A través del tiempo

No estaba muy segura acerca de si debía compartir mis obras infantiles, lo que daba en llamar novelas, y que al menos las primeras, no van más allá de veinte páginas. También los poemas. Muchas personas me lo han pedido. Además, sé que hay niños que me leen en compañía de sus padres.

Con cierto rubor accedo a ir colgando mis pequeñas creaciones literarias desde que comencé a guardarlas con trece años. Y pensad que los textos no están corregidos, aparecen tal cual los escribí, fieles y vírgenes.

El motivo de por qué la decisión de hacerlo en una página y no como entradas del blog es sencillo: quienes accedáis aquí es por interés o curiosidad, no es necesario que los lectores del día a día que gustan de seguir el blog se encuentren con creaciones más largas y desfasadas.

Que lo paséis bien.

NOVELAS

  • Kati en la montaña
  • El fantasma de Villa Jupersin
  • Un corazón sin lugar para el amor

Kati en la montaña

Aquí tenéis mi primera creación, sin duda influenciada por la lectura de un par de libros de la colección de Lisbeth Werner, Puck y la fierecilla y Puck en la nieve. Es muy divertido comprobar ahora con qué libertad me lanzaba a escribir. Normal, tenía trece años recién cumplidos. No me importaba, o no me daba cuenta, de las incongruencias, las incoherencias, los desfases temporales. Al más puro estilo Agatha Christie, pero con deducciones descabelladas y gratuitas. Eso sí, no se puede negar que contaba con una buena cantidad de vocabulario para esa edad.

Es curiosa la casualidad (o no), de la aparición del alpinismo y la montaña, dos elementos recreados de algún modo en mi primera novela publicada Un refugio para Clara. Esto me hace pensar en el equipaje que vamos reuniendo desde pequeños, del que tarde o temprano echamos mano.

Bueno, si decidís leer, podéis reíros a placer, no me enfadaré. Yo también lo he hecho.

Inicio de la obra

En el internado de la señora Sara Inger habían empezado los concursos del verano, es decir, el alpinismo, la natación, el esquí acuático etc.

Kati y sus tres compañeras Sandy, Elisabeth y Karen, estaban encerradas en su habitación planeando nuevas aventuras mientras que los demás alumnos estaban disfrutando del bello sol que hacía esa mañana.

En dicho internado había unas reglas que debían ser cumplidas al pie de la letra, por ejemplo, los horarios de clase. Durante el día sólo tenían cuatro horas libres, una por la mañana y las restantes por la noche. Los días festivos tenían de tiempo hasta las once de la noche para irse a pasear fuera del internado. La señora Sara Inger era muy estricta a las horas de clase pero muy simpática a la hora de las risas.

Kati y sus tres compañeras eran unas chicas muy activas, siempre dispuestas a correr aventuras. Por eso recibían el nombre de “Los Torbellinos”. La más traviesa era Sandy, la que recibía el nombre de Dinamita.

Todas las chicas estaban en la piscina, gritando y riendo alegremente. Era fiesta; no había clase. Pero nuestras cuatro amigas no parecían estar muy contentas.

—¿Vosotras creéis que los concursos de este verano serán interesantes? –preguntó Karen como algo preocupada.

—No lo creo –respondió Kati.

—¡No importa! Si son aburridos nosotras…

—No te alborotes, Dinamita, si son aburridos nosotras no podremos hacer nada.

—¿Estás segura? –preguntó Dinamita. Y levantándose rápidamente desapareció por la puerta cerrando ésta con un gran golpe.

—¿Dónde irá? –preguntó Karen.

—Déjala, estoy segura que va a hacer una de las suyas.

—Elisabeht tiene razón, Karen; será mejor que la dejemos, no nos metamos en líos que a la señora Sara no le gusta mucho.

—¿Sandy, qué deseas? –preguntó la señora Sara.

—Me gustaría saber por anticipado lo que piensa hacer este verano para los concursos.

—Pues claro, hijita, no faltaría más. Mira, este año vamos a hacer alpinismo.

—¿Alpinismo? –preguntó asombrada Dinamita.

—Escalaréis el pico de Wisvirk.

—Pero, ¿no es demasiado peligroso?

—No te preocupes; prometo que no pasará nada.

—Muchas gracias.

Y después de pronunciar estas palabras subió a su habitación para reunirse con sus amigas.

—¡Hola, ya estoy aquí!

—¿Dónde has ido? –preguntó Kati.

—Al despacho de la señora Sara y me ha dicho que este año haremos alpinismo y que escalaremos el pico de Wisvirk.

—¿De veras?

—Sí, chica; esto promete ser realmente interesante.

—¿Sabes quién competirá, Dinamita?

—Pues no, pero pronto lo sabremos.

—¡Bueno! Pues ya que sabemos esto –dijo Elisabeth—, ¿por qué no vamos a la piscina?

—Me parece formidable –prosiguió Karen.

Al bajar al jardín todas las chicas estaban disfrutando de la cristalina agua de la piscina mientras que los chicos practicaban el tenis y el fútbol en las pistas del internado.

—¡Buenos días, chicas! –gritó Dinamita.

—¡Y tan buenos! –prosiguió una chica, Elsy en particular.

—¡Al agua, chicas, está en su punto!

En aquel momento la señora Sara apareció en el jardín y gritando para que fuera oída, reunió a las chicas y a los chicos:

—¡Escuchadme!, mañana empiezan los concursos de este verano. Seguidamente citaré a los que van a participar en los distintos juegos y especialidades. ¡Concurso de natación !: Kati Blaker, Albert Winter, Karen Müller, Elisabeth Bradford, Joseph Andrews, David Hansen, Sandy Billy, Elsy Grein, Andy Ingels y Roger Harby.

Gritos de alegría y desilusión surgieron de las bocas de los alumnos.

—¡Silencio! –exigió la señora Sara—. Los de alpinismo serán los mismos que he dicho más Greta Gali y Henry Werter.

—¡Estupendo, maravilloso! –dijo Kati—. Hemos conseguido que nos clasifiquen para concursar. Esto promete ser algo estupendo. ¡Vamos a celebrarlo!

Una vez en la habitación Elisabeth sacó una tableta de chocolate; Karen, unas latas de bebida; Dinamita, unas pastas, y Kati, unos panecillos con mantequilla y mermelada de ciruelas.

—¡Brindemos por nuestra felicidad! –gritó Dinamita.

—¡Eh, no te olvides de los demás! –sonrió Kati.

—Tienes razón, ¡por todos!

Y así, alegremente, transcurrió la tarde, la dulce tarde.

El día despertó como de costumbre, con alegría e ilusión.

—¡Maravilloso! –gritó Karen—. Hoy será un día fantástico.

—¡Buenos días a todas! ¿Qué hora es? –preguntó Elisabeth con cara de sueño.

—Son las ocho de la mañana y hoy empiezan los concursos.

—Es verdad, ya no me acordaba –prosiguió con más alegría.

—Pues a qué esperáis, ¡anda, arriba! –gritó Kati, tan bromista como siempre.

Cuando se hubieron vestido y hubieron desayunado bajaron al jardín donde estaban preparando la piscina para el concurso.

–¡Buenos días, chicos! –gritó Dinamita—. ¿Estáis preparados para competir?

—¡Claro que Sí! –gritaron todos a coro.

Uno de los chicos se acercó a Kati; era David.

—Hola, campeona, ¿estás preparada?

—¡Toma, pues Sí! Y con muchas ganas de ganar.

—No serás la única. ¿Crees que podrás con Albert Winter?

—No sé, chico; pero me parece que Sí.

—Pues te parece bien porque no está en forma. Bueno, ¡adiós!

—¡Adiós, hasta luego!

Kati se reunió de nuevo con sus amigas.

—¿Qué te ha dicho?

—Que creía que ganaría a Albert.

——A ese mocoso le gana cualquiera, ¿no, Kati?

—Sí, pero estoy segura que a David no le podré ganar; está muy entrenado.

Mientras hablaban todo se puso en orden y pronto todo estuvo a punto para empezar las carreras de natación.

—¡Todos los concursantes que se coloquen en su sitio, y buena suerte a todos! –gritó la señora Sara.

Los chicos se desearon suerte entre ellos y cuando dieron la señal se lanzaron todos al agua. Había gritos para todos y el ambiente era fenomenal.

Un altavoz anunciaba:

—¡Va en primer lugar david, seguido por Kati! ¡Van a poca distancia y les siguen Karen y Albert! ¡Quedan atrás todos los restantes!

La cosa estaba muy interesante. ¿Quién ganaría? Pronto se sabría.

Al cabo de unos minutos el altavoz volvía a sonar:

—¡Primer puesto, David, segundo Kati, tercero Karen!

Los gritos decían “¡viva!” al ganador y también al segundo y tercer lugar.

—¡Viva! –gritó Kati—. Lo he conseguido.

—Enhorabuena –dijo David—, eres una campeona. Te dije que ganarías a ese mocoso de Albert
pero no me lo imaginaba.

—No hay para tanto. También yo he de darte mi enhorabuena; has quedado número uno y todas las chicas están locas por ti, ¡campeón!

Kati con sus compañeras, después de la larga carrera, se retiró a su habitación.

—¡Lo he conseguido!

—Sí, chica Sí, eres toda una campeona, y tú también Karen, porque has quedado delante de Albert.

—Lo que más miedo me da son los concursos de alpinismo –dijo Kati.

—Pero si son los más fáciles –dijo Karen.

—¡Y los más divertidos! –añadió Dinamita.

—¡Todo saldrá bien, ya lo veréis!

Kati estaba algo preocupada pero en su interior deseaba que llegaran los días de las competiciones de alpinismo.

Mientras estaban celebrando aquella pequeña fiesta que significaba tanto para las cuatro, en la primera planta estaban ocurriendo cosas no muy agradables. Tres chicos, Joseph, Albert y David habían ido a entrenar, o mejor dicho, a practicar el alpinismo. Antes habían pedido permiso a la señora Sara puesto que estaba prohibido salir sin permiso. Al regresar, sólo volvieron dos de los tres chicos, Joseph y David. Como es natural, la señora Sara exigía una explicación pero los dos chicos se negaban a darla diciendo una y otra vez que ellos no sabían dónde estaba Albert.

En vista del jaleo, nuestras cuatro amigas bajaron al despacho pidiendo, por favor, qué pasaba. Había un ambiente de nervios, la señora Sara gritando y los chicos muy nerviosos pensando en el castigo que les esperaba.

—En vista de que no me queréis dar una explicación me veré obligada a castigaros sin ir al concurso de alpinismo.

La cosa terminó con un tremendo grito de desesperación por parte de la señora Sara. Entonces fue cuando Kati dijo:

—Me parece inútil que los castigue, señora Sara; yo creo que ellos dos no tienen la culpa. Sin embargo, no me extrañaría nada que Albert, con lo malo que es, se hubiera escondido para que fueran castigados, ¿no cree?

—Puede ser –respondió, quitándose las gafas bruscamente—. Sin embargo, puede ser una invención tuya pues sé que no te cae muy bien. Si es así, tú vas a ser castigada.

—De acuerdo, señora Sara.

Kati salió del despacho cabizbaja y con cara de pocos amigos. En su camino se encontró con David.

—¿Qué te ha dicho?

Kati, alzando la cabeza, preguntó:

—¿De veras no sabes dónde está Albert?

–Si lo supiera no me habría dejado perder el concurso. Además, Albert se separó de nosotros a medio camino diciendo que tenía unos amigos cerca de allí.

—Pero si en esa montaña no vive nadie, ¡es imposible! –exclamó Kati.

–Lo sé, por eso me extraña tanto.

—Será cuestión de investigarlo, ¿no?

—Creo que has tenido una buena idea. Iré a comunicarlo.

Kati subió rápidamente las escaleras que conducían a su habitación.

—¡Eh, chicas! ¿Sabéis lo que ocurría allá abajo?

—No tengo ni idea –respondió Karen.

—Os lo explicaré. Se ve que David, Joseph y Albert salieron a practicar el alpinismo y…

—¿Con ese mocoso de Albert han ido? –interrumpió Dinamita.

—Se ve que Sí. Pues bien, acaban de llegar pero sin Albert.

—¿Cómo, se ha escapado?

—No digo eso. Lo más seguro es que se haya escondido para que castigaran a Joseph y David sin asistir al campeonato de alpinismo.

—¡Ese sinvergüenza! Lo mataría de buena gana –dijo Elisabeth con el ceño fruncido.

—Todavía no se ha asegurado nada por eso hemos decidido que vamos a investigarlo.

——¡Estupendo! –gritaron a coro.

Después del inmenso grito de alegría alguien llamó a la puerta.

—¡Adelante, la puerta está abierta! –gritó Kati.

—Soy yo, David.

—Hola, chico, ¿cuándo empezaremos a investigar? –preguntó Dinamita.

—No sé, pero me temo que nos será algo difícil.

—¿Por qué?

—No nos dejará salir de aquí hasta el día de los concursos.

—Entonces…

—Entonces –prosiguió David—, eso quiere decir que no podremos investigar.

—Eso no lo permito yo –saltó Dinamita, y saliendo por la puerta como una centella, bajó al despacho de la señora Sara.

—¿Puedo entrar? –preguntó.

—Pues claro Sandy, ¿qué deseas?

—Pues verá, yo quiero decirle que…

—Anda, sigue.

—Verá, mis amigas y yo hemos decidido hacer una fiesta y…

—¿Una fiesta, para qué?

—Pues para celebrar el… aniversario de los padres de Kati; ella siempre lo celebró junto con ellos.

—¿Y qué quieres decir con eso?

—Pues… que si nos deja salir al pueblo a comprar pasteles.

—Tengo terminantemente prohibido que salgáis de aquí hasta el día de los concursos.

—Lo sé, pero es que a Kati le haría tanta ilusión…, se siente tan triste…

Y en vista de la tristeza de Dinamita la señora Sara accedió.

—¡Muchas gracias!

Dinamita, un poco avergonzada por sus mentirijillas, pero muy contenta porque se había salido con la suya, subió las escaleras y se dirigió a la choza, como ella solía llamarla.

—¡Lo he conseguido, lo he conseguido!

–¿Has conseguido el qué? –preguntó David.

—¡Que nos deje salir! –sonrió Dinamita.

—¿Y cómo lo has hecho? –preguntó Elisabeth.

—¡Eso no importa ahora! Lo importante es que podemos salir y ahora mismo.

—Eres un sol –dijo Karen.

—Pues si es así, vámonos ya.

—¿No vamos a buscar a Joseph? –preguntó Kati.

—No –dijo David.

Dicho esto salieron todos de la habitación y se dirigieron a la calle.

Bajaron al pueblo. Dinamita se dirigió hacia una pastelería, la del señor Bouster. Los demás no sabían el porqué de ir a una pastelería, pero ellos seguían a Dinamita.

—¡Buenos días, pequeños! –dijo el señor Bouster—. ¿Cómo estáis y qué queréis?

—Vengo a comprar dos pasteles –dijo Dinamita.

Sus compañeros no sabían para qué compraba aquellos pasteles pero no hicieron caso.

—¿Vais a celebrar una fiesta?

—Sí –respondió Dinamita—, se trata del aniversario de bodas de los padres de Kati.

Al instante, todos lo comprendieron y se echaron a reír.

—¿Os habéis enterado de algo horrible? –preguntó el pastelero.

—No, ¿de qué se trata?

—Me han informado que se acaba de escapar de la cárcel el asesino de Jack Gilbert.

—¿Qué? ¿Jack el Destripador? –preguntaron todos con cara de horror.

—Sí, o sea que ya podéis ir con cuidado, es muy peligroso, mucho.

Los rostros de los chicos demostraban horror, miedo, pánico. ¿Podría haber sido Jack el Destripador quien se hubiese apoderado de Albert?

Despidiéndose del pastelero salieron rápidamente a la calle y tomaron el camino del internado. ¿Se encontrarían por el camino con Jack el Destripador?

No tardó mucho en oscurecer. Nuestros amigos aún no habían llegado al internado.

—Tengo miedo –exclamó Karen.

—Vamos, tenemos que llegar, no podemos quedarnos aquí –dijo Kati.

De repente, David gritó:

—¡Me parece que nos hemos equivocado! Esta no es la carretera que conduce al internado.

Fue entonces cuando Karen estalló en un llanto no muy corriente en ella.

—Vamos, Karen, no llores. No será ni la primera ni la última vez que nos ocurre esto. Anda, enjúgate esas lágrimas y no llores más.

—¿Cómo sabes que esta carretera no es la que va al internado, David? –preguntó Dinamita.

—Pues porque cuando vinimos no estaba esta casa.

—Ni tampoco estos bosques –añadió Elisabeth.

—Debemos seguir adelante pase lo que pase y encontrar a Albert –animó David.

—¿Crees que Albert tiene algo que ver con Jack el Destripador?

—Que tenga algo que ver, no; pero que le haya podido coger, Sí.

—Entonces… ¿Pensáis que Albert pueda estar en manos de ese asesino? –preguntó Karen horrorizada.

—No se ha confirmado nada, pero no os debe de extrañar.

Linterna en mano y paso firme continuaron su camino.

—A algún sitio llegaremos –suspiró Elisabeth.

—De eso estoy segura –contestó Kati burlándose.

En el recodo de un camino había un coche. Negro, tan negro que parecía carbón; en fin, que a nuestros amigos les olía a asesino.

—Este coche no me gusta nada.

—Y menos en una montaña así –exclamó David.

—¡Oh, es cierto! –gritó Dinamita—; estamos en la montaña.

—¿Cómo hemos venido a parar aquí? –preguntó Kati.

—Os conduje yo hasta aquí –respondió David—; pensé que sería más prudente. Por la carretera nos podrían ver, ¿no?

—Creo que tienes razón –dijo Kati.

—¡Chssss! –exclamó David bajando la voz—, creo que viene alguien.

En efecto, alguien venía, pero esa persona no hacía cara de asesino, al contrario.

—Podríamos pedirle ayuda –propuso Karen.

—Nunca confíes en una persona con buena cara –dijo David—. Tú, Elisabeth, ve con Karen y con Dinamita.

—Pero, ¿las tres solas?

—¿Y por qué no? Tú, Kati, ven conmigo.

—Pero ¿qué quieres hacer? –dijo Kati.

—Vamos a investigar en la casa y en el coche que hemos visto antes, pero separadamente. Dentro de un cuarto de hora os espero aquí, ¿de acuerdo?

—¡De acuerdo! –respondieron a coro.

Y cada grupo tomó su camino. ¿Qué ocurriría? Sólo Kati iba segura con David; pero las demás caminaban con tanto miedo que las piernas les flaqueaban.

Todo transcurría en silencio. Kati y David habían llegado ya a las alambradas de la casa. Las demás también se habían acercado al coche.

—Tú ve por ahí –dijo David en voz baja para evitar ser oído.

Kati obedeció y caminó hacia una de las ventanas principales mientras que su compañero se dirigía al balcón.

En cuanto a las chicas, no pudieron descubrir nada en el coche, sólo una pequeña marca que hacía algo así como un águila, o algo parecido. En cuanto esa marca fue vista, Dinamita exclamó:

—¡La contraseña!

Sus compañeras le dieron un golpe de codo.

—¡Estás loca, no chilles tanto!

—Perdonadme –suplicó Dinamita—; no era mi intención.

—¿Por qué has chillado “la contraseña”? –preguntó Karen.

—Este bicharraco lo vi dibujado en la puerta de la pastelería del señor Bouster.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

—Será su coche –dijo Elisabeth.

—Ya ha pasado el cuarto de hora y debemos reunirnos con David y Kati.

Corriendo, pero sin hacer mucho ruido, las chicas llegaron al sitio donde debían encontrarse todos.

—¡Todavía no han llegado! –gritó Elisabeth.

—¿Les habrá pasado algo?

—Ya sabes Dinamita que a David le gusta mucho investigar; habrán encontrado algo.

—Tienes razón.

Y en efecto, Karen tenía razón, y mucha. David y Kati habían conseguido entrar en la casa.

—Esta casa no me gusta nada exclamó David en voz baja.

A Kati no le gustaba tampoco y estaba deseando salir de allí para reunirse con sus compañeras.

—David tengo miedo, salgamos de aquí –suplicó.

—Aguarda un momento –y dirigiéndose hacia una alacena, exclamó—: ¿Qué animal tan curioso, no Kati?

—Sí, parece un águila.

—No lo parece, lo es. Bueno, marchemos ya.

Kati suspiró y, agarrada del brazo de David, salió de la casa.

Por fin se reunieron todos.

—¿Habéis descubierto algo? –preguntó Karen.

—Hombre, se puede decir que no –respondió Kati.

—Pues nosotras Sí. ¿Me podéis decir lo que había en la puerta de la pastelería? –preguntó Dinamita.

Nadie contestó durante unos instantes; hubo un silencio absoluto. Después, Kati gritó:

—¡David, el águila!

Todos se escandalizaron.

—¿Habéis visto lo mismo que nosotras, el águila? Preguntó Elisabeth.

–Creo que Sí, si es la misma que hay en la puerta de la pastelería, Sí.

—Pues ya está –sonrió Dinamita.

—Tenemos que volver a la pastelería, quizá Albert esté allí.

–Pero si nos hemos perdido, ¿cómo quieres que regresemos? –sollozó Kati.

—Eso de que estábamos perdidos era antes –dijo David.

—¿Qué quieres decir, que ya no lo estamos?

—Lo de que estábamos perdidos era una equivocación; mirad allí –y extendió el índice hacia una montaña.

—¡El pico Wisvirk! –exclamaron.

—¿Qué os parece? Si tenemos el internado ahí mismo.

—¿Tanto hemos andado? –preguntó Kati.

—Sí, chica, Sí.

—¿Pues a qué esperamos? Que si no llegamos antes de las cinco podemos despedirnos de los concursos.

Corriendo como locos llegaron al internado donde en la puerta parecía haber alguien y no muy contento.

—¿Será la señora Sara? –preguntó Dinamita.

En efecto, era la misma.

—¿Se puede saber dónde habéis estado, sinvergüenzas?

—Celebrando el aniversario de los padres de Kati –dijo Dinamita muy abiertamente.

—¿Cómo, toda la noche? Esto os puede costar las competiciones.

Cuando oyeron estas palabras los chicos ya no hicieron tan buena cara.

Entonces fue cuando Kati dijo:

—Verá, es que nos perdimos al salir de la pastelería del señor Bouster.

—Esto no me sirve como excusa.

—No tenemos la culpa de habernos perdido, señora.

—Eso de que os habéis perdido habrá que comprobarlo. Iré a la pastelería del señor Bouster a ver si estuvisteis allí.

Y girando el rostro, desapareció.

Cuando hubo desaparecido la señora Sara los cinco chicos se quedaron mirando.

—¿Será capaz de ir a la pastelería para saber si hemos ido?

—Ya sabes, Dinamita, que ese diablo es capaz de todo –respondió David.

—Será mejor que subamos a nuestra habitación y hablemos sobre el hecho –propuso Kati.

Subieron a la habitación de las chicas.

—Sentaos, traeré algo de beber –dijo Karen.

—Esto habrá que investigarlo paso a paso –dijo Kati.

—¿Y para qué querrá ese Jack a Albert? –preguntó Elisabeth.

—No te precipites –dijo David mientras acariciaba el pelo rubio de Elisabeth—. Nosotros no sabemos si Albert está en manos de ese asesino. Si es así, quizá lo quiera como rehén, o para matarlo.

—Era sólo un ejemplo.

—Ahora –dijo Kati—, ¿por qué no hablamos del águila misteriosa?

—Tienes razón, lo había olvidado. Decís que ese águila estaba en la puerta de la pastelería. También está en el coche y en el interior de la casa. Eso nos puede llevar a la conclusión de que ese coche es o debería ser del pastelero.

—Pero, ¿no creéis que si ese coche fuera suyo, o que él fuera el destripador lo hubiera dicho? –preguntó Karen exaltada.

—¡Quién sabe! –suspiró Kati.

En ese momento alguien llamó a la puerta.

—¡Soy la señora Sara!

—Pase –contestó una voz débil.

—Acabo de llegar de la pastelería –dijo nada más entrar—. El señor Bouster me ha dicho que ayer y anteayer no ha ido nadie a la pastelería.

—¡Maldición, lo sabía! –gritó Dinamita.

—¿Sabías el qué, que ese buen hombre diría la verdad; que os castigaría por el hecho? Pues yo también sabía, querida Sandy, que me habías engañado. Mañana hablaré con vosotros. Tú, David, ya te puedes ir a tu habitación.

Cuando la señora Sara se hubo marchado, Dinamita se desahogó.

—¡Sabía que ese hombre era el asesino! Sabía…

—Tranquilízate, Dinamita.

—Lo que más me fastidia es que nos vamos a quedar sin concurso de alpinismo –dijo Kati.

—Tienes razón, y eso será dentro de pocos días.

—Será mejor que nos acostemos. Mañana nos espera un día agotador.

Y así lo hicieron. Se acostaron sin cenar.

Cuando estaban medio dormidas, alguien dio con los nudillos en la puerta. Kati se levantó con miedo y abrió. Era David.

—¿Qué haces por aquí?

–Tengo algo muy importante que deciros. Albert no está perdido ni en manos de Jack. Albert está en su habitación armando un gran alboroto con sus compañeros.

—¿Estás seguro de que es él?

—Segurísimo. Y ahora me voy. No sea que me pillen levantado.

—Maldito crío… –Y se tiró de tal manera en la cama que acabó de despertar a las demás.

—¿Qué ocurre, Kati?

—Ha venido David y dice que Albert está en su habitación.

—¿Qué? –chillaron las tres a la vez.

—Sí, chicas, como oís. Lo peor del caso es que no sabemos por qué se ha escondido y por qué el señor Bouster dijo que no había ido nadie a la pastelería desde hacía dos días. De verdad que no lo entiendo.

—¡A lo mejor Albert tiene algo que ver con ese hombre! –poniéndose las manos a la cabeza, gritó Elisabeth.

—Quién sabe, todo esto es tan raro…

Las cuatro chicas se pusieron a dormir, cada una envuelta en sus pensamientos: Kati pensaba en la relación que podía existir entre Albert , el pastelero y Jack el Destripador; Elisabeth pensaba en las montañas, es decir, “el águila”; Karen, por más que daba vueltas a sus pensamientos no conseguía entender por qué el señor Bouster le había dicho a la señora Sara que no había ido nadie a comprar en dos días; y Dinamita, como ya estaba harta del tema, se puso a pensar en los concursos que faltaban.

A la mañana siguiente, los primeros rayos de sol entraron por las rendijas de la ventana.

—¡Buenos días! –saludó Kati.

—Buenos días –respondieron las demás con voz de sueño.

Mientras éstas se vestían, la señora Sara había llamado a David para interrogarle.

—Quiero que me expliques todo cuanto pasó, desde que os fuisteis con Joseph hasta que desapareció Albert Winter.

—Sí, señora.

David empezó a hablar:

—Nosotros salimos después de que usted nos diera el permiso. Nos dirigimos a los montes que hay detrás de las ruinas de la vieja iglesia. Empezamos a subir la cuesta que lleva a la cima.

—Pero esto no es practicar el alpinismo –interrumpió la señora Sara con tono severo.

—Ya lo sé, pero nosotros no íbamos a practicar el alpinismo sino a andar para estar en forma.

—Bien; sigue explicando tus mentiras.

David se enfureció y tuvo la tentación de gritar.

—Cuando llegamos arriba nos sentamos para descansar. Después de estar sentados un largo rato, charlando, volvimos a bajar y regresamos aquí.

—¿Se puede saber de qué hablabais?

—Pues de nuestras cosas.

La señora Sara se molestó.

—Seguro que hablabais del plan que estáis llevando a cabo, ¿no?

—No, señora, nosotros no llevamos ningún plan. El que debe de llevar un plan, y gordo, es Albert.

—Albert llegó ayer y me reveló que vosotros le habíais atado en la montaña y que no pudo librarse de las cuerdas hasta ayer.

Los ojos azules de David se oscurecieron de ira, apretó los puños y dijo:

—¡Ese idiota de Albert!

—¡No permito que uses ese vocabulario delante de mí! Quedas castigado y no participarás en el concurso de alpinismo. Yo resolveré esto.

David salió del despacho dando un gran portazo. Subió las escaleras corriendo y se dirigió a la habitación de las chicas.

—¡Buenos días, David!

—Buenos días –respondió David sentándose en una de las camas.

—¿Qué te pasa? –preguntó Kati mientras le servía una chocolatina.

—Que esa mujer me ha castigado y me ha dicho que Albert…

David les explicó la entrevista que había tenido con “La Joyas”, mote que obtuvo la señora Sara desde que David se enfadó con ella.

—¡No es posible! –dijo Karen.

—Sí que lo es –respondió David—, y ahora ese mocoso sabrá quién soy yo.

—¡No le hagas nada, David, te pueden expulsar! –suplicó Kati.

—No importa; quiero dejar este caso bien claro.

Y dicho esto desapareció, dirigiéndose a la habitación de Albert.

—¿Qué quieres tú ahora? –preguntó Albert con voz despectiva.

—Vengo a ajustarte las cuentas. ¿Por qué le dijiste a la señora Sara que te habíamos atado?

—Porque es verdad –respondió Albert mientras le tiraba a David agua en la cara.

—¡Eres un…!

David se lanzó hacia Albert y le dio el primer puñetazo de la pelea. A mitad de la invasión llegó Kati seguida de las demás.

—¡Albert, déjalo! –gritó Kati.

—¡David, por favor, le vas a matar! –gritó Karen.

En efecto, David le llevaba ventaja puesto que tenía quince años mientras que Albert sólo tenía doce. Cuando terminó la pelea David salió corriendo para lavarse la cara que le sangraba mientras que Albert se sentó en la cama y se quedó mirando a las chicas.

Como la señora Sara había oído el jaleo subió a la habitación de Albert y al verle lleno de morados, preguntó:

—¿Qué ha pasado aquí?

—Nos hemos peleado –contestó Albert.

Y al ver a las chicas allí pensó que eran ellas las que se habían peleado.

—Bueno, bueno, ya son cinco sin concursar.

Las chicas trataron de protestar pero la Joyass se fue. Las chicas dieron su última mirada a Albert y se fueron.

—¡Maldita mujer! –dijo Kati dando una patada al suelo.

Llegaron a la habitación y allí estaba David echado en una cama.

—¿Te ha hecho daño? –preguntó Elisabeth.

—Más que yo a él, no creo.

—¿Por qué te has peleado?

—Porque quería darle su merecido.

—Ahora somos cinco sin concursar –dijo Dinamita lamentándose.

—¿Cinco, por qué? –preguntó David.

—La Joyass se pensó que nosotras nos habíamos peleado con Albert, como tú no estabas…

—¡Eso no lo permito yo!

Y dicho esto, David salió de la habitación. Bajó al despacho de la señora Sara.

—¿Qué quieres, David?

–Vengo a aclarar una cosa.

—¿Qué llevas en la cara?

—Eso venía a aclarar. Fui yo quien me peleé con Albert, no ellas. Quiero que no las castigue, no tienen la culpa.

—Está bien; pero no creas que porque hayas sido honrado quedarás libre de tu castigo.

—Eso ya lo sabía.

Y salió de la sala.

—¡Chicas, estáis libres de castigo!

—¿Qué?

—Lo que oís.

—¿Y cómo lo has hecho?

—Pues muy sencillo, diciendo que vosotras no os habéis peleado con Albert.

—¡Oh, gracias, David! –dijo Kati—, pero ahora eres tú quien no va a concursar.

—Es igual, no me importa.

—Me gustaría ir a casa del señor Bouster —dijo Dinamita.

—¿Y qué vas a conseguir con eso? –preguntó Karen.

—No sé, a lo mejor descubro algo.

—¡Ahora que me acuerdo! Joseph fue contigo, ¿no, David? –preguntó Elisabeth.

—Tienes razón; con todo el jaleo me he olvidado.

—¿Por qué no habrá venido? –preguntó Kati.

—¡Iré a buscarlo! –dijo David.

—Pero no le digas nada de nuestra investigación –advirtió Karen.

—¡Descuida! –gritó David mientras salía de la habitación.

—¡Eh, Joseph! Ven un momento, por favor.

—¿Qué quieres?

—¿Puedes subir conmigo a la habitación de Kati Blaker?

—¡Bueno, aguarda, ahora subo!

David regresó a la habitación seguido por Joseph.

—Problemas –dijo Dinamita—. Entra.

—¿Qué llevas en la cara? –preguntó Joseph mirando a David.

—Me he peleado con Albert.

—¿Con Albert, acaso está aquí?

—Sí, chico, Sí –dijo Kati—. Está aquí y, además, con mentiras.

—¿Por qué? –preguntó Joseph.

—Albert ha confesado que le habíamos atado.

—¡Maldito crío!

—Lo que me extraña –dijo Karen—, es que la Joyas no te entrevistase a ti, Joseph, porque lo ha hecho con todos.

—Y que no te castigara –incluyó Dinamita.

—Será porque Joseph es el preferido de la Joyass –bromeó Karen.

—No creo, con lo mal que me cae esa mujer…

—A lo mejor a ti te cae mal, pero tú a ella, no.

—Bueno, de todas maneras se tendrá que averiguar por qué no te ha entrevistado.

—Como queráis.

Joseph, después de tomar unas pastas con sus amigos, regresó a su habitación. “Yo no sé qué pasa, pero la Joyass siempre me excluye de todo, de cualquier trastada, de cualquier desaparición”, se decía Joseph a Sí mismo. Él no comprendía el porqué de todo aquello, no se hacía la idea de que él podía tener algunas relaciones con la señora Sara.

En efecto, Joseph era pariente de la señora Sara. El hermano de ésta estaba casado con la madre de Joseph; por lo tanto, la señora Sara era la tía más próxima de Joseph, hijo de Tom Andrews. Pero lejos estaba Joseph de sospechar cualquier relación familiar con la Joyass.

Mientras tanto, en la habitación habían organizado una asamblea.

—¿Qué vamos a hacer para averiguar lo de Joseph? –preguntó Elisabeth.

—No sé; sería bastante arriesgado pedir una explicación a la Joyass, es capaz de armar la marimorena.

—Me parece que tienes razón, Kati –dijo David—; esa mujer es capaz de todo.

—Lo podemos intentar –dijo Dinamita—; después de todo, ya estamos castigados.

—Pero, ¿quién se entrevistará con ella? –preguntó Elisabeth.

—Yo mismo –se ofreció David.

—Está bien –dijo Kati—, pero ten mucho cuidado; depende del día que tenga es capaz de sacarte del cole.

—Tendré cuidado.

—¡Trato hecho! –gritaron.

Al día siguiente, David bajó a entrevistarse con la señora Sara. Ésta le recibió como de costumbre, con mala cara últimamente.

—¿Qué se te ofrece? –preguntó.

—He venido a hablar seriamente con usted.

—¿Más excusas para que te quite tu castigo?

—Pues no, sólo he venido para aclarar una cosa y preguntarle otra.

—Te escucho –dijo con impertinencia.

—Verá, quiero aclarar en nombre de Kati, Dinamita, Elisabeth, Karen y Joseph y…

—¿Has dicho Joseph? –preguntó levantándose con un gesto brusco.

—Sí, he dicho Joseph, por eso estoy aquí; pero deje que termine con mi aclaración. Todo lo que usted imagina, todo lo que usted crea sobre nosotros es mentira.

—¿Y qué querías decirme sobre Joseph? –preguntó, volviendo su rostro para que David no percibiera su enrojecimiento.

—Quería preguntarle por qué usted no interrogó a Joseph; él también vino conmigo cuando desapareció Albert.

La señora Sara no contestó. Después de un prolongado silencio cogió a David por el brazo y dijo:

—¿Cómo te has atrevido a hacerme esa pregunta? ¿No sabes que podría echarte de aquí por grosero?

Los ojos azules de David se oscurecieron de ira; sus rubios cabellos parecían tornarse grises. Después, la señora Sara le soltó y señaló la puerta con el índice.

—Por ahí has venido y por ahí te irás, puede que para no volver.

David cruzó la puerta tan veloz como un trueno en la noche. Después abrió la puerta de la habitación de las chicas donde éstas esperaban con impaciencia.

—¿Qué te ha dicho? ¿Has averiguado algo?

David tuvo que contestar a un millar de preguntas. Al final, dijo:

—Creo que tendré que deciros adiós; será un adiós muy triste.

—¿Te ha echado? –preguntó Kati tomando a David de las manos.

—Sí, creo que Sí.

—¡Oh, David, no te mereces semejante cosa! Tú, sólo tú te has atrevido a conversar con esa bruja; sólo tú le has arreglado las cuentas a Albert, tú dices la verdad. ¿Por qué?

—Será por eso; el porqué. No entiendo por qué uno diciendo toda la verdad salga con todas las penas por delante. ¡En fin! –suspiró.

—¡Esto no puede quedar así! –gritó Kati—. ¿Si la Joyass le tiene tanto afecto, por qué no habla él con ella?

—¡Buena idea! –dijo Dinamita.

—Creo que será inútil –dijo David.

—Aún tenemos algunas esperanzas. Hablaré con Joseph –dijo Kati.

Kati salió de la habitación y se dirigió a la de Joseph.

—¿Puedo pasar, Joseph?

—¡Hola, Kati!

—¡Hola Joseph, hola Andy!

Andy era el joven compañero de Joseph; tenía tan sólo trece años.

—¿Podría hablar a solas contigo, Joseph?

—Pues claro que Sí.

—Vayamos al jardín.

Cuando llegaron al jardín…

—Oye, Joseph, lo que te quiero decir es muy serio.

—Te escucho.

–Siento no habértelo dicho antes. ¿Te acuerdas cuando fuimos a la ciudad para celebrar el aniversario de bodas de mis padres?

—Pues claro.

—No fuimos a celebrar el aniversario de bodas.

—¿Ah, no? –preguntó Joseph extrañado—. ¿Entonces?

Kati le explicó todo lo que había sucedido. Joseph no comprendía por qué no habían recurrido a él.

—¿Entiendes la situación? Ahora David está expulsado de aquí.

—Cuenta conmigo, Kati. Hoy mismo iré a hablar con esa urraca.

—¡Muchas gracias, Joseph! Que tengas suerte.

La entrada inesperada de Joseph en el despacho de la señora Sara produjo en ésta una reacción brusca.

—Ho… hola… Joseph… No te esperaba.

—Lo sé, he venido a hablarle en serio. Quiero un porqué a la expulsión de David.

—¡Escúchame, Joseph! No porque sea tu tía tienes derecho a levantarme la voz –gritó molesta.

—¿Qué, mi tía?

La señora Sara se mordió los labios.

—Sí, hijo mío, tu tía.

—Nunca pude imaginar que tuviera una tía tan cruel con sus alumnos.

—No expulsaré a David pero, por favor, ¡no digas nada a nadie! –suplicó.

Joseph no escuchó y salió de la sala.

—¡Desgraciado de mí!

Joseph no entendía por qué su familia no le había hablado de esta relación entre la Joyass y él. A pesar de todo se sentía contento; gracias a su relación familiar, David no iba a ser expulsado.

Se dirigió a la habitación de las chicas.

—¡Hola! –gritó Karen, que fue la primera en advertir su presencia.

—Hola.

—¿Qué tal te han ido las cosas?

—No muy bien, pero al menos David no será expulsado.

Al oír esas palabras, Kati lanzó un grito de alegría.

—¿Cómo lo has conseguido? –preguntó seguidamente.

—Por favor, no me hagáis preguntas; lo importante es que David no se vaya.

Las chicas se extrañaron un poco pero, aunque ardían de curiosidad, no hicieron más preguntas a Joseph.

Kati salió de la habitación y se dirigió a la de David para darle la buena noticia. Al llegar delante de la puerta, se armó de valor y llamó. Una voz apagada contestó:

—Adelante.

Kati entró en la habitación.

—Hola, Andy, ¿dónde está David?

—No lo sé pero, en estas circunstancias ¿qué mejor sitio que el jardín para reflexionar?

Kati dio las gracias a Andy y se deslizó como un cohete por las escaleras.

Al llegar al jardín, vio a David sentado bajo un sauce, apoyado en el tronco del mismo, y con las manos en la cara. Kati se acercó, le acarició sus rubios cabellos y le miró a los ojos apartándole las manos del rostro.

—David, no llores.

David le miró y sollozando dijo:

—Será, será muy difícil olvidaros. Cuando me vaya de aquí, en mi corazón quedará un notable vacío, y yo no quisiera… yo…

Kati no le dejó terminar.

—David, no vas a tener que olvidarnos, ni en tu corazón quedará un vacío ir restaurable. No te vas.

David se levantó asombrado.

—¿No será una broma, verdad?

—Con esas cosas no se bromea.

—Y, ¿y cómo lo habéis conseguido?

—Eso no importa; lo que importa ahora es que no te vas.

—¿No habréis dicho ninguna mentira para que no me vaya, y después que os culpen a vosotras?

—No, no, nada de eso; anda, ¿me acompañas?

—¡Pues claro! –contestó él dando un grito de alegría.

Corriendo, cruzaron el jardín y a su paso se cruzó la señora Sara.

—¡Hola, David! Supongo que estarás contento; creo que obré mal al querer expulsarte, lo siento.

Y diciendo esto, se alejó.

Al llegar a la escalera, disminuyeron el paso. Fue entonces cuando David preguntó:

—¿Tenéis planes para la investigación de lo que ha ocurrido?

—No, te esperábamos a ti.

Llegaron a la habitación donde las compañeras habían preparado unas pastas y unas bebidas.

—Sentaos y comed, bebed; se ha de celebrar –gritó Dinamita.

Después de comer algunas pastas, David preguntó:

—¿Habéis pensado más sobre el águila?

—¡No!, lo habíamos olvidado –dijo Elisabeth.

—Pues habrá que reflexionar.

—¿Cómo podríamos volver a salir de este cementerio? –preguntó Karen.

—Sería bastante difícil esta vez.

Entonces, Joseph dijo:

—Os he de confesar algo muy importante.

—¿De qué se trata?

—Sé que será un poco difícil que lo entendáis; a mí también me costó. Soy el sobrino de la Joyass.

—¿Queeeeé? –preguntaron a coro.

—Por eso David no ha sido expulsado. Y ahora, si hablo otra vez con ella, quizá os deje salir.

—Pero, ¿por qué no nos lo dijiste antes? –preguntó Kati.

—Lo siento. Yo también me enteré esta mañana.

—¿No lo has sabido hasta entonces?

—No.
—Quizá ahora sea más fácil la investigación –dijo David.

—Haré lo posible.

Y dicho esto, Joseph se retiró.

—¡Qué raro! –dijo Dinamita.

—Olvidemos este caso y salgamos a tomar el sol –propuso Karen.

Y así lo hicieron.

Una vez en el jardín…

—¡Mirad ese hombre! –dijo Elisabeth—. No lo había visto por aquí.

Todos dirigieron su mirada hacia aquel hombre que pasaba por el bosque. Era un tipo alto y tenía cara de pocos amigos.

–Este hombre no me gusta nada –dijo Kati bajando la voz.

—Aguardad aquí –dijo David—. Me acercaré a él y le diré algo.

—Ten cuidado.

David se alejó de las muchachas. Dio la vuelta al bosque para llegar por detrás y no mostrar a primera vista el desprecio que le producía ese hombre.

—¡Hola, señor! ¿Tiene hora?

El hombre se giró bruscamente y agarró a David por el brazo.

—¡Suélteme, asesino!

El hombre le dio una bofetada en la cara y David se cayó.

—Como digas algo o chilles, te arrancaré el cuello.

David miró su hombro desnudo y cuál fue su sorpresa al ver un águila tatuada en su piel. Pero no dijo nada.

Entonces, al girar por un atajo que conducía a las piscinas, Kati se plantó delante del hombre y dijo:

—¡Suelte a ese chico!

El hombre miró a Kati extrañado.

—¿Cómo te atreves a levantarme la voz, muchacha?

Y tomó a Kati con su otro brazo. Entonces David aprovechó la oportunidad para soltarse y, corriendo hacia las demás chicas les dijo:

—¡Venid a ayudarme, ese hombre es Jack el Destripador! Lleva la marca del águila en el hombro izquierdo.

Las chicas corrieron hacia el hombre… pero éste ya se había llevado a Kati.

—¡Maldición! –gritó David.

—¡Se la ha llevado! –gritó Dinamita.

—No debemos alarmarnos –dijo David—, a lo mejor conseguimos alcanzarla.

Corrieron hacia la carretera y cuando hubieron llegado vieron el coche que días antes encontraron en la montaña.

El hombre estaba dentro con Kati y la frente de ésta estaba amenazada por la punta fría de una pistola. En el techo del coche había un altavoz que iba a ser conectado.

Kati no manifestaba ningún miedo. El hombre hablaba con ella pero sin apartar el cañón de la pistola de su frente.

—Vamos a pedir una gran cifra por tu rescate, chiquilla; pero presta atención, si ese chico dice algo a la policía, este gatillo que ahora reposa, será pulsado por mi propio dedo.

Cuando el hombre giró la cara vio a una chica que se acercaba palpando el aire. El hombre extrañado, preguntó:

—¿Hay chicas ciegas en este colegio?

—Sí –dijo Kati dándose cuenta de que Dinamita estaba tramando algo.

Dinamita chocó con el coche justo al lado de la puerta donde se encontraba Kati y, tocándose la pierna como si se hubiera hecho daño, gritó:

—¿Hay alguien en este coche?

El hombre abrió la puerta del coche y dijo:

—¡Hola, pequeña! Soy el marido de… de… la señora Sara.

—¡Tanto gusto en conocerle! ¿Le importaría acompañarme? Es que no sé dónde estoy.

El hombre dijo algo al oído de Kati y salió del coche. Cogió la mano de Dinamita y se dispuso a llevarla hacia la carretera donde estaba la puerta de entrada. Entonces, de una esquina salieron David y las chicas que se lanzaron sobre el hombre.

Dinamita cogió la pistola que fue disparada al aire. Entonces llegó Kati que también tomó parte en la batalla. Al fin el hombre cayó al suelo sin ánimos de pelear.

Al ruido del tiro llegaron los demás alumnos.

—¿Qué ha ocurrido? –preguntó la señora Sara que llegó más tarde con Joseph.

Al ver al hombre tendido en el suelo, gritó:

—¡Jack el Destripador!

—Así es –dijo Kati—, supongo que ahora nos creerá.

La señora Sara se sonrojó.

Claro, claro… Fui una estúpida al no creer lo que me contabais.

La señora Sara llamó a la policía. Ésta no tardó en aparecer y se llevó al hombre.

Kati iba con ellos para ser juzgada pues fue ella la elegida. Por el camino preguntó al comisario:

—¿Por qué esa marca del águila?

—Mira, cuando Jack y el señor Bouster se unieron para formar un complot decidieron hacer esta señal. Ello era debido a que si uno de ellos, por mil cosas, acudía a la policía para denunciar al otro, el denunciado podría justificar la culpa del otro por esa marca hecha con fuego. ¿Entiendes?

—Sí, pero ¿por qué hay esa señal en la puerta de la pastelería, en el interior del coche, y también en la casa de la montaña?

—No se sabe, creemos que era para disimular.

Kati ya no dijo nada más hasta llegar a la pastelería.

Cuando estuvieron allí…

—¡Maldito Jack! ¡Dije que no lo hicieras! Ahora te ha cogido la policía y mi hijo sigue allí esperando noticias –dijo el señor Bouster.

—¿Quién es tu hijo? –preguntó el comisario.

Como ya no había nada que hacer, el pastelero dijo:

—Albert, Albert Winter.

—¿Queeeé? –gritó Kati.

Entonces comprendió todo lo que había pasado. Albert desapareció porque daría noticias a su padre y a Jack de lo que ella y sus compañeras estaba planeando.

La policía se llevó a los dos hombres a la cárcel y después fue juzgada Kati. Cuando salieron del juicio la policía fue en busca de Albert.

Kati explicó a sus compañeras lo que había pasado, todo lo referente a la desaparición de Albert etc.

—¡Estupendo! –gritó Elisabeth.

—Ahora ya falta menos para el concurso de alpinismo –murmuró Karen.

Al decir esto, Kati bajó los ojos y se entristeció.

—¿Qué ocurre? –preguntó David.

—Que nosotras estamos hablando tan tranquilas del concurso de alpinismo y tú no puedes concursar.

—No me importa –sonrió David.

Joseph salió apresuradamente de la habitación y se dirigió al despacho:

—¡Tía, tía! Tengo que decirte algo…

—¿De qué se trata?

–Tú castigaste a David sin participar en las competiciones de alpinismo. ¿Por qué no le perdonas?

—Eso Sí que no; ya hice bastante con no expulsarle.

—Pero…

—No se hable más.

Llegó el día del concurso. Los participantes estaban ya preparados.

—¡Atención! –gritó la señora Sara por un altavoz—. ¡Todos los participantes que se sitúen al pie del monte! ¡Dentro de breves instantes empezará el concurso de alpinismo! Ya sabéis que el primero que llegue deberá agitar la bandera del instituto en la cima.

Había gran expectación. El pito de salida sonó.

Todos se daban prisa en forzar sus cuerdas y ganchos para llegar los primeros. Kati estaba en cabeza y detrás iban Joseph y Karen.

Al final Kati pisó la cima. Llena de alegría agitó la bandera gritando:

—¡Gané, gané!

Gritos de hurra brotaban de todas las bocas. David, aunque triste, estaba contento por la victoria de su mejor amiga.

Un “jeep” subió a la montaña por la carretera. Cogieron a Kati y la bajaron donde estaba todo el mundo. David la subió a sus hombros ayudado por otros chicos.

Kati recibió una gran copa de plata con un grabado en oro que decía: “Instituto Sara Inger. Concurso de alpinismo 8—VII—1980”.

Por la tarde se celebró un gran banquete y todas las bocas gritaban:

—¡Que hable Kati!

Y así lo hizo:

–Sólo tengo que deciros a todos que esta copa no me pertenece.

Todos se quedaron asombrados.

—Si David Hansen hubiera participado, él habría ganado. Por lo tanto, ¡se la entrego a él!

Joseph y Andy alzaron a David y lo pusieron sobre la mesa.

—Yo, yo estoy muy agradecido pero esta copa no me pertenece –dijo David.

Pero Kati le puso la copa en los brazos y besó sus mejillas.

—¡Quédatela!

David se sonrojó. De sus bellos ojos azules, brotaron lágrimas de alegría.

—¡Gracias, gracias! Nunca podré olvidar este día. ¡Un hurra por Kati!

Con toda la fuerza de sus pulmones los compañeros gritaron:

—¡Hurra, Kati!

Sant Pere de Ribes, 8 de marzo de 1980.

Fin de la obra

El fantasma de Villa Jupersim

Os presento mi segunda creación. Hay que ver lo truculenta que era, y eso que no me dejaban ver películas de dos rombos… o quizás, precisamente por eso. Sería en esta época, aunque en la novelilla anterior ya se percibe, que comenzaron a fascinarme los chicos nerviosos. A saber el atractivo que le encontraría a dicho rasgo, incluso, a saber qué entendía yo por nerviosos. Todo un misterio. No dejaréis de advertir que fui capaz de convertir un fantasma que se filtraba por las paredes en una persona. A mí no me digáis que esto no era imaginación…

Os dejo con tormentass, viejas casas y terrinles asesinos… inofensibles. ¡Menudo adjetivo!

Inicio de la obra

Capítulo 1

Del viejo carro tiraban dos caballos pintos que pronto se vieron obligados a detenerse porque la nieve les impedía el paso.

——¡Maldita sea! ——gritaba Adam, el padre de familia——. ¡A este paso no creo que lleguemos nunca a nuestro destino!

—Es mejor que bajemos, cojamos las maletas y los caballos y vayamos andando a casa, padre –decía Andy.

—¡Tú estás loco, con la nieve que ha caído!, ¿crees que llegaríamos?

—Si te lo propones y no te pones terco creo que Sí.

—Pero, ¿y la abuela?

—La abuela iría montada en el caballo.

—Está bien hijo, tú ganas.

Andy era un chico de 18 años, muy aventurero y de ideas muy atrevidas. Era alto, cabellos rubios y ojos azules.

Así lo hicieron. Descargaron las maletas, y desengancharon los caballos. Andy tomó a su hermana pequeña, Luisy que tenía 10 años. El padre tomó a su mujer, Margaret, y la ayudó a caminar por la espesa capa blanca. Miriam de 15 años, guiaba los caballos.

Al fin, después de andar un largo rato, llegaron a la gran puerta de la casa. Sobre ésta había un gran letrero que decía: “Villa Jupersim”.

—¡Por fin hemos llegado! –decía la abuela Mónica—, ¡estoy muerta de frío!

—No eres la única madre –dijo Margaret—, creo que todos tenemos el mismo frío que tú, por eso vamos a entrar ya en casa.

Miriam entregó los caballos a Andy:

—Toma, llévalos al establo.

Andy cogió a los dos caballos y los condució hacia el establo.

Mientras tanto, el resto de la familia había entrado en la mansión y habían encendido la lumbre en una gran sala. Cuando Andy llegó, el viento soplaba cada vez más fuerte. Cuando entró…, la puerta se cerró de golpe,, tirándole al suelo.

—¿Te has hecho daño, hijo?

—No, no es nada.

—Antes no hacía este viento –dijo el padre—, parece mentira que en tan poco tiempo este viento azote más fuerte.

—Es que yo –dijo Andy sonriendo—, traigo el mal tiempo.

—Se ve que Sí –dijo la abuela.

—Será mejor que cenemos y nos vayamos a dormir, pues con este tiempo…

Durante la cena, todos hablaron sobre los planes que tenían. Los chicos hablaron sobre lo que pondrían en sus respectivas habitaciones. Miriam tenía intención de decorar su habitación al estilo clásico. Luisy quería poner todas sus muñecas en estanterías y los juegos en armarios, y dejar toda su habitación para los juegos de bailarina. Andy, al contrario, quería colocar todas sus colecciones en vidrieras, y tener la habitación preparada para hacer sus experimentos. La abuela escogió la habitación más pequeña de la casa. Sólo quería en ella su máquina de coser, su tocador y su armario ropero.

—Todo se hará, con paciencia. Mañana empezaremos a realizar vuestros sueños.

—¡Yo quiero la habitación que da al jardín de las rosas! –gritó Miriam.

Era una chica graciosa, rubia como toda la familia. Su cabello era largo y llevaba dos trenzas que le llegaban hasta la cintura.

—De acuerdo –decía la madre—, ya veréis como todo se soluciona.

Cuando terminaron de cenar, subieron a las habitaciones que estaban amuebladas. Miriam y Luisy dormían juntas, sólo por esa noche. Andy durmió en una habitación con su padre, y Margaret durmió con la abuela.

Por la mañana, al salir el sol, Andy se levantó, pues era muy nervioso y no podía estar en la cama hasta más de las 7 de la mañana. Se vistió sencillamente, y salió a la calle. Cuál fue su sorpresa al ver el carro delante de la puerta. Se acercó a la tartana y se asomó a ver si estaban los pequeños paquetes que habían dejado. Pero, ya no estaban.

—Qué raro; sea quien sea el que lo haya traído no puede vivir lejos de aquí, porque se necesita pasar por el camino donde dejamos este trasto para ir a las casas de por aquí cerca.

Andy se sentó a pensar en una maceta sin flores. Más de una vez estuvo a punto de salir en busca del que había traído el carro y robado los paquetes que habían dejado en él. Pero el frio era más fuerte que la tentación, así que entró en la casa.

—¡Buenos días, hijo!

—Hola madre, buenos días.

—¿Qué te ocurre? Tienes una cara no muy común.

—Es que cuando he salido, he visto delante de la puerta el carro.

—¿Queeeé, el carro?

—Sí, pero sin los paquetes que dejamos dentro.

—vaya vaya. Dejamos el carro en la nieve por una necesidad, y va un caradura y se lleva lo que había dentro.

—Es así.

>—Pero, ¿las casas que hay por aquí están muy lejos?—

—Sí, bastante..

—Entonces, si han venido andando todavía estarán por el camino..

—¿Qué había en el carro?.

—Alguna ropa, y todas mis colecciones..

—Pues Sí que estamos bien, tendremos que ir a ver quién ha sido..

—Eso es lo que yo pensaba hacer; en esas colecciones hay mucho dinero, sobretodo en la de monedas. Si eso se vende en un museo te pueden dar muchos dólares..

Poco a poco bajó al comedor el resto de la familia. Andy les explicó lo que había pasado..

—Tendremos que ir a investigar –dijo Adam—, tú Andy irás conmigo, los demás os quedáis a poner la casa en orden..

—Andy ve a ponerte la cazadora y coge una navaja de tu colección..

—¿De mi colección? –gritó Andy enfadado—, ¡si se la han llevado, junto con alguna ropa tuya!.

—Bueno, bueno, tranquilízate, ya lo encontraremos..

Andy subió las escaleras de tres en tres y cuando entró en su habitación, creyó ver alguien sentado en su cama.

—¿Quién hay ahí? –gritó.

Pero nadie contestó, sólo pudo oír una carcajada agoniosa.

Después vio encima de la almohada un papel que decía: “vale más que no vayáis a buscar a la persona que ha traído el carro, os puede costar muy caro, sobre todo a ti, rubito, por descubrirlo”.

Andy leyó y releyó una y otra vez aquella nota misteriosa, pero la guardó en el bolsillo de su pantalón y no la enseñó a nadie. Se puso la cazadora y bajó al comedor.

—¡Ya estoy preparado!

—Bueno. ¿Se puede saber por qué has gritado cuando has llegado arriba?

Capítulo 2

Andy no respondió y salió a la calle.

—¡Andy, te he preguntado algo!

Pero era inútil, él no respondía. Miriam, su confidente, al ver la seriedad de su hermano, siguió sus pasos.

—¡Andy, espera! ¿Qué te ocurre?

—Nada, déjame.

—Pero… tú siempre me has contado tus problemas, ¿por qué ahora tiene que ser distinto?

—Mira Miriam, te repito que no me ocurre nada, sólo chillé porque al entrar en mi habitación vi alguien sentado en mi cama. ¿Convencida?

—No mucho. Pero, en fin, si te empeñas…

—Está bien, sígueme y te lo diré.

Miriam siguió a su hermano.

—Siéntate aquí. Toma.

Entrególe la nota que había encontrado en su cama.

—¿Quién dejó esto?

—No lo sé. Por eso grité cuando entré en la habitación, porque vi un rostro blanco ahí sentado. Y ese monstruo se filtró por la pared soltando una carcajada de muerte.

—A lo mejor fueron visiones tuyas.

—¡De qué me ha servido contártelo si no me crees!

—Bueno no te enfades, no era mi intención ofenderte.

—Pues si de veras no quieres ofenderme, vete, y no digas nada a nadie.

—Palabra.

Miriam se alejó de su hermano. No acababa de comprender lo que él le había narrado. Andy era muy nervioso, y la luz que entraba por la ventana, se hubiera podido convertir en una silueta.

El padre de Andy salió de la casa y se acercó a su hijo.

—¿Me acompañas?

—Sí. Empecemos por ese camino.

Durante el largo atajo, no se dirigieron la palabra. Pero… al llegar a la primera casa Andy dijo:

—Creo que hemos hecho el camino en vano.

—¿Por qué lo dices?

—Padre, me he comportado como un idiota. Debí decírtelo antes, pero estaba muy nervioso.

—Habla.

Andy le enseñó la nota a su padre, y le relató lo que había visto.

—Pero… ¡no es posible!

—Sí, lo es. Yo no sé qué hacer. Pero, si esa nota estaba allí en la cama, quiere decir, que en esta casa no estamos nosotros solos.

—Hijo, si no ha sido una broma de tu hermana pequeña, tendremos que ir con cuidado.

—Luisy no tiene esa letra tan pequeña, y tan mal hecha.

—Tienes razón, volvamos a casa. Pero no digas nada a tu madre, ya sabes que padece del corazón.

—Descuida.

Para volver entablaron una descuidada conversación para disimular su nerviosismo.

—¡Hola madre!

—¿Tan pronto venís?

—Sí –sonrió Andy—, hace demasiado frío, se está mejor aquí arreglando las habitaciones. ¿No padre?

—Sí, y tanto.

—Pues ya que os encontráis aquí para eso, manos a la obra. Las habitaciones ya están listas.

Cada uno se dirigió a la habitación que le correspondía.

Al mediodía, todos estaban muy cansados, y la mayoría, como Andy la abuela y Luisy, no quisieron comer nada.

—Yo me voy a acostar un rato –dijo Andy—, estoy cansado.

—Que duermas bien.

Lo único que hizo, fue pensar y pensar. Le dio muchas vueltas a la cabeza pero no pudo sacar ninguna conclusión.

Pasó el día. Todos se fueron a la cama agotadísimos.

Eran las 11 y la tormenta volvió a asomarse a la gran ventana negra. Andy no había visto visiones. Alguien bajaba por la larga escalera que subía a la buhardilla. Ésta aún no había sido explorada por la familia. Los escalones eran de madera, por eso a cada paso, cada ruido que se hacía en aquel lugar, era devuelto por el eco. La figura blanca, seguía bajando lentamente. Llevaba un largo cuchillo colgado de un cinturón de terciopelo gris. Sus ojos estaban casi salidos de las órbitas. Eran de un color negro—rojizo. La cara estaba desfigurada, llena de grandes cicatrices.

Iba descendiendo por la inacabable escalera. Cuando llegó abajo, desenvainó su cuchillo, y lo tomó fuertemente por el mango. Cuando llegó a la entrada del largo y floreado pasillo, soltó una carcajada horrorosa.

Andy, que no dormía, la oyó y se levantó precipitado. Salió de su habitación, y cuando cruzó el pasillo pudo ver la terrorífica figura que se acercaba a él. Por un momento, creyó que era su nerviosismo, quien le hacía ver semejantes cosas. Pero después vio que no.

El rostro lanzó el largo cuchillo que pasó rozando el brazo de Andy. Él se echó a correr a la persecución del espectro, pero ya no lo vio más. Volvió a su cuarto y se echó en la cama, pero no pudo dormir. Había tomado el cuchillo y lo dejó sobre la mesita de noche, para enseñarlo por la mañana a su padre y hermana.

Durante toda la noche vio en la ventana caras desfiguradas llenas de sangre y cuchillos amenazadores.

A la mañana siguiente se levantó y se dirigió al sitio donde había visto al monstruo, pero no pudo ver nada, solo un pequeño tiesto volcado, que lo habría tocado el cuchillo al ser lanzado. Lo colocó bien, y se fue al comedor, a esperar que bajara el resto de la familia.

Sobre las 9 bajaron los demás.

—¡Buenos días a todos! –gritó la abuela.

—Hola mamá –respondió Margaret—, ¡esta noche he dormido más bien!

—¡Qué suerte! –burlóse Andy—, yo no he pegado ojo.

Adam entendió la expresión de su hijo y dijo:

—Ayer, si mal no recuerdo, me dijiste que te tenía que ayudar a colocar tu colección, ¿no?

—Sí.

—Pero si vamos a desayunar –protestó Margaret.

—Bueno, así tendremos más hambre. Anda, vamos.

Al llegar a su habitación…

—¡Padre mira!

—¡Un cuchillo!

—Esta noche, oí una carcajada espantosa, me levanté, y al llegar al pasillo vi una horrible figura que me lanzó esto.

—¿Te ha hecho daño?

_No, sólo me rozó un poco el brazo.

—Hijo yo también oí esa carcajada, pero fui un cobarde y no me levanté.

—Hiciste bien.

Entonces alguien llamó a la puerta.

—¡Adelante!

Era Miriam.

—¿Estáis hablando de lo que ha ocurrido esta noche?

—¿Lo has oído? –preguntó Andy.

—Sí. Me asusté mucho, pero no me atreví a levantarme.

—Me tiraron este cuchillo –dijo Andy—, pero no me ha hecho daño.

—¿Te levantaste?

—Claro, no pude resistir.

Capítulo 3

—¿Entonces lo viste?

—Sí.

—¿Y cómo era?

—Pues tenía la cara muy desfigurada, y vestía un traje blanco con un cinturón de terciopelo gris y…

—¡No sigas! –gritó horrorizada—, se me ponen los pelos de punta nada más pensar en lo que me acabas de decir.

—Esta noche estaremos en guardia para averiguar quién puede ser el que trata de asesinarte –dijo Adam.

—¿Creéis que tiene algo que ver con el papel que encontró Andy?

—Creo que Sí –dijo éste—, todo concuerda. En la nota ponía que tuviera cuidado.

—Pues lo debes tener hijo, y mucho.

—Mamá lo sabe ¿papá?

—No, y será mejor que no le digamos nada. Dame ese cuchillo que lo guarde en mi habitación.

—No. Será mejor que lo tenga yo, mamá no entra en esta habitación si no es para lavar, y de mi armario no toca nada.

—Tienes razón, y ahora bajemos a almorzar, si no sospecharán.

Cuando bajaron, todos habían acabado ya de desayunar.

—¿Ya habéis colgado la colección?

—Sí. Y tenemos mucha hambre.

—¿Qué queréis hacer ahora?

—Yo me iré a dar un paseo y a ver si encuentro piedras para aumentar mi colección –dijo Andy.

—Y yo, iré a montar a caballo –prosiguió Miriam.

—¡Ahora que lo dices, yo te acompañaré! –gritó Andy.

Cuando terminaron de almorzar, colocaron la silla a los caballos, y salieron a todo galope hacia el bosque, que no estaba tan cubierto de nieve.

—¡Pararemos aquí, parece un sitio bonito! –gritó Miriam.

—¡De acuerdo!

Desmontaron, y se sentaron bajo unos árboles que conservaban sus hojas.

—¡Qué bonito paisaje! –suspiró Miriam.

—Sí, pero hace demasiado frío. ¿Por qué no vamos a un sitio más soleado?

—Bueno.

Y tal como se había acordado, se hizo, pero quizá se alejaron demasiado. Miriam observó un gran lago lleno de hielo, y decidió ir a patinar por él, sin obedecer los gritos de su hermano.

—¡Miriam, vuelve, es peligroso!

—¡No te preocupes, no pasará nada!

Y así se fue alejando. Andy la seguía con su caballo intentando por todos los medios alcanzar a su hermana. Pero, le fue imposible, ella le llevaba mucha distancia.

De pronto el caballo de Andy brincó de tal manera que él salió por los aires y cayó en una piedra dándose un gran golpe en la cabeza. Medio inconsciente, pudo ver cómo de su caballo brotaba una gran cantidad de sangre del costado, pero después, el campo se le puso tan borroso que no pudo ver nada, y cayó sin sentido.

Miriam había llegado ya al lago, y desmontando, se lanzó al hielo, como águila que se lanza a su presa. Estuvo deslizándose por la fría capa mucho tiempo, después, se dio cuenta de que su hermano no estaba y se escandalizó.

—¡Andy, dónde estás! ¡Tratas de hacerme una broma, contéstame!

Pero no recibía respuesta alguna. Miró su reloj, y vio que ya eran las dos de la tarde.

—Tengo que encontrar a Andy y regresar a casa –pensó.

Tomó el caballo y a todo galope regresó al bosque, pero Andy no estaba allí.

—¡Por mi culpa, por ser tan desobediente! –se decía llorando.

Al fin llegó a una explanada, y vio el caballo que montaba su hermano en el suelo muerto. Y metros más allá, cubierto por la nieve que caía de los árboles, estaba el cuerpo de Andy sin sentido.

—¡Andy! –gritó mientras corría a buscarle.

Cuando estuvo junto a él, le cogió por la cabeza y le quitó la nieve de sus rubios cabellos.

—¿Andy qué te ha pasado?

Pero no contestaba. Miriam asustada, empezó a chillar, pero estaba muy lejos de su casa. Estaba perdida. Quitó del cuerpo de su hermano la nieve, y le echó sobre un trozo de hierba, tapándole con su abrigo. Andy no respondía a sus preguntas, ni cedía a sus caricias. Miriam pensando que estaba muerto, se echó sobre su pecho y empezó a llorar.

—¡Andy, por mi culpa, no te mueras, no me dejes aquí!

Al cabo de una o dos horas, Andy abrió los ojos.

—¿Dónde estoy? —sollozó.

Al oír sus palabras Miriam se lanzó a él.

—Estás conmigo, Andy, no pasará nada.

Andy se sentó sobresaltado.

—¡Mi caballo!

—No lo busques, tu caballo está muerto.

—¿Por qué? ¿Quién le ha matado? –gritaba desesperado.

—No sé, pero, por lo que he podido ver, creo que tiene una bala en el costado.

—¡Maldito!

Andy se levantó y dio un puñetazo al aire, pero no pudo aguantar el mareo y volvió a caer.

—¡Andy, no te muevas!

—¿Que no me mueva? ¿Tú crees que podemos estar aquí?

—Sé que no podemos quedarnos aquí, pero tú no te puedes mover.

—¿Qué hora es?

—Las cuatro y media.

—¿Queeé?

—Lo que oyes, papá nos vendrá a buscar.

—¡Pero si estamos muy apartados!

—Pero…

—No hay peros que valgan, tenemos que irnos de aquí, antes de que oscurezca y nos helemos.

—¡Y todo por mi culpa, por qué no te haría caso!

—¡Cállate! –gritó—. ¡No es momento para lamentaciones, ayúdame!

Miriam ayudó a Andy a levantarse y a montar en el caballo.

—¡Andy, tienes sangre en la cabeza!

—Lo sé, pero eso no importa ahora, lo que importa es regresar.

Miriam subió en el caballo y tomó el mando de éste. Empezaron a andar sin rumbo, y cada vez iban a parar al mismo sitio.

—¡Estamos perdidos, Andy!

Pero él no contestó. Había perdido tanta sangre, y se había levantado tan pronto sin hacer caso de sus mareos, que había perdido de nuevo el sentido. Miriam sin saber qué hacer, se paró y encendió una hoguera. Al cabo de un rato oyó unos galopes y tuvo miedo, pero pronto escuchó la voz de su padre.

—¡Miriam, Andy, dónde…!

—¡Aquí, padre, estamos aquí!

—¡Hijos! ¿Qué os ha pasado?

—¡Padre, Andy está inconsciente, cayó de su caballo!

—¡Andy, hijo mío!

—Padre, el caballo está muerto, creo que tiene una bala en el costado.

—Ha perdido mucha sangre, puede morir.

—¡No digas eso! –y apartándose de ellos corrió hacia un árbol y se puso a llorar.

—¡Miriam, ven a ayudarme, no te quedes ahí parada!

Entre los dos, consiguieron llevar a Andy hacia el camino que llegaba a la casa pero, el caballo estaba demasiado cansado, y tuvieron que parar antes de llegar a la casa.

—El caballo está agotado, tendremos que detenernos.

Capítulo 4

Adam bajó a su hijo del caballo, y cogiéndole entre sus brazos, lo agitó suavemente para ver si reaccionaba. Andy abrió los ojos poco a poco. No veía nada. Ante él, una espesa nube gris le impedía la visión. Asustado se levantó y dijo:

—¿Dónde estoy? ¡No veo nada!

Pero volvió a caer a los brazos de su padre.

—Tranquilízate, no pasará nada. Lo que tienes que hacer es levantarte poco a poco, y no tan bruscamente. Y todavía mejor si no te levantas.

—¿Qué me ha pasado? ¿Por qué no veo nada más allá de mi nariz, sólo te veo a ti?

—Eso es el golpe.

—¿Qué golpe?

Andy no recordaba nada. En su cabeza todo era una mezcla de cosas, no tenía nada claro.

—No recuerdo nada.

—Eso no importa ahora, descansa, dentro de unos momentos iremos a casa.

Andy reclinó su cabeza contra el hombro de su padre y agotado por el mareo, y paralizado por el frío, se durmió. Poco después, volvieron a emprender el camino de regreso. Éste fue muy duro, porque Andy dormía, y su cuerpo estaba muerto, pesado.

Al llegar a casa, Margaret estaba esperando en la puerta, sola, llorando; y cuando les vio llegar corrió hacia ellos.

—¿Dónde estabais? Estaba muy preocupada.

—Chisss –dijo Miriam llevándose el dedo a la boca—, no preguntes y ve a hacer la cama de Andy.

Margaret no dijo nada y obedeció.

Más tarde Andy ya estaba en la cama, con una fiebre muy alta y delirando.

—¡Andy, hijo mío! –Sollozaba Margaret—, ¿qué ha pasado?

Pero Andy no decía más que:

—¡No quiero morir!

Adam insistió en quedarse a solas con su hijo, y mandó a Margaret que se quedara con la abuela y con Luisy.

—Andy, ¡cuéntame qué ocurrió!

—¡Padre, no quiero morir!

—No digas tonterías, no vas a morir; no hay motivo.

—No recuerdo nada.

—Vamos, haz un esfuerzo.

—Pues, pues… Creo, creo que iba a la búsqueda de Miriam…

—Anda, sigue. ¿Qué pasó luego?

—No sé. Lo tengo muy confuso, me parece que…

—Anda, sigue, sigue.

—¡Ah! –gritó llevándose la mano a la cabeza y levantándose de la cama.

—¿Recuerdas algo?

—Sí, Sí. Miriam quería ir al lago de hielo. Yo no quería y empecé a perseguirla, pero no pude alcanzarla, me llevaba mucha ventaja. Entonces, alguien disparó contra mi caballo.

—¿No viste quién lo hizo?

—No, no lo vi.

—¡Qué lástima!

Los dos estaban confusos. No sospechaban de nadie, no tenían a nadie en sus memorias a quien echar la culpa, no sabían qué hacer. Adam dejó a su hijo solo. Quería meditar sobre el accidente, o quizá incidente.

Aquella noche Andy no quiso comer, se negó rotundamente. Estaba inseguro, no quería conciliar el sueño por miedo a las pesadillas, no quería dormir. Entonces cogió un libro, y aunque le dolía mucho la cabeza, se puso a leer.

Todos se fueron a la cama, todos menos aquel rostro aterrador de la noche anterior. Quien soltara el cuchillo tirándoselo a Andy. Estaba sentado en un sillón apolillado sucio. Parecía cansado. Su rostro mostraba inquietud. Había cambiado su traje tres o cuatro veces aquella noche, buscando la forma más horrible que pudiera encontrar en su repertorio. Pero nada, nada le parecía lo suficientemente adecuado para causar un infarto a Margaret. Había probado ponerse el traje de “Burghon”, el asesino que cortó su mano para colgarla de su cuello. También había probado su traje de vampiro, pero nada le parecía satisfactorio aquella noche. Pensó, qué hacer. Dio vueltas y más vueltas a su desnuda cabeza. Por fin tuvo una idea. Se conformaría con pasearse por el salón y colocar algunas cosas mal. También haría sonar el viejo reloj cada diez minutos para despistar a la familia. Y para no aburrirse, leería algún que otro libro de la biblioteca.

Cambió una y otra vez las figuras de sitio, se llevó algunas a su cuarto, tiró las cortinas al suelo, y como había planeado, hizo sonar el reloj cada diez minutos.

A medianoche, Luisy llamó a su madre.

—¡Mamá, mamá!

Margaret corrió a la habitación de su hija y la tomó entre sus brazos.

—¿Qué te ocurre?

—Mamá, tengo miedo.

—¿Por qué motivo?

—No sé, pero creo que el reloj suena muchas veces, y se oyen cosas raras.

—No temas, pequeña, estarías soñando. Buenas noches.

Margaret se retiró, y se dirigió a la habitación de su hijo para ver qué tal estaba. Andy al oír pasos escondió el libro bajo las sábanas y hizo ver que dormía. Margaret le acarició la melena y le besó en la frente. Después regresó junto a Adam que se había despertado.

—¿Qué ha pasado?

—Nada, la niña que estaba soñando. Dice que oía sonar el reloj muchas veces.

—Sí, estaría soñando.

Adam se giró y empezó a pensar. ¿Sería un sueño lo que su hija decía? ¿Había posibilidad de que fuese otra vez ese maldito fantasma? Claro que la había. Pero, qué lejos estaban de pensar que en el salón de la casa se encontraba el “fantasma” como le decían. Éste estaba ya cansado de agitar los huesos y regresó a la habitación, pero se llevó el cuadro de Margaret.

Aquella noche, transcurrió tranquilamente. Por la mañana, como siempre, Andy se levantó cerca de las siete y terminó de leer el libro que había estado hojeando durante toda la noche. Más tarde bajó a la cocina donde se encontraba Miriam.

—¡Buenos días, patinadora!

—¡Oh, Andy, lo siento mucho, muchísimo, no pensé…!

—Calla, calla –le dijo dándole un golpe en la espalda para animarla.

—Yo no creí que podría pasar eso.

—He dicho que no se hable más.

Andy se tiró contra su hermana y le hizo cosquillas:

—¡He dicho que te calles!

Con el grito bajó Margaret y la abuela.

—¡Buenos días!

—Hola qué tal.

—¿Pero, qué haces levantado?

—¿Por qué había de estar en la cama? ¡No tengo ganas!

—Pero…

—Anda, anda, iros al salón que hoy me toca a mí hacer el desayuno, ¿no lo recordáis?

—Está bien –suspiró Margaret—, pero después a la cama.

Andy sacó los cacharros de la leche y sirvió el té y las pastas.

Pero…

—¿Quién ha tirado las cortinas?

—¿Y quién ha roto estas figuras?

—¿Y quién se ha llevado mi retrato?

Todas las preguntas quedaron en el aire, nadie las respondió.

Capítulo 5

Aquel almuerzo fue algo pesimista. Margaret y la abuela miraban las cosas siempre por el lado malo.

—De veras que no sé quién demonios ha podido entrar aquí –repetía una y otra vez Margaret—. Lo más seguro es que haya sido un ladrón, y puede estar todavía por la casa.

—Mira Margaret –dijo Adam—. Recuerda que esta noche ha habido una tormenta muy fuerte y el viento soplaba sacudiéndolo todo. Ayer, nos dejamos la ventana del salón abierta, y con este viento se habrán caído las cortinas y las figuras.

—Papá tiene razón –dijo Andy que ya sabía por dónde iba la cosa.

—Sí, pero… ¿Y mi regalo de Navidad, aquella figurita tan bonita? ¿Y mi retrato? –preguntaba Margaret intentando sacar algo positivo.

—¡Margaret, por dios, deja de hacer preguntas!

—Está bien, pero yo os aseguro que aquí hay gato encerrado.

Al finalizar la pesada comida, cada uno se fue a hacer su trabajo, excepto Andy, que marchó a la cama porque le dolía la cabeza de tanto parloteo. Adam fue al bosque a buscar leña para la lumbre. Margaret y Miriam arreglaron un poco la casa. Luisy jugaba con sus trastos y la abuela, como siempre, tejiendo una preciosa falda para su nieta.

Cuando terminó en el trabajo de la cocina, Miriam se retiró a la habitación de su hermano.

—¿Puedo entrar?

—Pues claro. Aquí siempre serás bien recibida –contestó Andy bromeando.

—¿Cómo estás?

—Como de costumbre, leyendo aventuras de miedo.

—Por favor, escucha un momento.

—Te escucho, habla.

—¿Crees que ese monstruo, o como quieras llamarle, ha sido el provocador de todo esto que ha pasado?

—Pues claro.

—Entonces… ¿Qué hacer?

—Muy fácil. Revisar la casa de arriba abajo.

—Pero ¡tú no puedes moverte de la cama!

—Estoy harto de repetir que me encuentro perfectamente bien.

—Como quieras. ¿Por dónde empezamos?

—Por el sitio más bajo. Ahora vete y aguarda a que salga.

—De acuerdo.

Pocos minutos después, Andy estaba vestido y a punto para empezar la exploración. Procurando no ser vistos, llegaron a la escalera de los sótanos. Cuando estuvieron delante Miriam empezó a temblar.

—Tengo miedo Andy.

—No seas cobarde, ese tipo es inofensible.

—Andy, las apariencias engañan.

—Si fuera así, ¿por qué no ha hecho nada esta noche y se ha dedicado tan sólo a quitar cosas de su sitio?

—No sé, pero vamos.

Descendieron lentamente, para no ser oídos. Pero, alguien oyó sus pasos, alguien les vio pasar. Y ese alguien no dijo nada, no dio señal de vida. Se limitó a seguirles y descubrir qué hacían.

Cuando Andy y Miriam llegaron al final de las escaleras, alguien les dio la bienvenida tirándoles un cubo de agua.

—¡Aaaaah! –gritó Miriam desesperada.

—¡Tranquilízate y no chilles!

—¿Quién ha sido?

—No sé, pero debemos seguir adelante.

Siguieron adelante, tal y como había dicho Andy. Revisaron los sótanos de este a oeste, pero no encontraron nada, sólo cajas de fruta, latas de conserva y algunos trastos de Luisy y del abuelo Victor que ya había muerto. Salieron de los sótanos y se dirigieron a la escalera, donde noches antes Andy había visto el fantasma.

—Esta escalera parece interminable, no quiero subir.

—Anda, si no quieres subir tú, iré yo solo.

—No, no, eso sí que no. Yo te acompaño.

Empezaron a subir por esas escaleras que no parecían tener fin. A cada paso, los dos sentían más pánico, más terror al futuro. Pero seguían adelante, con paso firme, pero lento. Cada vez la escalera se estrechaba más. Y cada vez estaba más sucia y llena de telarañas. Poco a poco iba disminuyendo la luz y los ánimos.

—¿Dónde llevas la linterna?

—Creo que la he perdido por el camino.

—¡Pero, esto está muy oscuro!

—Lo sé, pero ahora que estamos arriba, no podemos volver a descender, y dejarlo sin explorar.

—A… ¿a dónde lleva esta escalera?

—Creo que al desván. Pero, está todo muy desordenado.

—Andy, si tú viste a ese hombre bajar de aquí, ¿no estará aquí su escondrijo?

—Lo que tú tienes es miedo. Ya te he dicho abajo que te quedaras. Y respondiendo a tu pregunta te diré que no tengo ni idea.

Cuando llegaron a la última piedra, que estaba puesta como peldaño, oyeron el viento que azotaba fuertemente las ventanillas rotas de la buhardilla, se dieron cuenta que subir allí, había sido un gran error. Ahora se encontraban solos, sin linterna, y sin ninguna clase de arma con la que defenderse.

—Hemos hecho mal con subir aquí –decía una y otra vez Miriam.

—Eso ya me lo sé de memoria, pero ahora ya estamos arriba, y vamos a entrar al desván.

Andy tomó el grueso mango de la puerta, y lo estiró una y otra vez.

—¡Maldita sea, esto está cerrado por dentro!

Al ver que no podía abrir, esperó a ver si recibía alguna señal del interior. Al cabo de un rato, y pillándoles desprevenidos, se abrió lentamente la puerta. Miriam soltó un grito que asustó a su hermano.

—¡Calla loca! La puerta ha cedido y ya está.

—¡De eso me quejo, que ha cedido en el momento en que tú no intentabas abrirla!

Andy sabía que Miriam tenía razón, pero no quería abandonar la expedición.

—Ponte detrás de mí y sígueme sin hacer ruido.

—Pero… ¿piensas entrar ahí?

—Pues claro.

Al entrar, lo único que se veía, eran muebles viejos, ropa, y telarañas que colgaban de las esquinas. Estuvieron observando largo rato, el valor que tenían aquellos muebles.

—Parecen muy valiosos.

—No es que lo parezcan, es que lo son. Están bordados con piedras preciosas, y tapizados en oro.

—¿No será que alguien quiere que dejemos la casa, para tomar todas estas riquezas?

—Todo podría ser. Pero, el mal, es que no tenemos ninguna pista.

—Podríamos tomar algún objeto de estos. Si el fantasma vive aquí, a lo mejor los ha tocado, y podríamos identificar sus huellas dactilares –propuso Miriam.

Capítulo 6

Andy estuvo meditando un minuto.

—Se podría hacer pero, no me gustaría que este caso quedara en manos de la policía. Entonces…
—Lo que podríamos hacer, es dejar una nota escrita a ese fantasma, y citarnos con él, para ver qué es lo que está tramando.

Miriam soltó una carcajada de burla.

—¿Tú estás bien de la cabeza? Entrevistarnos con ese loco.

—Todo es posible en este mundo. Y ahora sigamos investigando.

Cuando terminaron de investigar, al acercarse a la puerta para regresar a la planta, encontraron en un mueble, papel y un lápiz. Como si alguien hubiese oído sus propósitos y les hubiera dejado la tarjeta de visita. Andy anotó el día y la hora en que deseaban encontrarse con el fantasma. Pero, para que llegara tenían que pasar tres días.

Andy y Miriam regresaron a la planta baja, donde la abuela Mónica esperaba impaciente.

—¿Dónde demonios os habéis metido? Protestó.

—Hacía calor aquí dentro, y pensamos ir a pasear.

—Andy, eres bastante mayor para no darte cuenta del peligro que corres levantándote de la cama tan pronto.

—Abuela, sólo he salido al jardín, y me he sentado a la sombra de un viejo sauce.

—¿Dónde está la familia?

—Han ido a la ciudad, pero Luisy está en su habitación jugando con las muñecas.

—¿A la ciudad? –preguntó Andy extrañado.

—A mí también me extrañó, pero sólo me dijeron que iban de compras.

Después de un pequeño aperitivo, Miriam fue a dar una vuelta con su hermana, y la abuela y Andy fueron a descansar un rato. Durante el paseo por el jardín, Miriam iba explicando a su hermana, que debido a su temprana edad no conocía la larga historia de la familia Jupersim.

—Aquí en este jardín descansa el abuelo Victor. Murió hace cinco años y por eso tenemos esta casa, porque la dejó como herencia. También está la tumba del tío Jerry, hermano de mamá. La herencia pertenecía a él porque así lo testamentó el abuelito. Pero se ve que tío Jerry murió de un ataque al corazón, y ahora esta mansión es de mamá.

—¿Qué quiere decir testamentó, Miriam?

—Mira cariño. Cuando una persona muere, y tiene alguna riqueza en este mundo, para que esta riqueza no quede en manos de una persona a la que no pertenece, se deja escrito en un papel, que se llama testamento, el nombre de la persona a quien quiere dejar esa riqueza. ¿Lo entiendes ahora?

—Sí, creo que sí.

—¿Qué te parece si vamos a la carretera a esperar a papá y a mamá?

—Espera, espera. ¿Si no hubiera muerto el tío Jerry, la casa esta la tendría él?

—Sí. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada. Anda, vamos a la carretera.

Los padres de Miriam llegaron mucho más tarde de lo que todos suponían. Por eso a su regreso, cenaron y fueron a dormir.

Una noche más, sonaba en el viejo reloj de pared, la hora de las brujas. Las doce. Todo estaba en calma. Sólo en las alturas de la casa, se oía el maullar de un gato hambriento. La luna era llena. La forma más apreciada por el fantasma para sus noches de terror.

Se deslizó de nuevo por la escalera. En sus pies, colgaban unas enormes cadenas oxidadas. De su cinto de terciopelo, colgaba el gran puñal, que había sido afilado.

“Antes de que cante el gallo, Margaret Jupersim ha de morir, sea como sea.”

Con esta esperanza, corría de nuevo por los pasillos, seguido por un rayo de luz que entraba por la ventana del recibidor. Aquel gato, que maullaba incesantemente en el tejado, hacía más terrorífica la escena. Eso, favorecía los ánimos del fantasma. A las doce y media, y después de soltar algunas carcajadas sin éxito, el fantasma lanzó el cuchillo en la puerta de la habitación de Margaret. Ésta se movió en sueños, y volvió a reposar tranquilamente.

“¡Este es tu fin, querida mía!”

Abrió la puerta lentamente y poco después irrumpió en la sala. Pero al ver que Adam estaba molesto, retrocedió y esperó a que se durmiera profundamente. Cuando Adam dejó de moverse, el fantasma se propuso, de nuevo entrar en la habitación, pero entonces Luisy llamó a su madre a grandes voces. Pero, en vez de retroceder hacia la escalera, se escondió en la esquina, y esperó a que Margaret fuera al encuentro de su hija. Al ver que Margaret era una presa inútil, porque no llevaba cuchillo, pero sí unas grandes cadenas que le impedían avanzar con rapidez, pensó en la abuela.

Cuando Margaret regresó a su habitación, sin ver el cuchillo en la puerta, el fantasma penetró en la habitación de la abuela. Como estaba durmiendo profundamente, no esperó mucho tiempo, y clavó sus largos dedos en la garganta de la pobre abuela. Después, regresó lo más rápido que le permitían sus cadenas, a su escondite.

A la mañana siguiente, todos bajaron al comedor a almorzar.

—¿Dónde está la abuela?

—No sé, pero debe de estar descansando. Ayer cargó todo el día con Luisy y eso es demasiado para ella. Dejadla dormir.

—Está bien, pero a la hora de comer la despertaremos.

Terminaron de almorzar, y cada uno tomó su camino. Margaret limpió la casa con ayuda de Miriam. Y los tres restantes fueron al campo a por leña.

Cuando Luisy se alejó un poco de su padre y hermano, éstos aprovecharon para hablar.

—Ayer me dijo la abuela que habíais ido al jardín, tú y tu hermana. ¿Es cierto?

—No, no fuimos al jardín, fuimos a dar una vuelta por la casa, hacía tiempo que no íbamos por el sótano y fui a ver si encontraba algo nuevo.

—Es ese el motivo por el que fuisteis a investigar.

—Soy demasiado sincero. No fue ese el verdadero motivo por el que fuimos a los sótanos y al desván. La verdad es que me interesaba saber si ese monstruo vive aquí. Por eso le dejé una nota y mañana me citaré con él en el desván.

Adam soltó una carcajada.

—Pero tú estás loco. ¿Cómo quieres entrevistarte con una persona, o un fantasma, que ha intentado matarte dos veces?

—Puede que sea divertido pero es…

En aquel momento Margaret interrumpió la conversación con sus gritos.

—¡Horrible, horrible! ¡La muerte ha visitado nuestra casa!

—¿Qué ha ocurrido?

—¡Nooo!

—¡Margaret, por Dios! ¿Qué ha ocurrido?

—¡La abuela, la abuela, mi madre!

Capítulo 7

Adam intentó calmar a su mujer.

—¿Qué le ocurre a tu madre?

—¡La muerte ha venido!

Comprendiendo las palabras de su madre, Andy corrió como un rayo hacia la casa, mientras su padre acompañaba a Margaret.

—¡Abuela!

En la habitación estaba Miriam llorando junto a la cama, con la mano de la difunta en su pecho. Andy se arrodilló y tomó la otra mano.

—¡Abuela, abuela! ¿Por qué nos dejas ahora?

Más tarde, Adam y Margaret entraron en la habitación. La última se sentó al lado de su madre, llorando desconsoladamente. Cuando Andy terminó de sollozar, entornó su cabeza para mirar por última vez la sedosa cara de la abuela. De pronto observó detenidamente su cuello, y… todavía se veía la marca de los dedos. Andy comprendió que su abuela no había muerto de vieja, del corazón, sino que la habían asesinado. Se levantó, salió de la habitación chillando y se dirigió hacia la escalera que conducía al desván. Adam le siguió pero no pudo darle caza hasta el final de la larga escalera.

—¿Dónde vas?

—¡Papá, suéltame, suéltame! ¡Tengo que matar a ese asesino!

Adam comprendió las palabras de su hijo.

—¡Cálmate, cálmate, o me veré obligado a darte una bofetada!

—¡Dámela, haz lo que quieras conmigo, pero vengaré la muerte de la abuela!

—¡Detente!

Andy se soltó de los brazos de su padre, y corrió hacia la puerta, que como siempre, estaba cerrada. Al ver que no podía hacer nada, Andy se arrodilló ante la puerta, y empezó a llorar y a dar gritos. Su padre se le acercó.

—Andy por favor no me pongas las cosas más difíciles de lo que las tengo. Sé que es un golpe muy duro, para ti y para todos, pero debes de ayudarme.

—Lo siento, me he comportado como un crío de tres años.

—Cuando lo hayamos superado, abandonaremos esta casa.

—¡No, eso sí que no!

—Bueno, haremos lo que queráis, pero ven conmigo.

Andy y Adam regresaron a la habitación de la abuela donde se encontraba el resto de la familia. Andy tomó a su hermana y a su madre y las llevó al comedor, mientras Adam se encargaba del cuerpo sin vida de la abuela.

—¡Por qué ha tenido que morir!

—Mamá, no te pongas así, sabes que para tu corazón no es nada bueno.

Cuando Adam acabó de cavar la tumba de la abuela, al lado de la de Victor, Margaret salió al jardín para ver por última vez a su madre. Entonces Andy aprovechó la ocasión para hablar con Miriam.

—Escucha Miriam, debo de decirte, aunque me duela mucho, que la abuela no ha muerto del corazón ni de vieja, sino que el hombre que me quiso matar a mí, y que seguirá matando a muchos más si no le pillamos, la estranguló con sus propios dedos.

Miriam soltó un grito de angustia.

—Por favor, solo lo sabemos papá, tú y yo, así que no lo comentes con mamá, podría acabar con ella.

Cuando la abuela estuvo enterrada, Adam y Margaret regresaron al comedor y se reunieron con la familia. Aquel día fue angustioso, doloroso y muy triste.

Al día siguiente se habrían de enfrentar con la realidad. Pero Adam estaba decidido a acompañar a sus hijos en la entrevista. Él también quería conocer la verdad de todo aquello. Pero, no iría visiblemente, sino que esperaría un rato, y cuando hubiera empezado la reunión, irrumpiría en la sala para dar caza al fantasma.

Claro que éste, no esperaba la visita de Adam, ya que suponía que se quedaría a hacer compañía a su mujer.

Al despertar el día, el primero en levantarse fue Margaret, y fue al jardín a visitar la tumba de su madre, en la cual estuvo largo rato. Después hizo el desayuno y se sentó en el comedor para esperar a que llegara el resto de la familia. Eran las diez cuando bajaron las chicas, y a las once y media se levantaron los hombres.

—Buenos días.

—¿Por qué te sientas ahí sin hacer nada y sin mirar a ninguna parte, mamá?

—Escucha hija, cuando se pierde un ser querido no se tiene ganas de hacer nada, sólo de sentarte en un sillón, y pensar en el pasado.

—Con eso no estoy de acuerdo. Mamá, la abuela Mónica era tan querida por ti, como por mí, como por todos. Pero no veo el motivo de destruir tu propia vida, por una pobre persona que ha muerto por la vejez.

—Miriam tiene razón. No debes destruir tu vida sin hacer nada, por el hecho de que la abuela se haya ido.

—Tenéis toda la razón. A todos nos llega nuestra hora, tarde o temprano, pero llega.

—Así me gusta. Ahora ve con Luisy a dar una vuelta por el jardín, mientras papá, Andy y yo nos encargamos de limpiar todo esto.

Margaret tomó a la pequeña de la mano, y como se lo había dicho Miriam, salió al jardín y paseó largo rato bajo los sauces.

Mientras tanto, Miriam y Andy se disponían a entrevistarse con el criminal fantasma.

—Debemos ir con mil ojos por delante, ahora ya sabemos que es un verdadero asesino, y no te extrañe que la mala suerte caiga sobre nosotros.

Empezaron a subir por la interminable escalera. Andy llevaba consigo una navaja de bolsillo para prevenirse, y Miriam sostenía la linterna. Adam les seguía varios escalones más atrás.

La puerta del desván estaba abierta. El fantasma les esperaba sentado en un gran sillón de mimbre.

—Suerte ——dijo el padre en voz baja.

Andy y Miriam entraron en la sala donde estaba el fantasma. Su rostro había cambiado. Ahora vestía con poca ropa, sin traje largo, y su cara estaba revestida por una careta blanca. Sus grises melenas se dejaban caer más abajo de los hombros, y sus ojos no brillaban como la primera noche en que lo vio Andy.

—Pues bien, asesino de pobre familia ——empezó Andy——. Parece que está un poco triste. ¿Le apena su último asesinato? Sea bueno y explique por qué nos hace todo esto. ¿Acaso quiere las riquezas que hay en este desván?

—No quiero las riquezas, quiero recuperar lo que me pertenece.

—Ahora sí que no le entiendo.

—Es muy fácil de explicar, pero no me molestaré, me basta con teneros aquí presos. Y no os dejaré hasta que me deis esta casa.

Diciendo esto se abalanzó sobre Miriam y la cogió por los cabellos. Entonces…

Capítulo 8

Adam que estaba detrás de la puerta, la abrió bruscamente e irrumpió en la sucia sala.

—¡Suelte a mi hija, sinvergüenza asesino!

El fantasma al ver aquel hombre tan colérico, soltó a Miriam y quiso correr para esconderse en otra habitación y encerrarse con llave. Pero Andy y Adam llegaron antes de que el asesino pudiera penetrar en la otra sala, y esconderse para huir quizás por la ventana.

—¡Dejadme, no tenéis ningún derecho!

En una brusca pelea entre Andy, Adam y el fantasma, cayó de la cara del último, una máscara de plástico, y quedó el rostro descubierto. Cual fue la sorpresa de Adam y de sus hijos al quedar identificado aquel hombre. No era un fantasma, ni un monstruo. No era nada de todo aquello que habían creído desde un principio. Era…, era Jerry, el hermano de Margaret.

—¡Tú, Jerry!

—¡Tío!

Jerry quiso deshacerse de las manos que tan fuertemente le agarraban, pero no consiguió nada. Después ambos perdieron las fuerzas de la sorpresa, y desecho, Jerry cayó al suelo.

—¡Tú, miserable asesino, has matado a tu madre, has intentado asesinar dos veces a Andy, matando su caballo primero, y luego con un cuchillo, o al revés!

—¡Tío, por qué!

—¡Tú no sabes la que vas a armar, cómo se lo digo yo a Margaret, si se entera le dará un ataque al corazón!

—Eso es lo que quiero ——respondió Jerry.

Adam le dio una bofetada.

—Tú, querido cuñado, no tienes ni idea de todo lo que hay metido aquí dentro, no sabes nada. Sólo tu mujer, que es igual o más asesina que yo.

Adam reflexionó.

—¡Todo cuanto dices es pura mentira!

—¡Sabes, y esto desde que nos conocimos, Adam, que yo no tengo pelos en la lengua, y no los tendré para contarte toda la verdad, del principio al fin! Pero no lo haré hasta tener a mi hermana delante, para que veas tú y mis sobrinos, que yo no soy el único culpable de todo lo que ha pasado estos últimos años.

Adam tenía miedo, no sabía si creer o no, lo que decía Jerry, estaba demasiado colérico para pensar que todo aquello tenía alguna relación con Margaret. Jerry se quitó los trajes, la peluca y el cinto del que colgaba el cuchillo.

—Podréis llamar a la policía para que me detenga, pero después de que os lo haya revelado todo, absolutamente todo.

—Pero… ¿no serás capaz de contar esa verdad que dices delante de mis hijos y de tu hermana que sufre del corazón?

—Pues claro que sí, ya te he dicho antes que no tengo pelos en la lengua, y que quiero que se entere todo el mundo, hasta la pequeña Luisy. Y sé, que mi madre me perdonará cuando se entere de la verdad.

—¿Tan importante es esa verdad, o lo que haya escondido detrás de tus planes, que hayas matado a tu madre, y hayas intentado asesinar a Andy?

—No me hubiera gustado hacerles daño a ellos, pero no tuve más remedio.

El ambiente era tenso. Andy estaba sentado en un rincón, pensando en su pasado. Su tío, aquel hombre que había jugado con él, que habían ido a pescar juntos, que le quería tanto, y que después murió del corazón, resulta que ahora ni estaba muerto ni le quería como antes cuando era pequeño.
Miriam estaba fuera de sitio, ella también creía que Jerry había muerto, pero, ahora al verle vivo, había sido un gran golpe para ella. Jerry estaba sentado en el suelo, esperando el momento en que pudiera revelar toda la verdad sobre todo aquello.

Mientras tanto en el comedor, Margaret estaba leyendo un libro de hadas a su hija, esperando que llegara Andy, Miriam y su marido.

—”Entonces la vieja cayó al suelo y una mano se llevó su cuerpo para que se reuniera con su hija a quien tanto quería. Pero un día…”

—Mamá, no sigas por favor, ese cuento me da miedo, me recuerda a la abuela.

—Está bien. Lo que puedes hacer es ir al jardín, y ver si viene tu padre y tus hermanos, están tardando demasiado.

—Sí, mamá, iré a esperarles.

Luisy salió a la carretera a esperar el regreso de los demás.

Adam se adelantó al bajar las escaleras, para avisar a su mujer, y para darle una pastilla por si le daba su ataque.

—Margaret, tómate tu pastilla.

—Pero, ¿por qué?

—Lo que vas a ver no será muy agradable, será un golpe muy duro para ti, como lo ha sido para mí.

—Escucha, ¿cómo es que has bajado de la escalera del desván?

—De eso precisamente me quejo, que he tenido que subir ahí arriba para conocer una verdad muy desagradable.

—Pero ¿quieres explicarme lo que está pasando aquí?

—Espera, y tendrás tiempo de verlo con tus propios ojos, y oírlo con tus propias orejas.

—Pero…

—Dile a Luisy que se vaya a jugar, y que no entre hasta que la llamemos.

—Está bien, como quieras.

Luego…

Capítulo 9

Andy y Miriam bajaban la escalera seguidos de Jerry.

—Margaret, creo que ha llegado la hora.

Al ver a Jerry salir de la puerta no pudo más que levantarse y gritar: ¡Jerry!

Luego cayó sentada en el gran sillón y echóse a llorar.

—Hola querida hermanita. Siento estar aquí, por razones tan desagradables, pero ahora y delante de los nuestros, voy a contar toda la verdad, esa verdad que tú conoces tan perfectamente.

—¡Nooo!

—Lo siento. Y ahora escuchadme bien. Hace pocos años, todos vosotros creíais que yo había muerto del corazón. Pero, todo eso era mentira. Lo único que había pasado en todos esos años era que, Margaret, mi hermana, había querido heredar esta casa. Y no por ser de sus padres, y de los míos, sino, por la gran riqueza que vosotros tres habéis visto en el desván. Pues bien. Como esta casa, mi padre la había dejado para mí, Margaret empezó a maniobrar un plan.

—¡No sigas, no sigas!

Margaret se aferraba fuertemente al sillón, y cubría la cara con un cojín mientras lloraba.

—Lo siento. Como que había muerto Ana, mi mujer, Margaret aprovechó el gancho para hacerme ver durante las noches su rostro, y hacerme creer que Ana estaba viva. Así lo estuvo haciendo largo tiempo, y también me daba droga, y cosas por el estilo, para que me volviera loco, y…

—¡No es posible! ——gritó Adam.

—Para no ser posible, pero lo es. Cuando me tuvo lo bastante obsesionado, me encerró en un manicomio, diciendo a la justicia, que yo no podía hacerme cargo de esta casa. Hizo creer a la familia, no sé cómo, que yo había muerto del corazón, y mientras yo lo pasaba malísimamente mal en el manicomio, ella disfrutaba junto con vosotros esta mansión. ¿Por qué creéis que mi nombre no está en el cementerio? Qué preguntas, si no vais nunca. La tumba de mi padre está en el jardín de esta casa, pero su nombre está en el cementerio también. Pero, sería muy arriesgado dar mi nombre, ¿no?

—¿Tienes alguna prueba para afirmar lo que dices?

—Sí, la gran prueba es que no estoy muerto, o acaso esta no sirve.

Adam tomó a su mujer.

—¡Nunca pude imaginar cosa semejante, por tu culpa han matado a tu madre, han estado a punto de asesinar a tu hijo, y ahora, esta es la verdad! Se ve que no te importa tu familia.

—¡Papá, no sigas! ——gritó Andy.

Adam soltó a su mujer y le dio la espalda.

—A mí, me pueden tener dos años en la cárcel o más ——dijo Jerry——, por haber cometido un crimen, pero es que lo que has hecho tú, es peor que un crimen, y te puede costar la vida.

—No se hable más ——ordenó Adam——, ahora llamaré a la policía y todo eso se solucionará.

No tardó en llegar la policía. Interrogó una y otra vez a Jerry y a Margaret. También interrogaron a Andy y a Miriam. Al final quedó la solución. A Jerry se le condenaba a cuatro años de cárcel por crimen. Y a Margaret, dejando aparte los diez años de cárcel por provocación de la locura o intento de homicidio, le costó el divorcio de Adam. La policía tomó a Margaret y a Jerry, y allí en aquella puerta, se separarían para no verse nunca más.

Adam y los chicos quedaron en la puerta con lágrimas en los ojos.

—¿Papá, Andy, por qué se llevan a mamá? ——preguntó Luisy.

—Digamos ——respondió Andy——que mamá ha hecho algo muy grande y muy grave, y tiene que ir a un colegio para corregirse, y no volver a cometer ese error.

Miriam se sentó en la acera.

—Adiós, mamá, te quiero y nunca te olvidaré.

Por las mejillas de todos, menos de Luisy que creía haber entendido lo que le habían dicho, pero de la manera que lo había enfocado Andy. Y la casa quedó solitaria, para luego ser vendida. Y nunca más Adam volvió a pensar en casarse, y los chicos en volver a aquella casa que desde aquel triste día, dejó de ser lo que había sido siempre para ellos.

Sant Pere de Ribes, abril de 1980.

Fin de la obra

Un corazón sin lugar para el amor

Aquí tenéis mi tercera creación, escrita del 21 al 25 de junio de 1980. Un dramón con todos los componentes, alguno tan exagerado que no sé si me pone los pelos de punta o me llama a la risa. No os perdáis el paso del tiempo… si es que con trece años yo ya sabía que transcurría tan rápido que una no se daba ni cuenta. Fijaos también en los estereotipos… muy propios de la época y de la educación que recibíamos así como de cuanto veíamos a nuestro alrededor.

Inicio de la obra

CAPÍTULO 1

San Juan Pescador era un pueblo de gente pobre; de gente que luchaba por seguir adelante; de gente que se esforzaba y trabajaba por conseguir el pan de cada día. Al atardecer, las pequeñas casas blancas relucían a la luz de la luna y de las estrellas y, los ancianos pescadores, aquellos que habían pasado su vida en el mar, con la caña en la mano, explicaban a sus nietos viejas fantasías marineras y antiguas leyendas de ogros piratas y gigantes submarinos. Durante el día, las madres fregaban la ropa y dejaban las casas relucientes. Los niños ayudaban a sus padres en las faenas marinas y otros trabajaban en el puerto.

Aquella mañana, los viejos lobos de mar se habían reunido en una taberna y batallaban por conseguir solución a un grave problema.

—¡Lo sabemos, lo sabemos! –repetían una y otra vez.

—Entonces, dejad que yo os explique el problema: el alcalde y las demás autoridades de Lorenzo nos prohíben pescar en sus aguas y anclar en sus puertos. Pues bien, lo único que tenemos que hacer es irrumpir en ese territorio y no retirarnos.

—¡Eso no es solución!

—Pues si no es solución, mañana nos reuniremos de nuevo y ya me la daréis.

El viejo Cristóbal, jefe del puerto de San Juan, salió irritado de la taberna y se dirigió a su casa.

—Nunca están de acuerdo y siempre tienen soluciones. Cualquier día de estos, me retiraré y entonces se las tendrán que arreglar ellos solos.

Al llegar a su casa, su mujer, Elisa, mucho más joven que él, no le esperaba como de costumbre en la puerta. Cristóbal se alteró y corrió hacia el porche.

—¡Elisa, Elisa!

Pero a sus gritos sólo acudió un gran perro seguido por un hombre.

—¿Qué ocurre? ¿Dónde está mi mujer?

—Tranquilo, tu mujer está bien y con una preciosa criatura.

—¿Cómo? ¿Ya ha tenido un niño?

—Sí, y un niño muy guapo.

Cristóbal entró en su casa y corrió a la habitación de su mujer.

—¡Elisa, un niño!

—No chille tanto –advirtió el hombre que momentos antes había salido al encuentro suyo.

Cristóbal se sentó al lado de su mujer que todavía se quejaba de los dolores del parto.

—¿Cómo le llamaremos?

—Daniel, como su abuelo. Siempre deseé que si alguna vez tuviera un hijo, se llamase así.

—¿Y por qué no le ponemos mi nombre?

—NO, es preferible que se llame Daniel; ese nombre da suerte a los que han de ser marineros.

—Está bien. Toda tu vida has sido supersticiosa; no podrías romper la tradición.

—Bueno –interrumpió el doctor—, yo me tengo que ir. Si surge algún problema no dude en llamarme.

El doctor salió de la casa y pensativo se dirigió a su casa.

—Una nueva criatura –suspiró—. Parece que no se dan cuenta de que en este pueblo somos pobres y que apenas pueden comer los habitantes que hay actualmente. Pero este niño, por el día y por la hora en que ha nacido, en el futuro será algo grande.

Con las predicciones metidas en la cabeza, Manuel llegó a su casa.

—¡Buenos días, mujer!

—Hola, viejo, ¿qué tal ha ido hoy?

—No me hables…

—¿Por qué, qué ha pasado?

—Ya tenemos una nueva boca que alimentar.

—¿Cómo? ¿Quién ha sido el afortunado?

—¿El afortunado? Llámalo como quieras. Han sido Cristóbal y Elisa.

—¡Oh, qué ilusión! Toda su vida habían deseado un niño.

—Y se han salido con la suya. Ahora que pesquen y trabajen más.

—No seas tan avaro; si traer un niño al mundo es lo más bello. ¿Y cómo se llamará el niño o la niña?

—Daniel; y predigo que en el futuro será algo importante.

—Entonces, ¿de qué te quejas?

—Bueno, dejemos este caso.

—¡Qué ilusión! Esta tarde iré a verle y le llevaré una tontería.

—¡Y para el colmo de los males, te vas a gastar dinero, el poco que tenemos, para darle una tontería!

—¡Cierra el pico, Manuel! Por algún lado tiene que verse nuestra cortesía.

Dora salió de la sala donde se encontraba Manuel y se dirigió a la cocina para preparar algo de comer y entregárselo a los hombres que, a mediodía, saldrían de nuevo a la mar.

El sol salió de lleno al caer el mediodía. En las calles no circulaba ya nadie. El fuerte olor a pescado se paseaba por las pequeñas avenidas por las cuales se hallaban detenidos blancos caballos que tiraban de los viejos carros del mercado. En la casa de Cristóbal, los curiosos y los amigos iban llegando poco a poco para ver a Daniel.

Por la mañana, muy temprano, Cristóbal salió de su casa para ir a aquella reunión que el día antes había quedado cortada debido a unos malos entendidos.

—¿Tenéis ya la solución?

—¡Vaya manera de entrar en una taberna, sin dar los buenos días!

—¡Os he hecho una pregunta! No tengo tiempo para vuestras idioteces.

—En vista de que hoy también vienes terco y, además, con un niño, te damos la razón. Métete en las aguas de Lorenzo y no te muevas de ahí hasta que consigas lo que quieres.

—Habláis como si no fuerais a venir conmigo.

—Pero ¿qué dices? ¡Eso son tonterías! Mira que decir que nosotros, tus fieles marineros, no vamos a ir contigo…

—¡Basta de burlas! Me voy.

Y llegó el día en que Cristóbal hubo de partir hacia Lorenzo para estarse allí los años muertos.

Mientras, Daniel fue creciendo y descubriendo los secretos de aquel pueblo. Tenía siete años cuando se dio cuenta de que algo le faltaba. Al contrario de otros niños, no tenía a nadie que le contase viejas leyendas por la noche. No tenía a nadie que le enseñase los misterios del mar, tampoco su valor y riquezas. Daniel se fue dando cuenta de que no tenía padre, de que no le conocía.

—Mamá, ¿por qué todos mis amigos tienen un padre que les cuenta leyendas e historias por la noche y yo tengo que irme a la cama antes de que salga la luna?

—Mira, Daniel, ahora no tengo tiempo de explicarte esas cosas,,, estoy fregando y tengo que preparar la comida.

—Peeero…

—Ya te he dicho que me dejes, que tengo trabajo.

—Está bien, no te molestaré.

Daniel salió a la calle y se sentó a la sombra de un viejo sauce.

—Nunca he entendido a los mayores: les pides una explicación sobre cualquier cosa y siempre tienen faena.

—¡Buenos días, Daniel!

—Hola, señora Dora.

—¿Qué te ocurre, pequeño?

—No, nada, estaba tomando el aire.

—¿Está tu madre en casa?

—Sí, pero no podrá hablar con usted.

—¿Y por qué, tiene faena?

—Sí. Creo que si no puede hablar con su hijo, tampoco podrá hablar con usted. Está demasiado ocupada.

—Me duele mucho que un niño de tu edad tenga que decir eso de su madre. ¿Por qué no vienes a mi casa a comer? Te lo pasarás bien con Pedrito.

—No creo que me deje mi madre. Se lo preguntaré —y con paso inseguro entró en su casa—. Madre, ¿me dejas ir a comer a casa de la señora dora?

—Claro, así no tendré que ir tan deprisa.

—¿Me dejas?

—Pues sí, y vete ya que tengo que terminar esto.

Con alegría y pena a la vez, Daniel salió a la calle y se aferró al brazo de la señora Dora.

—¿El doctor Manuel es el padre de Pedrito?

—Sí. ¿Por qué lo preguntas?

—Vaya suerte que tiene; al menos conoce a su padre.

—Oh… con las prisas he olvidado decirle a tu madre que esta tarde regresa tu padre de Lorenzo.

—¿De Lorenzo?

—Sí, es un pueblo a diez Millas de aquí y tu padre había ido a ver si podían pescar en ese territorio.

Y tanto tiempo para preguntar si podían pescar en ese pueblo?

—Me temo que no lo has entendido. Pero eso ahora no importa. Viene tu padre y debes estar contento.

—No puedo estar contento porque no le conozco.

—No debes preocuparte por eso. Cuando le veas, él te reconocerá y te llevará al mar para que descubras sus misterios.

—Eso espero.

Durante el camino no se dirigieron la palabra y Daniel se sentía incómodo ante el pensamiento de que aquella tarde iba a conocer a un hombre que decían que era su padre. Al llegar a casa de Dora, Pedrito estaba sentado en el portal jugando con una pequeña flota de madera.

—¡Hola, Daniel!

—Hola, ¿qué haces?

—Mira, me distraigo con esto que me ha hecho mi padre.

Daniel tomó uno de los barquichuelos que había en la flota y preguntó:

—¿Lo ha hecho tu padre

?

—Sí, ¿por qué te extraña tanto?

—No, no es por nada.

—Pedrito, guarda esa flota y vete a jugar con Daniel al puerto o al prado.

—Sí, mamá.

Pedrito tomó a Daniel de la mano y se lo llevó al puerto donde multitud de gente esperaba la llegada de los barcos que venían de Lorenzo.

—¿Tu padre llega en los barcos que están a punto de llegar?

—Creo que sí, pero yo no le conozco y no sabré reconocerle.

—No te preocupes, yo te lo presentaré.

—Fíjate, es mi padre y tú me lo has de presentar.

—Hablas como si fueras un viejo de noventa años. Si no le has conocido, tu padre te conocerá a ti y no debes de avergonzarte por eso.

Andando, se acercaron a un muro desde el que se veía el mar en sus cuatro puntos.

—¿Por dónde vendrán los barcos?

—Creo que por ahí –y señaló con el dedo la parte occidental del mar.

Daniel se puso de pie sobre el muro y levantó sus manos.

—Papá, ¡por fin te voy a conocer!

Y terminada esta frase vio en el horizonte una flota de seis pequeñas barcas y un navío pesquero que se acercaban al puerto con gran rapidez.

—¡Ya vienen, ya vienen!

La gente, allá abajo sacudía sus papeles de color y sus pañuelos blancos. Pero cuanto más se acercaban los barcos, más decaía el ánimo de Daniel.

—Creo que ha llegado la hora de que vayas a conocer a tu padre.

—Sí.

Los barcos anclaron en el puerto y Cristóbal bajó a tierra con un gran grito de alegría.

—¡Tierra mía, por fin!

La gente le rodeaba y le hacía un sinfín de preguntas.

—Por favor, dejadme en paz, estoy cansado y necesito una ducha inmediatamente.

A grandes pasos se alejó del gentío y se tropezó con Daniel y Pedrito.

—¡Buenos días señor Cristóbal! Espero que todo le haya salido bien. Me gustaría presentarle a una persona que…

—Pero es que…

—Otro día, quizás mañana, ¿de acuerdo? –y con estas palabras se alejó de Pedrito y también de Daniel a quien no había reconocido.

—¡Hola, Elisa, mujer mía!

—¡Cristóbal!

—Hola, ¿cómo estás?

—No sabía que veníais hoy, no me habían informado…

—Oh…, cada vez estás más guapa…

—Será de tanto tiempo, tantos años que no me ves. Ahora ven, está la comida puesta y te prepararé una ducha bien fresca.

Al cabo de media hora, Cristóbal se sentó en la mesa frente a su mujer.

—Cuéntame, ¿os costó mucho convencer a esa gente?

—Ya ves, siete años y a duras faenas de supervivencia.

—Pero, ¿os dejan pescar ahora en sus aguas?

—Me temo que para toda la vida.

—¡Oh, eso es estupendo! Se ha de celebrar con un buen vino.

Elisa bajó a la bodega y cogió una botella del mejor vino que se cultivaba en el pueblo.

—¡Bebe!

—Uuuum… esto está buenísimo.

—¿Has visto a tu hijo?

—¡Oh, Daniel!… Me había olvidado de él… ¿Cómo está?

—Bien. Ha ido a comer a casa de Dora, la mujer del doctor.

—Entonces… ¿era él quien iba con Pedrito?

—Si iba con Pedrito, sería él. ¿No le has reconocido?

—No, y tengo que ir a verle inmediatamente.

—Pero, termina de comer…

Cristóbal salió de su casa y se encaminó hacia la casa de Manuel. Cuando estaba cerca, se sonrojó y se avergonzó de no haber reconocido a su hijo. Daniel estaba sentado en un sillón, pensativo, encerrado en sus pensamientos infantiles:

“Ya sabía yo que mi padre, si es que lo es, no se acordaría de mí. Ni siquiera me miró, ni me dirigió la palabra”.

En esas, llegó Cristóbal.

—Buenos días, Dora.

–Hola. Debería darle vergüenza; su hijo está triste porque usted ni siquiera le ha mirado.

—Hay que reconocer que ha cambiado mucho: de pequeño era rubio como el sol; sin embargo, ahora tiene el cabello negro como el azabache. Y los ojos azules. Ahora tiene la pinta de un gran marinero.

—Pero mi hijo le quería presentar a esa persona que era su hijo y usted no le hizo ni caso.

—Dejemos ese accidente y lléveme donde está mi hijo.

Cristóbal se acercó poco a poco donde estaba Daniel y se sentó a su lado.

—Hola, hijo mío, yo…

—Se equivoca, señor, yo no soy su hijo.

—Sé que ha sido una equivocación pero no era mi intención herirte.

—¡Usted no es mi padre!, ¡yo nunca he tenido un padre, nunca! –y salió de la habitación sin mirar por donde iba.

—¡Daniel, vuelve!

Cristóbal se derrumbó sobre un sillón y estuvo a punto de soltar sus lágrimas. Pero estaba tan cansado que no gozó estallar y esperó a calmarse para salir de la habitación.

—Adiós, Dora, hasta mañana.

—Lo siento, Cristóbal. Será mejor que se quede a dormir aquí esta noche; no creo que le guste ir a casa con lo que ha pasado.

—Muchas gracias –y con la cabeza baja salió de la casa y, por el bosque, se dirigió al portal de su vivienda.

—Hola, Cristóbal, ¿qué ha pasado?

—Algo muy grave. Daniel no ha querido reconocer que yo soy su padre y afirma que nunca lo ha tenido.

—Ya se le pasará. ¿No le has traído contigo?

—No; la señora Dora cree que lo mejor es que se quede ahí toda la noche.

—Está bien; pero lo mejor será que mañana temprano le vayas a buscar y le lleves contigo a la mar para que se reconcilie contigo.

—¿Reconcilie, dices? Si nunca ha estado conmigo y nunca me ha conocido.

—Perdona, no era mi intención herirte. Pero lo mejor será que te vayas a la cama y mañana será otro día.

Al caer la noche todo el pueblo apagó las luces y los abuelos contaban a sus nietos las antiguas leyendas que eran ansiadas durante todo el día.

CAPÍTULO 2

A la mañana siguiente en el puerto, los marineros ya estaban preparando las redes y lavando las cubiertas de las barquichuelas. Cristóbal se dirigió a casa del doctor y, tras saludar a Dora, salió a la terraza donde jugaban Pedrito y Daniel y se acercó al último para darle los buenos días.

—Hola, ¿qué tal has pasado la noche?

—Bien, señor.

A Cristóbal le dolía mucho oír en boca de su hijo “señor” en vez de “padre”, pero tenía que agarrarse a las circunstancias.

—¿Quieres venir conmigo a pescar?

—Sí, me gustaría.

—Entonces, date prisa o los barcos se irán sin nosotros.

—Sí, señor.

Cuando Daniel estuvo arreglado partieron hacia el puerto y subieron a las barcas.

—Espero que te lo vas a pasar bien, hijo.

—¡No me llame hijo porque yo no soy su hijo! ¡Yo no tengo padre!

—Perdona.

Al llegar el mediodía, las barcas ya habían hecho una gran pesca. Un marinero joven, hijo del ayudante de Cristóbal, se acercó a Daniel.

—Hola, Daniel. Dile a tu padre que si nos vamos ya o si todavía quiere pescar más.

—Mi padre no trabaja en este barco; yo no tengo padre.

—Escúchame, pequeño: cuando yo tenía tu edad mi padre era el jefe de estas barcas y tampoco le conocí. Ahora tengo veintidós y trabajo y vivo con él, y él me ha perdonado, porque yo mismo me he propuesto conocerle.

—Tú le has conocido, pero yo no. Ni siquiera él me ha conocido y eso no es tener un padre.

—Escucha, Daniel, abre tu corazón; tienes tan sólo siete años, y parece que tengas veinte. Hablas como si fueras una persona que ha tenido mucha experiencia en la vida. Hablas como…, como si hubieras tenido una enseñanza en el seno de tu madre.

—Hablaré como quieras, pero en mi corazón no hay lugar para ese amor que se da a una persona que se hace llamar padre.

—Creo que no me he explicado bien: tu padre no tiene la culpa de que a la hora de tu nacimiento tuviera que partir lejos de aquí.

—¡Yo no tengo padre!

Daniel se alejó de David y se dirigió a la popa del barco para contemplar sus penas a la luz del sol. En efecto, Daniel no había conocido a su padre y debido a que se había tenido que defender con sus pequeños problemas porque nadie tenía tiempo para él, había adquirido una experiencia muy superior a la de un niño de su edad.

Al regresar a casa, su madre les esperaba con la cena preparada.

—¿Qué tal ha ido hoy?

—Bien, como cada día: unos cuantos kilos de pescado y unas sofocantes horas de sol.

—¿Te ha gustado, Daniel?

—Sí, pero no quiero volver. En ese barco parece que me tienen que dar clases de todo y para todo. Sobre todo, David, que me quiere hacer creer cosas que nunca han existido.

—Daniel, él sólo quería hacerte comprender que yo soy tu padre…

Daniel no dijo nada y se marchó a su habitación. Pasó la noche en vela y así una y otra vez durante mucho tiempo.

Aquellos últimos años Daniel había asistido a la escuela pero sin sacar provecho, quizás queriendo, para repetir una y otra vez el curso y no tener que asistir a su casa tan a menudo. Tenía diez años cuando hacía tercero y los profesores estaban algo preocupados por su comportamiento. A las horas de recreo, siempre tenía los mismos problemas con sus compañeros.

—¿Vienes a jugar, Daniel?

—No tengo ganas, dejadme en paz.

—Pero necesitamos a un chico como tú para sostener la piedra…

—Yo no juego a esas cosas.

—Eres un niño insolente, antipático y despreciable.

Daniel no hacía caso y se alejaba de sus compañeros. Hasta que un día la profesora le llamó para hablar con él:

—Daniel, ayer estuve hablando con David, ¿te acuerdas de él?

—Creo que sí.

—Bueno, me habló de tu problema, ese que te afecta desde que tenías siete años. Creo que tus compañeros no te conocen bien y deberías explicarles tu problema.

—Yo no tengo ningún problema. Eso son cosas que se inventan los mayores.

—Entonces explícame qué nombre le pones a lo que te pasa. Tu padre está sufriendo mucho y tú sigues sin reconocer que eres hijo suyo.

—¡Estoy harto de repetir que yo no tengo padre!

—Por favor, Daniel, sé razonable. Escucha, siéntate a mi lado y deja que te explique una cosa.

—¡No quiero oír más cosas! ¡No quiero oír más consejos! No quiero ir más a la escuela…

—Daniel, vuelve!

Pero Daniel no regresó y corriendo llegó al pueblo.

—No quiero ver más a nadie, ¡no quiero!

—Escucha, pequeño, ¿qué te ocurre?

—¿Quién es usted?

—Soy el dueño de esa barca, ésa que ves ahí.

—¿Y qué quiere?

—Podríamos ser amigos y tú podrías venir a pescar.

—¿Cuánto tiempo está fuera de casa?

—Cuanto más, dos o tres meses.

—Está bien, acepto.

—Pero primero tienes que pedir permiso a tus padres.

—Yo no tengo padres, así que puedo venir con usted.

—Bueno, esta tarde zarparemos.

Daniel creía haber encontrado a un buen amigo con quien contar. Aquellos tres últimos años había vivido con Dora y su familia y no se le había permitido ver a sus padres para nada. Por eso, al encontrar a aquel hombre que parecía que iba a ser un buen amigo, se fue con él.

—¿Cómo se llama usted?

—Andrés, ¿y tú?

—Yo me llamo Daniel.

—Oh, qué nombre tan bonito; todos los grandes marineros han llevado ese nombre.

—¿De verdad?

—Sí, mi abuelo se llamaba así, y mi hijo también.

—¿Se ha muerto su hijo?

—No se ha muerto pero se ha ido muy lejos.

—¿Y por qué?

—Es una historia muy larga pero si quieres te la contaré.

—Cuando mi hijo nació yo me tuve que ir muy lejos de aquí y al cabo de varios años regresé y fue cuando mi hijo me conoció. Pero como yo no había estado con él, no me admitió como padre. Huía de mí. Siempre que le decían si yo era su padre, él decía que no tenía padre.

—¿Sufrió usted mucho?

—Sí, hijo, sí, sufrí muchísimo; pero mi hijo no me reconocía como padre.

—¿Y qué pasó?

—Pues que mi hijo creció y creció y sólo me reconoció cuando se puso muy enfermo y no tenía a nadie que pagara los gastos del hospital.

—Qué interesado, ¿no?

—No es que fuera interesado, es que se arrepintió de lo que había hecho y se dio cuenta del daño que había hecho a su padre, o sea, a mí.

—Qué triste…

—Sí, es muy triste…

—Podré vivir con usted estos años, ¿verdad?

—No me hables de usted, por favor. Si tienes que vivir conmigo aprenderás a pescar y cuando regreses a tu casa estarás hecho un hombre.

—Yo no iré más a mi casa. Si estuviera mi madre sola, iría; pero hay un hombre que dice ser mi padre y ese hombre no tiene nada que ver conmigo.

—Ese hombre te quiere y…

—¿Acaso le conoce?

—No estoy seguro pero creo que es Cristóbal, el jefe del puerto.

—Eso parece.

—¡En fin! Olvidemos este tema y vayamos a trabajar. Todavía tienes mucho que aprender.

Todas las tardes Daniel y Andrés fregaban la cubierta del navío y quitaban el polvo, el poco que había en los muebles. Por las mañanas lanzaban las redes al agua y las recogían al mediodía, cuando ya todos los peces habían picado o caído en las endiabladas redes. Poco a poco, Daniel se fue olvidando de su familia, de aquel hombre que para él sólo era el señor Cristóbal.

Una mañana…

—¡Daniel, Daniel, despierta!

—¿Qué ocurre, Andrés, a qué viene tanta prisa?

—Creo que va a caer una gran tormenta; debemos regresar o el mar abrirá su boca a nuestra vida.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Pues que tenemos que ir al puerto inmediatamente.

—Maldita sea, hoy que quería pasar un feliz día de mi cumpleaños pescando en popa y observando el sol…

—Lo siento. ¿Cuántos cumples?

—Creo que trece.

—Parece mentira, hace tres años que estás conmigo y has crecido, te has hecho un hombre.

—Y tú te has hecho viejo.

—Anda, déjate de bromas y vete al timón si no quieres ser engullido por el mar.

—¡Qué divertido! Esto parece una historia de cuentos de marinos.

—Parecerá lo que quieras pero date prisa.

Y a gran velocidad, Daniel cogió el timón y viró hacia el oeste para navegar hacia el puerto. Cuando hubieron entrado la tormenta empezó a caer sin compasión arrastrando las pequeñas barquichuelas que reposaban en el muelle. Todo había cambiado en esos tres años de vida marina. Las casas habían aumentado, el puerto había recobrado mayor pujanza industrial; hasta el mercado había crecido. Todo estaba tan cambiado que ni Daniel ni Andrés supieron regresar a sus casas, no sin la ayuda de un viejo amigo del último.

—Y ahora, Daniel ¿vas a regresar a tu casa?

—Sí, no tengo otro remedio.

CAPÍTULO 3

Daniel se despidió de Andrés y, andando sin rumbo por las pequeñas calles llegó a un puente. Se sentó en uno de los lados apartados de la gente y cogió un puñado de piedras para lanzarlas al agua mientras pensaba.

“Vaya vida, encuentras a una persona que te cuida, que te da de comer, que te enseña los secretos de la pesca, los misterios del mar, después, una tormenta, una tormenta caprichosa, se echa todo abajo y ¡hala! A empezar de nuevo. Y ahora yo aquí solo otra vez, sin nadie que me dé de comer, sin nadie que me cuide. Porque si vuelvo a mi casa, no me dejarán en paz, como cuando era pequeño”.

Se levantó y otra vez anduvo y anduvo sin rumbo, sin destino. En una orilla donde ya el pueblo no extendía su jaleo, Daniel encontró una barca y la tomó.

—Esta chatarra me llevará a algún sitio. El viento de la tormenta que acaba de cesar me arrastrará a alguna parte. No importa donde sea ni donde vaya a parar.

Se sentó en uno de los banquillos y no tardó en dormirse. Y toda la tarde y toda la noche de aquella dura jornada la pasó durmiendo. Y la barca con la cual viajaba se mecía entre las olas dejándose llevar por el viento.

Cuando despertó estaba en una orilla llena de algas y cubierta de cáscaras y almejas.

—¿Dónde debo estar?

Sin saberlo, se sentó en la arena y miró el mar.

—Hola, niño, ¿vives por aquí?

—Ssss… sí.

—¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo?

—No es eso, es que me he asustado.

—Lo siento.

—No tiene importancia.

—Hace un tiempo que estoy buscando un chico como tú, fuerte, para que trabaje en mi fábrica.

—¿De qué es su fábrica, señor?

—De redes. Te pagaría bien y tendrías algo que hacer.

—¿Cuánto me daría usted a la semana—Depende de la jornada y también de tu trabajo.

—¡Acepto!

—Buen muchacho.

—Pero, ¿dónde dormiré?

—En tu casa.

—Es que mis padres viven lejos de donde se encuentra su fábrica y no puedo ir y venir cada día…

—Bueno, pues puedes dormir y comer en mi casa y te lo descontaré un poco de tu sueldo.

—¡De acuerdo!

Y desde aquel día, Daniel trabajó, comió y durmió en la fábrica y la casa del señor Pablo.

Todos los días era lo mismo: se levantaba a las siete de la mañana para estar en la fábrica a las ocho en punto; durante toda la mañana trabajaba barriendo las salas de la fábrica; a mediodía iba a casa del señor Pablo donde una sirvienta le tenía la comida preparada; y por la tarde, de nuevo a la fábrica donde ayudaba a enrejar los hilos de las redes y poner los corchos para su flote.

Cierto día, al llegar a casa de su amo…

—Buenas noches, Daniel.

—Hola, ¿quién eres tú?

—Soy Ana, la hija del jefe de la fábrica en que trabajas.

—No te había visto nunca.

—Es que he estado dos años en Nueva York, en casa de una tía. Fui para terminar mis estudios.

—Nueva York debe caer muy lejos de aquí, ¿no?

—Sí, tanto que parece que nunca has de llegar.

Para Daniel aquello era una nueva experiencia, encontrarse con una chica más o menos de su edad a quien no había visto nunca.

—¿Por qué me miras así?

—No, por nada, es que…

—Anda, no seas tan tímido, que parece que nunca hayas visto a una chica de tu edad. Y tú, con lo atractivo que eres, no podrás negar lo que te acabo de decir.

—Pues, aunque te parezca mentira, con mis quince años, nunca he visto a una chica.

—¡Oh, no me hagas reír! ¿Sabes que eres muy divertido y muy chistoso? Mira que decir que nunca has visto a una chica…

—¡No te burles de mí, ya estoy harto! –y salió corriendo de la sala para dirigirse a su habitación. Se echó en su cama y agarró fuertemente la almohada—. ¡No quiero vivir más, no quiero! –y tomó un cuchillo de abrir cartas y se lo llevó al corazón.

Cuando se lo iba a clavar, Ana irrumpió en la habitación.

—¡No, Daniel, no lo hagas!

—¡Vete, no te quiero ver más!

—Daniel, por favor, perdóname…

Daniel soltó el cuchillo y lo lanzó a los pies de Ana. Ésta se acercó atemorizada y se sentó a su lado.

—No te disculpes más y vete.

—No me iré si antes no me prometes que no intentarás más lo que ibas a hacer.

—Sí, prometido…

—Muchas gracias, Daniel.

—Pero que conste que no lo hago por ti.

Ana salió de la habitación pensando en la última frase: ”no lo hago por ti”. Esa frase la sobrecogía. Ana conocía la triste historia de Daniel. Sabía que no había sido prudente con lo que había dicho momentos antes.

Daniel no sabía que se encontraba en Lorenzo; pueblo donde su padre había asistido una y otra vez. Y Ana no se atrevía a decir nada sobre la identidad de Daniel a quien conocía desde pequeño por labios de Cristóbal. Tenía miedo de herirle otra vez, no quería hacerle daño.

A la mañana siguiente, Daniel bajó al comedor a la hora de cada día.

—¡Buenos días, Ana!

—Buenos días, Daniel. Siento lo de anoche.

—He dicho que no quiero disculpas.

—Hoy no tienes que ir a trabajar.

—¿Por qué?

—Es tu cumpleaños y tienes que celebrar los dieciséis sin ir a trabajar.

—¿Y tú cómo sabes que es mi cumpleaños?

—Verás, cuando naciste, como en tu familia tenéis cargos muy destacados en San Juan, la noticia corrió por todos sitios.

—Eso quiere decir que tú eres mayor que yo.

—No, cuando tú naciste, yo estaba todavía en el seno de mi madre. Me enteré en una de esas historias que se suelen contar.

—Vaya, todo el mundo me conoce.

—Sí, Daniel. No te importaría venir conmigo unos momentos, ¿no?

—Por supuesto que no.

Ana se llevó a Daniel al jardín y ambos se sentaron en un pequeño banco.

—Quiero hablarte muy en serio.

—Te escucho.

—Hace tres años que vives con nosotros. En esos tres años, me he ido dando cuenta de lo que siento por ti.

—¿Qué es lo que sientes por mí?

—Lo que yo siento por ti es lo que toda mujer siente por un hombre cuando le quiere.

—¿Qué tratas de decirme con eso?

—Escucha, Daniel, lo que te ruego ante todo es que me escuches y no cierres tus oídos y tus ojos ante la verdad. ¿Te acuerdas de Andrés?

—Sí, aquel pobre hombre que me recogió un día.

—Bueno, tú me has dicho antes que te conocían en todas partes. Sé que no concuerda mucho pero, si a ti te conocen en todas partes y te conocen como un niño, hijo del jefe de un puerto, ¿por qué no quieres tú conocer a tu padre, a ese hombre que ha sufrido tanto y sigue sufriendo por ti?

—¿Por qué me has preguntado antes si me acordaba de Andrés?

—Tu padre y yo enviamos a ese hombre para que viviera contigo unos cuantos años y a ver si, con la historia de que tenía un hijo que, al igual que tú, no quería reconocerle a él como padre, se te emblandecía el corazón y te dabas cuenta de lo que estabas haciendo.

—¿Tratas tú de convencerme ahora de que el señor Cristóbal es mi padre?

—Sí, Daniel. Y te juro por el amor que siento por ti, que es cierto.

Aquella frase había hecho pensar a Daniel. “El amor que siento por ti”.

—¿Has querido decir con eso que me quieres?

—Sí, te quiero.

Daniel cogió a Ana y la estrechó entre sus brazos. Al cabo de un rato, derramó sus lágrimas sobre la cabeza de Ana.

—¡Soy un idiota! Tanto tiempo para ver que Cristóbal era mi padre, tanto tiempo…

—No porque yo haya dicho que te quiero tienes que cambiar tu impresión y hacerte creer, aunque no quieras, que Cristóbal es tu padre.

—No, en eso te equivocas. Me acuerdo del día en que fui a recibir a mi padre al puerto. Él no me reconoció quizás por eso creí que esa persona no era nada para mí.

—Me alegra que seas comprensivo.

—Tengo que ir rápidamente a mi casa y ver a mi padre, ¡a mi padre!

Daniel repitió una y otra vez la palabra “padre”. Todo lo que había reprochado a su padre, todas las veces que le había negado, todo cuanto había hecho; de todo se iba arrepintiendo.

Mientras corría hacia el puerto, Ana sonreía de pie en el portal de su casa.

CAPÍTULO 4

La travesía hasta San Juan fue larga, casi infinita debido a las ansias de la llegada. Ana acompañaba a Daniel y ambos iban abrazados en la barca.

—Escucha, Daniel, yo te he dicho todo, todo lo que sentía por ti; pero tú no me has confesado tus sentimientos.

—Ana, tú me has hecho ver la verdad, tú me has abierto los ojos, ¡te quiero!

Las barcas que se cruzaban con ellos parecían navegar más angelicalmente, como si se dieran cuenta de la felicidad que vivía en ese momento la joven pareja. Al llegar a San Juan, Daniel ya no se mostraba tan ansioso.

—Anda, Daniel, no te avergüences ahora, no te acobardes; sé valiente.

Andando, camino de su casa, Daniel se encontró con Dora.

—¡Oh, Daniel, hijo mío, qué grande te has hecho y qué guapo!

—Hola, Dora, qué alegría…

—Veo que todavía te acuerdas de mí.

—Pues claro, cómo me iba a olvidar de mi segunda madre.

—Ve a tu casa, tus padres se alegrarán mucho de verte.

—¡Sí, ahora mismo iba! –y corriendo, se acercaba cada vez más a su casa.

—Ana, hazme un favor, entra tú primera.

—Está bien.

Daniel se armó de valor y llamó a la puerta. El sudor corría por su frente. Tenía miedo de enfrentarse con su padre. ¿Y si era él ahora el que no quería reconocerle como hijo? ¿Qué haría entonces? ¿Suplicar? ¿Huir? ¿Quedarse en su casa? Se abrió la puerta. Daniel sudaba de nervios.

—¿Vive aquí el señor Cristóbal?

—Siento no poder ayudarte pero el señor Cristóbal hace tres años que me vendió esta casa y marchó, no sé dónde. Creo que me dijo que se iba a vivir con su mujer, lejos de aquí. Recuerdo que habló de una montaña.

—Muchas gracias.

Daniel se apartó de la puerta y se dirigió hacia Ana quien esperaba triste.

—Lo siento Daniel, yo no sabía nada de esto.

—No te preocupes, los encontraremos.

Sin decir nada más, tomó a Ana por el brazo y se la llevó calle arriba para dirigirse al monte que frecuentaba su padre cuando no tenía trabajo. Anduvieron mucho rato. El camino se les hacía infinito. Y cada vez, los nervios de Daniel estaban más a flor de piel. Cada vez el paso era más ligero; cada vez, la mirada más airada; cada vez, el puño más tenso. Al llegar a la cima, la noche había caído. El bosque había recibido su manto negro y húmedo.

—¿Por qué esa maldita mujer no me dijo que mis padres ya no vivían allí?

—Tranquilízate, Daniel, a lo mejor esa mujer no se ha acordado de anunciártelo, no es culpa suya.

—¿Y tú, tú tampoco sabías que mis padres no vivían allí? ¿No hablabas con ellos por todos los planes que tramabais con Andrés?

—¡Cállate, yo no sabía nada!

—Lo siento, Ana, estoy muy nervioso y no sé lo que digo.

Ana no dijo nada pero se abrazó a Daniel y lo llevó a una casa, la única que había.

—Esta vez –dijo Ana—, entraré yo primera. No quiero que tus padres te vean tan nervioso.

Daniel asintió con la cabeza y aguardó a que Ana fuera hasta la puerta. Llamó con mano segura y, con gran sorpresa de los dos, Elisa salió al umbral.

—¡Ana, hija! Pasa…

—Buenas noches, siento molestarles a estas horas…

Ana miró a Daniel que aguardaba de pie en un sitio donde no le pudieran ver, y entró. Cristóbal, ya viejo, dormitaba en un sofá y, al notar la presencia de Ana, se levantó y corrió a ella.

—Hola, Ana, ¿traes noticias de mi hijo?

—Sí.

—Habla.

—Daniel está ahí fuera y…

—¿Cómo, mi hijo ahí fuera?

—Sí, pero, aguarde un momento. Daniel está muy arrepentido de lo que ha hecho y viene a pedir perdón por todo lo que ha cometido.

—¡Oh, santo cielo! –gritó Elisa.

—Así que ruego –continuó Ana— que le atiendan y no le reprochen nada. Está muy cansado y muy nervioso, nerviosísimo.

Cristóbal y Elisa se quedaron de pie delante de la mesa y Ana fue a buscar a Daniel. Éste estaba todavía de pie en el mismo sitio, con las manos sobrepuestas y mirando las estrellas.

—Daniel, ya puedes venir, tus padres te esperan.

Daniel pidió a Ana que no lo acompañara. Cuando estuvo en el umbral, miró a sus padres. Elisa no cabía en sí de alegría y desconcierto. Lo mismo le ocurría a Cristóbal que miraba a su hijo fijamente. Ninguno de los tres hacía ningún movimiento. Ninguno abría la boca. Todos esperaban a que alguien hablara o se moviera. Pero nadie lo hizo. Daniel, harto del silencio, que le ponía más nervioso todavía, dijo:

—¿Es que ahora sois vosotros los que no me conocéis?

Entonces fue cuando la madre se lanzó a sus brazos.

—¡Daniel, hijo mío, qué grande y qué guapo te has hecho!

Pero Daniel no hacía caso de las palabras de su madre. Él miraba fijamente a aquel hombre que hasta hacía poco era para él el señor Cristóbal. Soltándose como pudo de los brazos de su madre, anduvo lentamente hasta su padre.

—Hola, padre… Sé y reconozco el daño que te he hecho, pero…

A Cristóbal no le valían explicaciones. Le bastaba con haber oído de boca de su hijo la palabra “padre”.

—¡Daniel, hijo mío!

Y ambos se abrazaron y lloraron mientras que Ana, en el umbral de la puerta, sonreía dulcemente al ver la felicidad no conocida por Cristóbal desde hacía tantos años, tantos años.

Fin de la obra

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