agua. Nunca me había dolido estar.

No quiero vivir en este sitio donde no hay aire ni lluvia, donde no hay caricias, donde me hacen daño y no tengo amigos. Todos los días espero a mis dueños, aunque casi estoy olvidando su olor. Todos los días empiezan y terminan, y ellos nunca vuelven. Sería más bueno, me portaría mejor. No pediría comida y procuraría quedarme con mi pelo. No tiraría de la correa para ir deprisa si ellos quisieran ir despacio. Incluso dejaría de ponerme como loco cuando me dieran galletitas para que comprendieran que les iba a querer igual, aunque no me premiaran. Pero ellos nunca vienen, no vuelven.

Tampoco quieren saber nada de mí los que sí vienen y miran, y buscan y escogen a otros para darles un techo. Se los llevan, y pienso que son afortunados.<

Ahora me doy cuenta de que yo también huelo mal. Hay partes de mi cuerpo sin pelo, y no puedo evitar rascarme. Me pica todo, y Soy un perro feo, inútil, y estoy enfermo. Por eso no me quieren, lo sé. Yo les digo que seré bueno, pero no me escuchan. Nadie me escucha.

El humano Jaime que cuando entra a los barrotes lo hace con una aguja en la mano, me observa demasiado. Sé que cuando pincha no es para curar, como aprendí antes. No, cuando pincha es para no estar más. Quiero y no quiero no estar más. ¿Cómo será no estar más? ¿Habrá dos patas allí? ¿Habrá cajas con ruedas que te llevan muy lejos para no volver nunca? ¿Y lluvia, alas de colores y mucha tierra para correr?

Apoyo el hocico en mis patas y cierro los ojos mientras pienso que no es justo, que yo no hice nada para merecer esto. Sin embargo, si me pinchan, prometo no quejarme.

Y entonces ocurre algo.

Escucho una voz extraña, de un dos patas que ya no es un cachorro, pero tampoco un adulto. Se dice chico. Es una voz monótona, que no sube ni baja, como una caja con ruedas en un suelo plano. Abro los ojos y trato de encontrar su imagen, pero hay una aglomeración de cuerpos ansiosos y apenas puedo distinguirla. El humano Jaime está con él y va señalando a los demás, a los grandes, a los bonitos, a los que no huelen mal ni están enfermos. No entiendo muchas de sus palabras, pero sé que solo unos pocos privilegiados son dignos de abandonar los barrotes, solo unos pocos llaman la atención de los que quieren regalar un techo.

Transcurre el tiempo allí fuera. El chico camina junto a los hierros y creo que nos mira uno a uno, en silencio. Avanza unos pasos y se detiene, muy quieto, muy rígido, con los brazos a lo largo del cuerpo. Se ha quedado solo, y ha de tomar una decisión. Vuelvo a cerrar los ojos porque me duele el pensamiento cuando por fin comprendo, después de tanto tiempo, que nadie me elegirá jamás. Somos demasiados, los dos patas se desprenden de nosotros como si fuéramos bolsas de basura. Nos regalan a los cachorros humanos, pero un día molestamos, por cualquier motivo, y nos tiran.

Oigo que hablan de mí. ¿De mí? El dos patas Jaime ha regresado y mueve mucho las manos mientras le habla palabras al chico. Me señala, y su cabeza dice que no una y otra vez.

—Es un error, muchacho. Este perro tiene leishmaniosis. Sería mejor sacrificarlo.

Parece que el joven dos patas no le hace mucho caso; sigue callado, inmóvil. Aunque tiene a Jaime delante, no le mira directamente a los ojos. Es raro un humano que no mira a los ojos. En realidad, el chico es raro. Nunca he sentido a uno de ellos como siento a este, diferente, humano, pero diferente de todos los que he conocido. Vienen más dos patas dueños de los barrotes, y el chico sigue sin mirarlos a los ojos y sin hablar.

Me levanto con mucho cuidado, curioso. Una de mis patas se dobla, pero consigo enderezarla. Lo difícil será lograr paso entre los cuerpos ansiosos. Me cuesta mucho meter el morro para abrir un camino. Qué débil estoy. A pesar de las dificultades, alcanzo la primera fila, me siento y asomo el hocico. Perro Grande Manchado me da una dentellada en la oreja, pero al igual que muchos de los demás, se retira al fondo, no sé por qué.

El chico está muy cerca, al otro lado de los hierros. No sé si escucha lo que le hablan los humanos que se han juntado a su alrededor, aunque parece que no. Comprendo que dicen palabras sobre mí porque me miran y me señalan, todos ellos, bueno, todos menos el dos patas joven, que de pronto, sin mover la cabeza ni el cuerpo, pregunta mi nombre.

Me estremezco, como cuando me acariciaban. Nadie contesta, porque ya no tengo nombre, nunca más fui Nudos desde que me abandonaron. Es triste no tener nombre, y no sé cómo decirles cuál me pusieron mis dueños. El joven dos patas se acerca a los barrotes, muy despacio, y me tiembla el morro, me tiembla todo el cuerpo, así que necesito tumbarme. Tengo miedo primero, luego curiosidad, después esperanza.

El chico se arrodilla delante de mí, y entonces pasa algo especial. Inclina la cabeza, y sus ojos del color de la tierra húmeda me miran, a mí, no solo a mí, a mis ojos, como no ha mirado a ningún humano, y se establece una conexión entre nosotros. Mete una mano por los barrotes y me acaricia. Se la lamo, solo un poco, pues aprendí que a algunos humanos no les gusta. Él es diferente a todos los dos patas que he conocido, quizá por eso quiere llevarme a su techo. No sé si está enfermo como yo, pero eso me da igual: podría quererle mucho, y con todas mis fuerzas intento trasmitírselo.

El chico Hugo pide que me saquen de los barrotes y, confundido y expectante, salgo fuera, tembloroso. Él vuelve a arrodillarse… y me abraza, aunque huelo mal y estoy enfermo, y creo que tendré que gemir flojito porque hacía mucho tiempo que nadie me tocaba de esta manera. Me abraza con la cara muy cerca de mis ojos, así que puedo ver que los suyos brillan. Y me habla con su voz monótona y suave:

—Eres diferente, como yo, lo noto, y no me importa. Este hombre piensa que hay que sacrificarte porque tienes leishmaniosis. ¿Le digo que mis padres podrían hacer lo mismo conmigo porque tengo Asperger? No vale la pena, no lo entendería. Tienes derecho a ser feliz. Me llamo Hugo. Y tú te llamarás… Nudos, porque tienes todo el pelo enredado.

Ahora no puedo evitar chuparle la sonrisa. ¡Volveré a ser Nudos! ¿Cómo sabe mi nombre? Es un humano especial, debe de ser por eso. Muevo el rabo con toda la energía que consigo reunir. Entonces, de los ojos de mi nuevo dueño Hugo brotan dos lágrimas. Me levanta en sus brazos con mucho cuidado y, mientras él se aleja, yo cierro los míos y también sonrío.

Mi relato finalista en el “I Certamen de Relatos Animalistas Crónicas desde el Matadero” 2015.

Soy un ovillo

A mí no me gusta ir al colegio. No me gusta porque hay que cruzar una calle con muchos coches, y a veces el semáforo no funciona, y si el semáforo no funciona me da miedo que me pille un coche. No me gusta porque hay niños que gritan mucho y me tocan, y se hacen caca, y la caca es de color marrón y el color marrón no me gusta. No me gusta porque yo quiero hacer matemáticas más difíciles y solo me ponen sumas y restas que son operaciones para niños muy pequeños, y yo no soy pequeño, y entonces pienso en las matemáticas que a mí me gustan y Nieves se enfada porque no la escucho cuando habla.

No me gusta ir al colegio porque un día estuve en un cuarto con una chica que me tocaba el pene, porque mi padre y mi hermana dicen que hay que decir pene, que hay otras palabras pero son feas. Y ella me tocaba, y no me gusta que me toquen, pero sí me gustaba que me tocara el pene y que lo pusiera dentro de un agujero, y entonces tengo miedo porque si no me gusta que me toquen no entiendo por qué sí me gusta que me toquen el pene. Y después hubo mucho problema y todo el mundo gritaba y me reñía, y Elena y mi padre me decían que nunca tengo que dejar que nadie me haga esto, y esto quiere decir que es malo.

Por eso me tocaba yo solo, que también es raro, porque me gusta mucho y no puedo hacerlo en cualquier sitio como hago puzles que también me gusta mucho, y no entiendo por qué puedo hacer puzles o rompecabezas, y no puedo tocarme el pene. Y mi padre me dice siempre que solo puedo hacerlo en mi cama, pero yo no estoy todo el día en mi cama y es difícil lo que me dice. Además, yo quería saber si todos tenemos un pene, y resulta que las chicas no tienen un pene, que todas tienen un agujero como la chica del cuarto, pero ninguna chica más me deja ver el agujero y si no veo las cosas no puedo entenderlas. Porque yo sí he visto el pene de mi padre, y el de Chema, que es el novio de Elena, porque un día entré en el baño y él está haciendo pis y le vi el pene.

Y como hay muchas cosas que no entiendo, no hablo, o me voy a mi rincón y me hago un ovillo, que esto significa que tengo forma de ovillo de lana, y me quedo mucho rato callado y pienso en las matemáticas que me gustan. Y no entiendo por qué cuando hablo con mi voz, y no con mis pensamientos, nunca digo nada, o repito mucho las palabras. Yo sé que las repito porque estoy nervioso o tengo miedo, pero no sé por qué digo las palabras como si fuera un niño pequeño. Y no sé por qué nadie entiende que todo está dentro de mi cabeza y que yo pienso y sé cosas y no puedo decirlas porque no sé cómo decirlas. Pero tampoco quiero que todo el mundo sepa que pienso y que puedo escribir, por eso solo pongo nombres y dibujos en los papeles, y esto lo escribo cuando mi padre está haciendo algo y no me ve.

Y tengo miedo de que mi padre se muera porque está muy enfermo. Y si se muere me voy a quedar solo porque Elena está en una ciudad muy grande y yo no puedo vivir en una ciudad muy grande porque me da mucho miedo. Y pienso cómo voy a vivir solo y creo que no podré comer mucho porque es muy difícil encontrar comida de algunos colores, y porque muchas personas no me entienden cuando quiero algo. Yo no quiero que mi padre se muera. Mi padre es bueno y solo me abraza si yo quiero que me abrace, y no me toca si yo no quiero que me toque. A lo mejor puedo quedarme con Chema, que es el novio de mi hermana, y tiene un coche, que no es rojo, pero tampoco es marrón, y me gusta ir con él en el coche porque me deja poner música y me deja poner las marchas. Pero Chema también trabaja en la ciudad. No sé con quién podría quedarme si mi padre se muere y esto me asusta mucho.

Y ahora creo que soy malo porque un día me metí en la cama de otra hermana que tengo que no la conozco mucho porque nunca está mucho tiempo, que se llama Alicia, y yo pensé que podía ver su agujero. Y lo busqué entre las piernas que es donde está el agujero y ella se despertó y empezó a gritar y me empujó y me pegó. Y entonces vino mi padre y me apartó de la cama y para apartarme de la cama me cogió el brazo y yo no quería que me tocara. Y también vino Elena y empezaron a hablarme mucho, y Alicia gritaba y yo no entendía nada. Y después Alicia se fue de casa, y más tarde vinieron a buscarme unos hombres que me ataron las muñecas y me tocaron, y entonces sí grité porque no me quería ir y porque me estaban tocando mucho. Y aunque me metieron en un coche que no era rojo pero tampoco era marrón, no me gustó. Y mi padre se quedó en casa sentado en el suelo, y como se tapaba la cara y movía los hombros yo creo que estaba llorando. Y cuando alguien llora Nieves me enseñó que es porque está triste, o tiene dolor.

Y los hombres me metieron en un cuarto que no tenía nada, ni puzles, ni papel ni lápices para pintar, y me quitaron los cordones de mis zapatillas y esto también me enfadó mucho porque me cuesta mucho hacer los nudos. Y me dejaron solo y yo quería hacer pis y no había dónde hacer pis y entonces tuve que hacérmelo encima. Y como gritaba y no venía nadie y nadie me oía, entré en mi cabeza porque en mi cabeza no había ruido, y allí estoy mejor y más tranquilo, y me hago un ovillo y entonces me da todo igual.

Y después vino un hombre que era un médico y yo oía que me hablaba muy lejos, pero tampoco le dije nada. Él no me tocó mucho, creo que solo me miró los ojos un momento, y como yo no miraba, no me importó tampoco. Porque no me gusta que me miren a los ojos. Y después entró Elena y me abrazó, y tampoco me importó que me abrazara porque yo estaba dentro de mi cabeza. Y ella hablaba y también lloraba, pero se fue. Y entonces sí grité mucho y la llamé, pero ella se fue y no me hizo caso y me quedé solo.

Y ahora Alicia no ha venido más y mi padre está muy triste. Y Elena vive con nosotros y entonces si mi padre se muere no me quedaré solo, y esto no me asusta tanto. Pero no quiero que mi padre se muera, y sí me da mucho miedo pensar que mi padre se va a morir.

Ya no me toco el pene porque si han pasado muchas cosas malas porque un día una chica me tocó el pene y porque otro día quería ver si Alicia tenía un agujero, es porque tocarse el pene es malo y porque mirar el agujero de las chicas o tocar el agujero de las chicas también es malo. Y a veces tengo muchas ganas pero como no es bueno que me toque el pene, me muerdo dentro del brazo para que no me vean. Y también tengo que probar cuánto tiempo puedo estar sin comer por si algún día me quedo solo, por si mi padre se muere y Chema y Elena están en la ciudad trabajando y no vienen.

Todo es muy difícil, así que me hago un ovillo. Soy un ovillo

Renovar-se… o fugir

Aquí os dejo una pieza de microteatro que presenté a un concurso y que no fue seleccionada. Está en catalán, así que los que no entendáis el idioma podéis intentar leerla o simplemente pasar de largo. No aconsejo que la traduzcáis porque en ella aparecen muchos giros del lenguaje y dichos populares o refranes que perderían todo el sentido, aunque bueno, solo es una sugerencia. Me atrevo a invitar a posibles lectores que por lo que sea pudieran tener algún interés en representarla que no duden en ponerse en contacto conmigo.

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016, márcalo

Solo quiero aportar un pequeño aliento de apoyo y esperanza ante tanta noticia estremecedora.<

Hecha un ovillo en la cocina, Aurora reclama lágrimas con que desahogar el sufrimiento, pero no consigue licuar su horror. Hace tiempo que ha perdido la facultad de llorar.

Él ha salido, siempre ocurre así: descarga su brutalidad y después empapa sus odiosos argumentos en alcohol. Más tarde, regresa armado de palabras maceradas en cerveza y las vierte convertidas en caricias torpes. Disculpas, eternas disculpas que Aurora traga como acíbar.

El silencio de la casa se llena de presagios, del rumor de decisiones continuamente postergadas. El mutismo ominoso de la impotencia.

Con dificultad, sintiendo el dolor del cuerpo apaleado, aurora se levanta. Apoyada en la encimera, la cabeza vencida, la sangre manchando su ropa, entreabre los ojos de párpados hinchados. Ante ella el ventanal, la luz de mayo, el parque infantil donde los niños juegan y blanden sus últimos jirones de inocencia.

De pronto, Una chiquilla de tres o cuatro años la saluda y sonríe. Manita que ondea con alegría como una bandera de esperanza.

Aurora busca una sonrisa para ofrecerle mientras algo en su interior se fortalece. Poco a poco, prendida de esa mirada risueña, recupera las lágrimas que se deslizan mansas por sus mejillas amoratadas. Por fin, tras muchos intentos frustrados, sobreponiéndose al miedo atroz que como un poso han ido dejando en su alma las amenazas, coge el teléfono y marca con dedos temblorosos.

Desde el otro lado, una voz amable comienza a tender el puente que la ayudará a cruzar a la otra orilla.

La utilidad de la desmemoria

Balcón con ropa tendida a contraluz.

Imagen de Elena Navarro

Celia sale al balcón a tender la ropa que ha encontrado en el cesto, en medio del comedor. Anochece, y el crudo invierno de la sierra se precipita sobre ella. Unos segundos de tiritona y parpadeos. Junto a la lavadora, montones de ropa sucia trepan hasta el borde de la baranda. Ella los contempla, incrédula, como si alguien los hubiese depositado aquí a saber con qué intención. Mientras pone pinzas a decenas de calcetines, lucha por comprender qué ha podido pasar con la ropa.

A Celia se le hacen cuesta arriba las tareas domésticas. Por las mañanas organiza la jornada con la meticulosidad de sus años como secretaria de dirección, convencida de que lo sacará todo adelante. Pero al caer la noche, como hoy, se da cuenta de que apenas ha hecho nada y no puede colegir en qué ha empleado las horas. Entre prenda y prenda, sus manos se detienen y su mente comienza a enviar señales confusas que la aturden. Se le echa el tiempo encima, y tiene que ir a recoger a su marido al colegio. Pinza. No, ya es de noche, el colegio cerró a media tarde. Pinza. Ah, no, no, es ella la que tiene que ir al colegio, pero no recuerda si ha hecho los deberes, y doña Luisa es muy estricta. Pinza. Todavía tiene que sacar al perro. Pinza. ¿O ya murió?

De pronto, siente la zarpa del frío en la espalda y se da la vuelta. El sol se ha escondido detrás de los cerros, y todavía le queda medio cesto por tender. Sacude la cabeza, suspira, estremeciéndose, y se apresura.

Cuando termina, se dispone a entrar en casa, pero se da de bruces contra la puerta. Intenta desplazar una corredera que no se mueve. ¿Quién la ha dejado encerrada en el balcón? ¿Por qué? Miedo. Golpea con el puño y llama a su marido.

Está helada, y los golpes le duelen. Sigue aporreando el cristal, hasta que algo en su interior le recuerda que vive sola, que Rafael murió hace años. Y no tiene el móvil.

Celia se asoma por la baranda. La calle está desierta, siempre está desierta excepto en época de vacaciones. Grita, por si alguien la oye, y recibe el silencio como respuesta. Durante largos minutos combina los gritos con los golpes en la cristalera.

La temperatura desciende vertiginosamente, y Celia comienza a sentirse entumecida. Pierde la voz cuando el helor insoportable se instala en su garganta. El viento gélido acuchilla su rostro y congela las lágrimas que quedan prendidas de las pestañas.

Ahora, Celia recuerda que es ella quien ha cerrado la puerta y piensa que morirá de hipotermia. Agotada, se acurruca en el rincón más resguardado del balcón. Las noches en la sierra rozan los seis o siete grados bajo cero. No podrá sobrevivir hasta el día siguiente.

Entonces, en medio de su confusión, repara en la pila de ropa sucia, y una luz de esperanza caldea su entendimiento. Rígida, se pone en pie con dificultad y escarba en el montón como un mendigo rebuscando en la basura. Entre risas y lágrimas se embute varios pares de calcetines, dos camisetas térmicas, un pijama, las mallas que usa para hacer yoga, una sudadera, un chándal, un gorro de lana, la bufanda y una bata de andar por casa.

Vuelve a ovillarse en el rincón, se cubre con el resto de la ropa y, poco a poco, va entrando en calor. Finalmente, hecha un bulto maloliente, apestando a pies y sudor, se queda dormida mientras agradece vagamente haber olvidado hacer la colada durante días.

Interrogatorio

Una chica rubia con capucha, fumando un cigarrillo.

El agente terminó de teclear la última respuesta del detenido. Escribía con estudiada lentitud con el propósito de alterar a aquel chico impávido. Detestaba a los tipos que se las daban de listos, los que contestaban con ese aire de indiferencia, como si se burlaran de él en sus narices. Se volvió hacia el chico y comenzó a tamborilear los dedos contra la superficie de la mesa.

—Así que no la conocías, pero sabes un montón de cosas sobre ella, ¿eh?

—Sí, agente.

—No tienes ni idea de su nombre ni de dónde vive, pero confiesas que estás al corriente de sus hábitos alimentarios, de los productos que usa para limpiar, de cómo viste y se peina…

—Sí, de la marca de compresas que utiliza, de que le gustan los chicles de regaliz, de que es celíaca, tiene un gato y debe de hacer algún deporte porque consume muchas bebidas isotónicas.

—Ya, ya veo. ¿Te das cuenta de que estás echándole la llave a tu celda?

—De lo que me doy cuenta, agente, es de que no me ha preguntado en qué trabajo.

—¿Acaso es relevante eso ahora mismo?

—Vaya que sí.

Mosqueado por aquel desliz imperdonable, el agente interrogó al detenido con la mirada.

—Soy cajero del supermercado donde compra la chica de la foto que usted me enseñó en la calle.

La polémica de siempre

Vista del Central Park de Manhattan.

El sueño de sus vidas, un apartamento sobre el Central Park. Tomados de la mano, recorren las habitaciones vacías, él sonriente y entusiasmado, ella con los labios un tanto apretados.

—Ahora toca lo mejor: la decoración —dice Michael—. La hemos imaginado tantas veces, ¿recuerdas la noche en el Hilton?

—Claro, Mike, ¿cómo olvidar nuestra primera gran discusión?

—Mujer, no seas así, fue solo una pequeña discrepancia. Deberías olvidarla.

—Pero si tú mismo sacas a colación ese recuerdo. —Lina se detiene en medio del salón desierto. Sabe que hoy puede ocurrir cualquier cosa y se promete ser paciente—. ¿Por qué lo mencionas?

—Bueno, pensé que a raíz de esa conversación quedaron establecidos los términos para resolver este tema llegado el momento.

—Muy bien. Veamos si nos entendimos, querido. ¿Qué sugieres?

Michael hace un amplio ademán con la mano. Confía en la buena disposición de Lina, pese a la falta de comprensión que su mujer suele mostrar en lo tocante a los criterios de su madre.

—El apartamento es grande. Existe el peligro de que parezca desangelado, sobre todo en invierno. Mira este ventanal, ¿te figuras qué sensación de frío cuando veas caer la nieve?

—Me figuro la sensación de paz y cobijo siempre que la nieve caiga fuera, Mike.

—Por supuesto. Pero para conseguir esa sensación necesitamos muebles sólidos, cortinajes gruesos y alfombras de lana, además de cuadros y tapicerías con motivos consistentes que aquieten la vista y el ánimo.

—¿En serio? —pregunta Lina con cierta ironía, temiendo lo que se avecina—. ¿Y en verano, cuando no caiga la nieve, qué haremos con tanta solidez y consistencia, querido?

—Mujer, mi propuesta sirve para todo el año. Bastará con recoger las alfombras y descorrer las cortinas.

—Además de poner fundas de colores alegres a los sofás y darle la vuelta a los cuadros.

—No había pensado en ello, pero considero que será innecesario. Una decoración clásica se adapta…

—Se adapta a los gustos de tu madre —dice Lina sin poder evitarlo.

Michael alza las manos.

—¿Vas a empezar con eso?

—Mike, cariño, escucha. —Lina da un paso hacia él, conteniendo la rabia que empieza a bullirle dentro—. Somos tú y yo los que vamos a vivir aquí, nosotros y los hijos que tengamos. Deja que me ocupe de decorar nuestro hogar, no metas a tu madre de por medio, ¿sí?

—Eres una ingrata. ¿Gracias a quiénes podremos disfrutar de semejante lujo? —Michael siente una vez más el peso de la deuda que como hijo cree tener con sus padres.

—Si yo te regalo un coche no espero que vayas a usarlo solo cuando te acompaño, o no exijo que lo conduzcas a la velocidad que a mí me parece apropiada.

—Esa comparación es una tontería.

Lina recula un paso, consciente de que va a repetirse la polémica de siempre. Michael nunca hace nada sin el visto bueno de su suegra, y ella está más que harta de que entre los dos la ninguneen.

—No quiero vivir en un lugar con reminiscencias del siglo XIX.

—¡Qué exageración!

—Quiero un hogar alegre y cálido. Quiero colores claros, muebles prácticos y pinturas luminosas.

—Mujer, escúchame… —Michael avanza hacia su esposa dispuesto a imponer su razonamiento.

—Quiero que la decoración viva con nosotros, no sobre nosotros, Mike.

—¿Qué idioteces estás diciendo?

—¿Idioteces? ¿Acaso no tengo derecho a elegir cómo deseo que sea mi casa?

—La casa que mis padres nos han regalado.

—¡Nuestra casa! ¡Un regalo pasa a ser propiedad de quien lo recibe, Michael!

—Estás sacando las cosas de quicio. ¿Qué más da cómo la decoremos si nuestro sueño de vivir sobre el parque se va a cumplir?

—¿A costa de qué?

—¡A costa de nada! Lo único que te pido es un poco de indulgencia para con los deseos de mi pobre madre.

—¿Y mis deseos, Michael? ¿Dónde quedan mis deseos? —Lina retrocede de nuevo, rota la esperanza de alejar a su suegra de las cuestiones matrimoniales.

—Mujer, tus deseos…

—¡Deja de llamarme mujer! ¡Tengo un nombre!

—Estás imposible hoy. Mejor volvemos mañana y decidimos…

—Mañana será lo mismo que hoy, Michael. No quiero decorar mi casa según los trasnochados gustos de tu pobre madre.

—¡Haz el favor de guardarle el respeto que se merece! —Michael vuelve a avanzar, incrédulo, incapaz de comprender por qué su esposa se empeña en menospreciar a la mujer que tanto ha hecho por él.

—De acuerdo. —Lina siente el frío cristal del ventanal contra su blusa de seda—. Seré considerada con los gustos de tu mamá y permitiré que sea ella la que ornamente el apartamento.

—Eso es, Lina. —Michael se inclina para besarla.

—La habitación del fondo será muy adecuada para tus padres. Tú puedes dormir en la que hay junto a la cocina. —Lina se aparta del ventanal y del beso que queda suspendido en el aire—. Feliz decoración, querido. Con todos mis respetos.

Infierno

Edificio en llamas

Las llamas rugientes invaden el balcón. Lenguas vivas, monstruosas. En la calle, los curiosos, arracimados tras el cordón policial, vitorean al hombre que ha logrado descolgarse hasta el piso de abajo poniendo su vida a salvo, si bien muchos se sienten defraudados. No hay muertos, no hay heridos, con lo que el espectáculo parece inconcluso.

Pero ¿y él? Nadie se percata de su presencia. Por más que lo intenta, por más que salta no alcanza la parte superior de la baranda.

Ahora solo se oye el bramido del fuego. Sus gañidos se evaporan, se pierden como la esperanza que no conoce. Lo demás es silencio de humo a su alrededor. Presagio de ceniza y oscuridad.

El drama no ha terminado, y los mirones por fin se dan cuenta. A algunos no les importa el desenlace y se alejan. La mayoría late, vibra, sufre con él, grita pidiendo ayuda.

Asoma el hocico entre los barrotes. La temperatura es tan elevada que sus jadeos son suspiros de esparto. El suelo arde bajo sus patas y un calor insoportable lo envuelve como un abrigo.

Entonces, un clamor de aplausos se eleva desde la calle mientras unos brazos rematados por guantes lo recogen, lo libran del infierno abriendo un resquicio de vida con aire limpio. No encuentra piel expuesta pero, agradecido, cegado, lame un casco caliente y consigue menear el rabo.

Origen

Un mamut bajo un cielo azul oscuro

Gruñidos procedentes de la foresta anunciaron la llegada del jefe y su acompañamiento. Ante su clan reunido frente a la caverna, se plantó sobre las piernas robustas y comenzó a gesticular mientras narraba su hallazgo con sonidos guturales.

Todos entendieron: Una manada de mamuts se apacentaba al otro lado de la corriente de agua. Pero ¿cuántos? La expectación colmó el claro de bramidos. Los cazadores querían saber de cuántos animales se trataba.
Tenían hambre, mucha hambre, y el gran frío estaba llegando.

El jefe pensó durante largo rato, pues no era suficiente con abrir mucho los brazos.
Abrir mucho los brazos era una caza normal. Finalmente, el neandertal cogió la falange de un enemigo muerto y trazó unos signos sobre la tierra.

***

—¡Señor! —gritó el ayudante.

Entusiasmado, el paleontólogo iluminó las pinturas de la pared de la cueva recién descubierta.

—¡Por mis barbas! ¡Es una suma! ¡Son números!