Mi amiga del instituto

Hace unos días una persona que lee mi blog me pidió que contara algo acerca de la única amiga que conservo tras mi paso por el instituto. Allá va.

Se llama como yo. Nos conocimos en el primer curso, aunque nuestra amistad realmente se fraguó a partir del tercero. He de reconocer que al principio no conectaba con ella. Marta vivía en el mismo pueblo que yo y era una de las que iba conmigo desde la parada del autobús al instituto y viceversa. Tiene una voz peculiar, bastante aguda, cuyos registros son imposibles de pasar por alto y que a mi oído resultaban difíciles de asimilar (perdona Marta si me lees, sólo fueron unos meses, ¡no te molestes!). Además, siempre fue muy despistada, atolondrada, sus movimientos eran rápidos, con gran balanceo del brazo del cual yo iba cogida, lo que me provocaba una tremenda sensación de inseguridad. Es el cuerpo de quien te guía el que da la información (dirección, giros, escalones, etc.) y el de ella se movía como un garbanzo en la boca de un viejo, figuraos para captar las señales a tiempo.

Marta, ¿puedes pararte en una cabina?, Necesito hacer una llamada. Y vaya si se paraba, estrellándome contra las puertas batientes porque no me daba ocasión a reaccionar…

Esto al principio me desconcertaba, pero finalmente acabábamos riéndonos.

Nos deteníamos a hablar con alguien y tras despedirnos, ella echaba a andar sin mí, circunstancia de la que podía darse cuenta unos metros más adelante… También me hizo entablar cierta amistad con unas cuantas farolas del recorrido habitual. No fue una amistad demasiado violenta, se trató de leves roces y ligeros encontronazos pero si no con todas, llegué a tener contacto con la mayoría.

En el viaje de fin de BUP a Granada estropeé unos zapatos porque la buena de Marta me metió en todos los canales y canalillos del Generalife que, por si no lo sabéis, están llenos de agua. Bueno, al menos mis pies salieron indemnes…

Marta también tenía una rara y divertida habilidad. Transformaba algo que veía en otra cosa y me la contaba felizmente, hasta que se daba cuenta de que era un error y entonces se partía de risa. Convertía un secador de viaje en una lata de Coca-Cola, un bulto de ropa sobre una silla, en un gato… Y lo decía tan convencida que el posterior estallido de hilaridad daba con nosotras en el baño más próximo.

Era de las que te mostraban los interruptores de la luz para que la encendieras y de las que al enseñarle un libro y preguntar ¿qué es? contestaba sin inmutarse: un libro.

Nuestra amistad estuvo salpicada de cientos de episodios como estos que, lejos de incomodarme, no sé por qué extraño mecanismo, nos fue uniendo más y más. Supongo que la gran naturalidad con que Marta me trataba y con la que aceptaba sus propios deslices fueron suficientes para sellar la relación que todavía hoy perdura. Y sobre todo su sinceridad, su sensatez, su nivel de empatía.

Tiempo después se casó y marchó a vivir a EE.UU de donde volvió hace unos años. Ahora somos vecinas de bloque. En la actualidad, ir con ella es más seguro, se ve que el par de décadas transcurridas la han serenado. Gracias por tu amistad, gracias por todos estos años

Dedicado con un guiño de complicidad y cariño a quienes todavía hoy pierden el sueño si me rozo con una señal de tráfico o meto el pie en el hueco de un árbol. También a quien me entrega partituras en la coral de la que formo parte porque su naturalidad le impide recordar que no las veo.

Siempre quedan los pijamas

Hoy estaba doblando ropa y, de repente, me he sorprendido con un pantalón de pijama en las manos, la mente ausente, intentando atrapar un pensamiento que se me resistía, escapaba, quizás como una defensa. Cuando he sido capaz de darle forma, de concretarlo, una lágrima resbalaba ya por mi mejilla.

Seguro que a muchos de vosotros os ha pasado. Bueno, a unos cuantos de vosotros, al menos. Seguro.

Durante un tiempo, pongamos un año, tienes pareja. De tanto en tanto, viene a tu casa y se queda a dormir, una noche, dos, tres. Puesto que no vive contigo, pero ya tiene espacio en ella, material y emocional, deja un pijama, como testimonio de una ausencia que cada poco se torna presencia. Y cuando vuelve, cuando cruza el umbral entre su vida y la tuya, tiene su pijama en la mesilla de noche que le corresponde, la que tú no usas, la del otro lado de tu cama. Esperando.

O bien… Tienes una amiga en otra ciudad. Vas a verla cada poco, pongamos una vez al mes. Como es una amiga que vive sola y cuenta con un buen espacio, material y emocional, eres tú la que dejas un pijama en el cajón de su armario, y un cepillo de dientes en su cuarto de baño. Y siempre que vuelves, allí están tus objetos personales: el pijama bien doblado junto al embozo de la cama, el cepillo tras el grifo del lavabo. Esperando.

Los pijamas, prendas cálidas que nos envuelven en las noches de invierno, que conocen nuestros sueños, el roce del cuerpo querido, el sonido de la conversación amistosa. Risas y lágrimas. Canciones y películas. Frutos secos ante un libro compartido, palomitas frente a la televisión. Pijamas que en los reencuentros huelen a suavizante, o huelen a la persona que los habita porque a menudo hay quien piensa que para una vez que se han usado, no merece la pena meterlos a lavar, o simplemente porque existe el deseo de conservar ese aroma. Pijamas que permanecen allí donde se los deposita, como mudos heraldos de quienes vendrán o iremos a ocupar sus huecos. Pijamas que siempre esperan la vuelta, renovar el contacto.

Pero pasa a veces que la persona a la que quieres decide, en uno de los intervalos de ausencia, no volver a reunirse contigo. Pasa a veces que la amiga se va, te deja definitivamente al final de una enfermedad antes de que transcurra el mes previsto. Ni la pareja regresa, ni tú vuelves a la casa de la amiga. Nunca más.

Así que en una mesilla junto a tu cama o en el cajón de un armario en una casa huérfana… siempre quedan los pijamas. Tú con el de él… a saber quién con el tuyo.

Hay un bulto en mi sofá

Lo confieso. Toda la vida he sido de perros. Y ahora tengo una gata. Jamás lo habría imaginado, y ni siquiera es porque yo lo quisiera así, no. Primero quiso un hijo y el otro se oponía, y me oponía yo, todo hay que decirlo. Después comenzó a querer el hijo que se oponía. Así que quedaba aislada en mi posición defensiva.

De repente, un viernes, concretamente el 5 de febrero, me vi caminando con mi hijo mayor por un descampado, derechita a una protectora. Sí, para adoptar un gato. ¡Válgame Dios!, como diría un amigo. Eso sí, solo íbamos a echar un vistazo, a informarnos. Ja. Ilusa.

Una vez más (porque resultó ser la misma protectora donde hace 10 años adoptamos a Mich, nuestro perro), me vi explicándole a la misma señora qué tipo de gato se ajustaría más a mis expectativas. Una vez más (porque claro, yo sigo siendo ciega) eso de: “mira, obsérvalos tú misma…” como que no sirve demasiado. Así que pedí que me abriera la puerta del espacio vallado donde estaban los mininos y allá que me metí, dispuesta a plantarme de cuclillas y esperar a que alguno tuviera a bien acercarse para que pudiera verlo.

Y vino ella. Una gatita de un año y medio aproximadamente, blanca y con manchitas grises en las patas, rabo y orejas. Ah, ya me veis el plumero, con eso de gatita, y manchitas… Se sentó delante de mí, en esa postura exquisita de figura de porcelana, se dejó manosear a dos manos y me estudió fijo con sus ojos verdes.

Fue ella la que nos eligió, como pasó en su día con Mich, estoy convencida de ello. Así que no hubo más que hablar ni más gatos que intentar ver. Nos la llevamos. Tal cual. Directos al veterinario, a que le hiciera una revisión, a vacunarla y desparasitarla. Directos a comprar pienso, arena, caja para la arena, pala para la arena de la caja, dos o tres juguetes, un cepillo y comedero y bebedero.

Que sí, que solo íbamos a echar un vistazo, que… Vale. Se llama Nara. Ahora confieso de nuevo. Estoy enamorada.

Desde el primer momento pareció gustarle su nuevo hogar. Pasó toda la tarde paseando por la casa, ronroneando. Aceptó su comida y su agua, se dejó cepillar, acariciar, abrazar y apretujar. El ronroneo nos perseguía por los rincones, era como una felicidad andante, como un bienestar que pululaba arriba y abajo. Y desde entonces.

Yo desconocía por completo el comportamiento de estos animales, así que he tenido que ir aprendiendo sobre la marcha. Tuve que descubrir qué es un celo, porque sí, ahí la señora me engañó, me dijo que estaba esterilizada y no era verdad. Supe qué es pasarse ocho días viéndola arrastrarse por los suelos reclamando al macho, en una hiperactividad casi constante, sobre todo de noche, qué alegría. Tuve que enseñarle que las uñas no se usan en el sofá sino en el árbol para gatos que le compramos. Tuve que acomodarme a no pisar fuerte por no chafarla puesto que el collar con cascabelito la estresaba y no hubo más remedio que quitárselo. Tuve que acostumbrarme (esto es por quedar bien, puesto que no me costó ningún esfuerzo) a que salte sobre mi pecho o estómago cuando me tumbo y sentir esa vibración que juraría que es terapéutica.

Ya no me sorprendo del todo cuando reclama caricias metiendo la cabeza bajo mi mano como hacen los perros. Tampoco cuando rasca la puerta de mi habitación con la pata para entrar… como hacen los perros. Cuando se pone panza arriba y con las dos manitas empuja mi mano hacia su tripa para que la rasque. Cuando de noche se sube a mi cama, acerca su cara a la mía, muy cerca muy cerca, haciéndome cosquillas con los bigotes, y me da toquecitos en la mejilla, con el motor del bienestar en funcionamiento.

Es un roscón peludo y cálido, adorable. Es cariñosa, achuchable y buena, limpia y está feliz. A veces no soy capaz de encontrarla… y entonces cuando me siento en el comedor, descubro un bulto bajo la funda del sofá. Y una cabeza de orejas largas que se asoma y me mira.

Así es Nara.

Nara tan feliz

Ahora ya soy de perros y gatos.

Nara enroscada en su cesto colgante

La decadencia de la castaña

¿Qué narices está pasando con las castañas? Suelo dar crédito a eso de que olvidamos cosas de un año para otro, léase: el año pasado no hizo tanto calor; o el invierno pasado no tuvimos frío… En serio pienso que somos muy olvidadizos con según qué circunstancias. Como lo del cambio de hora, menudo trajín dos veces al año, sin saber si dormimos más o menos, si nos quitan o nos ponen.

Pero a lo que iba.

En el tema de las castañas necesito que alguien me ayude, y con urgencia. Porque, señores, aquí sí que no se nos olvida: las del año pasado no valían nada, pero es que las de este… ¿Qué pasa con tan rico fruto? ¿Dónde han ido a parar aquellos aromas exquisitos? ¿Y el humo que nos envolvía con sus reminiscencias de calles frías y familias arrebujadas? ¿Dónde van a morir las castañas gordas, blancas y deliciosas? No importa si gustan o no gustan, mi reflexión quiere ir más allá.

Creedme si os digo que no recuerdo unos ejemplares como los que había en nuestra mesa: planas, descoloridas, apestosas. Sí, apestosas, que las abrías y de su interior se desprendía el mismo tufo de un armario viejo lleno de ropa húmeda. Qué descorazonador.

¿Qué pasa con las castañas, señores? ¿Dónde hay que ir a comprarlas o a qué precio para poder disfrutarlas? Mucho me temo que las congelan de un año para otro. Quizás ponen alguna nueva, para disimular, porque bien es cierto que nos hemos podido comer seis o siete de todo un kilo.

Eso sí, han servido para reírnos porque, a falta de castañas, buenas son las comparaciones que han surgido a costa de su olor, de su aspecto y del increíble montón de pieles y trozos podridos que había en el centro de la mesa.

No quiero ni pensar cómo serán las del próximo noviembre. Cualquier tiempo pasado fue mejor…

Yo soy la castañera.
Castañas te vendo yo.
Son ricas y redonditas,
todas de color marrón.
Te puedo vender una,
te puedo vender dos.
Con ellas te regalo
alegría e ilusión.
Cuando llegue el otoño
salimos a pasear
y con las ricas castañas
tus manos calentarás.

Eh, le ponéis la música antigua del negrito del Colacao, y listos. En defensa propia he de decir que la letrilla no es mía.

¡Que disfrutéis del recuerdo de lo que fueron!

La jungla de los colores

Cuando yo era pequeña, y además veía, los colores estaban definidos. Ordenábamos los estuches de los lápices para colorear del blanco al negro sin demasiados matices intermedios: amarillo, rosa, rojo, verde claro, verde oscuro, azul claro y oscuro, violeta, marrón, gris y negro. Más o menos, no se me alteren los puristas de la cuestión cromática. Era sencillo. Los colores parchís predominaban, y resultaba simple describir cualquier cosa. La sangre siempre roja, el cielo azul, el sol amarillo y la hierba verde. La nieve blanca y el carbón negro. Comprar ropa era cómodo y combinarla no reportaba mayores dificultades.
Pero, ay, todo en esta vida atribulada cambia, se amplía y evoluciona. Las modas, las tendencias, la creatividad, la necesidad de dar nombres diferentes a cosas inmutables, como si así se las dotase de una nueva identidad, casi entidad, si me apuráis.
Ahora no hay modo de saber de qué color son las cosas. Las personas ciegas nos enfrentamos a una jungla donde las concreciones brillan por su ausencia. Y es divertido.
Burdeos, cámel, mostaza, coral, pistacho, teja… hasta ahí todavía podemos aclararnos, con un poco de esfuerzo e imaginación, siempre que el sujeto haya visto en algún momento de su vida. Entonces llegan el…: azul azafata, y claro… ¿de qué compañía aérea? ¿De una Iberia trasnochada o de African Airlines? Marrón chocolate… pero… ¿con leche, sin leche, blanco? Negro claro, el no va más, ¡negro claro!, quizás por influencia de Michael Jackson. Y ya no digamos cuando la persona que intenta venderte una prenda se pierde en el mar de las comparaciones surrealistas: sí, azul pero tirando a verde como de manzana madura, parecido al cielo de otoño aunque con matices de gris perla del Caribe. Y mis preferidos por concretos: blanco tirando a beige, pero rosa palo si lo miras al trasluz y salmón si lo pones del revés.
Incluso la tecnología moderna, esos detectores de color tan útiles, nos ponen las cosas fáciles: amarillo-verdoso-grisáceo-claro. ¡Toma ya! Y adivina adivinanza.
Así que, queridos lectores, no os sorprendáis si leéis algo acerca de aplicaciones para detectar colores y conjuntar ropa, pero, sobre todo, si sois videntes, no os permitáis el lujo de angustiaros si salís a la calle con un calcetín rojo “granatoso” tirando a pomelo maduro y otro gris ratón tirando a cobalto con jaspeado de tungsteno. ¡No pasa nada!

Esquiando


A ver si nos refrescamos un poco después de los calores veraniegos.
A estas alturas del siglo XXI imagino que es de casi todos conocido que las personas ciegas podemos esquiar. No hay secreto en ello, solo colaboración y técnica. Pero me apetece contároslo desde dentro, según mi experiencia, que no tiene por qué parecerse a la de otros.
  Cuando me propusieron por primera vez una salida para ir a esquiar, sinceramente no lo pensé dos veces, pero he de reconocer que no tenía ni idea de cómo iba a resultar. Se trataba de una estancia de cuatro días en una estación de esquí nórdico (esquí de fondo) organizada por la ONCE. Tuve que alquilar todo el material porque yo jamás había esquiado y no tenía absolutamente nada, sólo un mono de mi hermana que usaba ella para el esquí alpino con el que casi me muero de calor el primer día. Uf, jamás habría dicho que se pudiera estar en la nieve en manga corta y aún así sudar la gota gorda.
Bueno, el primer contacto con el medio encima de unos esquís estrechos y largos como palillos fue toda una aventura. De repente ya no son tus pies los que dominan la situación. Los pies en contacto con el suelo son los que ven, los que reconocen el terreno, pero una vez les colocas las botas y los anclas a las fijaciones, pierden referencias, y han de comprender que en lugar de unos centímetros, miden dos metros. Mmm, así que nada, empleas un buen rato en procurar no pisarte las espátulas, o las colas, en no hacerte los esquís un lío y acabar en el suelo. Porque claro, el suelo no se está quieto, resbala, se mueve debajo de ti, y a la que te descuidas se te escapa.
Bien, cuando por fin consigues que los esquís se mantengan en paralelo y te hagan caso, ayudada por los bastones que no sólo sirven para impulsarte sino que actúan como dedos reconociendo el terreno, llega el momento de ponerse en marcha. Aquí entra en juego la figura del guía, el piloto, la persona que esquiará contigo. ¿Y cómo se hace?
Hay que diferenciar entre el esquí de pista o alpino y el nórdico, la tarea del guía varía sensiblemente en cuanto a técnica. Yo siempre practiqué el de fondo, y aunque también probé el alpino y sé cómo trabajan los pilotos, me limitaré a explicar lo que mejor conozco.
Los circuitos de fondo están trazados, es decir, existen en ellos una especie de raíles, dos surcos paralelos y continuos en la nieve en los que se colocan los esquís, y que sirven para encarrilarlos. En las curvas casi siempre están desdibujados, pero este sistema ya de por sí es una guía inmejorable que prácticamente nos permitiría esquiar sin piloto. Este puede esquiar delante de ti, detrás o incluso a tu lado si el circuito lo permite. Su misión es anticiparte ciertos cambios, giros bruscos, dirección de los mismos, cambios de rasante, presencia de otros esquiadores obstaculizando el paso. Lo hace, por supuesto, mediante la voz, dando información breve, clara y concisa. Si tienes la suerte de contar siempre con el mismo guía, llega a establecerse un código de comunicación que reduce la información a señales que no necesitan de mayores esfuerzos para ser descifradas. La velocidad que se adquiere a menudo es realmente considerable y se hace preciso que dicha comunicación sea fluida y exacta a fin de evitar accidentes.
Existen circuitos con tramos complicados en que la técnica se hace tan necesaria que la concentración para ejecutarla impide incluso disfrutar del entorno. Pero en esos mismos o en otros, el placer de esquiar unido al goce de los alrededores es soberbio. Pongamos que la nieve es polvo (la helada suele hacer del circuito una pequeña pesadilla que no da lugar a evasiones), el día claro, diáfano, no importa si hace frió, enseguida puedes desprenderte de la ropa más gruesa. Sientes el crujido bajo los esquís, el sonido del roce al deslizarse que se asemeja al de un avión despegando si alcanzas gran velocidad. El viento entre los árboles, silbando en tus oídos. Al llegar a la altura máxima de uno de estos circuitos, te sientas en una roca y… es increíble el sonido del silencio, es como estar dentro de una campana, la calma absoluta. Y delante un cortafuegos, varios centenares de metros montaña abajo, una pala recta, sin obstáculos, sin trazas… Esquís en paralelo, a huevo, como se dice en la jerga… ¿Podéis imaginar la sensación de libertad cuando te dejas llevar por la gravedad, la inercia, cada vez a más velocidad, tú y la nieve bajo tus pies?
Esquiar mientras nieva es otra experiencia inolvidable. El sonido se acolcha entre copos, y su percepción se modifica y a veces distorsiona y lo mismo puede producir inseguridad como todo lo contrario, porque realmente parece que estés envuelta en algodones y que por tanto nada vaya a poder lastimarte.
He conocido varios circuitos: Baqueira, Tuixent, otros tantos en Catalunya, Sierra Nevada, circuitos en los Alpes franceses, en Andorra. Todos ellos tienen algo que los hace especiales, un recodo, un paraje, una recta vertiginosa, una dificultad que te enorgullece superar, una anécdota para recordar, un campeonato ganado.
Y también los pilotos dejan su huella y como en todo, los hay mejores y peores. El alocado que no teme a nada y que te mete por todos lados, confiando en tus posibilidades, animándote a enfrentar dificultades y peligros con un grito de guerra. El prudente, que no abandona la traza ni que lo maten y busca siempre el camino más fácil. El que por despistado roza casi la negligencia. Guardo recuerdo de anécdotas con cada uno:
Una travesía fuera de pistas magistralmente guiada entre árboles con el primero de ellos para al final caer rendidos en un agujero de mas de un metro de nieve polvo, riendo y hundidos hasta la cintura. El aburrimiento de ir y volver constantemente por el mismo tramo de circuito hasta un decir, “mira, ¿sabes? Acompáñame a la cafetería que creo que tomar una taza de chocolate caliente será una aventura más apasionante”, con el segundo. Y un confiar que tu piloto está cerca, vigilándote, controlando, cuando te dejas caer por una pendiente pronunciada y al llegar abajo y frenar, te das cuenta de que estás sola, que te has salido del circuito y que el tercero de los ejemplares ha seguido adelante sin ti (gracias abeto por estar un poco más a la derecha de mi trayectoria).
Hace muchos años que no esquío, pero mientras practiqué este deporte disfruté muchísimo… ah, y nunca me hice daño, que es lo primero que me preguntan cuando lo explico.

Salvar un mirlo


Cuántas veces hemos oído, incluso dicho, eso de “esta juventud de hoy en día…”, generalmente con matices despectivos o catastrofistas. Que si está perdida, que si mal vamos si el país depende de ella, que si nosotros a su edad… Bueno, la verdad es que muy bien, lo que se dice muy bien, no vamos, las cosas como son. Pero tampoco puede decirse que esté todo desquiciado, que no hay valores, que no hay respeto y que ninguno de nuestros jóvenes se libra de la guillotina.
Esta es una historia muy breve, una historia de sábado por la noche. Es la historia de dos jóvenes de veinte años, dos chicos como torres de altos. Dos jóvenes de hoy en día, como dirían las abuelas, que se fueron al cine a unos kilómetros de su pueblo. Terminada la película, de camino al coche aparcado, se encontraron con un mirlo que iba dando tumbos, aturdido, y con la punta de ambas alas ensangrentada. Podían haberse subido al coche tan ricamente mientras intercambiaban impresiones, pero no. Impactados por la visión del pájaro herido, lo recogieron con cuidado y se lo llevaron. Uno conducía, y el otro sostenía el ave en su regazo.
Otros tantos kilómetros de vuelta hasta llegar a casa. Intranquilos, sin tener la más remota idea de qué hacer en una circunstancia como esta. Pusieron yodo en las heridas de las alas, intentaron alimentarlo. Temían por su vida y les dolía. Buscaron veterinarios 24 horas y solo dieron con uno, todavía más lejos que el cine, a 100 euros mínimo el servicio.
Finalmente, temiendo lo peor, le fabricaron un nido en una caja de cartón con ropa en su interior y lo depositaron allí, en el balcón de casa. Como cualquier enfermo que tenga quien le cuide, el mirlo recibió alguna que otra visita durante la noche, hasta que el sueño venció a los chicos.
Por la mañana, el mirlo había volado. No estaba caído ni en la acera ni en la calle, ni en ningún sitio próximo, de lo cual se deduce que pasado el aturdimiento, después de descansar y sentirse a salvo, pudo emprender el vuelo, sano y libre.
Había emoción en los chicos cuando lo comprendieron así. Han pasado tres días, y todavía recuerdan los ojos de agradecimiento con los que, según ellos, les miraba el pájaro.
Es una historia muy breve… pero es cierta. Y merece la pena, ¿verdad?

¡Socorro! ¡Vivo en peligro!


Hacía mucho que no me pasaba por aquí. Sí, culpable, pero no penitente. Y vuelvo hoy porque, aunque ya tiene dos añitos y lo han retirado de la circulación, me he tropezado con un artículo muy divertido, o bueno, sinceramente, no sé si llorar o reír. Optaré por reír, que suele ser más sano, aunque el llanto a tiempo y bien administrado también tiene sus efectos terapéuticos.
Veamos, señores. El artículo en cuestión se titula Adaptar la casa a personas invidentes.
Vale, hasta ahí normal. Pero sólo es el título, por consiguiente, tenemos trabajito.
Sigo.
“Estamos acostumbrados a cruzarnos por la calle con personas invidentes y sus perros guías, pero no sabemos cómo es realmente su vida diaria dentro de casa.”
¿Acostumbrados? Venga, le otorgaremos el beneficio de la duda, por aquello de no empezar a saco.
“Cada vez hay en el mercado más accesorios, muebles y utensilios adaptados para hacer más fácil la vida a estas personas, ya que el simple hecho de cocinar, darse una ducha o telefonear a alguien, es un peligro constante.”
Tan bien que íbamos con la primera aseveración… caramba, en serio que ignoraba, hasta día de hoy, que mi vida corriera tantísimo peligro. Creo que esta noche no me ducharé, y aparcaré el móvil porque, ¡claro! Ahora caigo… como no veo y hablo con la boca, podría tragármelo, en un descuido, ya sabéis, que eso de ser ciego es muy malo para la salud. Y en cuanto a cocinar, me sentaré a hablar con mis hijos pues hay que valorar si les conviene más quedarse sin madre o sin comer.
Sigamos.
“LO QUE DEBES SABER…
• Reformas: suelos antideslizantes, ventanas y puertas correderas, baldosas de texturas diferentes.
• Gran ayuda: electrodomésticos por voz, aparato para detectar los colores, despertador que habla, enchufes con braille, etc.
• Evitar: alfombras, escalones, columnas, paredes totalmente blancas, placas de cocina táctiles, entre otros.”
Por ahora me evito los comentarios. Y prosigo.
“Hoy vamos a ver ciertos trucos para adaptar una casa para una persona ciega o con visión reducida, y nos daremos cuenta que una persona invidente es totalmente independiente y capaz de vivir sola gracias a todos estos avances.” (Gran suspiro por mi parte, que si no llego a leer esto me deprimo).
“Grandes cambios en la casa
“Una de las cosas que hay que cambiar son las baldosas del suelo, ya que deben ser lisas, antideslizantes, sin escalones ni alfombras, ya que esto puede hacer tropezar y caer.”
Dios mío todopoderoso, ¿de verdad tengo que meterme en semejante obra? Lo que no me explico es como sigo viva después de que se me levantara el suelo del comedor hace unos meses por un defecto de construcción. Quizá debo dar gracias. Ah, y venderé mi alfombra o mejor, la regalaré… o… la tiraré directamente, no sea que además de los ciegos, los videntes también puedan tropezar de vez en cuando, algo insólito, como sabéis.
“Los azulejos de cada estancia de la casa tienen que ser de texturas distintas para saber dónde nos encontramos solo con pasar las manos por ellos.”
Ahora comprendo por qué me pierdo constantemente en mi propia casa, ¡si me lo hubieran dicho antes! Es que mis azulejos son todos iguales al tacto, y las paredes pintadas también. ¿Cómo no había caído yo en algo tan sencillo y evidente? Me habría evitado tantos momentos de angustia y soledad, extraviada en una habitación sin saber dónde me hallaba…
“En cada habitación podemos incorporar una mampara decorativa de color naranja en sitios estratégicos, como en la ducha, en el comedor o el cabecero de la cama. Este color es el único que una persona invidente puede apreciar y así será más fácil situar estos sitios.”
Ostras Pedrín… Mira que me acerco mi chaqueta naranja a los ojos pero no hay manera. ¿Será porque no tengo mampara naranja por lo que duermo todas las noches con los pies en la cabeza y la cabeza en los pies? Lo que más me inquieta es que siendo el único color que podemos apreciar, yo no consiga verlo. ¿Tendré algún defecto en los ojos?
“Las ventanas y puertas es preferible que sean correderas, esto evitará tener pequeños accidentes y golpes.”
Bueno, en eso estamos un poco de acuerdo, las puertas entreabiertas son muy dolorosas.
“Además el pestillo del baño debe abrirse y cerrar tanto por dentro como por fuera.”
¿Y esta precaución para qué es, por si me encierro y luego se me olvida como abrir? Es que no lo entiendo muy bien. Cierto que los pestillos son mecanismos de alta tecnología y quizá es que no sabemos utilizarlos correctamente.
“Ya existen enchufes con lectura braille y así podremos localizarlos más rápido y saber si es del teléfono o de la luz.”
¡Ahora entiendo por qué me da un calambrazo cada vez que quiero llamar! ¡Que alguien me diga dónde comprar enchufes en braille, que no los distingo, por favor, por favor!
“Pequeños accesorios adaptados
Dentro de la cocina hay muchos electrodomésticos que gracias a los avances están totalmente adecuados para personas ciegas, ya que mediante la voz pueden informar de su funcionamiento.”
No hay tantos y menos para la cocina, pero bien, concedamos una tregua.
“Las placas para cocinar deben tener relieve para indicar los diferentes fuegos y los mandos nunca deben ser táctiles.”
Lo de que deben tener relieve, estupendo, o deberían, vamos, pero eso de que los mandos nunca deben ser táctiles… Me pregunto cómo he estado cocinando desde hace medio año.
“También existe un aparato que te dice cada paso que debes seguir para cocinar y te corrige si estás haciendo algo mal.”
Siempre pensé que era mi madre, uf, estoy fatal últimamente. Aunque claro, podía haber imaginado que era un aparato, puesto que ella no está conmigo.
“La ducha es importante que no tenga escalón y el mango de la alcachofa que sea de un material blando, así se evitará resbalar con él en el caso de pisarlo.”
¿Esto es exclusivo para ciegos? ¿Una persona mayor, un niño, cualquiera, en definitiva, no está expuesto a un accidente en la bañera?
“Encontramos comodidades en todos los aspectos como son despertadores que hablan, aparatos para detectar el color y el tono de la ropa y así saber combinar bien.”
Aquí sólo cambiaría el saber por el poder.
“Grifos y secadores que actúan por sensores, utensilios de cocina especiales, etc.”
Y para terminar, siempre dije, lo dije, ¿eh?, que pulsar el botón del secador o darle al grifo es muy difícil para mí. Sería tan feliz si me lo pusieran más fácil…
Marta Leal, seas quien seas, ha sido una suerte dar con tu artículo.

Jugar


Hoy vuelvo con un post fresco como el otoño que se nos echa encima. Nacido de la reflexión acerca de cómo juegan los niños en la actualidad, lo mucho que se pierden, según lo vemos quienes hemos jugado en la calle, quienes hemos experimentado la adrenalina de la aventura fuera de una silla ante una pantalla. Y quizás muchos se preguntan si los niños ciegos juegan igual que los videntes. Aquí os comparto mi experiencia.
Mis hábitos de juego no cambiaron en casa; jugar en casa era sencillo, muñecas, Tente, modelar con plastelina, todo tipo de juegos simbólicos… Sin embargo tuve que tomar en cuenta algunas consideraciones.
Antes de quedarme ciega prácticamente había dejado de jugar con los demás niños. La fragilidad de mis retinas desde los 7 años me obligaba a guardar muchas precauciones: no correr, no saltar, no darme golpes, todo lo cual imposibilitaba los juegos alocados propios de la edad. Incluso me estaba negado salir al patio a las horas de los recreos.
Pero, oh, liberación, la ceguera trajo consigo la libertad de poder comportarme como cualquier otro niño, por fin podía desmelenarme, ya no había peligro. Mmm… al menos aparentemente. Poco consciente todavía de mis limitaciones y de los recursos para minimizarlas, un buen día eché a correr en el jardín del colegio. Como todo jardín que se precie, tenía sus magníficos ejemplares de árboles y bueno… hubo uno en particular que tuvo la osadía de ponérseme delante. No sentí dolor, sólo sorpresa al verme sentada en el suelo y notar algo viscoso deslizándose por mi cara. Me había partido una ceja.
Estaba claro, tenía que aprender a jugar. Veamos, reconocimiento del terreno, ubicación de obstáculos varios que pudieran venírseme encima, detección anticipada de sujetos móviles a dos piernas pululando a mi alrededor… Otros niños en la escuela correteaban de acá para allá y tardé un poco en comprender que existían determinados grados de ceguera, algunos veían un poco, o distinguían luces y sombras que les permitían esquivar a otros compañeros… o a los pinos. Bueno, no era problema. Yo podía elegir dónde y a qué quería jugar y esa era mi baza. No era preciso correr, podía explorar el inmenso jardín (toda una aventura), colgarme de la media luna de hierro, inventar historias en las que convertirme en no sé qué personaje de alguna serie de televisión.
También en la urbanización donde vivíamos había niños con los que jugar, vecinos que venían a casa y para los que yo era una más. Em, bueno, era una más si lograba liderar los juegos. Si era yo la jefe de policía y ellos los ayudantes que debían ir detrás de mí, era una más. Si era yo la niña valiente que se enfrentaba a un enemigo alienígena y les dirigía en la batalla, era una más. Si era yo la guía en una exploración por la selva, era una más. ¿Mandona? No, se trataba sólo de ocupar una posición que no me hiciera sentir diferente y normalmente lo conseguía. Si alguno de ellos tomaba la iniciativa era frecuente que echaran a correr sin acordarse de mí y entonces me sentía torpe y desplazada. Esa situación en aquella época no me causaba amargura sino incomodidad, fastidio y contrariedad.
Es curioso como con el tiempo, nosotros mismos vamos erigiendo muros en los cuales a menudo nos lamentamos. A fuerza de coscorrones vitales, frustraciones, desengaños y miedos, nuestros esquemas de comportamiento se van modificando. A los 11 años era capaz de acudir a casa de otro niño cruzando una calle, siguiendo las vallas de las casas o atravesando un solar lleno de hierbajos y agujeros, todo ello sin bastón. O de montar en bici. Ahora no lo haría, pero no porque sea adulta sino porque he ido acumulando convencionalismos, reparos, complejos y miedos que entonces todavía no me afectaban, bien por inconsciencia o bien porque todavía quedaba en mí mucho de niña vidente.
En definitiva. Por lo menos cuando yo era niña, había pocas diferencias en el modo de jugar. Me pregunto cómo se sentirán los chavales ciegos de hoy en día que no pueden jugar a la play, o a cualquier juego gráfico de tantos como suenan y pitan y atronan en pantallas de todo tipo y tamaño.

¿Pérdidas?


No ha sido un mes demasiado bueno en cuanto a pérdidas. Es inevitable reflexionar cuando esto ocurre, tratar de bucear en los motivos… los porqué y los por qué no revolotean incansables, entran y salen de nuestra mente y, al menos a mí, me obligan a poner en marcha ese engranaje que por lo general prefiero que esté quietecito.
Todas las pérdidas dejan una estela tras de sí, como esos cometas que rasgan el cielo procedentes de un desastre cósmico. Su camino a nuestros ojos es bello, la impresión que nos dejan es hermosa. De repente ya no los vemos, pero seguimos siendo conscientes de que ese rastro de luz que se desvanece fue real. Aunque naciera de una explosión, de la muerte de un astro que ya no existe.
Hay pérdidas rotundas y definitivas, como la de los seres queridos cuando abandonan el anclaje de su cuerpo. A la cabecera de una cama de UCI, acariciando una frente amplia y despejada y un cabello que todavía conserva rastros de laca gracias a la coquetería de su dueña, no puedo por menos que preguntarme otra vez si la muerte es tan terrible. Si no es egoísmo lo que nos asalta en el momento de despedir a esa persona porque la pérdida es nuestra y nos cuesta desprendernos de lo que queremos. Y entonces me siento en paz, cuando en lugar de pensar en mí pienso en ella, porque estoy convencida que no todo termina ahí, que después comienza un tránsito, otro camino que no quiero etiquetar al que cada cual puede denominar como desee según sus creencias o no creencias.
Hay otras pérdidas no tan rotundas ni definitivas, sólo son seres que se desgajan de tu vida y emprenden otros derroteros que los alejan de lo que hasta un momento determinado fue una unidad. Y de nuevo nos asalta la tristeza… hasta que el engranaje se pone en funcionamiento. Entonces hay que recolectar la experiencia, las vivencias, extraer lo positivo y esforzarse en comprender que quizá no es tal la pérdida sino una ganancia a añadir en la columna de haberes, que nada es gratuito, que nada ocurre porque sí, aunque de entrada seamos incapaces de vislumbrar adónde nos lleva.
Y en lugar de perder me doy cuenta de que gano en madurez, en sensatez, de que mi equipaje vital a pesar de estar más lleno me parece más liviano porque he aprendido a sostenerlo de otro modo, equilibrando el peso, apuntalándolo para que en lugar de una carga sea una compañía que me susurra y me alienta.
En la vida hay situaciones que nos golpean, cambios que nos llenan de miedo y de inseguridad, momentos de dolor. Pero no olvidemos que por encima de todo eso somos la misma persona de siempre y que de nosotros depende que nos moldeen o que seamos quienes decidamos qué forma vamos a adoptar.
Me ha costado mucho escribir esta entrada, no por el hecho de escribir en sí sino por todo el proceso que ha sido necesario realizar antes de alcanzar este estado que he querido compartir con vosotros. Un beso a mis cometas, estén donde estén.