Diminutivos y jarrones

No. Definitivamente, no.

Necesito saber qué relación existe entre las personas ciegas y los diminutivos. Me refiero a personas adultas, por supuesto. ¿Por qué alguien que no te conoce de nada se cree con el derecho o en la obligación de hablarte usando diminutivos? Hoy, sin ir más lejos, el policía que renovaba mi DNI: “Marta, si te cojo la manita y pongo el dedito en el punto de inicio, ¿podrás firmar? “Dame la manita. Perdona que la mía está fría, pero tú la tienes calentita.”

Señores, que están ustedes de cara al público, que no son mi abuela. Que no hay absolutamente nada que justifique este tipo de trato.

He acumulado tantas situaciones parecidas a lo largo de los años que sería repetitivo y cansino enumerarlas. Valga solo otro episodio para abordar el próximo supuesto.

Como el radiólogo que un día le dijo a la persona que me acompañaba: “Quítele la ropita y póngale la bata.” Y ahí entramos en el otro asunto, el tema jarrones, cuando por ejemplo en un grupo, alguien le dice a una tercera persona: “Ponla ahí, siéntala aquí, súbela al escalón.” Vamos, como quien moviliza un jarrón de un sitio a otro con las indicaciones de un decorador. Como si además, yo no pudiera moverme sola, aunque sea con indicaciones verbales por si hay que ocupar un lugar determinado.

De verdad. Necesito saber si es que algunas personas piensan que somos niños pequeños, que si nos hablan así muestran algún tipo superior de respeto, que deben brindarnos su protección y cariño porque somos seres desvalidos… No sé, no doy con la respuesta porque lo único que consigo cuando trato de razonar con ellas es una disculpa apresurada, incluso, a veces, ofendida.

Por favor: trátennos como tratarían a los demás. Si es con diminutivos, que sea porque los usan con todo el mundo. Si es con deferencia, porque es así como tratan a los demás. Con indiferencia si procede. De malos modos si me lo merezco. Es fácil. No me distinga.

Estrés viajero

Voy a contaros uno de los episodios más estresantes que me han ocurrido y aprovecharé para romper una lanza a favor de ciertos trabajadores a menudo vilipendiados.

Esto sucedió el pasado 8 de septiembre.
He de agradecer a mi hijo, que finalmente decidió acompañarme hasta Barcelona, porque por mucho que yo me hubiera esmerado, desde luego no lo habría conseguido. Eran las siete de la mañana, y comenzaba mi viaje a Madrid. No hacía ni frío ni calor mientras ambos esperábamos el tren en la estación de Sitges. El corazón me dio un vuelco cuando por megafonía comenzaron a anunciar una avería que provocaba un retraso considerable en la R2. Íbamos con el tiempo un poco justo, pero llegaríamos con treinta minutos de margen, suficiente para gestionar la asistencia antes de las 8.25, hora de partida del AVE Sants-Puerta de Atocha. Para mi alivio, la incidencia se estaba dando en dirección contraria a la que debíamos tomar, y nuestro tren llegó puntual a las siete y cuarto.

Los problemas empezaron en Castelldefels. El tren se detuvo, cinco, diez, quince minutos. Ninguna información, ninguna aclaración. Llegó otro tren en la misma dirección por la vía vecina y el pasaje, incluidos nosotros, con la exasperación de la desinformación y los nervios, se apresuró a cambiar de convoy. Por suerte, mi hijo estuvo ágil y decidido y cuando escuchó los pitos que anunciaban que el primero iba a partir, tiró de mí hacia fuera y corrimos al abordaje con los segundos pegados al culo, justo para impedir que se cerraran las puertas antes de que se pusiera en movimiento. Yo estaba convencida de que no llegaría a tiempo y que no iba a ser fácil encontrar otra plaza, como no fuera en preferente. Incluso me llamó el muchacho de la asistencia, preocupado porque no había aparecido. Le expliqué el problema y me indicó que fuera directamente al acceso hacia el AVE, que él daría aviso para que desde allí le notificaran mi llegada y pasar a recogerme.

Llegamos a Sants a las 8.10. Quince minutos de infarto. El de seguridad no sabía nada y no quería dejarnos pasar. Yo me planté, le dije que no creyera que iba a perder el tren porque los de la asistencia no estuvieran para acompañarme. Él, que no le habían dicho nada y que sin ellos no podía dejarme pasar. Yo, que tenía tanto derecho como cualquier pasajero a llegar a mi tren como fuera y que si no dejaba entrar a mi hijo, pasaba yo sola o con cualquier viajero que seguro que a nadie le molestaría echarme una mano. Y los minutos transcurriendo. Al final, viendo que yo no cedía, se desentendió y nos dejó avanzar. En el control, la imagen del QR para validar el billete desde el móvil no descargaba. El tren a punto de salir. Creo que en la vida he vivido tal grado de estrés. Era como una película, al límite del tiempo, caminando por la cuenta atrás. El revisor que si pasaba con mi hijo no tendría asistencia en Atocha. Bueno, bueno, un dejadme en paz que ya me apaño y no me toquéis más las narices.

Corriendo por el andén a todo lo que dábamos en busca del coche 3, pero al final me subí en el primero que me vino a mano porque me quedaba en tierra si no lo hacía. Fue subir, sonar los pitos y cerrarse la puerta.

Era el coche 5, me enteré al poco. Pero ya todo me daba igual, ya estaba dentro. Así que con calma saqué el bastón y comencé a caminar en dirección a la cabecera del tren. Una señora muy amable me acompañó hasta mi sitio y una vez instalada, ya se podía caer el mundo que yo ya estaba en camino.

Durante el viaje reflexioné bastante sobre este tema. ¿Cuántas personas habrá que se hayan quedado en tierra por una mala gestión de la asistencia, por un retraso que hubiera podido salvarse en caso de acceder solas a los andenes, como se había hecho toda la vida hace unos años? Preguntando aquí, aceptando el acompañamiento de viajeros desinteresados y amables allá. Desde luego, cuando todo funciona, la ayuda de los trabajadores de Atendo es incuestionablemente cómoda. Pero ¿Y cuándo las cosas no van bien por los motivos que sea? ¿Por qué tenemos que conformarnos con perder trenes o aviones?

Y aquí es donde quiero romper una lanza a favor de las asistencias. Hablaré de Atendo porque traté el tema con la chica que me acompañó en Atocha, pero sé que en aeropuertos ocurre lo mismo. Ella me explicó las condiciones en las que trabajan: todo el turno corriendo, trenes que no entran por donde les han dicho y han de recorrer estaciones enteras para llegar a buscar a las personas, poco personal, PMR con un elevado grado de mala educación que insultan al mínimo retraso, quejas si tardan un poco en entrar a vagones a recogerlos o si asisten a más de una persona a la vez. Desde luego, y como en todo, habrá quienes sean bordes por naturaleza, me refiero a los trabajadores, pero por lo general cumplen como pueden con sus cometidos, y no dan abasto. Tendríais que haber escuchado a la muchacha para comprender el alcance de su malestar laboral y personal porque, pese a las malas condiciones de lo primero, lo que más le afectaba eran las pésimas reacciones de muchos usuarios.

Así que os conmino si es vuestro caso, a ser un poco más benevolentes y comprensivos si procede y, creedme, las más de las veces, procederá.

Visita al Oceanográfico

Hoy vengo por fin con el artículo sobre la visita al Oceanográfico de Valencia, experiencia de la que ya os compartí una anécdota vivida con las taquillas. Con mucho retraso, lo sé. Desde luego, eso solo fue una frívola mención a lo que supuso mi paso por allí. Ante todo, quiero deciros que albergo sentimientos contradictorios con respecto al lugar, sentimientos de los que no fui muy consciente mientras duró la visita, me imagino que por la ilusión y la emoción de todo lo que implicaba estar en un sitio así y en calidad no de visitante sino de entrenador por un día. Que bueno, entrenar no se entrena nada, solo se vive un poco más de cerca lo que los cuidadores hacen día a día.

Debo resaltar la amabilidad de todas las personas que estuvieron con nosotros acompañándonos a través de las diferentes secciones y actividades, a lo largo de la jornada y durante la comida, gente joven, entregada, la mayoría chicas. Asumieron con naturalidad el hecho de que tanto mi compañero como yo fuéramos ciegos, sin aspavientos, sin sobreprotecciones ni rigideces. Respondieron con más o menos acierto a todas las preguntas e inquietudes, sobre el espacio y sobre los animales, si bien, de esto último, más adelante tuve que hacer la reflexión acerca de si eran respuestas sinceras y reales o solo las que deben dar para que todo parezca en orden y correcto. Me explico. Creo que es evidente que los animales reciben los cuidados que necesitan, están bien alimentados, en apariencia, los espacios están limpios, bien higienizados, no hay ni un mal olor. Pero ¿significa esto que viven felices, que no sufren, que no utilizan con ellos métodos de aprendizaje y entrenamiento perjudiciales para su salud emocional y física? Si partimos de la premisa que ningún ser vivo debería estar en cautividad, está claro que todas las respuestas son negativas. Pero ¿es mala la cautividad en estos casos? Hay vídeos donde se puede ver cómo los capturan, y solo os diré que nunca me he atrevido a visualizar ninguno.

Visto desde ese enfoque, me provoca angustia cada vez que pienso en delfines, belugas, leones marinos, morsas y focas, que son los que tuve, eso sí, el privilegio de poder tocar, acariciar y alimentar. ¿Veis lo contradictorio que resulta? Pude tener el privilegio justo porque están en cautividad, me siento afortunada de haberlo podido tener, así que reconozco que las emociones son caóticas. Sin embargo, admito que el contacto con ellos fue maravilloso, puse en mis manos todo el cariño y el respeto que me transmiten y se merecen.

Conocí a Yulca, una beluga. Vi todo su cuerpo, desde el interior de su boca y sus curiosos dientes romos y separados, su lengua, hasta la aleta caudal. Escuché cómo iba cambiando de registros sonoros a cada orden de su cuidador, realmente una variedad pasmosa. La verdad es que me causaba ternura verla ahí asomada al borde de la piscina, tan grande y tan vulnerable a la vez, daban ganas de estamparle un beso en el melón (cabeza). Pero también supe de Cairo, antes y después de la visita, el macho, de su estado físico tan precario, su inmovilidad flotando en el agua. Y de Kilu, su cría tan enferma, aunque creo que al final ha sobrevivido.

Al borde de la piscina tocando a Yulka.

Conocí a Nico, una cría de tres años de delfín, tímido y reservado al principio, juguetón después. pasé mucho rato de cuclillas junto al borde de la piscina, acariciándolo, ese tacto magnífico que no sé definir muy bien, como de silicona viva, terso, suave. Ese hocico gracioso, esos dientes afilados, esos ojos que apenas son una rendija, el espiráculo que procuré no tocar más que en un único y solo roce porque sé que les molesta mucho. Las aletas, los genitales que apenas son un dibujo en la piel, un relieve inverso. Le di de comer, jugamos a salpicarnos, cantó cuando le presenté las palmas de las manos en un gesto reconocible para él. Después conocí a Nica, su madre.

Frente a frente con el delfín.

Dándole un pescado al delfín.

Conocí a un macho de foca, bastante veterano, por cierto, y un poco gruñón. Como no le gustaba que le tocara, apenas le acaricié la cabeza, me limité a darle de comer.

Conocí a Petrus, una morsa. Es impactante escuchar cómo mil kilos de ejemplar se mueven, ese ruido de arrastrarse a pocos pasos de ti, resoplando como un ventilador. Tocar las vibrisas, los bigotes que tienen en la parte frontal de la cara, que a mí me recordaron a un cepillo del pelo, es por esa zona por donde resoplan y casi pueden levantarte la camiseta. Sabía que unos días antes, una de esas morsas dejó sin antebrazo a alguien, pero intenté no `pensar en eso porque sé que en todo, y a veces, ocurren accidentes. Impresiona oírlas gruñir, chasquear, silbar, otro abanico de sonidos emitidos por sus cuerdas vocales muy tensas.

Tocando a la inmensa morsa.

Estuvimos un buen rato presenciando la actividad de los leones marinos. Había tres hembras, cada una de ellas con una cría. Dormían al borde del agua. Cuando despertaron, se lanzaron a remojarse, y tendríais que ver la bronca que organizaron dos hembras por una cría que seguía durmiendo, parecían dos madres enfadadísimas a la puerta de una guardería. Fue muy curioso observar cómo una de las hembras enseñaba a gruñir a su pequeño, tipo mufasa con Simba. Toda una muestra pedagógica. Pudimos palpar todo el cuerpo de una de ellas, observar la diferencia entre los leones marinos y las focas, animales que muchas personas confunden. Incluso posó para la foto de familia, la muy orgullosa.

Posando con la orgullosa leona marina Ámbar.

No disfruté tanto de las exhibiciones, ni la de los leones marinos ni la de los delfines, aunque de estos me gustó mucho escuchar a través de un hidrófono, los múltiples sonidos que emiten bajo el agua para comunicarse, es increíble.

En definitiva. Una grata y paradójica experiencia. Unas seis horas de convivencia que me reportaron la ilusión de un sueño realizado y la inquietud que te obliga a reflexionar y a hacerte preguntas… incómodas.

Fe de vida

Llegadas estas fechas, todo el mundo hace balance de lo que ha sido el año que va a terminar. No es exactamente mi intención. Hace mucho que no escribo para compartir algo con vosotros. Sé que os debo algunos artículos, como mi paso por el Oceanográfico de Valencia, fuera de lo anecdótico, y no los descarto, desde luego. ¿Os ha pasado alguna vez que de pronto, sea por lo que sea, aquello que habéis venido haciendo durante un largo período con gusto y dedicación deja de motivaros? Quizá motivar no es la palabra adecuada, pero sirva para el caso.

La situación que hemos vivido y estamos viviendo creo que de un modo u otro nos afecta a todos, y esto me ha pasado. Dejé de frecuentar Twitter, dejé de revisar por encima las notificaciones de Facebook. Dejó de apetecerme tanta discordia, tanta discusión, tantas enemistades repentinas, tanta tensión. Por supuesto, no voy a entrar aquí en ningún tipo de polémica, solo estoy hablando de sentimientos, de los míos, de sentimientos y de sensaciones. Más de una vez me he sentado ante el teclado con el propósito de escribir, y es como que la ilusión se desvanece. ¿Para qué? Y lo dejo.

La mayoría de personas a las que conozco me dicen que cuando peor se sienten es cuando más escriben. A mí la teoría no me funciona. Quizá es porque, afortunadamente, no estoy tan mal, ni siquiera estoy mal, solo desplazada de mis habituales intereses.

Ahora mismo me estoy preguntando qué narices estoy diciendo. A quién le importará cómo demonios esté o me sienta yo. Pero bueno, ahí queda.

¿El año 2017? Ah, sí. Estupendos nuevos amigos, otros que se apartan de un recorrido común. Sequía creativa, aunque mi cuarta novela está ahí, atascada, esperando que me ponga con ella de una vez. Pocos sobresaltos, pero intensos. Mucha rutina, tranquilizadora, pero fastidiosa. El año ha sido como la crítica de mi libro que vi ayer en YouTube. Ahora resulta que Yo te cuidaré tiene un montón de errores ortográficos, según la booktuber que lo reseña, una falta de respeto de la editorial hacia la autora, o sea ,hacia mí. Un texto revisado hasta la saciedad. Pues así es mi año. Lo entrego en aparente buen estado, pero alguien habrá que diga que tiene muchos errores.

Por cierto, al hilo de lo que acabo de explicaros. Los que lo habéis leído, ¿Podríais hacerme un feed back de si realmente hay tantos errores ortográficos? Estoy por leérmelo en braille y con lupa en los dedos.

Bueno. Y después de divagar un rato, dejad que os desee un buen 2018, que cada cual se adapte los propósitos según le convenga, según haya sido este, según ansíe que sea el venidero. Y gracias por seguir ahí.

El arte de no ver… o de no saber

Vacaciones. Qué maravillosa etapa, sobre todo, cuando el trabajo se vuelve duro y difícil de sacar adelante por diversos motivos que no voy a perder tiempo en relatar. Seguramente, conmpartiré experiencias de estos días por Madrid y Valencia, pero será poco a poco, según me vaya apeteciendo.

Lo que voy a contaros me ocurrió el otro día en el Oceanográfico de Valencia, en los minutos previos al inicio de una fantástica actividad de entrenadora por un día. Se trataba de pasar una jornada con el equipo de entrenadores de las instalaciones, en estrecho contacto con los animales de los que se ocupan y a los que cuidan. Bien, para ello había que vestirse con el uniforme adecuado y calzarse zapatillas de seguridad. Hasta aquí, muy razonable. El caso es que nuestro relaciones públicas, un chico encantador que estuvo conmigo y con mi compañero todo el día, me acompañó al vestuario de mujeres, buscó mi taquilla, la número 6, me entregó la llave y marchó para esperarme fuera.

Y aquí comienza mi odisea. Abro la taquilla y miro dentro. Estupendo. Encuentro una chaquetilla tipo cazadora, de un material como Gore-Tex, forrada por dentro. Normal, pienso. Hay que entrar a la zona del Ártico y allí hace más bien frío. Me la coloco, y encima, las mangas me llegan a las manos, cosa rara de conseguir en la ropa.

Sigo buscando. Hum. Eso ya es un poco más extraño. Encuentro una especie de top de manga corta, abierto con escote, y dos botoncillos entre los pechos. Qué raro, pienso. Pero claro. ¿Yo qué sé cómo es el uniforme de las chicas? Venga. Me quito la chaquetilla, me quito mi camiseta y me pongo el top. Los botones se abren porque los ojales están dados de sí, y todo el rato se desabrochan. Pues menuda faena. Voy a ir enseñando mi sujetador todo el día. En fin. Cerraré la cremallera de la chaquetilla y listos. Pero la cremallera no tiene carro, no se puede subir.

Vamos, Marta. Que te esperan. Un calor, señores… Sigo buscando. Encuentro un par de calcetines doblados en plan bolita, bien puestecitos. Calcetines. Vale, pienso. Será una cuestión de higiene. Calcetines limpios para evitar cualquier perjuicio a los animales. Tiene su lógica, ¿no? No me digáis que no. Me quito mis zapatillas, mis calcetines, y me coloco los otros, que también me van bien.

Sigamos. Encuentro unos guantes, y como de momento no les veo la utilidad, los guardo en el bolsillo de la chaqueta. Y sigo buscando. No encuentro pantalones. Raro. Ni zapatillas de seguridad. Raro. Sí detecto unos cuantos paquetillos como de Oreo, de esos con dos galletas redondas. Bueno, cómo nos cuidan, ¿eh? Y unos libritos… que deben de ser sobre las instalaciones… a saber.

Entonces doy con otra camiseta, de tirantes, colgada en una percha. Ostras, pienso. Esto es mejor que el top, quizás nos dan dos opciones. Al menos no se me desabrochará. Me quito la chaqueta, me quedo en top y en sujetador, todo hay que decirlo, porque no hay modo de abrocharlo. Cojo la camiseta… mmm… aquí sí que ya hay algo que no me cuadra. No huele mal, pero huele. A usada. Señores, por aquí ya no paso, ¿eh?

Ahí es cuando empiezo a llamar a nuestro acompañante. Que no me oye. Claro, imaginaos: él y mi compañero ahí fuera, “y cómo tarda”, Y con el cachondeo, “es mujer, qué quieres”. Al final me oyen… vamos. Se habían equivocado de taquilla.

Después de unos largos minutos de incertidumbre y un calor de órdago, llego a mi taquilla de verdad y en menos y nada me pongo la camiseta de entrenadora por un día, los pantalones cortos con múltiples bolsillos y las zapatillas de seguridad. Disculpas a la chica que encontraría sus cosas… un poquillo revueltas.

Asomando

Sí, sigo aquí, pese a unas semanas sin escribir nuevas entradas. A veces sentimos la necesidad de parar un poco, de frenar, de descansar de lo que acostumbra a ser nuestra rutina. El otro día una abuelita me preguntó si yo había tenido desprendimiento de rutina. Me hizo muchísima gracia, pero pensé para mis entretelas: pues sí, señora, debe de ser eso, que me he desprendido de mis actividades rutinarias. Entre el calor, el insomnio y el cansancio, poco se le puede pedir al cuerpo.

Y no es que me esté quieta, bueno, quieta bastante, que con este calorazo con el que nos ha obsequiado junio no hay quien se mueva más que lo justo y necesario. Estoy mentalmente activa, luchando con mi nueva novela que camina poco a poco, porque es peleona y no me deja avanzar a la velocidad que me gustaría, que debe de ser la que gustaría a cualquier escritor: pronto, rápido y bien. Que por cierto, os recuerdo que me encantaría que me ayudarais con lo de las

Portadas de libros.

Tengo además varios proyectos en mente, personales y compartidos, de los que todavía no voy a daros información. Pero os cuento que mi novela Yo te cuidaré ha pasado a concurso dentro de Caligrama para ser republicada en un sello editorial tradicional. En septiembre sabré algo y, mientras, el gusanillo de la expectativa alimentará la ilusión durante todo el verano. Algo de televisión habrá también para entonces. Y un proyecto de novela infantil ilustrada.

Bueno, que aunque esté un poco desconectada de vosotros, ahí sigo, y no os olvido.

Infancia

Hoy rescato para vosotros un episodio de mi vida que me viene a la mente cada vez que escucho alguna noticia estremecedora acerca de malos tratos o abusos a menores, y no me refiero solo a los sexuales. Tampoco hablo de acoso escolar, de lo que también tuve, y que reflejé en mi última novela. Os cuento.

Yo tenía cuatro años. Asistía al parvulario que pertenecía al colegio Puig Coca de Esplugas de Llobregat. Curiosamente, no recuerdo el incidente en sí sino sus consecuencias. La maestra, una vieja loca, según calificativos de los adultos que muchos años más tarde perfilaban la imagen para mí, me abofeteó la cara y me partió las gafas (las usaba desde que tenía un año o poco más). Tuvo que pegarme fuerte porque eran gafas gruesas de pasta, y además me dejó la cara marcada. Y todo porque hablaba. ¿Os podéis imaginar? En un parvulario, una criatura de cuatro años hablaba.

Creo que no hubo consecuencias para la maestra, nadie la disciplinó, nadie la echó, no se estilaba lo de las denuncias. Lo único que se pudo hacer para apaciguar la ira de mis padres fue sacarme del parvulario. ¿Y qué pasó?

Los directores del colegio (supongo que solo uno de ellos lo era, pero como estaban casados, no se sabía muy bien dónde terminaba el matrimonio y dónde empezaba el cargo) eran amigos de mis abuelos paternos, cuando menos, vecinos con una cierta relación amistosa. Ignoro las gestiones que se llevaran a cabo, o mejor las no gestiones; sería solo cuestión de hablar y concretar entre ellos, todo de palabra.

Total, que con cuatro cándidos años, algo cumpliditos ya, me trasplantaron a la clase de primero de EGB de la que la directora era maestra y tutora.

Ahora, haced un ejercicio de imaginación:

Pensad en lo que era hace cuarenta y tantos años una niña de cuatro. Pensad en la diferencia entre ella y niños de seis, siete años.

Recuerdo el aula, enorme, con hileras de pupitres inclinados de a dos alumnos por banco. Recuerdo el crucifijo tras la mesa de la maestra. Recuerdo los grandes ventanales. Recuerdo mi cartera azul, de las que se colgaban a la espalda. Por Dios, recuerdo un libro de texto que debía de ser de sociales con un dibujo a toda página de la bandera española. Me recuerdo leyéndolo. ¿Quién me enseñó a leer con cuatro años? No lo sé. Es lo más parecido a un conocimiento por ciencia infusa que existe en mi vida.

Pero lo que más recuerdo, y que solo muchos años después me atreví a interpretar, es que un día me hice caca en mi banco. Que la maestra pasaba por el pasillo olisqueando, preguntando con voz dura, aterradora, “¿quién ha sido?” Recuerdo haber pedido permiso para ir al baño y tratar de limpiarme como buenamente pudiera. Supongo que en mi casa se vivió como un percance que le puede pasar a cualquiera. Pero pensándolo bien, me da a mí que era de puro pavor de verme en un lugar tan alejado de lo que me correspondía.

Recuerdo también haber salido del patio por debajo de una reja e ir a la calle. Recuerdo la foto de fin de curso donde todo parecía haber estado bien. Recuerdo haber hecho primero de EGB dos veces, la no oficial y la oficial, en otro colegio ya, el Isidro Martí.

Y no pasaba nada. La sociedad no estaba preparada para afrontar este tipo de situaciones. Los padres no tenían herramientas para proteger a sus hijos. Ni siquiera se consideraban relevantes ni perjudiciales más allá del revuelo inicial. Pero ¿y yo? ¿Y tantos niños seguramente? Bueno, pues aquí queda, para la reflexión.

Discriminación positiva

La mencioné en mi entrada anterior. Y aquí voy con ello.

¿Es buena o mala la discriminación positiva? Se trata de un concepto que quizás algunos no conozcáis. La negativa la vivimos a diario, salta constantemente a nuestras vidas, a los medios de comunicación, se respira en todos los ámbitos y, en general, se comprende bien lo que significa. La Discriminación, así, en mayúsculas, la que se llama racismo, o intolerancia, o discriminación de género, etc., la que tiene tantas facetas como tal vez personas.

Pero la discriminación positiva es casi invisible. Sin embargo, muchas personas con discapacidad, o diversidad funcional, llámese como cada cual prefiera, la vivimos no a diario, pero sí a menudo. Y vuelvo a preguntar, ¿es buena, mala? ¿Es perjudicial o beneficiosa?

Me atrevería a decir que depende de cada individuo, de cómo la sienta y la procese, pero también de cada situación, del entorno, del momento, de la edad.

Generalmente, resulta cómoda, y ahí radica su peor peligro. La comodidad nos apalanca en una zona de confort de la que a veces cuesta salir, o de la que quizás ni siquiera nos planteamos salir.

Pondré varios ejemplos. Yo comencé a vivirla en el instituto, cuando no sabía ni siquiera lo que significaba. Más bien creo que no se había acuñado dicho concepto. Pero mi inconsciencia adolescente, infantil, a lo mejor, me hacía pasar por ella con la alegría y despreocupación de quien no mide las consecuencias.

Hice la secundaria integrada en un instituto, es decir, iba a clase con compañeros videntes. Primera discriminación positiva: exenta de Educación Física. Bueno, ¿y por qué, si estaba perfectamente sana? Con un poco de esfuerzo por parte del profesor y por mi parte, podría haberme integrado en esa clase. Pues no. Era más cómodo quedarse sentada en el aula haciendo otras cosas, o irme a casa si el horario lo permitía. ¿A quién beneficiaba eso? A mi comodidad. Nada más. Me alejaba de mis compañeros, y lo peor era que ellos seguramente asumían que por ser ciega no podía hacer gimnasia como todos. Lo positivo se convertía en negativo.

Tenía un profesor que no me examinaba de Geografía. Me aprobaba sin examinarme. Denigrante. Pero en ese momento, cómodo. Desde luego al profesor se le tendría que caer la cara de vergüenza por hacer algo así, y a mí también, por admitirlo. Ahora me rebelaría con toda mi artillería. ¿A quién beneficiaba aquello? A la pachorra del tipo aquel, poco más.

La discriminación positiva a veces se confunde con un gesto educado, o un respeto un poco pillado por los pelos: hacer levantar a alguien en el autobús o el metro o cualquier otro transporte para dejar sentar a la persona ciega por ejemplo. Ahora hay plazas reservadas, pero hace años no era así. Ahí sí me rebelaba. Me resultaba humillante que hicieran levantar a una persona mayor que yo, cuando podía agarrarme a la barra perfectamente, como cualquiera. Algunos conductores de autobús no me cobraban el billete. ¿Por qué? ¿No ocupaba yo un asiento con mi trasero tan normalmente como el de cualquier hijo de vecino? ¿Y el seguro? ¿O antes un billete no integraba un seguro? Distinto es si vas con tu bebé en una mochila, o un niño pequeño de la mano, o si vas con perro guía, que siempre es mejor que pueda esconderse bajo los asientos, por el bien de sus patas o rabo.

Pasar delante de una cola, que te permitan repetir en una atracción sin bajarte por evitarte volver a subir, que no te hagan pagar en según qué lugares, que no te cacheen en el aeropuerto cuando cachean a todo el mundo. O lo que me ha pasado justo esta mañana: que una guardia de seguridad no me haga pasar por el detector en una oficina de la Seguridad Social, cuando al resto de usuarios le está haciendo dejar en la bandeja hasta las llaves. Le hubiese hecho la reflexión al irme, pero la chica tenía mucho trabajo. ¿Por qué yo puedo saltarme el control? No, no es una deferencia, es una discriminación… positiva.

Considero que no aporta ningún beneficio. Solo nos distingue de los demás cuando no es necesario. Otra cosa es que tengamos descuentos en según qué servicios, que bien cierto es que muchas veces no nos queda más remedio que invertir un dinero adicional, y no poco, que otras personas por el hecho de no tener ninguna discapacidad no desembolsan. Pero eso no es discriminativo, es una cuestión de equidad.

¿Hay que fomentarla? ¿Hay que erradicarla? Imagino que hay un término medio que pasa por la pedagogía y la concienciación de la sociedad. No es preciso luchar con malos modos contra lo que los demás otorgan como una deferencia, como un gesto solícito o cortés. No hay que rechazarlo con soberbia o prepotencia, con la dignidad herida, a no ser que se detecte una actitud de menosprecio. Pero hay que seguir sensibilizando a los demás para que no nos hagan una distinción que lo único que hace es marcar esas diferencias que llevamos mucho tiempo intentando minimizar.

Estaría bien si dejaseis constancia de vuestra opinión, o que explicaseis situaciones en las que habéis vivido esta discriminación positiva. Por favor, si lo hacéis, os agradecería que fuese en el mismo blog, muchos usuarios no leen Twitter o Facebook. Gracias.

El fenómeno fans… y lo que un padre es capaz de hacer (II)

Esta es la parte más personal, la que se adentra en el recuerdo añorado y tierno de mi padre. En la ternura que me produce lo que era capaz de hacer por mí.

Corría el mes de agosto de 1979. Debía de ser un verano como todos, en esencia, caluroso, desprovisto de obligaciones, mi segundo verano como niña ciega que vivía a tope todo lo que se le ponía por delante. También mi locura por Camilo Sesto. Si no me sabía de memoria al menos una tercera parte de su discografía, poco faltaba. Montones de canciones cuyas letras a veces ni siquiera terminaba de comprender. Pues en este contexto, supongo que a través del club de fans, me enteré de que mi ídolo actuaba en el palacio de deportes de Olot, una ciudad de la provincia de Girona.

No recuerdo los prolegómenos de la historia, aunque los imagino. Pedir, suplicar, no mucho, seguro, convencer a mis padres para que me llevaran. Y lo conseguí. Y además, también conseguí, o conseguimos, que mi amiga Pepi se viniera con nosotros. Emoción, nervios, esa ebullición adolescente que nos hacía vibrar, esa anticipación llena de una ilusión alocada.

Y allá nos fuimos, creo que era un sábado. Puesto que el recital era por la tarde, salimos de mañana. Me acuerdo que vestía un peto azul de algodón de pantalón largo, y una camiseta blanca con un dibujo en negro con letras. Y mis flamantes Kelme negras y amarillas. Paramos a comer a un lado de la carretera, bajo unos árboles. He olvidado el menú, pero no me extrañaría nada que fuera tortilla de patatas.

Y aquí comienza lo bueno. Llegamos muy temprano al palacio de deportes. Entramos por una puerta no sé si lateral o trasera, al menos sé que no era la principal. Mi madre y nosotras dos nos sentamos en un banco de madera, el típico banco de los vestuarios de los gimnasios. Y mi padre… sin habernos comunicado previamente sus intenciones, se fue en busca de los trabajadores del palacio y de los del equipo de Camilo Sesto, que ya andaban por allí montándolo todo, y ni corto ni perezoso les dijo que era primo del cantante, que había ido con su hija y una amiguita que tenían mucha ilusión por conocerlo. Madre mía. Algún día hablaré de la discriminación positiva, recordádmelo. Mi único miedo era que le soltase aquella trola al mismísimo mánager de Camilo, un tal Manolo Sánchez, o a otro tal Felipe Argüelles, que ahora no sé qué representaba, no sé si era el director de la discográfica. Aquellos minutos de espera fueron una mezcla de incredulidad por nuestra parte, temor de que se levantara la liebre y una ilusión efervescente al comprender que íbamos a ver cumplido nuestro sueño. Mi madre trinaba, mi padre se paseaba arriba y abajo mirando esto y lo otro como el buen oficial de mantenimiento que fue, como si quisiera asegurarse de que todo estaba correcto y en perfecto estado. Y todo el mundo lo dejaba hacer y creía en él.

Y llegó Camilo, en su Mercedes, con su mánager. Mi padre salió a la calle a esperarlo, le abrió la puerta del coche, le echó el brazo a los hombros y le contó la verdad. El cantante reaccionó estupendamente, ni se enfadó ni se molestó. Se metió en el palacio, nos saludó y permitió que entráramos a ver el ensayo. Es curioso que este primer encuentro casi lo tengo olvidado, no guardo muchas sensaciones al respecto. Sí sé que luego nos acercamos al escenario, ribeteado de claveles que Camilo nos obsequió, supongo que también a Pepi, clavel que albergaba un par de besos, uno de él y uno mío, y que guardé muchísimos años junto a su autógrafo. El otro día, rebuscando, constaté que he perdido la agenda donde atesoraba su dedicatoria y el clavel, que pensaba que se habría desintegrado, pero es que el sitio donde yo lo buscaba no era el sitio donde lo guardé todo este tiempo.

Y pasó el concierto. Cantando con el alma en los labios, gritando, aplaudiendo, felicidad en su máxima expresión.

Esta parte yo la recuerdo de una forma y mi amiga de otra. Yo diría que fue antes del concierto cuando ocurrió lo que ahora os cuento, y que luego ella ya no pudo disfrutar tanto como lo hice yo. Ella está segura de que fue al concluir, así que lo contaré según su versión. Sea antes o después, no sé quién, de nuevo mi padre, supongo, pidió a algún mandamás que nos dejara entrar al camerino para estar un poco más con Camilo y para despedirnos, me imagino. Y aquí la crueldad. Por lo visto alguien consideró que el cantante estaba muy cansado, y a saber en atención a qué extraña lógica, solo permitió que entrara una de nosotras. Y fui yo. Ya me diréis qué importaba que entrásemos las dos, como si Camilo tuviera que cogernos en brazos o algo así. Era un camerino muy pequeño, pero ni por esas. Camilo me tomó ambas manos. Recuerdo el tacto de su camisa, de seda, supongo. Tenía una voz preciosa, cálida, y las manos suaves. No sé nada más. Sus palabras se han borrado de mi memoria, solo conservo las sensaciones, esa emoción, ese cosquilleo por dentro.

Tampoco recuerdo nada de la vuelta. Y entonces no fui consciente de lo mal que se había quedado mi pobre Pepi, que creo que se hinchó de llorar. El egoísmo de la niñez, no me digáis. No me di ni cuenta creo de su decepción y su tristeza puesto que yo había recibido mi maravilloso regalo. Cuando lo pienso ahora, cuando lo hablamos, me sabe tan mal que si pudiera retroceder en el tiempo tal como soy, me atrevo a decir que la dejaría entrar a ella para resarcirla de ese desencanto tan grande. Pobre mía.

Y esta es la historia de dos adolescentes, pero también la de un padre que por su hija iría al fin del firmamento y volvería con un saco lleno de estrellas.

El fenómeno fans… y lo que un padre es capaz de hacer (I)

Estaba buscando información sobre el fenómeno fans en España para esta entrada, pero decidí que no valía la pena, que eso lo puede buscar cualquiera. Así que os lo contaré desde lo que me interesa, mis propias vivencias.

Al igual que la Literatura, podría asegurar que conocí la música comercial a raíz de mis estancias en el hospital. Mi abuelo me regaló un casete, un Sony muy compacto y resistente con el que se podía grabar y reproducir, una maravilla, un milagro, un tesoro. Y detrás del aparato llegaron las cintas con las que me obsequiaban quienes iban a visitarme. No solo eran de canciones infantiles, que yo ya tenía once años y un poco se me había pasado la época. Recuerdo sobre todo las típicas de recopilaciones de éxitos, que si no estoy equivocada, también las regalaban en la Caja de Pensiones para la vejez y de Ahorros (sí, sí, Caixabank). La primera fue Éxitos 1977, con canciones como

Enséñame a cantar, de Mikique España llevó a Eurovisión. o

Marinero, de Nubes Grises.

O la banda sonora de La guerra de las galaxias. Y no puedo dejar de mencionar

Qué será de ti, de Camilo Sesto.

Mi primer contacto con este cantante.

Y así empezó mi andadura.

A partir de ahí me agregué, primero por imitación, y luego por deseo propio, al fenómeno que se extendió como el fuego entre finales de los 70 y los 80. Era como una enajenación, un virus que alguien o algo nos había inoculado a las chavalinas de la época. Y como había que tener un ídolo, palabra que tuve que aprender porque no tenía ni idea de qué significaba, yo me apunté a Camilo Sesto. No porque sí. Una amiga ya era fan de él y me lo dio a conocer, y de ahí a hacer que mis padres poco a poco me fueran comprando sus cintas al principio, y sus discos después, hubo un corto trecho. El viaje a Sitges a la tienda de música donde un atentísimo Lluís me atendía como si yo fuera una reina era habitual, como la peregrinación a un santuario.

Esas cintas a doscientas, trescientas, quinientas pesetas. Ese romper el precinto, ese olor a plástico. Ese encajarlas en el casete y esperar como en trance a que sonara la primera canción mientras rezaba para que no se engancharan. Esos vinilos algo más tarde. Recuerdo que me tocó un LP en un sorteo, y tuve que ir a casa de unos amigos a que me lo grabaran en una cinta porque no tenía modo de escucharlo.

Yo quería ser como todas las chicas. Me acuerdo cuando nos vimimos a vivir al pueblo, justo a mis once años, pero sin abandonar el alquiler del piso de Esplugas donde habíamos vivido hasta entonces. Todavía lo utilizábamos mi padre y yo algunos días a la semana durante el primer año en que asistí al colegio de la ONCE para ahorrarme el subir a casa y tener que madrugar tanto al día siguiente. Empapelé el comedor con posters del Súper Pop que no recuerdo de dónde sacaba, porque comprármela, solo me la compraban cuando publicaban algún reportaje sobre mi ídolo. En la casa nueva mi madre no me dejaba hacer eso, ni loca, vamos, así que allí, dueña de aquel espacio semivacío, con la complicidad de mi padre, me ponía las botas. Os preguntaréis, bueno y qué, qué sentido tenía poseer tantos posters si no podía verlos. Pues no lo sé. Los adoraba, era un elemento que formaba parte del ritual, y me sabía de memoria cuál y de quién era cada uno. Lo mismo que recortar fotografías para coleccionar.
Mi pequeño diario con solapa y llavecita que imita la piel de cocodrilo

Fotos de Camilo Sesto enganchadas en las hojas del diario

Luego estaba el programa Aplauso en televisión, o el tema radio. Escuchar el Gran Musical o el programa de Mateo Fortuny, donde todas recibíamos el apelativo de Paparras, Paparritas (garrapatas en castellano…) en Radio Juventud. Mi padre, que era un santo, me llevó una noche a este último. Así pude conocer al famoso locutor, a su ayudante, un jovencísimo Alfonso Arús, y de paso me llevé de propina unas zapatillas Kelme, marca que patrocinaba algún espacio del programa.

También el sufrido papi me llevó a uno de los festivales organizados no sé si por el Gran Musical o por Ranking Internacional (a saber si es lo mismo, pero no quiero buscar información, quiero ponerlo tal como lo recuerdo, o como no lo recuerdo), presentado por Raúl Marchant. Allí tuve ocasión de conocer a algunos artistas de los que nosotras considerábamos un poco de segunda fila, como Lorenzo Santamaría, Torrebruno, Rocky Sharpe & The Replays… de los que tengo autógrafos, pero no los reproduzco porque no se entiende nada, sí, para Marta con cariño, pero a saber de quiénes son.

Madre mía, aquella locura general, aquellos alaridos que nos salían del alma. Aquellas carreras casi peligrosas por acercarse a los cantantes que hacían furor: Miguel Bosé, Pecos, Miguel Gallardo.

Recuerdo que en alguno de esos festivales murió una chica llamada Marta Tormo, si la memoria no me falla, aplastada en una avalancha. Fue un shock tremendo, sentimos su pérdida como si la conociéramos de toda la vida. Incluso hice un poema para la ocasión. Sí, el fenómeno podía llegar a ser peligroso para la integridad de las miles de chiquillas que nos apelotonábamos en pos de una ilusión, de un espejismo.

Para la segunda parte de esta entrada… y lo que un padre es capaz de hacer, tendréis que esperar hasta el próximo día. Entonces os contaré cómo conocí a Camilo Sesto.