Medio siglo

No sé muy bien cómo enfocar esta entrada, así que tiraré por lo sencillo y sincero. El día de mi 50 aniversario, este sábado pasado, fue uno de los mejores de mi vida en cuanto a celebración se refiere.

Hacía tiempo que tenía pensado hacer algo especial, un viaje, por ejemplo, irme a cualquier lado de fin de semana con dos o tres amigas. Pero, oh, casualidades, resulta que coincidía con el fin de semana de carnaval, y todo el mundo, que es muy fiestero, o la mayoría de mundo al que podía hacer proposiciones deshonestas, tenía compromisos. Además, no se me ocurre nada peor que emprender un viaje justo en carnavales. Pasé unos días en blanco, sin saber por dónde seguir planteándome algo.

Quizás algunos de vosotros os diréis, pues vaya cosa, celebrar los cincuenta, medio siglo, si uno ya va de capa caída… Qué sé yo. Para nada. cumplir ese medio siglo con cuya mención muchas personas pretenden chincharte, me pareció maravilloso. Pienso que es una edad estupenda para comenzar a replantearse algunas cosas, para ventilar los recovecos interiores y llevar a reciclar trastos emocionales inservibles. Por tanto, mi empeño en celebrarlo de forma especial, continuaba pinchándome.

Y se me ocurrió. Mi gente sabe que me apasionan los caballos. En otra vida, yo creo que además de ser un ente de la lluvia, tuve que ser por lo menos india o algo por el estilo. Lo dicho, me apasionan, me fascinan, siento una afinidad casi espiritual con ellos. Ojalá pudiera disfrutarlos en libertad, pero no tengo modo, así que me regalé una hora de un contacto estrecho con uno. Hablé con los responsables de la hípica

El rancho de Sitges

y les comenté mi propósito. No quería recibir una clase de equitación propiamente dicha. Mi única pretensión, independientemente de que terminara montando, era disfrutar de la compañía del animal.

Y así fue como conocí a Pona, una yegua de ocho años, rubia, bueno, color marrón claro, con el hocico blanco y unas crines largas que ya las querría yo por melena. Nos presentó Elena, una de las chicas de la hípica, aunque yo diría que me basté sola para presentarme. Le mostré las palmas juntas y abiertas a Pona. Ella me olisqueó, resopló y me chupó tan feliz, y acto seguido restregó su cabeza contra mí. Es un mimo equino de mucho cuidado, porque si no te pilla con los pies bien asentados, puedes perder fácilmente el equilibrio. Creo que Elena se sorprendió un poquillo de que la yegua se enamorara (lo expresó así) en tan poco rato.

Aquí os muestro nuestro primer ratito juntas, aunque ya hacía unos minutos que nos conocíamos.

Mimando a Pona

Después la cepillé a fondo, le puse el sudadero y el salvacruces, la montura, las cinchas y las riendas de paseo, y nos fuimos al circuito. Que por cierto, mientras la cepillaba, quería restregarse tanto conmigo que acabó pisándome. ¿Os podéis imaginar cómo es el pisotón de un caballo? Pero no pasó nada.

El viernes llovió mucho y estaba todo embarrado y con charcos, así que no se podía hacer gran cosa, máxime con una yegua tranquila y precavida a la que no le gusta demasiado pisar lodo. Pero con todo, Pona se avino dócilmente a pasear por el circuito, a hacer un eslalon entre conos de aprendizaje, incluso a trotar, ritmo que emprendí con la guía e indicaciones de Luis, el monitor que me acompañó en todo momento.

Trotando con Pona

Supongo que cuando Luis vio que me manejaba decentemente, propuso salir hasta la pista de competición, una más larga y mejor preparada que absorbe el agua, y por allí me di unos paseos. Pero era tarde para Pona

y ella tenía ganas de volver a su casa. Por supuesto, aunque yo tuviera una hora contratada, no iba a desoír su necesidad de descanso, así que respeté su deseo de volver. Nos encaminamos de regreso al circuito, porque los caballos están acostumbrados a que el jinete descabalgue allí. Antes de desmontar me tumbé sobre su cuello y le di las gracias por aquel rato, le di un beso bajo las crines y salté al suelo.

Con las piernas temblonas y el atisbo de agujetas que tendría al día siguiente, me despedí de Pona, Luis y Elena, feliz de la vida.

Como curiosidad puedo contaros que en un principio ellos habían pensado que montara a Follón (menudo nombre, ¿eh?), pero el caballo ya estaba listo con todos sus arreos y prefirieron la opción de Pona para que hubiera mayor contacto. Pero lo que quiero explicaros es que Follón tiene 30 años. Los caballo suelen vivir de 20 a 25, así que es un veteranísimo. Lo bonito es que, por mucho que los de la hípica quieren llevarlo al campo para que descanse y esté más a gusto (el campo está en la misma finca, es un espacio abierto y sin cuadras), no lo consiguen. Follón se pone enfermo cada vez que lo intentan, y han de llevarlo de nuevo al lugar de trabajo para que los niños monten y reciban sus clases y sus passeos. Como cualquier humano, Follón quiere sentirse útil.

Si a este rato genial le añado la comida con la familia a mediodía y la cena con amigas en casa por la noche…, montones de wasaps, felicitaciones por Facebook, llamadas y regalos geniales y acertadísimos, todos, todos sin excepción… ¡qué más puedo pedir para iniciar mi medio siglo?

A través de las ondas

Supongo que hay una época en la vida en la que uno es capaz de todo. Bueno. Hubo una en la mía en que también hice radio, y hoy, día internacional de la misma, me apetece rememorarlo.

Estuve una temporada en la emisora municipal de mi pueblo, durante unos meses, con un espacio musical de solo media hora los sábados por la mañana, y ese verano, conduje un magazine de tres horas todas las tardes, hasta que nos cerraron el chiringuito. Fue el tiempo en que las esforzadas emisoras locales molestaban porque se comían la banda, o algo así, y nadie tenía en cuenta el trabajo que se hacía en ellas, el canal que abrían con el entorno al que representaban, la vía de comunicación que a través de ellas hallaba la gente que las escuchaba.

Era cuando los locutorios estaban forrados de hueveras para insonorizar, cuando apenas cabíamos en ellos, cuando el técnico contaba con un diminuto espacio para manipular sus máquinas maravillosas. En el gallinero de nuestro ayuntamiento, tras una escalera de película de serie B, escondidos y envueltos en un halo que casi rozaba la clandestinidad.

Ninguna supuesta incomodidad importaba. Todavía recuerdo el cosquilleo en el estómago antes de salir al aire. Como no veía la luz verde, el técnico, Juan Carlos, me avisaba con su voz en mis auriculares, tres, dos, uno, y abría micro. Y mi voz saltaba a las ondas un poco temblona al principio, luego adoptando la seguridad necesaria para sentirme a mis anchas.

Un espacio musical no tenía mucho misterio. Llevaba programado lo que iba a sonar, pero también recibía peticiones por teléfono. Eso sí, teniendo en cuenta el carácter local de la emisora, no siempre podía librarme de la señora Dolores, por ejemplo, que cuando sabía que estaba en antena, preguntaba por mis padres, para mi sonrojo. El magazine era otra historia. Tenía detrás todo un trabajo de producción que yo misma realizaba, la preparación, el montaje. Entrevistas, reportajes sobre diversos temas, música, entretenimiento. Para no sentirme tan sola en el estudio, me inventé a la abuela Palmira, un personaje que me acompañaba y metía baza cuando le parecía, o hablaba con los oyentes que llegaron a tenerle cariño, incluso algunos creyeron que existía de verdad. La voz la ponía yo, por supuesto.

Hacia el final del verano comenzaron a amenazarnos con cerrar, y poco a poco fuimos perdiendo el entusiasmo, porque luchar contra el sistema no servía de nada. Terminamos con una radiofórmula, últimos coletazos, hasta que la Generalitat nos silenció. Fue una triste despedida. Después me ofrecieron un par de opportunidades, en Radio Salud y en Onda Cero Vilanova, pero ya había pasado el momento, y no acepté porque estaba en otras cosas. Creo que me arrepiento. Me habría gustado seguir en la radio, aunque quizás me habría venido grande estar en emisoras de semejante calibre, sin preparación oficial. De todos modos, habría aprendido y seguido adelante, de eso también estoy segura.

Me encantaría volver a la radio, pero no conduciendo yo, sino como colaboradora. Feliz día a los amantes de este medio maravilloso.

Fue el verano de Life is live, vídeo oficial.

¡Qué recuerdos!

Pasó un ángel

La Tierra iluminada de noche vista desde la Estación Espacial Internacional

Para Ramón Yagüe Albesa. Con todo mi cariño hacia su recuerdo. Quizás alguna vez, yo tampoco supe comprenderle.

A Ramón le gustaban las cosas redondas, las que daban vueltas sobre sí mismas. Podía pasarse largos ratos sentado ante la televisión, cuando todavía existía la carta de ajuste, con aquellos numeritos que desfilaban hasta que la pantalla fundía a negro o revivía con todo tipo de imágenes. Frente a la lavadora, sus horas transcurrían contemplando el vaivén del tambor, aquel movimiento que cambiaba de sentido después de cada giro y que a él le fascinaba, como le fascinaban los engranajes que arrastraban las cintas en un radiocasete.

Ramón nació así, decían los vecinos. A su paso desgarbado, los murmullos crecían mientras índices sin escrúpulos ni sensibilidad lo señalaban. Porque, aunque su discapacidad psíquica había sido causada por un problema de incompatibilidad de grupos sanguíneos, lo habían clasificado desde siempre bajo la etiqueta de subnormal. Y aquella etiqueta dolía, a la familia le dolía pues Ramón vivía su normalidad, sin menoscabo de las capacidades a su alcance; dolía porque encerraba demasiada ignorancia y recelo, incluso, a veces, una compasión supersticiosa.

Ramón era un niño grande, un hombre niño que quería cariño y atención, que se esforzaba en hacerse comprender con sus interjecciones de cachorro. Conseguía pronunciar alguna palabra, el adorado nombre de su hermana, el apelativo universal para todas las madres, y oírselos parecía un milagro. Con sus abrazos desmañados, sin medida, excesivos de afecto desmadejado, sus besos húmedos, Ramón se abría hueco en los corazones cercanos.

A menudo cosechaba incomprensiones que después repicaban en el corazón de sus seres queridos como martillos de culpa. Esa culpa oscura empapada de lágrimas que se enquistan y moldean un remordimiento corrosivo. Recogía brotes de impaciencia, enojos inevitables que seguramente no entendía y que se volvían contra quienes los habían desencadenado.

A Ramón le costaba vestirse y asearse, pero a diario conquistaba parcelas de independencia. Le costaba comer, tragar se convertía en una tarea complicada, pero se enfrentaba a los trocitos de comida con la feliz inconsciencia de los actos mecánicos de las rutinas cotidianas. ¿Qué soñaría cuando caía dormido? ¿Qué imágenes nocturnas se deslizarían fuera de su mente cuando la madrugada le sorprendía paseando por la casa, buscando la complicidad de los suyos?

Ramón chillaba con las alegrías ajenas, sollozaba con las tristezas de los demás, amaba sin cortapisas, se enfadaba con las injusticias a su medida. Sí, porque una deficiencia psíquica no implica insensibilidad, como muchas personas parecen creer. Había fuertes sentimientos dentro de Ramón, emociones que a veces se desbordaban arrastrándolo por cauces tumultuosos que asustaban, pero que siempre encontraban un meandro donde remansar.

Porque había lagunas de paz en su vida, orillas donde recostarse a descansar, regazos donde acomodar las aflicciones que no encontraban la forma de expresarse. Sus mujeres amadas, madre, hermanas, dispuestas a acompañarlo en el arduo camino, retirando las piedras y apartando las espinas.

Ocurre que pese a todo, pese al amor y la protección, pese a los desvelos, hay un segundo en el devenir de las existencias que se escapa del tiempo que pretendemos otorgarle a la vida. Hubo un segundo así en la de Ramón, un instante de dolor en que no consiguió tragar un bocado de su desayuno, y aquella luz inocente se trasladó a otro plano sin apagarse. Hay luces que brillarán siempre, luces que abanderan una realidad que conviene no olvidar jamás.

Ramón no debía de saber que la Tierra también era redonda, que daba vueltas sobre sí misma y alrededor del Sol, pero ahora sí lo sabe, y permanece sentado al borde del horizonte para disfrutar de tan bello espectáculo.

Mi máquina Perkins

Una máquina Perkins

Esto que veis no es un aparato rudimentario del siglo XIX. Hoy en día, si bien muchas personas ciegas han abandonado el Braille por mor de las nuevas tecnologías, no es menos cierto que el sistema de lecto-escritura continúa vigente, o debería continuar. Sé que cuanto voy a decir ahora puede crear mucha polémica, pero opino que un ciego que no sepa Braille roza el analfabetismo. Por mucho que domine un teclado de ordenador o escuche libros en audio, pienso que no hablamos de lo mismo. Y si no, ¿qué se diría de los videntes que no supieran escribir a mano ni leer más que escuchando archivos mp3, por ejemplo?

Antes de seguir, unas brevísimas pinceladas históricas. La escuela Perkins para ciegos de Watertoown, Boston, se fundó en 1829. John Dix Fisher consideró por primera vez la idea de una escuela para niños ciegos tras su visita al Instituto para Ciegos de París. Su historia nos ha dejado experiencias como la de Laura Bridgman, una chica sordo-ciega, o la archiconocida Helen Keller. En 1931 se crearon la Perkins Braille y la Talking Book Library, y en 1951 David Abraham produjo con éxito la primera Perkins Brailler, la máquina de escribir en sistema Braille. Justo un año antes de llegar a mis manos, en 1977, alrededor de cien mil Perkins Braillers habían sido producidas y distribuidas en todo el mundo. Actualmente Perkins produce la máquina clásica, la de Próxima Generación y la Inteligente lanzada en 2012 con salida de texto a voz, pantalla visual y aplicaciones para la enseñanza del braille.

Visité la Perkins School for the Blind en mayo de 1994. Me impresionaron sus instalaciones, aunque lo que más recuerdo son los espléndidos jardines y un globo terráqueo inmenso en relieve en el vestíbulo.

La Perkins me acompañó durante unos buenos treintaicinco años, desde que mis padres me compraron una al poco de quedarme ciega. Y la verdad, supongo que tuvieron que realizar un gran esfuerzo económico porque, si mal no recuerdo, les costó unas 75.000 pesetas, mucho dinero para la época. Pero creo que jamás he amortizado algo como amorticé la máquina, tanto, que la pobre acabó para el desguace. Trabajos del colegio, cartas y más cartas, cientos de cartas, tan largas que había que cerrarlas por volúmenes para enviarlas, y que no cabían en los buzones. Trabajos del instituto y la facultad. Poemas, cuentos, novelas, acabadas e inacabadas, relatos. Más cartas. No había día que durante horas el traqueteo de las teclas no inundase el aire, aderezado con el campanilleo cuando el carro llegaba al final de la hoja.

Bueno, carro tal como se entiende no exactamente, que el de la Perkins no se mueve, no se desplaza a medida que se escribe. Lo que se va moviendo de izquierda a derecha por encima del papel es la pestaña con la placa que alberga los punzones. El papel se coloca en el rodillo haciendo girar las perillas, y va saliendo por el mismo sitio por el que se ha colocado a medida que con una tecla (la redonda de la izquierda) se van bajando líneas, como en cualquier máquina. Las palancas a derecha e izquierda son las que liberan el papel y la que hay en el frontal es la que mueve lo que en una máquina serían los tipos, en este caso, la placa que contiene los punzones que horadan el papel. La tecla redonda de la derecha es el retroceso.

Hay tres teclas a cada lado de la espaciadora, correspondientes a los seis puntos que componen el sistema Braille y que, pulsadas a la vez, utilizando las distintas combinaciones, impulsan los punzones desde abajo y forman las letras. No voy a explicar aquí cómo es y cómo se utiliza el Braille, pero si alguno de vosotros siente interés, solo tiene que decirlo y con mucho gusto despejaré su curiosidad.

Y es mucho más fácil de lo que aparenta, sobre todo si se lee con la vista. En 1986 trabajé dando clases de Braille a adultos ciegos, pero también impartí un curso de dos semanas a videntes, la mayoría, profesores o maestros de música, y puedo aseguraros que salían bien preparados con el tiempo del que disponíamos.

Mis primeras novelas, como he dicho, las escribí con la máquina. Entonces sí que era mejor no equivocarse. Los puntos de más podían borrarse con la uña, aunque era un recurso poco pulcro en cuanto a los resultados, pero si cometía algún error de contenido no había más remedio que cambiar la página y reescribirla entera de nuevo. Claro que… a veces resultaba más cómodo no hacerlo, y de ahí las incoherencias en mis escritos de aquella época, sin restar protagonismo a la falta de documentación y la ingenuidad.

Tras doce o trece años sin utilizarla, y habiéndola echado mucho de menos, el otro día adquirí una de segunda mano, y poner las manos en sus teclas fue como iniciar un ritual antiguo y memorable. El traqueteo vuelve a resonar en mi casa.

Día de Reyes

Cuando veo la cantidad de regalos que hoy en día recibe la mayoría de los niños, no puedo evitar recordar mi infancia. Entonces sí creo que valorábamos lo que sus Majestades tenían a bien poner en nuestras manos, y durante todo el año alimentábamos una ilusión que quizás, solo quizás, se vería colmada el 6 de enero.

El caso es que apenas recuerdo dichos regalos, al final la memoria decide qué guardar en sus arcas, y nos damos cuenta de que no todas las vivencias son tan importantes como nos parecía. Solo hay uno que archivo en mi mente como muy especial, una muñeca bebé de las que empezaban a comercializarse, esas grandes, tamaño real, que realizan acciones de lo más inverosímil. Se llamaba Cariñitos, y si la lanzabas al aire, emitía gorgoritos o decía algunas palabras muy propias de bebés, por cierto. Me veo yendo a casa de mis tíos y jugando con la muñeca, feliz de la vida.

El siguiente día que me viene a la memoria es el que más dulce sensación me reporta. Una mañana en que no hubo ningún regalo grandioso ni mucho menos caro. Seguramente aquel año los Reyes tuvieron algún problema para aprovisionarse.

Pero no he vivido jornada tan maravillosa como aquella. El comedor estaba plagado de pequeños paquetitos con diferentes objetos: un lapicero con pies y cabeza y cuerpo de muelle que se mecía al colocar un lápiz o un bolígrafo en el agujero superior. Rotuladores, un celo, una grapadora chiquitita, un taladro para anillas, algún cuaderno. Desenvolver aquellos obsequios era primoroso, y cada uno de ellos me producía un placer indescriptible. El más grande, a compartir entre mi hermana y yo, fue una diana de felpa con pelotitas de velcro como proyectiles, que estuvo mucho tiempo colgada en la puerta de nuestra habitación.

Pese a mi experiencia, yo terminé cometiendo el mismo error. Me parecía que si mis hijos no tenían muchos regalos para buscar y desenvolver no iban a sentirse bien, y durante bastantes años los inundé de tonterías que abrían, miraban, montaban y olvidaban. Hasta que llegó el triste momento de darles dinero porque resultó imposible acertar con los regalos.

Yo, que de niña era muy melodramática, tenía una fantasía. Me imaginaba regresando al colegio el día después de Reyes. Todos los niños se contaban y mostraban sus regalos, alardeando. Yo me apartaba, triste, y cuando me preguntaban por los motivos, respondía que a mí no me habían traído nada. A saber cuál era el mecanismo psicológico de tan victimista fantasía. Y prometo que no conocía esta hermosa canción:

El día de Reyes, por Pablo Milanés.

Hoy he recuperado aquella sensación cuando mi hijo mayor me ha entregado tres de esos paquetitos: dos de un té delicioso y una crema de manos de rosa del Himalaya. Estoy encantada.

Aquel sabor de la Navidad…

Recuerdo con nostalgia y cariño aquellos días de la infancia en que se comían platos y aperitivos que durante el resto del año ni se olían. Los berberechos, el embutido a trocitos, el queso a tacos, los canapés de variados sabores.

Cuando la familia que vivía fuera de Barcelona viajaba para reunirse con nosotros. Aquellas esperas en el aeropuerto que entonces solo contaba con una terminal cuyas puertas automáticas me fascinaban.

Aquellos días de la primera televisión en color, una Telefunken “palcolor” que mis abuelos compraron y que se convirtió en un objeto de deseo al que apenas podíamos renunciar por unas horas. Con los colores intensos y casi artificiales, caras muy rojas como de escarlatina, azules imposibles, amarillos que herían la vista. Pero daba igual. Era un milagro.

Las películas navideñas de doblaje antiguo, cálidas, siempre aderezadas con temas musicales o canciones que hacían las delicias de la mayoría, sobre todo si las conocíamos y podíamos tararearlas.

La alegría efervescente por los regalos, paquetes con dibujos maravillosos que solo veíamos en aquellas fechas, lazos dorados o rojos enganchados al papel con etiquetas igual de vistosas. Mi oso panda que todavía hoy me acompaña en las noches de invierno.

Los villancicos coreados a pleno pulmón, panderetas de juguete, zambombas de cartón que acababan rotas, botella de anís y cuchara. Las risas, los chascarrillos, los productos de broma que asustaban o despertaban la hilaridad general.

Navidad, Navidad, dulce Navidad. Los turrones preceptivos, el blando, el duro y el de chocolate, sin inventos rarísimos que me ponen los pelos de punta nada más imaginarlos. Barquillos y polvorones. Y los mazapanes con sus figuras, tan bonitos, pero que nunca me han gustado.

Cualquier Navidad pasada fue mejor. Seguramente.

Os dejo con uno de los villancicos que más me gustan, el que hoy en día todavía me estremece. Feliz Navidad.

White Chrismas

Volver al hogar

Ayer estuve paseando por Esplugas de Llobregat, mi ciudad natal, escenario de mi novela Las mariposas también vuelan.

Siempre que voy a Esplugas, algo dentro de mí aletea y vibra, es una sensación como de volver al hogar, y eso que allí solo viví durante los once primeros años de mi vida. Creo que esos años de la infancia determinan muchísimo no solo nuestra forma de ser sino nuestras raíces, aquellas de las que sin darnos cuenta nos alimentamos y nutrimos el resto de nuestra existencia.

Es cierto que aquella etapa se truncó, por expresarlo de alguna manera. Me quedé ciega cuando faltaban dos meses para finalizar quinto de EGB, y en junio de ese mismo curso dejamos la ciudad para venirnos a vivir al pueblo, un movimiento que para entonces comenzaba a ser frecuente en las familias, inverso al que hasta no hacía mucho había caracterizado las migraciones en el país: el abandono de los pueblos para vivir en las ciudades.

No lo viví como una ruptura, sobre todo porque, curiosamente, el colegio para ciegos de la ONCE estaba en la misma Esplugas, muy cerca de mi anterior escuela, así que durante los tres cursos que me faltaban por terminar los estudios de primaria, continué en estrecha relación con la ciudad, además de que parte de mi familia seguía residiendo allí.

Fuera como fuese, sin ser consciente de ello, en mi interior sí se generó una situación de etapa mal cerrada pues durante muchos años, casi todas las noches soñé con la escuela Isidro Martí, mi primer colegio, el que aparece en la novela, con sus instalaciones y con los compañeros de quinto, que son los que más recuerdo, los que más huella dejaron en mi memoria. Hasta que no eché mano de información telefónica y di con algunos de ellos, aquellos de quienes recordaba nombre y apellidos, y pude localizar y hablar con varios, no dejé de tener estos sueños recurrentes.

Pues bien, creo que con Esplugas me ocurre un poco lo mismo. A menudo sueño con la casa donde vivíamos, aquel pisito coqueto de la calle Emili Juncadella número 22, sueño que he de volver a ella, reamueblarla, adornarla, abastecerla, y es una sensación muy agradable. Por eso volver a las calles de Esplugas, a mis recuerdos al calor de la infancia me produce tanta dicha. Ha cambiado mucho, por supuesto. Ayer estuve en el colegio y nada de lo que sentí y pisé me recvuerda al mío de entonces, pero el simple hecho de saberme allí me emocionó.

Supongo que por eso acabé plasmando vivencias y paisajes en Las mariposas también vuelan. Por eso seguramente en enero haré una presentación en la biblioteca Pare Miquel y es posible que una actividad, por decidir, en la escuela Isidro Martí. Quizás los expertos dirían que esto servirá para cerrar otra etapa, pero no es mi intención. No quiero cerrarla, quiero regresar allí de vez en cuando y empaparme de la misma sensación mientras los escenarios puedan devolverme a aquellos años.

Os dejo con esta canción de Bruce Springsteen, My home town (Mi ciudad natal), que la disfrutéis

Estafas

Es un tema delicado el que quiero compartir hoy con vosotros.

Sabéis que trabajo en la venta del cupón de la ONCE, por consiguiente, como otros muchos vendedores, estoy expuesta al engaño a través de billetes o monedas que no son lo que aparentan. Últimamente, por las razones que sea, esta práctica se está dando con demasiada frecuencia. El problema es que cuando estos estafadores compran con billetes, no es que lo hagan con billetes falsos; no son una fotocopia, por ejemplo, más fáciles de detectar al tacto pues no dejan de ser papel normal y corriente. Son billetes de otros países, normalmente países árabes africanos, por tanto, papel moneda de curso legal, pero sin ningún valor al cambio. Pueden pasar por euros gracias a su medida. Cierto que por euros arrugados de esos que parece que han conocido la lavadora cuyos bordes rugosos apenas se perciben.

Ejemplos de dichos billetes:

Billete de a saber dónde

Billete de Omán

Sea por lo que sea, este año he sido víctima de varios engaños, con la consabida pérdida de dinero, por supuesto, dinero que nadie reintegra.

Y aquí viene el asunto peliagudo. Hasta el momento, y que yo me haya dado cuenta, el engaño ha procedido de personas extranjeras, árabes, en general, o bien marroquíes o bien personas de color igualmente árabes. ¿Y por qué he perdido dinero? Porque de entrada me resisto a desconfiar de un cliente de estas características que se acerca a comprar productos de coste bajo con billetes de cierto valor. Me resisto al juicio a priori, a la suspicacia instaurada por norma. Desde luego, muchos de estos clientes jamás me han engañado y jamás lo harán. Pero a menudo todos me resultan iguales, todos tienen voces parecidas y por supuesto acento similar. Así que no puedo distinguir ni dirimir. Y por no querer generalizar en el recelo, así me va.

¿Qué hacer? Bueno, he tenido que comprar un aparato para detectar billetes que no sean euros, que tampoco es infalible, todo hay que decirlo. Por supuesto, de mi bolsillo, aunque considero que debería ser una adaptación de puesto de trabajo para todos los vendedores ciegos totales, al menos. Con todo y con eso, me siento vulnerable, desprotegida.

La situación me obliga a ser precavida con cualquier persona extranjera del origen mencionado que se acerca al quiosco. Y eso me da muchísima rabia. Habrá quien me tache de racista. Solo me defiendo y procuro hacer el trabajo lo mejor posible y, desde luego, no perder dinero.

Un café más

Dos tazas de café con forma de corazón

A Tuc le gustaba el café, mucho, muchísimo, con locura. Su fidelidad hacia el brebaje rayaba la obsesión, y la devoción por su cafetera, la religiosidad.

Encontrarse un día sin comida en la nevera carecía de importancia; mientras tuviera cápsulas de café, el mundo estaba a salvo,y ella, también. Y las compraba por docenas, cajas y cajas de todos los sabores e intensidades. Su cocina era una exposición de recipientes llenos de envolturas de colores. Con una taza de café en las manos, Tuc era feliz, y no solo eso, sino que parecía poder subsistir durante largos períodos sin necesitar alimento.

Dudo que lo supiera, pero en su póliza de decesos, además de música en directo durante las exequias, se contemplaba servicio de cafetera y bollería en el tanatorio. Así que cuando entré en la sala privada número cinco y me inundó un exquisito aroma a café, cuando poco después me sirvieron uno, humeante, fue como reencontrarme con Tuc en su cocina. Y sumida en un silencio de pequeños sorbos lloré, compartiendo la última taza con ella.

Derecho a la lectura

Muchos de vosotros, mis lectores y amigos, recordaréis lo que ocurrió hace un par de años en Twitter. De verdad os digo que aquella tarde las manos me temblaron durante largos minutos. ¡Menuda descarga de adrenalina! Esos días se dijo de todo en la red y, como el tema ha vuelto a rresurgir en un debate privado, explicaré de primera tecla lo que sucedió, para evitar entuertos y malos entendidos en retrospectiva. Y para quienes desconozcáis lo ocurrido.

Veréis:

En 2014 compré el libro de un tal Javier Jorge J. en Amazon. Se estaba publicitando bastante, y me pareció que podría ser interesante. Así que lo adquirí en Kindle, se descargó en mi iPhone y en dicho dispositivo lo leí. A los que no tenéis que utilizar accesibilidad en los móviles ni lectores de pantalla para leer os diré que la voz de Apple del iPhone, llamada Mónica, deja bastante que desear, sobre todo en lo que a lectura se refiere. Con todo y con eso, leí el libro de cabo a rabo. Y me olvidé.

Algunas semanas después, no recuerdo exactamente cuántas, el escritor del libro e cuestión empezó a seguirme en Twitter. Hice lo mismo con él. Al día siguiente por privado, le comenté que había leído su libro, y le di mi opinión. A raíz de este tuit cruzamos varios que poco a poco fueron convirtiéndose en tiros envenenados por su parte, pero que yo, ilusa, no supe identificar como tales.

Así que al final terminé diciéndole que puesto que la lectura con Mónica no había sido como para disfrutar el libro, miraría de localizarlo en otro formato. Eso, para los que no sabéis de qué va, significa husmear en las bibliotecas de uso exclusivo para ciegos a ver si en sus catálogos estaba dicho título, o acudir a otra persona que hubiera comprado el libro en papel y se hubiese tomado la molestia de digitalizarlo. No estaba disponible en ninguna de las bibliotecas, ni nadie conocía el libro. Lógicamente, vamos, al menos desde mi lógica de andar por casa, creí innecesario mencionarle esas bibliotecas al susodicho, primero porque por supuesto le sonarían a chino mandarín, y segundo, porque no me estaba pareciendo que fuera nada receptivo y que le importaba un rico bledo del campo cómo hacemos las personas ciegas para leer. También podría haberle dicho que rompería el drm, o sea, la protección para poder leerlo en cualquier otro formato (algo que dejé de hacer hace tiempo porque me resultaba tan tedioso y complicado que mi pequeña mente informática se amotinó), y estoy convencida de que su reacción explosiva habría sido la misma. Nótese que para realizar dicha actividad también es necesario haber comprado el libro.

Su siguiente reacción fue una denuncia en Twitter con mención a la Policía, a mi editorial, al Periódico y no sé a quiénes más. Según él le estaba robando, era una ladrona, no quería pagar un libro (y eso que ya lo había adquirido). Estaba cometiendo un delito. Vamos, que por mi culpa se iba a quedar sin comer en Navidad. Después de largos rifi-rafe en los que me negué a participar al tercer o cuarto tuit, dejó de mencionarme explícitamente en twitter, pero en su TimeLine continuó en sus trece, defendiendo que le había robado.

Me sentí calumniada. La red tiene mucho poder, y sus palabras las leyeron unos cuantos miles de seguidores. Pero también las mías, y las de quienes me apoyaron, que por cierto superaron en mucho, juraría, a las que pudiera recibir él. Desde luego considero que el debate valió la pena y seguramente fue fructífero en algunos aspectos.

Muchas personas me aconsejaron que lo denunciara. No lo hice. ¿Merecía la pena? Nunca en la vida me había sentido tan atacada, pero no quise gastar mis energías en un personaje así. No importó que le explicaran del derecho y del revés cómo funciona la ley en este sentido. Él no se bajó de su burro, y encima se regocijó por la publicidad que, a su parecer, le hacíamos.

La Policía no respiró. Tampoco El Periódico, ni siquiera las editoriales.

Si hoy vuelvo a recuperar el episodio, además del debate que os he mencionado, es para intentar que las personas videntes comprendan que el derecho a la lectura es universal, que para nosotros supone el esfuerzo, sin duda gratificante y asumido, de conseguir libros que estén en formatos accesibles, o bien buscarnos la vida para convertirlos a dichos formatos. Nada de todo esto es tan sencillo como abrir un libro en papel y ponerse a leer, pero da igual, leemos de todas las maneras disponibles a nuestro alcance.

Para terminar, un pequeño inciso: soy escritora, y orgullosa me sentiría si alguien tuviera intención de leer mi libro por segunda vez, fuera como fuese. ¡¿Que los derechos de autor no se acomodan a todo lo que supone escribir un libro? No. ¿Que hay que combatir la pirateria? Sí. Pero el derecho a la lectura está ahí, asumámoslo.

Días después añado este enlace para que escuchéis, al hilo del tema de la propiedad intelectual, la interesantísima comparecencia de Lorenzo Silva en la comisión de cultura del congreso el 16 de noviembre. Suscribo todo cuanto dice, pese a la polémica que he explicado más arriba. Estoy del lado de los escritores y del lado de los lectores. Lesionados mis derechos en el primer caso por la piratería, atacada por otro como lectora por buscarme la vida para poder leer, sin cometer ilegalidades.

Pinchad aquí para ver el vídeo.