El arte de no ver… o de no saber

Vacaciones. Qué maravillosa etapa, sobre todo, cuando el trabajo se vuelve duro y difícil de sacar adelante por diversos motivos que no voy a perder tiempo en relatar. Seguramente, conmpartiré experiencias de estos días por Madrid y Valencia, pero será poco a poco, según me vaya apeteciendo.

Lo que voy a contaros me ocurrió el otro día en el Oceanográfico de Valencia, en los minutos previos al inicio de una fantástica actividad de entrenadora por un día. Se trataba de pasar una jornada con el equipo de entrenadores de las instalaciones, en estrecho contacto con los animales de los que se ocupan y a los que cuidan. Bien, para ello había que vestirse con el uniforme adecuado y calzarse zapatillas de seguridad. Hasta aquí, muy razonable. El caso es que nuestro relaciones públicas, un chico encantador que estuvo conmigo y con mi compañero todo el día, me acompañó al vestuario de mujeres, buscó mi taquilla, la número 6, me entregó la llave y marchó para esperarme fuera.

Y aquí comienza mi odisea. Abro la taquilla y miro dentro. Estupendo. Encuentro una chaquetilla tipo cazadora, de un material como Gore-Tex, forrada por dentro. Normal, pienso. Hay que entrar a la zona del Ártico y allí hace más bien frío. Me la coloco, y encima, las mangas me llegan a las manos, cosa rara de conseguir en la ropa.

Sigo buscando. Hum. Eso ya es un poco más extraño. Encuentro una especie de top de manga corta, abierto con escote, y dos botoncillos entre los pechos. Qué raro, pienso. Pero claro. ¿Yo qué sé cómo es el uniforme de las chicas? Venga. Me quito la chaquetilla, me quito mi camiseta y me pongo el top. Los botones se abren porque los ojales están dados de sí, y todo el rato se desabrochan. Pues menuda faena. Voy a ir enseñando mi sujetador todo el día. En fin. Cerraré la cremallera de la chaquetilla y listos. Pero la cremallera no tiene carro, no se puede subir.

Vamos, Marta. Que te esperan. Un calor, señores… Sigo buscando. Encuentro un par de calcetines doblados en plan bolita, bien puestecitos. Calcetines. Vale, pienso. Será una cuestión de higiene. Calcetines limpios para evitar cualquier perjuicio a los animales. Tiene su lógica, ¿no? No me digáis que no. Me quito mis zapatillas, mis calcetines, y me coloco los otros, que también me van bien.

Sigamos. Encuentro unos guantes, y como de momento no les veo la utilidad, los guardo en el bolsillo de la chaqueta. Y sigo buscando. No encuentro pantalones. Raro. Ni zapatillas de seguridad. Raro. Sí detecto unos cuantos paquetillos como de Oreo, de esos con dos galletas redondas. Bueno, cómo nos cuidan, ¿eh? Y unos libritos… que deben de ser sobre las instalaciones… a saber.

Entonces doy con otra camiseta, de tirantes, colgada en una percha. Ostras, pienso. Esto es mejor que el top, quizás nos dan dos opciones. Al menos no se me desabrochará. Me quito la chaqueta, me quedo en top y en sujetador, todo hay que decirlo, porque no hay modo de abrocharlo. Cojo la camiseta… mmm… aquí sí que ya hay algo que no me cuadra. No huele mal, pero huele. A usada. Señores, por aquí ya no paso, ¿eh?

Ahí es cuando empiezo a llamar a nuestro acompañante. Que no me oye. Claro, imaginaos: él y mi compañero ahí fuera, “y cómo tarda”, Y con el cachondeo, “es mujer, qué quieres”. Al final me oyen… vamos. Se habían equivocado de taquilla.

Después de unos largos minutos de incertidumbre y un calor de órdago, llego a mi taquilla de verdad y en menos y nada me pongo la camiseta de entrenadora por un día, los pantalones cortos con múltiples bolsillos y las zapatillas de seguridad. Disculpas a la chica que encontraría sus cosas… un poquillo revueltas.

Renovar-se… o fugir

Aquí os dejo una pieza de microteatro que presenté a un concurso y que no fue seleccionada. Está en catalán, así que los que no entendáis el idioma podéis intentar leerla o simplemente pasar de largo. No aconsejo que la traduzcáis porque en ella aparecen muchos giros del lenguaje y dichos populares o refranes que perderían todo el sentido, aunque bueno, solo es una sugerencia. Me atrevo a invitar a posibles lectores que por lo que sea pudieran tener algún interés en representarla que no duden en ponerse en contacto conmigo.

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016, márcalo

Solo quiero aportar un pequeño aliento de apoyo y esperanza ante tanta noticia estremecedora.<

Hecha un ovillo en la cocina, Aurora reclama lágrimas con que desahogar el sufrimiento, pero no consigue licuar su horror. Hace tiempo que ha perdido la facultad de llorar.

Él ha salido, siempre ocurre así: descarga su brutalidad y después empapa sus odiosos argumentos en alcohol. Más tarde, regresa armado de palabras maceradas en cerveza y las vierte convertidas en caricias torpes. Disculpas, eternas disculpas que Aurora traga como acíbar.

El silencio de la casa se llena de presagios, del rumor de decisiones continuamente postergadas. El mutismo ominoso de la impotencia.

Con dificultad, sintiendo el dolor del cuerpo apaleado, aurora se levanta. Apoyada en la encimera, la cabeza vencida, la sangre manchando su ropa, entreabre los ojos de párpados hinchados. Ante ella el ventanal, la luz de mayo, el parque infantil donde los niños juegan y blanden sus últimos jirones de inocencia.

De pronto, Una chiquilla de tres o cuatro años la saluda y sonríe. Manita que ondea con alegría como una bandera de esperanza.

Aurora busca una sonrisa para ofrecerle mientras algo en su interior se fortalece. Poco a poco, prendida de esa mirada risueña, recupera las lágrimas que se deslizan mansas por sus mejillas amoratadas. Por fin, tras muchos intentos frustrados, sobreponiéndose al miedo atroz que como un poso han ido dejando en su alma las amenazas, coge el teléfono y marca con dedos temblorosos.

Desde el otro lado, una voz amable comienza a tender el puente que la ayudará a cruzar a la otra orilla.

Premios Caligrama

Hoy os escribo para daros una para mí grandísima noticia sobre mi novela Yo te cuidaré. Pero prefiero que leáis los antecedentes a modo de correo que recibí el 20 de junio:

Apreciado autor/a,

Hoy estás un paso más cerca de la publicación tradicional… Creemos en ti, en tu talento y en impulsar tu carrera literaria. Por este motivo, convocamos los Premios Caligrama, para premiar a nuestros autores de mayor mérito con la publicación de su obra en uno de los sellos tradicionales de Penguin Random House Grupo Editorial.

¿Qué son los Premios Caligrama?

Se trata de una gala donde anunciaremos los libros de Caligrama que pasan a ser publicados tradicionalmente por la mayor editorial del mundo.

¿Cuáles son los premios que se ofrecen?

Existen 3 categorías de premios a los que puedes optar: el premio Promesa, por la madurez literaria del autor; el premio Best-Seller, por la trayectoria comercial de la obra; y el premio Talento, por sus cualidades literarias. Los premios Best-Seller y Talento se otorgarán a obras que pasarán a ser publicadas en uno de los sellos de Penguin Random House Grupo Editorial, mientras que el premio Promesa comprenderá un Pack Talento para la próxima obra publicada.

¿Quién participa?

Si has publicado con nosotros antes del 30 de junio del 2017, participas en esta primera edición de los Premios, en una u otra categoría.

¿Cuándo será la gala?

Te esperamos el jueves 14 de septiembre a las 19h en el auditorio de la editorial Penguin Random House Grupo Editorial (Travessera de Gràcia 47-49, Barcelona, España).

¿Quién puede asistir?

Todos nuestros autores publicados pueden asistir a los Premios Caligrama, la gran gala de la literatura.

Focos, cámaras, alfombras rojas, flashes, editores y personalidades del mundo literario. La atención estará puesta en ti, tú serás la estrella. El 14 de septiembre tienes una cita en Barcelona.

¡Te esperamos!

Bien. Este mediodía he recibido la llamada de Mireia Sainz, y esto es lo que me ha dicho por teléfono, y luego por correo:

Apreciada Marta,

Con mucha ilusión, te adelanto el link donde podrás leer la nota de prensa oficial donde PRHGE confirma que has sido seleccionada como finalista para los Premios Caligrama en la categoría de Best-Seller:

Pinchad aquí para ver los finalistas.

Ni que decir tiene que estoy feliz, encantada con solo estar entre esos diez finalistas. Gracias a Caligrama por esta oportunidad. Y gracias a todos mis lectores porque sin vosotros, esto no sería posible.

La utilidad de la desmemoria

Balcón con ropa tendida a contraluz.

Imagen de Elena Navarro

Celia sale al balcón a tender la ropa que ha encontrado en el cesto, en medio del comedor. Anochece, y el crudo invierno de la sierra se precipita sobre ella. Unos segundos de tiritona y parpadeos. Junto a la lavadora, montones de ropa sucia trepan hasta el borde de la baranda. Ella los contempla, incrédula, como si alguien los hubiese depositado aquí a saber con qué intención. Mientras pone pinzas a decenas de calcetines, lucha por comprender qué ha podido pasar con la ropa.

A Celia se le hacen cuesta arriba las tareas domésticas. Por las mañanas organiza la jornada con la meticulosidad de sus años como secretaria de dirección, convencida de que lo sacará todo adelante. Pero al caer la noche, como hoy, se da cuenta de que apenas ha hecho nada y no puede colegir en qué ha empleado las horas. Entre prenda y prenda, sus manos se detienen y su mente comienza a enviar señales confusas que la aturden. Se le echa el tiempo encima, y tiene que ir a recoger a su marido al colegio. Pinza. No, ya es de noche, el colegio cerró a media tarde. Pinza. Ah, no, no, es ella la que tiene que ir al colegio, pero no recuerda si ha hecho los deberes, y doña Luisa es muy estricta. Pinza. Todavía tiene que sacar al perro. Pinza. ¿O ya murió?

De pronto, siente la zarpa del frío en la espalda y se da la vuelta. El sol se ha escondido detrás de los cerros, y todavía le queda medio cesto por tender. Sacude la cabeza, suspira, estremeciéndose, y se apresura.

Cuando termina, se dispone a entrar en casa, pero se da de bruces contra la puerta. Intenta desplazar una corredera que no se mueve. ¿Quién la ha dejado encerrada en el balcón? ¿Por qué? Miedo. Golpea con el puño y llama a su marido.

Está helada, y los golpes le duelen. Sigue aporreando el cristal, hasta que algo en su interior le recuerda que vive sola, que Rafael murió hace años. Y no tiene el móvil.

Celia se asoma por la baranda. La calle está desierta, siempre está desierta excepto en época de vacaciones. Grita, por si alguien la oye, y recibe el silencio como respuesta. Durante largos minutos combina los gritos con los golpes en la cristalera.

La temperatura desciende vertiginosamente, y Celia comienza a sentirse entumecida. Pierde la voz cuando el helor insoportable se instala en su garganta. El viento gélido acuchilla su rostro y congela las lágrimas que quedan prendidas de las pestañas.

Ahora, Celia recuerda que es ella quien ha cerrado la puerta y piensa que morirá de hipotermia. Agotada, se acurruca en el rincón más resguardado del balcón. Las noches en la sierra rozan los seis o siete grados bajo cero. No podrá sobrevivir hasta el día siguiente.

Entonces, en medio de su confusión, repara en la pila de ropa sucia, y una luz de esperanza caldea su entendimiento. Rígida, se pone en pie con dificultad y escarba en el montón como un mendigo rebuscando en la basura. Entre risas y lágrimas se embute varios pares de calcetines, dos camisetas térmicas, un pijama, las mallas que usa para hacer yoga, una sudadera, un chándal, un gorro de lana, la bufanda y una bata de andar por casa.

Vuelve a ovillarse en el rincón, se cubre con el resto de la ropa y, poco a poco, va entrando en calor. Finalmente, hecha un bulto maloliente, apestando a pies y sudor, se queda dormida mientras agradece vagamente haber olvidado hacer la colada durante días.

Asomando

Sí, sigo aquí, pese a unas semanas sin escribir nuevas entradas. A veces sentimos la necesidad de parar un poco, de frenar, de descansar de lo que acostumbra a ser nuestra rutina. El otro día una abuelita me preguntó si yo había tenido desprendimiento de rutina. Me hizo muchísima gracia, pero pensé para mis entretelas: pues sí, señora, debe de ser eso, que me he desprendido de mis actividades rutinarias. Entre el calor, el insomnio y el cansancio, poco se le puede pedir al cuerpo.

Y no es que me esté quieta, bueno, quieta bastante, que con este calorazo con el que nos ha obsequiado junio no hay quien se mueva más que lo justo y necesario. Estoy mentalmente activa, luchando con mi nueva novela que camina poco a poco, porque es peleona y no me deja avanzar a la velocidad que me gustaría, que debe de ser la que gustaría a cualquier escritor: pronto, rápido y bien. Que por cierto, os recuerdo que me encantaría que me ayudarais con lo de las

Portadas de libros.

Tengo además varios proyectos en mente, personales y compartidos, de los que todavía no voy a daros información. Pero os cuento que mi novela Yo te cuidaré ha pasado a concurso dentro de Caligrama para ser republicada en un sello editorial tradicional. En septiembre sabré algo y, mientras, el gusanillo de la expectativa alimentará la ilusión durante todo el verano. Algo de televisión habrá también para entonces. Y un proyecto de novela infantil ilustrada.

Bueno, que aunque esté un poco desconectada de vosotros, ahí sigo, y no os olvido.

Infancia

Hoy rescato para vosotros un episodio de mi vida que me viene a la mente cada vez que escucho alguna noticia estremecedora acerca de malos tratos o abusos a menores, y no me refiero solo a los sexuales. Tampoco hablo de acoso escolar, de lo que también tuve, y que reflejé en mi última novela. Os cuento.

Yo tenía cuatro años. Asistía al parvulario que pertenecía al colegio Puig Coca de Esplugas de Llobregat. Curiosamente, no recuerdo el incidente en sí sino sus consecuencias. La maestra, una vieja loca, según calificativos de los adultos que muchos años más tarde perfilaban la imagen para mí, me abofeteó la cara y me partió las gafas (las usaba desde que tenía un año o poco más). Tuvo que pegarme fuerte porque eran gafas gruesas de pasta, y además me dejó la cara marcada. Y todo porque hablaba. ¿Os podéis imaginar? En un parvulario, una criatura de cuatro años hablaba.

Creo que no hubo consecuencias para la maestra, nadie la disciplinó, nadie la echó, no se estilaba lo de las denuncias. Lo único que se pudo hacer para apaciguar la ira de mis padres fue sacarme del parvulario. ¿Y qué pasó?

Los directores del colegio (supongo que solo uno de ellos lo era, pero como estaban casados, no se sabía muy bien dónde terminaba el matrimonio y dónde empezaba el cargo) eran amigos de mis abuelos paternos, cuando menos, vecinos con una cierta relación amistosa. Ignoro las gestiones que se llevaran a cabo, o mejor las no gestiones; sería solo cuestión de hablar y concretar entre ellos, todo de palabra.

Total, que con cuatro cándidos años, algo cumpliditos ya, me trasplantaron a la clase de primero de EGB de la que la directora era maestra y tutora.

Ahora, haced un ejercicio de imaginación:

Pensad en lo que era hace cuarenta y tantos años una niña de cuatro. Pensad en la diferencia entre ella y niños de seis, siete años.

Recuerdo el aula, enorme, con hileras de pupitres inclinados de a dos alumnos por banco. Recuerdo el crucifijo tras la mesa de la maestra. Recuerdo los grandes ventanales. Recuerdo mi cartera azul, de las que se colgaban a la espalda. Por Dios, recuerdo un libro de texto que debía de ser de sociales con un dibujo a toda página de la bandera española. Me recuerdo leyéndolo. ¿Quién me enseñó a leer con cuatro años? No lo sé. Es lo más parecido a un conocimiento por ciencia infusa que existe en mi vida.

Pero lo que más recuerdo, y que solo muchos años después me atreví a interpretar, es que un día me hice caca en mi banco. Que la maestra pasaba por el pasillo olisqueando, preguntando con voz dura, aterradora, “¿quién ha sido?” Recuerdo haber pedido permiso para ir al baño y tratar de limpiarme como buenamente pudiera. Supongo que en mi casa se vivió como un percance que le puede pasar a cualquiera. Pero pensándolo bien, me da a mí que era de puro pavor de verme en un lugar tan alejado de lo que me correspondía.

Recuerdo también haber salido del patio por debajo de una reja e ir a la calle. Recuerdo la foto de fin de curso donde todo parecía haber estado bien. Recuerdo haber hecho primero de EGB dos veces, la no oficial y la oficial, en otro colegio ya, el Isidro Martí.

Y no pasaba nada. La sociedad no estaba preparada para afrontar este tipo de situaciones. Los padres no tenían herramientas para proteger a sus hijos. Ni siquiera se consideraban relevantes ni perjudiciales más allá del revuelo inicial. Pero ¿y yo? ¿Y tantos niños seguramente? Bueno, pues aquí queda, para la reflexión.

Interrogatorio

Una chica rubia con capucha, fumando un cigarrillo.

El agente terminó de teclear la última respuesta del detenido. Escribía con estudiada lentitud con el propósito de alterar a aquel chico impávido. Detestaba a los tipos que se las daban de listos, los que contestaban con ese aire de indiferencia, como si se burlaran de él en sus narices. Se volvió hacia el chico y comenzó a tamborilear los dedos contra la superficie de la mesa.

—Así que no la conocías, pero sabes un montón de cosas sobre ella, ¿eh?

—Sí, agente.

—No tienes ni idea de su nombre ni de dónde vive, pero confiesas que estás al corriente de sus hábitos alimentarios, de los productos que usa para limpiar, de cómo viste y se peina…

—Sí, de la marca de compresas que utiliza, de que le gustan los chicles de regaliz, de que es celíaca, tiene un gato y debe de hacer algún deporte porque consume muchas bebidas isotónicas.

—Ya, ya veo. ¿Te das cuenta de que estás echándole la llave a tu celda?

—De lo que me doy cuenta, agente, es de que no me ha preguntado en qué trabajo.

—¿Acaso es relevante eso ahora mismo?

—Vaya que sí.

Mosqueado por aquel desliz imperdonable, el agente interrogó al detenido con la mirada.

—Soy cajero del supermercado donde compra la chica de la foto que usted me enseñó en la calle.

La polémica de siempre

Vista del Central Park de Manhattan.

El sueño de sus vidas, un apartamento sobre el Central Park. Tomados de la mano, recorren las habitaciones vacías, él sonriente y entusiasmado, ella con los labios un tanto apretados.

—Ahora toca lo mejor: la decoración —dice Michael—. La hemos imaginado tantas veces, ¿recuerdas la noche en el Hilton?

—Claro, Mike, ¿cómo olvidar nuestra primera gran discusión?

—Mujer, no seas así, fue solo una pequeña discrepancia. Deberías olvidarla.

—Pero si tú mismo sacas a colación ese recuerdo. —Lina se detiene en medio del salón desierto. Sabe que hoy puede ocurrir cualquier cosa y se promete ser paciente—. ¿Por qué lo mencionas?

—Bueno, pensé que a raíz de esa conversación quedaron establecidos los términos para resolver este tema llegado el momento.

—Muy bien. Veamos si nos entendimos, querido. ¿Qué sugieres?

Michael hace un amplio ademán con la mano. Confía en la buena disposición de Lina, pese a la falta de comprensión que su mujer suele mostrar en lo tocante a los criterios de su madre.

—El apartamento es grande. Existe el peligro de que parezca desangelado, sobre todo en invierno. Mira este ventanal, ¿te figuras qué sensación de frío cuando veas caer la nieve?

—Me figuro la sensación de paz y cobijo siempre que la nieve caiga fuera, Mike.

—Por supuesto. Pero para conseguir esa sensación necesitamos muebles sólidos, cortinajes gruesos y alfombras de lana, además de cuadros y tapicerías con motivos consistentes que aquieten la vista y el ánimo.

—¿En serio? —pregunta Lina con cierta ironía, temiendo lo que se avecina—. ¿Y en verano, cuando no caiga la nieve, qué haremos con tanta solidez y consistencia, querido?

—Mujer, mi propuesta sirve para todo el año. Bastará con recoger las alfombras y descorrer las cortinas.

—Además de poner fundas de colores alegres a los sofás y darle la vuelta a los cuadros.

—No había pensado en ello, pero considero que será innecesario. Una decoración clásica se adapta…

—Se adapta a los gustos de tu madre —dice Lina sin poder evitarlo.

Michael alza las manos.

—¿Vas a empezar con eso?

—Mike, cariño, escucha. —Lina da un paso hacia él, conteniendo la rabia que empieza a bullirle dentro—. Somos tú y yo los que vamos a vivir aquí, nosotros y los hijos que tengamos. Deja que me ocupe de decorar nuestro hogar, no metas a tu madre de por medio, ¿sí?

—Eres una ingrata. ¿Gracias a quiénes podremos disfrutar de semejante lujo? —Michael siente una vez más el peso de la deuda que como hijo cree tener con sus padres.

—Si yo te regalo un coche no espero que vayas a usarlo solo cuando te acompaño, o no exijo que lo conduzcas a la velocidad que a mí me parece apropiada.

—Esa comparación es una tontería.

Lina recula un paso, consciente de que va a repetirse la polémica de siempre. Michael nunca hace nada sin el visto bueno de su suegra, y ella está más que harta de que entre los dos la ninguneen.

—No quiero vivir en un lugar con reminiscencias del siglo XIX.

—¡Qué exageración!

—Quiero un hogar alegre y cálido. Quiero colores claros, muebles prácticos y pinturas luminosas.

—Mujer, escúchame… —Michael avanza hacia su esposa dispuesto a imponer su razonamiento.

—Quiero que la decoración viva con nosotros, no sobre nosotros, Mike.

—¿Qué idioteces estás diciendo?

—¿Idioteces? ¿Acaso no tengo derecho a elegir cómo deseo que sea mi casa?

—La casa que mis padres nos han regalado.

—¡Nuestra casa! ¡Un regalo pasa a ser propiedad de quien lo recibe, Michael!

—Estás sacando las cosas de quicio. ¿Qué más da cómo la decoremos si nuestro sueño de vivir sobre el parque se va a cumplir?

—¿A costa de qué?

—¡A costa de nada! Lo único que te pido es un poco de indulgencia para con los deseos de mi pobre madre.

—¿Y mis deseos, Michael? ¿Dónde quedan mis deseos? —Lina retrocede de nuevo, rota la esperanza de alejar a su suegra de las cuestiones matrimoniales.

—Mujer, tus deseos…

—¡Deja de llamarme mujer! ¡Tengo un nombre!

—Estás imposible hoy. Mejor volvemos mañana y decidimos…

—Mañana será lo mismo que hoy, Michael. No quiero decorar mi casa según los trasnochados gustos de tu pobre madre.

—¡Haz el favor de guardarle el respeto que se merece! —Michael vuelve a avanzar, incrédulo, incapaz de comprender por qué su esposa se empeña en menospreciar a la mujer que tanto ha hecho por él.

—De acuerdo. —Lina siente el frío cristal del ventanal contra su blusa de seda—. Seré considerada con los gustos de tu mamá y permitiré que sea ella la que ornamente el apartamento.

—Eso es, Lina. —Michael se inclina para besarla.

—La habitación del fondo será muy adecuada para tus padres. Tú puedes dormir en la que hay junto a la cocina. —Lina se aparta del ventanal y del beso que queda suspendido en el aire—. Feliz decoración, querido. Con todos mis respetos.

Infierno

Edificio en llamas

Las llamas rugientes invaden el balcón. Lenguas vivas, monstruosas. En la calle, los curiosos, arracimados tras el cordón policial, vitorean al hombre que ha logrado descolgarse hasta el piso de abajo poniendo su vida a salvo, si bien muchos se sienten defraudados. No hay muertos, no hay heridos, con lo que el espectáculo parece inconcluso.

Pero ¿y él? Nadie se percata de su presencia. Por más que lo intenta, por más que salta no alcanza la parte superior de la baranda.

Ahora solo se oye el bramido del fuego. Sus gañidos se evaporan, se pierden como la esperanza que no conoce. Lo demás es silencio de humo a su alrededor. Presagio de ceniza y oscuridad.

El drama no ha terminado, y los mirones por fin se dan cuenta. A algunos no les importa el desenlace y se alejan. La mayoría late, vibra, sufre con él, grita pidiendo ayuda.

Asoma el hocico entre los barrotes. La temperatura es tan elevada que sus jadeos son suspiros de esparto. El suelo arde bajo sus patas y un calor insoportable lo envuelve como un abrigo.

Entonces, un clamor de aplausos se eleva desde la calle mientras unos brazos rematados por guantes lo recogen, lo libran del infierno abriendo un resquicio de vida con aire limpio. No encuentra piel expuesta pero, agradecido, cegado, lame un casco caliente y consigue menear el rabo.