Estrés viajero

Voy a contaros uno de los episodios más estresantes que me han ocurrido y aprovecharé para romper una lanza a favor de ciertos trabajadores a menudo vilipendiados.

Esto sucedió el pasado 8 de septiembre.
He de agradecer a mi hijo, que finalmente decidió acompañarme hasta Barcelona, porque por mucho que yo me hubiera esmerado, desde luego no lo habría conseguido. Eran las siete de la mañana, y comenzaba mi viaje a Madrid. No hacía ni frío ni calor mientras ambos esperábamos el tren en la estación de Sitges. El corazón me dio un vuelco cuando por megafonía comenzaron a anunciar una avería que provocaba un retraso considerable en la R2. Íbamos con el tiempo un poco justo, pero llegaríamos con treinta minutos de margen, suficiente para gestionar la asistencia antes de las 8.25, hora de partida del AVE Sants-Puerta de Atocha. Para mi alivio, la incidencia se estaba dando en dirección contraria a la que debíamos tomar, y nuestro tren llegó puntual a las siete y cuarto.

Los problemas empezaron en Castelldefels. El tren se detuvo, cinco, diez, quince minutos. Ninguna información, ninguna aclaración. Llegó otro tren en la misma dirección por la vía vecina y el pasaje, incluidos nosotros, con la exasperación de la desinformación y los nervios, se apresuró a cambiar de convoy. Por suerte, mi hijo estuvo ágil y decidido y cuando escuchó los pitos que anunciaban que el primero iba a partir, tiró de mí hacia fuera y corrimos al abordaje con los segundos pegados al culo, justo para impedir que se cerraran las puertas antes de que se pusiera en movimiento. Yo estaba convencida de que no llegaría a tiempo y que no iba a ser fácil encontrar otra plaza, como no fuera en preferente. Incluso me llamó el muchacho de la asistencia, preocupado porque no había aparecido. Le expliqué el problema y me indicó que fuera directamente al acceso hacia el AVE, que él daría aviso para que desde allí le notificaran mi llegada y pasar a recogerme.

Llegamos a Sants a las 8.10. Quince minutos de infarto. El de seguridad no sabía nada y no quería dejarnos pasar. Yo me planté, le dije que no creyera que iba a perder el tren porque los de la asistencia no estuvieran para acompañarme. Él, que no le habían dicho nada y que sin ellos no podía dejarme pasar. Yo, que tenía tanto derecho como cualquier pasajero a llegar a mi tren como fuera y que si no dejaba entrar a mi hijo, pasaba yo sola o con cualquier viajero que seguro que a nadie le molestaría echarme una mano. Y los minutos transcurriendo. Al final, viendo que yo no cedía, se desentendió y nos dejó avanzar. En el control, la imagen del QR para validar el billete desde el móvil no descargaba. El tren a punto de salir. Creo que en la vida he vivido tal grado de estrés. Era como una película, al límite del tiempo, caminando por la cuenta atrás. El revisor que si pasaba con mi hijo no tendría asistencia en Atocha. Bueno, bueno, un dejadme en paz que ya me apaño y no me toquéis más las narices.

Corriendo por el andén a todo lo que dábamos en busca del coche 3, pero al final me subí en el primero que me vino a mano porque me quedaba en tierra si no lo hacía. Fue subir, sonar los pitos y cerrarse la puerta.

Era el coche 5, me enteré al poco. Pero ya todo me daba igual, ya estaba dentro. Así que con calma saqué el bastón y comencé a caminar en dirección a la cabecera del tren. Una señora muy amable me acompañó hasta mi sitio y una vez instalada, ya se podía caer el mundo que yo ya estaba en camino.

Durante el viaje reflexioné bastante sobre este tema. ¿Cuántas personas habrá que se hayan quedado en tierra por una mala gestión de la asistencia, por un retraso que hubiera podido salvarse en caso de acceder solas a los andenes, como se había hecho toda la vida hace unos años? Preguntando aquí, aceptando el acompañamiento de viajeros desinteresados y amables allá. Desde luego, cuando todo funciona, la ayuda de los trabajadores de Atendo es incuestionablemente cómoda. Pero ¿Y cuándo las cosas no van bien por los motivos que sea? ¿Por qué tenemos que conformarnos con perder trenes o aviones?

Y aquí es donde quiero romper una lanza a favor de las asistencias. Hablaré de Atendo porque traté el tema con la chica que me acompañó en Atocha, pero sé que en aeropuertos ocurre lo mismo. Ella me explicó las condiciones en las que trabajan: todo el turno corriendo, trenes que no entran por donde les han dicho y han de recorrer estaciones enteras para llegar a buscar a las personas, poco personal, PMR con un elevado grado de mala educación que insultan al mínimo retraso, quejas si tardan un poco en entrar a vagones a recogerlos o si asisten a más de una persona a la vez. Desde luego, y como en todo, habrá quienes sean bordes por naturaleza, me refiero a los trabajadores, pero por lo general cumplen como pueden con sus cometidos, y no dan abasto. Tendríais que haber escuchado a la muchacha para comprender el alcance de su malestar laboral y personal porque, pese a las malas condiciones de lo primero, lo que más le afectaba eran las pésimas reacciones de muchos usuarios.

Así que os conmino si es vuestro caso, a ser un poco más benevolentes y comprensivos si procede y, creedme, las más de las veces, procederá.

Visita al Oceanográfico

Hoy vengo por fin con el artículo sobre la visita al Oceanográfico de Valencia, experiencia de la que ya os compartí una anécdota vivida con las taquillas. Con mucho retraso, lo sé. Desde luego, eso solo fue una frívola mención a lo que supuso mi paso por allí. Ante todo, quiero deciros que albergo sentimientos contradictorios con respecto al lugar, sentimientos de los que no fui muy consciente mientras duró la visita, me imagino que por la ilusión y la emoción de todo lo que implicaba estar en un sitio así y en calidad no de visitante sino de entrenador por un día. Que bueno, entrenar no se entrena nada, solo se vive un poco más de cerca lo que los cuidadores hacen día a día.

Debo resaltar la amabilidad de todas las personas que estuvieron con nosotros acompañándonos a través de las diferentes secciones y actividades, a lo largo de la jornada y durante la comida, gente joven, entregada, la mayoría chicas. Asumieron con naturalidad el hecho de que tanto mi compañero como yo fuéramos ciegos, sin aspavientos, sin sobreprotecciones ni rigideces. Respondieron con más o menos acierto a todas las preguntas e inquietudes, sobre el espacio y sobre los animales, si bien, de esto último, más adelante tuve que hacer la reflexión acerca de si eran respuestas sinceras y reales o solo las que deben dar para que todo parezca en orden y correcto. Me explico. Creo que es evidente que los animales reciben los cuidados que necesitan, están bien alimentados, en apariencia, los espacios están limpios, bien higienizados, no hay ni un mal olor. Pero ¿significa esto que viven felices, que no sufren, que no utilizan con ellos métodos de aprendizaje y entrenamiento perjudiciales para su salud emocional y física? Si partimos de la premisa que ningún ser vivo debería estar en cautividad, está claro que todas las respuestas son negativas. Pero ¿es mala la cautividad en estos casos? Hay vídeos donde se puede ver cómo los capturan, y solo os diré que nunca me he atrevido a visualizar ninguno.

Visto desde ese enfoque, me provoca angustia cada vez que pienso en delfines, belugas, leones marinos, morsas y focas, que son los que tuve, eso sí, el privilegio de poder tocar, acariciar y alimentar. ¿Veis lo contradictorio que resulta? Pude tener el privilegio justo porque están en cautividad, me siento afortunada de haberlo podido tener, así que reconozco que las emociones son caóticas. Sin embargo, admito que el contacto con ellos fue maravilloso, puse en mis manos todo el cariño y el respeto que me transmiten y se merecen.

Conocí a Yulca, una beluga. Vi todo su cuerpo, desde el interior de su boca y sus curiosos dientes romos y separados, su lengua, hasta la aleta caudal. Escuché cómo iba cambiando de registros sonoros a cada orden de su cuidador, realmente una variedad pasmosa. La verdad es que me causaba ternura verla ahí asomada al borde de la piscina, tan grande y tan vulnerable a la vez, daban ganas de estamparle un beso en el melón (cabeza). Pero también supe de Cairo, antes y después de la visita, el macho, de su estado físico tan precario, su inmovilidad flotando en el agua. Y de Kilu, su cría tan enferma, aunque creo que al final ha sobrevivido.

Conocí a Nico, una cría de tres años de delfín, tímido y reservado al principio, juguetón después. pasé mucho rato de cuclillas junto al borde de la piscina, acariciándolo, ese tacto magnífico que no sé definir muy bien, como de silicona viva, terso, suave. Ese hocico gracioso, esos dientes afilados, esos ojos que apenas son una rendija, el espiráculo que procuré no tocar más que en un único y solo roce porque sé que les molesta mucho. Las aletas, los genitales que apenas son un dibujo en la piel, un relieve inverso. Le di de comer, jugamos a salpicarnos, cantó cuando le presenté las palmas de las manos en un gesto reconocible para él. Después conocí a Nica, su madre.

Conocí a un macho de foca, bastante veterano, por cierto, y un poco gruñón. Como no le gustaba que le tocara, apenas le acaricié la cabeza, me limité a darle de comer.

Conocí a Petrus, una morsa. Es impactante escuchar cómo mil kilos de ejemplar se mueven, ese ruido de arrastrarse a pocos pasos de ti, resoplando como un ventilador. Tocar las vibrisas, los bigotes que tienen en la parte frontal de la cara, que a mí me recordaron a un cepillo del pelo, es por esa zona por donde resoplan y casi pueden levantarte la camiseta. Sabía que unos días antes, una de esas morsas dejó sin antebrazo a alguien, pero intenté no `pensar en eso porque sé que en todo, y a veces, ocurren accidentes. Impresiona oírlas gruñir, chasquear, silbar, otro abanico de sonidos emitidos por sus cuerdas vocales muy tensas.

Estuvimos un buen rato presenciando la actividad de los leones marinos. Había tres hembras, cada una de ellas con una cría. Dormían al borde del agua. Cuando despertaron, se lanzaron a remojarse, y tendríais que ver la bronca que organizaron dos hembras por una cría que seguía durmiendo, parecían dos madres enfadadísimas a la puerta de una guardería. Fue muy curioso observar cómo una de las hembras enseñaba a gruñir a su pequeño, tipo mufasa con Simba. Toda una muestra pedagógica. Pudimos palpar todo el cuerpo de una de ellas, observar la diferencia entre los leones marinos y las focas, animales que muchas personas confunden. Incluso posó para la foto de familia, la muy orgullosa.

No disfruté tanto de las exhibiciones, ni la de los leones marinos ni la de los delfines, aunque de estos me gustó mucho escuchar a través de un hidrófono, los múltiples sonidos que emiten bajo el agua para comunicarse, es increíble.

En definitiva. Una grata y paradójica experiencia. Unas seis horas de convivencia que me reportaron la ilusión de un sueño realizado y la inquietud que te obliga a reflexionar y a hacerte preguntas… incómodas. Tengo fotos, y algún día las subiré.

Ningún ser humano es ilegal

velas y flores en el lugar donde mataron a Mmame Mbage

Los manifestantes lanzan adoquines, papeleras, todo cuanto cabe en sus manos vacías de violencia gratuita, llenas de otras manos de las que agarrarse para sentirse unidos. Un grito unánime, un clamor ganando el aire. Ningún ser humano es ilegal. Negro y blanco coloreando una sola bandera que ondea en la plaza como ola en un océano de deseos compartidos, de rabia que desborda, de sufrimiento profundo y genuino. Ningún ser humano es ilegal.

Él no consigue hacerse con nada para estrellar su solidaridad contra los coches que los rodean, contra los botes de humo, contra las pelotas de goma. Ningún ser humano es ilegal. Le arde la pierna escayolada, arde como su pecho intentando respirar. Yeso por una rodilla rota, metáfora del inmovilismo al que una porra quiere someterlos y que, sin embargo, es el movimiento de tantos corazones lo que simboliza. Ningún ser humano es ilegal.

Entonces, alza las muletas, no necesita un sustento físico cuando a su alrededor tiene sólidas columnas de compañerismo en las que apoyarse. Las levanta sobre su cabeza, apuntala su decisión y las arroja sobre los que utilizan la fuerza bruta institucionalizada. Ningún ser humano es ilegal. Los coches rugen ante él, el humo lo ciega y le roba el oxígeno, los disparos lo ensordecen. Y al final, el silencio, de pronto el silencio plagado de jadeos y silbidos en los oídos, un silencio que palpita en la sangre resarcida. Abandona la plaza, abraza a personas anónimas, recibe bocadillos de quienes no tienen que comer y que ofrecen aquello de lo que carecen para mostrar su más sentido agradecimiento.

Al amanecer, una anciana de color que apenas puede caminar arrastra los pies con dificultad hacia el lugar donde cayó Mmame Mbage. Deposita una vela junto al resto de velas y flores que testimonian una muerte que nunca debió ocurrir. La enciende mientras susurra que Mmame perdió el corazón por no perder la cabeza. La mujer llora con serenidad, las manos con los dedos entrelazados, respetuosa, preguntándose si el dolor de sus piernas le permitirá volver a casa. Cuando se da la vuelta, las ve, tiradas junto a un contenedor ennegrecido. Las mira y no da crédito, dos muletas, dos muletas que parecen nuevas. Las recoge casi con reverencia y se apoya en ellas. Le quedan demasiado largas, pero seguramente eso se podrá solucionar. Djeredieuf, murmura en su idioma, gracias, repite en español. Y apoyada en lo que fue un gesto de entrega desinteresada, regresa poco a poco a su humilde vivienda.

Yo también tengo derecho

Este lugar huele muy mal. No me atrevo a moverme, y durante todo el tiempo solo quiero hacerme pequeño en una esquina, muy pequeño, como si no estuviera. Los dos patas del cajón con ruedas me tiraron aquí, ellos debieron de creer que con cuidado, pero me hicieron daño. Son humanos, hombres y mujeres, y se llaman con nombres parecidos a los que nos ponen a nosotros los perros cuando quieren que estemos con ellos.

Antes de este rincón estuve en un sitio donde también había muchos como yo, con la diferencia de que allí respiraba buen aire y a veces caía lluvia que me limpiaba. Lo llamaban Protectora. Los días de suerte, un dos patas amable me sacaba a pisar hierba y tierra, incluso, de vez en cuando, podía correr y perseguir alas de colores que se llamaban Mirlo, o Tórtola. Y me acariciaba. Hasta me hablaba palabras cariñosas. No era lo mejor, no había mucha comida, pero bastaba, podía soñar con lanzarme a por una presa hasta caer con la lengua fuera, contento y cansado.

Un día, una pareja de dos patas con cachorros que reían me llevaron a su techo. Ellos lo llamaban casa. Aprendí que yo era Nudos. Y fui un Nudos feliz, aunque me pincharon, me hicieron comer bolas amargas para curarme, me enseñaron a sentarme cuando ellos querían y a tumbarme cuando no quería yo. Soporté tirones de orejas y de rabo, acepté estar callado cuando todo por dentro me impulsaba a expresar mis emociones. Ni siquiera me subía a la blandura donde dormían los dos patas que se convirtieron en mis dueños si ellos no estaban para reñirme.

Creo que lo hice todo bien, o todo lo bien que me fue posible. Necesitaba gustarles, agradecerles lo que habían hecho por mí.

Y, sin embargo, aquella vez de ruido en el cielo y mucha agua, ellos abrieron la puerta de su caja con ruedas y me empujaron afuera. Fueron bruscos, pero bajé, y les dije adiós como tantas veces cuando se iban a algún sitio porque confiaba en que volverían a recogerme. Claro que confiaba, siempre habían vuelto antes o después. Y esperé, muy mojado y muy solo mientras muchas cajas con ruedas y luces pasaban y no se detenían.

Esperé hasta que me quedé seco y vacío y tuve que moverme para buscar alimento, para buscarlos a ellos. Caminé por el suelo duro, por la tierra mojada, por los sitios amigos y por los lugares enemigos. Me llamaban, pero nadie decía mi nombre, como si Nudos ya no existiera. Caminé muchos soles y muchas lunas, huyendo de gritos y de piedras, con el miedo entre las patas y la soledad dentro de mi cuerpo. Y no encontré el techo de mis dueños. De verdad que busqué y busqué, pero un día perdí el olor y ya nunca más conseguí recuperarlo.

Y aquí estoy. Ahora se llama Perrera.

Hay tantos como yo en este sitio de barrotes, tantos que se muerden y se quitan la comida, pelean y ladran muy alto, y se enfadan y lloran. Grandes y pequeños, buenos y malos, de todos los colores y de todas las procedencias. El espacio es insuficiente. Ellos se pisan y se empujan y, aunque yo intento no moverme de mi rincón, acaban mordiéndome para conquistar el territorio que me cuesta tanto defender. Huele mal, a pesar del agua fuerte que los humanos disparan a menudo desde el otro lado de los hierros con un brazo muy largo que se llama manguera. Es tan fuerte, tan fría a veces, que si llega a tocarme no me queda más remedio que gemir de dolor. Nunca me había dolido el agua. Nunca me había dolido estar.

No quiero vivir en este sitio donde no hay aire ni lluvia, donde no hay caricias, donde me hacen daño y no tengo amigos. Todos los días espero a mis dueños, aunque casi estoy olvidando su olor. Todos los días empiezan y terminan, y ellos nunca vuelven. Sería más bueno, me portaría mejor. No pediría comida y procuraría quedarme con mi pelo. No tiraría de la correa para ir deprisa si ellos quisieran ir despacio. Incluso dejaría de ponerme como loco cuando me dieran galletitas para que comprendieran que les iba a querer igual, aunque no me premiaran. Pero ellos nunca vienen, no vuelven.

Tampoco quieren saber nada de mí los que sí vienen y miran, y buscan y escogen a otros para darles un techo. Se los llevan, y pienso que son afortunados.<

Ahora me doy cuenta de que yo también huelo mal. Hay partes de mi cuerpo sin pelo, y no puedo evitar rascarme. Me pica todo, y Soy un perro feo, inútil, y estoy enfermo. Por eso no me quieren, lo sé. Yo les digo que seré bueno, pero no me escuchan. Nadie me escucha.

El humano Jaime que cuando entra a los barrotes lo hace con una aguja en la mano, me observa demasiado. Sé que cuando pincha no es para curar, como aprendí antes. No, cuando pincha es para no estar más. Quiero y no quiero no estar más. ¿Cómo será no estar más? ¿Habrá dos patas allí? ¿Habrá cajas con ruedas que te llevan muy lejos para no volver nunca? ¿Y lluvia, alas de colores y mucha tierra para correr?

Apoyo el hocico en mis patas y cierro los ojos mientras pienso que no es justo, que yo no hice nada para merecer esto. Sin embargo, si me pinchan, prometo no quejarme.

Y entonces ocurre algo.

Escucho una voz extraña, de un dos patas que ya no es un cachorro, pero tampoco un adulto. Se dice chico. Es una voz monótona, que no sube ni baja, como una caja con ruedas en un suelo plano. Abro los ojos y trato de encontrar su imagen, pero hay una aglomeración de cuerpos ansiosos y apenas puedo distinguirla. El humano Jaime está con él y va señalando a los demás, a los grandes, a los bonitos, a los que no huelen mal ni están enfermos. No entiendo muchas de sus palabras, pero sé que solo unos pocos privilegiados son dignos de abandonar los barrotes, solo unos pocos llaman la atención de los que quieren regalar un techo.

Transcurre el tiempo allí fuera. El chico camina junto a los hierros y creo que nos mira uno a uno, en silencio. Avanza unos pasos y se detiene, muy quieto, muy rígido, con los brazos a lo largo del cuerpo. Se ha quedado solo, y ha de tomar una decisión. Vuelvo a cerrar los ojos porque me duele el pensamiento cuando por fin comprendo, después de tanto tiempo, que nadie me elegirá jamás. Somos demasiados, los dos patas se desprenden de nosotros como si fuéramos bolsas de basura. Nos regalan a los cachorros humanos, pero un día molestamos, por cualquier motivo, y nos tiran.

Oigo que hablan de mí. ¿De mí? El dos patas Jaime ha regresado y mueve mucho las manos mientras le habla palabras al chico. Me señala, y su cabeza dice que no una y otra vez.

—Es un error, muchacho. Este perro tiene leishmaniosis. Sería mejor sacrificarlo.

Parece que el joven dos patas no le hace mucho caso; sigue callado, inmóvil. Aunque tiene a Jaime delante, no le mira directamente a los ojos. Es raro un humano que no mira a los ojos. En realidad, el chico es raro. Nunca he sentido a uno de ellos como siento a este, diferente, humano, pero diferente de todos los que he conocido. Vienen más dos patas dueños de los barrotes, y el chico sigue sin mirarlos a los ojos y sin hablar.

Me levanto con mucho cuidado, curioso. Una de mis patas se dobla, pero consigo enderezarla. Lo difícil será lograr paso entre los cuerpos ansiosos. Me cuesta mucho meter el morro para abrir un camino. Qué débil estoy. A pesar de las dificultades, alcanzo la primera fila, me siento y asomo el hocico. Perro Grande Manchado me da una dentellada en la oreja, pero al igual que muchos de los demás, se retira al fondo, no sé por qué.

El chico está muy cerca, al otro lado de los hierros. No sé si escucha lo que le hablan los humanos que se han juntado a su alrededor, aunque parece que no. Comprendo que dicen palabras sobre mí porque me miran y me señalan, todos ellos, bueno, todos menos el dos patas joven, que de pronto, sin mover la cabeza ni el cuerpo, pregunta mi nombre.

Me estremezco, como cuando me acariciaban. Nadie contesta, porque ya no tengo nombre, nunca más fui Nudos desde que me abandonaron. Es triste no tener nombre, y no sé cómo decirles cuál me pusieron mis dueños. El joven dos patas se acerca a los barrotes, muy despacio, y me tiembla el morro, me tiembla todo el cuerpo, así que necesito tumbarme. Tengo miedo primero, luego curiosidad, después esperanza.

El chico se arrodilla delante de mí, y entonces pasa algo especial. Inclina la cabeza, y sus ojos del color de la tierra húmeda me miran, a mí, no solo a mí, a mis ojos, como no ha mirado a ningún humano, y se establece una conexión entre nosotros. Mete una mano por los barrotes y me acaricia. Se la lamo, solo un poco, pues aprendí que a algunos humanos no les gusta. Él es diferente a todos los dos patas que he conocido, quizá por eso quiere llevarme a su techo. No sé si está enfermo como yo, pero eso me da igual: podría quererle mucho, y con todas mis fuerzas intento trasmitírselo.

El chico Hugo pide que me saquen de los barrotes y, confundido y expectante, salgo fuera, tembloroso. Él vuelve a arrodillarse… y me abraza, aunque huelo mal y estoy enfermo, y creo que tendré que gemir flojito porque hacía mucho tiempo que nadie me tocaba de esta manera. Me abraza con la cara muy cerca de mis ojos, así que puedo ver que los suyos brillan. Y me habla con su voz monótona y suave:

—Eres diferente, como yo, lo noto, y no me importa. Este hombre piensa que hay que sacrificarte porque tienes leishmaniosis. ¿Le digo que mis padres podrían hacer lo mismo conmigo porque tengo Asperger? No vale la pena, no lo entendería. Tienes derecho a ser feliz. Me llamo Hugo. Y tú te llamarás… Nudos, porque tienes todo el pelo enredado.

Ahora no puedo evitar chuparle la sonrisa. ¡Volveré a ser Nudos! ¿Cómo sabe mi nombre? Es un humano especial, debe de ser por eso. Muevo el rabo con toda la energía que consigo reunir. Entonces, de los ojos de mi nuevo dueño Hugo brotan dos lágrimas. Me levanta en sus brazos con mucho cuidado y, mientras él se aleja, yo cierro los míos y también sonrío.

Mi relato finalista en el “I Certamen de Relatos Animalistas Crónicas desde el Matadero” 2015.

Soy un ovillo

A mí no me gusta ir al colegio. No me gusta porque hay que cruzar una calle con muchos coches, y a veces el semáforo no funciona, y si el semáforo no funciona me da miedo que me pille un coche. No me gusta porque hay niños que gritan mucho y me tocan, y se hacen caca, y la caca es de color marrón y el color marrón no me gusta. No me gusta porque yo quiero hacer matemáticas más difíciles y solo me ponen sumas y restas que son operaciones para niños muy pequeños, y yo no soy pequeño, y entonces pienso en las matemáticas que a mí me gustan y Nieves se enfada porque no la escucho cuando habla.

No me gusta ir al colegio porque un día estuve en un cuarto con una chica que me tocaba el pene, porque mi padre y mi hermana dicen que hay que decir pene, que hay otras palabras pero son feas. Y ella me tocaba, y no me gusta que me toquen, pero sí me gustaba que me tocara el pene y que lo pusiera dentro de un agujero, y entonces tengo miedo porque si no me gusta que me toquen no entiendo por qué sí me gusta que me toquen el pene. Y después hubo mucho problema y todo el mundo gritaba y me reñía, y Elena y mi padre me decían que nunca tengo que dejar que nadie me haga esto, y esto quiere decir que es malo.

Por eso me tocaba yo solo, que también es raro, porque me gusta mucho y no puedo hacerlo en cualquier sitio como hago puzles que también me gusta mucho, y no entiendo por qué puedo hacer puzles o rompecabezas, y no puedo tocarme el pene. Y mi padre me dice siempre que solo puedo hacerlo en mi cama, pero yo no estoy todo el día en mi cama y es difícil lo que me dice. Además, yo quería saber si todos tenemos un pene, y resulta que las chicas no tienen un pene, que todas tienen un agujero como la chica del cuarto, pero ninguna chica más me deja ver el agujero y si no veo las cosas no puedo entenderlas. Porque yo sí he visto el pene de mi padre, y el de Chema, que es el novio de Elena, porque un día entré en el baño y él está haciendo pis y le vi el pene.

Y como hay muchas cosas que no entiendo, no hablo, o me voy a mi rincón y me hago un ovillo, que esto significa que tengo forma de ovillo de lana, y me quedo mucho rato callado y pienso en las matemáticas que me gustan. Y no entiendo por qué cuando hablo con mi voz, y no con mis pensamientos, nunca digo nada, o repito mucho las palabras. Yo sé que las repito porque estoy nervioso o tengo miedo, pero no sé por qué digo las palabras como si fuera un niño pequeño. Y no sé por qué nadie entiende que todo está dentro de mi cabeza y que yo pienso y sé cosas y no puedo decirlas porque no sé cómo decirlas. Pero tampoco quiero que todo el mundo sepa que pienso y que puedo escribir, por eso solo pongo nombres y dibujos en los papeles, y esto lo escribo cuando mi padre está haciendo algo y no me ve.

Y tengo miedo de que mi padre se muera porque está muy enfermo. Y si se muere me voy a quedar solo porque Elena está en una ciudad muy grande y yo no puedo vivir en una ciudad muy grande porque me da mucho miedo. Y pienso cómo voy a vivir solo y creo que no podré comer mucho porque es muy difícil encontrar comida de algunos colores, y porque muchas personas no me entienden cuando quiero algo. Yo no quiero que mi padre se muera. Mi padre es bueno y solo me abraza si yo quiero que me abrace, y no me toca si yo no quiero que me toque. A lo mejor puedo quedarme con Chema, que es el novio de mi hermana, y tiene un coche, que no es rojo, pero tampoco es marrón, y me gusta ir con él en el coche porque me deja poner música y me deja poner las marchas. Pero Chema también trabaja en la ciudad. No sé con quién podría quedarme si mi padre se muere y esto me asusta mucho.

Y ahora creo que soy malo porque un día me metí en la cama de otra hermana que tengo que no la conozco mucho porque nunca está mucho tiempo, que se llama Alicia, y yo pensé que podía ver su agujero. Y lo busqué entre las piernas que es donde está el agujero y ella se despertó y empezó a gritar y me empujó y me pegó. Y entonces vino mi padre y me apartó de la cama y para apartarme de la cama me cogió el brazo y yo no quería que me tocara. Y también vino Elena y empezaron a hablarme mucho, y Alicia gritaba y yo no entendía nada. Y después Alicia se fue de casa, y más tarde vinieron a buscarme unos hombres que me ataron las muñecas y me tocaron, y entonces sí grité porque no me quería ir y porque me estaban tocando mucho. Y aunque me metieron en un coche que no era rojo pero tampoco era marrón, no me gustó. Y mi padre se quedó en casa sentado en el suelo, y como se tapaba la cara y movía los hombros yo creo que estaba llorando. Y cuando alguien llora Nieves me enseñó que es porque está triste, o tiene dolor.

Y los hombres me metieron en un cuarto que no tenía nada, ni puzles, ni papel ni lápices para pintar, y me quitaron los cordones de mis zapatillas y esto también me enfadó mucho porque me cuesta mucho hacer los nudos. Y me dejaron solo y yo quería hacer pis y no había dónde hacer pis y entonces tuve que hacérmelo encima. Y como gritaba y no venía nadie y nadie me oía, entré en mi cabeza porque en mi cabeza no había ruido, y allí estoy mejor y más tranquilo, y me hago un ovillo y entonces me da todo igual.

Y después vino un hombre que era un médico y yo oía que me hablaba muy lejos, pero tampoco le dije nada. Él no me tocó mucho, creo que solo me miró los ojos un momento, y como yo no miraba, no me importó tampoco. Porque no me gusta que me miren a los ojos. Y después entró Elena y me abrazó, y tampoco me importó que me abrazara porque yo estaba dentro de mi cabeza. Y ella hablaba y también lloraba, pero se fue. Y entonces sí grité mucho y la llamé, pero ella se fue y no me hizo caso y me quedé solo.

Y ahora Alicia no ha venido más y mi padre está muy triste. Y Elena vive con nosotros y entonces si mi padre se muere no me quedaré solo, y esto no me asusta tanto. Pero no quiero que mi padre se muera, y sí me da mucho miedo pensar que mi padre se va a morir.

Ya no me toco el pene porque si han pasado muchas cosas malas porque un día una chica me tocó el pene y porque otro día quería ver si Alicia tenía un agujero, es porque tocarse el pene es malo y porque mirar el agujero de las chicas o tocar el agujero de las chicas también es malo. Y a veces tengo muchas ganas pero como no es bueno que me toque el pene, me muerdo dentro del brazo para que no me vean. Y también tengo que probar cuánto tiempo puedo estar sin comer por si algún día me quedo solo, por si mi padre se muere y Chema y Elena están en la ciudad trabajando y no vienen.

Todo es muy difícil, así que me hago un ovillo. Soy un ovillo

Fe de vida

Llegadas estas fechas, todo el mundo hace balance de lo que ha sido el año que va a terminar. No es exactamente mi intención. Hace mucho que no escribo para compartir algo con vosotros. Sé que os debo algunos artículos, como mi paso por el Oceanográfico de Valencia, fuera de lo anecdótico, y no los descarto, desde luego. ¿Os ha pasado alguna vez que de pronto, sea por lo que sea, aquello que habéis venido haciendo durante un largo período con gusto y dedicación deja de motivaros? Quizá motivar no es la palabra adecuada, pero sirva para el caso.

La situación que hemos vivido y estamos viviendo creo que de un modo u otro nos afecta a todos, y esto me ha pasado. Dejé de frecuentar Twitter, dejé de revisar por encima las notificaciones de Facebook. Dejó de apetecerme tanta discordia, tanta discusión, tantas enemistades repentinas, tanta tensión. Por supuesto, no voy a entrar aquí en ningún tipo de polémica, solo estoy hablando de sentimientos, de los míos, de sentimientos y de sensaciones. Más de una vez me he sentado ante el teclado con el propósito de escribir, y es como que la ilusión se desvanece. ¿Para qué? Y lo dejo.

La mayoría de personas a las que conozco me dicen que cuando peor se sienten es cuando más escriben. A mí la teoría no me funciona. Quizá es porque, afortunadamente, no estoy tan mal, ni siquiera estoy mal, solo desplazada de mis habituales intereses.

Ahora mismo me estoy preguntando qué narices estoy diciendo. A quién le importará cómo demonios esté o me sienta yo. Pero bueno, ahí queda.

¿El año 2017? Ah, sí. Estupendos nuevos amigos, otros que se apartan de un recorrido común. Sequía creativa, aunque mi cuarta novela está ahí, atascada, esperando que me ponga con ella de una vez. Pocos sobresaltos, pero intensos. Mucha rutina, tranquilizadora, pero fastidiosa. El año ha sido como la crítica de mi libro que vi ayer en YouTube. Ahora resulta que Yo te cuidaré tiene un montón de errores ortográficos, según la booktuber que lo reseña, una falta de respeto de la editorial hacia la autora, o sea ,hacia mí. Un texto revisado hasta la saciedad. Pues así es mi año. Lo entrego en aparente buen estado, pero alguien habrá que diga que tiene muchos errores.

Por cierto, al hilo de lo que acabo de explicaros. Los que lo habéis leído, ¿Podríais hacerme un feed back de si realmente hay tantos errores ortográficos? Estoy por leérmelo en braille y con lupa en los dedos.

Bueno. Y después de divagar un rato, dejad que os desee un buen 2018, que cada cual se adapte los propósitos según le convenga, según haya sido este, según ansíe que sea el venidero. Y gracias por seguir ahí.

El arte de no ver… o de no saber

Vacaciones. Qué maravillosa etapa, sobre todo, cuando el trabajo se vuelve duro y difícil de sacar adelante por diversos motivos que no voy a perder tiempo en relatar. Seguramente, conmpartiré experiencias de estos días por Madrid y Valencia, pero será poco a poco, según me vaya apeteciendo.

Lo que voy a contaros me ocurrió el otro día en el Oceanográfico de Valencia, en los minutos previos al inicio de una fantástica actividad de entrenadora por un día. Se trataba de pasar una jornada con el equipo de entrenadores de las instalaciones, en estrecho contacto con los animales de los que se ocupan y a los que cuidan. Bien, para ello había que vestirse con el uniforme adecuado y calzarse zapatillas de seguridad. Hasta aquí, muy razonable. El caso es que nuestro relaciones públicas, un chico encantador que estuvo conmigo y con mi compañero todo el día, me acompañó al vestuario de mujeres, buscó mi taquilla, la número 6, me entregó la llave y marchó para esperarme fuera.

Y aquí comienza mi odisea. Abro la taquilla y miro dentro. Estupendo. Encuentro una chaquetilla tipo cazadora, de un material como Gore-Tex, forrada por dentro. Normal, pienso. Hay que entrar a la zona del Ártico y allí hace más bien frío. Me la coloco, y encima, las mangas me llegan a las manos, cosa rara de conseguir en la ropa.

Sigo buscando. Hum. Eso ya es un poco más extraño. Encuentro una especie de top de manga corta, abierto con escote, y dos botoncillos entre los pechos. Qué raro, pienso. Pero claro. ¿Yo qué sé cómo es el uniforme de las chicas? Venga. Me quito la chaquetilla, me quito mi camiseta y me pongo el top. Los botones se abren porque los ojales están dados de sí, y todo el rato se desabrochan. Pues menuda faena. Voy a ir enseñando mi sujetador todo el día. En fin. Cerraré la cremallera de la chaquetilla y listos. Pero la cremallera no tiene carro, no se puede subir.

Vamos, Marta. Que te esperan. Un calor, señores… Sigo buscando. Encuentro un par de calcetines doblados en plan bolita, bien puestecitos. Calcetines. Vale, pienso. Será una cuestión de higiene. Calcetines limpios para evitar cualquier perjuicio a los animales. Tiene su lógica, ¿no? No me digáis que no. Me quito mis zapatillas, mis calcetines, y me coloco los otros, que también me van bien.

Sigamos. Encuentro unos guantes, y como de momento no les veo la utilidad, los guardo en el bolsillo de la chaqueta. Y sigo buscando. No encuentro pantalones. Raro. Ni zapatillas de seguridad. Raro. Sí detecto unos cuantos paquetillos como de Oreo, de esos con dos galletas redondas. Bueno, cómo nos cuidan, ¿eh? Y unos libritos… que deben de ser sobre las instalaciones… a saber.

Entonces doy con otra camiseta, de tirantes, colgada en una percha. Ostras, pienso. Esto es mejor que el top, quizás nos dan dos opciones. Al menos no se me desabrochará. Me quito la chaqueta, me quedo en top y en sujetador, todo hay que decirlo, porque no hay modo de abrocharlo. Cojo la camiseta… mmm… aquí sí que ya hay algo que no me cuadra. No huele mal, pero huele. A usada. Señores, por aquí ya no paso, ¿eh?

Ahí es cuando empiezo a llamar a nuestro acompañante. Que no me oye. Claro, imaginaos: él y mi compañero ahí fuera, “y cómo tarda”, Y con el cachondeo, “es mujer, qué quieres”. Al final me oyen… vamos. Se habían equivocado de taquilla.

Después de unos largos minutos de incertidumbre y un calor de órdago, llego a mi taquilla de verdad y en menos y nada me pongo la camiseta de entrenadora por un día, los pantalones cortos con múltiples bolsillos y las zapatillas de seguridad. Disculpas a la chica que encontraría sus cosas… un poquillo revueltas.

Renovar-se… o fugir

Aquí os dejo una pieza de microteatro que presenté a un concurso y que no fue seleccionada. Está en catalán, así que los que no entendáis el idioma podéis intentar leerla o simplemente pasar de largo. No aconsejo que la traduzcáis porque en ella aparecen muchos giros del lenguaje y dichos populares o refranes que perderían todo el sentido, aunque bueno, solo es una sugerencia. Me atrevo a invitar a posibles lectores que por lo que sea pudieran tener algún interés en representarla que no duden en ponerse en contacto conmigo.

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016, márcalo

Solo quiero aportar un pequeño aliento de apoyo y esperanza ante tanta noticia estremecedora.<

Hecha un ovillo en la cocina, Aurora reclama lágrimas con que desahogar el sufrimiento, pero no consigue licuar su horror. Hace tiempo que ha perdido la facultad de llorar.

Él ha salido, siempre ocurre así: descarga su brutalidad y después empapa sus odiosos argumentos en alcohol. Más tarde, regresa armado de palabras maceradas en cerveza y las vierte convertidas en caricias torpes. Disculpas, eternas disculpas que Aurora traga como acíbar.

El silencio de la casa se llena de presagios, del rumor de decisiones continuamente postergadas. El mutismo ominoso de la impotencia.

Con dificultad, sintiendo el dolor del cuerpo apaleado, aurora se levanta. Apoyada en la encimera, la cabeza vencida, la sangre manchando su ropa, entreabre los ojos de párpados hinchados. Ante ella el ventanal, la luz de mayo, el parque infantil donde los niños juegan y blanden sus últimos jirones de inocencia.

De pronto, Una chiquilla de tres o cuatro años la saluda y sonríe. Manita que ondea con alegría como una bandera de esperanza.

Aurora busca una sonrisa para ofrecerle mientras algo en su interior se fortalece. Poco a poco, prendida de esa mirada risueña, recupera las lágrimas que se deslizan mansas por sus mejillas amoratadas. Por fin, tras muchos intentos frustrados, sobreponiéndose al miedo atroz que como un poso han ido dejando en su alma las amenazas, coge el teléfono y marca con dedos temblorosos.

Desde el otro lado, una voz amable comienza a tender el puente que la ayudará a cruzar a la otra orilla.

Premios Caligrama

Hoy os escribo para daros una para mí grandísima noticia sobre mi novela Yo te cuidaré. Pero prefiero que leáis los antecedentes a modo de correo que recibí el 20 de junio:

Apreciado autor/a,

Hoy estás un paso más cerca de la publicación tradicional… Creemos en ti, en tu talento y en impulsar tu carrera literaria. Por este motivo, convocamos los Premios Caligrama, para premiar a nuestros autores de mayor mérito con la publicación de su obra en uno de los sellos tradicionales de Penguin Random House Grupo Editorial.

¿Qué son los Premios Caligrama?

Se trata de una gala donde anunciaremos los libros de Caligrama que pasan a ser publicados tradicionalmente por la mayor editorial del mundo.

¿Cuáles son los premios que se ofrecen?

Existen 3 categorías de premios a los que puedes optar: el premio Promesa, por la madurez literaria del autor; el premio Best-Seller, por la trayectoria comercial de la obra; y el premio Talento, por sus cualidades literarias. Los premios Best-Seller y Talento se otorgarán a obras que pasarán a ser publicadas en uno de los sellos de Penguin Random House Grupo Editorial, mientras que el premio Promesa comprenderá un Pack Talento para la próxima obra publicada.

¿Quién participa?

Si has publicado con nosotros antes del 30 de junio del 2017, participas en esta primera edición de los Premios, en una u otra categoría.

¿Cuándo será la gala?

Te esperamos el jueves 14 de septiembre a las 19h en el auditorio de la editorial Penguin Random House Grupo Editorial (Travessera de Gràcia 47-49, Barcelona, España).

¿Quién puede asistir?

Todos nuestros autores publicados pueden asistir a los Premios Caligrama, la gran gala de la literatura.

Focos, cámaras, alfombras rojas, flashes, editores y personalidades del mundo literario. La atención estará puesta en ti, tú serás la estrella. El 14 de septiembre tienes una cita en Barcelona.

¡Te esperamos!

Bien. Este mediodía he recibido la llamada de Mireia Sainz, y esto es lo que me ha dicho por teléfono, y luego por correo:

Apreciada Marta,

Con mucha ilusión, te adelanto el link donde podrás leer la nota de prensa oficial donde PRHGE confirma que has sido seleccionada como finalista para los Premios Caligrama en la categoría de Best-Seller:

Pinchad aquí para ver los finalistas.

Ni que decir tiene que estoy feliz, encantada con solo estar entre esos diez finalistas. Gracias a Caligrama por esta oportunidad. Y gracias a todos mis lectores porque sin vosotros, esto no sería posible.