Día de Reyes

Cuando veo la cantidad de regalos que hoy en día recibe la mayoría de los niños, no puedo evitar recordar mi infancia. Entonces sí creo que valorábamos lo que sus Majestades tenían a bien poner en nuestras manos, y durante todo el año alimentábamos una ilusión que quizás, solo quizás, se vería colmada el 6 de enero.

El caso es que apenas recuerdo dichos regalos, al final la memoria decide qué guardar en sus arcas, y nos damos cuenta de que no todas las vivencias son tan importantes como nos parecía. Solo hay uno que archivo en mi mente como muy especial, una muñeca bebé de las que empezaban a comercializarse, esas grandes, tamaño real, que realizan acciones de lo más inverosímil. Se llamaba Cariñitos, y si la lanzabas al aire, emitía gorgoritos o decía algunas palabras muy propias de bebés, por cierto. Me veo yendo a casa de mis tíos y jugando con la muñeca, feliz de la vida.

El siguiente día que me viene a la memoria es el que más dulce sensación me reporta. Una mañana en que no hubo ningún regalo grandioso ni mucho menos caro. Seguramente aquel año los Reyes tuvieron algún problema para aprovisionarse.

Pero no he vivido jornada tan maravillosa como aquella. El comedor estaba plagado de pequeños paquetitos con diferentes objetos: un lapicero con pies y cabeza y cuerpo de muelle que se mecía al colocar un lápiz o un bolígrafo en el agujero superior. Rotuladores, un celo, una grapadora chiquitita, un taladro para anillas, algún cuaderno. Desenvolver aquellos obsequios era primoroso, y cada uno de ellos me producía un placer indescriptible. El más grande, a compartir entre mi hermana y yo, fue una diana de felpa con pelotitas de velcro como proyectiles, que estuvo mucho tiempo colgada en la puerta de nuestra habitación.

Pese a mi experiencia, yo terminé cometiendo el mismo error. Me parecía que si mis hijos no tenían muchos regalos para buscar y desenvolver no iban a sentirse bien, y durante bastantes años los inundé de tonterías que abrían, miraban, montaban y olvidaban. Hasta que llegó el triste momento de darles dinero porque resultó imposible acertar con los regalos.

Yo, que de niña era muy melodramática, tenía una fantasía. Me imaginaba regresando al colegio el día después de Reyes. Todos los niños se contaban y mostraban sus regalos, alardeando. Yo me apartaba, triste, y cuando me preguntaban por los motivos, respondía que a mí no me habían traído nada. A saber cuál era el mecanismo psicológico de tan victimista fantasía. Y prometo que no conocía esta hermosa canción:

El día de Reyes, por Pablo Milanés.

Hoy he recuperado aquella sensación cuando mi hijo mayor me ha entregado tres de esos paquetitos: dos de un té delicioso y una crema de manos de rosa del Himalaya. Estoy encantada.

Aquel sabor de la Navidad…

Recuerdo con nostalgia y cariño aquellos días de la infancia en que se comían platos y aperitivos que durante el resto del año ni se olían. Los berberechos, el embutido a trocitos, el queso a tacos, los canapés de variados sabores.

Cuando la familia que vivía fuera de Barcelona viajaba para reunirse con nosotros. Aquellas esperas en el aeropuerto que entonces solo contaba con una terminal cuyas puertas automáticas me fascinaban.

Aquellos días de la primera televisión en color, una Telefunken “palcolor” que mis abuelos compraron y que se convirtió en un objeto de deseo al que apenas podíamos renunciar por unas horas. Con los colores intensos y casi artificiales, caras muy rojas como de escarlatina, azules imposibles, amarillos que herían la vista. Pero daba igual. Era un milagro.

Las películas navideñas de doblaje antiguo, cálidas, siempre aderezadas con temas musicales o canciones que hacían las delicias de la mayoría, sobre todo si las conocíamos y podíamos tararearlas.

La alegría efervescente por los regalos, paquetes con dibujos maravillosos que solo veíamos en aquellas fechas, lazos dorados o rojos enganchados al papel con etiquetas igual de vistosas. Mi oso panda que todavía hoy me acompaña en las noches de invierno.

Los villancicos coreados a pleno pulmón, panderetas de juguete, zambombas de cartón que acababan rotas, botella de anís y cuchara. Las risas, los chascarrillos, los productos de broma que asustaban o despertaban la hilaridad general.

Navidad, Navidad, dulce Navidad. Los turrones preceptivos, el blando, el duro y el de chocolate, sin inventos rarísimos que me ponen los pelos de punta nada más imaginarlos. Barquillos y polvorones. Y los mazapanes con sus figuras, tan bonitos, pero que nunca me han gustado.

Cualquier Navidad pasada fue mejor. Seguramente.

Os dejo con uno de los villancicos que más me gustan, el que hoy en día todavía me estremece. Feliz Navidad.

White Chrismas

Volver al hogar

Ayer estuve paseando por Esplugas de Llobregat, mi ciudad natal, escenario de mi novela Las mariposas también vuelan.

Siempre que voy a Esplugas, algo dentro de mí aletea y vibra, es una sensación como de volver al hogar, y eso que allí solo viví durante los once primeros años de mi vida. Creo que esos años de la infancia determinan muchísimo no solo nuestra forma de ser sino nuestras raíces, aquellas de las que sin darnos cuenta nos alimentamos y nutrimos el resto de nuestra existencia.

Es cierto que aquella etapa se truncó, por expresarlo de alguna manera. Me quedé ciega cuando faltaban dos meses para finalizar quinto de EGB, y en junio de ese mismo curso dejamos la ciudad para venirnos a vivir al pueblo, un movimiento que para entonces comenzaba a ser frecuente en las familias, inverso al que hasta no hacía mucho había caracterizado las migraciones en el país: el abandono de los pueblos para vivir en las ciudades.

No lo viví como una ruptura, sobre todo porque, curiosamente, el colegio para ciegos de la ONCE estaba en la misma Esplugas, muy cerca de mi anterior escuela, así que durante los tres cursos que me faltaban por terminar los estudios de primaria, continué en estrecha relación con la ciudad, además de que parte de mi familia seguía residiendo allí.

Fuera como fuese, sin ser consciente de ello, en mi interior sí se generó una situación de etapa mal cerrada pues durante muchos años, casi todas las noches soñé con la escuela Isidro Martí, mi primer colegio, el que aparece en la novela, con sus instalaciones y con los compañeros de quinto, que son los que más recuerdo, los que más huella dejaron en mi memoria. Hasta que no eché mano de información telefónica y di con algunos de ellos, aquellos de quienes recordaba nombre y apellidos, y pude localizar y hablar con varios, no dejé de tener estos sueños recurrentes.

Pues bien, creo que con Esplugas me ocurre un poco lo mismo. A menudo sueño con la casa donde vivíamos, aquel pisito coqueto de la calle Emili Juncadella número 22, sueño que he de volver a ella, reamueblarla, adornarla, abastecerla, y es una sensación muy agradable. Por eso volver a las calles de Esplugas, a mis recuerdos al calor de la infancia me produce tanta dicha. Ha cambiado mucho, por supuesto. Ayer estuve en el colegio y nada de lo que sentí y pisé me recvuerda al mío de entonces, pero el simple hecho de saberme allí me emocionó.

Supongo que por eso acabé plasmando vivencias y paisajes en Las mariposas también vuelan. Por eso seguramente en enero haré una presentación en la biblioteca Pare Miquel y es posible que una actividad, por decidir, en la escuela Isidro Martí. Quizás los expertos dirían que esto servirá para cerrar otra etapa, pero no es mi intención. No quiero cerrarla, quiero regresar allí de vez en cuando y empaparme de la misma sensación mientras los escenarios puedan devolverme a aquellos años.

Os dejo con esta canción de Bruce Springsteen, My home town (Mi ciudad natal), que la disfrutéis

Estafas

Es un tema delicado el que quiero compartir hoy con vosotros.

Sabéis que trabajo en la venta del cupón de la ONCE, por consiguiente, como otros muchos vendedores, estoy expuesta al engaño a través de billetes o monedas que no son lo que aparentan. Últimamente, por las razones que sea, esta práctica se está dando con demasiada frecuencia. El problema es que cuando estos estafadores compran con billetes, no es que lo hagan con billetes falsos; no son una fotocopia, por ejemplo, más fáciles de detectar al tacto pues no dejan de ser papel normal y corriente. Son billetes de otros países, normalmente países árabes africanos, por tanto, papel moneda de curso legal, pero sin ningún valor al cambio. Pueden pasar por euros gracias a su medida. Cierto que por euros arrugados de esos que parece que han conocido la lavadora cuyos bordes rugosos apenas se perciben.

Ejemplos de dichos billetes:

Billete de a saber dónde

Billete de Omán

Sea por lo que sea, este año he sido víctima de varios engaños, con la consabida pérdida de dinero, por supuesto, dinero que nadie reintegra.

Y aquí viene el asunto peliagudo. Hasta el momento, y que yo me haya dado cuenta, el engaño ha procedido de personas extranjeras, árabes, en general, o bien marroquíes o bien personas de color igualmente árabes. ¿Y por qué he perdido dinero? Porque de entrada me resisto a desconfiar de un cliente de estas características que se acerca a comprar productos de coste bajo con billetes de cierto valor. Me resisto al juicio a priori, a la suspicacia instaurada por norma. Desde luego, muchos de estos clientes jamás me han engañado y jamás lo harán. Pero a menudo todos me resultan iguales, todos tienen voces parecidas y por supuesto acento similar. Así que no puedo distinguir ni dirimir. Y por no querer generalizar en el recelo, así me va.

¿Qué hacer? Bueno, he tenido que comprar un aparato para detectar billetes que no sean euros, que tampoco es infalible, todo hay que decirlo. Por supuesto, de mi bolsillo, aunque considero que debería ser una adaptación de puesto de trabajo para todos los vendedores ciegos totales, al menos. Con todo y con eso, me siento vulnerable, desprotegida.

La situación me obliga a ser precavida con cualquier persona extranjera del origen mencionado que se acerca al quiosco. Y eso me da muchísima rabia. Habrá quien me tache de racista. Solo me defiendo y procuro hacer el trabajo lo mejor posible y, desde luego, no perder dinero.

Un café más

Dos tazas de café con forma de corazón

A Tuc le gustaba el café, mucho, muchísimo, con locura. Su fidelidad hacia el brebaje rayaba la obsesión, y la devoción por su cafetera, la religiosidad.

Encontrarse un día sin comida en la nevera carecía de importancia; mientras tuviera cápsulas de café, el mundo estaba a salvo,y ella, también. Y las compraba por docenas, cajas y cajas de todos los sabores e intensidades. Su cocina era una exposición de recipientes llenos de envolturas de colores. Con una taza de café en las manos, Tuc era feliz, y no solo eso, sino que parecía poder subsistir durante largos períodos sin necesitar alimento.

Dudo que lo supiera, pero en su póliza de decesos, además de música en directo durante las exequias, se contemplaba servicio de cafetera y bollería en el tanatorio. Así que cuando entré en la sala privada número cinco y me inundó un exquisito aroma a café, cuando poco después me sirvieron uno, humeante, fue como reencontrarme con Tuc en su cocina. Y sumida en un silencio de pequeños sorbos lloré, compartiendo la última taza con ella.

Derecho a la lectura

Muchos de vosotros, mis lectores y amigos, recordaréis lo que ocurrió hace un par de años en Twitter. De verdad os digo que aquella tarde las manos me temblaron durante largos minutos. ¡Menuda descarga de adrenalina! Esos días se dijo de todo en la red y, como el tema ha vuelto a rresurgir en un debate privado, explicaré de primera tecla lo que sucedió, para evitar entuertos y malos entendidos en retrospectiva. Y para quienes desconozcáis lo ocurrido.

Veréis:

En 2014 compré el libro de un tal Javier Jorge J. en Amazon. Se estaba publicitando bastante, y me pareció que podría ser interesante. Así que lo adquirí en Kindle, se descargó en mi iPhone y en dicho dispositivo lo leí. A los que no tenéis que utilizar accesibilidad en los móviles ni lectores de pantalla para leer os diré que la voz de Apple del iPhone, llamada Mónica, deja bastante que desear, sobre todo en lo que a lectura se refiere. Con todo y con eso, leí el libro de cabo a rabo. Y me olvidé.

Algunas semanas después, no recuerdo exactamente cuántas, el escritor del libro e cuestión empezó a seguirme en Twitter. Hice lo mismo con él. Al día siguiente por privado, le comenté que había leído su libro, y le di mi opinión. A raíz de este tuit cruzamos varios que poco a poco fueron convirtiéndose en tiros envenenados por su parte, pero que yo, ilusa, no supe identificar como tales.

Así que al final terminé diciéndole que puesto que la lectura con Mónica no había sido como para disfrutar el libro, miraría de localizarlo en otro formato. Eso, para los que no sabéis de qué va, significa husmear en las bibliotecas de uso exclusivo para ciegos a ver si en sus catálogos estaba dicho título, o acudir a otra persona que hubiera comprado el libro en papel y se hubiese tomado la molestia de digitalizarlo. No estaba disponible en ninguna de las bibliotecas, ni nadie conocía el libro. Lógicamente, vamos, al menos desde mi lógica de andar por casa, creí innecesario mencionarle esas bibliotecas al susodicho, primero porque por supuesto le sonarían a chino mandarín, y segundo, porque no me estaba pareciendo que fuera nada receptivo y que le importaba un rico bledo del campo cómo hacemos las personas ciegas para leer. También podría haberle dicho que rompería el drm, o sea, la protección para poder leerlo en cualquier otro formato (algo que dejé de hacer hace tiempo porque me resultaba tan tedioso y complicado que mi pequeña mente informática se amotinó), y estoy convencida de que su reacción explosiva habría sido la misma. Nótese que para realizar dicha actividad también es necesario haber comprado el libro.

Su siguiente reacción fue una denuncia en Twitter con mención a la Policía, a mi editorial, al Periódico y no sé a quiénes más. Según él le estaba robando, era una ladrona, no quería pagar un libro (y eso que ya lo había adquirido). Estaba cometiendo un delito. Vamos, que por mi culpa se iba a quedar sin comer en Navidad. Después de largos rifi-rafe en los que me negué a participar al tercer o cuarto tuit, dejó de mencionarme explícitamente en twitter, pero en su TimeLine continuó en sus trece, defendiendo que le había robado.

Me sentí calumniada. La red tiene mucho poder, y sus palabras las leyeron unos cuantos miles de seguidores. Pero también las mías, y las de quienes me apoyaron, que por cierto superaron en mucho, juraría, a las que pudiera recibir él. Desde luego considero que el debate valió la pena y seguramente fue fructífero en algunos aspectos.

Muchas personas me aconsejaron que lo denunciara. No lo hice. ¿Merecía la pena? Nunca en la vida me había sentido tan atacada, pero no quise gastar mis energías en un personaje así. No importó que le explicaran del derecho y del revés cómo funciona la ley en este sentido. Él no se bajó de su burro, y encima se regocijó por la publicidad que, a su parecer, le hacíamos.

La Policía no respiró. Tampoco El Periódico, ni siquiera las editoriales.

Si hoy vuelvo a recuperar el episodio, además del debate que os he mencionado, es para intentar que las personas videntes comprendan que el derecho a la lectura es universal, que para nosotros supone el esfuerzo, sin duda gratificante y asumido, de conseguir libros que estén en formatos accesibles, o bien buscarnos la vida para convertirlos a dichos formatos. Nada de todo esto es tan sencillo como abrir un libro en papel y ponerse a leer, pero da igual, leemos de todas las maneras disponibles a nuestro alcance.

Para terminar, un pequeño inciso: soy escritora, y orgullosa me sentiría si alguien tuviera intención de leer mi libro por segunda vez, fuera como fuese. ¡¿Que los derechos de autor no se acomodan a todo lo que supone escribir un libro? No. ¿Que hay que combatir la pirateria? Sí. Pero el derecho a la lectura está ahí, asumámoslo.

Días después añado este enlace para que escuchéis, al hilo del tema de la propiedad intelectual, la interesantísima comparecencia de Lorenzo Silva en la comisión de cultura del congreso el 16 de noviembre. Suscribo todo cuanto dice, pese a la polémica que he explicado más arriba. Estoy del lado de los escritores y del lado de los lectores. Lesionados mis derechos en el primer caso por la piratería, atacada por otro como lectora por buscarme la vida para poder leer, sin cometer ilegalidades.

Pinchad aquí para ver el vídeo.

Mi amiga del instituto

Hace unos días una persona que lee mi blog me pidió que contara algo acerca de la única amiga que conservo tras mi paso por el instituto. Allá va.

Se llama como yo. Nos conocimos en el primer curso, aunque nuestra amistad realmente se fraguó a partir del tercero. He de reconocer que al principio no conectaba con ella. Marta vivía en el mismo pueblo que yo y era una de las que iba conmigo desde la parada del autobús al instituto y viceversa. Tiene una voz peculiar, bastante aguda, cuyos registros son imposibles de pasar por alto y que a mi oído resultaban difíciles de asimilar (perdona Marta si me lees, sólo fueron unos meses, ¡no te molestes!). Además, siempre fue muy despistada, atolondrada, sus movimientos eran rápidos, con gran balanceo del brazo del cual yo iba cogida, lo que me provocaba una tremenda sensación de inseguridad. Es el cuerpo de quien te guía el que da la información (dirección, giros, escalones, etc.) y el de ella se movía como un garbanzo en la boca de un viejo, figuraos para captar las señales a tiempo.

Marta, ¿puedes pararte en una cabina?, Necesito hacer una llamada. Y vaya si se paraba, estrellándome contra las puertas batientes porque no me daba ocasión a reaccionar…

Esto al principio me desconcertaba, pero finalmente acabábamos riéndonos.

Nos deteníamos a hablar con alguien y tras despedirnos, ella echaba a andar sin mí, circunstancia de la que podía darse cuenta unos metros más adelante… También me hizo entablar cierta amistad con unas cuantas farolas del recorrido habitual. No fue una amistad demasiado violenta, se trató de leves roces y ligeros encontronazos pero si no con todas, llegué a tener contacto con la mayoría.

En el viaje de fin de BUP a Granada estropeé unos zapatos porque la buena de Marta me metió en todos los canales y canalillos del Generalife que, por si no lo sabéis, están llenos de agua. Bueno, al menos mis pies salieron indemnes…

Marta también tenía una rara y divertida habilidad. Transformaba algo que veía en otra cosa y me la contaba felizmente, hasta que se daba cuenta de que era un error y entonces se partía de risa. Convertía un secador de viaje en una lata de Coca-Cola, un bulto de ropa sobre una silla, en un gato… Y lo decía tan convencida que el posterior estallido de hilaridad daba con nosotras en el baño más próximo.

Era de las que te mostraban los interruptores de la luz para que la encendieras y de las que al enseñarle un libro y preguntar ¿qué es? contestaba sin inmutarse: un libro.

Nuestra amistad estuvo salpicada de cientos de episodios como estos que, lejos de incomodarme, no sé por qué extraño mecanismo, nos fue uniendo más y más. Supongo que la gran naturalidad con que Marta me trataba y con la que aceptaba sus propios deslices fueron suficientes para sellar la relación que todavía hoy perdura. Y sobre todo su sinceridad, su sensatez, su nivel de empatía.

Tiempo después se casó y marchó a vivir a EE.UU de donde volvió hace unos años. Ahora somos vecinas de bloque. En la actualidad, ir con ella es más seguro, se ve que el par de décadas transcurridas la han serenado. Gracias por tu amistad, gracias por todos estos años

Dedicado con un guiño de complicidad y cariño a quienes todavía hoy pierden el sueño si me rozo con una señal de tráfico o meto el pie en el hueco de un árbol. También a quien me entrega partituras en la coral de la que formo parte porque su naturalidad le impide recordar que no las veo.

Siempre quedan los pijamas

Hoy estaba doblando ropa y, de repente, me he sorprendido con un pantalón de pijama en las manos, la mente ausente, intentando atrapar un pensamiento que se me resistía, escapaba, quizás como una defensa. Cuando he sido capaz de darle forma, de concretarlo, una lágrima resbalaba ya por mi mejilla.

Seguro que a muchos de vosotros os ha pasado. Bueno, a unos cuantos de vosotros, al menos. Seguro.

Durante un tiempo, pongamos un año, tienes pareja. De tanto en tanto, viene a tu casa y se queda a dormir, una noche, dos, tres. Puesto que no vive contigo, pero ya tiene espacio en ella, material y emocional, deja un pijama, como testimonio de una ausencia que cada poco se torna presencia. Y cuando vuelve, cuando cruza el umbral entre su vida y la tuya, tiene su pijama en la mesilla de noche que le corresponde, la que tú no usas, la del otro lado de tu cama. Esperando.

O bien… Tienes una amiga en otra ciudad. Vas a verla cada poco, pongamos una vez al mes. Como es una amiga que vive sola y cuenta con un buen espacio, material y emocional, eres tú la que dejas un pijama en el cajón de su armario, y un cepillo de dientes en su cuarto de baño. Y siempre que vuelves, allí están tus objetos personales: el pijama bien doblado junto al embozo de la cama, el cepillo tras el grifo del lavabo. Esperando.

Los pijamas, prendas cálidas que nos envuelven en las noches de invierno, que conocen nuestros sueños, el roce del cuerpo querido, el sonido de la conversación amistosa. Risas y lágrimas. Canciones y películas. Frutos secos ante un libro compartido, palomitas frente a la televisión. Pijamas que en los reencuentros huelen a suavizante, o huelen a la persona que los habita porque a menudo hay quien piensa que para una vez que se han usado, no merece la pena meterlos a lavar, o simplemente porque existe el deseo de conservar ese aroma. Pijamas que permanecen allí donde se los deposita, como mudos heraldos de quienes vendrán o iremos a ocupar sus huecos. Pijamas que siempre esperan la vuelta, renovar el contacto.

Pero pasa a veces que la persona a la que quieres decide, en uno de los intervalos de ausencia, no volver a reunirse contigo. Pasa a veces que la amiga se va, te deja definitivamente al final de una enfermedad antes de que transcurra el mes previsto. Ni la pareja regresa, ni tú vuelves a la casa de la amiga. Nunca más.

Así que en una mesilla junto a tu cama o en el cajón de un armario en una casa huérfana… siempre quedan los pijamas. Tú con el de él… a saber quién con el tuyo.

Hay un bulto en mi sofá

Lo confieso. Toda la vida he sido de perros. Y ahora tengo una gata. Jamás lo habría imaginado, y ni siquiera es porque yo lo quisiera así, no. Primero quiso un hijo y el otro se oponía, y me oponía yo, todo hay que decirlo. Después comenzó a querer el hijo que se oponía. Así que quedaba aislada en mi posición defensiva.

De repente, un viernes, concretamente el 5 de febrero, me vi caminando con mi hijo mayor por un descampado, derechita a una protectora. Sí, para adoptar un gato. ¡Válgame Dios!, como diría un amigo. Eso sí, solo íbamos a echar un vistazo, a informarnos. Ja. Ilusa.

Una vez más (porque resultó ser la misma protectora donde hace 10 años adoptamos a Mich, nuestro perro), me vi explicándole a la misma señora qué tipo de gato se ajustaría más a mis expectativas. Una vez más (porque claro, yo sigo siendo ciega) eso de: “mira, obsérvalos tú misma…” como que no sirve demasiado. Así que pedí que me abriera la puerta del espacio vallado donde estaban los mininos y allá que me metí, dispuesta a plantarme de cuclillas y esperar a que alguno tuviera a bien acercarse para que pudiera verlo.

Y vino ella. Una gatita de un año y medio aproximadamente, blanca y con manchitas grises en las patas, rabo y orejas. Ah, ya me veis el plumero, con eso de gatita, y manchitas… Se sentó delante de mí, en esa postura exquisita de figura de porcelana, se dejó manosear a dos manos y me estudió fijo con sus ojos verdes.

Fue ella la que nos eligió, como pasó en su día con Mich, estoy convencida de ello. Así que no hubo más que hablar ni más gatos que intentar ver. Nos la llevamos. Tal cual. Directos al veterinario, a que le hiciera una revisión, a vacunarla y desparasitarla. Directos a comprar pienso, arena, caja para la arena, pala para la arena de la caja, dos o tres juguetes, un cepillo y comedero y bebedero.

Que sí, que solo íbamos a echar un vistazo, que… Vale. Se llama Nara. Ahora confieso de nuevo. Estoy enamorada.

Desde el primer momento pareció gustarle su nuevo hogar. Pasó toda la tarde paseando por la casa, ronroneando. Aceptó su comida y su agua, se dejó cepillar, acariciar, abrazar y apretujar. El ronroneo nos perseguía por los rincones, era como una felicidad andante, como un bienestar que pululaba arriba y abajo. Y desde entonces.

Yo desconocía por completo el comportamiento de estos animales, así que he tenido que ir aprendiendo sobre la marcha. Tuve que descubrir qué es un celo, porque sí, ahí la señora me engañó, me dijo que estaba esterilizada y no era verdad. Supe qué es pasarse ocho días viéndola arrastrarse por los suelos reclamando al macho, en una hiperactividad casi constante, sobre todo de noche, qué alegría. Tuve que enseñarle que las uñas no se usan en el sofá sino en el árbol para gatos que le compramos. Tuve que acomodarme a no pisar fuerte por no chafarla puesto que el collar con cascabelito la estresaba y no hubo más remedio que quitárselo. Tuve que acostumbrarme (esto es por quedar bien, puesto que no me costó ningún esfuerzo) a que salte sobre mi pecho o estómago cuando me tumbo y sentir esa vibración que juraría que es terapéutica.

Ya no me sorprendo del todo cuando reclama caricias metiendo la cabeza bajo mi mano como hacen los perros. Tampoco cuando rasca la puerta de mi habitación con la pata para entrar… como hacen los perros. Cuando se pone panza arriba y con las dos manitas empuja mi mano hacia su tripa para que la rasque. Cuando de noche se sube a mi cama, acerca su cara a la mía, muy cerca muy cerca, haciéndome cosquillas con los bigotes, y me da toquecitos en la mejilla, con el motor del bienestar en funcionamiento.

Es un roscón peludo y cálido, adorable. Es cariñosa, achuchable y buena, limpia y está feliz. A veces no soy capaz de encontrarla… y entonces cuando me siento en el comedor, descubro un bulto bajo la funda del sofá. Y una cabeza de orejas largas que se asoma y me mira.

Así es Nara.

Nara tan feliz

Ahora ya soy de perros y gatos.

Nara enroscada en su cesto colgante

La decadencia de la castaña

¿Qué narices está pasando con las castañas? Suelo dar crédito a eso de que olvidamos cosas de un año para otro, léase: el año pasado no hizo tanto calor; o el invierno pasado no tuvimos frío… En serio pienso que somos muy olvidadizos con según qué circunstancias. Como lo del cambio de hora, menudo trajín dos veces al año, sin saber si dormimos más o menos, si nos quitan o nos ponen.

Pero a lo que iba.

En el tema de las castañas necesito que alguien me ayude, y con urgencia. Porque, señores, aquí sí que no se nos olvida: las del año pasado no valían nada, pero es que las de este… ¿Qué pasa con tan rico fruto? ¿Dónde han ido a parar aquellos aromas exquisitos? ¿Y el humo que nos envolvía con sus reminiscencias de calles frías y familias arrebujadas? ¿Dónde van a morir las castañas gordas, blancas y deliciosas? No importa si gustan o no gustan, mi reflexión quiere ir más allá.

Creedme si os digo que no recuerdo unos ejemplares como los que había en nuestra mesa: planas, descoloridas, apestosas. Sí, apestosas, que las abrías y de su interior se desprendía el mismo tufo de un armario viejo lleno de ropa húmeda. Qué descorazonador.

¿Qué pasa con las castañas, señores? ¿Dónde hay que ir a comprarlas o a qué precio para poder disfrutarlas? Mucho me temo que las congelan de un año para otro. Quizás ponen alguna nueva, para disimular, porque bien es cierto que nos hemos podido comer seis o siete de todo un kilo.

Eso sí, han servido para reírnos porque, a falta de castañas, buenas son las comparaciones que han surgido a costa de su olor, de su aspecto y del increíble montón de pieles y trozos podridos que había en el centro de la mesa.

No quiero ni pensar cómo serán las del próximo noviembre. Cualquier tiempo pasado fue mejor…

Yo soy la castañera.
Castañas te vendo yo.
Son ricas y redonditas,
todas de color marrón.
Te puedo vender una,
te puedo vender dos.
Con ellas te regalo
alegría e ilusión.
Cuando llegue el otoño
salimos a pasear
y con las ricas castañas
tus manos calentarás.

Eh, le ponéis la música antigua del negrito del Colacao, y listos. En defensa propia he de decir que la letrilla no es mía.

¡Que disfrutéis del recuerdo de lo que fueron!