Sal de vainilla… y un ingrediente más


Hoy había pensado colgar un pequeño desahogo escrito que me salió del alma hace años, cuando mi hijo era bebé, para cerrar de algún modo el tema niños. Pero lo guardaré un día o dos en el baúl. Los acontecimientos mandan, aunque no sean ni grandes ni espectaculares.

Ayer me invitaron a una charla literaria con Ada Parellada como autora. En realidad, tal como dice ella, es una cocinera que ha escrito una novela, no una escritora. Una mujer alegre, vital, de risa franca y sin pelos en la lengua. No le asusta hablar, comunica bien y conecta con su público. Primero hablaré del libro, y más abajo… de mi reflexión personal.

Sal de vainilla es el título, un libro que a medida que lees, no sabes si comerte o continuar leyendo. Se trata de una historia entre fogones, la lucha sin tregua de dos personas que han renunciado a lo que pueda darles la vida después de recibir incontables golpes a lo largo de los años. Dos seres desesperados por encontrar el ingrediente que les permita seguir adelante. Dos personalidades antagónicas que poco a poco se reconocerán y casi sin quererlo, ligarán sus realidades como los elementos de una salsa cuando emulsionan. A su alrededor desfilan personajes que encarnan la bondad, la maldad, la envidia, la lealtad, la amistad.
Es un libro lleno de contrastes, luces y sombras, mezcla de razas aglutinadas alrededor de los protagonistas. Una historia plagada de olores y sabores. Dulce, amargo, salado, picante. Los colores saltan en las páginas al ritmo del crepitar de los productos cocinándose. Dan ganas de comérselas cuando aparecen las recetas entremezcladas en la trama. Los amantes de la cocina y la lectura encontrarán en la novela un interesante plato a degustar: podrán leer y cocinar a un tiempo, además de ilustrarse sobre la procedencia de alimentos que por familiares, ni siquiera nos preguntamos de dónde surgieron.
La otra cara de la moneda, y que ya no guarda ninguna relación con Ada ni con su libro, tiene que ver con los comportamientos de ciertas personas. Muchos me entenderéis sin necesidad de especificar más. Para el resto de quienes me leéis, se trata de un apunte que puede extrapolarse a cualquier situación. Me pregunto por qué hay individuos que acuden a todos los actos habidos y por haber sin tener un mínimo de interés por lo que en ellos se desarrolla. En este caso, ya no digo que no hayan leído el libro en cuestión, eso no tendría mayor importancia si existe un gusto y un placer por la literatura. Supongo que son personas que se sienten solas y necesitan acogerse al calor de un grupo donde poder manifestarse de algún modo. Yo no presumo de tener un abanico de actividades en las que participe plenamente día sí, día no, ni mucho menos. La vida te sirve rutina a espuertas, y hay que pasar por ella sin rechistar, o rechistando, según te levantes por las mañanas. Pero, ¿cómo ha de ser una existencia sin alicientes? ¿O realmente esas personas hacen de este entrar y salir de diversos acontecimientos el motor de sus días? Es posible que no alcance a comprenderlo, y sin ánimo de criticar, sí es una cuestión que me ronda siempre después de presenciar determinados comportamientos. ¿Llamar la atención? ¿O no son ni siquiera conscientes de ello?
Alguien decía que sentía vergüenza ajena. Pienso que quizá no hay para tanto, aunque dé un poco de grima. En estos casos, aunque cueste, hay que intentar ponerse en el lugar de esas personas que seguramente se sienten perdidas en un entorno que les debe de resultar hostil. A veces el ejercicio de comprensión y empatía se nos escapa, y no me lavo las manos. He caído en la crítica demasiado a menudo, más de lo que me gustaría reconocer. El problema, en ocasiones, es que si alguien hace el ridículo en grupo o se pone en evidencia, surge el peligro de que los demás generalicen. Ya sabemos eso de que generalizar es malo.
Así que después de la experiencia, toca pensar en que no todos hemos tenido la misma suerte al poder desarrollarnos de una forma determinada y no de otra menos deseable, sea por las circunstancias que sea. Quizá el hecho de que estas personas acudan ya es un logro en sí para ellas, un esfuerzo que los demás no somos capaces de medir, pero en todo caso, que no tenemos ningún derecho a menospreciar.

Bebés… niños


Prometí dos reflexiones al hilo del tema embarazos e hijos. Ahí va la segunda, que más que una reflexión es una encíclica (por lo de papal, o mamal… o lo larga).
Ay, los bebés, los niños pequeños… Nunca me preocupó en exceso no ser capaz de cuidar de ellos, supongo que algo instintivo en mi interior me tranquilizaba al respecto. Bien cierto es que, como en todo, y como todas y todos, al principio andas un poco perdida. Sin embargo, no recuerdo que este período se alargase demasiado. Pronto acumulas recursos, trucos y habilidades que te permiten desempeñarte casi con toda normalidad. Digo casi porque siempre existe esa situación en la que no queda más remedio que buscar la ayuda de un vidente, y no pasa nada.
El tacto es un gran aliado en la comunicación con tu bebé, no sólo por el beneficio que le supone que le toques, le acaricies, le masajees, le pongas en contacto con tu piel sino porque mientras lo haces, estás recibiendo mucha información acerca de su estado. Sabes si tiene frío, si está demasiado caliente, si el pañal está mojado, si se siente inquieto (cuando mueve mucho manos y cabeza, o aprieta los puñitos). Si le caen mocos, si está contento o tiene miedo (abre mucho brazos y patalea, o se cierra sobre sí mismo en el segundo caso).
El oído es vital a su vez: sabes si duerme pacíficamente o si se agita. Si está feliz o no, comprendes cada tipo de llanto porque no te queda más remedio que interpretarlo. Captas si se ha atragantado porque deja de respirar. Te das cuenta de que en lugar de tragar escupe la comida porque deglutir y rechazar el alimento suenan diferente. La alarma se enciende cuando de repente no le oyes y sabes que ha dejado de gatear o corretear… qué estará haciendo…
Y el olfato. Mmm… no huele igual una caca normal que otra producto de alguna infección intestinal, ah, la escatología del mundo infantil. Sabes si ha vomitado, si va sucio, si lleva un exceso de ropa (no huele igual un bebé acalorado que otro que se siente confortablemente vestido). Si su ropa está limpia o manchada de leche, o restos de papilla o fruta. No huele igual un bebé sano que un bebé enfermo, afiebrado.
Al mismo tiempo que adaptas tus sentidos para una total comunicación con el bebé (hablo de bebé porque en cuanto éste empieza a ser mayorcito se establecen otros canales en los que él empieza a cobrar protagonismo), desarrollas todo tipo de artimañas que te facilitan el día a día a su cuidado.
Yo sabía la cantidad de leche que había dejado de comer por el peso del biberón (si eran 30 ml, o 50) y no me preguntéis cómo pero lo cierto es que casi nunca me equivocaba.
La medicación tampoco era problema, bastaba con hacer una muesca en el émbolo de las jeringuillas y llenarlas de jarabe hasta la marca que determinase la cantidad necesaria. Otra cosa eran los cuentagotas cuando esta cantidad era muy pequeña, en ese caso sí pedía que me preparasen algunas tomas para poder administrárselas.
Cortar las uñas… un cortaúñas para bebés es fantástico pero si se trata de uñitas muy blandas y con peligro de pellizcar la carne, los dientes son estupendos y gracias al tacto de los labios no existe riesgo de lastimar los deditos.
Darle de comer con cuchara… Mientras es demasiado pequeño lo más sencillo es sentártelo encima, apoyado en tu brazo izquierdo o en tu torso. La mano izquierda es el detector de bocas, abrazas suavemente la cabeza del niño y colocas el índice en la comisura del mismo lado. La mano derecha es la que va a la boca guiada por el tacto de ese índice que marca el camino. Claro, cuando en el justo momento de la arribada a puerto el bebé decide girar la cabeza, zas, la papilla va directa a la oreja. Luego está la operación potito (o cualquier otro alimento que sea demasiado líquido)… veamos, pongámonos el impermeable, las botas de agua, y vistamos al niño con un babero plastificado de pies a cabeza. ¡Ni Dalí pintaba cuadros mejores que la presencia de un bebé después de esas comidas! Así que un bonito recurso era espesarlas con algo de cereal. Bueno bueno, la práctica al final permitía que pudieras quitarte las botas de agua. Exagero y bromeo, claro está, pero a menudo el lío era tremendo en estas ocasiones. Llega el día en que ya no eres tú la que va a buscar su boca sino el bebé el que adelanta la cabeza para ir a su encuentro o bien coge tu mano para guiarla. Hasta que al fin come solo.
Sacar al bebé de paseo… A un bebé muy bebé puedes llevarle en su cochecito. Vivo en un pueblo así que hablo desde la perspectiva de un lugar más o menos tranquilo. Pasear alrededor de la manzana para tomar el sol no reviste mayor problema. El mismo cochecito hace de bastón, sólo has de estar pendiente del sonido para girar las esquinas o chaflanes. Cuando no es cochecito sino sillita es el propio niño el que da alaridos de alegría si ve que vas a chocar y te avisa aunque sea gorgoteando. Se trata de hacer del paseo un juego que él comprenda sin asustarse. Pero existen otros medios más seguros: la mochila al pecho si el bebé es muy pequeño, o a la espalda cuando ha crecido un poquito. Sabes en este último caso que aunque el angelito vaya haciéndote la permanente o arrancándote cabellos, participa del control de la situación y sólo has de prestar atención a sus reacciones más o menos involuntarias para captar determinadas cosas. Y cuando ya camina, el niño es muy consciente de que ha de ir tomado de tu mano.
Has de entender que para el bebé tú eres su madre y su madre es como es, lo sabe desde que nace y para él esta madre representa la normalidad. Con nueve meses uno de mis hijos me cogió el dedo para mostrarme una heridita que tenía en la rodilla. El niño sabe que para enseñarte algo ha de ponértelo en la mano, como la famosa babosa en el campo. No sé otros pero mis hijos nunca han desarrollado la picardía de aprovecharse de mi ceguera salvo en insignificantes momentos que no revisten importancia. Fijaos si eran bobalicones que por ejemplo cuando cogían algo que sabían que estaba prohibido, decían: “No estoy tocando el cuchillo, ¿eh?”. Ya con una cierta edad, si les llevaba al parque tenía la seguridad de que no se alejarían demasiado sin volver al poco para que yo supiera que seguían ahí, y si se iban de mi entorno me lo comunicaban.
Por supuesto hay ocasiones en que una situación en concreto se te escapa de las manos. Mi hijo pequeño tenía dos años cuando su padre salió por la puerta del jardín de casa y se la dejó abierta. Reaccioné enseguida pero para cuando salí precipitadamente del garaje el niño ya estaba en la calle corriendo acera abajo felizmente. Si no hubiese cerrado la cancela detrás de él seguramente le habría alcanzado, pero no fue así. En un momento ya no le oía. No había nadie, ningún vecino. Me resistía a entrar en la casa, pero al final tuve que hacerlo. Llamé a tres personas antes de localizar a alguien que pudiera acercarse a buscar al niño. Y mientras, allí, sin poder hacer nada, mi impotencia era tan grande que los minutos se me hicieron eternos. No se lo deseo a nadie. Después de una eternidad, apareció un señor por el lado contrario de aquel por el que se había ido mi hijo con éste de la mano. Le había encontrado ya junto a la carretera y reconociéndole de haberle visto conmigo, me lo trajo a casa. Soy incapaz de explicar el cúmulo de sensaciones, el alivio, la rabia por aquellos minutos, la alegría…
Otro tema interesante es el de la conexión madre/hijo a través de la mirada a la que tanta importancia se da. Bueno, con mi primer hijo lo pasé mal al principio, me negué a que nadie le diera el biberón porque temía que ese famoso vínculo se estableciera con otra persona que no fuera yo. No sé qué de científico haya en esa aseveración pero el caso es que mis bebés jamás tuvieron problema para reconocer a su madre y su relación conmigo fue total. Supongo que para suplir la mirada, siempre les hablé muchísimo, les canté y murmuré. Quizá por ello ambos cotorreaban como loros antes del año y han sido niños con una gran capacidad de expresarse, en todo momento superior a la propia para su edad. Otra ventaja que creo que han heredado de mi ceguera es que jamás han tenido miedo de la oscuridad. Nunca encendí luces cuando acudía a su llamada por las noches, se acostumbraron a caminar a oscuras para ir al baño y a buscar a tientas el vaso de agua o el peluche de turno.
Al final, la clave radica en confiar en ellos. No puedes estar todo el día tocando a ver que se llevan entre manos o preguntando qué hacen. Estado de vigilancia, pero no de alerta constante. Hay que dejarles bajar las escaleras aunque vayan trastabillando porque ya pueden hacerlo, aunque temas que lleguen rodando al final y tú no atines a rescatarlos antes de la caída. Hay que decirles que el castillo de troncos, puentes y cuerdas del parque reviste un cierto peligro y que deben tener cuidado, pero si se meten en él, no hay que coartar su iniciativa sólo porque no puedas controlarles y sujetarles en el aire si caen. Hay que confiar, tragar y confiar.

Parir con dolor


Un día fui a una tienda que atendía un conocido. Con él estaba su hija, y en brazos de ésta, la nieta de seis meses. Pedí tenerla en los míos, y su madre me complació sin problemas. Pero el abuelo puso mala cara, desconfiando de mi capacidad de poder sostener al bebé sin causarle ningún daño. Esta escena dará pie a dos reflexiones, y hoy os dejo la primera.
Para toda mujer que desea tener un hijo, saber que por fin ha quedado embarazada es una de las alegrías y emociones más intensas que existen (sobre todo si lo intentas durante dos años, que, fuera tópicos, hacer hijos no es tan bonito cuando acaba convirtiéndose en un ejercicio casi marcial).
Supe que estaba embarazada porque de repente un día mi perra guía comenzó a olfatearme con insistencia. Me sorprendió, pero ese detalle unido a mis sensaciones, corroboró la feliz noticia. Consulté más adelante este comportamiento y me dijeron que era normal en estos animales, que la revolución hormonal afecta al ph de la piel y su olor varía. Para mí también iba a ser un proceso donde tacto, olfato y gusto sufrirían cambios sustanciales.
De todos es sabido que estos sentidos se modifican, en algunas mujeres más, en otras menos. Pero para mí, que regirme por ellos es lo normal, las modificaciones me afectaron creo que de una forma si no especial, sí específica.
La intensidad con la que percibía olores desagradables me resultaba a menudo desconcertante provocándome incluso náuseas. Aromas que hasta entonces formaban parte de mi aura de bienestar se convirtieron en excesivos, casi insoportables, mi propia colonia, el café… Otros que me habían sido indiferentes, se colocaron a la cabeza de la nueva escala de preferencias, como el de un bolso que compré en una tienda india de Manhattan y que llevé durante todo ese período. Y el tacto… mi piel de repente pareció que tenía radares, mis manos despertaron como si a unos ojos miopes les colocas unas gafas y de súbito lo ven todo mucho más claro. Eso sí, para lo bueno y para lo malo, pues lo mismo me molestaba una caricia que el roce de una prenda.
Y el oído… Ignoro si a las demás mujeres les ocurre, pero en el silencio de la noche, los sonidos interiores de mi propio cuerpo me llegaban con nitidez, a veces hasta impedirme conciliar el sueño. El corazón, el constante movimiento de las tripas, y lo más maravilloso, el borboteo del líquido amniótico cuando el bebé, ya algo crecidito, andaba dando volteretas. La comunicación con mi cuerpo se transformó, tuve que adaptar la percepción de mí misma. No es lo mismo caminar con un barrigón que sin él, si iba con la perra casi no había diferencia, salvo la de no perder el equilibrio, pero llevar bastón es otro cantar pues éste como que no encuentra dónde ha de colocarse a causa del bulto de la tripa.
Por lo demás, todo transcurrió normalmente, entre ecografías donde la mayor emoción para mí era escuchar el corazón del bebé, compra de artilugios varios, ropita en cuya suavidad me recreaba, paseos, sueño, mucho sueño, cansancio, expectación, impaciencia… Hasta que llegó el día.
Me puse de parto poco después de medianoche sin grandes dolores. Tanto es así que cuando llegué a la clínica después de una previa revisión en el hospital más cercano (la clínica estaba a unos 30 Km. de casa) le pedí a la enfermera que hiciera el favor de no decirme que se trataba de una falsa alarma porque regresar sin más era un tostón. Seguro que me miró con cara de pensar que estaba loca. De todos modos no hizo falta porque no sólo estaba de parto sino que apenas tuvieron tiempo de prepararme y administrarme la famosa epidural.
Bueno, parir es casi siempre igual, sala de partos, una comadrona y a veces el especialista (en mi caso una mujer), una camilla que dicen que se inventaron los hombres para que su trabajo les resultase más cómodo, pero que es una tortura para la parturienta… Todo muy relajado y controlado en esa ocasión. Respira, aguanta el aire cuando te digan, suéltalo, jadea, puja, relájate, vuelta a empezar. De repente un grito. El llanto de mi hijo. “¿Qué ha pasado? ¿Ya está, es mi hijo?”. Nadie tuvo la delicadeza de informarme de que estaba a punto de nacer, ni siquiera el padre de la criatura. Mi hijo podía haber venido volando, balanceándose en un hatillo colgado del pico de la cigüeña, podrían haberlo sacado de un cesto de debajo de la camilla para entregármelo. Lo sé, suena crudo pero es la pura realidad. La dosis de epidural que me inyectaron fue tan alta que no sentí absolutamente nada, ningún dolor, ni una sensación, no me di cuenta del cuerpecito que me abandonaba… NADA. Me quedé anonadada. He de reconocer que tardé en experimentar la emoción del nacimiento, de la llegada de mi hijo, no me envolvió hasta que me lo pusieron encima y aún así fue demasiado tibia para lo que suele darse en estas ocasiones.
Esto me lleva a plantearme algo. ¿Activa el dolor parte del mecanismo que pone en marcha nuestra reacción maternal? Si ves y puedes seguir el proceso supongo que esta faceta queda de algún modo suplida por la información que se recibe a través de la vista. Es sabido que una cesárea retarda la subida de la leche, por ejemplo, a nivel hormonal está claro que el parto natural es el que desencadena las reacciones físicas necesarias. Pero… ¿y la parte emocional? ¿Es casualidad que el bebé no acabara de prenderse al pecho y que finalmente la lactancia fracasara? ¿ Pueden la falta de estímulo visual y de tacto dificultar el proceso natural que permite la adaptación a la nueva situación? Cómo me gustaría que algún entendido en la materia pudiera responderme.
Puedo ofrecer la otra cara de la moneda. Cuatro años después nació mi segundo hijo. Además de que la anestesia epidural en ese tiempo mejoró considerablemente, en vistas de mi anterior experiencia, pedí que me administraran la dosis mínima para no sufrir demasiado, sin privarme de la conexión con mi propio cuerpo. El anestesista dio con el punto exacto.  Sentí el endurecimiento de mi vientre, toda la tensión de las contracciones, el alivio de cada relajación, mi interior abriéndose. El dolor de dar a luz. Mi hijo naciendo. Sí, ese momento increíble cuando de pronto el dolor cesa y sientes que algo cálido se escurre entre tus piernas… Me emocioné, lloré, la avalancha de sensaciones y sentimientos me arrasó, fui una unidad con el recién nacido. Éste nada más ser colocado encima de mí, buscó con su boquita mi pecho… ¡Y no se desprendió de él durante más de un año!

El Guardián Invisible… Viajar II


No, no voy a hablar de mis viajes, por lo menos los físicos. Hoy quiero compartir la experiencia sobre un libro. No digo lectura, no digo crítica, no digo reseña. Experiencia. Eso es lo que significó para mí El Guardián Invisible, de Dolores Redondo. Una experiencia sensorial, un canto a las emociones. Y por ello lo vinculo a mi anterior post, porque leerlo fue un viaje en toda regla, por un paisaje navarro y por una senda de sentimientos.
Es una novela negra, aunque creo que a su autora le gusta más decir que es de misterio. Pero no se trata de un thryller al uso. Sí, un asesino en serie, unos crímenes rituales, un trasfondo tan inquietante como sorprendente. La más cruda realidad entretejida con las antiguas creencias y las costumbres de un valle que han perdurado hasta la actualidad. Un lenguaje llano y directo, sin grandilocuencia, una flecha disparada con maestría a la diana de los rincones más ocultos de cada cual. Hasta aquí digamos, los componentes recreados por una trama que absorbe de principio a fin y mantiene una intriga que empuja a leer con voracidad.
Pero hay más. Cuando rememoro la lectura, puedo oler la profundidad del bosque, estremecerme con su misterio y sus claroscuros. Puedo sentir mis pies en la tierra húmeda y esponjosa, cubierta de una resbaladiza capa de hojas. La presencia de los árboles y los líquenes y el sonido del río rompiendo el silencio casi místico, profanado por la cacofonía de la muerte. No, no son descripciones pretenciosas, son vivencias, imágenes que se abren en la mente y se despliegan con toda su potencia.
Y no sólo ese bosque ancestral, donde ocurren cosas. El pueblo, sus calles, las plazas, los puentes, las casas señoriales que apenas contarían nada si no fuera por el viento y el frío que calan, que se instalan en las piedras de las fachadas y se arrastran por los soportales. La historia que acecha, el pasado que grita. El aroma de una familia que esconde horrores y dulzuras a partes iguales.
Porque los personajes, todos ellos sin excepción, incluso los que no se ven, los que se intuyen, los que ya no están, desfilan ante nosotros cargando un baúl rebosante de sentimientos y emociones, miedos y terrores, frustraciones y deseos, egoísmo y ternura, amor y odio. Otro paisaje anclado en la calidez de una chimenea, la densidad de la harina, la suavidad de una caricia en el pelo, el pánico en la oscuridad y la confianza en una mano. Voces y olores alrededor de hechos terribles y de otros que sólo algunos privilegiados pueden comprender y abarcar.
Es un libro para guardar en la memoria olfativa, gustativa y emocional, un regalo para el alma, tanto si crees en un silbido que te proteja como si no…

Viajar


Va llegando el momento de planificar las vacaciones y pensar si es posible pasar unos días fuera del lugar de residencia. Otros ya tienen lista su fantástica luna de miel (un guiño cariñoso a Juanjo y Núria, con dedicatoria del post para ella, insaciable viajera). A algunas personas les sorprende o extraña que pueda gustarme viajar. No hablo de desplazarme, lógicamente, sino de conocer otros sitios, de hacer turismo, vaya. ¿Qué tiene de diferente para ti una ciudad de otra, sin no las ves?, es una pregunta habitual. Y entonces es cuando hay que comenzar a cambiar el chip. Realmente los que ven, cuando llegan a un nuevo lugar se empapan de todo cuanto perciben a través de la vista. Normal, es su vínculo con el exterior. En cambio a mí las sensaciones me alcanzan vía oído, olfato, tacto… Incluso gusto. No voy a teorizar, sólo explicaré experiencias que espero sean suficientemente esclarecedoras. Cerrad los ojos e imaginad.
Un pueblecito de León… el olor espeso, penetrante pero no desagradable de las cuadras con vacas, caballos y cerdos. Dios, la alfalfa recién segada deja unos rastrojos tiesos como púas que lastiman los pies y los tobillos si no vas con cuidado, o lo que es lo mismo, si has tenido la mala idea de ir al campo en sandalias. Montar a pelo sobre el percherón me hace sentir bien, percibo su mansa vitalidad y llega hasta mi nariz el aroma cálido de su piel. Es genial revolcarse sobre el grano de trigo recién trillado que se derrama como una cascada desde el remolque del tractor… ¡pero qué insidioso polvillo que se mete en todos los orificios! Hum, preferiría no escuchar el camión del lechero a estas horas de la mañana, con ese estrépito infernal de bidones metálicos. El intenso calor tiene sonido, suena a pesadez, a cigarras, a moscas.
Fascinante pueblito próximo a Bruselas. El bosque alrededor huele a profundidad, noto la altura de los árboles porque el sonido queda apresado bajo sus frondosísimas copas, como si no tuviera por donde expandirse. Si callo, el silencio es un estallido de vida que rebulle en la hierba espesa y húmeda. Cruje alguna rama y una especie de bronco reclamo se eleva ceremonioso… y me doy cuenta de que estoy escuchando a un ciervo en libertad. La lluvia torrencial repentina me envuelve y además de quedar empapada, siento que he de fijar los pies descalzos en el suelo, en la tupida hierba, y en ese momento la comunión con la tierra me hace estremecer mientras su intenso olor me penetra e inunda como lo más vivo que he podido experimentar.
Manhattan me aprisiona y oprime contra el suelo. La sensación de que no hay espacio abierto encima de mi cabeza es al principio asfixiante. Ah sí, bueno, también asfixian el humo de los vehículos, el vapor que emana de las alcantarillas o rejillas del metro, la multitud en las calles. Manhattan huele a humanidad, a combustible quemado, huele a cebolla frita en las esquinas, a mil perfumes. Suena a cientos de idiomas, a sermón de predicador subido en un tonel, a rap a todo volumen, a metro chirriante y a ulular constante de sirenas. La ciudad hierve, está viva, es diferente a todo cuanto he visitado, se incrusta en los sentidos y hace que vibre, sude, me agote, tema, cante.
Llevo mal el tema museos, no porque sea ciega (a muchos invidentes les gustan), no soporto caminar y caminar mientras alguien me explica lo mejor que puede cuanto tengo delante, sin posibilidad de tocar nada las más de las veces porque siempre hay un vigilante que te riñe o una vitrina que lo impide. Por suerte la tendencia apunta hacia una mejor inclusión de estos espacios en asuntos de accesibilidad, pero todavía hay mucho por recorrer. No me gusta mucho visitar iglesias o catedrales, me aburro, todas huelen a incienso, a cera quemándose, todas las paredes y columnas son piedra, más o menos pulida, más o menos trabajada, pero piedra donde lo único que consigo es ensuciarme las manos de polvo. Eso no me priva de emocionarme al entrar en Saint Patrick en pleno oficio, o en la basílica de Montserrat cuando la Escolanía canta el Virulai. Y es por lo que digo, vivo el ambiente, lo siento, lo respiro, y no siempre necesito referencias físicas para disfrutarlo.
Me gusta caminar las calles, escuchar la gente, oler los espacios, percibir la esencia de los lugares. Ahora me he vuelto un poco comodona y me da pereza viajar pero siempre he preferido el turismo urbano al rural, la ciudad me resulta más atrayente en cuanto a percepciones. Adoro la naturaleza, pero no para visitarla sino para descansar en ella, para desconectar, para pasear. También me parece importante la compañía en la que viajas, la persona que va contigo. Mmm, no es lo mismo tener a alguien que sabe transmitirte una puesta de sol, la grandiosidad de un edificio, la vestimenta estrafalaria de algún personaje callejero que a otro alguien que sólo te hace de guía físicamente hablando y que se pasa horas adosado a una cámara de vídeo filmando todo sin pronunciar palabra mientras tú te mueres de asco esperando, por ejemplo. Y no debe de ser lo mismo hacerlo en compañía de otra persona ciega con la que compartir sensaciones, descubrir sabores y olores, o perderse.
Es posible que la culminación de estas experiencias la consiguiera en algún lugar de Asia o de África, pero nunca he tenido ocasión de viajar tan lejos, y puede que también llegase a saturarme hasta que me resultara una vivencia desagradable. Sí, porque una exageración de olores de todo tipo condensados en un solo ambiente puede anular mi capacidad de disfrutar. El ruido que pasa a ser estruendo me desconecta del entorno, hace que me sienta aislada. En contra de lo que pueda parecer, el sentido del oído más desarrollado no facilita captar y comprender muchas conversaciones cruzadas sino que hace que todas penetren a la vez en tu cerebro con inaudita intensidad y no te enteres de nada.
Todo tiene su contrapartida. Así como hueles lo agradable, te golpea intensamente lo desagradable. Así como escuchas gratos sonidos, te molestan otros que a casi nadie estorban. Y tocar no siempre es placentero… “¡Mamá, mira (en una casa rural), ven, mira qué bonito!” El niño, tan lindo él, coge tu mano y la acerca a su hallazgo maravilloso…, ¿será una flor? ¡Es una babosa asquerosa!

Una forma diferente


Es divertido ver cómo reaccionan algunos videntes cuando de repente se va la luz. Pasan a sentirse vulnerables, inseguros, caminan arrastrando los pies con las manos por delante y el cuerpo hacia atrás, como protegiéndolo de los posibles golpes, e incluso la misma oscuridad con sus matices les juega malas pasadas, tales como imaginar que el marco de una puerta se les viene encima. Todo es cuestión de práctica o costumbre. Todo es entrenable. Una amiga me preguntó cómo podría enseñar a tocar, a percibir con las manos a los que ven. Formas hay, desde luego. Yo era vidente, y de repente fui ciega. Y esta fue mi experiencia.
No puedo ser romántica al recordar mis últimas imágenes, nada de una bella puesta de sol, o una delicada flor, o el rostro de mi madre. Ja, creed lo que voy a deciros. En aquel día previo a la operación definitiva, salió publicada en la revista Interbviw (creo que era ésa, pero no puedo estar muy segura porque no sé qué haría en manos de mi madre) la fotografía de no sé qué jugador de fútbol de la liga de no sé dónde que al dar un salto perdió sus pantalones, o bien se le rompieron, no recuerdo, dejando sus partes al descubierto. Mi madre me lo explicó y yo insistí en destaparme el ojo y verla. El desprendimiento de retina apenas me permitía distinguir más que un borrón, pero así y todo no puedo negar que fue lo último que vi, porque las luces del quirófano no cuentan.
Al día siguiente, tras la operación, aun con los dichosos parches asépticamente colocados, supe que estaba ciega, no había luz más allá. Y empezó un mundo de sonidos, olores y texturas que hasta entonces me había pasado desapercibido. No hubo transición.
Mis padres, familiares y amigos que iban a visitarme, las enfermeras y auxiliares, los médicos, pasaron a convertirse en voces y olores de colonia, de sudor, de champú. Las sábanas ya no eran blancas sino de rasposo algodón. Los peluches de regalo eran de repente más suaves, o más blandos, o menos agradables. Las radionovelas de la SER que me entretenían aunque apenas comprendía, se transformaron en imágenes en mi cabeza y comencé a verlas como si se tratara de la televisión. Oh, y esos libros que mi padre empezó a leerme por primera vez resultaron ser no sólo relatos de aventuras, sino maravillosas películas que desfilaban por mi mente con increíble claridad.
Cuando me dieron el alta y pude levantarme de la cama después de largas semanas postrada, mi madre estaba a mi lado. “Mamá, ¿por qué estás sentada?”, le pregunté. Dios, y no era que estuviera sentada sino que yo había crecido unos cuantos centímetros. Fue aquel insignificante detalle el que me hizo comprender que todo había cambiado, que las perspectivas desde las que debía relacionarme con mi entorno no serían las mismas. Iba a tener que utilizar mis manos para ver, y mis oídos. Y no me parecía que fuera a ser sencillo. Había escuchado historias sobre ciegos que parecían poco menos que superhéroes. Había visto películas en las que el protagonista invidente desplegaba habilidades ingeniosas para salir airoso de cualquier situación. En ese momento dejé de creer en todo eso. No surgió un radar de mi cabeza. Iba a tener que currármelo, sí, y mucho.
No somos héroes. Lo que somos capaces de hacer nos cuesta un aprendizaje, a veces una buena dosis de frustración hasta alcanzar resultados. No tenemos un botón que al pulsarse despliegue aplicaciones listas para ser usadas. En cuanto a las limitaciones, por supuesto existen, quien me diga que no es que tiene una ceguera mal asumida, aunque la disfrace de adaptación total. También es cierto que otras las creamos nosotros mismos, y llegan a ser tan insalvables como las de verdad. Y no es válido eso de que fulanito lo hace. Claro que sí. Lo que fulanito hace o consigue o puede, para mí quizá es inalcanzable, por mis circunstancias, por mi forma de ser, por ese cúmulo de inhibiciones inherentes a cada persona. Como en todos los campos, generalizar no es aconsejable.

La vida misma


Hace algunos días, la hija de una amiga me hizo una pregunta. Ella se ponía en mi lugar y se angustiaba sólo con pensarlo. La conversación derivó hacia otros temas importantes para un adolescente, y os los comparto.
No es sencillo abordar este tema. Como a cualquier niña, me llegó el momento de convertirme en mujer (qué eufemismo tan ridículo… ¿mujer a esa edad?). Muchas adolescentes detestan ese cambio en sus vidas, o lo niegan sistemáticamente, o lo aceptan sin más. Mi reacción no se aproximó a ninguna de esas tres. Yo pasaba la semana fuera de casa puesto que el colegio de la ONCE se hallaba lejos de donde vivíamos. En aquel entonces no tenía residencia de alumnos así que repartía mis días entre la casa de unos y otros abuelos, de una mujer que cuidaba de mí o de la de una amiga cuyos padres se avinieron a alojarme. Quiero destacar con ello que veía a mi madre los fines de semana y por tanto, aunque yo llevaba esa situación alegremente, no pude contar con su apoyo en este crudo tema.
Cuando tuve mi primera regla lloré, lloré sin descanso durante mucho rato. Y no fue porque no quisiera crecer, porque no quisiera ser mujer (otra vez… pero así lo veíamos, o nos lo hacían ver). Fue simplemente porque me aterraba la idea de no darme cuenta del preciso momento en que cada mes comenzase a sangrar y me manchase todita. Así de prosaico. Realmente fue una sensación de impotencia y vulnerabilidad como creo que no había sentido ni siquiera al perder la vista. Pasé unos meses obsesionada con ello hasta que poco a poco aprendí a reconocer los síntomas y a anticiparme.
Podría haberlo dejado ahí, pero hablar de esto me indujo a ofrecerle otras reflexiones.
La adolescencia no es una época demasiado fácil para nadie. Yo la atravesé con cierta serenidad, sin estallidos de rebeldía, sin grandes interrogantes. El instituto era una molestia que había que aceptar y sacar adelante. Ocupaba mucho tiempo escribiendo cartas a amigos conocidos y otros cuyas direcciones sacaba de revistas para ciegos o de programas de radio. Leía con voracidad todo cuanto caía en mis manos (nunca mejor dicho). Me deleitaba escribiendo mis propias novelas y relatos o escuchando música.
Pero también existían esos momentos en los que había que salir con los amigos. Conseguí tener algún grupito de chicos y chicas videntes con los que compartía tardes de sábados o domingos. Sus actividades no me complacían demasiado, pero quería amoldarme, quería participar de ellas, quería sentirme una más.
No obstante (ignoro cuando tuve conciencia de ello) comencé a comprender que realmente no era una más. Empecé a darme cuenta de que no tenía referencias, ¿cómo era yo con relación al resto de las chicas? ¿Era guapa o fea? ¿Vestía como ellas? ¿Tenía más o menos pecho que ellas, o menos cintura, o el color de pelo bonito? La opinión de mi madre no me servía, las madres acostumbran a minimizar defectos y a pensar que sus hijos son los mejores y más guapos. Esta incertidumbre se convirtió en una corriente lenta pero insistente que fue socavando mi autoestima.
Por si fuera poco, todos mis enamoramientos naufragaban. Ningún chico de los que llegaron a gustarme mostró el mínimo interés en mí lo cual acrecentó mi inseguridad y mi convicción de que yo era insignificante. Y no sólo insignificante sino invisible. Incluso en alguna ocasión pensé que sólo era un bulto, que me aceptaban en el grupo por fuerza, no digo por compasión ni mucho menos, sino por obligación. Cuidado, no estoy culpabilizando a los videntes, para nada. Es posible que la culpa fuera mía por no saber activar habilidades que me hubiesen ayudado a superar todo eso. Estoy segura de que hoy en día las muchachas ciegas se desenvuelven mucho mejor en este sentido. La integración sistemática, una mayor conciencia social de la ceguera, los recursos más avanzados. Todo ello debe de facilitarles la vida y cuidar de sus autoestimas.
Sin embargo me pregunto, ¿por qué sigue habiendo muchas más parejas en las que el miembro ciego es el chico? ¿Por qué las mujeres lo tenemos más difícil a la hora de que nos acepte un hombre vidente? ¿Son ellos más temerosos a la hora de iniciar este tipo de contacto? ¿Tienen las chicas menos prejuicios e inhibiciones? Ahí queda.


Luego tampoco fue tan fácil


Después de realizar los tres últimos cursos de EGB. en la escuela de la ONCE, llegó el momento de reincorporarme a la enseñanza entre videntes. Actualmente, la integración de alumnos ciegos o deficientes visuales en escuelas e institutos “normales” (hago especial hincapié en las comillas) es una práctica totalmente habitual y extendida. Pero no era así a principios de los años 80. Cierto es que se tendía a ello, sin embargo, todavía se carecía de recursos y habilidades para que todo resultara fluido y natural.
Así que comencé primero de BUP con más miedo que otra cosa, sin saber cómo me iba a enfrentar al nuevo reto. El cambio a la secundaria suele ser algo que atemoriza al común de los niños y en mi caso la sensación se acrecentaba considerablemente. Conocía a algunos de los que iban a ser mis compañeros por haber asistido a unos campamentos de verano con ellos pero eso, aunque ayudaba un poco, no me bastaba para sentirme segura. Por consiguiente, mis primeros pasos en aquel mundo ruidoso y diferente fueron duros.
La disposición de las mesas en el aula, en filas de a uno, me hicieron sentir muy sola y vulnerable. Cuando saqué mi pauta y mi punzón y me puse a tomar apuntes, el rubor asolaba mis mejillas. Dios, en el silencio del aula, roto sólo por las explicaciones del profesor, aquello sonaba como una estampida de búfalos. Me quedé paralizada, incapaz de proseguir. Y aún peor fue cuando la profesora de matemáticas puso un ejercicio en la pizarra, cogió la lista y pronunció mi nombre. Quise que la tierra me tragara. Con algo que debía ser mi voz pero que no sé de dónde surgió le dije que yo no podía salir a escribir al encerado. Fui consciente de montones de pares de ojos fijos en mí, y me costó contener las lágrimas.
Esta escena no fue la única. Muchos profesores a lo largo de cuatro  años no fueron convenientemente informados de mi ceguera y cometieron deslices conmigo que, aunque poco a poco dejaron de importarme tanto, siempre me escocieron. Siempre hubo quien me hizo sentir como un bicho raro. Algunos alumnos jamás me dirigieron la palabra y otros lo hicieron porque no tuvieron más remedio. Sé que en muchas ocasiones, las personas videntes no saben cómo relacionarse con nosotros, temen molestarnos o herirnos; pero también existe otro tipo de espécimen que simplemente pasa de esforzarse. Desde luego, conté con la ayuda y la amistad de otros, y sin ellos el bachillerato hubiese sido algo difícil de superar y muy duro de roer.
Se dieron varios fenómenos curiosos que paso a relataros. Casi la totalidad de mis exámenes la hacía de forma oral y generalmente minutos antes que el grueso de la clase. Mi prodigiosa memoria desarrollada a fin de sustituir las imágenes que tanto me habían ayudado cuando veía a la hora de estudiar, hizo de mí una alumna bastante brillante. Aprobaba todo con facilidad y sé que apenas nadie me tachaba de empollona. Tendríais que ver cómo muchos remolineaban a mi alrededor tras terminar los orales, tratando de averiguar las preguntas a fin de correr a repasarlas. No sé si los profesores tuvieron conciencia alguna vez de la jugarreta que me gastaban con eso. Yo me veía dividida de un modo casi cruel entre la lealtad hacia ellos y la necesidad de ganarme algún hueco entre mis compañeros, aunque fuera a fuerza de soplarles las preguntas de los exámenes. Nunca lo hice… y no os deseo esa sensación de estar traicionando a alguien.
Otro fenómeno era el de la discriminación positiva. Sinceramente he de decir que en aquellos días no me importaba, pero cuando lo pienso ahora comprendo que no me hacían ningún bien. Nadie puso objeciones a mi exención de la clase de educación física, cuando bien cierto es que con un poco de ayuda podía haberla realizado igual que los demás. Tuve un profesor de geografía que se olvidaba de examinarme, yo para él prácticamente no existía, y me aprobaba. Una extraña especie de profesora de matemáticas me examinaba también oralmente pero yo sólo esbozaba a medias las respuestas y ella no exigía resultados así que me las ingenié para decir mucho y no decir nada, aunque no tuviera idea de lo que se me planteaba porque siempre fui una nulidad en la materia. O algunos libros que me permitieron no leer porque no estaban en braille…
Luego estaba el otro tipo de profesor, el  que me ensalzaba ante los demás como si fuera yo una heroína lo cual me resultaba tremendamente bochornoso. Y aquel que justamente por ser ciega no me pasaba ni una y exigía de mí más que al resto. El que siempre olvidaba decir en voz alta lo que iba escribiendo en la pizarra y el que preguntaba constantemente si había tenido tiempo de anotar sus palabras. El que tenía que superar una insidiosa timidez para dirigirse a mí y el que me trataba como si pudiera ver, como una más.
Y bueno, caray, al fin y al cabo sí era una alumna más y no voy a sonrojarme al contaros que en alguna ocasión me aproveché de mis circunstancias. Algunos exámenes de literatura eran temáticos: “El Romanticismo”, por ejemplo, lo cual significaba que lo único que había que hacer era desarrollar el tema. En una ocasión lo llevé ya escrito de casa, guardado en mi carpetita de hojas en blanco. Durante la hora que nos daban de tiempo me limitaba a escribir cualquier cosa y luego sólo tenía que realizar el cambiazo. ¿Perdón perdón Teresa Barjau, sólo lo hice una vez, y de todos modos me lo sabía! Y en mi descargo diré que fuiste una de las que me inculcó mucho de lo que hoy sé. No me enorgullezco de ello pero, ¿quién no ha copiado del vecino o de alguna chuleta? Pues yo también lo hice… Sólo que después tenía remordimientos.
En definitiva, guardo de esa época un recuerdo agridulce. Aprobé todo sin mayores problemas pero no disfruté, el esfuerzo fue siempre demasiado desproporcionado con relación a los momentos positivos.  Todavía hoy tengo sueños en los que sigo estudiando COU a pesar de ser consciente en ese mismo acto de soñar que ya he estudiado y aprobado ese curso; y es un sueño desagradable. Y lo que también tengo de aquella época es una amiga, sólo una.

Los inicios no siempre son fáciles


Lo del braille en realidad fue sencillo, pero no todo resultó maravilloso. Después de quedarme ciega, tuve todo un verano para tratar de acostumbrarme a la nueva situación. Rescatamos un alfabeto braille de los que proporcionaba la obra social de la Caixa (entonces caja de pensiones para la vejez y de ahorros) del fondo de algún cajón, y comencé a aprender las letras de forma autodidacta. Eran sólo eso, letras, combinaciones de seis puntos que intentaba memorizar. Dibujitos bajo mis yemas. Pero un buen día, ¡clic! Se hizo la luz. Mis dedos se posaron sobre una palabra al pie de aquella página de papel grueso y el nombre de la ciudad de Barcelona tomó forma. ¿Sabía leer en braille! Fue fascinante, había logrado hacerme con aquel galimatías de puntos y a partir de entonces, con la ayuda de un director de agencia de la ONCE (el ya fallecido sr. Gabino) perfeccioné la lectura y la escritura.
Ah, no, no, fácil no era, qué lío tan grande era eso de pensar las letras al revés y escribir de derecha a izquierda. Sí, claro, el punzón agujerea el papel y el relieve queda del otro lado, así que hay que invertirlo todo para que al darle la vuelta a la hoja pueda leerse. Y ese sonidito característico de pajarito carpintero que en tantos embrollos me metió años más tarde en el instituto cuando los profesores se quedaban escuchando y preguntaban quién era el gracioso que se dedicaba a dar golpecitos. Esto los chavales de hoy en día no lo viven, pertrechados con sus aparatos informáticos que tanto han facilitado sus estudios.
Bueno pues nada, que había que volver al cole y creedme, hay una gran diferencia entre un colegio público de los años 70 y uno especial de la ONCE, ubicado en un viejo chalet y con tantos alumnos en total como los que pudiera haber en una de las clases a las que siempre había asistido.
Y comenzó la peripecia… siempre fui buena estudiante, bueno, en honor a la verdad, siempre fui una estudiante que nunca estudió, me bastaba escuchar en clase y ver las ilustraciones de los libros de texto para archivarlo todo. Y… de repente, Dios mío, ¿qué es esto? Libro de ciencias sociales, once volúmenes… Libro de matemáticas, seis volúmenes… ¡Un armario metálico lleno de volúmenes, una estantería completa por alumno! Esto no son libros, son ladrillos, ¡auténticos ladrillos! ¡Enormes, y cómo pesan! Páginas y más páginas de millones de puntos…
Imaginaos: Examen de ciencias naturales: te vas a casa jorobada por el peso de tres volúmenes, metidos en una bolsa (mejor sería un carro de la compra) y sabes que pasarás horas rozando puntos y mas puntos hasta que se te irriten las yemas de los dedos… Uf, horror. Consecuencia: a la mitad del primer volumen desistes. Nunca has tenido que esforzarte así para estudiar, un libro sobre las rodillas, las manos y los hombros agarrotados por forzar la postura a la que no estás acostumbrada. Y lógico, suspendes. Nunca había cateado tantos exámenes, fue mi récord particular durante un semestre. ¡Qué frustrante!
Pero al final, como a casi todo, me habitué. Era un poco pronto para saber que aquellos puntos que tanto me habían fastidiado en el estudio abrirían para mí a no tardar el fascinante mundo de la lectura. Pronto adoraría aquellos pesados volúmenes que iban a acompañarme durante tantos años por el camino de la literatura. En breve sería yo la que disfrutaría de una larguísima estantería con decenas de volúmenes braille.

Y… ¿escribir?


Lo de escribir no sé quién me lo inculcó. La propia lectura, supongo, porque a mi alrededor nadie se dedicaba a ello. Mi hermana había escrito algunos cuentos, recuerdo, en libretas de las del colegio; pero ni continuó haciéndolo ni a mí me sirvió de ejemplo. Por tanto puedo asegurar que de algún modo lo llevaba dentro, y germinó cuando estuve lista. Y este momento, como el de la lectura, llegó con la pérdida de la vista. ¿Por qué? No lo sé. Quizá porque se me cerraban algunas puertas, había otras que se abrían. Lo ignoro.
Lo único que recuerdo haber escrito antes de lanzarme de verdad a ello fueron los textos de unas viñetas que yo misma dibujaba. Algo así como:
¡Va a venir la tía María! (le grita la esposa al marido medio sordo).
Él entiende que les ha tocado la lotería, y se vuelve loco comprando de todo.
Mi mayor alarde de creatividad, con ocho o nueve años.
Pero en serio, en serio, y en braille, cuando descubrí que podía leer y escribir (como si antes no fuera posible) fue cuando inventé una especie de capítulo de Mazinger Z, que entonces hacía furor en televisión, con diálogos entre Koji y Sayaka. Recuerdo la sensación mientras escribía con el punzón y la pauta, sentada en la mesa del comedor de casa. Era emocionante, los pensamientos fluían de mi cabeza a mi mano y tomaban forma de frases en un papel. Y lo estaba haciendo yo. La semilla estaba sembrada, y ya no había vuelta atrás.
Mis novelas cortas empezaron a brotar cuando tenía trece años. La primera, Cathy en la montaña, estuvo muy influida por las dos de Puk que me leyeron en su momento. Una historia que transcurre en un internado mixto, con un misterio a resolver, algún que otro enamoramiento y tantas incongruencias en el argumento que leerlo ahora me provoca risa.
El fantasma de Villa Jupersim. Una familia formada por matrimonio, abuela y tres hijos, se instala en una especie de mansión donde enseguida empiezan a ocurrir cosas extrañas. Los dos hijos mayores no cesarán hasta desentrañar el misterio. Por supuesto, con su buena dosis de pifias y disparates.
Un corazón sin lugar para el amor fue la siguiente. Y no, no era una novela rosa, sino la historia de un niño cuyo padre jefe de pescadores de a saber dónde ha de ausentarse con su flota cuando su hijo es todavía muy pequeño. Tarda algo así como siete años en volver y claro, su retoño no lo reconoce y no está dispuesto a aceptarle como padre. Yo no sé lo que iría a pescar el buen señor, quizá un dinosaurio marino, para dedicar tantos años a la tarea. El caso es que ya adolescente, y gracias a su novieta, mi héroe desabrido hace las paces con el pescador que tiene sus años y ha penado bastante, y todos felices.
Olvidaba Cruzero misterioso, sí, así con z, que lo mío me está costando que el corrector lo deje tal cual. Se trata de una novela al más puro estilo Agatha Christie, con un barco en pleno viaje y varios crímenes entre pasajeros y tripulación. Aquí lo más divertido es que no tuve reparo (por desconocimiento profundo) en utilizar nombres o apellidos de personas conocidas, por ejemplo: “–¡Oh muy bien, coronel Graham Greene!”, además de inventar procedimientos, mecanismos y cualquier elemento que me hiciera falta para desarrollar la trama.
Estas fueron las primeras, y las escribía como churros, intercalando la composición de poemas de los cuales conservo una pequeña colección. A partir de los quince años ya tuvieron un poco más de consistencia, aunque siempre desde la más estricta inventiva, porque jamás me documentaba. Y no sólo eso sino que tal como las palabras se plasmaban en el papel, así se quedaban, no había forma de corregir a no ser que rechazase toda la página, y no estaba por la labor. Vivir para morir, Acrópolis (que en realidad debiera de haber sido Necrópolis, pero me quedé tan ancha) y Retorno del más allá fueron mis incursiones en los fenómenos paranormales de todo tipo. Siempre, la única de ciencia ficción, y Los fugitivos de Keylan, fantasía sin seres extraños, fruto de algo que soñé una noche.
La veritat oculta, El dret de viure una nit y En aras de mi libertad fueron las primeras que escribí como adulta y las últimas que terminé en mucho tiempo, porque en cuanto sentí que tenía capacidad no sólo para escribir sino para transmitir, la producción se redujo drásticamente. Llegó la autocrítica y la documentación, y cuando alcanzas este punto, la exigencia aumenta tanto que termina la churrería de libros, por lo menos en mi caso.
Lo más surrealista que hice fue escribir una novelita titulada Enrique, en una Olivetti, a pelo, sin ver lo que escribía. El problema no era de mecanografía, por supuesto, sino de poder llevar una trama adelante, por muy sencilla que fuera, sin poder ver lo que escribía, sin poder releer para no perder el hilo de las frases etc. La extravié, pero estoy segura de que la encontraré en algún rincón y podré escanearla y leerla. Francamente, no recuerdo ni de qué va.
Alguien ha dicho que para llegar a escribir de un modo decente, como ocurre con la práctica en otros campos, hay que haber trabajado 10.000 horas, leyendo y escribiendo. Entre mi listado de unos 1500 libros leídos, todo lo escrito (porque lo mencionado fue lo que terminé, pero he empezado cientos de novelas), los relatos para concursos literarios ganados y no ganados, las historias y roleos en juegos de rol, que no dejan de ser como novelas en directo… pienso que quizá llevo a cuestas esas miles de horas, puede que algunas más, y que tal vez por eso hoy puedo decir que voy a publicar mi primer libro.