Discriminación positiva

La mencioné en mi entrada anterior. Y aquí voy con ello.

¿Es buena o mala la discriminación positiva? Se trata de un concepto que quizás algunos no conozcáis. La negativa la vivimos a diario, salta constantemente a nuestras vidas, a los medios de comunicación, se respira en todos los ámbitos y, en general, se comprende bien lo que significa. La Discriminación, así, en mayúsculas, la que se llama racismo, o intolerancia, o discriminación de género, etc., la que tiene tantas facetas como tal vez personas.

Pero la discriminación positiva es casi invisible. Sin embargo, muchas personas con discapacidad, o diversidad funcional, llámese como cada cual prefiera, la vivimos no a diario, pero sí a menudo. Y vuelvo a preguntar, ¿es buena, mala? ¿Es perjudicial o beneficiosa?

Me atrevería a decir que depende de cada individuo, de cómo la sienta y la procese, pero también de cada situación, del entorno, del momento, de la edad.

Generalmente, resulta cómoda, y ahí radica su peor peligro. La comodidad nos apalanca en una zona de confort de la que a veces cuesta salir, o de la que quizás ni siquiera nos planteamos salir.

Pondré varios ejemplos. Yo comencé a vivirla en el instituto, cuando no sabía ni siquiera lo que significaba. Más bien creo que no se había acuñado dicho concepto. Pero mi inconsciencia adolescente, infantil, a lo mejor, me hacía pasar por ella con la alegría y despreocupación de quien no mide las consecuencias.

Hice la secundaria integrada en un instituto, es decir, iba a clase con compañeros videntes. Primera discriminación positiva: exenta de Educación Física. Bueno, ¿y por qué, si estaba perfectamente sana? Con un poco de esfuerzo por parte del profesor y por mi parte, podría haberme integrado en esa clase. Pues no. Era más cómodo quedarse sentada en el aula haciendo otras cosas, o irme a casa si el horario lo permitía. ¿A quién beneficiaba eso? A mi comodidad. Nada más. Me alejaba de mis compañeros, y lo peor era que ellos seguramente asumían que por ser ciega no podía hacer gimnasia como todos. Lo positivo se convertía en negativo.

Tenía un profesor que no me examinaba de Geografía. Me aprobaba sin examinarme. Denigrante. Pero en ese momento, cómodo. Desde luego al profesor se le tendría que caer la cara de vergüenza por hacer algo así, y a mí también, por admitirlo. Ahora me rebelaría con toda mi artillería. ¿A quién beneficiaba aquello? A la pachorra del tipo aquel, poco más.

La discriminación positiva a veces se confunde con un gesto educado, o un respeto un poco pillado por los pelos: hacer levantar a alguien en el autobús o el metro o cualquier otro transporte para dejar sentar a la persona ciega por ejemplo. Ahora hay plazas reservadas, pero hace años no era así. Ahí sí me rebelaba. Me resultaba humillante que hicieran levantar a una persona mayor que yo, cuando podía agarrarme a la barra perfectamente, como cualquiera. Algunos conductores de autobús no me cobraban el billete. ¿Por qué? ¿No ocupaba yo un asiento con mi trasero tan normalmente como el de cualquier hijo de vecino? ¿Y el seguro? ¿O antes un billete no integraba un seguro? Distinto es si vas con tu bebé en una mochila, o un niño pequeño de la mano, o si vas con perro guía, que siempre es mejor que pueda esconderse bajo los asientos, por el bien de sus patas o rabo.

Pasar delante de una cola, que te permitan repetir en una atracción sin bajarte por evitarte volver a subir, que no te hagan pagar en según qué lugares, que no te cacheen en el aeropuerto cuando cachean a todo el mundo. O lo que me ha pasado justo esta mañana: que una guardia de seguridad no me haga pasar por el detector en una oficina de la Seguridad Social, cuando al resto de usuarios le está haciendo dejar en la bandeja hasta las llaves. Le hubiese hecho la reflexión al irme, pero la chica tenía mucho trabajo. ¿Por qué yo puedo saltarme el control? No, no es una deferencia, es una discriminación… positiva.

Considero que no aporta ningún beneficio. Solo nos distingue de los demás cuando no es necesario. Otra cosa es que tengamos descuentos en según qué servicios, que bien cierto es que muchas veces no nos queda más remedio que invertir un dinero adicional, y no poco, que otras personas por el hecho de no tener ninguna discapacidad no desembolsan. Pero eso no es discriminativo, es una cuestión de equidad.

¿Hay que fomentarla? ¿Hay que erradicarla? Imagino que hay un término medio que pasa por la pedagogía y la concienciación de la sociedad. No es preciso luchar con malos modos contra lo que los demás otorgan como una deferencia, como un gesto solícito o cortés. No hay que rechazarlo con soberbia o prepotencia, con la dignidad herida, a no ser que se detecte una actitud de menosprecio. Pero hay que seguir sensibilizando a los demás para que no nos hagan una distinción que lo único que hace es marcar esas diferencias que llevamos mucho tiempo intentando minimizar.

Estaría bien si dejaseis constancia de vuestra opinión, o que explicaseis situaciones en las que habéis vivido esta discriminación positiva. Por favor, si lo hacéis, os agradecería que fuese en el mismo blog, muchos usuarios no leen Twitter o Facebook. Gracias.

El fenómeno fans… y lo que un padre es capaz de hacer (II)

Esta es la parte más personal, la que se adentra en el recuerdo añorado y tierno de mi padre. En la ternura que me produce lo que era capaz de hacer por mí.

Corría el mes de agosto de 1979. Debía de ser un verano como todos, en esencia, caluroso, desprovisto de obligaciones, mi segundo verano como niña ciega que vivía a tope todo lo que se le ponía por delante. También mi locura por Camilo Sesto. Si no me sabía de memoria al menos una tercera parte de su discografía, poco faltaba. Montones de canciones cuyas letras a veces ni siquiera terminaba de comprender. Pues en este contexto, supongo que a través del club de fans, me enteré de que mi ídolo actuaba en el palacio de deportes de Olot, una ciudad de la provincia de Girona.

No recuerdo los prolegómenos de la historia, aunque los imagino. Pedir, suplicar, no mucho, seguro, convencer a mis padres para que me llevaran. Y lo conseguí. Y además, también conseguí, o conseguimos, que mi amiga Pepi se viniera con nosotros. Emoción, nervios, esa ebullición adolescente que nos hacía vibrar, esa anticipación llena de una ilusión alocada.

Y allá nos fuimos, creo que era un sábado. Puesto que el recital era por la tarde, salimos de mañana. Me acuerdo que vestía un peto azul de algodón de pantalón largo, y una camiseta blanca con un dibujo en negro con letras. Y mis flamantes Kelme negras y amarillas. Paramos a comer a un lado de la carretera, bajo unos árboles. He olvidado el menú, pero no me extrañaría nada que fuera tortilla de patatas.

Y aquí comienza lo bueno. Llegamos muy temprano al palacio de deportes. Entramos por una puerta no sé si lateral o trasera, al menos sé que no era la principal. Mi madre y nosotras dos nos sentamos en un banco de madera, el típico banco de los vestuarios de los gimnasios. Y mi padre… sin habernos comunicado previamente sus intenciones, se fue en busca de los trabajadores del palacio y de los del equipo de Camilo Sesto, que ya andaban por allí montándolo todo, y ni corto ni perezoso les dijo que era primo del cantante, que había ido con su hija y una amiguita que tenían mucha ilusión por conocerlo. Madre mía. Algún día hablaré de la discriminación positiva, recordádmelo. Mi único miedo era que le soltase aquella trola al mismísimo mánager de Camilo, un tal Manolo Sánchez, o a otro tal Felipe Argüelles, que ahora no sé qué representaba, no sé si era el director de la discográfica. Aquellos minutos de espera fueron una mezcla de incredulidad por nuestra parte, temor de que se levantara la liebre y una ilusión efervescente al comprender que íbamos a ver cumplido nuestro sueño. Mi madre trinaba, mi padre se paseaba arriba y abajo mirando esto y lo otro como el buen oficial de mantenimiento que fue, como si quisiera asegurarse de que todo estaba correcto y en perfecto estado. Y todo el mundo lo dejaba hacer y creía en él.

Y llegó Camilo, en su Mercedes, con su mánager. Mi padre salió a la calle a esperarlo, le abrió la puerta del coche, le echó el brazo a los hombros y le contó la verdad. El cantante reaccionó estupendamente, ni se enfadó ni se molestó. Se metió en el palacio, nos saludó y permitió que entráramos a ver el ensayo. Es curioso que este primer encuentro casi lo tengo olvidado, no guardo muchas sensaciones al respecto. Sí sé que luego nos acercamos al escenario, ribeteado de claveles que Camilo nos obsequió, supongo que también a Pepi, clavel que albergaba un par de besos, uno de él y uno mío, y que guardé muchísimos años junto a su autógrafo. El otro día, rebuscando, constaté que he perdido la agenda donde atesoraba su dedicatoria y el clavel, que pensaba que se habría desintegrado, pero es que el sitio donde yo lo buscaba no era el sitio donde lo guardé todo este tiempo.

Y pasó el concierto. Cantando con el alma en los labios, gritando, aplaudiendo, felicidad en su máxima expresión.

Esta parte yo la recuerdo de una forma y mi amiga de otra. Yo diría que fue antes del concierto cuando ocurrió lo que ahora os cuento, y que luego ella ya no pudo disfrutar tanto como lo hice yo. Ella está segura de que fue al concluir, así que lo contaré según su versión. Sea antes o después, no sé quién, de nuevo mi padre, supongo, pidió a algún mandamás que nos dejara entrar al camerino para estar un poco más con Camilo y para despedirnos, me imagino. Y aquí la crueldad. Por lo visto alguien consideró que el cantante estaba muy cansado, y a saber en atención a qué extraña lógica, solo permitió que entrara una de nosotras. Y fui yo. Ya me diréis qué importaba que entrásemos las dos, como si Camilo tuviera que cogernos en brazos o algo así. Era un camerino muy pequeño, pero ni por esas. Camilo me tomó ambas manos. Recuerdo el tacto de su camisa, de seda, supongo. Tenía una voz preciosa, cálida, y las manos suaves. No sé nada más. Sus palabras se han borrado de mi memoria, solo conservo las sensaciones, esa emoción, ese cosquilleo por dentro.

Tampoco recuerdo nada de la vuelta. Y entonces no fui consciente de lo mal que se había quedado mi pobre Pepi, que creo que se hinchó de llorar. El egoísmo de la niñez, no me digáis. No me di ni cuenta creo de su decepción y su tristeza puesto que yo había recibido mi maravilloso regalo. Cuando lo pienso ahora, cuando lo hablamos, me sabe tan mal que si pudiera retroceder en el tiempo tal como soy, me atrevo a decir que la dejaría entrar a ella para resarcirla de ese desencanto tan grande. Pobre mía.

Y esta es la historia de dos adolescentes, pero también la de un padre que por su hija iría al fin del firmamento y volvería con un saco lleno de estrellas.

El fenómeno fans… y lo que un padre es capaz de hacer (I)

Estaba buscando información sobre el fenómeno fans en España para esta entrada, pero decidí que no valía la pena, que eso lo puede buscar cualquiera. Así que os lo contaré desde lo que me interesa, mis propias vivencias.

Al igual que la Literatura, podría asegurar que conocí la música comercial a raíz de mis estancias en el hospital. Mi abuelo me regaló un casete, un Sony muy compacto y resistente con el que se podía grabar y reproducir, una maravilla, un milagro, un tesoro. Y detrás del aparato llegaron las cintas con las que me obsequiaban quienes iban a visitarme. No solo eran de canciones infantiles, que yo ya tenía once años y un poco se me había pasado la época. Recuerdo sobre todo las típicas de recopilaciones de éxitos, que si no estoy equivocada, también las regalaban en la Caja de Pensiones para la vejez y de Ahorros (sí, sí, Caixabank). La primera fue Éxitos 1977, con canciones como

Enséñame a cantar, de Mikique España llevó a Eurovisión. o

Marinero, de Nubes Grises.

O la banda sonora de La guerra de las galaxias. Y no puedo dejar de mencionar

Qué será de ti, de Camilo Sesto.

Mi primer contacto con este cantante.

Y así empezó mi andadura.

A partir de ahí me agregué, primero por imitación, y luego por deseo propio, al fenómeno que se extendió como el fuego entre finales de los 70 y los 80. Era como una enajenación, un virus que alguien o algo nos había inoculado a las chavalinas de la época. Y como había que tener un ídolo, palabra que tuve que aprender porque no tenía ni idea de qué significaba, yo me apunté a Camilo Sesto. No porque sí. Una amiga ya era fan de él y me lo dio a conocer, y de ahí a hacer que mis padres poco a poco me fueran comprando sus cintas al principio, y sus discos después, hubo un corto trecho. El viaje a Sitges a la tienda de música donde un atentísimo Lluís me atendía como si yo fuera una reina era habitual, como la peregrinación a un santuario.

Esas cintas a doscientas, trescientas, quinientas pesetas. Ese romper el precinto, ese olor a plástico. Ese encajarlas en el casete y esperar como en trance a que sonara la primera canción mientras rezaba para que no se engancharan. Esos vinilos algo más tarde. Recuerdo que me tocó un LP en un sorteo, y tuve que ir a casa de unos amigos a que me lo grabaran en una cinta porque no tenía modo de escucharlo.

Yo quería ser como todas las chicas. Me acuerdo cuando nos vimimos a vivir al pueblo, justo a mis once años, pero sin abandonar el alquiler del piso de Esplugas donde habíamos vivido hasta entonces. Todavía lo utilizábamos mi padre y yo algunos días a la semana durante el primer año en que asistí al colegio de la ONCE para ahorrarme el subir a casa y tener que madrugar tanto al día siguiente. Empapelé el comedor con posters del Súper Pop que no recuerdo de dónde sacaba, porque comprármela, solo me la compraban cuando publicaban algún reportaje sobre mi ídolo. En la casa nueva mi madre no me dejaba hacer eso, ni loca, vamos, así que allí, dueña de aquel espacio semivacío, con la complicidad de mi padre, me ponía las botas. Os preguntaréis, bueno y qué, qué sentido tenía poseer tantos posters si no podía verlos. Pues no lo sé. Los adoraba, era un elemento que formaba parte del ritual, y me sabía de memoria cuál y de quién era cada uno. Lo mismo que recortar fotografías para coleccionar.
Mi pequeño diario con solapa y llavecita que imita la piel de cocodrilo

Fotos de Camilo Sesto enganchadas en las hojas del diario

Luego estaba el programa Aplauso en televisión, o el tema radio. Escuchar el Gran Musical o el programa de Mateo Fortuny, donde todas recibíamos el apelativo de Paparras, Paparritas (garrapatas en castellano…) en Radio Juventud. Mi padre, que era un santo, me llevó una noche a este último. Así pude conocer al famoso locutor, a su ayudante, un jovencísimo Alfonso Arús, y de paso me llevé de propina unas zapatillas Kelme, marca que patrocinaba algún espacio del programa.

También el sufrido papi me llevó a uno de los festivales organizados no sé si por el Gran Musical o por Ranking Internacional (a saber si es lo mismo, pero no quiero buscar información, quiero ponerlo tal como lo recuerdo, o como no lo recuerdo), presentado por Raúl Marchant. Allí tuve ocasión de conocer a algunos artistas de los que nosotras considerábamos un poco de segunda fila, como Lorenzo Santamaría, Torrebruno, Rocky Sharpe & The Replays… de los que tengo autógrafos, pero no los reproduzco porque no se entiende nada, sí, para Marta con cariño, pero a saber de quiénes son.

Madre mía, aquella locura general, aquellos alaridos que nos salían del alma. Aquellas carreras casi peligrosas por acercarse a los cantantes que hacían furor: Miguel Bosé, Pecos, Miguel Gallardo.

Recuerdo que en alguno de esos festivales murió una chica llamada Marta Tormo, si la memoria no me falla, aplastada en una avalancha. Fue un shock tremendo, sentimos su pérdida como si la conociéramos de toda la vida. Incluso hice un poema para la ocasión. Sí, el fenómeno podía llegar a ser peligroso para la integridad de las miles de chiquillas que nos apelotonábamos en pos de una ilusión, de un espejismo.

Para la segunda parte de esta entrada… y lo que un padre es capaz de hacer, tendréis que esperar hasta el próximo día. Entonces os contaré cómo conocí a Camilo Sesto.

Origen

Un mamut bajo un cielo azul oscuro

Gruñidos procedentes de la foresta anunciaron la llegada del jefe y su acompañamiento. Ante su clan reunido frente a la caverna, se plantó sobre las piernas robustas y comenzó a gesticular mientras narraba su hallazgo con sonidos guturales.

Todos entendieron: Una manada de mamuts se apacentaba al otro lado de la corriente de agua. Pero ¿cuántos? La expectación colmó el claro de bramidos. Los cazadores querían saber de cuántos animales se trataba.
Tenían hambre, mucha hambre, y el gran frío estaba llegando.

El jefe pensó durante largo rato, pues no era suficiente con abrir mucho los brazos.
Abrir mucho los brazos era una caza normal. Finalmente, el neandertal cogió la falange de un enemigo muerto y trazó unos signos sobre la tierra.

***

—¡Señor! —gritó el ayudante.

Entusiasmado, el paleontólogo iluminó las pinturas de la pared de la cueva recién descubierta.

—¡Por mis barbas! ¡Es una suma! ¡Son números!

Calumnia

Un radiador en una pared, con la sombra de una ventana reflejándose en ella

Redacción: Radiadores. ¿Qué voy a decir de los radiadores? Los profesores flipan. Vaya tontería de tema. En mi habitación tengo uno, plateado, de aceite, con ruedas. Si hace frío lo enchufo y si no, lo arrincono. Eso es todo. Una mierda de radiador no da más de sí.

—¡Sí, mamá, ya voy! ¡Trato de escribir sobre un jodido radiador!

El ruido a mis espaldas me pone los pelos de punta. Un chirrido, un deslizamiento. Chirrido, deslizamiento. No puede ser mi madre.

Paralizada, con las manos sudorosas en el teclado, noto un calor que se aproxima. Me doy la vuelta muy despacio… y ahí está, emitiendo un susurro crepitante, un chisporroteo, acercándose implacable.
Por detrás, el cable suelto ondea como un rabo.
Solo me da tiempo a pensar que dos pilotos rojos encendidos indican máxima temperatura. Dos ojos rojos… El aceite…, caliente, muy caliente.

La cena se enfriaba en los platos. Fue el hedor a carne quemada lo que alertó a Maribel.

Era su nombre

Bonito cielo estrellado sobre montañas nevadas

La encontraron inánime entre arbustos quemados por la escarcha, salpicada de copos de nieve que la adornaban como reflejos de invierno. Hermosa, ataviada con sus prendas de gamuza y flecos, los ojos negros constelados de infinitas estrellas y de tristeza. Alrededor, el silencio del valle desolado.

Ningún médico de la ciudad pudo determinar las causas de su muerte. Había calidez y salud en la muchacha que, fuera de la reserva, estaba obligada a usar el nombre de Kirai.

Solo el chamán comprendió que la pequeña Sol de Verano se había extinguido como consecuencia del irreversible cambio climático.

Concurso SARPsiquiatría

II Concurso de microrelatos SARP 2016, con el tema “Soy como tu, aunque no lo sepas”, en relación al lema del Día de la Salud Mental, concurso promovido por la Sociedad aragonesa y riojana de Psiqquiatría.

Un concurso vía twitter al que se podían presentar tres tuits. Lo vi, me presenté y este fue el resultado:

SARPsiquiatria, #concursosarp 1º: Lo vigilan por la bombilla. Agradece que su mujer la encienda de noche para deslumbrarlos. (Ella solo teme la oscuridad). hace 8 días, Twitter Web Client

SARPsiquiatria, #concursosarp 3:Cuando el perro que rondaba el barrio y al que todos querían apareció muerto, él también lloró. Y los vecinos se sorprendieron hace 8 días, Twitter Web Client

SARPsiquiatria, @MartaEstradaG ENHORABUENA MARTA! Has ganado el concurso de microrrelatos y el 3 premio!ponte en contacto con nosotros: … hace 8 días, Twitter Web Client

Encantada. Gracias.

Aquí podéis visitar su web.

Éxodo

Un poco sobre Leon Uris y su novela

Leon Uris, el hijo de inmigrantes polacos que pese a no terminar el bachillerato por problemas con el inglés acabó por convertirse en uno de los novelistas más populares del siglo XX, murió en 2003 a los 78 años en el estado de Nueva York. El escritor saltó a la fama internacional en 1958 con la novela «Éxodo», seiscientas páginas sobre la tragedia de los judíos europeos que culmina en la fundación de Israel. Un libro que rápidamente se convertiría en el mayor éxito de ventas en EE.UU desde Lo que el viento se llevó, para ser después traducido a medio centenar de idiomas y convertirse en países comunistas en un título tan prohibido como codiciado por los judíos al otro lado del telón de acero.

Uris invirtió varios años de incansables viajes y exhaustiva documentación, dejándose llevar por sus raíces judías e incluso acompañando como corresponsal de guerra a las tropas de Israel en 1956 durante la campaña del Sinaí contra Egipto. El resultado de estos esfuerzos literarios sería capitalizado por Hollywood en la famosa película dirigida en 1960 por el legendario Otto Preminger, con las actuaciones estelares de Paul Newman y Eva Marie Saint.

La historia se desarrolla con el protagonista, Ari Ben Canaan, planeando la fuga y posterior transporte de cientos de refugiados judíos, detenidos en un campo de detención británico en Chipre para el Mandato Británico de Palestina. La operación se lleva a cabo bajo los auspicios de la Mossad le’Aliyah bet.

El libro narra la historia de los diversos personajes principales y de los lazos de su vida personal con el nacimiento del nuevo estado judío. Su fuerza principal es la descripción de las diferentes personas y los conflictos en sus vidas. Como en varias de las novelas de Uris, algunos caracteres ficticios están parcialmente basados sobre uno o varios personajes históricos, o cumplen la función de metáforas para las varias personas que ayudaron a construir el moderno Israel.

En lo personal

En casi todas las entrevistas terminan preguntándome qué libro me ha influido más de cuantos he leído. A nivel literario, creo que resulta imposible ceñirse a una sola lectura. Es más, no siento que tenga influencia de nadie en particular, si bien admito que tantos cientos de libros leídos sin duda dejan poso, y que cada autor, cada género contribuye a formar el sedimento del que nos nutrimos los escritores.

Pero Éxodo me marcó profundamente. Creo que fue la segunda obra para adultos que mi padre me leyó (¿os gustaría saber cuál fue la primera? Fue divertido, al menos para mí). Como he explicado tantas veces, él comenzó a leerme libros durante mis estancias en el hospital y las convalecencias en casa. al principio fueron novelillas juveniles, pero rápidamente pasamos a las de adultos, y Éxodo no pudo ser un plato más fuerte para mis trece años. Mi padre me leía en el comedor o el despacho de casa, en el patio, pero también nos íbamos al campo que rodea el municipio y allí, bajo los árboles, nos abandonábamos a sus páginas.

Recuerdo que vivimos el final del libro sentados en los escalones de la antigua torre del pueblo, un monumento del siglo X anterior a la arquitectura lombarda catalana, que entre otras, tuvo la función de prisión. Tenía que ser verano, o cuando menos primavera, porque no iba muy abrigada. Todavía siento el estremecimiento de saberme cerca de terminar aquella historia tan densa, y podría notar el rastro de mis lágrimas con las escenas finales a poco que me concentre. Y densa no por pesada o farragosa, sino por colmada de vivencias y matices. Estuve allí, en aquel asentamiento tras las alambradas, sentí el dolor de las pérdidas, y presencié el estallido final del protagonista con el alma en vilo. Me parece que mi padre, aunque quiso hacerse el fuerte, también lloró; le temblaba la voz.

Con éxodo estrené la sensación de no querer que un libro acabe jamás, la orfandad en la que caemos cuando dejamos de vivir con los personajes a los que hemos acompañado durante días. Tanto es así, que cada cuatro o cinco años necesito volver a leerlo. Y no digo releer por encima, no, hablo de leerlo nuevamente, entero.

Me impactó tanto que lo recomendé a todos mis amigos, y mientras mis amigas y yo fuimos jovencitas, jugamos a ser sus personajes. Incluso escribí una obra de teatro, adaptación de un cuento mío con el que gané un premio nacional auspiciado por la ONCE ese mismo año: Navidad para un adolescente judío.

Dudo mucho que de ningún otro libro que he leído, salvo quizás la saga

La Rueda del Tiempo
recuerde tanto detalle, tanto nombre, tantas historias, tantos sentimientos y emociones.

Ya para terminar, os comento que la película no me gustó nada. A mi entender, es una adaptación que no le hace justicia al libro. Sé que es muy complicado llevar a la gran pantalla una historia como esta, y podría perdonarle muchas cosas a Preminger. Pero que me cambiara tantas escenas primordiales de la novela no se lo perdono, por muy guapo que saliera Paul Newman.

¿Queréis compartir conmigo el libro que más os ha impactado, aquel que releéis a menudo y que os gustaría que nunca hubiera terminado?

Medio siglo

No sé muy bien cómo enfocar esta entrada, así que tiraré por lo sencillo y sincero. El día de mi 50 aniversario, este sábado pasado, fue uno de los mejores de mi vida en cuanto a celebración se refiere.

Hacía tiempo que tenía pensado hacer algo especial, un viaje, por ejemplo, irme a cualquier lado de fin de semana con dos o tres amigas. Pero, oh, casualidades, resulta que coincidía con el fin de semana de carnaval, y todo el mundo, que es muy fiestero, o la mayoría de mundo al que podía hacer proposiciones deshonestas, tenía compromisos. Además, no se me ocurre nada peor que emprender un viaje justo en carnavales. Pasé unos días en blanco, sin saber por dónde seguir planteándome algo.

Quizás algunos de vosotros os diréis, pues vaya cosa, celebrar los cincuenta, medio siglo, si uno ya va de capa caída… Qué sé yo. Para nada. cumplir ese medio siglo con cuya mención muchas personas pretenden chincharte, me pareció maravilloso. Pienso que es una edad estupenda para comenzar a replantearse algunas cosas, para ventilar los recovecos interiores y llevar a reciclar trastos emocionales inservibles. Por tanto, mi empeño en celebrarlo de forma especial, continuaba pinchándome.

Y se me ocurrió. Mi gente sabe que me apasionan los caballos. En otra vida, yo creo que además de ser un ente de la lluvia, tuve que ser por lo menos india o algo por el estilo. Lo dicho, me apasionan, me fascinan, siento una afinidad casi espiritual con ellos. Ojalá pudiera disfrutarlos en libertad, pero no tengo modo, así que me regalé una hora de un contacto estrecho con uno. Hablé con los responsables de la hípica

El rancho de Sitges

y les comenté mi propósito. No quería recibir una clase de equitación propiamente dicha. Mi única pretensión, independientemente de que terminara montando, era disfrutar de la compañía del animal.

Y así fue como conocí a Pona, una yegua de ocho años, rubia, bueno, color marrón claro, con el hocico blanco y unas crines largas que ya las querría yo por melena. Nos presentó Elena, una de las chicas de la hípica, aunque yo diría que me basté sola para presentarme. Le mostré las palmas juntas y abiertas a Pona. Ella me olisqueó, resopló y me chupó tan feliz, y acto seguido restregó su cabeza contra mí. Es un mimo equino de mucho cuidado, porque si no te pilla con los pies bien asentados, puedes perder fácilmente el equilibrio. Creo que Elena se sorprendió un poquillo de que la yegua se enamorara (lo expresó así) en tan poco rato.

Aquí os muestro nuestro primer ratito juntas, aunque ya hacía unos minutos que nos conocíamos.

Mimando a Pona

Después la cepillé a fondo, le puse el sudadero y el salvacruces, la montura, las cinchas y las riendas de paseo, y nos fuimos al circuito. Que por cierto, mientras la cepillaba, quería restregarse tanto conmigo que acabó pisándome. ¿Os podéis imaginar cómo es el pisotón de un caballo? Pero no pasó nada.

El viernes llovió mucho y estaba todo embarrado y con charcos, así que no se podía hacer gran cosa, máxime con una yegua tranquila y precavida a la que no le gusta demasiado pisar lodo. Pero con todo, Pona se avino dócilmente a pasear por el circuito, a hacer un eslalon entre conos de aprendizaje, incluso a trotar, ritmo que emprendí con la guía e indicaciones de Luis, el monitor que me acompañó en todo momento.

Trotando con Pona

Supongo que cuando Luis vio que me manejaba decentemente, propuso salir hasta la pista de competición, una más larga y mejor preparada que absorbe el agua, y por allí me di unos paseos. Pero era tarde para Pona

y ella tenía ganas de volver a su casa. Por supuesto, aunque yo tuviera una hora contratada, no iba a desoír su necesidad de descanso, así que respeté su deseo de volver. Nos encaminamos de regreso al circuito, porque los caballos están acostumbrados a que el jinete descabalgue allí. Antes de desmontar me tumbé sobre su cuello y le di las gracias por aquel rato, le di un beso bajo las crines y salté al suelo.

Con las piernas temblonas y el atisbo de agujetas que tendría al día siguiente, me despedí de Pona, Luis y Elena, feliz de la vida.

Como curiosidad puedo contaros que en un principio ellos habían pensado que montara a Follón (menudo nombre, ¿eh?), pero el caballo ya estaba listo con todos sus arreos y prefirieron la opción de Pona para que hubiera mayor contacto. Pero lo que quiero explicaros es que Follón tiene 30 años. Los caballo suelen vivir de 20 a 25, así que es un veteranísimo. Lo bonito es que, por mucho que los de la hípica quieren llevarlo al campo para que descanse y esté más a gusto (el campo está en la misma finca, es un espacio abierto y sin cuadras), no lo consiguen. Follón se pone enfermo cada vez que lo intentan, y han de llevarlo de nuevo al lugar de trabajo para que los niños monten y reciban sus clases y sus passeos. Como cualquier humano, Follón quiere sentirse útil.

Si a este rato genial le añado la comida con la familia a mediodía y la cena con amigas en casa por la noche…, montones de wasaps, felicitaciones por Facebook, llamadas y regalos geniales y acertadísimos, todos, todos sin excepción… ¡qué más puedo pedir para iniciar mi medio siglo?