El arte de no ver… o de no saber

Vacaciones. Qué maravillosa etapa, sobre todo, cuando el trabajo se vuelve duro y difícil de sacar adelante por diversos motivos que no voy a perder tiempo en relatar. Seguramente, conmpartiré experiencias de estos días por Madrid y Valencia, pero será poco a poco, según me vaya apeteciendo.

Lo que voy a contaros me ocurrió el otro día en el Oceanográfico de Valencia, en los minutos previos al inicio de una fantástica actividad de entrenadora por un día. Se trataba de pasar una jornada con el equipo de entrenadores de las instalaciones, en estrecho contacto con los animales de los que se ocupan y a los que cuidan. Bien, para ello había que vestirse con el uniforme adecuado y calzarse zapatillas de seguridad. Hasta aquí, muy razonable. El caso es que nuestro relaciones públicas, un chico encantador que estuvo conmigo y con mi compañero todo el día, me acompañó al vestuario de mujeres, buscó mi taquilla, la número 6, me entregó la llave y marchó para esperarme fuera.

Y aquí comienza mi odisea. Abro la taquilla y miro dentro. Estupendo. Encuentro una chaquetilla tipo cazadora, de un material como Gore-Tex, forrada por dentro. Normal, pienso. Hay que entrar a la zona del Ártico y allí hace más bien frío. Me la coloco, y encima, las mangas me llegan a las manos, cosa rara de conseguir en la ropa.

Sigo buscando. Hum. Eso ya es un poco más extraño. Encuentro una especie de top de manga corta, abierto con escote, y dos botoncillos entre los pechos. Qué raro, pienso. Pero claro. ¿Yo qué sé cómo es el uniforme de las chicas? Venga. Me quito la chaquetilla, me quito mi camiseta y me pongo el top. Los botones se abren porque los ojales están dados de sí, y todo el rato se desabrochan. Pues menuda faena. Voy a ir enseñando mi sujetador todo el día. En fin. Cerraré la cremallera de la chaquetilla y listos. Pero la cremallera no tiene carro, no se puede subir.

Vamos, Marta. Que te esperan. Un calor, señores… Sigo buscando. Encuentro un par de calcetines doblados en plan bolita, bien puestecitos. Calcetines. Vale, pienso. Será una cuestión de higiene. Calcetines limpios para evitar cualquier perjuicio a los animales. Tiene su lógica, ¿no? No me digáis que no. Me quito mis zapatillas, mis calcetines, y me coloco los otros, que también me van bien.

Sigamos. Encuentro unos guantes, y como de momento no les veo la utilidad, los guardo en el bolsillo de la chaqueta. Y sigo buscando. No encuentro pantalones. Raro. Ni zapatillas de seguridad. Raro. Sí detecto unos cuantos paquetillos como de Oreo, de esos con dos galletas redondas. Bueno, cómo nos cuidan, ¿eh? Y unos libritos… que deben de ser sobre las instalaciones… a saber.

Entonces doy con otra camiseta, de tirantes, colgada en una percha. Ostras, pienso. Esto es mejor que el top, quizás nos dan dos opciones. Al menos no se me desabrochará. Me quito la chaqueta, me quedo en top y en sujetador, todo hay que decirlo, porque no hay modo de abrocharlo. Cojo la camiseta… mmm… aquí sí que ya hay algo que no me cuadra. No huele mal, pero huele. A usada. Señores, por aquí ya no paso, ¿eh?

Ahí es cuando empiezo a llamar a nuestro acompañante. Que no me oye. Claro, imaginaos: él y mi compañero ahí fuera, “y cómo tarda”, Y con el cachondeo, “es mujer, qué quieres”. Al final me oyen… vamos. Se habían equivocado de taquilla.

Después de unos largos minutos de incertidumbre y un calor de órdago, llego a mi taquilla de verdad y en menos y nada me pongo la camiseta de entrenadora por un día, los pantalones cortos con múltiples bolsillos y las zapatillas de seguridad. Disculpas a la chica que encontraría sus cosas… un poquillo revueltas.

Asomando

Sí, sigo aquí, pese a unas semanas sin escribir nuevas entradas. A veces sentimos la necesidad de parar un poco, de frenar, de descansar de lo que acostumbra a ser nuestra rutina. El otro día una abuelita me preguntó si yo había tenido desprendimiento de rutina. Me hizo muchísima gracia, pero pensé para mis entretelas: pues sí, señora, debe de ser eso, que me he desprendido de mis actividades rutinarias. Entre el calor, el insomnio y el cansancio, poco se le puede pedir al cuerpo.

Y no es que me esté quieta, bueno, quieta bastante, que con este calorazo con el que nos ha obsequiado junio no hay quien se mueva más que lo justo y necesario. Estoy mentalmente activa, luchando con mi nueva novela que camina poco a poco, porque es peleona y no me deja avanzar a la velocidad que me gustaría, que debe de ser la que gustaría a cualquier escritor: pronto, rápido y bien. Que por cierto, os recuerdo que me encantaría que me ayudarais con lo de las

Portadas de libros.

Tengo además varios proyectos en mente, personales y compartidos, de los que todavía no voy a daros información. Pero os cuento que mi novela Yo te cuidaré ha pasado a concurso dentro de Caligrama para ser republicada en un sello editorial tradicional. En septiembre sabré algo y, mientras, el gusanillo de la expectativa alimentará la ilusión durante todo el verano. Algo de televisión habrá también para entonces. Y un proyecto de novela infantil ilustrada.

Bueno, que aunque esté un poco desconectada de vosotros, ahí sigo, y no os olvido.

Infancia

Hoy rescato para vosotros un episodio de mi vida que me viene a la mente cada vez que escucho alguna noticia estremecedora acerca de malos tratos o abusos a menores, y no me refiero solo a los sexuales. Tampoco hablo de acoso escolar, de lo que también tuve, y que reflejé en mi última novela. Os cuento.

Yo tenía cuatro años. Asistía al parvulario que pertenecía al colegio Puig Coca de Esplugas de Llobregat. Curiosamente, no recuerdo el incidente en sí sino sus consecuencias. La maestra, una vieja loca, según calificativos de los adultos que muchos años más tarde perfilaban la imagen para mí, me abofeteó la cara y me partió las gafas (las usaba desde que tenía un año o poco más). Tuvo que pegarme fuerte porque eran gafas gruesas de pasta, y además me dejó la cara marcada. Y todo porque hablaba. ¿Os podéis imaginar? En un parvulario, una criatura de cuatro años hablaba.

Creo que no hubo consecuencias para la maestra, nadie la disciplinó, nadie la echó, no se estilaba lo de las denuncias. Lo único que se pudo hacer para apaciguar la ira de mis padres fue sacarme del parvulario. ¿Y qué pasó?

Los directores del colegio (supongo que solo uno de ellos lo era, pero como estaban casados, no se sabía muy bien dónde terminaba el matrimonio y dónde empezaba el cargo) eran amigos de mis abuelos paternos, cuando menos, vecinos con una cierta relación amistosa. Ignoro las gestiones que se llevaran a cabo, o mejor las no gestiones; sería solo cuestión de hablar y concretar entre ellos, todo de palabra.

Total, que con cuatro cándidos años, algo cumpliditos ya, me trasplantaron a la clase de primero de EGB de la que la directora era maestra y tutora.

Ahora, haced un ejercicio de imaginación:

Pensad en lo que era hace cuarenta y tantos años una niña de cuatro. Pensad en la diferencia entre ella y niños de seis, siete años.

Recuerdo el aula, enorme, con hileras de pupitres inclinados de a dos alumnos por banco. Recuerdo el crucifijo tras la mesa de la maestra. Recuerdo los grandes ventanales. Recuerdo mi cartera azul, de las que se colgaban a la espalda. Por Dios, recuerdo un libro de texto que debía de ser de sociales con un dibujo a toda página de la bandera española. Me recuerdo leyéndolo. ¿Quién me enseñó a leer con cuatro años? No lo sé. Es lo más parecido a un conocimiento por ciencia infusa que existe en mi vida.

Pero lo que más recuerdo, y que solo muchos años después me atreví a interpretar, es que un día me hice caca en mi banco. Que la maestra pasaba por el pasillo olisqueando, preguntando con voz dura, aterradora, “¿quién ha sido?” Recuerdo haber pedido permiso para ir al baño y tratar de limpiarme como buenamente pudiera. Supongo que en mi casa se vivió como un percance que le puede pasar a cualquiera. Pero pensándolo bien, me da a mí que era de puro pavor de verme en un lugar tan alejado de lo que me correspondía.

Recuerdo también haber salido del patio por debajo de una reja e ir a la calle. Recuerdo la foto de fin de curso donde todo parecía haber estado bien. Recuerdo haber hecho primero de EGB dos veces, la no oficial y la oficial, en otro colegio ya, el Isidro Martí.

Y no pasaba nada. La sociedad no estaba preparada para afrontar este tipo de situaciones. Los padres no tenían herramientas para proteger a sus hijos. Ni siquiera se consideraban relevantes ni perjudiciales más allá del revuelo inicial. Pero ¿y yo? ¿Y tantos niños seguramente? Bueno, pues aquí queda, para la reflexión.

Discriminación positiva

La mencioné en mi entrada anterior. Y aquí voy con ello.

¿Es buena o mala la discriminación positiva? Se trata de un concepto que quizás algunos no conozcáis. La negativa la vivimos a diario, salta constantemente a nuestras vidas, a los medios de comunicación, se respira en todos los ámbitos y, en general, se comprende bien lo que significa. La Discriminación, así, en mayúsculas, la que se llama racismo, o intolerancia, o discriminación de género, etc., la que tiene tantas facetas como tal vez personas.

Pero la discriminación positiva es casi invisible. Sin embargo, muchas personas con discapacidad, o diversidad funcional, llámese como cada cual prefiera, la vivimos no a diario, pero sí a menudo. Y vuelvo a preguntar, ¿es buena, mala? ¿Es perjudicial o beneficiosa?

Me atrevería a decir que depende de cada individuo, de cómo la sienta y la procese, pero también de cada situación, del entorno, del momento, de la edad.

Generalmente, resulta cómoda, y ahí radica su peor peligro. La comodidad nos apalanca en una zona de confort de la que a veces cuesta salir, o de la que quizás ni siquiera nos planteamos salir.

Pondré varios ejemplos. Yo comencé a vivirla en el instituto, cuando no sabía ni siquiera lo que significaba. Más bien creo que no se había acuñado dicho concepto. Pero mi inconsciencia adolescente, infantil, a lo mejor, me hacía pasar por ella con la alegría y despreocupación de quien no mide las consecuencias.

Hice la secundaria integrada en un instituto, es decir, iba a clase con compañeros videntes. Primera discriminación positiva: exenta de Educación Física. Bueno, ¿y por qué, si estaba perfectamente sana? Con un poco de esfuerzo por parte del profesor y por mi parte, podría haberme integrado en esa clase. Pues no. Era más cómodo quedarse sentada en el aula haciendo otras cosas, o irme a casa si el horario lo permitía. ¿A quién beneficiaba eso? A mi comodidad. Nada más. Me alejaba de mis compañeros, y lo peor era que ellos seguramente asumían que por ser ciega no podía hacer gimnasia como todos. Lo positivo se convertía en negativo.

Tenía un profesor que no me examinaba de Geografía. Me aprobaba sin examinarme. Denigrante. Pero en ese momento, cómodo. Desde luego al profesor se le tendría que caer la cara de vergüenza por hacer algo así, y a mí también, por admitirlo. Ahora me rebelaría con toda mi artillería. ¿A quién beneficiaba aquello? A la pachorra del tipo aquel, poco más.

La discriminación positiva a veces se confunde con un gesto educado, o un respeto un poco pillado por los pelos: hacer levantar a alguien en el autobús o el metro o cualquier otro transporte para dejar sentar a la persona ciega por ejemplo. Ahora hay plazas reservadas, pero hace años no era así. Ahí sí me rebelaba. Me resultaba humillante que hicieran levantar a una persona mayor que yo, cuando podía agarrarme a la barra perfectamente, como cualquiera. Algunos conductores de autobús no me cobraban el billete. ¿Por qué? ¿No ocupaba yo un asiento con mi trasero tan normalmente como el de cualquier hijo de vecino? ¿Y el seguro? ¿O antes un billete no integraba un seguro? Distinto es si vas con tu bebé en una mochila, o un niño pequeño de la mano, o si vas con perro guía, que siempre es mejor que pueda esconderse bajo los asientos, por el bien de sus patas o rabo.

Pasar delante de una cola, que te permitan repetir en una atracción sin bajarte por evitarte volver a subir, que no te hagan pagar en según qué lugares, que no te cacheen en el aeropuerto cuando cachean a todo el mundo. O lo que me ha pasado justo esta mañana: que una guardia de seguridad no me haga pasar por el detector en una oficina de la Seguridad Social, cuando al resto de usuarios le está haciendo dejar en la bandeja hasta las llaves. Le hubiese hecho la reflexión al irme, pero la chica tenía mucho trabajo. ¿Por qué yo puedo saltarme el control? No, no es una deferencia, es una discriminación… positiva.

Considero que no aporta ningún beneficio. Solo nos distingue de los demás cuando no es necesario. Otra cosa es que tengamos descuentos en según qué servicios, que bien cierto es que muchas veces no nos queda más remedio que invertir un dinero adicional, y no poco, que otras personas por el hecho de no tener ninguna discapacidad no desembolsan. Pero eso no es discriminativo, es una cuestión de equidad.

¿Hay que fomentarla? ¿Hay que erradicarla? Imagino que hay un término medio que pasa por la pedagogía y la concienciación de la sociedad. No es preciso luchar con malos modos contra lo que los demás otorgan como una deferencia, como un gesto solícito o cortés. No hay que rechazarlo con soberbia o prepotencia, con la dignidad herida, a no ser que se detecte una actitud de menosprecio. Pero hay que seguir sensibilizando a los demás para que no nos hagan una distinción que lo único que hace es marcar esas diferencias que llevamos mucho tiempo intentando minimizar.

Estaría bien si dejaseis constancia de vuestra opinión, o que explicaseis situaciones en las que habéis vivido esta discriminación positiva. Por favor, si lo hacéis, os agradecería que fuese en el mismo blog, muchos usuarios no leen Twitter o Facebook. Gracias.

El fenómeno fans… y lo que un padre es capaz de hacer (II)

Esta es la parte más personal, la que se adentra en el recuerdo añorado y tierno de mi padre. En la ternura que me produce lo que era capaz de hacer por mí.

Corría el mes de agosto de 1979. Debía de ser un verano como todos, en esencia, caluroso, desprovisto de obligaciones, mi segundo verano como niña ciega que vivía a tope todo lo que se le ponía por delante. También mi locura por Camilo Sesto. Si no me sabía de memoria al menos una tercera parte de su discografía, poco faltaba. Montones de canciones cuyas letras a veces ni siquiera terminaba de comprender. Pues en este contexto, supongo que a través del club de fans, me enteré de que mi ídolo actuaba en el palacio de deportes de Olot, una ciudad de la provincia de Girona.

No recuerdo los prolegómenos de la historia, aunque los imagino. Pedir, suplicar, no mucho, seguro, convencer a mis padres para que me llevaran. Y lo conseguí. Y además, también conseguí, o conseguimos, que mi amiga Pepi se viniera con nosotros. Emoción, nervios, esa ebullición adolescente que nos hacía vibrar, esa anticipación llena de una ilusión alocada.

Y allá nos fuimos, creo que era un sábado. Puesto que el recital era por la tarde, salimos de mañana. Me acuerdo que vestía un peto azul de algodón de pantalón largo, y una camiseta blanca con un dibujo en negro con letras. Y mis flamantes Kelme negras y amarillas. Paramos a comer a un lado de la carretera, bajo unos árboles. He olvidado el menú, pero no me extrañaría nada que fuera tortilla de patatas.

Y aquí comienza lo bueno. Llegamos muy temprano al palacio de deportes. Entramos por una puerta no sé si lateral o trasera, al menos sé que no era la principal. Mi madre y nosotras dos nos sentamos en un banco de madera, el típico banco de los vestuarios de los gimnasios. Y mi padre… sin habernos comunicado previamente sus intenciones, se fue en busca de los trabajadores del palacio y de los del equipo de Camilo Sesto, que ya andaban por allí montándolo todo, y ni corto ni perezoso les dijo que era primo del cantante, que había ido con su hija y una amiguita que tenían mucha ilusión por conocerlo. Madre mía. Algún día hablaré de la discriminación positiva, recordádmelo. Mi único miedo era que le soltase aquella trola al mismísimo mánager de Camilo, un tal Manolo Sánchez, o a otro tal Felipe Argüelles, que ahora no sé qué representaba, no sé si era el director de la discográfica. Aquellos minutos de espera fueron una mezcla de incredulidad por nuestra parte, temor de que se levantara la liebre y una ilusión efervescente al comprender que íbamos a ver cumplido nuestro sueño. Mi madre trinaba, mi padre se paseaba arriba y abajo mirando esto y lo otro como el buen oficial de mantenimiento que fue, como si quisiera asegurarse de que todo estaba correcto y en perfecto estado. Y todo el mundo lo dejaba hacer y creía en él.

Y llegó Camilo, en su Mercedes, con su mánager. Mi padre salió a la calle a esperarlo, le abrió la puerta del coche, le echó el brazo a los hombros y le contó la verdad. El cantante reaccionó estupendamente, ni se enfadó ni se molestó. Se metió en el palacio, nos saludó y permitió que entráramos a ver el ensayo. Es curioso que este primer encuentro casi lo tengo olvidado, no guardo muchas sensaciones al respecto. Sí sé que luego nos acercamos al escenario, ribeteado de claveles que Camilo nos obsequió, supongo que también a Pepi, clavel que albergaba un par de besos, uno de él y uno mío, y que guardé muchísimos años junto a su autógrafo. El otro día, rebuscando, constaté que he perdido la agenda donde atesoraba su dedicatoria y el clavel, que pensaba que se habría desintegrado, pero es que el sitio donde yo lo buscaba no era el sitio donde lo guardé todo este tiempo.

Y pasó el concierto. Cantando con el alma en los labios, gritando, aplaudiendo, felicidad en su máxima expresión.

Esta parte yo la recuerdo de una forma y mi amiga de otra. Yo diría que fue antes del concierto cuando ocurrió lo que ahora os cuento, y que luego ella ya no pudo disfrutar tanto como lo hice yo. Ella está segura de que fue al concluir, así que lo contaré según su versión. Sea antes o después, no sé quién, de nuevo mi padre, supongo, pidió a algún mandamás que nos dejara entrar al camerino para estar un poco más con Camilo y para despedirnos, me imagino. Y aquí la crueldad. Por lo visto alguien consideró que el cantante estaba muy cansado, y a saber en atención a qué extraña lógica, solo permitió que entrara una de nosotras. Y fui yo. Ya me diréis qué importaba que entrásemos las dos, como si Camilo tuviera que cogernos en brazos o algo así. Era un camerino muy pequeño, pero ni por esas. Camilo me tomó ambas manos. Recuerdo el tacto de su camisa, de seda, supongo. Tenía una voz preciosa, cálida, y las manos suaves. No sé nada más. Sus palabras se han borrado de mi memoria, solo conservo las sensaciones, esa emoción, ese cosquilleo por dentro.

Tampoco recuerdo nada de la vuelta. Y entonces no fui consciente de lo mal que se había quedado mi pobre Pepi, que creo que se hinchó de llorar. El egoísmo de la niñez, no me digáis. No me di ni cuenta creo de su decepción y su tristeza puesto que yo había recibido mi maravilloso regalo. Cuando lo pienso ahora, cuando lo hablamos, me sabe tan mal que si pudiera retroceder en el tiempo tal como soy, me atrevo a decir que la dejaría entrar a ella para resarcirla de ese desencanto tan grande. Pobre mía.

Y esta es la historia de dos adolescentes, pero también la de un padre que por su hija iría al fin del firmamento y volvería con un saco lleno de estrellas.

El fenómeno fans… y lo que un padre es capaz de hacer (I)

Estaba buscando información sobre el fenómeno fans en España para esta entrada, pero decidí que no valía la pena, que eso lo puede buscar cualquiera. Así que os lo contaré desde lo que me interesa, mis propias vivencias.

Al igual que la Literatura, podría asegurar que conocí la música comercial a raíz de mis estancias en el hospital. Mi abuelo me regaló un casete, un Sony muy compacto y resistente con el que se podía grabar y reproducir, una maravilla, un milagro, un tesoro. Y detrás del aparato llegaron las cintas con las que me obsequiaban quienes iban a visitarme. No solo eran de canciones infantiles, que yo ya tenía once años y un poco se me había pasado la época. Recuerdo sobre todo las típicas de recopilaciones de éxitos, que si no estoy equivocada, también las regalaban en la Caja de Pensiones para la vejez y de Ahorros (sí, sí, Caixabank). La primera fue Éxitos 1977, con canciones como

Enséñame a cantar, de Mikique España llevó a Eurovisión. o

Marinero, de Nubes Grises.

O la banda sonora de La guerra de las galaxias. Y no puedo dejar de mencionar

Qué será de ti, de Camilo Sesto.

Mi primer contacto con este cantante.

Y así empezó mi andadura.

A partir de ahí me agregué, primero por imitación, y luego por deseo propio, al fenómeno que se extendió como el fuego entre finales de los 70 y los 80. Era como una enajenación, un virus que alguien o algo nos había inoculado a las chavalinas de la época. Y como había que tener un ídolo, palabra que tuve que aprender porque no tenía ni idea de qué significaba, yo me apunté a Camilo Sesto. No porque sí. Una amiga ya era fan de él y me lo dio a conocer, y de ahí a hacer que mis padres poco a poco me fueran comprando sus cintas al principio, y sus discos después, hubo un corto trecho. El viaje a Sitges a la tienda de música donde un atentísimo Lluís me atendía como si yo fuera una reina era habitual, como la peregrinación a un santuario.

Esas cintas a doscientas, trescientas, quinientas pesetas. Ese romper el precinto, ese olor a plástico. Ese encajarlas en el casete y esperar como en trance a que sonara la primera canción mientras rezaba para que no se engancharan. Esos vinilos algo más tarde. Recuerdo que me tocó un LP en un sorteo, y tuve que ir a casa de unos amigos a que me lo grabaran en una cinta porque no tenía modo de escucharlo.

Yo quería ser como todas las chicas. Me acuerdo cuando nos vimimos a vivir al pueblo, justo a mis once años, pero sin abandonar el alquiler del piso de Esplugas donde habíamos vivido hasta entonces. Todavía lo utilizábamos mi padre y yo algunos días a la semana durante el primer año en que asistí al colegio de la ONCE para ahorrarme el subir a casa y tener que madrugar tanto al día siguiente. Empapelé el comedor con posters del Súper Pop que no recuerdo de dónde sacaba, porque comprármela, solo me la compraban cuando publicaban algún reportaje sobre mi ídolo. En la casa nueva mi madre no me dejaba hacer eso, ni loca, vamos, así que allí, dueña de aquel espacio semivacío, con la complicidad de mi padre, me ponía las botas. Os preguntaréis, bueno y qué, qué sentido tenía poseer tantos posters si no podía verlos. Pues no lo sé. Los adoraba, era un elemento que formaba parte del ritual, y me sabía de memoria cuál y de quién era cada uno. Lo mismo que recortar fotografías para coleccionar.
Mi pequeño diario con solapa y llavecita que imita la piel de cocodrilo

Fotos de Camilo Sesto enganchadas en las hojas del diario

Luego estaba el programa Aplauso en televisión, o el tema radio. Escuchar el Gran Musical o el programa de Mateo Fortuny, donde todas recibíamos el apelativo de Paparras, Paparritas (garrapatas en castellano…) en Radio Juventud. Mi padre, que era un santo, me llevó una noche a este último. Así pude conocer al famoso locutor, a su ayudante, un jovencísimo Alfonso Arús, y de paso me llevé de propina unas zapatillas Kelme, marca que patrocinaba algún espacio del programa.

También el sufrido papi me llevó a uno de los festivales organizados no sé si por el Gran Musical o por Ranking Internacional (a saber si es lo mismo, pero no quiero buscar información, quiero ponerlo tal como lo recuerdo, o como no lo recuerdo), presentado por Raúl Marchant. Allí tuve ocasión de conocer a algunos artistas de los que nosotras considerábamos un poco de segunda fila, como Lorenzo Santamaría, Torrebruno, Rocky Sharpe & The Replays… de los que tengo autógrafos, pero no los reproduzco porque no se entiende nada, sí, para Marta con cariño, pero a saber de quiénes son.

Madre mía, aquella locura general, aquellos alaridos que nos salían del alma. Aquellas carreras casi peligrosas por acercarse a los cantantes que hacían furor: Miguel Bosé, Pecos, Miguel Gallardo.

Recuerdo que en alguno de esos festivales murió una chica llamada Marta Tormo, si la memoria no me falla, aplastada en una avalancha. Fue un shock tremendo, sentimos su pérdida como si la conociéramos de toda la vida. Incluso hice un poema para la ocasión. Sí, el fenómeno podía llegar a ser peligroso para la integridad de las miles de chiquillas que nos apelotonábamos en pos de una ilusión, de un espejismo.

Para la segunda parte de esta entrada… y lo que un padre es capaz de hacer, tendréis que esperar hasta el próximo día. Entonces os contaré cómo conocí a Camilo Sesto.

Medio siglo

No sé muy bien cómo enfocar esta entrada, así que tiraré por lo sencillo y sincero. El día de mi 50 aniversario, este sábado pasado, fue uno de los mejores de mi vida en cuanto a celebración se refiere.

Hacía tiempo que tenía pensado hacer algo especial, un viaje, por ejemplo, irme a cualquier lado de fin de semana con dos o tres amigas. Pero, oh, casualidades, resulta que coincidía con el fin de semana de carnaval, y todo el mundo, que es muy fiestero, o la mayoría de mundo al que podía hacer proposiciones deshonestas, tenía compromisos. Además, no se me ocurre nada peor que emprender un viaje justo en carnavales. Pasé unos días en blanco, sin saber por dónde seguir planteándome algo.

Quizás algunos de vosotros os diréis, pues vaya cosa, celebrar los cincuenta, medio siglo, si uno ya va de capa caída… Qué sé yo. Para nada. cumplir ese medio siglo con cuya mención muchas personas pretenden chincharte, me pareció maravilloso. Pienso que es una edad estupenda para comenzar a replantearse algunas cosas, para ventilar los recovecos interiores y llevar a reciclar trastos emocionales inservibles. Por tanto, mi empeño en celebrarlo de forma especial, continuaba pinchándome.

Y se me ocurrió. Mi gente sabe que me apasionan los caballos. En otra vida, yo creo que además de ser un ente de la lluvia, tuve que ser por lo menos india o algo por el estilo. Lo dicho, me apasionan, me fascinan, siento una afinidad casi espiritual con ellos. Ojalá pudiera disfrutarlos en libertad, pero no tengo modo, así que me regalé una hora de un contacto estrecho con uno. Hablé con los responsables de la hípica

El rancho de Sitges

y les comenté mi propósito. No quería recibir una clase de equitación propiamente dicha. Mi única pretensión, independientemente de que terminara montando, era disfrutar de la compañía del animal.

Y así fue como conocí a Pona, una yegua de ocho años, rubia, bueno, color marrón claro, con el hocico blanco y unas crines largas que ya las querría yo por melena. Nos presentó Elena, una de las chicas de la hípica, aunque yo diría que me basté sola para presentarme. Le mostré las palmas juntas y abiertas a Pona. Ella me olisqueó, resopló y me chupó tan feliz, y acto seguido restregó su cabeza contra mí. Es un mimo equino de mucho cuidado, porque si no te pilla con los pies bien asentados, puedes perder fácilmente el equilibrio. Creo que Elena se sorprendió un poquillo de que la yegua se enamorara (lo expresó así) en tan poco rato.

Aquí os muestro nuestro primer ratito juntas, aunque ya hacía unos minutos que nos conocíamos.

Mimando a Pona

Después la cepillé a fondo, le puse el sudadero y el salvacruces, la montura, las cinchas y las riendas de paseo, y nos fuimos al circuito. Que por cierto, mientras la cepillaba, quería restregarse tanto conmigo que acabó pisándome. ¿Os podéis imaginar cómo es el pisotón de un caballo? Pero no pasó nada.

El viernes llovió mucho y estaba todo embarrado y con charcos, así que no se podía hacer gran cosa, máxime con una yegua tranquila y precavida a la que no le gusta demasiado pisar lodo. Pero con todo, Pona se avino dócilmente a pasear por el circuito, a hacer un eslalon entre conos de aprendizaje, incluso a trotar, ritmo que emprendí con la guía e indicaciones de Luis, el monitor que me acompañó en todo momento.

Trotando con Pona

Supongo que cuando Luis vio que me manejaba decentemente, propuso salir hasta la pista de competición, una más larga y mejor preparada que absorbe el agua, y por allí me di unos paseos. Pero era tarde para Pona

y ella tenía ganas de volver a su casa. Por supuesto, aunque yo tuviera una hora contratada, no iba a desoír su necesidad de descanso, así que respeté su deseo de volver. Nos encaminamos de regreso al circuito, porque los caballos están acostumbrados a que el jinete descabalgue allí. Antes de desmontar me tumbé sobre su cuello y le di las gracias por aquel rato, le di un beso bajo las crines y salté al suelo.

Con las piernas temblonas y el atisbo de agujetas que tendría al día siguiente, me despedí de Pona, Luis y Elena, feliz de la vida.

Como curiosidad puedo contaros que en un principio ellos habían pensado que montara a Follón (menudo nombre, ¿eh?), pero el caballo ya estaba listo con todos sus arreos y prefirieron la opción de Pona para que hubiera mayor contacto. Pero lo que quiero explicaros es que Follón tiene 30 años. Los caballo suelen vivir de 20 a 25, así que es un veteranísimo. Lo bonito es que, por mucho que los de la hípica quieren llevarlo al campo para que descanse y esté más a gusto (el campo está en la misma finca, es un espacio abierto y sin cuadras), no lo consiguen. Follón se pone enfermo cada vez que lo intentan, y han de llevarlo de nuevo al lugar de trabajo para que los niños monten y reciban sus clases y sus passeos. Como cualquier humano, Follón quiere sentirse útil.

Si a este rato genial le añado la comida con la familia a mediodía y la cena con amigas en casa por la noche…, montones de wasaps, felicitaciones por Facebook, llamadas y regalos geniales y acertadísimos, todos, todos sin excepción… ¡qué más puedo pedir para iniciar mi medio siglo?

A través de las ondas

Supongo que hay una época en la vida en la que uno es capaz de todo. Bueno. Hubo una en la mía en que también hice radio, y hoy, día internacional de la misma, me apetece rememorarlo.

Estuve una temporada en la emisora municipal de mi pueblo, durante unos meses, con un espacio musical de solo media hora los sábados por la mañana, y ese verano, conduje un magazine de tres horas todas las tardes, hasta que nos cerraron el chiringuito. Fue el tiempo en que las esforzadas emisoras locales molestaban porque se comían la banda, o algo así, y nadie tenía en cuenta el trabajo que se hacía en ellas, el canal que abrían con el entorno al que representaban, la vía de comunicación que a través de ellas hallaba la gente que las escuchaba.

Era cuando los locutorios estaban forrados de hueveras para insonorizar, cuando apenas cabíamos en ellos, cuando el técnico contaba con un diminuto espacio para manipular sus máquinas maravillosas. En el gallinero de nuestro ayuntamiento, tras una escalera de película de serie B, escondidos y envueltos en un halo que casi rozaba la clandestinidad.

Ninguna supuesta incomodidad importaba. Todavía recuerdo el cosquilleo en el estómago antes de salir al aire. Como no veía la luz verde, el técnico, Juan Carlos, me avisaba con su voz en mis auriculares, tres, dos, uno, y abría micro. Y mi voz saltaba a las ondas un poco temblona al principio, luego adoptando la seguridad necesaria para sentirme a mis anchas.

Un espacio musical no tenía mucho misterio. Llevaba programado lo que iba a sonar, pero también recibía peticiones por teléfono. Eso sí, teniendo en cuenta el carácter local de la emisora, no siempre podía librarme de la señora Dolores, por ejemplo, que cuando sabía que estaba en antena, preguntaba por mis padres, para mi sonrojo. El magazine era otra historia. Tenía detrás todo un trabajo de producción que yo misma realizaba, la preparación, el montaje. Entrevistas, reportajes sobre diversos temas, música, entretenimiento. Para no sentirme tan sola en el estudio, me inventé a la abuela Palmira, un personaje que me acompañaba y metía baza cuando le parecía, o hablaba con los oyentes que llegaron a tenerle cariño, incluso algunos creyeron que existía de verdad. La voz la ponía yo, por supuesto.

Hacia el final del verano comenzaron a amenazarnos con cerrar, y poco a poco fuimos perdiendo el entusiasmo, porque luchar contra el sistema no servía de nada. Terminamos con una radiofórmula, últimos coletazos, hasta que la Generalitat nos silenció. Fue una triste despedida. Después me ofrecieron un par de opportunidades, en Radio Salud y en Onda Cero Vilanova, pero ya había pasado el momento, y no acepté porque estaba en otras cosas. Creo que me arrepiento. Me habría gustado seguir en la radio, aunque quizás me habría venido grande estar en emisoras de semejante calibre, sin preparación oficial. De todos modos, habría aprendido y seguido adelante, de eso también estoy segura.

Me encantaría volver a la radio, pero no conduciendo yo, sino como colaboradora. Feliz día a los amantes de este medio maravilloso.

Fue el verano de Life is live, vídeo oficial.

¡Qué recuerdos!

Pasó un ángel

La Tierra iluminada de noche vista desde la Estación Espacial Internacional

Para Ramón Yagüe Albesa. Con todo mi cariño hacia su recuerdo. Quizás alguna vez, yo tampoco supe comprenderle.

A Ramón le gustaban las cosas redondas, las que daban vueltas sobre sí mismas. Podía pasarse largos ratos sentado ante la televisión, cuando todavía existía la carta de ajuste, con aquellos numeritos que desfilaban hasta que la pantalla fundía a negro o revivía con todo tipo de imágenes. Frente a la lavadora, sus horas transcurrían contemplando el vaivén del tambor, aquel movimiento que cambiaba de sentido después de cada giro y que a él le fascinaba, como le fascinaban los engranajes que arrastraban las cintas en un radiocasete.

Ramón nació así, decían los vecinos. A su paso desgarbado, los murmullos crecían mientras índices sin escrúpulos ni sensibilidad lo señalaban. Porque, aunque su discapacidad psíquica había sido causada por un problema de incompatibilidad de grupos sanguíneos, lo habían clasificado desde siempre bajo la etiqueta de subnormal. Y aquella etiqueta dolía, a la familia le dolía pues Ramón vivía su normalidad, sin menoscabo de las capacidades a su alcance; dolía porque encerraba demasiada ignorancia y recelo, incluso, a veces, una compasión supersticiosa.

Ramón era un niño grande, un hombre niño que quería cariño y atención, que se esforzaba en hacerse comprender con sus interjecciones de cachorro. Conseguía pronunciar alguna palabra, el adorado nombre de su hermana, el apelativo universal para todas las madres, y oírselos parecía un milagro. Con sus abrazos desmañados, sin medida, excesivos de afecto desmadejado, sus besos húmedos, Ramón se abría hueco en los corazones cercanos.

A menudo cosechaba incomprensiones que después repicaban en el corazón de sus seres queridos como martillos de culpa. Esa culpa oscura empapada de lágrimas que se enquistan y moldean un remordimiento corrosivo. Recogía brotes de impaciencia, enojos inevitables que seguramente no entendía y que se volvían contra quienes los habían desencadenado.

A Ramón le costaba vestirse y asearse, pero a diario conquistaba parcelas de independencia. Le costaba comer, tragar se convertía en una tarea complicada, pero se enfrentaba a los trocitos de comida con la feliz inconsciencia de los actos mecánicos de las rutinas cotidianas. ¿Qué soñaría cuando caía dormido? ¿Qué imágenes nocturnas se deslizarían fuera de su mente cuando la madrugada le sorprendía paseando por la casa, buscando la complicidad de los suyos?

Ramón chillaba con las alegrías ajenas, sollozaba con las tristezas de los demás, amaba sin cortapisas, se enfadaba con las injusticias a su medida. Sí, porque una deficiencia psíquica no implica insensibilidad, como muchas personas parecen creer. Había fuertes sentimientos dentro de Ramón, emociones que a veces se desbordaban arrastrándolo por cauces tumultuosos que asustaban, pero que siempre encontraban un meandro donde remansar.

Porque había lagunas de paz en su vida, orillas donde recostarse a descansar, regazos donde acomodar las aflicciones que no encontraban la forma de expresarse. Sus mujeres amadas, madre, hermanas, dispuestas a acompañarlo en el arduo camino, retirando las piedras y apartando las espinas.

Ocurre que pese a todo, pese al amor y la protección, pese a los desvelos, hay un segundo en el devenir de las existencias que se escapa del tiempo que pretendemos otorgarle a la vida. Hubo un segundo así en la de Ramón, un instante de dolor en que no consiguió tragar un bocado de su desayuno, y aquella luz inocente se trasladó a otro plano sin apagarse. Hay luces que brillarán siempre, luces que abanderan una realidad que conviene no olvidar jamás.

Ramón no debía de saber que la Tierra también era redonda, que daba vueltas sobre sí misma y alrededor del Sol, pero ahora sí lo sabe, y permanece sentado al borde del horizonte para disfrutar de tan bello espectáculo.

Mi máquina Perkins

Una máquina Perkins

Esto que veis no es un aparato rudimentario del siglo XIX. Hoy en día, si bien muchas personas ciegas han abandonado el Braille por mor de las nuevas tecnologías, no es menos cierto que el sistema de lecto-escritura continúa vigente, o debería continuar. Sé que cuanto voy a decir ahora puede crear mucha polémica, pero opino que un ciego que no sepa Braille roza el analfabetismo. Por mucho que domine un teclado de ordenador o escuche libros en audio, pienso que no hablamos de lo mismo. Y si no, ¿qué se diría de los videntes que no supieran escribir a mano ni leer más que escuchando archivos mp3, por ejemplo?

Antes de seguir, unas brevísimas pinceladas históricas. La escuela Perkins para ciegos de Watertoown, Boston, se fundó en 1829. John Dix Fisher consideró por primera vez la idea de una escuela para niños ciegos tras su visita al Instituto para Ciegos de París. Su historia nos ha dejado experiencias como la de Laura Bridgman, una chica sordo-ciega, o la archiconocida Helen Keller. En 1931 se crearon la Perkins Braille y la Talking Book Library, y en 1951 David Abraham produjo con éxito la primera Perkins Brailler, la máquina de escribir en sistema Braille. Justo un año antes de llegar a mis manos, en 1977, alrededor de cien mil Perkins Braillers habían sido producidas y distribuidas en todo el mundo. Actualmente Perkins produce la máquina clásica, la de Próxima Generación y la Inteligente lanzada en 2012 con salida de texto a voz, pantalla visual y aplicaciones para la enseñanza del braille.

Visité la Perkins School for the Blind en mayo de 1994. Me impresionaron sus instalaciones, aunque lo que más recuerdo son los espléndidos jardines y un globo terráqueo inmenso en relieve en el vestíbulo.

La Perkins me acompañó durante unos buenos treintaicinco años, desde que mis padres me compraron una al poco de quedarme ciega. Y la verdad, supongo que tuvieron que realizar un gran esfuerzo económico porque, si mal no recuerdo, les costó unas 75.000 pesetas, mucho dinero para la época. Pero creo que jamás he amortizado algo como amorticé la máquina, tanto, que la pobre acabó para el desguace. Trabajos del colegio, cartas y más cartas, cientos de cartas, tan largas que había que cerrarlas por volúmenes para enviarlas, y que no cabían en los buzones. Trabajos del instituto y la facultad. Poemas, cuentos, novelas, acabadas e inacabadas, relatos. Más cartas. No había día que durante horas el traqueteo de las teclas no inundase el aire, aderezado con el campanilleo cuando el carro llegaba al final de la hoja.

Bueno, carro tal como se entiende no exactamente, que el de la Perkins no se mueve, no se desplaza a medida que se escribe. Lo que se va moviendo de izquierda a derecha por encima del papel es la pestaña con la placa que alberga los punzones. El papel se coloca en el rodillo haciendo girar las perillas, y va saliendo por el mismo sitio por el que se ha colocado a medida que con una tecla (la redonda de la izquierda) se van bajando líneas, como en cualquier máquina. Las palancas a derecha e izquierda son las que liberan el papel y la que hay en el frontal es la que mueve lo que en una máquina serían los tipos, en este caso, la placa que contiene los punzones que horadan el papel. La tecla redonda de la derecha es el retroceso.

Hay tres teclas a cada lado de la espaciadora, correspondientes a los seis puntos que componen el sistema Braille y que, pulsadas a la vez, utilizando las distintas combinaciones, impulsan los punzones desde abajo y forman las letras. No voy a explicar aquí cómo es y cómo se utiliza el Braille, pero si alguno de vosotros siente interés, solo tiene que decirlo y con mucho gusto despejaré su curiosidad.

Y es mucho más fácil de lo que aparenta, sobre todo si se lee con la vista. En 1986 trabajé dando clases de Braille a adultos ciegos, pero también impartí un curso de dos semanas a videntes, la mayoría, profesores o maestros de música, y puedo aseguraros que salían bien preparados con el tiempo del que disponíamos.

Mis primeras novelas, como he dicho, las escribí con la máquina. Entonces sí que era mejor no equivocarse. Los puntos de más podían borrarse con la uña, aunque era un recurso poco pulcro en cuanto a los resultados, pero si cometía algún error de contenido no había más remedio que cambiar la página y reescribirla entera de nuevo. Claro que… a veces resultaba más cómodo no hacerlo, y de ahí las incoherencias en mis escritos de aquella época, sin restar protagonismo a la falta de documentación y la ingenuidad.

Tras doce o trece años sin utilizarla, y habiéndola echado mucho de menos, el otro día adquirí una de segunda mano, y poner las manos en sus teclas fue como iniciar un ritual antiguo y memorable. El traqueteo vuelve a resonar en mi casa.